Acabó don Gaspar con esta última razón de desarraigar y olvidar el

amor que la tenía; y en menos de dos meses que tardó Florentina en

cobrar fuerzas, sanar de todo punto y negociarse todo, pues que

fue necesario que se diese cuenta a Su Majestad del caso, quien dio

piadoso el perdón de la culpa que Florentina tenía en ser culpada de

lo referido, se consiguió su deseo, entrándose religiosa en uno de los

suntuosos conventos de Lisboa, sirviéndole de castigo su mismo dolor

y las heridas que le dio don Dionís, supliendo el dote y demás gastos

la gruesa hacienda que había de la una parte y de la otra, donde hoy

vive santa y religiosísima vida, carteándose con don Gaspar, a quien,

siempre agradecida, no olvida, antes con muchos regalos que le envía,

agradece la deuda en que le está; el cual, vuelto con Su Majestad a

Madrid, se casó en Toledo, donde hoy vive, y de él mismo supe este

desengaño que habéis oído.

Apenas dio fin la hermosa Lisis a su desengaño, cuando la linda doña

Isabel, como quien tan bien sabía su intención, mientras descansaba

para decir lo que para dar fin a este entretenido sarao faltaba, porque

ya Lisis había comunicado con ella su intento, dejando el arpa y

tomando una guitarra, cantó sola lo que se sigue:

Al prado, en que espinas rústicas

Crían mil humores sálicos,

Que de ausencias melancólicas

Es fruto que da mi ánimo:

Salgo a llorar de un cruelísimo

Olvidos de un amor trágico;

Que si fuera dichosísimo,

Cantara en estilo jácaro.

Que como visión fantástica,

Ni aun de mis ojos los párpados

Vieron, pues voz armónica

Ganó en el alma habitáculo.

Con solo acentos científicos

Goza de mi amor el tálamo,

Si bien con olvido fúnebre

Le quito a mi vida el ámbito.

Acentos congojadísimos

Escuchan aquestos álamos;

Que pena sin culpa acérrima

Le dan al alma estos tártagos.

No canto como oropéndola,

Ni cual jilguerillo orgánico;

Mas lamento como tórtola,

Cuando está sola en el páramo.

Como fue mi amor platónico,

Y en él no fue el fuego tácito,

No quiso con fino anhélito

Ser trueno, sino relámpago.

Amó solo por teórica,

Pagándome con preámbulos,

Y olvidando cruelísimo

Un amor puro y magnánimo.

¡Ay prados y secos céspedes,

Montes y fríos carámbanos!

Oíd en bascas armónicas

Aquestos suspiros lánguidos.

Con mil lágrimas ternísimas,

Vuestros arroyos cristálicos

Serán ríos caudalísimos

Con que crezca amor hispánico.

Y si de mi muerte acérrima

Vieres los temblores pálidos,

Y mi vida cansadísima

Dejaré su vital tráfago.

Decidle al pájaro armónico,

Que con mal sentidos cánticos,

Las aves descuidadísimas

Cautiva al modo mecánico;

¡Cómo siendo ilustre héroe

Y de valor tan diáfano,

Engaña siendo ilustrísimo,

Fingiendo fuegos seráficos!

¿Qué hay que esperar de los cómunes

Sino desdichas y escándalos?

Que mire a Teseo infelice

Atado en el monte Cáucaso.

Que sin razones históricas,

Con estilo dulce y práctico,

Pone por culto a las tórtolas,

Que vive con libre ánimo.

¿Qué milagro que, oyéndole,

Se descuelguen de los pámpanos?

¿Ni qué milagro que, ardiéndose,

Quede aturdida cual tábano?

Que si la mira benévola,

Es estilo fiero y áspero,

Que volando ligerísimo,

La deje en amargo tártago.

Que aunque a su bella oropéndola

Amase, es estilo bárbaro,

Siendo este amor tan castísimo,

Darle pago tan tiránico.

Que en tiempo dilatadísimo

No se ha visto en mi habitáculo

De su memoria mortífica,

Ni en su voluntad un átomo.

Que si amara lo inteléctico,

No le pesara ser Tántalo,

Ni olvidara facilísimo

Tiernos y dulces diálogos.

Esto cantaba una tórtola

Con ronco y fúnebre cántico,

Sentada en un ciprés fúnebre,

Que estaba en un seco páramo.

—Bien ventilada me parece que queda, nobles y discretos caballeros

y hermosísimas damas —dijo la bien entendida Lisis, viendo que doña

Isabel había dado fin a su romance—, la defensa de las mujeres, por lo

que me dispuse a hacer esta segunda parte de mi entretenido y honesto

sarao; pues si bien confieso que hay muchas mujeres que con sus vicios

y yerros han dado motivo a los hombres para la mucha desestimación

que hoy hacen de ellas, no es razón que hablando en común las midan a

todas con una misma medida; que lo cierto es que, en una máquina tan

dilatada y extendida como la del mundo, ha de haber buenas y malas,

como asimismo hay hombres de la misma manera, que eso ya fuera negar la

gloria a tantos santos como hay ya pasados en esta vida, y que hoy se

gozan con Dios en ella, y la virtud a millares de estos que se precian

de ella; mas no es razón que se alarguen tanto de la desestimación de

las mujeres que, sin reservar a ninguna, como pecado original las

comprenden a todas: pues como se ha dicho en varias partes de este

discurso, las malas no son mujeres, y no pueden ser todas malas, que

ya esto fuera no haber criado Dios en ellas almas para el cielo, sino

monstruos que consumiesen el mundo.

Bien sé que me dirán algunos cuáles son las buenas: supuesto que hasta

en las de alta jerarquía se hallan hoy travesuras y embustes. A eso

respondo que estas son más bestias fieras que las comunes, porque,

olvidando las obligaciones, dan así motivo a desestimación: pues ya que

su mala estrella las inclina a esas travesuras, tuvieran más disculpa

si se valieran del recato.

Esto es, si acaso a las deidades comprehende el vicio, que yo no

lo puedo creer, antes me persuado que algunas de las comunes,

pareciéndoles ganan estimación con los hombres, se deben (fiadas de un

manto) de vender por reinas, y luego se vuelven a su primer ser, como

las damas de las farsas; y como los hombres están dañados contra ellas,

luego creen cualquiera flaqueza suya, y para apoyar su opinión dicen

mal hasta de las de mayores obligaciones; y aquí se ve la malicia de

algunos hombres, que no quiero decir todos, aunque en común han dado

todos en tan noveleros que, por ser lo más nuevo el decir mal de las

mujeres, dicen que lo que se usa no se excusa.

Lo que me admira es que los nobles, los honrados y virtuosos, se dejen

ya llevar de la común voz, sin que obre en ellos ni la nobleza de que

el cielo los dotó, ni las muchas virtudes de que ellos se pueden

dotar, ni de las ciencias que siempre están estudiando, pues por

ellas pudieran sacar, como tan estudiosos, que hay y ha habido en las

edades pasadas y presentes muchas mujeres buenas, santas, virtuosas,

estudiosas, honestas, valientes, firmes y constantes.

Yo confieso que en parte tienen razón en creer que hay hoy más mujeres

viciosas y perdidas que ha habido jamás, pero no que falten tantas

buenas que no excedan el número de las malas. Y tomando de más atrás

el apoyo de esta verdad, no me podrán negar los hombres que en las

antigüedades no haya habido mujeres muy celebradas, porque esto fuera

negar las innumerables santas, de quien la Iglesia canta tantas

mártires, tantas vírgenes, tantas viudas y continentes, tantas que han

muerto y padecido en la crueldad de los hombres; que si esto no fuera

así, poco paño hubieran tenido estas damas desengañadoras en que cortar

sus desengaños, todos tan verdaderos como la misma verdad, tanto que

las debe muy poco la fábula, pues hasta para hermosear no han tenido

necesidad de ella.

¿Pues qué ley humana o divina halláis, nobles caballeros, para

precipitaros tanto contra las mujeres que apenas se halla uno que las

defienda, cuando veis tantos que las persiguen? Quisiera preguntaros si

cumplís en esto con la obligación de serlo, y lo que prometéis cuando

os ponéis en los pechos las insignias de serlo. Y si es razón que lo

que juráis cuando os las dan, no lo cumpláis. Mas pienso que ya no las

deseáis sino por gala, como las medias de pelo y las guedejas.

¿De qué pensáis que procede el poco ánimo que hoy todos tenéis, que

sufrís que estén los enemigos dentro de España y nuestro rey en

campaña, y vosotros en el Prado y en el río, llenos de galas y trajes

femeniles, y los pocos que le acompañan, suspirando por las ollas de

Egipto? De la poca estimación que hacéis de las mujeres, que a fe que

si las estimarais y amárades como en otros tiempos se hacía, por no

verlas en poder de vuestros enemigos, vosotros mismos ofreciérades, no

digo yo ir a la guerra a pelear, sino a la muerte, poniendo la garganta

al cuchillo, como en otros tiempos, y en particular en el del rey

don Fernando el Católico, se hacía, donde no era menester llevar los

hombres por fuerza, ni maniatados, como ahora (infelicidad y desdicha de

nuestro católico rey), sino que ellos mismos ofrecían sus haciendas y

personas, el padre por defender la hija, el hermano por la hermana, el

esposo por la esposa, y el galán por la dama; y esto era por no verlas

presas y cautivas; y lo peor es, deshonradas, como me parece que vendrá

a ser si vosotros no os animáis a defenderlas; mas como ya las tenéis

por la alhaja más vil y de menos valor que hay en vuestra casa, no se

os da nada de que vayan a ser esclavas de otros, y en otros reinos;

y si los plebeyos os vieran a vosotros con valor para defendernos, a

vuestra imitación lo hicieran todos; y si os parece que en yéndoos a

pelear os han de agraviar y ofender, idos todos, seguid a vuestro rey

a defendernos, que quedando solas seremos Moisenes, que orando vencerá

Josué.

¡Es posible que nos veáis ya en poder de contrarios, pues desde

donde están adonde estamos no hay más defensa que vuestros heroicos

corazones y valerosos brazos, y no os corráis de estaros en la

corte ajando galas y criando cabellos, hollando coches y paseando

prados, y que, en lugar de defendernos, nos quitéis la opinión y el

honor contando cuentos que os suceden con damas, que creo que son

más invenciones de malicia que verdades, alabándoos de cosas que es

imposible sea verdad que lo puedan hacer ni aun las públicas rameras,

solo por llevar al cabo vuestra dañada intención, todo efecto de la

ociosidad en que gastáis el tiempo en ofensa de Dios y de vuestra

nobleza! ¡Que esto hagan pechos españoles! ¡Que esto sufran ánimos

castellanos!

Bien dice un héroe bien entendido que los franceses os han hurtado el

valor, y vosotros a ellos, los trajes: estimad y honrad a las mujeres,

y veréis cómo resucita en vosotros el esfuerzo y valor perdidos; y si

os parece que las mujeres no os merecen esta fineza, es engaño, que si

dos os desobligan con sus malos tratos, hay infinitas que los tienen

buenos: y si por una buena merecen perdón muchas malas, merézcanle

las pocas que hay, por las muchas buenas que goza este siglo, como lo

veréis si os dais a visitar los santuarios de Madrid y de otras partes,

que son más en número las que veréis frecuentar todos los días los

sacramentos que no las que os buscan en los prados y ríos.

Muchas buenas ha habido y hay, caballeros; cese ya, por Dios, vuestra

civil opinión y no os dejéis llevar del vulgacho novelero, pues cuando

no hubiera habido otra más que nuestra serenísima y virtuosa reina

doña Isabel de Borbón (que Dios llevó porque no la merecía el mundo,

la mayor pérdida que ha tenido España), solo por ella merecían buen

nombre las mujeres, alabándose las malas en él y las buenas adquiriendo

gloriosas alabanzas.

Dádselas vosotros de justicia; porque os aseguro que si cuando los

plebeyos hablan mal de ellas supieran que los nobles las habían de

defender, es cierto que de miedo por lo menos las trataran bien; pero

ven que vosotros escucháis con gusto sus oprobios, y son como los

truanes, que añaden libertad a libertad, desvergüenza a desvergüenza y

malicia a malicia: y digo que ni es caballero, ni noble, ni honrado,

el que dice mal de las mujeres, aunque sean malas, pues las tales se

pueden librar en virtud de las buenas.

Y en forma de desafío, digo que el que dijere mal de ellas no cumple

con su obligación; y como he tomado la pluma, habiendo tantos años que

la tenía arrimada, en su defensa, tomaré la espada para lo mismo, que

los agravios sacan fuerzas donde no las hay; no por mí, que no me toca,

pues me conocéis por lo escrito y no por la vista, sino por todas, por

la piedad y lástima que me causa su mala opinión.

Y vosotras, hermosas damas de toda suerte de calidad y estado, ¿qué

más desengaño aguardáis que el desdoro de vuestra fama en boca de los

hombres? ¿Cuándo os desengañaréis de que no procuran más de derribaros

y destruiros, y luego decir aún más de lo que con vosotras les sucede?

¿Es posible que, con tantas cosas como habéis visto y oído, no

reconoceréis que en los hombres no dura más la voluntad que mientras

dura el apetito, y concluido este se acabó? Y si no, conocedlo en

el que más dice que ama una mujer; hállela en una niñería, a ver si

la perdonará como Dios, quien como nos ama tanto, nos perdona cada

instante y cada momento las infinitas ofensas que le hacemos.

¿Pensáis ser vosotras más dichosas que las referidas en estos

desengaños? Ese es vuestro mayor engaño; porque cada día, como el mundo

se va acercando al fin, va todo de mal en peor, porque queréis, por

veleta tan mudable como la voluntad de un hombre, aventurar la opinión

y la vida en las crueles manos de ellos; y es la mayor desdicha de todo

esto que, quizá las inocentes y las que no tienen culpa alguna mueren,

y las maliciosas y que están culpadas viven.

Pues no he de ser yo así, que en mí no ha de faltar de ninguna manera

el conocimiento que en todas las demás; y así, vos, señor don Diego

(prosiguió la sabia y entendida Lisis, vuelta al que aguardaba verla

su esposa), advertid que no será razón que deseando yo desengañar me

engañe, no porque en ser vuestra esposa pueda haber ningún engaño,

sino porque no es justo que yo me fíe de mi dicha, pues no me siento

más firme que la hermosa y entendida doña Isabel, a quien no le

aprovecharon tantos trabajos como en el discurso de su desengaño nos

refirió, de lo que mis temores han tenido principio.

Considero a Camila, a quien no bastó para librarse de una desdicha

ser virtuosa, sino que por no avisar a su esposo, sobre morir, quedó

culpada.

Roseleta, que le avisó, tampoco se libró del castigo; Elena sufrió

inocente, y murió atormentada.

A doña Inés no la valió el privarla el mágico con sus enredos y

encantos el juicio; ni a Laurela el engañarla el traidor; ni a doña

Blanca tampoco la sirvió de nada su virtud ni candidez; ni a doña

Mencía el ser su amor sin culpa; ni a doña Ana el no tenerla, ni haber

pecado, pues solo por ser pobre vino a perder la vida.

Beatriz hubo menester todo el favor de la Madre de Dios para salvar la

vida, acosada con tantos trabajos, y este no todas le merecemos.

A doña Magdalena no la sirvió ser honesta y virtuosa para librarse

de la traición de una infame sierva, de que ninguna en el mundo se

puede librar; porque si somos buenas, nos levantan un testimonio, y si

ruines, descubren nuestros delitos, porque los criados y criadas son

animales caseros y enemigos no excusados, a quienes estamos regalando

y, después de gastar con ellos nuestra paciencia y hacienda, son al

cabo como el león, que harto el leonero de criarle y sustentarle

se vuelve contra él y le mata: así ellos, al cabo matan a sus amos

diciendo lo que saben de ellos, y también lo que no saben, sin cansarse

de murmurar de su vida y costumbres; y es lo peor que no podemos pasar

sin ellos, por la vanidad y por la honrilla.

Pues si una triste viuda tiene tantos adversarios, y el mayor es un

marido, ¿quién me ha de obligar a que entre yo en lid de que tantas

han salido vencidas, y saldrán mientras durare el mundo, no siendo más

valiente ni más dichosa?

Vuestros méritos son tantos que hallaréis esposa más animosa y menos

desengañada, pues aunque no lo estoy por experiencia, lo estoy por

ciencia; y como en el juego es el que mejor juzga quien mira que el

que juega, yo viendo, no solo en estos desengaños, mas en los que

todas las casadas me dan, unas lamentándose de que tienen los maridos

jugadores, otras amancebados, y muchas de que no atienden a su honor,

y por excusarse de dar a su mujer una gala, sufren que se la dé otro;

y más que, por esta parte, en vez de desentenderse se dan a entender

con quitarles la vida, que fuera más bien empleado quitársela a ellos,

pues fueron los que dieron la ocasión, como he visto en Madrid, que

desde el día que se dio principio a este sarao, que fue martes de

carnestolendas de este presente año de mil seiscientos cuarenta y seis,

han sucedido muchos casos escandalosos; estoy tan cobarde que, como

el que ha cometido algún delito, me acojo a sagrado y tomo por amparo

el retiro de un convento, desde donde pienso (como en talanquera) ver

lo que sucede a los demás; y así, con mi querida doña Isabel, a quien

pienso acompañar mientras viviere, me voy a salvar de los engaños de

los hombres.

Y vosotras, hermosas damas, si no os desengaña lo escrito, desengáñeos

lo que me veis hacer. Y a los caballeros, por despedida suplico

muden de intención y lenguaje con las mujeres, porque si mi defensa

por escrito no basta, será fuerza que todas tomemos las armas para

defendernos de sus malas intenciones y defendernos asimismo de los

enemigos; aunque no sé qué mayores enemigos que ellos, pues nos

ocasionan ya mayores ruinas que estos.

Dicho esto, la discreta Lisis se levantó, y tomando por una mano

a la hermosa doña Isabel y a su prima doña Estefanía por la otra,

haciendo una cortés reverencia, sin aguardar respuesta se entraron

todas tres en otra cuadra, dejando a su madre, como ignorante de su

intención, confusa, a don Diego, desesperado, y a todos, admirados de

su determinación.

Don Diego, descontento, con bascas de muerte, sin despedirse de nadie

se salió de la sala; dicen que se fue a servir al rey en la guerra de

Cataluña, donde murió, porque él mismo se ponía en los mayores peligros.

Toda la gente, despidiéndose de Laurela y dándola repetidos parabienes

del grande y sublimado entendimiento de su hija, se fueron a sus casas

llevando unos qué admirar, todos qué contar, y muchos qué murmurar del

sarao; porque hay en la corte grande número de sabandijas legas que su

mayor gusto consiste en decir mal de las obras ajenas; y es lo mejor

que no las saben entender.

Otro día Lisis y doña Isabel, con doña Estefanía, se fueron a su

convento: con mucho gusto doña Isabel tomó el hábito y Lisis se quedó

seglar; y en poniendo Laura la hacienda en tal orden que les rentase

lo que habían menester, se fue con ellas por no apartarse de su amada

Lisis, avisando a la madre de doña Isabel, quien como supo dónde estaba

su hija, se vino también con ella, tomando el hábito de religiosa,

donde tuvieron noticias de que don Felipe había muerto en la guerra.

A pocos meses se casó Lisarda con un caballero forastero muy rico,

dejando mal contento a don Juan, el cual confesaba que por ser desleal

a Lisis le había dado Lisarda el pago que merecía, de que le sobrevino

una peligrosa enfermedad, y de ella un frenesí, con que acabó la vida.

Yo he llegado al fin de mi entretenido sarao y, por último, pido a las

damas que se reporten en los atrevimientos si quieren ser estimadas de

los hombres; y a los caballeros, que muestren serlo honrando a las

mujeres, pues les está tan bien; o que se den por desafiados porque no

cumplen con la ley de caballería no defendiendo a las mujeres. Vale.

Ya, ilustrísimo Fabio, por cumplir lo que pediste de que no diese

trágico fin a esta historia, la hermosa Lisis queda en clausura,

temerosa de que algún engaño la desengañe, no escarmentada de desdichas

propias. No es trágico fin sino el más felice que se pudo dar, pues

codiciosa y deseada de muchos, no se sujetó a ninguno.

Si os duran los deseos de verla, buscadla con intento casto, que así

la hallaréis tan vuestra y con la voluntad tan firme y pundonorosa

como tiene prometido, y tan servidora vuestra como siempre y como vos

merecéis, porque hasta en conocerlo ninguna la hace ventaja.

DOÑA MARÍA DE ZAYAS Y SOTOMAYOR.

FIN.

TABLA.

PRIMERA PARTE.

Pág.

INTRODUCCIÓN. 1

Aventurarse perdiendo. 5

La burlada Aminta, y venganza del honor. 29

El castigo de la miseria. 50

El prevenido engañado. 70

La fuerza del amor. 97

El desengañado amado, y premio de la virtud. 108

Al fin se paga todo. 126

El imposible vencido. 141

El juez de su causa. 158

El jardín engañoso. 172

SEGUNDA PARTE.

INTRODUCCIÓN. 182

La esclava de su amante. 186

La más infame venganza. 214

La inocencia castigada. 233

El verdugo de su esposa. 255

Tarde llega el desengaño. 272

Amar solo por vencer. 292

Mal presagio casar lejos. 319

El traidor contra su sangre. 338

La perseguida triunfante. 359

Estragos que causa el vicio. 402

PARÍS. — EN LA IMPRENTA DE FAIN Y THUNOT,

Calle Racine, 28, cerca del Odéon.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 52 / 52 段