ESA era mi vida: todos los días trabajar en el despacho, asomarme al

puerto, luego ir a mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí con

mis patronas, a quienes consideraba ya como si fueran de la familia,

volver a la oficina y después escribir y pasear.

Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal, a quien leí mi poema. A

él le pareció muy bien, pero a mí me quedaban muchas dudas.

Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el piano y yo en el

violín, algunas sonatas, y venían varias personas a oírnos. Por las

tardes, en el paseo, acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces también

a Elena. Esta siempre me imponía y la tenía miedo por sus salidas.

--Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos--solía decirme.

--Entre los andaluces hay de todo--le replicaba yo--; además, ¡yo soy

tan poco andaluz!

--Si yo fuera hombre y tuviera libertad...--me decía ella.

--¿Qué haría usted?

--Creo que el mundo me parecería pequeño para mis arrestos. Hubiera

estado en todos los países y visitado todas las ciudades.

--Yo he estado en París y en Londres, y me he convencido de que hoy se

pueden hacer muy pocas cosas en el mundo.

--Qué poca sangre tiene usted--decía ella--; me hiela usted con sus

palabras.

X.

UN VIAJERO MISTERIOSO

UN día se habló en Tarragona de un viajero desconocido y misterioso

llegado a la posada de la Fontana de Oro, en la Rambla. Dijeron unos

que era un italiano venido de Valencia en un barco; otros, que llegaba

de Reus en una tartana. Al principio se le tomó por emisario carlista;

luego, por republicano, y alguien concluyó diciendo que no debía ser

mas que un aventurero y un jugador de ventaja.

A los pocos días, el italiano se hizo amigo de Vidal y de Secret, y

éstos lo llevaron a casa del capitán Arnau. Era el italiano hombre de

cierta efusión; yo le conocí también y me trató en seguida como amigo.

Por lo que él nos contó y por lo que pudo traslucirse en su

conversación, supimos algo de su vida.

Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso del ejército de

Napoleón y de una gitana croata de Dalmacia. A juzgar por lo que decía,

había viajado por toda Europa y América. Moro-Rinaldi tendría entonces

unos treinta años; era hombre seco, delgado, moreno, de pelo negro, con

algunos hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los ojos,

claros, verdosos, con la cara triste, la _faccia morta_, que dicen los

italianos.

El tal hombre tenía una gran fuerza de sugestión y un gran ímpetu. Se

veía que era de una raza de corsarios, de piratas y de aventureros.

Uno de los rasgos que le caracterizaba era una observación como de

felino, que causaba mucho efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi parecía

un hombre frío interiormente, que había usado y abusado de la vida.

No creía en nada, no sentía ninguna convicción política, religiosa o

social. Se hallaba dispuesto a trabajar por cualquiera que le pagase

bien, por los blancos como por los negros; lo único admirable para

él era la energía. Se entusiasmaba pensando en Napoleón, capaz de

esquilmar a Francia y sacrificar a Europa por su interés y por su

gloria.

Este hombre exótico tenía ese aire turbio, indefinido de casi todos los

productos de raza mixta; no daba ninguna impresión de seguridad ni de

confianza.

La croata le había dado sin duda su carácter triste, cariñoso,

agitanado; la tez obscura y los ojos claros. El corso le infundió la

energía para la acción. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi, quizá

por imitación, había adquirido cierto aire de hombre desolado que no

encuentra su felicidad en el mundo.

Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi. Era un explotador

de todo y de todos que veía en cada hombre o en cada mujer,

principalmente en cada mujer, una mina que beneficiar en su provecho.

Todas las mujeres constituían una buena presa para él. Atrevido, sin

ser valiente, decidido, audaz, charlatán, de un egoísmo frenético, era

capaz de fingir un sentimiento y de creer un instante en él para reírse

al cabo de poco tiempo de su misma sensibilidad.

Moro-Rinaldi decía que él ya no quería más que encontrar un rincón

tranquilo donde poder vivir el resto de sus días. Reconocía y confesaba

con cierto cinismo que había tenido que hacer muchas pequeñas

villanías: dejar de pagar en las fondas, estafar y a veces robar.

Moro-Rinaldi sabía toda clase de juegos. Los estudiaba

concienzudamente. Se sentía capaz de hacer esfuerzos sobrehumanos

para todo, menos para trabajar. El decía muchas veces que su ideal

consistía en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer, lo decía

solamente.

Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba, era muy

supersticioso; lo pudimos comprobar.

Al principio lo negó como una debilidad indigna de un hombre, pero

lo confesó después. Era fatalista, y en cualquier cosa indiferente

encontraba un indicio, que lo relacionaba con su vida. Creía en la

_jettatura_, y en la virtud de los talismanes y de los Abracadabra.

Nos confesó que muchas veces, cuando iba a realizar algo para él

importante, se retiraba por cualquier motivo que a otro hubiera hecho

reír. Además de las supersticiones corrientes, tenía otras inventadas

para su uso particular, y que variaban constantemente. Cuando le

descubrimos su debilidad, no tuvo escrúpulo ninguno en explicarnos sus

supersticiones, a las que tan pronto daba gran importancia como le

producían risa.

--Algunas veces salgo de casa con intención de hacer algo y me digo: si

en el primer sitio en donde entro, el número de personas que hay son

impares, iré a hacer lo que me he propuesto, y si son pares, no.

Moro-Rinaldi se manifestó en casa del capitán Arnau como liberal

exaltado y como carbonario, y llegó a producir una admiración tal en el

marino y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les contaba historias

oídas o inventadas por él del carbonarismo de Nápoles y de las Dos

Sicilias, y misterios de la masonería. Hubiera intentado, si hubiese

podido, mixtificarnos a estilo del conde de Cagliostro, presentándose

como un mago; pero vió que no éramos tan cándidos para creer en

embolismos de charlatanes.

Cuando adquirió confianza con nosotros, nos dijo que no contaba con

ningún medio de vida seguro; que venía a España comisionado por la

joven Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La joven Italia

había sucedido--según nos dijo--al carbonarismo de Nápoles, cuyas

ventas comenzaban a estar en decadencia.

A él le habían enviado para tomar el pulso a la revolución que se

iniciaba en España, al mismo tiempo que se desenvolvía la guerra civil.

Moro nos dijo que era uno de los fundadores de aquella sociedad, que

tenía al frente al célebre Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en

Marsella. Nos dijo también que había tomado parte en la expedición de

Ramorino, y nos habló de las muchas intrigas que produjeron el fracaso

de esta expedición liberal.

XI.

EL ABANICO DE ELENA

LA presencia de Julio Moro-Rinaldi fué muy comentada en Tarragona: el

aire donjuanesco y cansado del corso y el misterio de su vida hicieron

que las conversaciones giraran a su alrededor durante mucho tiempo.

Moro-Rinaldi pareció no ocuparse gran cosa de la expectación producida

por él en la ciudad. Se supo que en compañía de Pedro Vidal, con la

Dora y otra moza del Hostal de la Cadena, habían tenido una fiesta con

baile y guitarreo.

Moro-Rinaldi aparecía a veces en el paseo de la Rambla con su aire

lánguido, como si estuviera desesperado y alguna desgracia profunda le

tuviera sumido en la mayor tristeza.

No cabe duda que hay en esta vieja argucia de hacerse el interesante

los mismos lazos, que se repiten siempre y que producen constantemente

el mismo efecto. Moro-Rinaldi hizo una revista de todas las mujeres

jóvenes de Tarragona, y, a pesar de su aire de hombre depravado y

atrevido, se dirigió con cierta timidez a Elena de Montferrat.

Esta orgullosa romana, con su perfil de emperatriz, se sintió conmovida

en presencia de aquel hombre misterioso, que no era joven ni de una

gran prestancia, pero que tenía algo femenino y engañador de la raza

eslava, algo de esa tristeza lánguida de los nómadas que van por los

caminos con sus osos y sus monos y tocando la pandereta.

Moro-Rinaldi ofrecía para ella el encanto de la novedad; era el ritmo

desconocido y, sin embargo, esperado; era un hombre que le daba

perspectivas de una vida más amplia, más extensa y más apasionada.

Sin duda, aquella orgullosa beldad sentía un gran deseo de humillarse,

de bajar de su pedestal y de ser una mujer como otra cualquiera,

pues ante los avances de Moro-Rinaldi no se manifestó orgullosa y

arbitraria, sino más bien modesta y humilde. Moro me pidió a mí que le

presentara a Elena; yo le dije:

--Le preguntaré a la señorita de Montferrat si quiere que le presente a

usted, y si quiere no tendré ningún inconveniente.

En efecto, después de previa advertencia, un domingo, antes de la misa

mayor, los presenté.

Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la catedral con su mirada

ardiente, y luego, al hablar con ella, se manifestó muy respetuoso y

muy tímido.

Durante la semana no se volvieron a ver; pero el domingo siguiente,

Moro-Rinaldi acompañaba a la señorita de Montferrat y hablaba

animadamente con ella, lo que confieso que a mí me produjo una

vaga impresión de celos. Este mismo día, Elena, con sus amigas, y

Moro-Rinaldi, con otros dos jóvenes, estuvieron sentados en unas sillas

de la Rambla. Eulalia, que acompañaba a Elena, me contó lo ocurrido.

Elena poseía un abanico estilo Imperio, con medallones rojos y adornos

dorados sobre fondo blanco. En uno de los padrones del abanico tenía

escondida una aguja con una cabeza de rubí.

Esta aguja estaba colocada allí para escribir, si se quería, en

cualquiera de las varillas de hueso. Moro, mientras Elena hablaba con

sus amigas, le dijo:

--¡Qué bonito abanico!

--¿Le gusta a usted?

--Sí; me recuerda uno que tenía mi madre. ¿Quiere usted dejármelo un

momento para verle?

--¿Por qué no?

Moro-Rinaldi, que conocía el pequeño secreto del abanico, lo tomó en

su mano, sacó la aguja que tenía la cabeza con el rubí y escribió dos

o tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto se lo devolvió a

Elena. Ella extendió el abanico disimuladamente; leyó, sin duda, las

palabras que había puesto Rinaldi y con la sombrilla escribió en la

arena la contestación.

Pocos días después supimos que el italiano escribía a la señorita de

Montferrat, y con frecuencia le veíamos rondando su calle.

El teniente Montoya, que había hecho una corte intermitente a Elena

en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, sus diversiones y

sus visitas nocturnas a las casas de juego, se sintió ofendido por el

éxito de Moro-Rinaldi y comenzó a pasear la calle de Elena, a caballo,

a todas horas; pero el teniente había perdido la partida. Elena ya no

le hacía el menor caso. El triunfo de Rinaldi era manifiesto. La bella

Angélica, desdeñando a los demás pretendientes, había encontrado su

Medoro.

Como yo sentía también cierta indignación al ver la fortuna del corso,

introduje a Moro-Rinaldi en mi poema, convirtiéndole en un pirata

berberisco, hombre violento y atrevido, sin ley y sin honor, que

arrebataba en su barca a una princesa griega.

XII.

REPROCHES

EL triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectación en la ciudad; por

todas partes no se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra se

mostraba cejijunto y malhumorado; los jóvenes elegantes aseguraban que

Moro-Rinaldi era un aventurero que iba tras de la dote de la señorita

de Montferrat.

En mi casa, tanto doña Gertrudis como Eulalia me hicieron la

insinuación, y después me aconsejaron francamente, que galanteara a

Elena. Según ellas, esta señorita sentía grandes simpatías por mí,

y si lograba ser aceptado por ella, conseguía, primero, tener una

mujer, que, además de buena y de simpática, gozaba de gran posición, y

arrancarla de los brazos de un aventurero.

--Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado rica para mí--las decía

yo.

--No lo creo--replicaba Eulalia--. Elena, aparentemente, es una mujer

soberbia; pero en la intimidad es muy sencilla y muy bondadosa. Yo

estoy segura de que hará con el tiempo una excelente madre de familia.

--Todo eso será cierto--replicaba yo--; pero en el estado actual una

indicación mía en ese sentido tendría un completo fracaso.

Las dos señoras me decían que debía de intentar; pero yo no pensaba en

esto, y menos viendo cómo el corso llevaba sus amores al galope.

Poco después supe por Eulalia que había habido largas explicaciones

entre Elena y su madre.

--Este hombre es un aventurero, hija mía--le dijo doña Mercedes.

--¿Por qué? ¿En qué se le conoce?--preguntó con cierta acritud Elena.

--No es difícil conocerlo. Nadie sabe quién es ni de qué vive; todas

nuestras noticias acerca de él se reducen a que ha desembarcado en

Valencia y que es corso.

--No sé lo que es, pero a mí me agrada. En cambio, su sobrino de usted,

Emilio Serra, me molesta y me importuna. Es uno de los hombres más

antipáticos que he conocido.

--Bien; aunque así sea, Emilio no es el único hombre que hay en

Tarragona.

--Es uno de mis galanteadores. El, el teniente Montoya y Pepito

Carmona. Emilio cree que tiene algunos derechos sobre mí porque es mi

pariente, y si yo llegara a hacer la tontería de casarme con él, sería

celoso como un turco. El teniente Montoya ya se sabe lo que es: un

jugador y un calavera; respecto a Pepito Carmona...

--¿Qué? No creo que tengas que decir nada malo de él.

--¡Líbreme Dios!, no digo nada malo de él. Es un chico muy fino,

muy discreto..., pero le asusto: prefiere estar haciendo versos que

hablando conmigo.

--Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho; le tratas con verdadera

saña. Es lógico que te haya tomado miedo.

--Yo no quiero hombres que me tengan miedo; prefiero mejor los que

intenten dominarme y protegerme.

--No te veo por buen camino, Elena; piensa lo que vas a hacer, piénsalo

bien, porque si das un paso en falso la cosa ya no tiene remedio;

consúltalo también con tu confesor.

--¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir; conozco cuáles van a ser sus

consejos, los he oído muchas veces, y no me han de convencer.

--Sin embargo, creo conveniente que hables con él.

--Bueno, hablaré...

El canónigo Roquebruna, a quien doña Mercedes había indicado que

hablara a Elena, unos días después de esta conversación llamó a la

señorita de Montferrat a la ventana del salón de su casa, donde solían

tener la tertulia.

--Me ha dicho tu madre--le dijo--que estás en relaciones con ese

italiano recién llegado.

--Sí, es verdad.

--¿Y sabes quién es ese hombre? ¿Has tomado informes de su vida y de su

familia?

--No, no he tomado ningún informe, no sé mas que lo que me ha dicho él.

--¿Y no encuentras imprudente tu conducta?

--¡Qué se yo! ¡Qué quiere usted que le diga! Es posible que sea

imprudente.

--Hija mía, ¿por qué has de creer que has de ser más feliz con ese

extranjero a quien no conoces, que probablemente será un calavera, un

vicioso, que con un hombre, por ejemplo, como tu primo Emilio, a quien

conoces desde la infancia y con el que tienes una completa confianza?

--Padre mío, esa es la pregunta que se puede hacer a todas las personas

que se enamoran. ¿Por qué éste o ésta, y no el otro o la otra? Yo no

sabré contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando afecto;

Emilio me es indiferente, me desagrada.

--¿Pero una mujer de inteligencia como tú puede dejarse llevar así por

instintos tan caprichosos, tan arbitrarios?

--Creo que todas las mujeres somos iguales en este punto. Sentimos

amor, o no lo sentimos.

--¿Y no puedes dominar esa pasión?

--¿Y por qué la he de dominar, si es mi única esperanza de dicha? No me

importa que Julio sea pobre ni de familia humilde; me basta con que me

quiera.

--¿Y después? ¿Si te sale mal la combinación?

--Si me sale mal me resignaré. Se juega la partida, y se puede ganar o

perder. Yo soy bastante vieja para jugarla.

--¡Vieja! ¡Tienes veinticinco años!

--¡Qué quiere usted! Siento el tiempo que se me pasa. Yo tengo la

aspiración de llevar una vida más fuerte, más enérgica, más llena de

emociones. Esta existencia monótona y provinciana me exaspera, me pone

fuera de mí. Creo que viviendo así algún día haría un disparate mayor,

un disparate que ni siquiera estaría legitimado por la pasión.

Don Guillermo hizo un gesto de resignación y se calló. Hombre que

conocía la vida y las pasiones por el confesionario, sabía que las

reflexiones frías y las consideraciones utilitarias no tenían eficacia

en los temperamentos exaltados.

Unos días después, el canónigo Roquebruna dijo a doña Mercedes:

--Elena está empeñada en seguir sus relaciones con ese hombre. Creo, mi

señora doña Mercedes, que no le conviene a usted oponerse radicalmente;

deje usted que la muchacha hable con ese italiano naturalmente, nunca a

solas; haga usted que lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo,

es posible que ella misma, como se ha cansado de los demás, se canse

también de él.

Efectivamente, doña Mercedes tomó ante su hija una actitud

conciliadora; únicamente intentó averiguar detalles de la vida de

Moro-Rinaldi, para ver si poco a poco iba llevando el desprestigio del

corso al corazón de su hija.

Elena, con la miopía y la falta de espíritu de justicia peculiar en las

mujeres, creyó que Moro-Rinaldi era el único hombre noble y digno que

había conocido.

XIII.

HABLA MORO-RINALDI

LA transigencia de su madre hizo que Elena pudiese mirar a su

pretendiente con cierta serenidad. La oposición y la lucha en casa

la hubieran impulsado seguramente a una actitud más decidida y más

rebelde. Un día, en este bello paseo de San Antonio, que domina el mar,

hablaron largamente Elena y Moro-Rinaldi.

--En todo el pueblo dicen que es usted un aventurero. ¿Es verdad?--le

preguntó ella.

Moro sonrió con cierta tristeza:

--Sí; soy un aventurero. Mi padre era militar corso; mi madre, una

croata de clase pobre. La infancia la pasé en París, viviendo como

un hijo de familia acomodada. Mi padre era coronel de la guardia

imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba que tenía ante mí un hermoso

porvenir; pero vino la caída de Napoleón, y la ruina entró en nuestra

casa. Mi padre, militar a medio sueldo, tomó parte en conspiraciones

bonapartistas y republicanas, hasta dar con sus huesos en un castillo

y después en la emigración. Yo he vagabundeado por el mundo sin poder

encontrar una colocación adecuada para mí; he sido un calavera,

un hombre disipado. A veces no he retrocedido ante procedimientos

indelicados, ¡que quiere usted!, la pobreza no conduce nunca a nada

bueno. Le digo a usted la verdad. ¿Usted me desprecia? Bien; me iré de

aquí, mi vida está ya deshecha; ya no tengo ante mis ojos mas que un

horizonte muy negro.

--No; yo no le desprecio a usted.

--Si usted me da alguna esperanza, mi vida tendrá ya un objeto e

intentaré regenerarme.

Elena no contestó; pero en su mirada se veía claramente que

Moro-Rinaldi podía esperar.

El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y también mío. A mí me

llegó a preguntar si había pretendido a Elena; yo le dije que no, y

añadí:

--Es una mujer para casarse con un príncipe.

--Y para casarse con usted también, si usted la pretende con fuerza.

--No lo creo. Además, me daría vergüenza llevar a una mujer así a una

casa pobre como la mía.

--¿Adónde quisiera usted llevarla, querido?

--A Pafos o a Amatonte.

--Sueños de poeta. En amor todo es cuestión de voluntad. La voluntad

vence los mayores obstáculos. Ya ve usted: yo soy más viejo que usted;

soy un advenedizo, un calavera, un hombre a quien nadie conoce, y la

voy a pretender y me la voy a llevar.

--¿Cree usted?--le dije yo.

--Sí; usted presenciará mi éxito. Yo seré el Paris de esa Elena.

--Afortunadamente aquí no hay ningún Menelao.

Quince días después paseábamos Vidal, Moro-Rinaldi y yo por la Rambla y

entrábamos en la farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento que

éste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigiéndose a Vidal, le dijo:

--Parece que en la casa del capitán Arnau no le miran a usted con gran

simpatía.

--Es verdad. Arnau no me quiere; el haber sido yo antes oficial de

voluntarios realistas le produce una gran cólera contra mí.

--En cambio, la muchacha, María Rosa, está inclinada a usted.

--Sí; creo que sí.

--Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos y escaparnos con nuestras

respectivas novias. Usted con María Rosa y yo con Elena.

--¿Con la señorita de Montferrat?

--Sí.

--Pretende usted robarla?

--Probablemente la tendré que robar; la familia no querrá dejarla

casarse conmigo.

--¿Y cree usted que ella accederá?

--Sí; así lo espero.

--Es una mujer tan orgullosa, tan altiva...

--¡Bah!, mujer como todas...; hay una canción que las enloquece.

--¿Cuál?

--Esa tan vulgar de: «La quiero a usted con delirio... Es usted mi

estrella... el único consuelo de mi existencia triste y miserable...»

Todo es cuestión de cantar esa aria de bravura con energía.

--Es usted audaz.

--No lo crea usted. La primera vez que se hace una cosa de estas parece

un gran atrevimiento; luego, no. Al principio, a la mujer que va con

uno se la tiene por una víctima; luego se piensa que es una cómplice,

y, a veces, se cree que la víctima es uno, el raptor, el tenorio, el

engañador... A usted le pasará lo mismo.

--No; si María Rosa viene conmigo, me casaré con ella y viviré siempre

a su lado.

--Cada cual su gusto--dijo Moro-Rinaldi sonriendo con su amable

sonrisa--Si yo hubiese tenido medios para vivir, creo que hubiera hecho

lo mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a cosas absurdas y,

luego, lanzado ya, no se puede uno detener, es tarde. Va uno como si

fuera arrastrado por la corriente de un río: se intenta agarrarse a

esta peña, a esta rama de árbol... ¿No se ha conseguido? ¿No ha podido

uno detenerse? Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una rama

seca o un manojo de paja.

--¿Es usted fatalista?--le pregunté yo.

--Sí. El fatalismo me parece la única verdad que hay en la vida. Todo

lo que tiene que ocurrir ocurre.

--¿Pero usted cree que hay destino?

--Estoy inclinado a pensar que sí.

--¿Un destino predeterminado?

--Sí.

--No creo en eso. Además, a mí me parece que la voluntad y el amor

pueden modificar el destino.

Moro se encogió de hombros.

--¿No cree usted en el amor?

--Poca cosa, la verdad.

--¡Pobre Elena!--exclamé yo.

--¿Por qué?--preguntó él--. Yo creo que para hacer feliz a una persona

es mejor no sentir amor por ella.

--Es una tesis un poco extraña..., pero, ¿quién sabe?, quizá sea cierta.

Vidal, al salir de la botica, me dijo que sospechaba que de ninguna

manera María Rosa aceptaría el escaparse con él dejando su familia.

Yo, al oír esta conversación, suponía que se trataba de una broma más

que de un proyecto en serio.

XIV.

UNA SERENATA

AL comienzo del invierno, algunos jóvenes del pueblo pensaron en

organizar una pequeña orquesta para el Carnaval del año siguiente.

Fuimos a un sótano, que era almacén de un anticuario, a ensayar. Allí,

delante de estatuas góticas de piedra, que representaban apóstoles con

un libro o con un báculo en la mano; de tablas antiguas, pintadas y

estofadas; de santos de madera con los ojos de cristal; de retablos

dorados con angelitos mofletudos; de vargueños, arcas talladas y camas

con columnas salomónicas e incrustaciones de cobre, solíamos armar una

gran algarabía con nuestros instrumentos.

Yo tocaba el violín.

Vidal, la guitarra, y Moro Rinaldi, la mandolina.

Cuando llegamos a ensayar algunos trozos con cierta maestría, Moro

Rinaldi propuso que diéramos serenata a las damas de nuestros

pensamientos.

Elegimos un sábado, y salimos todos formados del almacén del

anticuario, donde nos reuníamos para ensayar, a la calle, de noche.

El tiempo estaba espléndido. Había una lluvia de estrellas, y se

veían a cada paso cruzar rayas luminosas por el cielo profundo

y transparente. A lo lejos se oía el murmullo del mar como una

respiración lenta, voluptuosa y tranquila.

Pasamos primero por delante de casa de Arnau, tocamos dos o tres piezas

de nuestro repertorio, y Vidal cantó una jota con mucho brío delante de

la ventana de María Rosa. Luego fuimos acercándonos por las callejuelas

estrechas a la casa de Elena; allí repetimos nuestro concierto, y

Rinaldi cantó con mucho gusto la siciliana de _Le Nozze di Figaro_, de

Mozart.

El balcón de Elena se iluminó, y vimos después su figura, vestida de

blanco, asomarse a la barandilla.

Luego, yo toqué el _Carnaval de Venecia_.

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