Levantó Beatriz a su esposo y cuñado juntos, abrazándolos de la misma

suerte, y luego a todos los demás, uno por uno. Salió la voz de la

venida milagrosa de la reina, sabiéndose cómo era el doctor que había

dado la vida a todos, y corrían como fuera de juicio a palacio; tanto,

que fue necesario que saliese donde de todos fuese vista, porque

daban voces que les dejasen ver su reina; y así como la dejó entre el

concurso dicho, la Reina del cielo había desaparecido.

Bien quisiera Ladislao tornar a gozar entre los hermosos brazos de su

esposa las glorias que había perdido en su ausencia; mas ella no lo

consintió, diciéndole que ya no había reino ni esposo en el mundo para

ella, que al Esposo celestial y al reino de la gloria solo aspiraba;

que no la tratase de volver a ocasionarle más desdichas de las

padecidas: y como esta debía de ser la voluntad divina, no la replicó

más el rey ni trató de persuadirla lo contrario; porque, inspirado de

Dios, se determinó a seguir los pasos y camino de Beatriz, que sin

querer hacer noche en palacio, llevando consigo todas las damas que

quisieron ser sus compañeras, se fue a un convento donde tomaron todas

el hábito de religiosas, dándola licencia el rey para ello, donde vivió

santamente hasta que fue de mucha edad.

El rey Ladislao envió luego a Inglaterra las nuevas con embajadores

fidedignos, enviando por la infanta Isabela para mujer de Federico,

quien era hermana de Beatriz y muy niña cuando ella vino a Hungría,

y no menos hermosa que su hermana, a la que los reyes sus padres

quisieron traer ellos mismos, por ver de camino a Beatriz; y venidos,

se celebraron las bodas de Federico y la infanta Isabela con grandes

fiestas de los dos reinos, y acabadas, antes que los reyes de

Inglaterra se volviesen, el rey Ladislao traspasó y cedió el reino a

su hermano; y habiéndole dado la investidura y jurádole los vasallos,

tomó el hábito del glorioso san Benito, donde siguiendo los pasos de su

santa esposa, fue a prevenirse el lugar en el cielo.

Habiendo vivido santamente, murió muchos años antes que Beatriz, la

cual, antes de su muerte, escribió ella misma su vida, como aquí se

ha dicho con nombre de desengaño; porque en él ven las damas lo que

deben temer, pues por la crueldad y porfía de un hombre padeció tantos

trabajos la reina Beatriz, la que en toda Italia es tenida por santa,

donde vi su vida manuscrita, estando allá con mis padres.

Y advierto esto, porque si alguno hubiere oído algo de esta reina, será

como digo, mas no impresa ni manoseada de otros ingenios; y como se

ha propuesto que estos desengaños han de ser sobre casos verdaderos,

fuerza es que alguno los haya oído en otras partes, mas no como aquí va

referido.

Con tanto gusto escuchaban todos el desengaño que doña Estefanía

refirió, que, aunque largo, no causó hastío al gusto, antes quisieran

que durara más: y si bien don Diego, por llegarse a ver dueño de la

belleza de Lisis, deseada tan largo tiempo, quisiera que los desengaños

de aquella noche fueran más cortos, las dos desengañadoras, como era la

penúltima, de propósito los previnieron más largos, y no le hacían poco

favor en dilatarle la pena que en lugar de gusto le estaba prevenida

por fin de la fiesta, pues en esta penosa vida no le hay cumplido,

porque, como nos vamos acercando más al fin, como el que camina, que

andando un día una jornada y otro día otra, viene a llegar al lugar

adonde enderezó su viaje, así este triste mundo va caminando, y en las

desdichas que en él suceden parece que se va acercando a la última

jornada.

Pues viendo doña Isabel que la discreta Lisis trocaba asientos con

doña Estefanía, por ser la penúltima que había de desengañar, cantó

sola este soneto, de un divino entendimiento de Aragón, hecho a una

dama a quien amaba por fama, sin haberla visto, y ella se excusaba de

que la viese por no desengañarle del engaño que podía padecer en su

hermosura; si bien le desengañaba por escrito, diciéndole que era fea,

por quitarle el deseo que tenía de verla; y se le había dado Lisis a

doña Isabel para que le cantase, en esta ocasión, por no darle fin

trágico, aunque el héroe que lo hizo le merecía por haberse embarcado

en el Leteo.

Amar sin ver, facilidad parece,

Que contradice efectos al cuidado;

Pero quien del ingenio se ha pagado,

De más amante crédito merece.

El que a la luz que el tiempo desvanece

Solicita lascivo el dulce agrado,

Apetito es su amor, que desdichado

Con el mismo deleite descaece.

Amarilis, si viendo tu hermosura,

Rindiera su beldad tiernos despojos,

Sujetara a los años mis sentidos.

Mi amor porción del alma se asegura,

Y huyendo la inconstancia de los ojos,

Se quiso eternizar en los oídos.

NOCHE DÉCIMA.

DESENGAÑO DÉCIMO.

ESTRAGOS QUE CAUSA EL VICIO.

Ya cuando doña Isabel acabó de cantar estaba la divina Lisis sentada en

el asiento del desengaño, habiéndola honrado todos cuantos había en la

sala, damas y caballeros, como a presidente del sarao, con ponerse en

pie, haciéndola cortés reverencia hasta que se sentó, y todo lo merecía

su hermosura, su entendimiento y su valor; y habiéndose vuelto todos a

sentar, con gracia nunca vista empezó de esta suerte:

—Estaréis, hermosas damas y discretos caballeros, aguardando a oír mi

desengaño con más cuidado que los demás, por esperarle mejor sazonado,

más gustoso, con razones más bien dispuestas, y habrá más de dos que

dirán entre sí: «¿Cuándo ha de desengañar la bien entendida, o la

bachillera, que de todo habrá, la que quiere defender a las mujeres, la

que pretende enmendar a los hombres, y la que pretende que no sea el

mundo el que siempre ha sido?» Porque los vicios nunca se envejecen,

siempre son mozos, y en los mozos, de ordinario hay vicios; los hombres

son los que se envejecen en ellos, y una cosa a que se hace hábito

jamás se olvida; y yo, como no traigo propósito de canonizarme por

bien entendida sino por buena desengañadora, es lo cierto que, ni

en lo hablado ni en lo que hablaré, he buscado razones retóricas ni

cultas; porque, además de ser un lenguaje que con el extremo posible

aborrezco, querría que me entendiesen todos, el culto y el lego, porque

como todos están ya declarados por enemigos de las mujeres, contra

todos he publicado la guerra; y así he procurado hablar en el idioma

que mi natural me enseña y aprendí de mis padres; que lo demás es una

sofistería en que han dado los escritores por diferenciarse de los

demás; y dicen a veces cosas que ellos mismos no las entienden, y cómo

las entenderán los demás si no es diciendo, como algunas veces me ha

sucedido a mí, que cansando el sentido por saber qué quiere decir y no

sacando fruto de mi fatiga, digo: «Muy bueno debe de ser, pues yo no lo

entiendo».

Así, noble auditorio, yo me he puesto aquí a desengañar a las damas y

a persuadir a los caballeros que no las engañen; y ya que esto sea por

ser ancianos en este vicio, pues ellos son los maestros de los engaños,

y han sacado en las que los militan buena disciplina, no digan mal de

la ciencia que ellos enseñan.

De manera que aquí me he puesto a hablar sin engaño, y yo misma he de

ser el mayor desengaño, porque sería morir del engaño y no vivir del

aviso si, desengañando a todas, me dejase yo engañar.

Ánimo, hermosas damas, que hemos de salir vencedoras. Paciencia,

discretos caballeros, que habéis de quedar vencidos y habéis de juzgar

a favor que las damas os venzan. Este es el desafío de una a todos,

y de cortesía por lo menos me habéis de dar la victoria, pues tal

vencimiento es quedar más vencedores.

Claro está que siendo, como sois, nobles y discretos, por mi deseo,

que es bueno, habéis de alabar mi trabajo, aunque sea malo, no embote

los filos de vuestro entendimiento este parto pobre y humilde mío; y

así, pues no os quito y os doy, ¿qué razones habrá para que entre las

grandes riquezas de vuestros heroicos discursos no halle lugar mi pobre

jornalejo? Y supuesto que, aunque moneda inferior, es moneda y vale

algo, por humilde no la habéis de pisar: luego si merece tener lugar

entre vuestro grueso caudal, ya os vencéis y me hacéis vencedora.

Ved aquí, hermosas damas, cómo quedando yo con la victoria de este

desafío, le habéis de gozar todas, pues por todas peleo.

¡Oh, quién tuviera el entendimiento como el deseo, para saber defender

a las hembras y agradar a los varones! Y que ya que os diera el pesar

de venceros, fuera con tanta erudición y gala que le tuviérades por

placer, y que, obligados de la cortesía, vosotros mismos os rindiérades

más.

Si es cierto que todos los poetas tienen parte de divinidad, quisiera

que la mía fuera tan del empíreo que os obligara sin enojaros; porque

hay pesares tan bien dichos que ellos mismos se diligencian el perdón.

De todas estas damas habéis llevado la reprensión, aunque con temor,

porque creo que no están aún bien desengañadas de vuestros engaños;

y de mí la llevaréis, saliendo triunfadora, porque pienso que no os

habré menester sino para decir bien o mal de este sarao; y en eso hay

poco perdido, si no le vale, como he dicho, vuestra cortesía; porque si

fuere malo, no ha de perder el que le sacare a luz, pues le comprarán

siquiera para decir mal de él; y si bueno, él mismo se hará lugar y se

dará el valor.

Si le tuvieren por bachillería, no me negaréis que no va bien

perfeccionado, y más no habiéndome ayudado del arte, que es más de

estimar, sino de este natural que me dio el cielo.

Yo os advierto que escribo sin temor; porque como jamás me han parecido

mal las obras ajenas, de cortesía se me debe que parezcan bien las

mías, y no solo de cortesía, mas de obligación. Doblemos aquí la hoja y

vaya de desengaño, que al fin se canta la gloria, y voy segura de que

me habéis de cantar la gala.

Estando la católica y real majestad de Felipe tercero el año de mil

seiscientos diecinueve en la ciudad de Lisboa, en el reino de Portugal,

sucedió que un caballero, gentilhombre de su real cámara (a quien

llamaremos don Gaspar, bien fuese así su nombre o bien lo sea supuesto,

pues así lo oí o a él mismo o a personas que le conocieron, que en

esto de los nombres pocas veces se dice el mismo), fue a esta jornada

acompañando a Su Majestad.

Era galán, noble, rico y con todas las prendas que se pueden desear, y

más en un caballero, pues como la mocedad trae consigo los accidentes

de amor, mientras dura su flor no tratan los hombres de otros

ministerios, y más cuando van a otras tierras extrañas de las suyas,

quienes por ver si las damas de ellas se adelantan en gracias a las de

su tierra, luego tratan de calificarlas haciendo empleo de su gusto en

alguna que los saque de esta duda.

Así don Gaspar, que parece iba solo a esto, a muy pocos días que estuvo

en Lisboa hizo elección de una dama, si no de lo más acendrado en

calidad, por lo menos de lo más lindo que para sazonar el gusto pudo

hallar; y esta fue la menor de cuatro hermanas, que, con recato (por

ser en esto las portuguesas muy miradas), trataban de entretenerse y

aprovecharse, pues ya que las personas no sean castas, es gran virtud

ser cautas, porque en lo que más pierden los de nuestra nación, tanto

hombres como mujeres, es en la ostentación que hacen de los vicios, y

es el mal que apenas hace una mujer un yerro, cuando ya se sabe, y a

muchas que no lo hacen se le acumulan.

Estas cuatro hermanas que digo vivían en un cuarto tercero de una casa

muy principal, y los demás de ella estaban ocupados de buena gente,

y ellas no en muy mala opinión: tanto que, para que don Gaspar no se

la quitase, no la visitaba de día, y para entrar de noche tenía llave

de un postigo de una puerta trasera; de forma que, aguardando a que

la gente se recogiese y las puertas se cerrasen, que de día estaban

entrambas abiertas por mandarse los vecinos por la una y la otra, abría

con su llave y entraba a ver a su prenda sin nota ni escándalo de la

vecindad.

Poco más de quince días había gastado don Gaspar en este empleo, si no

enamorado, a lo menos satisfecho de la belleza de esta dama, cuando

una noche, que por haber estado jugando fue algo más tarde que las

demás, le sucedió un portentoso y raro caso que parece fue anuncio de

los que en aquella ciudad le sucedieron después, y fue que, habiendo

despedido un criado que siempre le acompañaba, por ser de quien fiaba

entre todos los que le asistían a las travesuras de sus amores, abrió

la puerta y parándose a cerrarla por de dentro, como hacía otras veces,

en una cueva que en el mismo portal estaba, no trampa en el suelo sino

puerta levantada en arco con unas verjas menudas, y que siempre estaba

sin llave por ser para toda la vecindad que en aquel cabo de la casa

moraban, oyó unos ayes dentro, tan bajos y lastimosos que no dejó de

causarle por primera instancia algún horror, si bien ya más recobrado,

juzgó sería algún pobre que, por no tener donde albergarse aquella

noche, se había entrado allí, y que se lamentaba de algún dolor que

padecía.

Acabó de cerrar la puerta, y subiendo al cuarto de su dama (por

satisfacerse de su pensamiento, antes de hablar una sola palabra en

razón de su amor), pidió una luz, y con ella tornó a la cueva, y con

grande ánimo, al fin como quien era, bajó los escalones, que no eran

muchos, y entrando en ella vio que no era muy espaciosa, porque desde

el fin de los escalones se podía bien señorear lo que había en ella,

que no era más de las paredes; y espantado de verla desierta y que no

estaba en ella el dueño de los penosos gemidos que había oído, mirando

por todas partes, como si hubiera de estar escondido en algún agujero,

advirtió a una parte de ella mullida la tierra, como que había poco

tiempo que la habían cavado, y habiendo visto de la mitad del techo

colgado un garabato, que debía de servir de colgar en él lo que se

ponía a remediar del calor, tirando de él le arrancó y empezó a arañar

la tierra para ver si acaso descubría alguna cosa; y a poco trabajo

que puso, por estar la tierra muy movediza, vio que uno de los hierros

del garabato había hecho presa, y se resistía de tornar a salir; puso

más fuerza y levantándolo hacia arriba asomó la cara de un hombre, por

haberse clavado el hierro por debajo de la barba, no porque estuviese

apartada del cuerpo, que a estarlo la sacara de todo punto.

No hay duda sino que tuvo necesidad don Gaspar de todo su valor para

sosegar el susto y tornar la sangre a su propio lugar, que había ido

a dar favor al corazón, que, desalentado del horror de tal vista, se

había enflaquecido. Soltó la presa, que se tornó a sumir en la tierra,

y allegando con los pies la que había apartado, se tornó a subir

arriba, dando cuenta a las damas de lo que pasaba, que, cuidadosas de

su tardanza, le esperaban, de que no se mostraron poco temerosas, tanto

que, aunque don Gaspar quisiera irse luego, no se atrevió, viendo su

miedo, a dejarlas solas; mas no pudieron acabar con él que se acostase

como otras veces, no de temor del muerto sino de empacho y respeto, que

cuando nos alumbran de nuestras ceguedades los sucesos ajenos, y más

tan desastrados, demasiada desvergüenza es no atemorizarse de ellos, y

por respeto del cielo, pues a la vista de los muertos no es razón pecar

los vivos. Finalmente, la noche la pasaron en buena conversación, dando

y tomando sobre el caso, pidiéndole las damas modo y remedio para sacar

de allí aquel cuerpo que estaba lamentándose como si tuviera alma.

Era don Gaspar noble, y temiendo no les sucediese a aquellas mujeres

algún riesgo, obligado de la amistad que tenía con ellas, a la mañana,

cuando se quiso ir, que fue luego que la aurora empezó a mostrar

su belleza, les prometió que a la noche daría orden para sacarlo

de allí y que se le diese tierra sagrada, que eso debía de pedir

con sus lastimosos gemidos; y como lo dispuso, fue irse al convento

más cercano, y conferenciando con el superior de los religiosos,

en confesión le contó todo cuanto le había sucedido, que acreditó

con saber el religioso quién era, porque la nobleza trae consigo el

crédito; y aquella misma noche del siguiente día fueron con don Gaspar

dos religiosos, y traída luz, que la mayor de las cuatro hermanas

trajo, por ver el difunto, a poco que cavaron, pues apenas sería vara

y media, descubrieron el triste cadáver, y sacándolo fuera vieron que

era un mozo que aun no llegaba a veinte y cuatro años, vestido de

terciopelo negro y ferreruelo de bayeta; porque nada le faltaba del

arreo, pues hasta el sombrero tenía allí, con su daga y espada, y en

las faltriqueras, en la una un lienzo, unas horas y el rosario, y en la

otra unos papeles, entre los cuales estaba la bula; mas por los papeles

no pudieron saber quién fuese, por ser letra de mujer y no contener

otra cosa más de finezas amorosas, y la bula aún no tenía asentado el

nombre, por parecer tomada aquel día, o por descuido, que es lo más

cierto. No tenía herida alguna, ni parecía estar muerto de más de doce

o quince días.

Admirados de todo esto, y más de oír a don Gaspar que le había oído

quejar, le acomodaron en una caja que para esto llevaba el criado de

don Gaspar, y habiéndose la dama vuelto a subir a su cuarto, se le

cargó al hombro uno de los religiosos, que era lego, y caminaron con él

al convento, haciéndoles guarda don Gaspar y su confidente, donde le

enterraron, quitándole el vestido y lo demás, en una sepultura que ya

para el caso estaba abierta, supliendo don Gaspar este trabajo de los

religiosos con alguna cantidad de doblones para que se dijesen misas

por el difunto, a quien había dado Dios lugar de quejarse para que la

piedad de este caballero le hiciese este bien.

Bastó este suceso para apartar a don Gaspar de aquella ocasión en que

se había ocupado; no porque imaginase que tuviesen las hermanas culpa,

sino porque juzgó que era aviso de Dios para que se apartase de casa

donde tales riesgos había, y así no volvió más a ver las hermanas,

aunque ellas lo procuraron diciendo se mudarían de la casa: y asimismo,

atemorizado de este suceso, por algunos días resistió los impulsos de

la juventud, sin querer emplearse en lances amorosos, en donde tales

peligros hay, y más con mujeres que tienen por renta el vicio y por

caudal el deleite, pues de estas no se puede sacar sino el motivo que

han tomado los hombres para no decir bien de ninguna y sentir mal de

todas; mas al fin, como la mocedad es caballo desenfrenado, rompió las

ataduras de la virtud sin que estuviese en manos de don Gaspar dejar

de perderse, si así se puede decir; pues a mi parecer, ¿qué mayor

perdición que enamorarse?

Fue el caso que, en uno de los suntuosos templos que hay en aquella

ciudad, un día que con más devoción y descuido de amar y ser amado

estaba, vio la divina belleza de dos damas, de las más nobles y ricas

de la ciudad, que entraron a oír misa en el mismo templo donde don

Gaspar estaba, tan hermosas y niñas que a su parecer no se llevaban un

año la una a la otra; y si bien había suficiente caudal de hermosura

en las dos para amarlas a entrambas, como el amor no quiere compañía,

escogieron los ojos de nuestro discreto caballero la que le pareció de

más perfección, y no escogió mal, porque la otra era casada.

Estuvo absorto, despeñándose más y más en su amor mientras oyeron misa,

que acabada, viendo se querían ir, las aguardó a la puerta; mas no se

atrevió a decir nada, por verlas cercadas de criados y porque en un

coche que llegó a recibirlas venía un caballero portugués, galán y

mozo, aunque robusto, y que parecía según su presencia no ser hombre de

burlas.

La una de las damas se sentó al lado del caballero, y la que don Gaspar

había elegido por dueño, a la otra parte, de que no se alegró poco en

verla sola; y deseoso de saber quién era, detuvo un paje a quien le

preguntó lo que deseaba, y le respondió que el caballero era don Dionís

de Portugal y la dama que iba a su lado su esposa, y que se llamaba

doña Magdalena, que había poco que se había casado; que la que se había

sentado en frente se llamaba doña Florentina, y era hermana de doña

Magdalena.

Despidiose con esto el paje y don Gaspar, muy contento de que fuesen

personas de tanto valor, ya determinado de amar, servir y agradar a

doña Florentina, y de diligenciarla para esposa (con tal rigor hace

amor sus tiros cuando quiere herir de veras), mandó a su fiel criado

y secretario que siguiese el coche para saber la casa de las dos

bellísimas hermanas.

En tanto que el criado fue a cumplir, o con su gusto, o con la fuerza

que en su pecho hacía la dorada saeta con que amor le había herido

dulcemente (que este tirano enemigo de nuestro sosiego tiene unos

repentinos accidentes, que si no matan, privan del juicio a los heridos

de su dorado arpón), estaba don Gaspar entre sí haciendo muchos

discursos: ya le parecía que no hallaba en sí méritos para ser admitido

de doña Florentina, y con esto desmayaba su amor, de tal suerte que se

determinaba dejarle morir en su silencio; y ya más animado, haciendo en

él la esperanza las fuerzas que con sus engañosos gustos promete, le

parecía que apenas la pediría por esposa, cuando le fuese concedida,

sabiendo quién era, y cuán estimado vivía cerca de su rey: y como este

pensamiento le diese más gusto que los demás, se determinó a seguirle,

enlazándose más en el amoroso enredo, con verse tan valido de la más

que mentirosa esperanza, que siempre promete más que da, y somos tan

bárbaros que conociéndola vivimos de ella.

En estas quimeras estaba cuando llegó su confidente y le informó del

cielo donde moraba la deidad que le tenía fuera de sí, y desde aquel

mismo punto empezó a perder tiempo y gastar pasos tan sin fruto,

porque, aunque continuó muchos días la calle, era tal el recato de la

casa que en ninguno alcanzó a ver, no solo a las señoras, mas ni criada

alguna, con haber muchas, aunque buscaba las horas más dificultosas

como las más fáciles.

La casa parecía encantada, en las rejas había menudas y espesas

celosías, y en las puertas fuertes y seguras cerraduras; y apenas era

una hora de noche, cuando ya estaban cerradas y todos recogidos; de

manera que, si no era cuando salían a misa, no era posible verlas, y

aun entonces pocas veces iban sin ir acompañadas de don Dionís: con

que todos los intentos de don Gaspar se desvanecían; solo con los ojos

en la iglesia daba a entender su cuidado a la dama; mas ella no hacía

caso, o no atendía a ellos.

No dejó en este tiempo de ver si por medio de algún criado podía

conseguir algo de su pretensión, procurando con oro asestar tiros a su

fidelidad; mas como era castellano, no halló en ellos lo que deseaba,

por la antipatía que esta nación tiene con la nuestra, que con vivir

entre nosotros son nuestros enemigos.

Con estos estorbos se enamoraba más don Gaspar, y más el día que veía

a Florentina, que no parecía sino que los rayos de sus ojos hacían

mayores suertes en su corazón, y le parecía que quien mereciese su

belleza habría llegado al _non plus ultra_ de la dicha, y que podría

vivir seguro de celosas ofensas, estando bien triste, sin saber qué

hacerse, ni qué medios poner en su cuñado para que se la diese por

esposa, temiendo la oposición que hay entre portugueses y castellanos.

Poco miraba Florentina en don Gaspar, aunque había bien que mirar en

él, porque aunque, como he dicho, en la iglesia podía haber notado su

asistencia, le debía de parecer que era deuda debida a su hermosura;

que pagar el que debe no merece agradecimiento. Más de dos meses le

duró a don Gaspar esta pretensión, sin tener más esperanzas de salir

con ella que las dichas. Y si la dama no sabía la enfermedad del

galán, ¿cómo podía aplicar el remedio? Y creo que aunque lo supiera no

se le diera, porque llegó tarde.

Vamos al caso, que es como sigue: una noche, poco antes que amaneciese,

venían don Gaspar y su criado de una casa de conversación, pues aunque

pudiera con la ostentación de señor traer coche y criados, como mozo

y enamorado picaba en muy esforzado y gustaba más de andar así,

procurando con algunos entretenimientos divertirse de sus amorosos

cuidados, cuando pasando por la calle donde vivía Florentina, que ya

que no veía la perla se contentaba con ver la caja, al entrar por la

calle, por ser la casa a la salida de ella, con el resplandor de la

luna, que aunque iba alta daba claridad, vio tendida en el suelo una

mujer, a quien el oro de sus atavíos, cuyos vislumbres con los de

divina competencia la calificaban de porte, que con desmayados alientos

se quejaba, como si ya quisiera despedirse de la vida.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 49 / 52 段