antecedentes; dígame francamente, ¿hay alguna prevención en el pueblo
contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque en ese caso voy a
renunciar inmediatamente al mando.
--No hay ninguna prevención contra usted--le respondí--; en mi
concepto, los tiros se dirigen contra el general Mina.
--¡Contra Mina! ¿Y por qué?
--La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos quieren la
Constitución, y Mina no la quiere. Es decir, la quiere, pero cuando a
él le parezca.
--¿Y usted no cree que haya algo contra mí?
--Nada. Contra usted no va nadie.
--¿Usted qué haría?
--Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio María Alvarez, le
avisaría a Mina y le diría: Se ha proclamado la Constitución. Venga
usted cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de la ciudad y
Aviraneta, proclamaría la República y me nombraría presidente.
Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a Alvarez medidas violentas.
--Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar y ametrallar a esos
infames.
Alvarez volvió a consultarme a mí completamente azorado, y yo intenté
convencerle de que no debía seguir los sanguinarios consejos de Feliú
de la Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia del mismo
Feliú, diciendo que le habían abandonado las autoridades de una manera
indigna. Varias veces me dijo:
--¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué cree usted, que podría
sosegar al pueblo?
--Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales, ya que no tiene
usted Ayuntamiento ni ninguna autoridad civil que le auxilie.
El intendente Escobedo y el oficial Esain, que estaban allá, dijeron al
general que creían que el consejo que yo le daba era lo mejor que se
podía hacer en aquel momento.
Yo continué en Palacio acompañando al general Alvarez, a la señora de
Mina y a don Pedro Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento
del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar la noche ya
galleaba, se manifestaba jacarandoso y hacía chistes. Al retirarme,
a las once y media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado
por mis amigos había fracasado por completo. El brigadier Ayerve
mandó quitar el letrero puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la
Constitución, y dispersó a los nacionales.
Me dijeron también que el capitán don Pedro Mata había arengado
elocuentemente al batallón de La Blusa para volverle a la disciplina.
¡Mata, que el día anterior recomendaba la urgencia del movimiento!
Entonces yo pensé si la cabeza de estos hombres del Mediterráneo sería
como esos caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen nada.
Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona había acogido la
proclamación de la Constitución con gran entusiasmo; se habían adornado
los balcones y las tiendas, y no había habido ningún tumulto ni ningún
desorden. Sólo empezó la consternación y el pánico cuando los lanceros
comenzaron a recorrer el pueblo, atropellando a todo el mundo. Los
isabelinos, despechados, silbaron y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera
Llinás!, delante de sus respectivas casas.
Mina dijo después, reconociendo que el movimiento constitucional no
tenía relación alguna con la matanza del día anterior, que los que
provocamos este movimiento no tuvimos valor para salir a la calle y
ponernos al frente de él.
Yo, al menos, no me presenté por muchas razones: primera, porque el
ponerse al frente parecía indicar el hacerse solidario y hasta el
director de las matanzas del día 4; después, porque a mí no me conocía
nadie en Barcelona.
Mina y los jefes militares reconocieron que no había relación alguna
entre los dos movimientos. Los inspiradores de la matanza, los del
Club Unitario, Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron
tranquilamente en Barcelona; en cambio, los que teníamos alguna
relación con el movimiento constitucional fuimos proscritos. Los
asesinos quedaron impunes; los liberales, castigados. Pareció un crimen
mayor querer restaurar la Constitución que el degollar más de cien
hombres. Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas, unos meses
después el sargento García y otros que proclamaban la Constitución en
la Granja eran premiados.
PRESO
A las doce y media me metí en la cama; y acababa de dormirme cuando
entró la policía con fuerza armada en mi alcoba; me mandó vestir, nos
dirigimos al puerto y fuí conducido con otras personas al navío inglés
_Rodney_.
Yo estaba sorprendido, de buena fe. ¿Qué diablo habrá pasado?, me
preguntaba. Y analizaba todo lo que había hecho desde mi salida de
Madrid y no encontraba el motivo.
EL «RODNEY»
Al amanecer del día 6 de enero de 1836 nos encontramos en el buque
inglés, vigilados por una escolta española, varios presos de distintas
condiciones y clase social. Algunos no nos conocíamos; otros se
consideraban como enemigos; entre los conocidos míos estaban Bertrán
Soler, el coronel don José Montero, que había intervenido para ver de
salvar a los presos de la Ciudadela, y don Francisco Raull, con quien
había hablado un par de veces. Estaban, además de éstos, Gironella, un
peluquero, un cafetero, un sastre, un chico joven, de edad de catorce
años, aprendiz de pintor, y un cómico. Al llegar al barco, yo le
escribí una carta a la señora de Mina, rodeado de marineros y sobre un
cañón. La carta decía así:
UNA CARTA A LA SEÑORA DE MINA
«Señora doña Juana María Vega de Mina:
»Navío _Rodney_, 6, enero, 1836. (Al amanecer.)
»Mi estimada amiga: Usted no debe ignorar que estoy en este navío,
habiéndome conducido a él la fuerza armada, que me sacó de mi cama
a las dos de la madrugada como si fuera un facineroso. Yo estaba
firmemente convencido de que usted pensaba que yo era incapaz
de faltar a la sincera amistad que me une a su esposo, y que el
asegurarla anteayer que yo no tenía arte ni parte en los últimos
acontecimientos, bastaba; pero veo lo contrario. Veo que me ha
tenido, y acaso me tiene, por un hombre falso y doble. Ya se ha
dado la campanada. Mi honor está comprometido, y hoy exijo del
señor Alvarez que se me forme causa, estando pronto a pasar a la
cárcel o castillo que se me designe.
»Suplico a usted le hable al general para que así se decrete, y lo
antes posible.
»Soy de usted atento y seguro servidor y amigo, que besa su pies,
_Eugenio de Aviraneta_.»
CARTA A MINA
Le escribí después al general Alvarez, que no me contestó, y al día
siguiente, al saber que había llegado Mina, le mandé esta carta:
«Navío _Rodney_, 7 de enero de 1836.
»Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted preso, y no le hago
más comentarios... Usted sabe que soy caballero, incapaz de mentir;
si hubiese conspirado, no lo negaría; me gloriaría de decirlo,
como lo hice en la causa del 24 de julio; yo no soy hombre pérfido
ni de dos caras. Aviraneta no se asocia con asesinos, y menos para
matar hombres inermes. Las autoridades, que a sangre fría toleraron
tanta atrocidad, son más criminales que los mismos asesinos.
»¡Una Ciudadela de primer orden y bien guardada, tomada
impunemente y sin resistencia por un populacho cobarde! Y a los
que acaudillaron esas vísperas sicilianas y entregaron las llaves
de la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes. Con mi
proscripción se cubre el expediente. En país extranjero escribiré
los anales de tanta infamia. Usted sabe quién soy y de lo que soy
capaz: el mejor amigo y el peor de los enemigos; no le digo a usted
más.
»La infamia que se ha cometido conmigo ha privado a usted de
recursos poderosos que estaban en mis manos para desentrañar las
maquinaciones de la facción y la intriga extranjera.
»No quiero nada de esta patria ingrata: pido a usted dos cosas con
urgencia. O que se me forme causa inmediatamente, o que se me dé
pasaporte para Inglaterra, en donde escribiré y moriré con gloria.
No quiero gracia ni libertad de usted ni de nadie. Suplico la
brevedad, porque estoy con poco dinero.
»Póngame a los pies de doña Juanita, y con expresiones al señor
Esain, y no al tuerto, que es más falso que mula de alquiler. Soy
siempre su verdadero amigo,
»_Eugenio de Aviraneta_».
NUESTRAS MANIOBRAS
Mina no me contestó, pero me contestó su mujer diciéndome que su marido
no podía mezclarse como autoridad en un asunto que no había presenciado.
En vista de esto, Bertrán Soler y yo escribimos una nota dirigida al
comandante del _Rodney_ acogiéndonos al pabellón inglés.
El comandante Flide Pasker nos contestó que esto no era posible; que el
general don Antonio Alvarez le había manifestado que siendo necesario
para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros fuéramos extrañados
de la ciudad, le había rogado que nos acogiera en su barco, y que lo
había hecho así con este motivo. Protestamos de nuevo y nos dirigimos
por carta al cónsul inglés de Barcelona, sir James Annesley, para que
nos diera pasaporte para Inglaterra; pero el cónsul nos dijo que no
podía darlo mas que a los ciudadanos ingleses.
Vivíamos en el barco sometidos al mismo régimen que los soldados y
marineros. Teníamos una guardia y dormíamos en el sollado y en la
bodega. No teníamos cama y comíamos rancho.
Varios días después fuimos trasbordados en el buque de un ex negrero
amigo de Mina y de don Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario
a la fragata inglesa _Artemisa_, que se puso en franquía con rumbo
hacia Gibraltar.
Lo que me sucedió allá lo ha contado un biógrafo mío, Villergas, con
más o menos exageración. Te lo leeré:
«Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad del general Mina,
en quien se observaron algunos arranques bruscos en nombre de la
Libertad y de la Ley, urdió una conspiración en el buque mismo que le
conducía, indisponiendo a los marineros con la tropa que le custodiaba.
Cuando estuvo seguro del triunfo hizo partícipe de su plan a uno de
sus compañeros de infortunio, el cual, para evitar una catástrofe,
dió cuenta de todo al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido
antes el consentimiento mismo de Aviraneta. ¡Tan seguro estaba de los
resultados! Es de advertir que Aviraneta urdió este complot persuadido
de que el jefe de la escolta tenía orden reservada de pasarle por las
armas al llegar a cierta altura; y así que dijo a sus compañeros que
con tal que el jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su
vida y la de los demás deportados no corría peligro ninguno, desistiría
de su propósito, pero que de otra suerte era inevitable su ruina y la
de todos los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno. Apenas tuvo
conocimiento de la trama quiso el jefe castigarla en su autor, pero la
disposición en que halló los ánimos le reveló su impotencia. Entonces
enseñó a Aviraneta la orden que tenía; y convenciéndose éste por sus
propios ojos de que no le esperaba el trágico fin a que se consideró
condenado por un ímpetu sangriento de Mina, se dió por satisfecho, y
tuvo la prodigiosa habilidad de someter de nuevo la tripulación y las
tropas a las órdenes de sus jefes naturales. En un momento deshizo lo
que había hecho: restableció la subordinación que había relajado, lo
volvió todo al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios, lo
soltó y lo sujetó como quiso y cuando le dió la gana».
--¿Y es verdad eso?
--Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos dijeron que iban a echarnos
al agua al llegar a la altura de los Alfaques, y que yo estaba tan
desesperado de haber caído en aquel lazo, que me encontraba dispuesto
a hacer cualquier barbaridad, desde soltarle un tiro al capitán hasta
hacer saltar el barco, pegándole fuego a la santabárbara; pero
seguimos adelante, pasamos el estrecho de Gibraltar, y al cabo de unos
días bajamos en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos a disposición
del capitán general de esta isla.
EN TENERIFE
Dos meses estuvimos en Santa Cruz viviendo miserablemente; no teníamos
dinero ni medio alguno de existencia; no llevamos trajes ni ropa
interior. La gente de la isla nos recibió muy bien. El comandante
general y los militares nos trataron con atención. Llegamos a convencer
a la mayoría de la gente que nosotros no éramos los asesinos que habían
degollado a los prisioneros de la Ciudadela de Barcelona.
Escribimos varias exposiciones y manifiestos dirigidos al Gobierno.
Cuando vimos que no tenían resultado alguno, y como no estábamos
vigilados, Bertrán Soler y yo nos dispusimos a evadirnos, y nos
arreglamos con un barco contrabandista que nos llevó a Argel.
RESUMEN
--¿Así que usted cree que Gil de la Cuadra lo envió a usted a Barcelona
para inutilizarlo?
--Sí.
--¿Y Mendizábal colaboró en eso?
--No; creo que Mendizábal obró de buena fe.
--Y en Barcelona, ¿quién provocó la matanza?
--La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feliú de la Peña y Xaudaró
dejaron hacer.
--¿Y por qué?
--Yo creo que Feliú, que era el más listo de todos, fué el que vió
claramente la cuestión. Feliú sabía que los isabelinos iban a hacer
la revolución. Si antes de la revolución viene la matanza--se debió
decir él--, el movimiento constitucional aborta y queda desacreditado.
Y esto pasó. Después de la matanza se formó una comisión militar, y la
organización isabelina fué completamente deshecha.
--Sí se explica. Se ve que han vivido ustedes en pleno maquiavelismo. Y
en Canarias, ¿qué le pasó a usted?
--Viví miserable y desesperado. Mi biógrafo, de quien antes te hablaba,
dice, poniéndolo en boca del capitán general de Canarias, que yo
intranquilicé la isla de tal manera, que en aquel rincón del mar,
donde nadie se ocupaba de política, instalé sociedades secretas, lo
plagué todo de logias, conciliábulos y clubs, y que me marché porque el
general gobernador hizo la vista gorda.
--¿Y esto ya no es verdad?
--No; es fantasía, pura fantasía.
--Y el viaje por mar de Canarias a Argel, ¿no tuvo nada de particular?
Porque es un viajecito respetable para hacerlo en un falucho.
--Fué un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos, temporales...
Estuvimos a punto de zozobrar varias veces. Yo me defendía a fuerza de
desesperación y de rabia.
--Y la vida en Argel, ¿tuvo algo interesante?
--En Argel estuvimos unos pocos días y regresamos Bertrán y yo, en
marzo de 1836, a Cartagena.
EN MÁLAGA
Estando ya en la Península, Mendizábal me persiguió implacablemente;
pero en Málaga hallé asilo seguro y protección. Mi amigo Thompson,
comerciante inglés, me llevó a la casa de un conocido suyo. Visité al
general don Juan San Just, que me acogió con gran amabilidad, y me dijo
que podía estar tranquilo.
No obstante las muchas órdenes de prisión que se comunicaron contra
mí, y las cartas particulares que se escribieron para desacreditarme
pintándome como un intrigante sin honor y sin conciencia, hice allí muy
buenos amigos.
Mi residencia en Málaga me proporcionó la ocasión de observar y
conocer en globo las maquinaciones que se pusieron en juego desde
la Corte para derribar el ministerio Istúriz, y las intrigas que se
tramaron para acabar con los isabelinos y dejar a Mendizábal como
dictador de España.
La muerte de los dos gobernadores, ambos isabelinos, la intervención de
Escalante, los gritos que se dieron, todo, me hizo creer que en aquel
ensangrentado motín andaban los partidarios de Mendizábal en unión de
comerciantes y de contrabandistas.
Pamplona, mayo, 1921.
EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE JULIO
AVIRANETA me aseguró varias veces que, a pesar de que había intervenido
en los preparativos que se hicieron para la revolución en Málaga, en
1836, no tomó parte alguna en los sucesos ocurridos en las calles, y
que ni siquiera los presenció. Como en el Diario de Pepe Carmona había
una relación de los sucesos de aquella época, copié de él algunas
páginas:
Había vuelto a Málaga--cuenta Pepe Carmona--y me encontraba en una
situación económica ya segura, pero en un estado moral triste y
lamentable.
Mi antigua novia, María Teresa, se había casado con un muchacho rico,
José Ignacio Ordóñez, que llevaba por entonces una vida de un jugador y
de un perdido.
Este mozo parecía que daba tal aire a su dinero, que llevaba camino de
arruinarse en poco tiempo.
Mi antigua novia estaba enferma, y después de haber tenido un niño se
encontraba tan débil y tan delicada, que no se levantaba de la cama.
Su criada, una vieja de Archidona, antes protectora de mis amores,
solía venir a mi casa a darme noticias de cómo seguía María Teresa, y
de paso se lamentaba de que el señorito José Ignacio apenas se ocupara
para nada de la enferma y de que anduviera siempre de bureo con lo más
perdido del pueblo.
En aquella época, Málaga se hallaba en pleno período de efervescencia
política; las noticias de la guerra que se recibían, los rumores
de sublevación y el arresto de hombres conocidos, por suponerlos
revolucionarios, tenían al pueblo en completo y continuo sobresalto.
A mí, aunque estas cuestiones no me interesaban gran cosa, me ocupaba
de ellas, principalmente por el efecto que causaban en el comercio.
Ya en mayo de 1836, al llegar a Málaga el decreto de la disolución
de las Cortes, los ánimos, de suyo agitados por las excitaciones de
los enemigos de Istúriz, por las sociedades secretas y por la gente
partidaria de Mendizábal, se acaloraron más, y al toque de generala se
reunió la Guardia nacional pidiendo la formación de una Junta popular
en que se depositase el Poder hasta que la Reina instalase de nuevo
el anterior Ministerio, o nombrase otro que inspirara confianza a la
nación.
Al día siguiente quedó formada la Junta, que pensó por primera
providencia imponer fuertes contribuciones a los más ricos comerciantes
malagueños. Estos, apercibidos, se reunieron para conjurar el peligro;
y con su influencia, y sacando a relucir las noticias favorables de la
guerra que aquel día circularon, lograron la disolución de la Junta,
que declaró estar muy satisfecha de la actitud de Málaga.
Estos movimientos populares tenían muchas veces por objeto el proteger
la entrada de algún gran contrabando, y, conseguido esto, se reconocía
la autoridad del Gobierno, que sancionaba lo hecho y se volvía a la
vida normal.
Por aquella época, a principios de julio, encontré en Málaga al señor
Aviraneta, en un café, en compañía del comerciante inglés Thompson.
Saludé a Aviraneta. El señor Thompson me dijo, no sé si en broma o en
serio, que en Málaga se estaba trabajando en proclamar la república.
Se pensaba que nuestra ciudad diera el primer impulso y que de aquí
partiese el movimiento a las demás ciudades de Andalucía.
Las noticias de las victorias del general Córdova en Arlabán,
y la actitud del alto comercio malagueño, alarmado de que la
primera disposición de la Junta hubiese sido el decretar grandes
contribuciones a cargo de los capitalistas más acaudalados, produjo
una reacción entre los comerciantes y ocasionó el que el movimiento
revolucionario y bullanguero de Málaga se calmara.
Antes de que se presentara la amenaza de las contribuciones, nuestros
comerciantes pensaban que un cambio político les podría beneficiar;
pero después se apoderó de ellos el temor de que sus casas cargaran
con los gastos de la revolución en toda Andalucía, y no vacilaron en
influír para que abortara la revolución, y tomaron sus medidas para que
en los nuevos movimientos, que eran tan de prever, fuese el comercio de
Málaga explotador, en vez de explotado.
A estas causas obedeció el que se contuviera en el mes de mayo y junio
el pronunciamiento preparado en esta ciudad y al que habían seguido
algunos intentos en Granada y en Cartagena.
Yo estaba bastante enterado de estas cosas, primero por un empleado de
mi escritorio y después porque trasnochaba. Solía ir todas las noches
a pasear por delante de la casa de mi antigua novia, que vivía en la
calle de la Madre de Dios, cerca de la plaza de Riego. Esperaba a que
saliese a la calle la vieja criada de Archidona y me diera noticias de
cómo había pasado el día la enferma.
* * * * *
Una noche me hallaba parado en una esquina esperando a que bajara la
vieja. Cerca de casa de mi novia, hacia la plaza de Riego, estaban
hablando dos hombres; uno de ellos, a quien conocí por la voz, era
José Ignacio Ordóñez, el casado con mi antigua novia; el otro,
un comerciante, conocido mío, que tenía muy mala fama por haber
intervenido siempre en negocios sucios. El viento me traía con claridad
la conversación.
--Yo me he visto con Escalante--decía Ordóñez.
--¿Y está conforme?--preguntó el otro.
--Sí; se trata de que metamos unas cuantas partidas de contrabando el
mismo día de la revolución.
--Pero la revolución está parada.
--Ya andará--replicó José Ignacio--; la gente del pueblo no se aviene
a seguir a unos cuantos ricachones que defienden su negocio. He metido
ahí, entre los milicianos y la gente del puerto, unos cuantos matones
y echadizos, y he mandado decir que el gobernador militar y el civil
están vendidos, que tienen la culpa de todo lo que está pasando y que
ellos son los que protegen a los grandes comerciantes que no quieren la
Constitución.
--¿Y lo creerán?
--Sí; porque es verdad, en parte. Además, esa gente no sabe nada;
creen lo que se les dice. Una noche de jaleo nos basta.
--Habrá que estar preparados.
--Naturalmente que hay que estar preparados. Para mí es cuestión de
vida o muerte. Estoy dando las últimas boqueadas.
--Es que usted, camarada, es un hombre insaciable. Usted acabaría con
la fortuna de Rothschild.
--No se vive mas que una vez, compadre, y hay que aprovecharse.
--Estoy con usted. ¿Y cómo sabremos que el movimiento se ha hecho?
--Se avisará, y los mismos milicianos se encargarán de que todo el
mundo lo sepa tocando generala por las calles.
--Bueno; entonces nada hay que decir; yo tendré a mi gente preparada en
el puerto.
--Muy bien, ¿y sonsoniche? ¿Eh?
--¡No, que voy a dar un cuarto al pregonero! ¡Adiós, compadre!
--¡Adiós!
Me alejé rápidamente de la esquina, y al poco rato vi a José Ignacio
Ordóñez, que penetraba rápidamente en su casa.
* * * * *
No me fijé gran cosa en esta conversación hasta que los hechos
posteriores le dieron relieve e importancia. Seguía pensando en mi
María Teresa y yendo todas las noches a su casa a saber sus noticias.
Esta preocupación embargaba todas mis facultades.
Teníamos en el escritorio un escribiente y el portero, que eran
milicianos, y les solía preguntar noticias acerca de lo que pasaba
entre ellos.
Me hablaban de la política de Málaga con gran extensión y
apasionamiento.
Era comandante militar el general San Just, que había substituído al
coronel Bray. San Just era muy liberal; se había distinguido en Puente
la Reina y en Montejurra; se le tenía por hijo del convencional francés
Saint-Just; pero, según me dijo Aviraneta, el convencional no tuvo
hijos. Juan San Just era hombre de ideas muy liberales, alto, de bella
figura, inteligente y de gran valor. En Montejurra había dado una carga
a la bayoneta que produjo gran entusiasmo en el ejército. El general
Córdova le estimaba mucho.
A pesar de su fama de liberal, San Just no era querido por los
milicianos malagueños; por lo que me dijeron mis empleados, se había
manifestado excesivamente duro y enérgico en reprimir ciertos desmanes.
El Gobierno civil se hallaba confiado al conde de Donadío, persona de
gran influencia, que había formado parte de la Junta revolucionaria
de Andújar. Donadío era diputado por Jaén y uno de los jefes de la
Sociedad Isabelina.
A Donadío se le acusaba de ser partidario de Istúriz y enemigo de
Mendizábal; de avanzar en su carrera por sus grandes recomendaciones e
influencias, y de tener amistad con los comerciantes ricos de Málaga, y
de protegerlos.
A mediados de julio habían llegado de distintas ciudades agentes
portadores de órdenes y de recursos destinados a precipitar el
movimiento revolucionario. Don Pedro Gil, el amigo del general Mina,
vino de Barcelona con quince mil duros, que entregó a uno de los
agentes que trabajaban para preparar la insurrección.
Era, por entonces, subdelegado de Policía don Manuel Ruiz del Cerro,
pájaro de cuenta que tenía una historia bastante interesante, a juzgar
por lo que me contaron mis empleados. Este Ruiz del Cerro había sido
cajista del famoso periódico madrileño _El Zurriago_, en la imprenta
de la calle de Juanelo, y después, regente de la misma. Pasó después
muchos años de cómico en una compañía de la legua; se afilió a los
carlistas e hizo correrías con el Locho, en la Mancha. Delató, más
tarde, a los masones al conde de Ofalia, y apareció, por último, de
jefe de Policía en Málaga.