tenía un aire de austeridad. El misterio lejano de aquellas fuertes
murallas ciclópeas, de bloques de piedra no tallados, sobre los cerros
pedregosos, hablaba a la imaginación de épocas obscuras. El esplendor
de Roma llegaba todavía vagamente, pensando que allí había habido un
Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un Anfiteatro; grandes y
tristes acueductos. La Catedral, con su interior grave y majestuoso,
su ábside como una fortaleza y su claustro admirable, era lo medieval;
después, todos aquellos muros y baluartes, con sus torres almenadas
y sus baterías, recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios y
celtas, griegos y romanos, godos y árabes, judíos y cristianos, todos
habían dejado sus recuerdos en la vieja ciudad. El comprobar que al
lado de la urbe moderna existían restos de otras urbes antiguas,
brotes espléndidos de civilizaciones desaparecidas, daba la impresión
melancólica que producen las grandes ruinas.
Tarragona era en esta época un pueblo pequeño, de unas diez a once
mil almas. Se dividía en ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo,
planteado sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia la ribera del
Francolí, y ciudad baja, que comenzaba en las proximidades del puerto
y se iba extendiendo hacia el cerro, en donde se hallaba asentada la
población amurallada y antigua. Esta última tenía la forma de una
herradura alargada, abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del
Seminario y de la Catedral.
Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, sino abiertas
hacia los extremos, estaban formadas por una serie de muros y de
baluartes, la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas,
que daban hacia el mar y hacia el monte. Entre las dos ramas de la
herradura se hallaba la explanada fortificada, que dominaba el puerto
y separaba la ciudad vieja de la nueva, y donde luego se abrió la
Rambla de San Juan. En esta época de que yo hablo, la Rambla, que
se consideraba como lo más animado de la ciudad, era la Rambla de
San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en su mayoría, eran
irregulares, estrechas y pendientes.
Yo me encontraba muy contento en Tarragona, conocía y admiraba sus
puntos de vista. Sobre todo, el trozo de muralla, desde el baluarte
de Cervantes hasta el de San Antonio, con la Barbeta o el tambor del
Toro, que caía sobre la punta del Milagro, lo recorría con frecuencia.
Era aquel un balcón espléndido que dominaba el mar.
La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa. Por el lado de la
torre de San Magín y el palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real,
donde quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba toda la
llanura del Francolí, llena de huertas y de árboles frutales. Algunas
veces subía también al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba
Tarragona. Como una de aquellas estampas de la época en que el artista
modificaba la realidad para sintetizarla recuerdo la vista que desde
allí se divisaba. En medio, la torre de la Catedral, redonda, rodeada
de murallas y de fuertes; a su izquierda, salvando un barranco, uno
de los acueductos roto, el del agua del Puigpelat; a la derecha, el
otro acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o puente del
Diablo; hacia el puerto, la cúpula de una iglesia, y por todas partes,
murallas, baluartes y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, muy
obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo espléndido.
A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba descontento de ella.
A veces, pensando en mi melancolía constante y habitual, me decía a mí
mismo:
--Estoy triste porque ella me ha abandonado--pero comprendía que no,
que estaba melancólico porque mi temperamento era así.
Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha sido para mí punzante.
Muchas veces tenía que salir de la oficina y bajar al puerto para hacer
algún encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno que otro barco de
vapor. En general, se veían goletas, místicos, polacras sicilianas,
galeotas toscanas, y alguna que otra vez, embarcaciones raras que
venían de los archipiélagos griegos, con el velamen airoso, la popa
redonda esculpida y grandes mascarones pintados con colores vivos.
Allí se solían ver barcos de todas las costas próximas, y a veces se
distinguía el pabellón soberano de los Estados del Papa, con la figura
de San Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña, con un escudo en
fondo blanco y la orla azul; el pabellón de Toscana, con una franja
blanca y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias, con
el escudo rodeado por el toisón de oro; la flámula de Módena, con su
águila; la de Mantua, con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa,
con la palabra _Libertas_; la de Génova, con una estrella roja; la de
Grecia, azul, con una cruz blanca; la de los Estados unidos de las
islas jónicas, la de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos
libres que tenían una bandera propia y peculiar suya.
Con frecuencia venían faluchos cargados hasta el tope de naranjas,
y estos faluchos, con sus grandes velas y su cargamento de frutos
dorados, sobre el mar negruzco de puro azul, me parecían el símbolo del
mar Mediterráneo.
En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, había un cordelero
que era amigo mío, y con quien solía hablar: el señor Vicente, a quien
llamaban el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás hilando la estopa
de cáñamo que llevaba en la cintura, mientras un chico daba vueltas al
carretel.
Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho, un poco cojo, con la
cara redonda y la sonrisa socarrona. Hablaba con malicia y con ironía;
había sido marino, viajado mucho, y había estado en la batalla de
Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina, a Churruca, a Valdés, y sabía
anécdotas de Nelson, a quien los marineros llamaban el Señorito, de
Collingwood, el tío Calambre y de Villeneuve, a quien apodaban monsieur
Corneta. El señor Vicente me contaba largas historias de sus viajes,
y hablándome de sus cuerdas y explicándome para qué servían en los
barcos, me hacía pensar en el mundo entero.
Cuando yo le preguntaba lo que le parecían los acontecimientos de la
guerra me decía filosóficamente:
--¡Qué quiere usted, señorito! Nuestro tiempo es muy cruel y muy
bestial. El hombre tardará mucho en ser algo razonable.
Yo estaba de acuerdo con él en lo que decía.
Veíamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios en el puerto,
cosa triste; contemplábamos la llegada de las barcas de los pescadores,
y al caer de la tarde yo volvía hacia el pueblo por la cuesta de
Despeñaperros mientras los resplandores del sol poniente incendiaban
las rocas y las murallas almenadas. Este sol dorado, los celajes
espléndidos del anochecer, en que me parecía que mi alma se vaciaba
en el ambiente, el son triste de las campanas de algún convento, la
estrella del crepúsculo cantada por Ossian, que brillaba en el cielo,
y el sollozo monótono del mar, me impulsaban a la suave melancolía.
Luego, al volver hacia casa, por las calles, miraba el interior de
las tiendecillas, apenas iluminadas, y veía las tertulias que se
congregaban en las trastiendas.
Al mediodía y al anochecer pasaba la diligencia por el centro del
pueblo con un gran estrépito de cristales, cubierta de polvo. Se
repartía el correo y se comentaban las noticias de la guerra.
Al sonar el toque de ánimas, todo el mundo se retiraba a su casa. La
idea de estar encerrado entre murallas me producía también una gran
melancolía.
Esta melancolía era en mí algo inasible; pensaba muchas veces que si
hubiera podido convertirla en tema literario, me hubiera, por lo menos
en parte, librado de ella; pero no podía: mis versos eran siempre
fríos y correctos, y mis octavas reales sonaban como un tambor. En
este endiablado poema mío no podía poner nada personal. No salía de
evocaciones y de rapsodias. Además, todo el mundo hablaba en él con una
terrible solemnidad, comenzando por el personaje, que era yo, con el
nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta, que hacía grandes proezas
y grandes conquistas, y siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don
Alvaro de Bazán, Farnesio, Cervantes y Alí-Bajá.
Muchas veces, roído por este fondo de tristeza, que comenzaba a
comprender que no dependía mas que de mí mismo, marchaba al claustro
de la Catedral y pasaba horas enteras nadando en un sentimentalismo
confuso, que quedaba como flotando sobre mi espíritu.
A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera del pueblo; íbamos a
la torre de los Escipiones o al Arco de Bará, a los pinares, donde
murmuraba el viento, o nos embarcábamos en una lancha y contemplábamos
la costa entre el cabo Salou y el cabo Gros; las colinas blancas,
amarillas, secas, con las entrañas rojas y sangrientas, cubiertas en
parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las olas azules llenas
de espumas que habían servido de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta
luz y esta esplendidez del mar latino no me producía alegría ninguna,
sino más bien tristeza. Toda esta costa mediterránea me parecía como
consumida por la llama de la pasión.
Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas por el sol poniente,
brillando en sus vidrieras, sentía, como siempre, la misma punzada de
abatimiento y de melancolía.
También me gustaba los días de fiesta quedarme en mi habitación,
mirando por la ventana el cielo y el campo.
En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía reverberaciones
de horno; en los paredones de las murallas corrían los lagartos y
las salamandras; en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro
rezongaba y se escondía en los agujeros de las piedras; luego, al
avanzar la tarde y al pasar la soñolencia de la hora de la siesta, el
aire perdía su pesadez y quedaba transparente y sutil, con un olor a
hierbas secas y una luz clara y nítida, y después venía la magia del
crepúsculo, con sus nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la
imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas y doradas.
Cuando las tintas grises del anochecer subían del llano a la montaña,
yo seguía con la mirada las curvas que trazaban en el aire las
golondrinas y los vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía
las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el toque triste del
_Angelus_.
De noche, muchas veces abría la ventana y miraba el llamear de las
constelaciones y la faz curiosa de la luna, que acariciaba con sus
rayos las piedras, los cerros y los bosques lejanos...
Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía, a veces, trasladar
estas impresiones fugitivas al papel, y no conseguía hacer mas que
pesadas octavas reales sonoras y rimbombantes.
VIII.
LA CASA DE MONTFERRAT
AL cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona, conocía a todo el
pueblo. No pretendí entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo
que me había ocurrido en Málaga me servía de lección. Con mi trabajo,
mis versos y la amistad de las dos señoras de casa, me bastaba.
De cuando en cuando recibía cartas de Málaga, por las cuales veía que
nuestros asuntos económicos iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi
familia nunca de mi novia; pero por un amigo supe que iba a casarse.
Me desesperé, y, para calmar mi dolor, hice una elegía; mas me resultó
como todos mis versos: sin emoción.
Un día estuve con Eulalia en el Jardín del Magistral, y conocí allá a
una de las mujeres más distinguidas y más elegantes del pueblo, Elena
de Montferrat, a quien el hijo de mi patrón, Emilio Serra, galanteaba.
Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tenía el perfil romano;
el óvalo de la cara, alargado; la nariz, recta; la boca, grande, pero
hermosa y fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio
obscuro. Como solía vivir largas temporadas a orillas del mar, en una
finca de su madre, cerca de Torre de Embarra, y salía por las mañanas
a pasear a caballo, no estaba pálida, como la mayoría de las muchachas
del pueblo, sino dorada por el sol. El primer día que la vi se mostró
muy amable, muy seductora conmigo. Paseando por entre los boscajes y
los macizos de flores, me pareció Armida en sus jardines encantados.
En todos los ademanes de Elena había siempre una distinción
aristocrática, unida a un gesto amargo y desdeñoso. A mí me parecía,
por su tipo, una emperatriz romana.
Elena era pariente, por parte de su madre, del canónigo don Guillermo
de Roquebruna. Elena vivía en la parte vieja de la ciudad, en una
calle estrecha que cruzaba de las Escribanías Viejas a la calle
de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa, con algunas
tiendecillas, con las casas cerradas, en la que se veía cruzar, de
tarde en tarde, algún canónigo o alguna vieja enlutada.
Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doña Gertrudis, y había
tomado con ella lecciones de piano. Elena vestía muy bien, tenía el
sentido de la elegancia, y, cuando se proponía, era graciosa y amable.
Hablaba el castellano casi sin acento.
A mí me manifestó, al poco tiempo de conocerme, cierto desdén, no sé
por qué motivo, porque yo no la pretendía pensando que había una gran
distancia entre una muchacha rica y aristocrática y un advenedizo
arruinado como yo.
El hablar con ella me producía siempre una sensación de timidez y de
encogimiento; verdad que ella se mostraba conmigo un tanto áspera,
burlona y displicente.
--A mí no me gustan los hombres guapos que se creen guapos--me dijo una
vez--, y menos los que se pasan la vida en una actitud melancólica.
Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque directo y no
legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza la dije:
--A mí tampoco me gustan las mujeres que saben que son guapas, y menos
las que son muy orgullosas.
Elena, después de esta réplica un poco viva, se acercaba más a mí y me
hablaba burlonamente:
--Ya sé que escribe usted versos--me dijo una vez--. Con el tiempo le
llamarán a usted el Cisne de Tarragona.
--No; en tal caso, la Cigarra de Málaga.
--¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos?
--No se burle usted de mí.
--No, no me burlo.
--Mis versos no tienen valor para que los lea ante un público; sirven
para mí solamente.
--¿Necesita usted consuelo?
--¿Por qué no? Como todos los hombres.
--¡Pobrecito! ¿Tan desgraciado es usted?
--Por lo menos no me creo afortunado.
--Sí, ya sé que su novia le ha dejado.
--Es verdad.
--¿Y por qué le ha dejado? ¿Porque es usted pobre ahora?
--Sí.
--Bien poco cariño le tendría a usted.
--Es que sus padres le han obligado a casarse con otro.
--¡Bah! A mí no me obligaría nadie a eso.
Otro día me dijo:
--Huye usted de todos nosotros. ¿Por qué tanto miedo?
--No es que sienta miedo; me atengo a mi posición modesta; no quiero
penetrar en la aristocracia del pueblo para no sufrir sus desdenes.
--Pues eso es miedo. ¿Tan cobarde es usted o tan tímido?
--Lo soy, no lo niego--le dije yo.
Elena tenía en el pueblo fama de elegante, de distinguida y de
caprichosa. Solían galantearla y acompañarla en el paseo de la Rambla,
Emilio Serra, el hijo de mi principal, y un militar joven, el teniente
de caballería Juanito Montoya, que pasaba en Tarragona por un calavera
deshecho.
Elena no manifestaba gran simpatía por el uno ni por el otro;
coqueteaba con cualquiera. Las señoras de mi casa me hablaron de ella y
de su madre, y me llevaron un día a saludarlas a su casa.
La familia de Montferrat era una familia ilustre, italiana, de la
Lombardía, que figuraba desde el tiempo de las Cruzadas. Entre ellos
había nombres extraños y pintorescos: Guillermo V, llamado Larga
Espada, famoso por sus proezas en Tierra Santa, en donde se casó con
Sibila, la hermana del rey de Jerusalén; Guillermo el Viejo, Bonifacio
el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance o del poema. Los
Montferrato, que aparecen en la historia de Italia desde el tiempo de
Otón el Grande, entroncan luego con la dinastía de los Paleólogos.
Un día pedí a Elena que me copiara su genealogía y me hiciera un ligero
bosquejo de los hechos más notables realizados por los personajes de su
familia, y cuando me dió la nota pasaron todos estos grandes señores,
envueltos en más o menos ripios y con el sonsonete de las octavas
reales, a mi poema.
Los Montferrato habían gozado de gran posición en Italia.
El abuelo de Elena, huído de Milán en tiempo de la Revolución francesa,
se estableció en Tarragona como un comerciante obscuro.
Elena y su madre vivían en una casa antigua y espaciosa, con balcones
salientes, ocultos por persianas de paja, fachada pintada de amarillo
y un gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en medio. A este
patio, entre cuyas losas crecían altas hierbas verdes, se llegaba
atravesando un arco de la entrada.
Desde este patio subía una escalera de piedra al primer piso por el
exterior, penetraba en un pasillo y seguía ascendiendo a los cuartos
altos.
La casa era demasiado grande para la gente que vivía en ella, y estaba
muy abandonada.
La habitación que ocupaban doña Mercedes y Elena tenía estancias
espaciosas, blanqueadas, embaldosadas y puertas grises de cuarterones.
Había algunas habitaciones regularmente amuebladas, y en una alcoba,
una gran cama, estilo imperio, en forma de nave, con cabezas de dragón,
coronas y guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba la
impresión de estar vacía.
Elena tenía un saloncito elegante y guardaba en vitrinas abanicos
preciosos, camafeos y esmaltes.
Con Elena y su madre vivía una tía solterona que había pasado su
juventud en Francia. La tía Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy
remilgada, y admiraba y al mismo tiempo tenía celos de su sobrina.
La tía Carlota, muy monárquica, muy carlista y de un romanticismo
exaltado, llevaba la contraria constantemente a Elena, que se burlaba
de ella. Hubiera querido tener esta vieja señorita un éxito amoroso
para demostrar a su orgullosa sobrina que ella también provocaba
grandes pasiones.
En un piso más alto de la casa vivía un tío de Elena: el tío Juan,
Montferrat de apellido, casado, sin hijos y sin ocupaciones. El tío
Juan, hombre de unos cincuenta años, apenas salía de casa; se pasaba
la vida aburrido, andando de un cuarto a otro como alma en pena,
mirando sus plantas, observando el barómetro y el termómetro, leyendo
el periódico de cabo a rabo, haciendo solitarios con los naipes,
bostezando, durmiendo mucho y suspirando. A todo cuanto le proponían
contestaba: ¿Para qué? ¿Qué se adelanta con eso? Y se encogía de
hombros.
Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba sobre él como sobre una
presa para poder charlar. El tío Juan era muy tímido y asustadizo;
desde el comienzo de la guerra civil no había salido nunca de la
ciudad, privándose de su grande y único placer, que era ir a la finca
que tenía en Torre de Embarra y pasarse allí el tiempo pintando tiestos
y puertas.
En el tercer piso de la casa habitaba el canónigo Roquebruna; don
Guillermo de Roquebruna era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo,
muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad y, sobre todo, por
las damas. Había figurado don Guillermo en la conspiración de los
Descontentos, y entonces, que se agitaban los carlistas siguiendo el
consejo del arzobispo don Antonio Fernando de Echánove, se abstenía de
intervenir en cuestiones políticas.
En casa de Elena quedaba el antiguo despacho de su padre, con una
biblioteca con libros antiguos y modernos y una porción de cuadros, de
estatuas y de relojes.
El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y retirado en su casa en sus
últimos años, compraba libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo
leyendo.
Elena había encontrado en la biblioteca las obras de Walter Scott, en
francés, y el Orlando furioso, en italiano, que lo había leído viendo
que aparecían los Monferrato.
La lectura del Ariosto le había dado a Elena ideas un tanto libertinas.
Elena había heredado alguna de las aficiones de su padre: solía ir con
frecuencia a casa de un prendero de una callejuela próxima que guardaba
gran cantidad de objetos de iglesia, imágenes, cuadros y casullas
procedentes de los conventos.
Desde la supresión de las comunidades religiosas, en 1835, había
prendero que se enriquecía comprando despojos de conventos y de
capillas. El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia, el
mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones de la señorita de
Montferrat.
Elena me llevó al despacho de su padre, que estaba siempre cerrado. Era
una habitación llena de interés, iluminada por dos balcones grandes que
daban a una terraza rodeada por una barandilla con jarrones de piedra.
Había una estantería con libros, cuadros antiguos, estatuas, monedas y
un globo terráqueo grande, del siglo XVII, que pertenecía de familia a
los Montferrat.
Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsón, con su pequeño taller
de mecánico y sus vitrinas de coleccionista.
Tenía dos relojes de cuco y muchos muñecos de movimiento. Uno de los
que más me gustó fué un _clown_ chino, un autómata que bajaba una
escalera dando saltos. Parecía vivo. Su secreto, que me mostró Elena,
era una fuente intermitente de mercurio que pasaba de una cavidad a
otra del muñeco por un agujero de comunicación, desplazando así el
centro de gravedad de la figurita.
Otra de las cosas que me pareció admirable fué un organillo, con
muñequitos que bailaban, fabricado en Ginebra. Aquella música y
aquellos autómatas tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra época,
en aquel cuarto abandonado lleno del espíritu de su antiguo dueño,
me parecía una cosa de magia, algo tan fantástico como un cuento de
Hoffmann. Me quedaba absorto oyendo aquella música.
--Qué bien hubiera usted estado con mi padre--me decía Elena--. El era,
como usted, soñador; no le gustaba la acción.
--¿Y a usted?
--A mí, sí. Yo no soy ninguna soñadora.
A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburría profundamente.
Al anochecer se reunían en casa de Elena varias personas a hacer
tertulia: dos señoras amigas, el tío de Elena, el primo Emilio, el
canónigo Roquebruna y un compañero suyo, el canónigo Magraner, que
hablaba siempre de las antigüedades romanas de Tarragona y de la gran
colección de monedas que poseía.
Magraner era siempre el primero en estar enterado de dónde se hacían
derribos y excavaciones, y allí se presentaba a comprar medallas,
monedas o fragmentos de mosaicos romanos.
Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y tocó en el piano sonatas de
Mozart.
En la tertulia se hablaba mucho de la guerra; se rezaba a media luz;
luego se encendía la lámpara; las señoras hacían media y se jugaba al
tresillo.
Roquebruna divagaba acerca de la política del tiempo. Le preocupaba
también mucho la secta de los alumbrados, de la que por entonces se
empezaba a hablar en Tarragona y de la cual era jefe el clérigo don
José Suaso, ex profesor de Latín en el Seminario de la Diócesis, y un
tal Ribas, labrador del pueblo de Alforja, próximo a Reus. El canónigo
Magraner había llegado a sentir un profundo desdén por la vida moderna
y se ocupaba de los romanos como si fueran sus contemporáneos. El
primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos en Tarragona, y como
quería expresarse con perfección en castellano, usaba siempre palabras
escogidas y daba la impresión de que iba avanzando por una cuerda floja
y de que estaba siempre en el momento de caer.
El tío Juan suspiraba y decía a cada paso:
--En fin, ya hemos matado la tarde.
Esta era su constante muletilla, que representaba su única preocupación.
Elena, algunas veces se encontraba a gusto en la tertulia de su casa,
pero, en general, se aburría, iba de un lado a otro, miraba a los
contertulios y pensaba.
--¡Qué fastidiosos son todos, qué mezquindad en su vida, qué falta de
valor, de interés y de nobleza!
Elena tenía la inquietud de una raza aristocrática que había vivido en
la opulencia y en la constante lucha. El resorte de su voluntad estaba
tenso; sentía la aspiración de las cosas grandes; no podía acomodarse a
una vida rutinaria y sin acción.
Cuando se asomaba a la ventana y miraba la calle, estrecha y sórdida,
con sus casas tristes, con sus tiendecillas pobres, le entraba una
punzante melancolía. En la inacción, su temperamento, lleno de vida y
de turbulencia, sufría; el sentimiento amargo del tedio sobrenadaba en
su espíritu, y en la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando
oía repicar las campanas próximas y el estrépito de la retreta en los
cuarteles y en la muralla y la oración que cantaba un ciego en la
guitarra, le sobrecogía una gran tristeza desesperada.
IX.
ELENA