Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror que reinaba

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)

han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrón del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._

_El sabor de la venganza._

_Las furias._

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

LAS FURIAS

ES PROPIEDAD

DERECHOS RESERVADOS

PARA TODOS LOS PAÍSES

COPYRIGHT BY

RAFAEL CARO RAGGIO

1921

Establecimiento tipográfico

de Rafael Caro Raggio

PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

LAS FURIAS

[Ilustración]

RAFAEL CARO RAGGIO

EDITOR

MENDIZÁBAL, 34

MADRID

_A Pablo Schmitz, de Basilea, a quien conocí todavía en plena juventud

y al que vuelvo a encontrar de nuevo, pasados veinte años, en los

linderos de la vejez, con el mismo entusiasmo ardiente por lo noble y

por lo puro y el mismo desdén por lo ruin y por lo mezquino; al amigo y

al maestro, al que me unen la comunidad de recuerdos y la comunidad de

simpatías_,

_EL AUTOR_.

LAS FURIAS

PRÓLOGO

HACIA 1860--cuenta nuestro amigo Leguía--fuí con mi mujer, algo enferma

del pecho, a pasar el invierno a Málaga, y me instalé en la fonda de la

Danza, de la plaza de los Moros, en donde me hospedaba otras veces.

Esta fonda era de un gallego casado con una andaluza, y aunque no

un hotel moderno (todavía no se habían implantado esa clase de

establecimientos en España), se podía vivir con comodidad en ella. No

dominaba por entonces el individualismo, un tanto feroz, que hoy reina

en los hoteles, y se comía en la mesa redonda, y cada uno contaba a su

vecino sus negocios y hasta sus cuitas. Teníamos mi mujer y yo, como

compañero de mesa, un juez gallego que se quejaba constantemente de la

comida de Málaga.

Para el juez gallego, todo lo de la ciudad y los alrededores era

rematadamente malo. El juez estaba deseando que lo trasladasen a otro

punto; pero como, al parecer, era un buen funcionario, las personas

influyentes de la ciudad habían pedido que no lo sacasen de allí, y el

Gobierno lo dejaba en su puesto. Según pude entender, el juez gallego

constituía el terror de la gente maleante del Perchel y del puerto.

Solíamos estar en la mesa tranquilamente, cuando se oía de pronto la

voz del gallego que gritaba:

--¿_Peru_ qué sardinas _sun_ éstas? _Estu_ no vale nada; _estu_ no está

_frescu_.

--No me diga usted _ezo_, don Juan--terciaba la dueña del

establecimiento--; _presisamente ayé_ me _desía_ don _Pepe Rodrigue_

que en ninguna parte se comía el _pecao_ como en _eta_ casa.

--Pues, señora, ¡_estu_ no está _frescu_!--gritaba el juez con la misma

energía que si estuviera dictando una sentencia de muerte.

--¿_Quié usté_ que le traigan un poco de _pescá_?

--¡Qué pescada ni qué _niñu muertu_! Que me pongan dos _huevus fritus_.

--¿Lo quiere _uté_ con _patata_?

--¡Patatas! Aquí no valen nada las patatas _¡Aquellus cachelus!_

Yo me reía interiormente de las divergencias de opinión del gallego

y de la andaluza; para el primero no había nada superior a lo que se

criaba en las proximidades del Miño, y para la andaluza, Málaga era el

compendio de todas las excelencias culinarias y no culinarias.

Un día en que me hablaba el juez de sus campañas contra la gente

maleante, le pregunté si sabía algo de la asonada política de Málaga

en 1836, en que intervino Aviraneta y en la que murieron el conde de

Donadío y el general Sanjust; pero el juez, por aquella época, no

estaba en Málaga.

Preguntó a un joven, empleado en el Gobierno Civil, que se hospedaba en

la fonda, quién podría tener datos de esta algarada.

--El que he oído decir que presenció este motín--dijo el joven--fué un

señor de aquí.

--¿Quién?

--Pepe Carmona, un comerciante malagueño que es aficionado a escribir.

¿No le conoce usted?

--No.

--Pues es un hombre muy amable, muy tranquilo, muy frío, muy poco

hablador, que parece un inglés. Sin embargo, su sino ha debido de ser

tomar parte en estas trifulcas, porque de joven presenció una matanza

que hubo en Barcelona en el mismo año que la de Málaga.

--Hombre, ¿qué me dice usted? Me interesa también ese movimiento de

Barcelona--dije yo--. Me gustaría conocer a ese señor. ¿Podríamos

verle?

--Sí; si usted quiere, le citaré una noche de éstas en el Casino.

--Muy bien; cítele usted.

--Pues ya le avisaré a usted para que vayamos a verle.

Pocas noches después fuimos al Casino el joven empleado y yo, y conocí

a Pepe Carmona. Pepe Carmona era hombre de unos cuarenta y cinco a

cincuenta años; hombre triste, amable y apagado. Tenía el tipo mixto

que abunda en Málaga: los ojos azules, el pelo rubio, ya canoso; la

nariz recta, la cara larga y huesuda; vestía con mucha pulcritud y

lucía unas manos blancas, muy bien cuidadas. Al hablar ceceaba algo,

pero con suavidad, sin aspereza alguna, y sonreía amablemente con

frecuencia y con cierta timidez, un tanto rara en hombre ya de sus años.

Pepe Carmona me confirmó lo dicho por el joven del hotel y me aseguró

que había conocido a Aviraneta en Barcelona, cuando las matanzas de la

Ciudadela, en 1836, y que le volvió a ver en Málaga días antes de la

muerte del general Sanjust, es decir, meses después de conocerle.

Le pedí me hiciera una relación de estos acontecimientos, de los cuales

había sido testigo, y me dijo:

--Yo no sabría separar bien estos hechos con los recuerdos de mi vida;

si usted quiere, le prestaré un cuaderno de mis memorias, en el que he

escrito esos acontecimientos que a usted le interesan.

--Con muchísimo gusto. No tendré ese cuaderno mas que el momento

indispensable para leerlo.

--No, no; puede usted guardarlo el tiempo que quiera.

El señor Carmona me envió al día siguiente al hotel un grueso cuaderno

muy bien empastado. Estaba escrito con una letra inglesa de comerciante

y había intercalado en el texto algunos dibujos hechos por el mismo

Carmona. Tanto la relación escrita como los dibujos ostentaban cierta

facilidad elegante, pero no una fuerte personalidad. Al parecer, Pepe

Carmona, en su vida como en su literatura y en sus dibujos, era un

hombre amable y distinguido; pero no pasaba de ahí.

De sus memorias copio todo lo que puede interesarnos a los

aviranetistas.

I.

EL DIARIO DE PEPE CARMONA

MI padre--dice Pepe Carmona--era un comerciante malagueño, nieto de

un irlandés por la rama materna. El decía que su familia irlandesa

procedía nada menos que de reyes. Mi madre había nacido en Málaga, pero

era oriunda de Burgos, de un pueblo próximo a Salas de los Infantes, de

donde salió mi abuelo para poner una mercería en la calle Ancha.

La procedencia, medio irlandesa, medio castellana, me ha dado a mí un

tipo poco meridional, que es, sin embargo, frecuente en Málaga, en

donde hay mucha mezcla de razas.

Mi padre contaba con relaciones comerciales en Inglaterra; había estado

varias veces en Liverpool y en Londres y adoptado las costumbres e

ideas de los ingleses. Una de ellas era el considerar como el sumum de

la vida el tener las maneras de un _gentleman_. Mi padre consideraba

lo mismo el ser _gentleman_ que el ser rico; identificaba estos dos

conceptos confundiendo el hecho con el derecho.

El caso fué que a mí me dió una educación de hijo de rico en un colegio

de alto porte; que pasé temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra

y en Francia. Naturalmente, yo me creí un hombre de fortuna que podía

dispensarse costosas fantasías. En Londres me hice vestir por los

mejores sastres, y en París tuve la humorada de tomar, como profesor de

violín, a un alemán que me llevaba por cada lección un ojo de la cara.

Cuando volví a Málaga le dije, cándidamente, a mi padre que no sentía

la menor afición por el comercio: me gustaba más la poesía, y puesto

que él contaba con medios de fortuna suficientes para vivir, y yo

también, si no le parecía mal, me dedicaría de lleno a la literatura.

También le dije que probablemente no viviría en Málaga, porque aquel

sol y aquella sequedad del paisaje me ponían malo.

Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos, y los aceptó con

cierta tranquilidad irónica. Yo me dediqué a leer. Mis entusiasmos

entonces eran Ossian y Walter Scott; conocía también algo de lord

Byron. Por aquel tiempo comencé un poema épico: _La Batalla de

Lepanto_, y esto me hizo separarme un poco de los Fingal, de los Morven

y de las Malvinas, de los Rockeby y de las _Damas del Lago_, para

meterme de cabeza en la mitología grecorromana.

Compré la _Odisea_ en una traducción francesa. _La Eneida_, en la

versión de don Diego López, que, aunque decían que no era fiel, me

servía para comprender el original, y _La Jerusalén libertada_, del

Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar. Al mismo tiempo me enamoré

de una muchacha de la buena sociedad malagueña. María Teresa era una

chica muy buena y muy simpática; yo tenía por ella un entusiasmo

loco. Nos conocíamos de niños, y nuestro afecto había ido naciendo

lentamente. Yo me creía ya muy seguro en la vida, y, aun así, tenía por

temperamento una gran timidez para todo.

Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a pesar de que, para la

mayoría de la gente, Málaga, en aquella época, pasaba por un pueblo

aburrido y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente.

Mi tiempo transcurría en mi casa y en casa de mi novia. Los domingos

paseaba con ella por la Alameda, y a todas horas le rondaba la calle.

A veces me sentía muy melancólico, y esto lo atribuía a las pequeñas

disensiones que tenía con mi padre y con mi novia.

II.

ARRUINADOS

EN esto, mi padre, que estaba fuerte como una roca, así al menos lo

decía él, cayó enfermo y en pocos días murió. Empezamos mi hermano y

yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa comercial, y resultó,

según nos dijo nuestro socio, que mi padre, quitando algunas acciones

de minas, que por entonces no producían nada, no tenía un cuarto.

Al poco tiempo todo Málaga se hallaba enterada de nuestra ruina.

Hicimos un balance de cuentas que nos dejó espantados. Afortunadamente,

mi madre, mujer enérgica, de carácter, tomó las riendas de la casa:

cortó por lo sano; vendió joyas y mobiliario, quedándose sólo con lo

imprescindible, y fuimos a vivir a una casita de campo de la Caleta.

Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar para ver el modo de poner a

flote el negocio de mi padre.

El socio nos manifestó una mala intención señalada, y vimos claramente

que quería quedarse con la casa comercial, dando una pequeña pensión a

mi madre. Nos enteramos del valor que podían tener las acciones de la

compañía minera en donde mi padre había metido varios miles de duros,

pero estas acciones se hallaban por entonces muy en baja, y nuestros

amigos nos aconsejaron que esperáramos algún tiempo para venderlas.

Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde se ha pasado por rico: se

molesta uno al ver que la gente conocida huye del arruinado y se tiende

a la desconfianza y a la suspicacia.

Los meses que pasé en Málaga, después de la muerte de mi padre, fueron

para mí muy desagradables. Creía ver en todo el mundo apartamiento

y desdén. Sólo mi novia seguía queriéndome y tratándome como hasta

entonces.

Poco después, su padre se me acercó en la Alameda, y tras de largas

consideraciones y de decirme que no me quería mal, me indicó que no

visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me cerraba las puertas

de su casa.

Yo volví a la mía completamente deprimido. Por entonces comencé a

decaer, me sentía cansado y triste. Mi hermana, con más genio que yo,

se burlaba de mí y me decía que tenía sangre de chufas.

--Si éste es así, dejadle--observaba mi madre.

No era sólo pena y tristeza lo que yo tenía, porque pocos días después

tuve que acostarme y pasé durante cuatro semanas la fiebre tifoidea.

Cuando empecé a levantarme, mi madre, viendo que seguía lánguido y

triste y que no reaccionaba rápidamente en la convalencia, me dijo:

--Lo que tú tienes que hacer es marcharte de aquí.

--¿Adónde?

--Qué sé yo. El mundo es grande.

--Está uno bastante mal preparado para luchar en la vida.

--Otros con menos medios que tú han llegado a ser algo.

Sabía un poco de francés, inglés y cuentas. Me hubiera gustado ir a

vivir a Inglaterra, pero comprendía que el aprendizaje allí sería

demasiado caro y demasiado largo para un hombre sin medios.

Consulté con un capitán de barco, el capitán Barrenechea, que hacía

la travesía de Cádiz a Barcelona, y éste me dijo que me llevaría a

cualquier punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea y yo, en

que primeramente intentaría probar fortuna en Valencia. Era a principio

de la guerra, en 1833. Me embarqué en la _Bella Amelia_, y estuve en

Valencia un mes sin encontrar nada que me conviniera, y cuando volvió

de nuevo el barco de mi amigo el capitán fuí con él a Tarragona.

Al bajar, en el puerto, Barrenechea me dió dos cartas de recomendación.

Una, para un señor Serra, comerciante, y la otra, para un capitán de

cabotaje, llamado Ramón Arnau, que vivía cerca del puerto.

III.

DOÑA GERTRUDIS Y EULALIA

EL capitán Arnau, hombre tosco, no muy amable, me recibió de una manera

un tanto ruda. Me convidó a comer en su casa y me llevó por la tarde al

escritorio del señor Serra, que tenía un gran almacén de granos y de

harinas en una calle próxima al puerto. El señor Serra me sometió a un

interrogatorio, y gracias al capitán Arnau, que vino en mi ayuda, pude

salir bien del paso. Hice valer mis conocimientos y entré en la casa

como escribiente y tenedor de libros, con veinticinco duros al mes.

Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que pensar en la cuestión

del alojamiento, cuestión difícil, porque había por entonces mucha

guarnición en el pueblo y dos o tres regimientos más que de ordinario,

con lo cual todas las fondas y casas de huéspedes estaban ocupadas por

oficiales.

El hijo de mi patrón, Emilio Serra, me dió una tarjeta para que

visitara a dos señoras, tía y sobrina, que vivían en la calle de las

Moscas, calle del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral. Tardé

bastante en encontrar la calle, que estaba en lo más elevado de la

ciudad, cerca de la capilla de San Magín.

Encontrada la casa, llamé y subí hasta el último piso. Las dos señoras,

tía y sobrina, eran castellanas; me recibieron amablemente y me

alquilaron un cuarto espacioso, con una ventana que caía a la parte de

atrás de la calle de las Moscas, hacia la muralla.

Al principio vacilaron en darme hospedaje completo con la comida;

pero a lo último, y diciéndoles yo que me acomodaría a sus gustos y

costumbres, quedamos en que comería con ellas.

Mis patronas, como he dicho, eran tía y sobrina. La tía, viuda de un

comandante retirado, muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doña

Gertrudis era una señora de pelo blanco, ojos claros, de aire muy

amable y muy inteligente, y vestida siempre de negro. La sobrina,

Eulalia, de unos cuarenta años, tenía los ojos muy vivos, la boca

grande, de dientes blancos, los ademanes enérgicos y apasionados.

Eulalia vestía también de negro; según supe después, un novio con

quien iba a casarse había muerto días antes de la proyectada boda y se

consideraba como viuda.

A mí me parecía por su pureza y su fidelidad un tipo intermedio entre

Astrea y Artemisa.

El primer día que comencé mi trabajo en la oficina de don Vicente Serra

me pareció muy largo y penoso. Por la noche hablé con las dos señoras

de mi casa largamente y les conté mi vida.

Eran doña Gertrudis y Eulalia de cerca del pueblo de la familia de mi

madre, y con tal motivo intimamos, considerándonos como medio paisanos.

--Es extraño--me dijeron varias veces, una y otra--. Usted no tiene

nada de andaluz.

La amabilidad de mis patronas suavizó la vida que llevaba en Tarragona.

Mi patrón, don Vicente Serra, hombre de unos cincuenta y tantos años,

no me resultaba nada simpático: era frío, soberbio, ordenancista; tipo

del comerciante rico que se da en todo el Mediterráneo. Me dijeron que

prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy santurrón y de ir a

todas las procesiones y ceremonias religiosas, andaba en relaciones con

las Celestinas del pueblo.

El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simpático: se manifestaba muy

déspota y muy orgulloso de su riqueza. Los Serra tenían una de las

casas más lujosas de la Rambla de San Carlos.

En los días siguientes de mi estancia allí me fuí haciendo cada vez

más amigo de las señoras de mi casa. Arreglé mi cuarto, que era grande,

espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo, a mi gusto. Puse

en las paredes algunas estampas y litografías traídas de Inglaterra, un

estante para mis libros, una mesa delante de la ventana, y me prestaron

mis patronas un sillón, con los brazos terminados por cabezas de pato,

muy cómodo.

Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde, con su piano, su cómoda,

el espejo pequeño con marco de caoba, dos retratos al óleo y varias

estampas. Esta sala tenía una sillería de estilo inglés. Eulalia me

dijo que podía escribir allí si quería, pero yo le contesté que con mi

cuarto me bastaba.

Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas lecciones y cantaba con

mucho gusto. Yo la oía, sobre todo los domingos y días de fiesta, desde

mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde se veía, enfrente y a

la derecha, el Campo de Marte, dominado por el alto del Olivo, y a la

izquierda, la ribera del Francolí, un inmenso jardín lleno de bosques

de palmeras, de limoneros y de almendros.

Aunque no conocía Grecia, me figuraba que así debían ser los paisajes

cantados por los antiguos poetas bucólicos de la Hélade.

IV.

EVOCACIONES Y RECUERDOS

POR Eulalia me enteré, días después, que la casa donde vivíamos estaba

en el emplazamiento del antiguo Foro y próximo al Capitolio.

--¿Así que vivimos entre el Foro y el Capitolio?--le pregunté a Eulalia.

--Sí, señor. Ya ve usted qué honor. Aquí cerca, al lado de la puerta

del Rosario, están también los muros ciclópeos.

Contemplé estos trozos de murallas, construídos con enormes peñas por

pueblos antiquísimos y fabulosos. El Capitolio, según me dijeron,

ocupaba un espacio limitado por una línea que, partiendo de la calle de

las Escribanías Viejas, pasaba por la parte superior del Horno de los

Canónigos y la pared del claustro de la Catedral, y cruzaba por frente

al convento de la Enseñanza, hasta la casa del Arcedianato de San

Lorenzo. En este sitio había existido la torre del Patriarca, torre en

donde estuvo prisionero Francisco I, después de la batalla de Pavía,

antes de ser trasladado a Madrid, y que fué volada por los franceses

en 1813. Dentro del recinto del antiguo Capitolio entraba también el

jardín del Magistral.

El Foro, al parecer, comenzaba en el castillo de Pilatos y plaza del

Rey, seguía por la calle de Santa Ana, yendo a formar ángulo con la de

Santa Teresa, próximamente a la casa del Horno de Salas; desde aquí

seguía en línea recta por la Mercería, escaleras de la Catedral y calle

de la Civadería, trazaba un ángulo en la calle de las Moscas, seguía

la línea por el arco de Toda y el huerto de la casa de las Beatas,

cerrando la línea en la plaza del Pallol.

Del Foro se conservaba todo su ámbito: las bóvedas subterráneas en la

calle de la Mercería, y las superficiales en la parte de atrás de la

Catedral.

No lejos de casa estaba también el palacio de Augusto, la torre de

Pilatos, y hacia el mar, el Circo, donde se encuentra ahora el presidio

del Milagro.

Esta vecindad, con los antiguos monumentos ilustres de la época, me

llenaba vagamente la imaginación de ideas trascendentales.

Cuando salía de mi trabajo e iba a casa de mis patronas marchaba muy

alegre. Les contaba cómo había pasado el día, y les llevaba noticias

que corrían por el pueblo acerca de la guerra. Ellas, a su vez, sabían

otras noticias, y confrontábamos las suyas con las mías.

Por las noches de invierno, después de cenar, teníamos en la

mesa-camilla, doña Gertrudis, Eulalia y yo, largas conversaciones.

Doña Gertrudis me contaba escenas de la guerra de la Independencia,

presenciadas por ella. Esta guerra había dejado, como en otras ciudades

españolas, un terrible recuerdo en Tarragona. Tarragona se defendió

contra los franceses con un gran valor, como Zaragoza y Gerona. Los dos

meses que duró el sitio de la ciudad fueron de una espantosa carnicería.

Doña Gertrudis recordaba al viejo general don Senén Contreras, yendo

y viniendo por los baluartes, rodeado por su Estado Mayor, hablando

siempre a los soldados y a los guerrilleros con una gran energía y un

frenético entusiasmo. Doña Gertrudis contaba con muchos detalles la

vida del pueblo en los meses de sitio, las mil cábalas que se hacían

acerca de la suerte de la ciudad y las versiones que corrían sobre la

ferocidad de las tropas del mariscal Suchet.

Por lo que decía ella, a quien más odiaba entonces el vecindario era

a la legión italiana, que estaba con un regimiento de sitio también

italiano, entre el fuerte de Loreto y el mar.

Esta legión se hallaba formada por sicilianos, napolitanos y corsos,

reunidos en un depósito de reclutamiento en la Isla de Elba. La legión

se hallaba constituída por aventureros, bandidos y ladrones capaces

de todo. Uno de sus sargentos, Bianchini, se supo que había hecho la

apuesta de comerse el corazón del primer centinela español que matase,

y, por lo que se dijo, se lo llegó a comer.

La crueldad y la violencia de este hombre se hicieron legendarias, y la

gente le llamaba _El Dimoni_. El tal Bianchini hizo varios prisioneros

españoles, y como premio pidió al general ser el primero para entrar al

asalto en Tarragona. En la brecha cayó muerto.

El mariscal Suchet reconoció que los españoles se batían como leones.

La gente del pueblo insultaba con furia a los franceses desde las

murallas, y patrullas de mujeres iban armadas con su fusil a las

avanzadas. Una de ellas, la Calesera de la Rambla, tuvo gran fama en

aquella época.

Durante los días del asalto, la rabia de sitiadores y sitiados llegó al

colmo. Los españoles mataron, en un encuentro, al general Salme, y los

franceses, después de fusilar a unos cuantos españoles, escribieron con

la sangre de sus víctimas este letrero en la muralla: «_Queda vengada

la muerte del general Salme_».

Los últimos días del asalto fueron terribles. Los franceses,

enfurecidos, no daban cuartel; los españoles se habían refugiado

en la Catedral, y desde sus puertas hacían un fuego horroroso. Los

franceses tuvieron que tomarla a cañonazos y a tiros, y desde la plaza

de Las Coles hasta la entrada del templo fueron dejando, en la ancha

escalinata que sube hasta él, racimos de muertos. Cuando entraron en

la Catedral no dejaron dentro vivo a nadie de los que allí se habían

refugiado. El suelo estaba lleno de sangre. Los franceses no respetaron

heridos, ni enfermos, ni mujeres, ni chicos. Se contaba que los

granaderos echaban a los niños por las ventanas y los recibían en la

calle otros soldados en las puntas de las bayonetas. Después de la gran

matanza, los franceses hicieron ocho grandes hogueras alrededor de la

ciudad para quemar los muertos, y estas hogueras estuvieron echando

espirales de humo grasiento y horrible durante días y días.

La desgracia de España hizo que, después de la postración producida por

la guerra de la Independencia, viniera la lucha política encarnizada y

cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto grado de libertad

de conciencia y de vida práctica. Los pueblos deshechos, despoblados,

tardaban mucho en levantarse y en volver a la vida normal. Se había

adquirido el hábito de la violencia; los hijos de los feroces

guerrilleros, naturalmente, no podían ser mas que sanguinarios y

crueles.

Después de la nueva campaña que hicieron los franceses realistas con

el duque de Angulema, y que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron

las intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido a uno de

sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió a la señorita de Comerford

en la casa del canónigo hospitalero de la Catedral, don Guillermo de

Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo la belleza de esta

señorita irlandesa, que luego resultó enredada con un fraile.

Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror que reinaba en

Tarragona en tiempo del conde de España; los presos que venían de noche

de los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo de Pilatos o

en el Fuerte Real, y de la bandera negra que aparecía en los baluartes,

por lo cual se sabía que el día anterior se había enterrado o echado al

mar un cadáver destrozado por las balas.

Todavía presentaba un carácter más horrible, según Eulalia, lo que

pasaba en los calabozos de la Falsabraga, entre la barbacana y la

muralla, hacia el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto

se oían en aquella época, casi todas las noches, gritos, lloros,

lamentos y, con frecuencia, descargas cerradas. Luego se veían pasar

hombres llevando algún bulto, precedidos por otro con un farol. Nadie

se atrevía a acercarse al sitio en donde se sospechaba que alguien

había sido enterrado; reinaba el más profundo terror, y la idea de ser

llevado a la presencia del conde de España inquietaba a todo el mundo.

Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, pero al mismo tiempo la

tranquilidad de que gozaba por entonces me llenaba de satisfacción.

Doña Gertrudis me trataba como si fuera su hijo; yo iba sintiendo

por ella gran afecto. Hicimos el proyecto de que, si acababa pronto

la guerra, marcharíamos juntos a Salas de los Infantes. Ellas habían

estado hacía pocos años; pero ya no podían soportar el frío de aquella

región. Además, por estos días campeaba por allí el Cura Merino con su

gente.

Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de este ambiente apacible y

algo melancólico me encontraba muy bien. En Málaga había vivido tan

retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá para otro monótona,

a mí me bastaba.

Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. Los domingos paseaba

y, después de la misa, solía comprar alguna golosina para llevarla a

casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi siempre iba a pasear al

claustro de la catedral. El jardín del claustro, con sus arrayanes y su

pozo, sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No quería saber nada

arqueológico; si a veces oía las explicaciones de algún cicerone, las

olvidaba en seguida.

Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de aquel reposo lleno de

misterio, que me daba la impresión de un lugar de Oriente. A la hora

de las vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano, el canto de los

canónigos; veía a los mendigos envueltos en sus capas, rezando bajo una

puerta primorosamente labrada, y todo esto me hacía soñar en una época

pretérita y mejor.

Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde tocaba la música militar,

y contemplaba a las señoritas de la aristocracia y a las menestralas,

vestidas de negro, con unos cuerpos de diosa y la cara pálida de vivir

a la sombra. Al anochecer, los días de fiesta, solíamos tener en casa

alguna pequeña reunión musical, y yo tocaba el violín y Eulalia me

acompañaba en el piano.

Por entonces se empezó a hablar de los carlistas catalanes Tristany,

Brujó, Caballería, etc.

Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos; pero no contaban con

un hombre como los del Norte, con Zumalacárregui.

Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente de Cabrera y de

sus campañas en el Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban como un

monstruo, y otros, como el más acabado tipo del caudillo defensor del

trono y del altar.

Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo, y peleando en el mismo

bando, dos símbolos de las dos corrientes opuestas y contrarias de la

España clásica. El uno, la perseverancia y la visión clara y penetrante

del hombre del Cantábrico; el otro, el brío, la gallardía y la fiereza

del Mediterráneo. Mientrastanto, el resto de España esperaba.

V.

LA TORRE DE ARNAU

ALGUNAS veces iba a visitar al capitán Arnau, a quien me había

recomendado Barrenechea, el de la _Bella Amalia_. Don Ramón Arnau,

hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte, enjuto, bien hecho,

con la cara curtida por el sol y el aire del mar, era de estos tipos

secos, avellanados, que produce la vida de a bordo.

Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y muy limpio; era hombre

serio, de movimientos rudos, y hablaba de una manera casi siempre

áspera y malhumorada. A mí no me manifestaba la menor simpatía; me

consideraba, sin duda, como un señorito mimado, incapaz de un arranque

de entereza.

Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical; no iba casi nunca a la

iglesia; su mujer, aunque de menos edad que él, parecía más vieja, casi

como si fuera su madre.

El capitán se mostraba con ella duro, dominador, creyendo, sin duda,

que la misión de las mujeres es la de obedecer sin réplica y trabajar

sin la menor distracción. La mujer del capitán seguía siempre la mirada

de su marido y temblaba cuando éste se enfurruñaba. Arnau tenía esa

idea de la autoridad del _pater-familias_ romano, y se consideraba

infalible e indiscutible.

En casa de Arnau conocí a sus hijas, María Rosa y Pepeta. María Rosa,

muchacha rubia y blanca, me pareció un poco pava; la Pepeta, morena,

con ojos verdes claros y tonos azules alrededor de los ojos, era

verdaderamente bonita.

Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su juventud, no me gustaban

del todo por lo ásperamente que hablaban el castellano. Yo creía

entonces, y tardé bastante tiempo en darme cuenta de tal preocupación,

que por ser andaluz era superior a los catalanes. No comprendía que si

un catalán puede ser ridículo hablando castellano entre castellanos,

un castellano es ridículo hablando catalán entre catalanes. Lo mismo

le pasa al español que habla francés, o al francés que habla español.

Se cree también que unos idiomas son eufónicos y agradables al oído,

y otros, no; pero todos los idiomas son eufónicos para el que está

acostumbrado a ellos.

Arnau poseía una casa de campo en el camino de Barcelona, que va

costeando por entre pinares y la marina, a poca distancia del Hostal

de la Cadena. Esta torre, como la llamaban allí, era pequeña y blanca,

tenía un hermoso huerto, un jardín con una terraza y una azotea

desde la que se divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos,

granados, limoneros y otros árboles frutales; el jardín tenía varios

cuadros separados por boscajes de mirtos y de madreselvas, que formaban

calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en verano, resplandecían

innumerables flores, y constantemente había frutos, pues cuando unos

estaban ya maduros otros comenzaban a brotar. La naranja y el limón,

las cerezas y los albaricoques, las peras y las manzanas, los higos,

las granadas y las nueces se sucedían sin descanso.

Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos veinticinco a treinta

años, fuerte, tostado por el sol, algo pariente de Arnau. Pascual

trabajaba constantemente y tenía un gran amor por la agricultura.

En el jardín había una pequeña glorieta cubierta con enredaderas y un

gran pino alto, de copa redonda y tronco morado.

La tapia, pintada de azul, tenía encima jarrones de porcelana llenos de

cristales de colores que despedían al sol brillantes destellos.

En mi poema _La Batalla de Lepanto_ introduje más o menos

subrepticiamente el jardín de la torre de Arnau y lo convertí en el

jardín de las Hespérides, con sus ninfas guardadoras de las manzanas

de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el hortelano, le

llamaba Vertumnio. Cierto que el mitológico jardín no tenía nada que

ver directamente con el resto de mi poema; pero yo me consideraba con

derecho para vagabundear como poeta en alas de la fantasía por el mundo

entero.

Varias veces fuí a la torre de Arnau solo o acompañado por algunos

amigos, sobre todo los días de fiesta. María Rosa y Pepeta reinaban en

aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos, como Flora y Pomona.

Estas chicas catalanas, que no conocían la timidez ni el rubor, eran

completamente ingenuas y naturales y hablaban de una manera terminante

y enérgica. No tenían María Rosa y Pepeta nada de ninfas tímidas y

ossianescas ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar con un

poco de imaginación por diosas paganas.

María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta tenía un realismo

aplastante.

Conmigo solían ir dos pretendientes de María Rosa y de Pepeta: Pedro

Vidal y Juan Secret.

Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios realistas, y en aquella

época se manifestaba satisfecho de no serlo y se sentía partidario

de la Reina. A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdonaba el

haber pertenecido a la milicia realista y le manifestaba una marcada

antipatía.

Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado en Tarragona, al frente

de los Descontentos, y a su familia se la consideraba en el pueblo como

absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente con su madre

en una callejuela próxima a la Catedral.

Secret gozaba de la completa simpatía del capitán Arnau. Secret era

hombre bajito, rojo y barbudo; su gran preocupación consistía en

parecer alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo, de noche,

se creía que pasaba un gigante; tales zancadas solía dar.

Secret tenía el título de maestro de escuela y se vanagloriaba de haber

publicado un periódico liberal en Reus. Lector de la historia de la

revolución francesa, sentía un frenético entusiasmo por sus doctrinas y

por sus hombres.

Secret sabía el francés, había vivido unos meses en Perpiñán y leído

obras del vizconde de Arlincourt, y estaba convencido de que su mirada

magnetizaba y fascinaba como la de las serpientes de los cuentos.

Creía que era de esos hombres fatales que destrozan el corazón de

las mujeres, de esos hombres que ríen de sus víctimas con una risa

sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en los novelones y en

los melodramas.

Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que, por entonces, al menos,

no se sabía que hubiera hecho ningún gran destrozo en las vísceras

cardíacas del bello sexo.

Eso de parecer un hombre fatal siempre ha sido y será, sobre todo en

época de romanticismo, cosa muy agradable. Secret, antes de vivir

en Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte de los

Descontentos.

Su estancia en Perpiñán trastornó sus ideas y comenzó de pronto a

sentirse liberal, y acabó siendo antirreligioso y republicano.

Secret era bilioso, colérico y partidario de incendiar, de matar y

de no dejar títere con cabeza. El decía que estaba afiliado a la

sociedad de carbonarios, pero sus amigos tampoco lo creían. Secret

echaba grandes discursos en castellano, desdeñaba el uso del catalán

y dominaba con sus adulaciones, y lo tenía preso en su tela de araña

al capitán Arnau. No sabía yo exactamente si este hombre se dirigía a

María Rosa o a Pepeta, pero ninguna de las dos le acogía con agrado.

Los conocidos me daban broma por mi amistad con la Pepeta, pero era

inútil: tenía en la memoria impreso de una manera imborrable el

recuerdo de María Teresa, y, además, reconociendo que era una tontería,

no podía pasar por el acento catalán áspero de Pepeta. No me parecía

nada femenino.

Otro comensal de la casa amigo de Arnau y muy liberal era un

farmacéutico, Castells, un hombre gordo, tranquilo, que tenía su

farmacia en una esquina de la Rambla de San Carlos.

Castells era un tanto fantástico: tenía ideas raras y originales;

creía que la ciencia, con el tiempo, realizaría todos los milagros que

se suponen hechos en la antigüedad, y pensaba que por la química se

llegarían a hacer seres vivos.

Este Castells daba siempre la nota pintoresca y extravagante. Cuando

íbamos a su farmacia solía obsequiarnos con magníficos refrescos, que

componía con varios ingredientes en alguna probeta con el mismo aire

que si estuviera haciendo un experimento o una reacción química.

En la casa de Arnau, en último término se destacaba la tía Doloretes,

pariente de la mujer del capitán. Era ésta una mujer muy vieja, negra

como un cuervo, acartonada, con una mirada muy viva y una manera de

hablar exagerada y expresiva.

La pobre vieja vivía con el hortelano Pascual constantemente en la

torre; había tomado la misión de trabajar para los demás y cultivaba la

huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas le hacían alguna vez

una caricia.

No se podía ir con frecuencia a la torre de Arnau, porque muchas veces

se decía que algún grupo de carlistas rondaba por las proximidades

del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los días de fiesta prefería

quedarme en casa y añadir unas cuantas octavas reales más a mi gran

poema.

A veces desconfiaba de este mamotreto, que iba creciendo y creciendo de

tamaño, y en el que yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador

y valiente; pero otras, me entraba de lleno la ilusión y pensaba en

legar al mundo una obra maestra.

VI.

LA CASA DEL NEGRE

CERCA de la torre de Arnau, y entre la carretera y el mar, delante

de una estrecha playa pedregosa se levantaba una casucha terrera,

construída con adobes, que tenía al lado un corralillo y un pequeño

bancal, verde o amarillento, según las estaciones. En el corralillo se

veían constantemente harapos puestos a secar al sol, sobre cuerdas de

esparto, y algún montón de fiemo, a cuyo alrededor picoteaban gallinas

y comía una cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, hasta

donde subían las olas, que echaban sobre la arena grandes madejas de

algas harapientas, se veía una barca vieja, con la quilla al aire, que

se pudría con la humedad y el sol.

Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al Hostal de la Cadena, se

llamaba la casa del Negre.

El Negre había sido un pescador borracho y contrabandista que durante

muchos años antes de la guerra de la Independencia había vivido allí.

El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la vida fumando en su

pipa, componiendo sus redes en la playa y cantando. Una de las coplas

que más le gustaba repetir era ésta:

Cuan lo pare no te pa

la canalla, la canalla,

cuan lo pare no te pa

la canalla fa ballar.

Un día el Negre hizo un extraño descubrimiento. Tenía su barca

estropeada y había ido a pescar a una roca próxima a Tamarit del Mar,

con su caña y una cesta, en la que llevaba un pedazo de pan y una

botella de aguardiente.

Por la noche el pescador volvió trastornado, y, en vez de quedarse en

su casa, entró en el Hostal de la Cadena.

Según dijo el Negre, había visto claramente una sirena blanca que tenía

el tronco de una mujer y el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le

había agarrado a la cuerda de la caña, y al levantarla en el aire dió

un grito, se hundió en el agua y desapareció.

Se discutió el hallazgo en la taberna. Unos se pusieron a favor, y

otros, en contra. El Negre afirmó que él sabía lo que eran las sirenas,

porque en su juventud había visto una en el mascarón de proa de un

barco, medio blanca, medio verde y con un arpa dorada en la mano.

El Negre describió su sirena con toda clase de detalles. Era rubia, con

los ojos azules y los pechos blancos. Unos días después, dos jóvenes

fueron a la roca próxima a Tamarit y vieron que el agua se revolvía al

pie. Quizá había alguna pareja de delfines.

Desde entonces los vecinos de por allá llamaron a la roca la Roca de la

Sirena.

El Negre no sabía a punto fijo lo que había visto, y cuando hablaba del

hallazgo de su sirena lo contaba todas las veces de distinto modo.

El Negre murió a fuerza de ver cosas raras, porque siempre que las veía

llevaba su botella de aguardiente, y más cosas raras veía cuando más

alcohol penetraba en su cuerpo.

Poco después de la muerte del Negre apareció, habitando la casa, un

vagabundo medio gitano, a quien llamaban el Caragol. Este hombre,

enfermo de tercianas y de color pajizo, vivía enredado con una mujer

muy guapa, llamada Teodora, que no le guardaba la menor fidelidad,

porque constantemente, y de noche, entraban y salían hombres en aquella

casa.

Un día el Caragol vino con tres mujeres, que dijo eran hermanas de

la que vivía con él. No se sabía de dónde llegaban. Hablaban estas

mujeres una lengua mixta de catalán, de italiano y de ruso.

Venían de muy de lejos; quizá ni ellas mismas sabían dónde habían

nacido. La gente creía que eran gitanas o medio gitanas estas hijas de

la tierra. La Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba

como una Venus, confirmando la idea de los antiguos griegos de que

Venus era hermana de las arpías.

Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora anduvo enredada con un

marinero. Sus hermanas, las tres flacas, secas, negras, malhumoradas,

chillonas y amenazadoras, trabajaban en el bancal de la casa del Negre,

lavaban la ropa y salían a pescar pulpos entre las rocas.

Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol: la Nariz, la Escoba y el

Mochuelo.

En mi poema, en donde les di también entrada a estas mujeres, eran

Alecto, Thisiphone y Megera.

La Teodora tuvo una hija muy rozagante del marinero, y luego, en tiempo

de la guerra de la Independencia, se enredó con Bianchini, el soldado

de la legión italiana a quien llamaban el _Dimoni_, del que tuvo un

hijo.

Poco después, el Caragol murió, y la Teodora desapareció del pueblo

dejando a sus supuestas hermanas la chica y el chico.

Las tres viejas arpías, la Nas, la Escombra y el Mussol, quedaron en

la casa del Negre, trabajando como bestias para mantener a los dos

sobrinos.

Por lo que se supo después, las tres furias hacían contrabando.

Algunas noches se veían luces en el mar y en la casa del Negre; después

un falucho se acercaba a la costa frente al Hostal de la Cadena, y

tres sombras iban a la pequeña playa, entraban en el mar y salían con

pesados fardos, que iban subiendo a depositarlos en el Hostal de la

Cadena y en la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y armas para

los carlistas habían sido llevados al hombro por aquellas tres mujeres.

Una noche en que el comandante de carabineros, de acuerdo con un

contrabandista que dirigía el movimiento, había dispuesto enviar

todos sus soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar el

contrabando, se presentaron dos carabineros al olor de la combinación,

en la que ellos no participaban, pretendiendo tomar parte en el botín.

Uno de los carabineros mandó pararse a dos de las furias de la casa

del Negre, a la Nas y al Mussol, a las que sorprendió subiendo por la

playa cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar su carga al suelo.

El jefe de la maniobra terció en la cuestión, se entendió con los dos

carabineros y siguió haciéndose el alijo.

Unas semanas después, una noche obscura, las tres hermanas volvían

de la playa con unos fardos de tabaco al hombro, cuando uno de los

carabineros que les había sorprendido noches antes les dió el alto.

--¡Alto! A ver esos fardos.

Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El carabinero los

reconoció.

--¡Hala!--dijo después--; tenéis que venir conmigo a la comandancia.

Las tres mujeres suplicaron encarecidamente al carabinero que les

dejara; pero el otro, con la petulancia del hombre armado y con

uniforme que se cree autoridad, aseguró que no cedería.

Entonces las tres furias se hablaron en su lengua, y rápidamente se

lanzaron sobre el carabinero; una le sujetó los brazos por detrás; la

segunda le tapó la boca, y la otra, abriendo un cuchillo, le dió tres

cuchilladas profundas en el pecho. El carabinero quiso gritar y mordió

en la mano a una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron en la

arena, y allí le dieron más cuchilladas, hasta que lo dejaron muerto.

Ante el cadáver, las tres hermanas conferenciaron; decidieron meterle

en su bote, y, pasando por delante del puerto, lo dejaron cerca de

la salida del río Francolí. Después volvieron, limpiaron el bote

perfectamente, quitaron las huellas de sangre de la arena y guardaron

sus fardos. Esta muerte hizo que se abriese un proceso, en que hubo

indicios para acusar a las tres mujeres de la casa del Negre, que

fueron a la cárcel.

Mi patrón, don Vicente Serra, que, sin duda, tenía alguna relación con

estas mujeres por cuestiones de contrabando, les dió dinero para que

pudiesen poner fianza y salieran a la calle.

Estas tres mujeres llegaron a producir el terror en los alrededores del

Hostal de la Cadena. Tenían las tres el perfil agudo, algo de pájaro

en la cara, una manera de andar llena de fuerza y de brío; sobre todo,

una de ellas, la menor, el Mussol, parecía ir volando cubierta con

sus harapos negros. La gente creía a estas tres mujeres capaces de

todo. Algunos pensaban que hacían mal de ojo y que podían atraer las

desgracias, las pestes y las calamidades sobre las personas que odiasen.

La mayor de ellas, la Nas, tenía una cara fuerte, dura, inmóvil; la

nariz, recta y cortante como un cuchillo; el pelo, negro, en dos

bandas; el pañuelo, también negro, en la cabeza, y el brazo, seco y

membrudo, como una raíz retorcida. La Escombra se caracterizaba por sus

pelos alborotados, andaba siempre sucia y greñuda, y se la tenía por

aficionada al aguardiente. El Mussol parecía realmente un mochuelo.

Nadie entraba en su casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la

carretera, le insultaban. Los dos sobrinos de estas furias eran a cual

más inútiles y perezosos. La chica, que se llamaba Teodora, como su

madre, pero a la que decían Dora, era rubia, vagabunda, y andaba en el

Hostal de la Cadena en compañía de otra muchacha de mala fama. Se las

veía a las dos a orillas del mar hablando con marineros y carabineros.

La Dora, perezosa, tumbona, rozagante, no hacía mas que vagabundear y

cantar. Era una mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera

podido servir de modelo a una Venus Calipiga.

Al chico, que entonces tendría quince años, le llamaban el _Caragolet_

y el _Dimoni_; trabajaba por temporadas, yendo a pescar en algún

falucho, y solía vagar por la playa y los alrededores. A los quince

años ya galleaba, rondaba a las mozas, vestía muy pincho, con gorro

rojo, camisa de color y pantalón blanco; era hipócrita y sanguinario.

Tenía un perro sarnoso, que se llamaba _Napoleón_, que era el compañero

de sus hazañas. Era un perro tan hipócrita como su amo, que se acercaba

amablemente al que le llamaba y, de pronto, le mordía en una pierna y

echaba a correr.

Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido con la vida

angustiosa y miserable; tenían que pagar deudas y dar a mi patrono

Serra lo que éste les había prestado.

Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertían.

Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama de sus sobrinos y,

sobre todo, las aventuras de la muchacha, que, a su modo de ver, las

deshonraba.

Estas furias tenían un odio terrible contra todo y contra todos; el

rencor de los parias por los prestigios que ellos no pueden alcanzar.

A pesar de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada y

vidriosa; odiaban furibundamente a los que andaban con su sobrina, y al

mismo tiempo la admiraban a ella por el atractivo y el garbo que tenía.

A uno de los que consideraban como su mayor enemigo era a Pedro Vidal,

que había andado con la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente

Serra había querido llevar a una casa de Tamarit del Mar a la Dora, y

ésta, burlándose del viejo comerciante, había alardeado de sus amores

escandalosamente con Vidal.

Las furias de la casa del Negre tenían un profundo odio por este

muchacho, que impidió que la Dora llevase una vida de menos escándalo

que la que había llevado hasta entonces. Según me dijo Vidal, muchas

veces, al pasar por delante de la casa del Negre, había visto alguna

de las viejas que le mostraba el puño con rabia.

Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas por todos, sin

apoyo ninguno, me daban a mí una profunda lástima.

VII.

RECUERDOS Y EVOCACIONES

HAY ciudades en el Mediterráneo en las cuales su antiguo esplendor

queda como sumergido en la obscuridad de la historia. Son ciudades que

viven todavía una vida intensa y que las preocupaciones del momento les

hacen olvidar los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no tienen

mas que el prestigio de su pretérita grandeza, y pueblos lánguidos que

se conservan sin morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia

lozana y fuerte.

De estos últimos era por entonces Tarragona, ciudad demasiado antigua

y demasiado moderna que, entre su extrema antigüedad y su modernidad

extrema, no tenía apenas rasgos de unión.

Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas y murallas ciclópeas

de una antigüedad hundida en el misterio, tenía, a pesar de sus

edificios, la mayoría nuevos, un carácter grandioso y severo.

Había algo como un poder huraño en sus ruinas robustas, olvidadas por

el tiempo, que daba hasta a las construcciones modernas un sello de

gravedad y de tristeza.

Las Furias · 第 1 / 11 段