su palacio, y luego, sin dejar casa ni posada en toda la villa que no
se mirase, mandó buscar el tal confidente del conde Fabio, mas no fue
hallado, aunque para más satisfacción le trajeron cuatro forasteros
que en ella había: y asimismo informado de todos cuantos en su palacio
estaban si habían visto a Rosimunda hablar con algún forastero, y
diciendo todos que no, creyendo que era más la traición contra la bella
Rosimunda que contra él, por descomponerla, lastimado de ello y movido
a piedad de su hermosura, honestidad y virtud, y la paciencia con que
llevaba aquel trabajo, y lo que más es, guiado por Dios, que no quería
que Beatriz muriese, habiéndole dicho que la duquesa, viéndole remiso
en darla muerte, estaba determinada a darla veneno, sin que la duquesa
lo supiese ni él querer verla, porque no le diese más lástima de la que
tenía, la mandó sacar una noche, al cabo de dos días que estaba presa,
y que dos criados suyos la llevasen y la pusiesen junto a la fuente
donde la habían hallado, sin hacerla más daño que dejarla allí, y así
fue hecho; y como la fuente no estaba más de dos leguas de la ciudad,
y partiesen con ella al primer cuarto de la noche, cuando llegaron a
ella aún no había amanecido; y dejándola allí, como llevaban la orden
de su dueño, se volvieron.
¿Quién podrá decir el tierno sentimiento de la afligida reina cuando se
vio allí de noche sola y sin amparo, habiendo perdido el sosiego con
que en casa del duque estaba, y más por una causa tan afrentosa? Como
no se hallaba con prenda de valor para poder remediarse, pues como se
ha dicho en casa del duque andaba vestida muy honestamente, no hacía
sino llorar, y a cada rumor que oía, ya le parecían, o bestias fieras
que la venían a sepultar en su vientre, o salteadores que la violasen
su honra; y esto temía más que el morir, porque estaba tal que casi
tenía aborrecida la vida.
En esta congoja estaba cuando empezó la aurora a tirar las cortinas
de la noche, desterrando los nublados de ella para que Febo saliese,
cuando, mirándose Beatriz con los entreclaros crepúsculos del alba,
se vio con los ricos vestidos que había sacado de Hungría cuando
la llevaron por mandado del rey su esposo a sacarla los ojos: y
pareciéndola todas sus cosas prodigios, estando cierta de que aquellos
vestidos habían quedado en casa del duque, y ella, con la pena que
salió de allí, no se había acordado de ellos; considerando pues estas
cosas, juzgó que quien la ponía en tales ocasiones no la desampararía.
Aguardó algo más consolada en qué pararían sus fortunas, llamando a
Dios que la socorriese y ofreciéndole aquellos trabajos; cuando siendo
ya más de día vio salir de entre los árboles, no un león, ni un oso, ni
un salteador, porque estos no la dieran tanto asombro como ver salir a
Federico, que si se os acuerda, con su falso doctor y criados se fueron
a la floresta cuando dejaron urdida la traición.
No hay duda sino que quisiera más Beatriz verse despedazada de
cualquiera de los dichos, antes que verle, y queriéndose poner en
huida, se levantó; mas Federico, abrazándose con ella, la dijo:
—Ahora, ingrata y desconocida Beatriz, no te librarán de mis manos tus
encantos ni hechizos, ni la jaula de hierro en que me tuviste tanto
tiempo, que yo te gozaré en venganza de tus desvíos, y luego te daré la
muerte, para excusar la que tú tratas de darme.
—Antes, traidor a Dios, a tu hermano y a mí, verás la mía —respondió
Beatriz—, que yo tal consienta. Mátame, traidor enemigo, mátame ahora,
si lo has de hacer después.
Diciendo esto, trabajaba por defenderse, y Federico por rendirla,
pareciéndole al traidor que luchaba con un gigante, y a Beatriz que sus
fuerzas en aquel punto no eran de flaca mujer, sino de robusto y fuerte
varón; y andando, como digo, en esta lucha, la dijo Federico, viendo su
resistencia:
—¿Qué te cansas, desconocida de mi merecimiento y valor, en quererte
librar de mi poder, que aun el cielo no es poderoso para librarte?
Apenas acabó el blasfemo Federico de decir esto, cuando de entre los
árboles salió la hermosa señora que en las pasadas angustias la había
socorrido, que a paso tirado venía caminando hacia ellos, que como
llegó, sin hablar palabra, asió de la mano a Beatriz, y tirando de
ella la sacó de entre los brazos del lascivo príncipe y se la llevó,
quedando Federico abrazado, en lugar de la hermosa presa que se le iba,
con un fiero y espantoso león, que con sus uñas y dientes le hería y
maltrataba; y viéndose así, empezó a dar tristes y lastimosas voces, a
las cuales acudieron el doctor y criados, que, viéndole en tal estado,
sacaron las espadas, de las cuales el león temeroso le soltó, entrando
por lo más espeso de la alameda; porque no era tiempo de que la vida de
Federico ni los trabajos de Beatriz tuviesen fin.
Quedó Federico tendido en el suelo y mal herido, tanto que a los
criados y al doctor les fue forzoso llevarle al primer lugar, donde
se estuvo curando muchos días de sus heridas, no pudiendo alcanzar,
ni Federico con su entendimiento, ni el doctor con sus artes, cómo
había sido aquella transformación, ni adónde se había ido Beatriz, que
eso estaba por entonces reservado a quien la llevaba; la cual, con la
hermosa señora que la llevó, se halló libre de la fuerza que esperaba
recibir.
Daba muchas gracias a su verdadera amiga y defensora de su vida y
honor, y ella la animaba y regalaba con amorosas caricias, caminando
todo aquel día hasta poco antes de anochecer (a lo que a Beatriz la
parecía) fuera de camino; porque unas veces creía que iban hacia
adelante y otras que daban vuelta y volvían a caminar lo ya andado,
cuando llegaron a unas cabañas de pastores donde la dejó su guía
diciéndola:
—Quédate aquí, Beatriz, donde hallarás lo que por ahora has menester.
Y sin aguardar, ni dar lugar a que la respondiese, ni la diese
agradecimientos del bien que la hacía, la vio ir por el campo con
ligerísima velocidad, dejándola tan desconsolada en su ausencia como la
vez primera; porque cuanta alegría recibía su corazón mientras la tenía
junto a sí, sentía de pena cuando se apartaba.
En fin, viendo que ya se había encubierto, se llegó a las cabañas donde
halló cantidad de pastores y pastoras que tenían, sobre unas pellejas
de reses muertas, tendidos unos blancos aunque toscos manteles, y todos
sentados alrededor, querían cenar una olla, que estaba sacando una de
las pastoras, de tasajos cecinados, los que así como vieron aquella
mujer, que en lengua alemana les dio las buenas noches, y tan hermosa
y ricamente aderezada, como simples rústicos se quedaron mirándola
embelesados, hasta que ella viendo la suspensión, prosiguió diciendo:
—Amigos, por la pasión de Cristo os pido que, si sois cristianos, como
me parece, me admitáis y amparéis en vuestra compañía, siquiera por
ser mujer, que me he escapado de un gran peligro y vengo huyendo de un
cruel enemigo que anda procurando quitarme la vida.
Ellos, habiendo entendido bien la lengua, porque era la misma que
hablaban, pues de allí a la corte de Alemania apenas había media legua,
la respondieron que entrase, que de buena voluntad harían lo que les
pedía.
Con este beneplácito de la pobre gente entró la perseguida reina, y
haciéndola sentar a la pobre mesa, cenó, comió y almorzó con ellos;
porque desde que salió de casa del duque no había comido bocado,
haciéndola todos tanto agasajo y buena acogida que aquella noche,
no pudiendo dormir, pensando en sus fortunas, se resolvió a enviar
a vender a la ciudad aquellos ricos vestidos; y trocándolos en los
pastoriles, quedarse allí con aquella buena gente.
Mas no le sucedió como ella pensaba, y fue el caso que cerca de
aquellas majadas de pastores había un soto donde se criaba gran
cantidad de caza, y adonde el emperador iba muchas veces a cazar y a
divertirse de la pensión que trae consigo la carga del gobierno, y
había seis u ocho días que estaba en él con la emperatriz y toda su
gente, y un niño único que tenían de seis años, príncipe heredero de
todo aquel imperio; y a otro día, volviéndose todos a la ciudad, era
fuerza pasar por delante de las cabañas; y como los pastores y pastoras
sintieron que venía, salieron todos a verle pasar, y Beatriz con ellos.
Como la carroza en que venían el emperador, la emperatriz y su hijo
llegase cerca, y entre la gente rústica viesen aquella dama tan hermosa
y bien aderezada, y con vestido de tanta riqueza, extrañando la novedad
y el traje, que bien conocieron ser húngaro, mandando parar la carroza,
enviaron con un criado a llamarla; que sabido por Beatriz, se llegó y
con una cortés reverencia (como ella bien sabía se habían de tratar tan
reales personas) los saludó, a la cual el emperador correspondió con
otra no menos cortés reverencia, contemplando en su rostro la majestad
que en sí encerraba; y con alegre y afable semblante la preguntó que de
dónde era, y qué hacía entre aquella gente.
—Poderoso señor —respondió Beatriz—, yo soy de tierras muy extrañas
de esta, aunque he asistido algún tiempo en Hungría; sacáronme de mi
patria y casa por un engaño, y después de haberme conducido a unos
montes, que allá detrás quedan, queriéndome matar en ellos, el cielo,
que sabe para qué me guarda, me libró de las crueles manos de mis
enemigos y, hurtándome de ellos, llegué anoche a estas cabañas donde
esta piadosa gente me amparó: esto es lo que puedo decir a vuestra
majestad; lo restante es más para sentido que para contado.
Mirándola estaban el emperador y la emperatriz mientras ella hablaba,
maravillados de su gracia y belleza, cuando sucedió una maravilla bien
grande, y fue que el niño que junto a su padre estaba, acercándose al
estribo de la carroza, como Beatriz estaba tan junto, que tenía las
manos puestas en él, la echó los brazos al cuello, y juntando su rostro
con el suyo, la empezó a besar con tan grande amor como si toda su vida
se hubiera criado en su compañía; lo que visto por Beatriz, le sacó de
la carroza, y apretándole entre sus brazos, le pagó en amoroso cariño
lo que el príncipe había hecho con ella.
Admirados todos de lo que el niño hacía con aquella dama, juzgando a
prerrogativa de la hermosura agradarse todos de quien la posee, dejando
a más de cuatro el niño envidiosos de los favores que gozaba, queriendo
restituírsele a sus padres, no fue posible, porque daba gritos,
llorando por volverse con ella, sin bastar los halagos de su madre,
ni el reñirle el emperador, pues era tan grande el sentimiento que el
príncipe hacía y tan tiernas y lastimosas las lágrimas que derramaba
que los padres, como no tenían otro, compadecidos de él, rogaron a
Beatriz entrase en el coche, diciéndola que supuesto que no tenía parte
segura donde ampararse de los que la perseguían, que dónde mejor podría
hacerlo que en su palacio, donde el príncipe su hijo la serviría de
guardia, pues los que le guardaban a él la velarían a ella.
No le pareció a Beatriz ser acaso este suceso, sino encaminado por
Dios y su guardadora; y así, besando la mano al emperador y emperatriz
y despidiéndose de los pastores, prometiéndoles satisfacerles el bien
que de ellos había recibido en albergarla aquella noche, se fue con
el emperador, tan contentos él y la emperatriz de llevarla que, si
hubieran ganado un reino, no fueran más gozosos: a tanto obligaba el
sereno, honesto, y hermoso rostro de Beatriz, que cuantos la miraban se
le aficionaban.
Las alegrías que el niño mostraba admiraban a todos, pues no hacía sino
apartar su cara de la de Beatriz y mirarla, y luego, riéndose, volver
a juntarse con ella, quedando desde este día a su cargo la crianza del
príncipe, porque no había que intentar apartarle de ella: con ella
comía y dormía, y en tratando de dividirle de su compañía, lloraba y
hacía tales ansias que temían su muerte. Queríanla tanto por esto los
emperadores que no es posible ponderarlo; y ella amaba al príncipe más
que si fuera su hijo.
En fin, la dejaremos en esta paz y quietud tan amada, respetada y
servida como si estuviera en el reino de Hungría; y vamos a Federico y
su doctor, que ya sano de sus heridas y tan enojado contra la reina,
por parecerle que por artes mágicas le había puesto en tal peligro
que si la tuviera en su poder (como cuando la tuvo en la fuente),
no aguardara a gozarla, como entonces intentó, sino que la diera la
muerte, bien pesaroso de no haberlo hecho entonces.
Preguntó un día a su doctor qué le parecía de tales sucesos.
—¿Qué quieres, príncipe, que me parezca —respondió el doctor—, sino
que tú y yo tenemos suerte enemiga? Porque no puedo, por más que lo
procuro, alcanzar qué deidad defiende a esta mujer, contra quien no
valen nada mis artes y astucias. Solo alcanzo que si dentro de un año
no muere, nos hemos de ver tú y yo en la mayor afrenta que hombres en
el mundo se hayan visto; y no puedo entender sino que es grandísima
hechicera y maga; porque aunque he procurado saber después que estamos
aquí dónde o quién la ha escondido, no lo he podido alcanzar hasta hoy,
que me ha dicho un familiar mío que está en el palacio del emperador de
Alemania, muy querida y estimada de todos, porque un niño de seis años,
hijo del emperador, la quiere más que a su madre, a cuya causa los
padres la aman ternísimamente; y lo que se ha de temer es no descubra
al emperador quién es y lo que la ha pasado contigo; y descubierto,
no hay duda que dará cuenta al rey tu hermano, el cual desengañado y
sabida la verdad, tú morirás, y yo no quedaré libre por haberte ayudado.
Dirás cómo, sabiendo tanto, no acabo con ella. A eso te respondo que
contra esta mujer ni tu acero puede cortar, ni mis artes tienen fuerza,
por una sombra que la ampara, que no puedo alcanzar quién se la hace,
ni mis familiares tampoco; porque hay cosas que hasta a los demonios
las oculta Dios por sus secretos juicios; y es tan grande el amparo
que tiene, que aunque ahora quisiera llegar a ella (como llegué cuando
en casa del duque la puse en las mangas las cartas con que la saqué de
allí y la puse en tu poder), no fuera posible: y esto es desde el día
que en la fuente te la sacaron de las manos, y en su lugar dejaron el
león que te ha tenido en el estado en que te has visto.
Pues dejarla que viva es peligroso para nosotros, que tarde o temprano
se ha de venir a descubrir, y corremos el mismo riesgo; lo más acertado
es procurar que muera por ajenas manos; y el cómo ha de ser en esta
forma: yo te pondré dentro del palacio del emperador y en la misma
cámara donde duerme con el niño príncipe: cuando ya el sueño los tenga
a todos rendidos (que entrar yo es imposible, por esta sombra que
digo que la defiende), pondrasla debajo de la almohada una yerba que
yo te daré, que provoca a un sueño tan profundo que, mientras no la
despertaren, dormirá seis días: y como esté así, mátale el niño y luego
ponle la daga en la mano para que, viéndola de este modo, juzguen que
ella le ha muerto, que con esto acabaremos con ella; pues claro es que
la han de mandar degollar en venganza de la muerte del príncipe, con
que quedaremos libres; y si esto no se hace, no hay que aguardar otra
cosa: mira si te parece a propósito y si te determinas a ello, y si no,
sigue tu parecer y gusto, que yo me quiero volver a mi morada, porque
estoy dudoso si me guardarás el secreto prometido, de que se me seguirá
mucha pérdida, cuando no sea en mi vida, en mi saber, que en él está la
fuerza de mis artes; y quiero, si lo hicieres, estar lejos del peligro;
porque el día que (aunque sea confesándote) lo descubrieres, ese día
moriremos tú y yo, y no es la vida tan poco amable que se desee perder;
y sería, sobre haberte bien servido, llevar mal galardón.
—¿Cómo irte a tu morada? —respondió Federico, abrazando al doctor—:
mientras yo viva no consentiré tal; y para que con más seguridad estés,
dame la mano y palabra de que de día ni de noche te has de apartar
de mi lado, que yo te la doy de lo mismo; y en cuanto al secreto,
te vuelvo a prometer, como hijo de rey y príncipe que soy (y rey
que espero ser), de guardártelo de modo que, aunque me confiese, no
confesaré lo que entre los dos pasa, ha pasado y pasará; y antes dejaré
de confesarme porque pierdas el temor.
—No confesarte —dijo el doctor— fuera causar mucho escándalo, que al
fin eres cristiano y lo has de hacer, aunque no sea sino por cumplir
con el mundo: calla lo que importa, y di lo demás, que más de dos hay
que lo hacen de este modo.
—Así será —dijo Federico—, y vamos luego a matar ese niño para que
muera esta enemiga, ya que no puede mi acero ejecutar en ella la rabia
de mi pecho.
Con esto dando orden a los criados los aguardasen allí, sin que por
accidente alguno se apartasen de aquel lugar hasta que ellos volviesen,
se salieron paseando por el campo, y aquella misma noche puso el doctor
a Federico dentro del palacio del emperador, y aguardando a que todos
se sosegasen, ya cuando fue tiempo le llevó a la puerta de la cámara
donde Beatriz con el niño dormía, descuidada de esta maldad; y dándole
la yerba que queda dicho, le dijo:
—Entra, príncipe, que aquí te aguardo, y advierte que en lo que vas a
hacer no te va menos que la vida: no te ciegue ni engañe la hermosura,
ni el amor de esta tirana, que si te cogiera a ti como tú la tienes a
ella, yo te aseguro que no te reservara.
—Déjame ese cargo —respondió Federico, maravillado del gran saber del
doctor—, que cuando no fuera por lo que me va a mí en ello, solo por
tu gusto, aun a mi hermano no perdonara la vida; y si no dime que se la
quite, y verás con obedecerte lo que te estimo.
—Así lo creo —dijo el doctor—, eso será para después, que deseo
tanto verte rey que pienso que no hemos de aguardar a que el curso
de los años se la quite: y no te espantes de que tema a un hombre
enamorado en presencia de una mujer hermosa, que es un hechizo la
hermosura que a todos mueve a piedad; y porque sé tanto, alcanzo que
por amor se perdonan muchos agravios.
Con esto Federico entró, y el doctor se quedó aguardando fuera, que
como llegó junto a la cama vio dos ángeles; humanémoslo más: vio a
Venus y a Cupido dormidos, porque en la cuadra había grande luz.
Era la crueldad de este hombre mucha, pues no le ablandó tan hermosa
vista; mas no hay que espantar, que estaba ya el rigor apoderado de él:
púsola la yerba debajo de la almohada, y quiso hacer experiencia del
saber del doctor, su amigo, y sacando la daga fue a herir a Beatriz en
medio del blanco pecho, diciendo:
—Ahora, alevosa reina, con una muerte me pagarás tantas como por ti he
dado.
Mas no fue posible poder mandar el brazo: con lo que satisfecho de la
verdad que su doctor le trataba, la volvió contra el inocente príncipe,
y dándole tres o cuatro puñaladas le dejó dormido en el eterno sueño;
y luego, poniendo en la mano de Beatriz la daga bañada en la inocente
sangre, se volvió a salir adonde esperaba el doctor y juntos se fueron
al campo inmediato a las cabañas de los pastores donde Beatriz estaba
cuando la halló el emperador, porque allí le dijo el doctor se había
de ejecutar la justicia de Beatriz, para verla por sus ojos y quedar
seguros de ella.
Llegó la mañana bien triste y desdichada para el emperador y todo el
imperio de Alemania; pues como las criadas que asistían a Beatriz y
al príncipe vieron ser hora, entraron a la cámara y hallaron el cruel
y lastimoso espectáculo, y dando gritos, fueron donde estaban el
emperador y emperatriz diciendo:
—Venid, señores, y veréis la tragedia de vuestro palacio e imperio,
pues la traidora Florinda —que así había dicho se llamaba— os ha
muerto a vuestro amado hijo.
Los ansiosos padres, con tales nuevas traspasados, fueron a ver lo
que aquellas mujeres les decían; y así como se ofreció a sus ojos tal
lástima y dolor, empezaron como gente sin juicio a dar voces, mesando
la emperatriz sus cabellos y el emperador sus barbas, a cuyas voces
despertó Beatriz despavorida, que hasta entonces le había durado el
diabólico sueño; y no hay duda que, si antes hubiera despertado, con la
misma daga que tenía en la mano se hubiera quitado la vida; quien como
se vio bañada en sangre y al niño muerto, y que ella, con la daga que
tenía en la mano, daba muestras de ser la agresora de tal delito, no
hizo más de alzar al cielo los ojos, bañados de tiernas y lastimosas
lágrimas, y decir:
—¡Ya, Señor, veo que de esta vez es llegado el fin de mi desdichada y
perseguida vida! Y pues conozco que esta es tu voluntad, también es la
mía: yo moriré contenta de que no la debo y de que aquí tendrán fin mis
persecuciones, y con una muerte excuso tantas como cada día padezco; y
así, mi desengaño sea mi silencio, porque deseo morir sin contradecir a
lo que dispones.
A este tiempo ya el emperador, ciego de ira, había mandado llamar al
gobernador, que venido, mandó que tomasen a aquella mujer, así desnuda
como estaba, y la llevasen a la misma parte donde la habían hallado,
y allí la cortasen la cabeza, y que ella y la mano se pusiesen en el
mismo camino, con letras que dijesen su delito; y dando orden que se
enterrase el príncipe, él y la emperatriz se retiraron a llorar la
muerte del amado hijo.
Sacaron a la hermosa reina, así desnuda como estaba, del palacio, y por
llegar más presto (como hasta la parte dicha había media legua), la
entraron en un coche, y también porque no la mirasen los ciudadanos,
que dando voces andaban como locos lamentando la muerte de su príncipe,
antes de ejecutar la justicia; y como la vana ostentación del mundo
hasta en los cuerpos sin alma se guarda, no pudo ser el entierro del
niño tan presto que primero no llegasen con la hermosa señora al lugar
del suplicio: luego que estuvieron en él, sacándola del coche, atadas
las manos, la pusieron en mitad de aquel campo, en medio de un armado
escuadrón, para que todos los que la seguían la viesen mientras se
levantaba un alto cadalso, donde se había de ejecutar la justicia, que
muchos oficiales armaban a gran prisa.
Estaba la inocente y mansa corderilla cercada de carniceros lobos, con
ojos llorosos mirando con la prisa que se disponía su muerte: llamaba
muy de veras a Dios, ofreciéndole aquel y los demás martirios que había
padecido; y el traidor Federico y su compañero, entre la gente, mirando
lo que tanto deseaban, cuando bajando Beatriz los ojos del cielo,
donde los tenía puestos, y extendiendo la vista por el campo, vio
venir rompiendo por el tumulto de la gente a largo paso a su defensora
y amiga, aquella hermosa señora que la había dado su favor en tantos
peligros como se había visto, quien como llegó la dijo:
—En estas ocasiones, Beatriz, se conocen las verdaderas amigas.
Y desatándola las manos, tomándola por una de ellas, por entre toda la
gente, paso a paso, la sacó de entre todos, hallándose Beatriz a este
tiempo con los mismos vestidos que salió de su casa y se le habían
quedado en el palacio del emperador, y llevola muy distante de allí,
poniéndola entre unas peñas muy encubiertas, a la boca de una cueva, en
donde había una cristalina y pequeña fuentecilla, y del otro lado una
verde y fructuosa palma cargada de los racimos de su sabroso fruto; y
como llegó allí la dijo la hermosa señora:
—Entra, Beatriz, dentro de esa cueva, que esta ha de ser tu morada
hasta que sea tiempo; en ella hallarás lo que has menester, que quiere
Dios que por ahora no comuniques con más gente que con las voladoras
aves, simples conejuelos y sueltos gamos, donde te hallarás mejor que
con los hombres: vive en paz, ama la virtud y encomiéndate a Dios, y
acuérdate de mí, que soy la que te ha sacado del aprieto en que te has
visto.
—¡Ay, señora! —dijo Beatriz arrodillándose a sus pies—: no os vayáis
sin decirme quién sois, para que sepa a quién tengo de agradecer tantas
mercedes, que olvidarme de vos es imposible.
—Aún no es tiempo que lo sepas.
Y diciendo esto se fue con notable ligereza, dejando a Beatriz absorta,
siguiendo con los ojos sus pasos, y con el sentimiento que todas las
veces que se apartaba de ella quedaba; y cuando la perdió de vista se
levantó y entró en la cueva, la cual no tenía de hueco más de algunos
veinte pasos, y toda labrada en la misma peña.
A un lado de ella estaba una cruz grande, formada de dos maderos con
mucho primor y curiosidad, y del clavo de los pies y de los que tenía
en los brazos estaba colgado un rosario y unas disciplinas, y al pie
un pequeño lío en que estaba un hábito de jerga, con su cuerda, y una
toca de lino crudo, y sobre el lío unas Horas de Nuestra Señora y otras
oraciones en romance, un libro grande de vidas de santos, y, enfrente,
unas pajas donde podía caber su cuerpo, que a lo que la santa reina
juzgó, parecía haber sido morada de algún penitente, que había trocado
esta vida, llena de penalidades, con la eterna; la cual viendo esto,
desnudándose el vestido, haciéndole un lío, le puso a un lado de la
cueva, y vistiéndose el grosero saco, ciñéndose la cuerda y cubriendo
el dorado cabello con la cruda toca, se sintió tan gozosa como si
estuviera en el palacio de su padre o esposo, no echando menos, con el
alimento que en la verde palma y clara fuentecilla halló, los regalados
manjares de la casa del duque ni palacio del emperador.