--Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted porque me constan sus

antecedentes; dígame francamente, ¿hay alguna prevención en el pueblo

contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque en ese caso voy a

renunciar inmediatamente al mando.

--No hay ninguna prevención contra usted--le respondí--; en mi

concepto, los tiros se dirigen contra el general Mina.

--¡Contra Mina! ¿Y por qué?

--La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos quieren la

Constitución, y Mina no la quiere. Es decir, la quiere, pero cuando a

él le parezca.

--¿Y usted no cree que haya algo contra mí?

--Nada. Contra usted no va nadie.

--¿Usted qué haría?

--Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio María Alvarez, le

avisaría a Mina y le diría: Se ha proclamado la Constitución. Venga

usted cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de la ciudad y

Aviraneta, proclamaría la República y me nombraría presidente.

Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a Alvarez medidas violentas.

--Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar y ametrallar a esos

infames.

Alvarez volvió a consultarme a mí completamente azorado, y yo intenté

convencerle de que no debía seguir los sanguinarios consejos de Feliú

de la Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia del mismo

Feliú, diciendo que le habían abandonado las autoridades de una manera

indigna. Varias veces me dijo:

--¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué cree usted, que podría

sosegar al pueblo?

--Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales, ya que no tiene

usted Ayuntamiento ni ninguna autoridad civil que le auxilie.

El intendente Escobedo y el oficial Esain, que estaban allá, dijeron al

general que creían que el consejo que yo le daba era lo mejor que se

podía hacer en aquel momento.

Yo continué en Palacio acompañando al general Alvarez, a la señora de

Mina y a don Pedro Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento

del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar la noche ya

galleaba, se manifestaba jacarandoso y hacía chistes. Al retirarme,

a las once y media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado

por mis amigos había fracasado por completo. El brigadier Ayerve

mandó quitar el letrero puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la

Constitución, y dispersó a los nacionales.

Me dijeron también que el capitán don Pedro Mata había arengado

elocuentemente al batallón de La Blusa para volverle a la disciplina.

¡Mata, que el día anterior recomendaba la urgencia del movimiento!

Entonces yo pensé si la cabeza de estos hombres del Mediterráneo sería

como esos caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen nada.

Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona había acogido la

proclamación de la Constitución con gran entusiasmo; se habían adornado

los balcones y las tiendas, y no había habido ningún tumulto ni ningún

desorden. Sólo empezó la consternación y el pánico cuando los lanceros

comenzaron a recorrer el pueblo, atropellando a todo el mundo. Los

isabelinos, despechados, silbaron y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera

Llinás!, delante de sus respectivas casas.

Mina dijo después, reconociendo que el movimiento constitucional no

tenía relación alguna con la matanza del día anterior, que los que

provocamos este movimiento no tuvimos valor para salir a la calle y

ponernos al frente de él.

Yo, al menos, no me presenté por muchas razones: primera, porque el

ponerse al frente parecía indicar el hacerse solidario y hasta el

director de las matanzas del día 4; después, porque a mí no me conocía

nadie en Barcelona.

Mina y los jefes militares reconocieron que no había relación alguna

entre los dos movimientos. Los inspiradores de la matanza, los del

Club Unitario, Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron

tranquilamente en Barcelona; en cambio, los que teníamos alguna

relación con el movimiento constitucional fuimos proscritos. Los

asesinos quedaron impunes; los liberales, castigados. Pareció un crimen

mayor querer restaurar la Constitución que el degollar más de cien

hombres. Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas, unos meses

después el sargento García y otros que proclamaban la Constitución en

la Granja eran premiados.

PRESO

A las doce y media me metí en la cama; y acababa de dormirme cuando

entró la policía con fuerza armada en mi alcoba; me mandó vestir, nos

dirigimos al puerto y fuí conducido con otras personas al navío inglés

_Rodney_.

Yo estaba sorprendido, de buena fe. ¿Qué diablo habrá pasado?, me

preguntaba. Y analizaba todo lo que había hecho desde mi salida de

Madrid y no encontraba el motivo.

EL «RODNEY»

Al amanecer del día 6 de enero de 1836 nos encontramos en el buque

inglés, vigilados por una escolta española, varios presos de distintas

condiciones y clase social. Algunos no nos conocíamos; otros se

consideraban como enemigos; entre los conocidos míos estaban Bertrán

Soler, el coronel don José Montero, que había intervenido para ver de

salvar a los presos de la Ciudadela, y don Francisco Raull, con quien

había hablado un par de veces. Estaban, además de éstos, Gironella, un

peluquero, un cafetero, un sastre, un chico joven, de edad de catorce

años, aprendiz de pintor, y un cómico. Al llegar al barco, yo le

escribí una carta a la señora de Mina, rodeado de marineros y sobre un

cañón. La carta decía así:

UNA CARTA A LA SEÑORA DE MINA

«Señora doña Juana María Vega de Mina:

»Navío _Rodney_, 6, enero, 1836. (Al amanecer.)

»Mi estimada amiga: Usted no debe ignorar que estoy en este navío,

habiéndome conducido a él la fuerza armada, que me sacó de mi cama

a las dos de la madrugada como si fuera un facineroso. Yo estaba

firmemente convencido de que usted pensaba que yo era incapaz

de faltar a la sincera amistad que me une a su esposo, y que el

asegurarla anteayer que yo no tenía arte ni parte en los últimos

acontecimientos, bastaba; pero veo lo contrario. Veo que me ha

tenido, y acaso me tiene, por un hombre falso y doble. Ya se ha

dado la campanada. Mi honor está comprometido, y hoy exijo del

señor Alvarez que se me forme causa, estando pronto a pasar a la

cárcel o castillo que se me designe.

»Suplico a usted le hable al general para que así se decrete, y lo

antes posible.

»Soy de usted atento y seguro servidor y amigo, que besa su pies,

_Eugenio de Aviraneta_.»

CARTA A MINA

Le escribí después al general Alvarez, que no me contestó, y al día

siguiente, al saber que había llegado Mina, le mandé esta carta:

«Navío _Rodney_, 7 de enero de 1836.

»Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted preso, y no le hago

más comentarios... Usted sabe que soy caballero, incapaz de mentir;

si hubiese conspirado, no lo negaría; me gloriaría de decirlo,

como lo hice en la causa del 24 de julio; yo no soy hombre pérfido

ni de dos caras. Aviraneta no se asocia con asesinos, y menos para

matar hombres inermes. Las autoridades, que a sangre fría toleraron

tanta atrocidad, son más criminales que los mismos asesinos.

»¡Una Ciudadela de primer orden y bien guardada, tomada

impunemente y sin resistencia por un populacho cobarde! Y a los

que acaudillaron esas vísperas sicilianas y entregaron las llaves

de la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes. Con mi

proscripción se cubre el expediente. En país extranjero escribiré

los anales de tanta infamia. Usted sabe quién soy y de lo que soy

capaz: el mejor amigo y el peor de los enemigos; no le digo a usted

más.

»La infamia que se ha cometido conmigo ha privado a usted de

recursos poderosos que estaban en mis manos para desentrañar las

maquinaciones de la facción y la intriga extranjera.

»No quiero nada de esta patria ingrata: pido a usted dos cosas con

urgencia. O que se me forme causa inmediatamente, o que se me dé

pasaporte para Inglaterra, en donde escribiré y moriré con gloria.

No quiero gracia ni libertad de usted ni de nadie. Suplico la

brevedad, porque estoy con poco dinero.

»Póngame a los pies de doña Juanita, y con expresiones al señor

Esain, y no al tuerto, que es más falso que mula de alquiler. Soy

siempre su verdadero amigo,

»_Eugenio de Aviraneta_».

NUESTRAS MANIOBRAS

Mina no me contestó, pero me contestó su mujer diciéndome que su marido

no podía mezclarse como autoridad en un asunto que no había presenciado.

En vista de esto, Bertrán Soler y yo escribimos una nota dirigida al

comandante del _Rodney_ acogiéndonos al pabellón inglés.

El comandante Flide Pasker nos contestó que esto no era posible; que el

general don Antonio Alvarez le había manifestado que siendo necesario

para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros fuéramos extrañados

de la ciudad, le había rogado que nos acogiera en su barco, y que lo

había hecho así con este motivo. Protestamos de nuevo y nos dirigimos

por carta al cónsul inglés de Barcelona, sir James Annesley, para que

nos diera pasaporte para Inglaterra; pero el cónsul nos dijo que no

podía darlo mas que a los ciudadanos ingleses.

Vivíamos en el barco sometidos al mismo régimen que los soldados y

marineros. Teníamos una guardia y dormíamos en el sollado y en la

bodega. No teníamos cama y comíamos rancho.

Varios días después fuimos trasbordados en el buque de un ex negrero

amigo de Mina y de don Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario

a la fragata inglesa _Artemisa_, que se puso en franquía con rumbo

hacia Gibraltar.

Lo que me sucedió allá lo ha contado un biógrafo mío, Villergas, con

más o menos exageración. Te lo leeré:

«Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad del general Mina,

en quien se observaron algunos arranques bruscos en nombre de la

Libertad y de la Ley, urdió una conspiración en el buque mismo que le

conducía, indisponiendo a los marineros con la tropa que le custodiaba.

Cuando estuvo seguro del triunfo hizo partícipe de su plan a uno de

sus compañeros de infortunio, el cual, para evitar una catástrofe,

dió cuenta de todo al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido

antes el consentimiento mismo de Aviraneta. ¡Tan seguro estaba de los

resultados! Es de advertir que Aviraneta urdió este complot persuadido

de que el jefe de la escolta tenía orden reservada de pasarle por las

armas al llegar a cierta altura; y así que dijo a sus compañeros que

con tal que el jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su

vida y la de los demás deportados no corría peligro ninguno, desistiría

de su propósito, pero que de otra suerte era inevitable su ruina y la

de todos los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno. Apenas tuvo

conocimiento de la trama quiso el jefe castigarla en su autor, pero la

disposición en que halló los ánimos le reveló su impotencia. Entonces

enseñó a Aviraneta la orden que tenía; y convenciéndose éste por sus

propios ojos de que no le esperaba el trágico fin a que se consideró

condenado por un ímpetu sangriento de Mina, se dió por satisfecho, y

tuvo la prodigiosa habilidad de someter de nuevo la tripulación y las

tropas a las órdenes de sus jefes naturales. En un momento deshizo lo

que había hecho: restableció la subordinación que había relajado, lo

volvió todo al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios, lo

soltó y lo sujetó como quiso y cuando le dió la gana».

--¿Y es verdad eso?

--Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos dijeron que iban a echarnos

al agua al llegar a la altura de los Alfaques, y que yo estaba tan

desesperado de haber caído en aquel lazo, que me encontraba dispuesto

a hacer cualquier barbaridad, desde soltarle un tiro al capitán hasta

hacer saltar el barco, pegándole fuego a la santabárbara; pero

seguimos adelante, pasamos el estrecho de Gibraltar, y al cabo de unos

días bajamos en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos a disposición

del capitán general de esta isla.

EN TENERIFE

Dos meses estuvimos en Santa Cruz viviendo miserablemente; no teníamos

dinero ni medio alguno de existencia; no llevamos trajes ni ropa

interior. La gente de la isla nos recibió muy bien. El comandante

general y los militares nos trataron con atención. Llegamos a convencer

a la mayoría de la gente que nosotros no éramos los asesinos que habían

degollado a los prisioneros de la Ciudadela de Barcelona.

Escribimos varias exposiciones y manifiestos dirigidos al Gobierno.

Cuando vimos que no tenían resultado alguno, y como no estábamos

vigilados, Bertrán Soler y yo nos dispusimos a evadirnos, y nos

arreglamos con un barco contrabandista que nos llevó a Argel.

RESUMEN

--¿Así que usted cree que Gil de la Cuadra lo envió a usted a Barcelona

para inutilizarlo?

--Sí.

--¿Y Mendizábal colaboró en eso?

--No; creo que Mendizábal obró de buena fe.

--Y en Barcelona, ¿quién provocó la matanza?

--La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feliú de la Peña y Xaudaró

dejaron hacer.

--¿Y por qué?

--Yo creo que Feliú, que era el más listo de todos, fué el que vió

claramente la cuestión. Feliú sabía que los isabelinos iban a hacer

la revolución. Si antes de la revolución viene la matanza--se debió

decir él--, el movimiento constitucional aborta y queda desacreditado.

Y esto pasó. Después de la matanza se formó una comisión militar, y la

organización isabelina fué completamente deshecha.

--Sí se explica. Se ve que han vivido ustedes en pleno maquiavelismo. Y

en Canarias, ¿qué le pasó a usted?

--Viví miserable y desesperado. Mi biógrafo, de quien antes te hablaba,

dice, poniéndolo en boca del capitán general de Canarias, que yo

intranquilicé la isla de tal manera, que en aquel rincón del mar,

donde nadie se ocupaba de política, instalé sociedades secretas, lo

plagué todo de logias, conciliábulos y clubs, y que me marché porque el

general gobernador hizo la vista gorda.

--¿Y esto ya no es verdad?

--No; es fantasía, pura fantasía.

--Y el viaje por mar de Canarias a Argel, ¿no tuvo nada de particular?

Porque es un viajecito respetable para hacerlo en un falucho.

--Fué un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos, temporales...

Estuvimos a punto de zozobrar varias veces. Yo me defendía a fuerza de

desesperación y de rabia.

--Y la vida en Argel, ¿tuvo algo interesante?

--En Argel estuvimos unos pocos días y regresamos Bertrán y yo, en

marzo de 1836, a Cartagena.

EN MÁLAGA

Estando ya en la Península, Mendizábal me persiguió implacablemente;

pero en Málaga hallé asilo seguro y protección. Mi amigo Thompson,

comerciante inglés, me llevó a la casa de un conocido suyo. Visité al

general don Juan San Just, que me acogió con gran amabilidad, y me dijo

que podía estar tranquilo.

No obstante las muchas órdenes de prisión que se comunicaron contra

mí, y las cartas particulares que se escribieron para desacreditarme

pintándome como un intrigante sin honor y sin conciencia, hice allí muy

buenos amigos.

Mi residencia en Málaga me proporcionó la ocasión de observar y

conocer en globo las maquinaciones que se pusieron en juego desde

la Corte para derribar el ministerio Istúriz, y las intrigas que se

tramaron para acabar con los isabelinos y dejar a Mendizábal como

dictador de España.

La muerte de los dos gobernadores, ambos isabelinos, la intervención de

Escalante, los gritos que se dieron, todo, me hizo creer que en aquel

ensangrentado motín andaban los partidarios de Mendizábal en unión de

comerciantes y de contrabandistas.

Pamplona, mayo, 1921.

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE JULIO

AVIRANETA me aseguró varias veces que, a pesar de que había intervenido

en los preparativos que se hicieron para la revolución en Málaga, en

1836, no tomó parte alguna en los sucesos ocurridos en las calles, y

que ni siquiera los presenció. Como en el Diario de Pepe Carmona había

una relación de los sucesos de aquella época, copié de él algunas

páginas:

Había vuelto a Málaga--cuenta Pepe Carmona--y me encontraba en una

situación económica ya segura, pero en un estado moral triste y

lamentable.

Mi antigua novia, María Teresa, se había casado con un muchacho rico,

José Ignacio Ordóñez, que llevaba por entonces una vida de un jugador y

de un perdido.

Este mozo parecía que daba tal aire a su dinero, que llevaba camino de

arruinarse en poco tiempo.

Mi antigua novia estaba enferma, y después de haber tenido un niño se

encontraba tan débil y tan delicada, que no se levantaba de la cama.

Su criada, una vieja de Archidona, antes protectora de mis amores,

solía venir a mi casa a darme noticias de cómo seguía María Teresa, y

de paso se lamentaba de que el señorito José Ignacio apenas se ocupara

para nada de la enferma y de que anduviera siempre de bureo con lo más

perdido del pueblo.

En aquella época, Málaga se hallaba en pleno período de efervescencia

política; las noticias de la guerra que se recibían, los rumores

de sublevación y el arresto de hombres conocidos, por suponerlos

revolucionarios, tenían al pueblo en completo y continuo sobresalto.

A mí, aunque estas cuestiones no me interesaban gran cosa, me ocupaba

de ellas, principalmente por el efecto que causaban en el comercio.

Ya en mayo de 1836, al llegar a Málaga el decreto de la disolución

de las Cortes, los ánimos, de suyo agitados por las excitaciones de

los enemigos de Istúriz, por las sociedades secretas y por la gente

partidaria de Mendizábal, se acaloraron más, y al toque de generala se

reunió la Guardia nacional pidiendo la formación de una Junta popular

en que se depositase el Poder hasta que la Reina instalase de nuevo

el anterior Ministerio, o nombrase otro que inspirara confianza a la

nación.

Al día siguiente quedó formada la Junta, que pensó por primera

providencia imponer fuertes contribuciones a los más ricos comerciantes

malagueños. Estos, apercibidos, se reunieron para conjurar el peligro;

y con su influencia, y sacando a relucir las noticias favorables de la

guerra que aquel día circularon, lograron la disolución de la Junta,

que declaró estar muy satisfecha de la actitud de Málaga.

Estos movimientos populares tenían muchas veces por objeto el proteger

la entrada de algún gran contrabando, y, conseguido esto, se reconocía

la autoridad del Gobierno, que sancionaba lo hecho y se volvía a la

vida normal.

Por aquella época, a principios de julio, encontré en Málaga al señor

Aviraneta, en un café, en compañía del comerciante inglés Thompson.

Saludé a Aviraneta. El señor Thompson me dijo, no sé si en broma o en

serio, que en Málaga se estaba trabajando en proclamar la república.

Se pensaba que nuestra ciudad diera el primer impulso y que de aquí

partiese el movimiento a las demás ciudades de Andalucía.

Las noticias de las victorias del general Córdova en Arlabán,

y la actitud del alto comercio malagueño, alarmado de que la

primera disposición de la Junta hubiese sido el decretar grandes

contribuciones a cargo de los capitalistas más acaudalados, produjo

una reacción entre los comerciantes y ocasionó el que el movimiento

revolucionario y bullanguero de Málaga se calmara.

Antes de que se presentara la amenaza de las contribuciones, nuestros

comerciantes pensaban que un cambio político les podría beneficiar;

pero después se apoderó de ellos el temor de que sus casas cargaran

con los gastos de la revolución en toda Andalucía, y no vacilaron en

influír para que abortara la revolución, y tomaron sus medidas para que

en los nuevos movimientos, que eran tan de prever, fuese el comercio de

Málaga explotador, en vez de explotado.

A estas causas obedeció el que se contuviera en el mes de mayo y junio

el pronunciamiento preparado en esta ciudad y al que habían seguido

algunos intentos en Granada y en Cartagena.

Yo estaba bastante enterado de estas cosas, primero por un empleado de

mi escritorio y después porque trasnochaba. Solía ir todas las noches

a pasear por delante de la casa de mi antigua novia, que vivía en la

calle de la Madre de Dios, cerca de la plaza de Riego. Esperaba a que

saliese a la calle la vieja criada de Archidona y me diera noticias de

cómo había pasado el día la enferma.

* * * * *

Una noche me hallaba parado en una esquina esperando a que bajara la

vieja. Cerca de casa de mi novia, hacia la plaza de Riego, estaban

hablando dos hombres; uno de ellos, a quien conocí por la voz, era

José Ignacio Ordóñez, el casado con mi antigua novia; el otro,

un comerciante, conocido mío, que tenía muy mala fama por haber

intervenido siempre en negocios sucios. El viento me traía con claridad

la conversación.

--Yo me he visto con Escalante--decía Ordóñez.

--¿Y está conforme?--preguntó el otro.

--Sí; se trata de que metamos unas cuantas partidas de contrabando el

mismo día de la revolución.

--Pero la revolución está parada.

--Ya andará--replicó José Ignacio--; la gente del pueblo no se aviene

a seguir a unos cuantos ricachones que defienden su negocio. He metido

ahí, entre los milicianos y la gente del puerto, unos cuantos matones

y echadizos, y he mandado decir que el gobernador militar y el civil

están vendidos, que tienen la culpa de todo lo que está pasando y que

ellos son los que protegen a los grandes comerciantes que no quieren la

Constitución.

--¿Y lo creerán?

--Sí; porque es verdad, en parte. Además, esa gente no sabe nada;

creen lo que se les dice. Una noche de jaleo nos basta.

--Habrá que estar preparados.

--Naturalmente que hay que estar preparados. Para mí es cuestión de

vida o muerte. Estoy dando las últimas boqueadas.

--Es que usted, camarada, es un hombre insaciable. Usted acabaría con

la fortuna de Rothschild.

--No se vive mas que una vez, compadre, y hay que aprovecharse.

--Estoy con usted. ¿Y cómo sabremos que el movimiento se ha hecho?

--Se avisará, y los mismos milicianos se encargarán de que todo el

mundo lo sepa tocando generala por las calles.

--Bueno; entonces nada hay que decir; yo tendré a mi gente preparada en

el puerto.

--Muy bien, ¿y sonsoniche? ¿Eh?

--¡No, que voy a dar un cuarto al pregonero! ¡Adiós, compadre!

--¡Adiós!

Me alejé rápidamente de la esquina, y al poco rato vi a José Ignacio

Ordóñez, que penetraba rápidamente en su casa.

* * * * *

No me fijé gran cosa en esta conversación hasta que los hechos

posteriores le dieron relieve e importancia. Seguía pensando en mi

María Teresa y yendo todas las noches a su casa a saber sus noticias.

Esta preocupación embargaba todas mis facultades.

Teníamos en el escritorio un escribiente y el portero, que eran

milicianos, y les solía preguntar noticias acerca de lo que pasaba

entre ellos.

Me hablaban de la política de Málaga con gran extensión y

apasionamiento.

Era comandante militar el general San Just, que había substituído al

coronel Bray. San Just era muy liberal; se había distinguido en Puente

la Reina y en Montejurra; se le tenía por hijo del convencional francés

Saint-Just; pero, según me dijo Aviraneta, el convencional no tuvo

hijos. Juan San Just era hombre de ideas muy liberales, alto, de bella

figura, inteligente y de gran valor. En Montejurra había dado una carga

a la bayoneta que produjo gran entusiasmo en el ejército. El general

Córdova le estimaba mucho.

A pesar de su fama de liberal, San Just no era querido por los

milicianos malagueños; por lo que me dijeron mis empleados, se había

manifestado excesivamente duro y enérgico en reprimir ciertos desmanes.

El Gobierno civil se hallaba confiado al conde de Donadío, persona de

gran influencia, que había formado parte de la Junta revolucionaria

de Andújar. Donadío era diputado por Jaén y uno de los jefes de la

Sociedad Isabelina.

A Donadío se le acusaba de ser partidario de Istúriz y enemigo de

Mendizábal; de avanzar en su carrera por sus grandes recomendaciones e

influencias, y de tener amistad con los comerciantes ricos de Málaga, y

de protegerlos.

A mediados de julio habían llegado de distintas ciudades agentes

portadores de órdenes y de recursos destinados a precipitar el

movimiento revolucionario. Don Pedro Gil, el amigo del general Mina,

vino de Barcelona con quince mil duros, que entregó a uno de los

agentes que trabajaban para preparar la insurrección.

Era, por entonces, subdelegado de Policía don Manuel Ruiz del Cerro,

pájaro de cuenta que tenía una historia bastante interesante, a juzgar

por lo que me contaron mis empleados. Este Ruiz del Cerro había sido

cajista del famoso periódico madrileño _El Zurriago_, en la imprenta

de la calle de Juanelo, y después, regente de la misma. Pasó después

muchos años de cómico en una compañía de la legua; se afilió a los

carlistas e hizo correrías con el Locho, en la Mancha. Delató, más

tarde, a los masones al conde de Ofalia, y apareció, por último, de

jefe de Policía en Málaga.

Las Furias · 第 8 / 11 段