Que si guardaba la vida,

Era por gozarle en premio

De mi amor; mas ya la doy

Con gusto, pues hoy le pierdo.

No te obliguen las corrientes

Que por estos ojos vierto,

Que no son por obligarte,

Sino por mi sentimiento.

Antes, si me has de hacer bien,

Acaba, acábame presto;

Para que el perder a Fabio

Y el morir lleguen a un tiempo.

Mas es tanta tu crueldad,

Que porque morir deseo,

El golpe suspenderás,

Más que piadoso, severo.

Ejecuta el golpe, acaba,

O no me quites mi dueño;

Déjame vivir con él,

Aunque viva padeciendo.

Bien sabes que solo una hora

Vivir sin Fabio no puedo,

Pues si he de morir despacio,

Más alivio es morir presto.

Un año, y algo más, ha

Que sin decirlo padezco,

Amando sin esperanzas,

Que es la pena del infierno.

Ya su sol se va a otro oriente,

Y a mí, como a ocaso negro,

Quedándome sin su luz,

¿Para qué la vida quiero?

Mas si tengo de morir,

Amor, ¿para qué me quejo?

Que pensarás que descanso,

Y no descanso, que muero.

Ya me venda amor los ojos;

Ya desenvaina el acero;

Ya muero, Fabio, por ti;

Ya por ti la vida dejo.

Ya digo el último adiós;

¡Oh, permita, Fabio, el cielo,

Que a ti te dé tantas dichas

Como yo tengo tormentos!

En esto decir quiero,

Que muero, Fabio, pues que ya te pierdo,

Y por ti, con gusto, Fabio, muero.

Casáronse, en fin, don Dionís y doña Magdalena; y, como me lo había

prometido, me trajo, cuando se vino a su casa, en su compañía, con

ánimo de darme estado, pensando que traía una hermana y verdadera

amiga, y trajo la destrucción de ella: pues ni el verlos ya casados,

ni cuán ternísimamente se amaban, ni lo que a doña Magdalena de amor

debía, ni su misma pérdida, nada bastó para que yo olvidase a don

Dionís, antes crecía en mí la desesperada envidia de verlos gozarse

y amarse con tanta dulzura y gusto, con lo que yo vivía tan sin él

que, creyendo doña Magdalena que nacía de que se dilataba el darme

estado, trató de emplearme en una persona que me estimase y mereciese;

mas nunca ella ni don Dionís lo pudieron acabar conmigo, de lo que

doña Magdalena se admiraba mucho y me decía que me había hecho de una

condición tan extraña que la traía fuera de sí, ni me la entendía.

Y a la cuenta debía de comunicar esto mismo con su esposo; porque un

día que ella estaba en una visita y yo me había quedado en casa, como

siempre lo hacía, pues estando tan desabrida a todo divertimiento

me negaba, vino don Dionís y hallándome sola y los ojos bañados de

lágrimas, pues pocos ratos dejaba de llorar el mal empleo de mi amor,

sentándose junto a mí, me dijo:

—Cierto, hermosa Florentina, que a tu hermana y a mí nos trae

cuidadosísimos tu melancolía, haciendo varios discursos de qué te

puede proceder, y ninguno hallo más a propósito, ni que lleve color

de verdadero, sino que quieres bien en parte imposible, que a no ser

así, no creo que haya caballero en esta ciudad, aunque sea de jerarquía

superior, que no estime ser amado de tu hermosura y se tuviera por muy

dichoso en merecerla, aun cuando no fueras quien eres ni tuvieras la

hacienda que tienes, sino que fueras una pobre aldeana, pues, con ser

dueño de tu sin igual belleza, se pudiera tener por el mayor rey del

mundo.

—Y si acaso sucediese —repliqué yo (no dejándole pasar adelante; tan

precipitada me tenía mi amorosa pasión, o, lo más seguro, dejada de

la divina mano)— que fuera así, que amara en alguna parte difícil de

alcanzar correspondencia, ¿qué hiciérades vos por mí, señor don Dionís,

para remediar mi pena?

—Decírsela, y solicitarle para que te amase —respondió don Dionís.

—Pues si es así —respondí yo—, dítela a ti mismo y solicítate a ti,

y cumplirás lo que prometes; y mira cuán apurado está mi sufrimiento

que, sin mirar lo que debo a mí misma, ni que profano la honestidad

y joya de más valor que una mujer tiene, ni el agravio que hago a tu

esposa, que aunque no es mi hermana la tengo en tal lugar, ni con saber

que voy a perder y no a ganar contigo, pues es cierto que me has de

desestimar y tener en menos por mi atrevimiento, y despreciarme por

mirarme liviana, y de más a más, por el amor que debes a tu esposa,

tan merecedora de tu lealtad como yo de tu desprecio. Nada de esto me

obliga, porque he llegado a tiempo que es más mi pena que mi vergüenza;

y así, tenme por libre, admírame atrevida, ultrájame deshonesta,

aborréceme liviana, o haz lo que fuere de tu gusto, que ya no puedo

callar.

Y cuando no me sirva de más mi confesión, sino que sepas que eres la

causa de mi tristeza y desabrimiento, me doy por contenta y pagada de

haberme declarado; y supuesto esto, ten entendido que, desde el día que

empezaste a amar a doña Magdalena, te amo más que a mí, pasando las

penas que ves y no ves, y de que a ninguna persona en el mundo he dado

parte, resuelta a no casarme jamás, porque si no fuere a ti, no he de

tener otro dueño.

Acabé esta última razón con tantas lágrimas, ahogados suspiros y

sollozos, que apenas la podía pronunciar.

Lo que resultó de esto fue que, levantándose don Dionís, creyendo yo

que se iba huyendo por no responder a mi determinada desenvoltura,

cerró la puerta de la sala y volvió donde yo estaba, diciendo:

—No quiera amor, hermosa Florentina, que yo sea ingrato a tan divina

belleza, y a sentimientos tan bien padecidos y tan tiernamente dichos.

Y anudándome al cuello los brazos, me acarició de modo que ni yo tuve

más que darle, ni él más que alcanzar ni poseer. En fin, toda la tarde

estuvimos juntos en amorosos deleites, y en el discurso de ella me hizo

saber, y no sé que fuese verdad pues los amantes a peso de mentiras

nos compran, que desde otro día de casados me amaba y que, por no

atreverse, no me lo había dicho, y otras cosas con que yo, creyéndole,

me tuve por dichosa y me juzgué no mal empleada, y que si se viera

libre, fuera mi esposo. Rogome don Dionís con grandes encarecimientos

que no descubriera a nadie nuestro amor, pues teníamos tanto lugar

de gozarle, y yo le pedí lo mismo, temerosa de que doña Magdalena lo

conociese.

En fin, de esta suerte hemos pasado cuatro años, estando yo desde aquel

día la mujer más alegre del mundo: cobreme en mi perdida hermosura,

restituime en mi donaire, de manera que ya era el regocijo y alegría

de toda la casa, porque yo mandaba en ella; lo que yo hacía era lo

más acertado; lo que mandaba, lo obedecido; era dueña de la hacienda,

y de cúya era; por mí se despedían y recibían los criados y criadas;

de manera que doña Magdalena no servía más que de hacer estorbo a mis

empleos.

Amábame tanto don Dionís, granjeándole yo la voluntad con mis caricias,

que se vino a descuidar en las que solía y debía hacer a su esposa,

con que se trocaron las suertes: primero Magdalena estaba alegre

y Florentina triste; y ya Florentina era la alegre y Magdalena la

melancólica, llorosa, desabrida y desconsolada; y si bien entendía

que por andar su esposo en otros empleos se olvidaba de ella, jamás

sospechó en mí: lo uno, por el recato con que andábamos, y lo otro,

por la gran confianza que tenía de mí, no pudiéndose persuadir a tal

maldad; si bien me decía que en mí las tristezas y alegrías eran

extremos que tocaban en locura.

¡Válgame el cielo, y qué ceguedad es la de los amantes, pues nunca me

alumbré de ella hasta que a costa de tantas desdichas se me han abierto

los ojos!

Llegó a tal extremo y remate la de mis maldades que nos dimos palabra

de esposos don Dionís y yo, para cuando muriera doña Magdalena; como

si estuviera en nuestra voluntad el quitarla la vida, o tuviéramos las

nuestras más seguras que ella la suya.

Llegose en este tiempo la Semana Santa, en que nos es fuerza acudir al

mandamiento de la Iglesia; y si bien algunas veces en el discurso de mi

mal estado me había confesado, había sido de cumplimiento; y yo, que

sabía bien dorar mi yerro, no debí de haber encontrado confesor tan

escrupuloso como este que digo, o yo debí de declararme mejor.

¡Oh infinita bondad, y lo que sufres! En fin, tratando con él del

estado de mi conciencia, me la apuró tanto, y me puso tantos temores

de la perdición de mi alma, no queriéndome absolver y diciéndome que

estaba, como acá, ardiendo en los infiernos, que volví a casa bien

desconsolada, y entrando en mi retraimiento, empecé a llorar de suerte

que lo sintió una doncella mía que se había criado conmigo desde niña;

que es la que, si os acordáis, señor don Gaspar, hallasteis en aquella

desdichada casa, sentada en el corredor, arrimada a la pared, pasada de

parte a parte por los pechos: esta pues, con grandes instancias, ruegos

y sentimientos, me persuadió a que la dijese la causa de mi lastimoso

llanto, y yo (o por descansar con ella, o porque ya la fatal ruina de

todos se acercaba, advirtiendo, lo primero, el secreto y disimulación

delante de don Dionís, porque no supiese que ella lo sabía, por lo que

importaba) la di cuenta de todo, sin faltar nada, contándola también lo

que me había pasado con el confesor.

La doncella, haciendo grandes admiraciones, y más de cómo había podido

tenerlo tanto tiempo encubierto sin que ninguno lo entendiese, me dijo,

viendo que yo la pedía consejo, estas razones:

—Cierto, señora mía, que son sucesos los que me has contado de tanta

gravedad que era menester, para dar salida a ellos, mayor entendimiento

que el mío; porque pensar que has de estar en este estado presente

hasta que doña Magdalena se muera, es una cosa que solo esperarla causa

desesperación; porque ¿cómo sabemos que se ha de morir ella primero que

tú?, ¿ni don Dionís decirte que te apartes de él, amándole? Es locura,

porque ni tú lo has de hacer, ni él, si está tan enamorado como dices,

menos; tú, sin honor y amando, aguardas milagros, que las más de las

veces en estos casos suceden al revés, porque el cielo castiga estas

intenciones y acontece morir primero los que agravian que el agraviado,

acabar el ofensor y vivir el ofendido. El remedio que hallo, cruel es,

mas ya es remedio; porque llagas tan ulceradas como estas quieren curas

violentas.

Roguela me le dijese, y respondiome:

—Que muera doña Magdalena, que más vale que lo padezca una inocente,

que irá a gozar de Dios con la corona del martirio, que no que tú

quedes perdida.

—¡Ay, amiga, y no será mayor horror que los demás —dije yo— matar

a quien no lo debe; y que Dios me castigará a mí, pues haciendo yo el

agravio, le ha de pagar el que le recibe!

—David —me respondió mi doncella— se aprovechó de él matando a

Urías, porque Bersabé no padeciera ni peligrara en la vida ni en la

fama; y tú me parece que estás cerca de lo mismo, pues el día que doña

Magdalena se desengañe, ha de hacer de ti lo que yo te digo que hagas

de ella.

—Pues si con solo el deseo —respondí yo— me ha puesto el confesor

tantos miedos, ¿qué será con la ejecución?

—Hacer lo que hizo David —dijo la doncella—; matemos a Urías, que

después haremos penitencia: en casándote con tu amante, restaurar con

sacrificios el delito, que por la penitencia se perdona el pecado, y

así lo hizo el santo rey.

Tantas cosas me dijo y tantos ejemplos me puso, y tantas leyes me

alegó, que como yo deseaba lo mismo que ella me persuadía, reducida

a su parecer, dimos entre las dos la sentencia contra la inocente y

agraviada doña Magdalena, que siempre a un error sigue otro, y a un

delito, muchos: y dando y tomando pareceres cómo se ejecutaría, me

respondió la atrevida mujer, en quien pienso que hablaba y obraba el

demonio:

—Lo que me parece más conveniente para que ninguna de nosotras

peligre, es que la mate su marido, y de esta suerte no culparán a nadie.

—¿Cómo será eso —dije yo—, pues doña Magdalena vive tan honesta y

virtuosamente que no hallará jamás su marido causa para hacerlo?

—Eso no es del caso —dijo la doncella—, ahí ha de obrar mi

industria; calla y déjame hacer, sin darte por entendida de nada; y si

antes de un mes no te vieres desembarazada de ella, tenme por la más

ruda y boba que hay en el mundo.

Diome parte del modo, apartándonos las dos, ella a hacer oficio de

demonio y yo a esperar el suceso, con lo que cesó nuestra plática: y

la mal aconsejada moza, y yo más que ella, pues que ambas seguíamos lo

que el demonio nos inspiraba, hallando ocasión, como ella la buscaba,

dijo a don Dionís que su esposa le quitaba el honor, porque mientras él

no estaba en casa, tenía trato ilícito con Fernandico.

Este era un mozo de hasta edad de diez y ocho a veinte años, que había

en casa nacido y criádose en ella, porque era hijo de una criada de

los padres de don Dionís, la que había sido casada con un mayordomo

suyo: y muertos ya sus padres, el desdichado mozo se había criado en

casa heredando el servir mas no el premio, pues fue muy diferente del

que ellos habían tenido; que este era el que hallasteis muerto a la

puerta de la cuadra donde estaba doña Magdalena: era galán y de buenas

prendas, y muy virtuoso, por lo cual a don Dionís no se le hizo muy

fácil el creerlo, si bien la preguntó que cómo lo había visto. A lo que

ella respondió que al ladrón de casa no hay nada oculto, que piensan

las amas que las criadas son ignorantes.

En fin, don Dionís le dijo que cómo haría para satisfacerse de la

verdad.

—Haz que te vas fuera y vuelve al amanecer, o ya pasando de media

noche, y hazme una seña para que yo sepa que estás en la calle —dijo

la criada—, que te abriré la puerta y los cogerás juntos.

Quedó concertado para de allí a dos días, y mi criada me dio parte de

lo hecho, de que yo algo temerosa me alegré, aunque por otra parte me

pesaba; mas viendo que ya no había remedio, hube de pasar, aguardando

el suceso. Vamos al endemoniado enredo que voy diciendo, por la pena

que me da referir tan desdichado suceso.

Al otro día dijo don Dionís que iba con unos amigos a ver unos toros

que se corrían en un lugar tres leguas de Lisboa; y apercibido su

viaje, aunque Fernandico le acompañaba siempre, no quiso que esta vez

fuera con él, ni otro ningún criado, que para dos días los criados de

los otros le asistirían; y con esto se partió el día a quien siguió la

triste noche que me hallasteis.

En fin, él vino solo, pasada media noche, y hecha la seña, mi doncella,

que estaba alerta, le dijo se aguardase un poco, y tomando una luz, se

fue al aposento del malogrado mozo, y entrando alborotada, le dijo:

—Fernando, mi señora te llama que vayas allá muy apriesa.

—¿Qué me quiere ahora mi señora? —replicó Fernando.

—No sé —dijo ella— más de que me envía muy apriesa a llamarte.

Levantose, y queriendo vestirse, le dijo:

—No te vistas, sino ponte esa capa y enchanclétate esos zapatos, y ve

a ver qué te quiere, que si después fuere necesario vestirte, lo harás.

Hízolo así Fernandico, y mientras él fue donde su señora estaba, la

cautelosa mujer abrió a su señor.

Llegó Fernando a la cama donde estaba durmiendo doña Magdalena, y

despertándola, la dijo:

—Señora, ¿qué es lo que me quieres?

A lo que doña Magdalena asustada, como despertó y le vio en su cuadra,

le dijo:

—Vete, vete, mozo, con Dios. ¿Qué buscas aquí? Que yo no te llamo.

Que como Fernando la oyó, se fue a salir de la cuadra cuando llegó

su amo al tiempo que él salía, y como vio que estaba desnudo y que

salía del aposento de su esposa, creyó que salía de dormir con ella, y

dándole con la espada, que traía desnuda, dos estocadas, una tras otra,

le tendió en el suelo, sin poder decir más de _Jesús sea conmigo_, con

tan doloroso acento que yo, que estaba en mi aposento, bien temerosa

y sobresaltada (como era justo estuviese quien era causa de un mal

tan grande, y autora de un testimonio tan cruel, y motivo de que se

derramase aquella sangre inocente, que ya empezaba a clamar delante del

tribunal supremo de la divina justicia), me cubrí con un sudor frío;

y queriéndome levantar para salir a estorbarlo, o ya que mis fuerzas

estuviesen enflaquecidas, o que el demonio que estaba ya señoreado en

aquella casa lo estorbase, me hallé de suerte que no pude verificarlo.

En tanto don Dionís, ya de todo punto ciego, entró donde estaba su

inocente esposa, que se había vuelto a quedar dormida con los brazos

sobre la cabeza, y llegando a su puro y casto lecho, a sus airados ojos

y engañada imaginación sucio, deshonesto y violado con la mancha de su

deshonor, le dijo:

—¡Ah traidora, y cómo descansas en mi ofensa!

Y sacando la daga, la dio tantas puñaladas cuantas su indignada cólera

le pedía, sin que pudiese ni aun formar un ¡ay!, con lo que desamparó

aquella alma santa el más hermoso y honesto cuerpo que conoció el reino

de Portugal.

Ya a este tiempo había yo salido fuera de mi estancia y estaba en

parte que podía ver lo que pasaba, bien perdida de ánimo y anegada en

lágrimas, mas no me atreví a salir; y vi que don Dionís pasó adelante a

un retrete que estaba consecutivo a la cuadra de su esposa, y hallando

dos desdichadas doncellas que dormían en él, las mató, diciendo:

—Así pagaréis, dormidas centinelas de mi honor, vuestro descuido,

dando lugar a vuestra alevosa señora para que velase a quitarme el

honor.

Y bajando por una escalera excusada que daba a un patio, salió al

portal, y llamando los dos pajes que dormían en un aposento cerca de

allí, que a su voz salieron despavoridos, les pagó su puntualidad con

quitarles la vida: y como un león encarnizado y sediento de humana

sangre volvió a subir por la escalera principal, y entrando en la

cocina, mató las tres esclavas que dormían en ella, que la otra había

ido a llamarme, oyendo la revuelta y llanto que hacía mi criada, que

sentada en el corredor estaba, la que, o porque se arrepintió del

mal que había hecho cuando no tenía remedio, o porque Dios quiso que

le pagase, o porque el honor de doña Magdalena no quedase manchado

sino que supiese el mundo que ella y cuantos allí habían muerto iban

sin culpa, y que solo ella y yo la teníamos, que es lo más cierto,

arrimando una hacha que ella propia había encendido a la pared, pues

tan descaradamente siguió su maldad que para ir a abrir la puerta a su

señor la pareció poca luz la de una vela, que en dejándonos Dios de su

divina mano, pecamos como si hiciéramos algunas virtudes, sin vergüenza

de nada se sentó y empezó a llorar, diciendo:

—¡Ay desdichada de mí, qué he hecho! ¡Ya no hay perdón para mí en el

cielo ni en la tierra; pues por apoyar un mal con tan grande y falso

testimonio, he sido causa de tantas desdichas!

A este mismo punto salía su amo de la cocina, y yo por la otra parte, y

la esclava que me había ido a llamar, con una vela en la mano; y como

la oí, me detuve y vi que llegando don Dionís a ella, la dijo:

—¿Qué dices, moza, de testimonio y de desdichas?

—¡Ay, señor mío! —respondió ella—, ¿qué tengo de decir, sino que

soy la más mala hembra que ha nacido, que mi señora doña Magdalena

y Fernando han muerto sin culpa, con todos los demás a quienes has

quitado la vida? Sola yo soy la culpada y la que no merezco vivir;

que yo hice este enredo, llamando al triste Fernando, que estaba en

su aposento dormido, diciéndole que mi señora le llamaba, para que,

viéndole tú salir de la forma que le viste, creyeses lo que yo te había

dicho; para que, matando a mi señora doña Magdalena, te casaras con

doña Florentina, mi señora, restituyéndola y satisfaciendo con ser su

esposo el honor que la debes.

—¡Oh, falsa traidora! si eso que dices es verdad —dijo don Dionís—,

poca venganza es quitarte una vida que tienes, que mil son pocas, y que

a cada una se te diese un género de muerte.

—Verdad es, señor; verdad es, señor, y lo demás mentira; yo soy la

mala, y mi señora la buena; la muerte merezco, y el infierno también.

—Pues yo te daré lo uno y lo otro —respondió don Dionís—, y

restauraré la muerte de tantos inocentes con la de una traidora.

Y dicho esto, la atravesó con la espada por los pechos contra la pared,

dando la desdichada una grande voz, diciendo:

—Recibe, infierno, el alma de la más mala mujer que crió el cielo, y

aun allá pienso que no hallará lugar.

Y diciendo esto la rindió a quien la ofrecía.

A este punto salí yo con la negra, y fiada en el amor que me tenía,

entendiendo amansarle y reportarle, le dije:

—¿Qué es esto, don Dionís, qué sucesos son estos? ¿Hasta cuándo ha de

durar el rigor?

Él, que ya a este punto estaba de la rabia y dolor sin juicio,

embistiendo conmigo, me dijo:

—Hasta matarte y matarme, falsa, traidora, liviana, deshonesta, para

que pagues haber sido causa de tantos males; pues no contenta con los

agravios que con tu deshonesto apetito hacías a la que tenías por

hermana, no has parado hasta quitarla la vida.

Y diciendo esto, me dio las heridas que habéis visto y acabárame de

matar si la negra no acudiera a ponerse en medio, que como la vio don

Dionís, asió de ella y mientras la mató tuve yo lugar de entrarme en un

aposento y cerrar la puerta, toda bañada en mi sangre.

Acabando pues don Dionís con la vida de la esclava, y que ya no quedaba

nada vivo en casa si no era él, porque de mí bien creyó que iba de modo

que no escaparía; e instigado del demonio, puso el pomo de la espada en

el suelo y la punta en su cruel corazón, diciendo:

—No he de aguardar a que la justicia humana castigue mis delitos, que

más acertado es que sea yo el verdugo de la justicia divina.

Se dejó caer sobre la espada, pasando la punta a las espaldas, llamando

al demonio que le recibiese el alma.

Yo viéndole ya muerto y que me desangraba, si bien con el miedo que

podéis imaginar de verme en tanto horror y cuerpos sin alma, que de mi

sentimiento no hay qué decir, pues era tanto que no sé cómo no hice

lo mismo que don Dionís, mas no lo debió de permitir Dios porque se

supiese un caso tan desdichado como este; con más ánimo del que en

la ocasión que estaba imaginé tener, abrí la puerta del aposento, y

tomando la vela que estaba en el suelo me bajé por la escalera y salí

a la calle con ánimo de ir a buscar, viéndome en el estado que estaba,

quién me confesase, para que, ya que perdiese la vida, no perdiese el

alma.

Con todo, tuve advertimiento de cerrar la puerta de la calle con aquel

cerrojo que estaba, y caminando con pasos desmayados por la calle, sin

saber adónde iba, me faltaron con la sangre las fuerzas y caí donde

vos, señor don Gaspar, me hallasteis, donde estuve hasta aquella hora

y llegó vuestra piedad a socorrerme, para que, debiéndoos la vida,

la gaste el tiempo que me durare en llorar, gemir y hacer penitencia

de tantos males como he causado, y también en pedir a Dios guarde la

vuestra muchos siglos.

Calló con esto la linda y hermosa Florentina: mas sus ojos, con

los copiosos raudales de lágrimas, no callaron, que a hilos se

desperdiciaban por sus más que hermosas mejillas, en que mostraban

bien la pasión que en el alma sentía, que forzada de ella se dejó

caer con un profundo y hermoso desmayo, dejando a don Gaspar suspenso

y espantado de lo que había oído; y no sé si más desmayado que ella,

viendo que, entre tantos muertos como el muerto honor de Florentina

había causado, también había muerto su amor, porque ni Florentina era

ya para su esposa ni para dama era razón que la procurase, pues que la

veía con determinación grande de tomar más seguro estado que la librase

de otras semejantes desdichas como las que por ella habían pasado, y se

alababa en sí de muy cuerdo en no haberle declarado su amor hasta saber

lo que entonces sabía.

Y así, acudiendo a remediar el desmayo con que estaba, ya vuelta de él

la consoló, esforzándola con algunos dulces y conservas, y diciéndola

cariñosas razones, la aconsejó que en estando con más entera salud,

el mejor modo de adquirir su reposo era entrarse en religión, donde

viviría segura de nuevas calamidades; que en lo que tocaba a allanar el

riesgo de la justicia, si hubiese alguno, él se obligaba al remedio,

aunque diese cuenta a Su Majestad del caso, si fuese menester: a lo que

la dama, agradeciendo los beneficios que había recibido y recibía, con

nuevas caricias le respondió que ese era su intento, y que cuanto antes

se negociase y ejecutase, le haría mayor merced: que ni sus desdichas

ni el amor que al desventurado don Dionís tenía, le daban ya lugar a

otra cosa.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 51 / 52 段