Dejémosla aquí, comunicando a todas horas con Dios, a quien daba

muchas gracias, junto con su santa Madre, de haberla sacado de entre

los tráfagos y engaños del mundo, pidiéndoles que antes que se muriese

supiese quién era aquella hermosa y piadosa señora que la había librado

tantas veces de la muerte y traídola a tan sosegada vida, pasando esta

unos ratos orando y otros leyendo. Volvamos al lugar del suplicio y a

la corte del emperador, que no hay poco que decir de ellos.

Acabose de levantar el cadalso, que porque fuese más bien vista su

muerte se mandó hacer muy elevado; y queriendo, para ejecutar la

justicia, llevar a él a Florinda, que así la llamaban todos, como a

un tiempo fue el ir por ella y llevársela su defensora, y vieron que

delante de sus mismos ojos faltaba, quedaron los engañados ministros

tan asombrados como cuando el caminante, que en noche muy oscura

siguiendo su viaje, de repente se le ofrece a la vista un repentino

relámpago que, dejándole deslumbrado, no sabe lo que le ha sucedido:

así quedaron los que, al tiempo de asir de Florinda, se hallaron sin

ella, mirando a una parte y a otra por ver por dónde se había ido;

no quedando menos admirados que los demás Federico y el doctor, no

pudiendo imaginar dónde se hubiese ido: unos decían: «Aquí estaba

ahora»; otros: «Mirándola sin apartar los ojos de ella, se me ha

desaparecido de ellos». Estos le llamaban «milagro», y aquellos

«encantamiento»: solo el doctor, que era el que más espantado estaba de

que a su saber se le encubriese, dijo a Federico:

—¡Qué nos cansamos! mientras esta sombra se la hiciere a esta mujer,

no hemos de tener poder contra ella.

Pues estando de esta suerte, sin saber qué hacerse ni qué disculpa

darían al emperador, vieron venir a todo el galope de un caballo

un caballero de palacio, dando voces que si no estaba ejecutada la

justicia, se suspendiese y diesen vuelta con Florinda a palacio, que

así lo mandaba el emperador: que como llegó le dijo al gobernador lo

mismo, y cómo, al tiempo de llevar a sepultar al príncipe con general

sentimiento de todos, había resucitado levantándose sano y bueno,

diciendo a voces:

—No maten a Florinda, que no me mató Florinda; antes por Florinda

tengo vida; tráiganme a Florinda, vayan presto, no la maten, que está

inocente, que no me mató, sino un traidor por hacerla mal a ella.

Nuevas admiraciones causaron estas nuevas, y viendo que no parecía, ni

por más vueltas que dieron por el campo la hallaban, volvieron a dar

cuenta al emperador de todo, y fue tanto y tan grande su sentimiento

de que no pareciese como si la hubieran muerto; y más viendo que el

niño lloraba tanto por ella y decía que sin Florinda no quería vivir.

Ida la gente, quedaron solos Federico y el doctor, a quien dijo el

príncipe:

—¿Qué me dices de tales sucesos como estos, doctor amigo?

—Qué quieres que te diga, sino que tengo agotado el entendimiento,

deshecha y deslucida la sabiduría viendo lo que pasa; y que a mí,

que no se me encubre cuanto sucede en el mundo, y aun lo que en las

profundas cavernas del infierno hay lo miro y juzgo como si estuviera

en cada parte; no puedo alcanzar este secreto, ni en qué virtud se

libra esta mujer de tantos peligros como la ocasionamos tú y yo, y no

sé, aunque más lo procuro, si en virtud de Dios o de algún demonio se

hace esto.

Mirándola estaba cuando se desapareció, y no vi más de que la

encubrieron, sin saber quién, ni por ahora alcanzo dónde está; solo sé

que la hemos de volver a ver, mas entonces será con gran riesgo de los

dos, y así es menester que de nuevo tornemos tú y yo a prometernos el

no apartarnos uno del otro en ningún tiempo ni ocasión; porque unidas

nuestras fuerzas no la basten las suyas contra nosotros, y ahora demos

la vuelta a Hungría por aliviar la pena que tu hermano y todo el reino

tiene por ti, y allí obraré con más fuerza y sosiego de mis encantos,

para ver si podremos obrar contra ella antes que lo ejecute contra

nosotros; y en caso que no se pueda hacer, será lo más acertado quitar

a tu hermano la vida con alguna confección que le demos, que siendo tú

rey, poco podrá contra ti.

Pareciole bien a Federico el consejo del doctor, y dándole de nuevo

palabra de no apartarle de sí en ningún tiempo, ni de noche ni de día,

se fueron donde habían dejado los criados, y de allí a Hungría, donde

hallaron al rey bien penado por no saber nuevas de su amado hermano, y

todo el reino muy triste, no sabiendo de su príncipe; y por su venida

hicieron grandes fiestas; pues como el rey no se quería casar, tenían

todos puestos en él los ojos; y aunque le conocían mal inclinado, era,

en fin, hijo de su rey y hermano del que tenían.

Ocho años estuvo Beatriz en la cueva, sin que el mal doctor pudiese

en todos ellos descubrir dónde estaba, y ella tan contenta en aquella

morada, gozando tan quieta y pacífica vida que ya no se acordaba de

reino ni de esposo, sin que persona humana viese sus ojos en todo este

tiempo. Toda su compañía eran simples conejuelos y medrosos gamos con

tiernas cervatillas, que estaban tan hallados con ella que se le venían

a las manos como si fueran mansos cachorrillos, gozando de la alegre

música de las aves, con quienes se deleitaba y entretenía.

Solo sentía mucha pena de no haber visto en todos estos años a su amada

amiga y defensora, aquella hermosa señora a quien tanto debía, y casi

amara el verse en peligro por volver a gozar de su vista; cuando una

mañana, al empezar a reír el alba, estando durmiendo, se oyó llamar de

la misma suerte que cuando estaba sin ojos entre las peñas, diciéndole:

—Dios te salve, Beatriz amiga.

A cuya voz, abriendo los soñolientos ojos, vio junto a sí a su querida

y amada defensora, y levantándose despavorida y alegre, se arrodilló

delante de ella, diciendo con lágrimas de alegría:

—¡Ay, señora mía, y qué largo tiempo ha que no os veo! ¿Cómo os habéis

olvidado de mí, como quien tanto sabe las ansias que por veros he

tenido? Decidme: ¿cómo no me habéis venido a ver? Que a saber yo dónde

os pudiera hallar, no me hubiera detenido en buscaros.

—Yo —respondió la señora— nunca me olvido de quien verdaderamente

me ama, que aunque tú no me has visto, yo te he visto a ti; mas como

hasta ahora no has necesitado de mi favor, no he venido a que me veas;

y porque ya es tiempo que los deseos que tienes de saber quién soy se

cumplan, antes de decirte a lo que vengo, quiero que me conozcas y

sepas que soy la Madre de Dios.

En diciendo esto, como ya era la voluntad de Dios y la suya que la

conociera, al punto, en el diáfano manto azul, que aunque de este

color, más era sol que manto, en los contornos de la plateada luna,

en la corona de estrellas, en el clarísimo resplandor de su divino y

sagrado rostro, en los angélicos espíritus que la cercaban, conoció

Beatriz a aquella soberana reina de los ángeles, Madre de Dios y Señora

nuestra, y puestos los ojos en ella, así como estaba de hinojos, se

quedó inmóvil y elevada gran rato, absorta en tan gloriosa vista.

Goce Beatriz este favor tan deseado mientras que yo pondero este

misterioso suceso, y digo que es gran prueba de nuestra razón la

que sucedió a esta hermosa y perseguida reina, que para defenderse

de la lasciva crueldad de un hombre, no le bastase su santidad y su

honestidad, con todas las demás virtudes de que se cuenta era dotada,

ni con su divino y claro entendimiento disimular y celar el amor

de que tantas veces y en tan varias ocasiones se había dado por

desentendida, ni el excusarse de que hallase en ella más cariño ni

agrado cuando le escribió el papel, ni tenerle el tiempo que estuvo en

la jaula de hierro; nada bastó contra la soberbia e ira de este hombre,

sino que fue menester todo el favor y amparo de la madre de Dios.

¡Ah, hermosas damas, si consideráis esto, y qué desengaño para vuestros

engaños! El poder de la madre de Dios es menester para librar a Beatriz

de un hombre, resistiéndose, apartándose, disimulando, prendiendo,

y tras todo esto no se puede librar de él si la Madre de Dios no le

libra. ¿Qué esperáis vosotras, que los amáis, que los buscáis, que los

creéis, y os queréis engañar?

Porque lo cierto es que si fuéramos por un camino y viéramos que

cuantos han caminado por él han caído en un hoyo que tiene en medio,

y viendo caer a los demás, nosotras fuésemos a dar en él de ojos, sin

escarmentar de ver caer a otros, ¿qué disculpa podríamos dar, sino que

por nuestro gusto vamos a despeñarnos en él?

Veis la parienta burlada, la amiga perdida, la señora deshonrada, la

plebeya abatida, la mujer muerta a manos del marido, la hija por el

padre, la hermana por el hermano, la dama por el galán; y finalmente

veis que el día de hoy el mayor honor y la mayor hazaña de que se

precian los hombres es de burlaros, y luego publicarlo y decir mal de

vosotras, sin reservar ninguna, sino que en común hacen de todas una

ensalada, ¿y no tomaréis ejemplo las unas de las otras?

¿Para qué os quejáis de los hombres, pues, conociéndolos, os dejáis

engañar de ellos, fiándoos de cuatro palabras cariñosas? ¿No veis que

son píldoras doradas? ¿No consideráis que a las otras que burlaron

dijeron lo mismo, que es un lenguaje estudiado con que os están

vendiendo, un arancel que todos observan; y apenas os pierden de

vista, cuando, aunque sea a una fregatriz, la dicen otro tanto?

Y lo que más habíades de sentir es cuando, juntos en corrillo, dicen

que os hallan tan a la mano que vosotras mismas los rogáis, y que

hallan mujeres a cuarto de castañas, o a este papel de a cuarto. ¿No os

afrentáis de esto? ¿No os caéis muertas de sentimiento?

Pues de mí digo que, con no ser comprendida en estas leyes, porque

ni engaño ni me pongo en ocasión que me engañen, ni he menester los

desengaños, me afrento, de manera que quisiera ser poderosa de todas

maneras para apartaros de tal vicio y para defenderos de tales

desdichas.

¡Y que nada os obligue a vosotras para libraros de ellas! Pues mirad

cómo esta reina que, pues merecía tener el favor de la Madre de Dios,

buena era; pues si siendo buena tuvo necesidad de que la Madre de Dios

la defendiese de un hombre, vosotras, en guerra de tantos y sin su

favor, ¿cómo os pensáis defender?

Volved, volved por vosotras mismas, y ya que no estimáis la vida, pues

a cada paso la ponéis en riesgos, estimad el honor, que no sé qué

mujer duerme sosegada en su cama, sabiendo que en los corrillos están

diciendo mal de ella los mismos que debían encubrir su falta, habiendo

sido instrumento de que cayese en ella; que en las pasadas edades

más estimación se hacía de las mujeres, porque estas la tenían de sí

mismas, y entonces, como les costaban más, las aplaudían más, y los

poetas las alababan en sus versos y no las ultrajaban como ahora, que

no se tiene por buen toreador el que no hinca un rejón.

Ahora volvamos a Beatriz, que la dejamos elevada y absorta en aquella

divina vista, que en lo demás yo pienso que me canso en balde, porque

ni las mujeres dejarán de dar ocasión para ser deshonradas ni los

hombres se excusarán de tomarla; porque a las mujeres les huele mal el

honor y a los hombres el decir de ellas bien, y así anda todo de pie

quebrado: es la gracia que tienen todos, y todos los tejados de vidrio,

y sin temer las pedradas que darán en el suyo, están tirando piedras

a los demás, y de lo que más me admiro es del ánimo de las mujeres de

esta edad, que sin tener el favor y amparo de la Madre de Dios, se

atreven a fiarse del corazón de los hombres, bosques de espesura, que

así los llamó el rey don Alonso el sabio en lo verdadero, y el dios

Momo en lo fabuloso, donde no hay sino leones de crueldades, lobos de

engaños, osos de malicias y serpientes de iras, que siempre las están

despedazando el honor y las vidas, hartando su hambre y sed rabiosa

en sus delicadas carnes, que bien delicada es la vida y bien débil el

honor, y con ver salir a las otras despedazadas, se entran ellas sin

ningún miedo en ellas.

Pues, como digo, estaba Beatriz arrodillada y tan fuera de sí,

mirando aquella divina señora, de quien tan regalada se hallaba que

se estuviera así hasta el fin del mundo, si la santísima Virgen no le

dijera:

—Vuelve en ti, amiga Beatriz, que es ya tiempo que salgas de aquí y

vayas a volver por tu honor, que aunque padeces sin culpa, eso y tu

paciencia es bastante para darte el premio de tus trabajos: quiere mi

Hijo que sus esposas tengan buena fama; y por eso a muchas a quien

el mundo se la ha quitado, aun después de la última jornada de él,

permite que con averiguaciones bastantes, como las que se hacen en su

canonización, se la vuelva el mismo que se la ha quitado; mas de ti

quiere que tú la restaures y quites a tu mismo enemigo el peligro que

tiene de condenarse; y a tu esposo y padres, juntos con los dos reyes

de Inglaterra y Hungría, la mala opinión en que te tienen. Toma este

vestido de varón y póntele, dejando ahí los dos que te han servido en

tus penas e inquietudes, y estas yerbas.

Diciendo esto, le dio el vestido y una cestilla de unas yerbas tan

frescas y olorosas que bien parecía que las traía aquella que es vergel

cerrado y oloroso; y prosiguió diciendo:

—Estas no se te marchitarán jamás, sino que siempre las hallarás

como te las doy: vete a Hungría, donde por voluntad y permisión de mi

Hijo todos padecen de una cruel peste que ha dado tal, que no vale

la diligencia de los médicos humanos para reservar a los tocados de

ella de la muerte; solo a ti, por medio de estas yerbas, es otorgado

el poder; mas ha de ser de este modo: que el herido de este mal

que quisiere ser sano se ha de confesar de todos sus pecados, sin

reservar ninguno, por feo que sea, delante de ti y otra persona que

tú señalares; y hecho esto, habiendo sacado el zumo de esta yerba,

le darás a beber una sola gota, con que al punto quedará sano; mas

advierte, y así lo hagas tú a los que curares, que en dejando de

confesar algún pecado, o por vergüenza o malicia, al punto que beba el

salutífero y suave licor, le será riguroso veneno que le acabará la

vida con gran peligro de su alma.

Levantose Beatriz, oído esto, y quitándose el saco de jerga se puso

el vestido, y llevando el arreo que se quitaba a la cueva, le puso

en el lugar que le había hallado; y despidiéndose de aquella morada

con tierno sentimiento, tomó su cestilla acompañada de su gloriosa

defensora, quien tomándola por la mano la sacó de entre las peñas y la

puso en el camino, enseñándola por dónde había de ir, y abrazándola

y dándola su bendición, y ella arrodillada, con muchas lágrimas por

apartarse de aquella celestial señora, la besó los pies con tal

sentimiento que no se quisiera quitar jamás de ellos, pidiéndola que

siempre la amparase; y la santísima Virgen, ya que se quería partir, la

dijo:

—Anda, hija, con la bendición de Dios y mía, y sanarás a todos los que

hicieren lo que he dicho, en el nombre de Jesús, mi amado Hijo.

Y dejándosela así, arrodillada, se desapareció, quedando la santa reina

tan enternecida de que se hubiese partido de ella que no acertaba

a levantarse ni quitar la boca del lugar adonde había tenido sus

gloriosos pies; y así estuvo un buen espacio hasta que, viendo ser

justo obedecer lo que le había mandado, se levantó y empezó a caminar.

Como fuese entrando por el reino de Hungría, era cosa maravillosa

de ver la gente que sanaba, así de un sexo como del otro, tanto que

a pocos días volaba su fama por todo el reino, llamándole el médico

milagroso, hasta que llegó a la misma ciudad donde residía la corte, la

cual halló en más aprieto que las demás que había andado, tanto porque

como allí había más gente y el mal estaba apoderado de los más, cuanto

porque estaba herido de él el príncipe Federico, en tanto grado que no

se tenían esperanzas de su vida, por no aprovecharle los remedios que

los médicos le hacían; y como no había otro heredero, el rey y el reino

estaban muy penados.

Empezó Beatriz a hacer sus milagrosas curas, sanando a tantos con

ellas que apenas la dejaban hora para dar algún reposo a su cuerpo, y

junto con esto, a no hablarse de otra cosa sino del médico milagroso,

unos creyendo ser algún santo, y otros teniéndole por ángel; de suerte

que llegaron las nuevas al rey, a quien afirmando todos los que lo

sabían que sanaba a tantos, deseoso de la vida de su amado hermano,

envió por él, y venido, le prometió grandes mercedes si le daba salud.

—Vamos adonde está, respondió Beatriz, que como el príncipe haga lo

que los demás hacen, sanará sin duda.

Oído esto por el rey, la tomó por la mano y la entró adonde estaba

Federico en el lecho, tan malo y debilitado que parecía que apenas

duraría dos días. Tenía a la cabecera a su mágico doctor y amigo, que

de día ni de noche se apartaba de él, y si bien había ya hecho las

prevenciones que todo cristiano debe hacer para partir de esta vida,

habían sido tan falsas como quien había prometido a su doctor no decir,

ni aun al confesor, el secreto que los dos sabían.

Pues viéndole el rey tan fatigado, le dijo:

—Ánimo, amado hermano mío, que aquí tienes el milagroso médico que te

dará con el favor de Dios la vida, como la ha dado a cuantos en todo el

reino padecían de este mal.

Alentose Federico, y poniendo en Beatriz los ojos, le dijo:

—Haz tu oficio, doctor, que si me sanas, prometo hacerte el mayor

señor de Hungría.

—Hemos menester —dijo a esta sazón el mágico— saber en qué virtud

curas, si es por ciencia, o por yerbas, o palabras.

—¿Pues tú —respondió Beatriz— que tanto sabes, ignoras en qué

virtud curo? En la de Dios, que puede más que tu falsa mágica.

Calló el mágico, oído esto, y Beatriz, volviéndose a Federico, le dijo:

—¿Sabes, príncipe, lo que has de hacer para que te aproveche el

remedio que te he de dar?

—No —dijo Federico—. Adviérteme de todo, porque no pierda la cura

por ignorar lo que se ha de hacer.

—Pues tú has de confesarte de todos tus pecados, sin dejar ninguno por

vergüenza ni malicia, delante del rey tu hermano y de mí: mas mira,

príncipe, lo que haces, que si no te confiesas de todo y te queda

alguno, en lugar de vivir, morirás.

¡Gran misterio de Dios, que estaba hablando con los mismos que la

perseguían, sin ser conocida de ninguno, y del mágico menos! Pues

viendo Federico que había nombrado al rey, vuelto a su doctor, le dijo:

—Ya ves, doctor, que no puede ser menos: da lugar para que haga lo que

este buen hombre dice que he de hacer.

Riose el doctor, y volviéndose a Federico, le dijo:

—¿Pues cómo, príncipe, te olvidas que me tienes prometido, como quien

eres, de no apartarte de mí? ¿Será justo que un rey quiebre su palabra?

Según esto, ni yo puedo irme ni tú enviarme. Mira esto, hombre, cómo ha

de ser, que menos que hecho pedazos no cederé del derecho que tengo a

tu promesa.

Mudo quedó Federico, sin saber qué responder a lo que el doctor

hablaba, viendo que decía verdad.

A lo que Beatriz respondió, inspirada del cielo:

—Estate quedo, engañador, no te vayas, que poco importa que estés

presente, pues tú siempre lo estás a todo; mas por esta vez no te

valdrán tus astucias ni saber, que hay quien sabe más que tú.

Con esto, sentándose el rey y Beatriz, y el doctor, Federico se confesó

de todos sus pecados, excepto de las traiciones tocantes a la reina,

estando muy contento el mágico, viendo cómo observaba el príncipe lo

que le tenía prometido, quien luego que acabó y dijo no tener más que

decir, viendo Beatriz que era diferente, le dijo:

—¿No tienes más que decir?

—No —dijo Federico.

—¿No? —replicó Beatriz. Pues mira lo que haces hasta darte el licor:

yo te lo daré, que en esta vasija le tengo; mas advierte que si te

dejas alguna cosa, por mínima que sea, en el mismo punto que le bebas

no solo perderás la vida, mas también el alma.

Tembló oyendo esto Federico, y volviéndose al rey le dijo:

—Hermano mío, prometedme, como rey, perdonarme lo que hubiere cometido

contra vos, y otorgadme la vida, que menos que con esto no puedo hacer

lo que este buen hombre pide.

—Yo, hermano amado —dijo el rey—, os perdono, aunque hubiérades

tratado de quitarme la vida, y os otorgo la vuestra, y quiera Dios que,

obrando este milagroso remedio, la tengáis por muchos años.

—Pues, doctor amigo —dijo Federico, vuelto al mágico—, perdona, que

morir y condenarme son dos males terribles; y no es razón que, por

guardarte a ti la promesa que te hice loco, pierda la vida del alma y

cuerpo, cuando estoy cuerdo.

—¿De esa manera cumples lo que prometes? —dijo el mágico—. ¿Qué

esperanzas darás a tus súbditos para cuando seas rey? Y yo me quejaré

de ti, y te infamaré por todo el mundo de perjuro.

—Más importa el alma y la vida —dijo Federico.

Y sin aguardar a más preguntas ni respuestas, declaró todo lo que

tocaba a la reina, diciendo cómo había sido quien la había enamorado y

perseguido, y cómo ella, por librarse de él, le había encerrado en la

jaula de hierro; cómo había fingido con el saber del doctor las cartas,

estando en la casa del duque; cómo la había querido forzar antes de

matarla en la fuente; cómo le había muerto el niño príncipe en casa del

emperador, y cómo, estando para degollarla, se había desaparecido; lo

que había oído del caballero de casa del emperador que había venido a

que no se ejecutase la justicia, porque el niño había resucitado; cómo

la había hallado con los ojos, siendo cierto que los monteros se los

habían sacado; y cómo, por más que habían procurado saber qué se había

hecho, no lo habían podido alcanzar, ni el doctor con su saber, ni él

con sus diligencias; y cómo tenían intención de matar al rey, porque si

en algún tiempo pareciese, no los castigase.

Finalmente, no dejó cosa que no la descubriese, lo que visto por

Beatriz, dándole la abujeta del licor, al punto quedó sano.

Como el rey, que atento estaba a lo que su hermano decía, se enterase

de la inocencia de la reina y lo que había pasado de trabajos y

persecuciones, y no supiese dónde la hallarían para pedirla perdón y

volverla al estado que merecía, llorando tiernamente le dijo:

—¡Ay, Federico (que no te quiero llamar hermano, que no han sido tus

obras de serlo); y cómo fuiste cuerdo en pedirme la vida, que a no

habértela prometido, una muerte fuera pequeño castigo, pues si pudiera

darte mil, no lo dejara por ningún peligro que me pudiera venir! No

parezcas mientras yo viviere ante mis ojos, que no quiero ver con ellos

la causa de las lágrimas que están vertiendo los míos.

¡Ay, mi amada Beatriz, y cómo si, considerándote culpada, aún no

ha entrado alegría en mi triste corazón por haber perdido tu amada

compañía; cómo desde hoy moriré viviendo, sin que estas lágrimas que

vierto jamás se enjuguen de mis penosos ojos! ¡Ay, santa mártir!

Perdona mi mal juicio en dar crédito contra tu virtud a tal traición:

¿mas cómo no me había de engañar si mi propio hermano te desacreditaba

con tan aparentes maldades?

Decía el rey estas lástimas con tanto sentimiento, que viendo Beatriz

que ya era tiempo de darse a conocer, le dijo:

—Sosiégate, Ladislao, no te desconsueles tanto, que aquí está Beatriz;

yo soy la que tantas deshonras y desdichas ha padecido, y por quien tus

ojos están vertiendo esas lágrimas.

Apenas la reina dijo esto, cuando se vio, y la vieron todos, con los

reales vestidos que sacó de palacio cuando la llevaron a sacar los ojos

y que se habían quedado en la cueva, sin faltar ni una joya de las

que le quitaron los monteros, tan entera en su hermosura como antes,

sin que el sol ni el aire, aunque estuvo ocho años en la cueva, la

hubiesen ajado un punto de su belleza; observando todos cuantos en la

sala estaban, que eran muchos (por cuanto al llanto que el rey hacía

habían entrado todos los caballeros que fuera estaban, creyendo que

Federico había muerto), cómo la Madre de Dios, Reina de los ángeles y

Señora nuestra, tenía puesta su divina mano sobre el hombro derecho de

la hermosa reina Beatriz; a cuya celestial y divina vista el doctor,

que sentado en una silla estaba cerca de la cama de Federico, dando

un grande estallido, como si un tiro de artillería se disparara, daba

grandes voces, diciendo:

—Venciste, María, venciste; ya conozco la sombra que amparaba a

Beatriz, que hasta ahora estuve ciego.

Y desapareció, dejando la silla llena de espeso humo, siendo la sala un

asombro y un caos de confusión, porque a la parte que estaba Beatriz

con su divina Defensora era un resplandeciente paraíso, y a la que el

falso doctor y verdadero demonio, una tiniebla y obscuridad.

Arrodillose el rey, y Federico, que ya había saltado de la cama, a los

pies de Beatriz, y todos cuantos estaban en la sala de la misma suerte,

besándola los pies y la tierra en que los tenía.

¡Quién oyera a Ladislao las ternezas que la decía, pidiéndola perdón

del descrédito que contra su virtud había tenido! ¡Quién viera a

Federico suplicándola le perdonase, confesando a voces su traición!

¡Quién mirara a sus damas, que a las voces y tronidos del demonio

habían salido con tiernas lágrimas, besándola unas las manos y otras

las ropas; y todos con tanto contento cuanto había sido la pena que

habían tenido de sus desdichas! No hay que decir sino que parecía un

género de locos de contento.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 48 / 52 段