en la cueva, no de pavor sino de compasión; y llegándose a ella para
informarse de su necesidad, la vio toda bañada en sangre, de que todo
el suelo estaba hecho un lago, y su macilento y hermoso rostro, aunque
desfigurado, daba muestras de su divina belleza y también de su cercana
muerte.
Tomola don Gaspar por sus hermosas manos, que parecían de mármol en lo
blanco y elevado, y estremeciéndola la dijo:
—¿Qué tenéis, señora mía, o quién ha sido el cruel que así os puso?
A cuya pregunta respondió la desmayada señora, abriendo los ojos, y
conociéndole castellano, y alentándose más con esto de lo que podía, en
lengua portuguesa le dijo:
—¡Ay, caballero!, por la pasión de Cristo y por lo que debéis a ser
quien sois, y a ser castellano, que me llevéis adonde procuréis, antes
que muera, darme confesión, que ya que pierdo la vida en la flor de mis
años, no querría perder el alma, que la tengo en gran peligro.
Tornose a desmayar dicho esto, lo que visto por don Gaspar, y que la
triste dama daba indicios mortales, entre él y el criado la levantaron
del suelo, y acomodándosela a este en los brazos de manera que la
pudiese llevar con más alivio, para quedar él desembarazado por si
encontraban gente o la justicia, caminaron lo más aprisa que podían a
su posada, que no estaba muy lejos, donde llegados sin estorbo alguno,
fueron recibidos de los demás criados y una mujer que cuidaba de su
regalo, y poniendo el desangrado cuerpo sobre su cama, envió uno por un
confesor y otro por un cirujano.
Y hecho esto, entró donde estaba la linda dama, a quien tenían cercada
los demás, y la criada con una bujía encendida en la mano, que a este
punto había tornado en sí y estaba pidiendo confesión, porque se moría:
a quien la criada consolaba, animándola a que tuviese valor, pues
estaba en parte donde cuidarían de darla remedio al alma y cuerpo.
Llegó pues don Gaspar, y poniendo los ojos en el ya casi difunto
rostro, quedó como los que ven visiones o fantasmas, sin pestañear
ni poder con la lengua articular palabra alguna, porque no vio menos
que a su adorada y hermosa Florentina; y no acabando de dar crédito
a sus mismos ojos, los cerraba y abría, y tornándolos a cerrar los
tornaba de nuevo a abrir, por ver si se engañaba; y viendo que no era
engaño, empezó a dar lugar a las admiraciones, no sabiendo qué decir
de tal suceso ni qué causa podría haber dado para que una señora tan
principal, recatada y honesta estuviese del modo que la veía y en la
parte que la había hallado; mas, como vio que por entonces no estaba
para saber de ella lo que tan admirado le tenía, porque la herida dama
ya se desmayaba y ya tornaba en sí, puso treguas a sus deseos, callando
quién era por no advertir a los criados de ello.
Vino en esto el criado con dos religiosos, y de allí a poco el que
traía al cirujano, y para dar primero remedio al alma, se apartaron
todos; mas Florentina estaba tan desfallecida y desmayada de la sangre
que había perdido y perdía, que no fue posible confesarse; y así, por
mayor, por el peligro en que estaba, haciendo el confesor algunas
prevenciones y prometiendo, si a la mañana se hallase más aliviada,
confesarse, la absolvió; y dando lugar al médico del cuerpo, acudiendo
todos y los religiosos, que no se quisieron ir hasta dejarla curada,
la desnudaron y pusieron en la cama, y hallaron que tenía una estocada
entre los pechos de la parte de arriba, que aunque no era penetrante,
mostraba ser peligrosa, y lo fuera más a no haberla defendido algo las
ballenas de un justillo que traía: y debajo de la garganta, casi en
el hombro derecho otra, también peligrosa, y otras dos en la parte de
las espaldas, dando señal que teniéndola asida del brazo se las habían
dado, que lo que la tenía tan sin aliento era la perdida sangre, que
era mucha, porque había tiempo que estaba herida.
Hizo el cirujano su oficio, y al revolverla para hacerlo, se quedó de
todo punto sin sentido. En fin, habiéndola tomado la sangre, y don
Gaspar contentado al cirujano, avisándole no diese cuenta del caso
hasta ver si la dama no moría, contándole de la manera que la había
hallado; por ser el cirujano castellano, de los que habían ido en
la tropa con S. M., pudo conseguir lo que pedía, y con orden de que
volviese en siendo de día, se fue a su posada y los religiosos a su
convento.
Recogiéronse todos menos don Gaspar, que no quiso cenar, quedándose en
una cama en la misma cuadra en que estaba Florentina. Se fueron los
criados a acostar, dejándole allí algunas conservas, bizcochos, agua y
vino, por si la dama cobraba el sentido, darla algún socorro.
Idos, como digo, todos, don Gaspar se sentó sobre la cama en que estaba
Florentina, y teniendo cerca de sí la luz, se puso a contemplar la casi
difunta hermosura, y viendo medio muerta la misma vida con que vivía,
haciendo en su enamorado pecho los efectos que amor y piedad suelen
causar, con los ojos humedecidos del amoroso sentimiento, tomándola las
manos que tendidas sobre la cama tenía, ya la registraba los pulsos,
para ver si acaso vivía, otras tocándola el corazón y muchas poniendo
los claveles de sus labios en los nevados copos que tenía asidos con
sus manos, decía:
—¡Ay, hermosísima y malograda Florentina, que quiso mi desdichada
suerte que cuando soy dueño de estas deshojadas azucenas, sea cuando
estoy tan cerca de perderlas! Desdichado fue el día que vi tu hermosura
y la amé; pues después de haber vivido muriendo tan dilatado tiempo,
sin valer mis penas nada ante ti, que lo que se ignora pasa por cosa
que no es, quiso mi desesperada y desdichada fortuna que cuando te
hallé, fuese cuando te tengo más perdida y estoy con menos esperanzas
de ganarte; pues cuando me pudiera prevenir, con el bien de haberte
hallado, algún descanso, te veo ser despojo de la airada muerte.
¡Qué podré hacer, infelice amante tuyo, en tal dolor, sino serlo
también en el punto que tu alma desampare tu hermoso cuerpo, para
acompañarte en esta eterna y última jornada! ¡Qué manos tan crueles
fueron las que tuvieron ánimo para sacar de tu cristalino pecho, donde
solo amor merecía estar aposentado, tanta púrpura como los arroyos que
te he visto verter! Dímelo, señora mía, que como caballero te prometo
de hacer en él la más rabiosa venganza que cuanto ha que se crió el
mundo se haya visto.
¡Mas ay de mí, que ya parece que la airada parca ha cortado el delicado
estambre de tu vida, pues ya te admiro mármol helado, esperando verte
fuego y blanda cera derretida al calor de mi amor! Pues ten por cierto,
ajado clavel y difunta belleza, que te he de seguir, cuando, no acabado
con la pena, muerto con mis propias manos, con el puñal de mis iras.
Diciendo esto, tornaba a hacer experiencia de los pulsos y del corazón,
y tornaba de nuevo y con más lastimosas quejas a llorar la malograda
belleza.
Así pasó hasta las seis de la mañana, que a esta hora tornó en sí
la desmayada dama con algo de más aliento, pues como se le había
restriñido la sangre, tuvo más fuerza su ánimo y desanimados espíritus;
y abriendo los ojos miró, como despavorida, los que la tenían cercada,
extrañando el lugar donde se veía, estando ya todos allí, y el cirujano
y los dos piadosos frailes; mas volviendo en sí, y acordándose cómo la
había traído un caballero y lo demás que había pasado por ella, con
debilitada voz pidió que la diesen alguna cosa para cobrar fuerzas,
y la sirvieron con unos bizcochos mojados en oloroso vino, por ser
alimento más blando y sustancioso; y habiéndolos comido, dijo que la
señalasen el caballero a quien debía el no haber muerto como gentil
bárbara; y hecho, le dio las gracias como mejor supo y pudo.
Y habiéndose ordenado la sacasen una sustancia, la quisieron dejar
un rato sola para que, no teniendo con quien hablar, reposase y se
previniese para confesarse; más ella, sintiéndose con algo más aliento,
dijo que no, sino que se quería confesar luego por lo que pudiese
suceder; y antes de eso, volviéndose a don Gaspar, le dijo:
—Caballero, que aunque quisiera llamaros por vuestro nombre, no le
sé, aunque me parece que os he visto antes de ahora, ¿acertaréis a ir
a la parte donde me hallasteis? Que si es posible acordaros, en la
misma calle preguntad por las casas de don Dionís de Portugal, que son
bien conocidas en ella; y abriendo la puerta, que no está más que con
un cerrojo, poned en cobro lo que hay en ella, tanto de gente como de
hacienda; y porque no os culpen a vos de las desventuras que hallaréis
en ella, y por hacer bien os venga mal, llevad con vos algún ministro
de justicia, que ya es imposible, según el mal que hay en aquella
desdichada casa (por culpa mía), encubrirse, ni menos cautelarme yo,
sino que sepan dónde estoy; y si mereciere más castigo del que tengo,
me le den.
—Señora —respondió don Gaspar, diciéndola primero cómo era su
nombre—, bien sé vuestra casa y bien os conozco, pues aunque no decís
sino que muchas veces me habéis visto, aunque no me habéis mirado, yo
a vos sí, que os he mirado y visto; mas no estáis en estado de saber
por ahora dónde, ni menos para qué, si de esas desdichas que en vuestra
casa sois vos la causa, andéis en lances de justicia.
—No puede ser menos —respondió Florentina—; haced, señor don Gaspar,
lo que os suplico, que yo no temo más daño del que tengo; demás que
vuestra autoridad es bastante para que por ella me guarden a mí alguna
cortesía.
Viendo pues don Gaspar que esta era su voluntad, no replicó más; antes
mandando poner el coche, entró en él y se fue a palacio, y dando cuenta
de lo sucedido con aquella dama, sin decir que la conocía ni amaba,
a un deudo suyo, también de la cámara de Su Majestad, le rogó le
acompañase para ir a dar cuenta al gobernador, porque no le imaginasen
cómplice en las heridas de Florentina ni en los riesgos sucedidos en su
casa; y juntos don Gaspar y don Miguel fueron a casa del gobernador, a
quien dieron cuenta del estado en que había hallado la dama y lo que
decía de su casa.
Y como el gobernador conocía muy bien a don Dionís y vio lo que
aquellos señores le decían, al punto, entrándose en el coche con ellos,
haciendo admiraciones de tal suceso, se fueron cercados de ministros
de justicia a la casa de don Dionís, y llegados a ella abrieron el
cerrojo que Florentina había dicho, y entrando todos dentro lo primero
que hallaron fue, a la puerta de un aposento que estaba al pie de la
escalera, dos pajes en camisa, dados de puñaladas; y subiendo por la
escalera, una esclava blanca, herrada en el rostro, a la misma entrada
de un corredor, de la misma suerte que los pajes, y una doncella
sentada en el corredor, atravesada de una estocada hasta las espaldas,
que aunque estaba muerta, no había tenido lugar de caer, como estaba
arrimada a la pared; junto a esta estaba una hacha caída, como que a
ella misma se la había caído de la mano: más adelante, a la entrada
de la antesala, estaba don Dionís atravesado en su misma espada, que
toda ella se le salía por las espaldas, y él caído boca abajo, pegado
el pecho con la guarnición, que bien se conocía haberse arrojado sobre
ella, desesperado de la vida y aborrecido de su misma alma.
En un aposento que estaba en el mismo corredor, correspondiente a una
cocina, estaban tres esclavas, una blanca y dos negras, la blanca en
el suelo en camisa en la mitad del aposento; y las negras en la cama,
también muertas a estocadas; entrando más adentro, en la puerta de una
cuadra, medio cuerpo afuera y medio adentro, estaba un mozo de hasta
veinte años poco más o menos, de muy buena presencia y cara, traspasado
de una estocada; este estaba en camisa, cubierto con una capa y en los
descalzos pies unas chinelas: en la misma cuadra donde estaba la cama,
echada en ella, doña Magdalena, también muerta de crueles heridas, mas
con tanta hermosura que parecía una estatua de marfil salpicada de
rosicler: en otro aposento, detrás de esta cuadra, otras doncellas en
la cama, también muertas como las demás.
Finalmente, en la casa no había cosa viva: mirábanse los que veían esto
unos a otros, tan asombrados que no sé cuál podía en ellos más, si la
lástima o la admiración; y bien juzgaron ser don Dionís el autor de
tal estrago, y que después de haberlo hecho, había vuelto su furiosa
rabia contra sí: mas viendo que solo Florentina, que era la que tenía
vida, podía decir cómo había sucedido tan lastimosa tragedia, sabiendo
de don Gaspar el peligro en que estaba su vida y que no era tiempo
de averiguarla hasta ver si mejoraba, suspendieron la averiguación y
dieron orden de enterrar los muertos, con general lástima, y más de
doña Magdalena, que como la conocían por una señora de tanta virtud y
tan honrada, y la veían con tanta mocedad y belleza, se dolían más de
su desastrado fin que de los demás.
Dada, pues, tierra a los lastimosos cadáveres y puesta por inventario
la hacienda, depositándola en personas abonadas, se vinieron todos
juntos a casa de don Gaspar, donde hallaron reposando a Florentina,
la que después de haberse confesado y dádola una sustancia, se
había dormido; y que un médico, de quien se acompañó el cirujano
que la asistía por orden de don Gaspar, decía que no era tiempo de
desvanecerla, por cuanto la confesión había sido larga y la había dado
calentura; que aquel día no convenía que hablase más, porque temían con
la falta de tanta sangre como había perdido, no enloqueciese, y así la
dejaron depositada en poder de don Gaspar y su primo, quienes siempre
que se la pidiesen darían cuenta de ella.
Se volvió el gobernador a su casa, llevando bien qué contar él y todos
de la destrucción de la casa de don Dionís, y bien deseosos de saber el
motivo de tan lastimoso caso.
Más de quince días se pasaron que no estuvo Florentina para hacer
declaración de tan lastimosa historia, llegando muchas veces a término
de acabar la vida, tanto que fue necesario darla todos los sacramentos.
En cuyo tiempo, por consejo de don Gaspar y don Miguel, había hecho
declaración, delante del gobernador, cómo don Dionís había hecho aquel
lastimoso estrago, celoso de doña Magdalena y aquel criado de quien
injustamente sospechaba mal, que era el que estaba en la puerta de la
cuadra, y que a ella había también dado aquellas heridas; mas que no
la acabó de matar por haberse puesto de por medio aquella esclava que
estaba en la puerta del corredor, donde pudo escaparse mientras la
mató, y que se había salido a la calle y cerrado tras sí la puerta, y
con perder tanta sangre, cayó donde la halló don Gaspar: que en cuanto
a don Dionís, que no sabía si se había muerto o no; mas que, pues le
habían hallado como decían, que él de rabia se habría muerto.
Con esta confesión o declaración que hizo, no culpándose a sí por no
ocasionarse el castigo, cesaron las diligencias de la justicia; antes
desembargando la hacienda y poniendo a ella en libertad, la dieron
posesión: la parte de su hermana, por herencia, y la de don Dionís,
en pago de las heridas recibidas de su mano, para que si viviese, la
gozase, y si muriese, pudiese testar a su voluntad.
Con que, pasado más de un mes y viéndose quieta y rica, se consoló y
mejoró (o por disposición de Dios, que ordena las cosas conforme a su
voluntad, y para utilidad nuestra) de tal suerte que en poco tiempo
estaba ya tan fuera de peligro y tan agradecida del agasajo de don
Gaspar, y reconocida del bien que de él había recibido, que no fuera
muy dificultoso el amarle, pues fuera de esto lo merecía por su
gallarda y afable condición, además de su nobleza y muchos bienes de
fortuna de que le había engrandecido el cielo de todas maneras; y aun
estoy por decir que le debía de amar.
Mas como no se hallaba inferior en la buena sangre, en la riqueza y en
la hermosura, que esa sola bastaba, sino en la causa que originó el
estar ella en su casa, no se atrevía a darlo a entender; ni don Gaspar,
más atento a su honor que a su gusto, aunque la amaba, como se ha
dicho, y más como se sabe del trato, que suele engendrar amor donde no
le hay, no había querido declararse con ella hasta saber en qué manera
había sido la causa de tan lastimoso suceso; porque más quería morir
amando con honor, que sin él vencer y gozar, supuesto que Florentina,
para mujer, si había desmán en su pureza, era poca, y para dama, mucha:
y deseoso de salir de este cuidado y determinar lo que había de hacer,
porque la jornada de Su Majestad para Castilla se acercaba y él había
de asistir a ella, viéndola con salud y muy cobrada en su hermosura,
y que ya se empezaba a levantar, la suplicó le contase cómo habían
sucedido tantas desdichas como por sus ojos había visto; y Florentina,
obligada y rogada de persona a quien tanto debía, estando presente don
Miguel, que deseaba lo mismo, y aun no estaba menos enamorado que su
primo, aunque, temiendo lo mismo, no quería manifestar su amor, empezó
a contar su prodigiosa historia de esta manera.
—Nací en esta ciudad (nunca naciera, para que no hubiera sido ocasión
de tantos males) de padres nobles y ricos, siendo desde el primer
paso que di en este mundo causa de desdichas, pues se las ocasioné
a mi madre, quitándola, en acabando de nacer, la vida, con tierno
sentimiento de mi padre, por no haber gozado de su hermosura más de los
nueve meses que me tuvo en su vientre; si bien se le moderó, como hace
a todos, pues apenas tenía yo dos años se casó con una señora viuda y
hermosa, con buena hacienda, que tenía asimismo una hija que le había
quedado de su esposo, de edad de cuatro años, y esta fue la desdichada
doña Magdalena.
Hecho, pues, el matrimonio de mi padre y su madre, nos criamos juntas
desde la infancia, tan amantes la una de la otra y tan amadas de
nuestros padres que todos entendían que éramos hermanas; porque mi
padre, por obligar a su esposa, quería y regalaba a doña Magdalena como
si fuera hija suya; y su esposa, por tenerle a él grato y contento, me
amaba a mí más que a su hija; que esto es lo que deben hacer los buenos
casados y que quieren vivir con quietud; pues del poco agrado que
tienen los maridos con los hijos de sus mujeres, y las mujeres con los
de sus maridos, nacen mil rencillas y pesadumbres.
En fin, digo que si no eran los que muy familiarmente nos trataban,
que sabían lo contrario, todos los demás nos tenían por hermanas, y
aun nosotras mismas lo creímos así hasta que la muerte descubrió este
secreto, pues llegando mi padre al punto de hacer testamento para
partir de esta vida, por ser el primero que la dejó, supe que no era
hija de la que reverenciaba por madre ni hermana de la que amaba por
hermana; y por mi desdicha, hubo de ser por mí por quien faltó esta
amistad.
Murió mi padre, dejándome muy encomendada a su esposa; mas no pudo
mostrar mucho tiempo en mí el amor que a mi padre tenía, porque fue
tan grande el sentimiento que tuvo de su muerte que dentro de cuatro
meses le siguió, dejándonos a doña Magdalena y a mí bien desamparadas,
aunque bien acomodadas de bienes de fortuna, que acompañados con los de
naturaleza, nos prometíamos buenos casamientos, porque es bien cierto
que no hay dieciocho años feos.
Dejonos nuestra madre (que en tal lugar la tenía yo) debajo de la
tutela de un hermano suyo, de más edad que ella, el cual nos llevó a su
casa y nos tenía como a hijas, no diferenciándonos en razón de nuestro
regalo y aderezo a la una de la otra, porque era con tan gran extremo
lo que las dos nos amábamos que el tío de doña Magdalena, pareciéndole
que hacía lisonja a su sobrina, me quería y acariciaba de la misma
suerte que a ella; y no hacía mucho, pues no estando él muy sobrado,
con nuestra hacienda no le faltaba nada.
Ya cuando nuestros padres murieron, andaba don Dionís de Portugal,
caballero rico y poderoso, y de lo mejor de esta ciudad, muy enamorado
de doña Magdalena, deseándola para esposa, y se había dilatado el
pedirla por su falta, paseándola y galanteándola de lo ternísimo y
cuidadoso, como tiene fama nuestra nación. Y ella, como tan bien
entendida, conociendo su logro, le correspondía con la misma voluntad
en cuanto a dejarse servir y galantear de él, con el decoro debido a
su honestidad y fama, supuesto que admitía su voluntad y finezas con
intento de casarse con él.
Llegaron pues estos honestos y recatados amores a determinar doña
Magdalena casarse sin la voluntad de su tío, conociendo en él la poca
que mostraba a darla estado, temeroso de perder la comodidad con que
con nuestra buena y lucida hacienda pasaba; y así gustara más de que
fuéramos religiosas, y aun nos lo proponía muchas veces: mas viendo
la poca inclinación que teníamos a este estado, o por desvanecidas
con la belleza, o porque habíamos de ser desdichadas, no apretaba en
ello, mas dilataba el casarnos; que todo esto pueden los intereses a
los que quieren vivir con descanso: lo que visto por doña Magdalena,
determinada, como digo, a elegir por dueño a don Dionís, empezó
a engolfarse más en su voluntad, escribiéndose el uno al otro y
hablándose muchas noches por una reja.
Asistíala yo algunas noches (¡así primero muriera, pues tan cara me
cuesta esta asistencia!), al principio contenta de ver a doña Magdalena
empleada en un caballero de tanto valor como don Dionís, medio
envidiosa de que fuese suyo y no mío, y al fin enamorada y perdida por
él. Oíle tierno, escuchele discreto, mirele galán, y considerele ajeno,
y dejeme perder sin remedio con tal precipicio que vine a perder la
salud; donde conozco que acierta quien dice que el amor es enfermedad,
pues se pierde el gusto y se huye el sueño y se apartan las ganas de
comer.
Pues si todos estos accidentes caen sobre el fuego que amor enciende
en el pecho, no me parece que es el menos peligroso tabardillo; y
más cuando da con la modorra de no poder alcanzar, y con el frenesí
celoso de ver lo que se ama empleado en otro cuidado; y más rabioso
fue este mal en mí, porque no podía salir de mí, ni consentía ser
comunicado, pues todo el mundo me había de infamar de que amase yo lo
que mi amiga o hermana amaba; yo quería a quien no me quería, y este
amaba a quien yo tenía obligación de no ofender. ¡Válgame Dios, y qué
intrincado laberinto! Pues solo mi mal era para mí, y mis penas no para
comunicarlas.
Bien notaba doña Magdalena mi melancolía y perdido color, y demás
accidentes, mas no imaginaba la causa, que creo, de lo que me amaba,
que dejara la empresa porque yo no padeciera; y cuando considero esto,
no sé cómo mi propio dolor no me quita la vida: antes juzgaba que mi
tristeza debía de ser porque no me había llegado a mí la ocasión de
tomar estado como a ella, como es este el deseo de todas las mujeres de
sus años y de los míos; y si bien algunas veces me persuadía a que la
comunicase mi pena, yo la divertía dándola otras precisas causas, hasta
llegarme a prometer que, casándose, me casaría con quien yo tuviese
gusto. ¡Ay, malograda hermosura, y qué falsa y desdichadamente te pagué
el amor que me tenías!
Cierto, señor don Gaspar, que a no considerar que si dejase aquí
mi lastimosa historia, no cumpliría con lo que estoy obligada, os
suplicara me diérades licencia para dejarla, porque no me sirve de más
sino de añadir nuevos tormentos a los que padezco en referirla: mas
pasemos con ella adelante, que justo es que padezca quien causó tantos
males, y así pasaré a referirlos.
Las músicas, las finezas y los extremos con que don Dionís servía a
doña Magdalena, ya lo podréis juzgar de la opinión de enamorados que
nuestra nación tiene, ni tampoco las rabiosas bascas, los dolorosos
suspiros y tiernas lágrimas de mi corazón y ojos, el tiempo que duró
este galanteo, pues lo podréis ver por lo que adelante sucedió.
En fin, puestos los medios necesarios para que el tío de doña
Magdalena no se opusiese, viendo conformes las dos voluntades, aunque
de mala gana por perder el interés que se le seguía en el gobierno y
administración de la hacienda, doña Magdalena y don Dionís llegaron a
gozar lo que tanto deseaban, tan contentos con el felicísimo y dichoso
logro de su amor como yo triste y desesperada, viéndome de todo punto
desposeída del bien que adoraba mi alma.
No sé cómo os diga mis desesperaciones y rabiosos celos, mas mejor es
callarlo porque así saldrán mejor pintados, porque no hallo colores
como los de la imaginación. No digo más, sino que a este efecto hice un
romance, que si gustáis, le diré, y si no, le pasaré en silencio.
—Antes me agraviaréis —dijo don Gaspar— en no decirle, que
sentimientos vuestros serán de mucha estima.
—Pues el romance es este, que canté a una guitarra el día del
desposorio, más que cantando, llorando.
Ya llego, Cupido, al ara,
Ponme en los ojos el lienzo,
Pues solo por mis desdichas
Ofrezco al cuchillo el cuello.
Ya no tengo más que darte;
Que pues la vida te ofrezco,
Niño cruel, ya conoces
El poco caudal que tengo.
Un cuerpo sin alma doy,
Que es engaño, ya lo veo;
Mas tiéneme Fabio el alma,
Y quitársela no puedo.