que llegaron a la fuente se apearon todos de los caballos, llegando a
tener el del caballero para que hiciese lo mismo, y como este llegase
donde Beatriz estaba, juzgó de verla lo que ella de verle a él, que era
persona de porte, según mostraba en su aderezo y hermosura; que no sé
qué se tiene la nobleza que al punto se da a conocer, y así la hizo
una cortés reverencia, a lo que Beatriz respondió con lo mismo.
Llegó el caballero, y en la cristalina agua mató la sed, y se lavó las
manos y rostro del polvo y sudor que ocasiona el gustoso ejercicio de
la caza, y sentándose junto a Beatriz, en lenguaje alemán, que ella
bien entendía, la dijo:
—Hermosísima señora, admirado estoy de ver en una parte tan lejos de
poblado y sola a una mujer de tanta belleza y rico adorno, pudiendo
esta soledad y aspereza ocasionar algún daño contra vuestro honor y
vida si vinieran por esta parte muchos salteadores y bandoleros que hay
por estas montañas. Suplícoos, para que yo, por ignorar quién sois,
no caiga en alguna descortesía, me saquéis de este cuidado diciéndome
quién sois y qué fortuna os ha traído por aquí.
No quiso Beatriz que aquel caballero, ya que la veía tan sin compañía
y en tal lugar, por encubrir su grandeza, que la perdiese el decoro,
teniéndola en menos; y así en la misma lengua alemana le dijo:
—Señor caballero, yo soy una mujer de calidad, que por varios
accidentes desgraciados salí de mi tierra, y ellos mismos (que cuando
la fortuna empieza a perseguir no se contenta con poco) han ocasionado
el apartarme de mi compañía: suplícoos, por lo que a cortesía debéis,
que no queráis saber más de mí, porque no me va en callar menos que la
vida; solo os pido me digáis quién sois, y en qué tierra estoy, y si
está muy lejos de Hungría.
—Señora hermosa, más que cuantas he visto, yo os beso la mano por
la merced que me habéis hecho en lo que me habéis dicho; y para
satisfaceros a lo que deseáis saber, os digo que estáis en el imperio
de Alemania: Hungría, aunque no está muy lejos, es otro reino distinto
de este; y yo me llamo el duque Octavio, soy señor de toda esta tierra,
y mi estado, por la misericordia de Dios, de los mayores del imperio,
por ser potentado de él: dos leguas de aquí está una villa mía, de
donde salí hoy a cazar: si sois servida (porque sentiré mucho que os
quedéis en tan peligrosa parte esta noche, y asimismo porque no es
decente ni bien parecido que tanta hermosura esté sola en el campo) de
veniros conmigo, yo sé que seréis muy bien recibida y regalada de la
duquesa mi mujer, por darme gusto y porque vos lo merecéis.
Nuevamente agradecida respondió Beatriz al duque, aceptando la merced
que la ofrecía; y finalmente el duque la llevó consigo, tan contento
como si hubiera hallado un tesoro, no porque la apeteció con amor
lascivo, sino que forzado de una secreta estrella, la cobró tanto amor
como si fuera su hermana.
Llegados a su palacio, la entregó a su mujer, que era una hermosa
señora, aunque ya casi de la edad del duque, contándola cómo la
había hallado; que si bien al principio la duquesa no se aseguró de
que viniese con el duque tan hermosa dama, dentro de poco tiempo se
cercioró de la inocencia con que el duque la había traído, viendo
la honestidad y virtud de Rosimunda, que así dijo que se llamaba,
porque otro día, quitándose los ricos vestidos que llevaba los guardó,
vistiéndose de otros que la dio la duquesa, más honestos, con lo cual
la duquesa y el duque la amaban ternísimamente, alabando y bendiciendo
el día en que la habían hallado.
Dejemos aquí a Beatriz, siendo el gobierno de la casa del duque y
el ídolo de él y de la duquesa; que importa volver a Hungría, donde
dejamos al traidor Federico y al engañado rey Ladislao, el cual, con la
precipitación de la ira que le causó la relación que su hermano contra
la reina le había hecho, la mandó llevar, sin hacer más averiguación de
la verdad ni oírla.
Entrando en su cámara, se acostó, y pasando algún espacio de tiempo, ya
algo más sosegado, le vino a la imaginación si sería verdad lo que su
hermano le había dicho, acordándose de la honestidad y amor con que
la reina le había salido a recibir, no pudiendo olvidar su hermosura
y pareciéndole que si la reina le hubiera hecho ofensa, que no se
atreviera a ponerse delante de él, supuesto que podía sospechar de
Federico, pues no había querido hacer lo que le había pedido en razón
de mudar de traje.
Y con este pensamiento mandó llamar las damas más queridas de la reina,
de las cuales se informó qué habían entendido en aquel caso, las cuales
le dijeron que jamás habían visto en la reina asomo de tal pensamiento,
antes tenían orden suya para no dejarla sola cuando estuviese allí el
infante: y que de la prisión no sabían más de que después de haberla
hecho con gran secreto, le había llevado a ella por engaño, en donde si
el infante no estuviera tan enojado de verse así, no le había faltado
su regalo como si estuviera en plena libertad: que ellas no sabían
otra cosa, ni jamás la reina había comunicado con ellas su intención;
y esto lo decían con tantas lágrimas, que obligaron a que el rey las
ayudase, y más se aumentó cuando vinieron los que la habían llevado y
le contaron todo lo sucedido, lo que le ocasionó tanta pena que llegó
casi a los fines de su vida, sin que fuese parte el traidor hermano a
consolarle, aunque más lo procuraba: tanto que le pidió licencia para
ir a buscar a la reina, no siendo la intención del traidor hallarla
para su hermano, sino de gozarla y luego quitarla la vida.
Al fin, aunque el rey le negó la licencia, se la tomó él, llevando
consigo uno de aquellos que la habían llevado; para que le enseñase
la parte donde había quedado; mas cuando llegaron, ya la reina estaba
muchas leguas de allí, como se ha dicho.
Cansados de buscarla y no hallando rastro de ella, ni un hilo de los
vestidos, pues si la hubieran muerto las fieras, estuvieran esparcidos
por el campo; desesperado de ver cuán mal se le lograban sus deseos, se
sentó en una de aquellas peñas mientras el montero todavía la buscaba,
y ardiéndose en ira de no hallarla para cumplir sus deshonestos
apetitos, tomando en esto y en matarla venganza del desprecio que había
hecho de él, pensando cuán desacordado había sido de no irse con los
que la habían llevado, vio bajar por una senda que entre las peñas
se mostraba, aunque mal usada y áspera, un hombre vestido a modo de
escolástico, de horrible rostro, y que parecía hasta de cuarenta años.
Traía un libro en la mano, dando con él muestra de que profesaba alguna
ciencia, y como llegó a él, le dijo:
—En hora buena esté el noble Federico, príncipe de Hungría.
—En la misma vengáis, maestro —respondió Federico, admirado de que
aquel hombre le conociese, no conociéndole él.
Y prosiguiendo el doctor, que así le llamaremos, dijo:
—¿Qué estás pensando, príncipe, en quién soy, o cómo te conozco? Pues
más sé yo de ti que tú de mí; pues solo por saber con el cuidado en
que estás, a remediártele vengo de muy extrañas y remotas tierras,
no habiendo un cuarto de hora que estaba de esa parte de los montes
Rifeos, donde tengo mi morada y habitación, por ser la más conveniente
para ejercitar mis artes. Soy, para que no estés suspenso, un hombre
que ha estudiado todas las ciencias, y sé lo pasado y por venir; he
andado cuantas provincias y tierras hay del uno al otro polo, porque
soy mágico, que es la facultad de que más me precio, pues con ella
alcanzo y sé cuanto pasa en el mundo; y soyte tan aficionado que sin
que tú me hayas visto te he visto yo a ti muchas veces, sin más interés
que el de tenerte por amigo y que tú me tengas a mí por tal, como lo
verás en el modo con que te ayudo en el cumplimiento de tus deseos; mas
ha de ser con una condición, que este secreto que pasa entre los dos
me has de dar palabra, como quien eres, de jamás decirle a nadie, ni
aun al confesor, aunque te veas en peligro de la muerte, porque solo
en esto estriba la fuerza de mi ciencia; y como esto hagas, no solo te
diré cosas que te admiren, mas te pondré en tu poder lo que deseas para
que cumplas tu voluntad: mira si te determinas a esto, y hagamos el
pleito homenaje para que yo esté seguro, y si no, me iré por donde he
venido.
¡Qué le pidieran en esta ocasión a Federico que no cumpliese, y
más prometiéndole el doctor lo que le prometía! Pues con lo que le
respondió fue con los brazos, y luego con prometerle guardar tan
inviolablemente el secreto que aun en la hora de la muerte no le
descubriría, ni aun al confesor.
Hecho pues el concierto, se sentaron juntos y el doctor le dijo:
—En primer lugar te digo que por ahora no hallarás lo que buscas, ni
es bien que lo halles, porque el día que tu hermano llegue a ver a
Beatriz, que viva es, y con ojos, aunque se los sacaron (el cómo los
tiene no he podido alcanzar, porque ha sido por una secreta ciencia,
reservada al cielo), y está en parte donde es muy estimada y querida,
en ese día, pues, ten por segura tu muerte, porque apenas le dirá la
verdad del caso cuando el rey la ha de creer, y bien ves en esto tu
peligro; y así, lo que hemos de procurar es que salga de donde está,
y después de haberla violado el honor y la castidad conyugal, de que
ella tanto se precia, la quites la vida, pues de esto conseguirás dos
cosas de mucha utilidad: la una, que no se descubra tu traición, pues
muriendo ella, no se sabrá y te librarás así de uno de los mayores
enemigos que tienes; porque te advierto que lo es, y muy grande; y la
otra, que si ella muere, tu hermano no se casará jamás, porque la ama
(aun con lo que le has dicho) tan tiernamente que no le ha de agradar
mujer alguna como no sea su Beatriz, y tú de este modo has de ser rey
de Hungría. Supuesto esto, y que yo vengo a asistirte y ayudarte,
desecha tristezas; y el amor que la tienes vuélvele en venganza, que es
lo que te importa, que cuando sea tiempo yo te avisaré, mas mira que te
vuelvo a requerir el secreto, porque si otra persona en el mundo sabe
estas cosas, ni yo te podré ayudar, ni tú conseguirás lo que deseas.
Embelesado estaba Federico escuchando al doctor, viendo cómo le decía
sus más íntimos pensamientos, y mucho más de que la reina fuese viva y
tuviese vista; mas no quiso apurar en esto la dificultad, antes tornole
a abrazar y prometiole de nuevo el secreto y muchas mercedes, jurando
que el día que cogiese a la reina en su poder no se contentaría con
darla una muerte, sino dos mil si pudiese ser.
Venido el montero, dieron la vuelta a la ciudad, y llegados a ella,
hallaron al rey muy malo, y tanto que temían el peligro de su vida; al
que como las damas de la reina le informaron tan diferente de lo que
Federico le había dicho de su virtud, indeciso de la verdad o mentira,
como el amor por su parte hacía lo que le tocaba, se inclinaba más a
creer que la reina había padecido inocente que culpada, y se afeaba
a sí mismo la ira con que la había enviado a dar la muerte sin hacer
primero averiguación del agravio por que la había condenado.
Pues como Federico vio al rey en este estado, temiendo que si
averiguaba lo contrario de lo que él había dicho corrían su vida y
opinión gran peligro, fue de propósito a advertírselo a su doctor;
mas no tenía necesidad de ello, que él estaba bien advertido; y para
acreditar más su sabiduría, antes que Federico le hablase sobre ello,
le dijo:
—Cuando no fuera de más importancia mi venida a servirte, oh príncipe
valeroso, que de salvar tu vida, como en esta ocasión lo haré, la doy
por bien empleada. Tu hermano está muy sospechoso de que la reina esté
culpada, y si se desengaña, ha de correr riesgo tu vida: toma este
anillo y póntele en el dedo del corazón, y entra a hablarle y vuélvele
a indignar contra la reina, que en virtud de él te creerá todo cuanto
le dijeres, porque hallo por mi sabiduría que el rey no ha de morir de
este mal; y asimismo que él, de su voluntad, te ha de heredar en el
reino, y es mejor que no alcanzarle violentamente, porque con esto no
ganarías la voluntad de los vasallos, y sí dándotele el rey.
Tomó Federico el anillo, en que había estampado algunos caracteres
y cifras, admirado de cómo el doctor le adivinaba la imaginación,
teniéndose por el hombre más dichoso del mundo en tenerle por amigo, y
poniéndosele en el dedo, entró donde el rey estaba, que como le vio,
obrando en él la fuerza del encanto, le dijo que fuese bien venido,
alegrándose mucho con él; y preguntándole si había hallado lo que iba
a buscar, Federico le dijo que no, porque no había hallado más de los
vestidos, indicios de que alguna fiera había comido otra fiera; y
viendo que el rey había suspirado, le dijo:
—¿Y cómo, señor, en eso estimas tu honor y el mío, que haces
sentimiento por haber muerto quien a ti y a mí nos quitó la vida? A ti
ofendiéndote en el honor, y a mí por no querer ser el verdugo de él,
teniéndome como me tuvo tanto tiempo. Consuélate, por Dios, y ten por
seguro que, si no estuviera culpada, el cielo la hubiera defendido, que
es amparo de inocentes; mas ya que ha permitido que pague su culpa, no
ha sido por acaso. No pueda más el amor que a aquella mujer engañosa
tenías que tu honor; tratemos de tu salud, que es lo que importa,
procurando olvidar lo sucedido.
Estas y otras cosas que Federico dijo a su hermano, dándole crédito
en virtud del encantado anillo, fueron parte para que en algo se
aquietase, mas no para alegrarle, que en esto no tuvo remedio, porque
en mucho tiempo no le vieron reír.
Sano ya Ladislao de su enfermedad, en cuya cura se mostró el gran saber
del doctor de Federico, que así le llamaban, le pidieron los vasallos
que se casase, a lo cual, dándoles bastantes causas para no hacerlo,
les dijo, por última resolución, que si pedirle cosa tan fuera de su
gusto como sujetarle segunda vez a un yugo tan peligroso y con tantos
azares como el del matrimonio, lo hacían por tener herederos, que allí
estaba Federico su hermano, a quien desde aquel punto juraba y nombraba
por príncipe heredero; y les rogaba que ellos hiciesen lo mismo: y con
esto que el rey hizo fue Federico jurado por príncipe de Hungría, que
aunque no era muy afecto al reino, por conocerle soberbio y travieso,
y más desde que había acaecido el suceso infeliz de la reina, viendo
que era voluntad del rey y que por muerte suya le venía derechamente el
reino, hubieron de obedecer.
Todas estas cosas llegaron en lenguas de la parlera fama al reino de
Inglaterra, con las cuales los reyes, padres de Beatriz, recibieron
tanta pena como era justo: unas veces, no creyendo que, en la virtud
que en su hija habían conocido, fuese verdad; y otras, juzgándola
mujer, de quien por nuestra desdicha se cree más presto lo malo que
lo bueno: y para asegurarse más del caso enviaron embajadores al rey
Ladislao, que llegados a Hungría e informados del caso, se volvieron
tristes y mal satisfechos, asegurando a sus reyes cuán justamente
Ladislao había castigado su culpa: con lo cual se excusaron las guerras
que sobre esto se pudieran causar.
Poco menos de un año había pasado que Beatriz estaba en casa del duque
con nombre de Rosimunda, tan amada de todos que si los hijos que tenía
el duque no tuvieran estado, la casara este con uno de ellos: tan
aficionados estaban él y la duquesa de su virtud y honestidad; y el mal
doctor en la corte de Hungría, tan amado de su rey y príncipe que no
hacían más de lo que él ordenaba: tan sujetos los tenía a su voluntad.
Un día le dijo a Federico que ya era tiempo que se empezase la guerra
contra Beatriz, que había mucho que gozaba de la amada paz; y que para
esto era fuerza partir juntos de la corte; que pidiese licencia al
rey, dándole a entender que iban a ver unos torneos que en la corte de
Polonia se hacían.
Súpolo tan bien negociar el príncipe que, aunque contra su voluntad,
alcanzó licencia por un mes; y diciendo que quería ir encubierto,
partió de la corte con el doctor y dos criados, que era el modo con
que podía ir a menos costa y más seguro, pues con las artes del doctor
fue muy breve el camino, durante el cual avisó a Federico que cuando
quisiese no ser conocido, estaba solo en su voluntad, porque el anillo
que le había dado tenía esa virtud, como la de mudarle el rostro cuando
fuese su gusto, y desfigurarle de suerte que pareciera otro.
Con este advertimiento llegaron una noche a la villa donde vivía el
duque, en cuya casa estaba Beatriz; y entrando en el palacio Federico,
seguro con su anillo de no ser conocido, y el doctor en sus artes de
no ser visto; lo que hizo el doctor fue llegar sin que le viesen, y
poner a la inocente Beatriz en su manga una carta cerrada y sellada,
con el sobrescrito a otro gran potentado de Alemania, por quien el
duque se había retirado de la corte a sus estados, y con el que
sobre cosas tocantes a la corona había tenido palabras delante del
emperador, ocasionando de esto haber salido los dos a campaña y quedar
de esta facción muy enemistados: tanto que se procuraban el uno al
otro la muerte: y otra abierta, dando muestra de haber sido leída,
con la sobrecubierta a Rosimunda; y hecha esta prevención diabólica,
acompañado de Federico, que en virtud de su anillo no podía ser
conocido sino de quien era su voluntad, se fueron a otro día al palacio
a tiempo que el duque y la duquesa, y con ellos Beatriz, que nunca los
dejaba, estaban oyendo cantar los músicos que asistían al duque, y
entrados dentro de la misma sala, Federico se quedó junto a la puerta y
el doctor, pasando adelante, llegó al duque y le dijo:
—Poderoso señor, la descortesía de entrarme sin licencia bien sé que
me la perdonarás cuando sepas a lo que vengo: no te quiero decir quién
soy, pues mis obras en tu servicio darán testimonio de mi persona y
la facultad que profeso. Estando poco ha en los montes Rifeos, donde
cerca de ellos tengo mi habitación, me puse a mirar las cosas que en
el mundo han de suceder desde hoy a mañana, y entre otras muchas hallé
que en este señalado tiempo que digo has de morir a traición a manos de
un enemigo tuyo, a quien ha de dar entrada en tu cámara una persona de
tu palacio de las que más amas: quién sea, no está otorgado del cielo
que yo lo sepa: y viendo cuán gran daño se seguiría si tú faltases del
mundo, por ser como eres un príncipe tan magnánimo y de tanto valor
y prudencia, y que por tus muchas virtudes te soy muy aficionado,
he venido a toda diligencia, ayudado y acompañado de mis familiares
confidentes, a darte aviso de que mires por ti: y para que consigas
y sepas lo que a mí me ha negado la poderosa mano, mira cuantos al
presente se hallan en tu palacio, que en su poder hallarás quien te
asegure de la verdad: y el cielo te guarde, que no me puedo detener más.
Dicho esto, sin aguardar más respuesta, se salió con su compañía y
se fueron a emboscar en aquellas arboledas cerca de la fuente donde
el duque halló a Beatriz, que allí los aguardaban los dos criados de
Federico.
Alborotose el duque y la duquesa con tales nuevas, y mandando cerrar
las puertas de palacio, por su misma persona no dejó el duque de
visitar ninguna habitación, cofre, arca ni escritorio, ni aun los más
secretos rincones de las posadas de los criados, tanto de los oficios
mayores como de los inferiores, sin exceptuar las mismas personas, y
viendo que por aquella parte no hallaba lo que aquel sabio hombre le
había dicho, subió donde estaba la duquesa bañada en lágrimas, e hizo
lo mismo con las criadas, sin que quedase cosa por mirar; de modo que
ya no faltaba sino Beatriz y los escritorios de la duquesa, y casi por
burla la dijo:
—¿Y tú, Rosimunda, serás acaso la que guardas el secreto de mi muerte?
—Señor —respondió la inocente dama—, con mi vida quisiera yo alargar
la tuya, como quien tantos beneficios ha recibido y recibo de ella: mas
porque no es justo que me reserves a mí entre todos, te suplico hagas
conmigo lo que con los demás, que yo creo tan poco en estas fábulas y
encantos, que tengo por sin duda que es algún mentiroso engaño para
darte este susto.
—Así me parece —dijo el duque—; mas, como dices, por no hacer
agravio a los demás, quiero también mirarte a ti.
Y riéndose la entró la mano en la manga, donde hallando las cartas, y
mirando los sobrescritos, vio que el uno de la que estaba abierta era
la letra misma de su enemigo el conde Fabio, y leyéndole, decía de
esta suerte: «A la hermosísima Rosimunda». La cerrada era de letra de
Beatriz, y esta decía: «Al excelentísimo y poderoso conde Fabio». Abrió
la que no tenía sello, y leyéndola en alto, que de todos fue oída,
decía así:
«Los agravios y deshonores recibidos del duque Filiberto, hermosa
Rosimunda, están pidiendo venganza; pues, como sabrás del tiempo
que asististe en su casa, llegaron a dejarme señalado en el rostro
y en el mundo por hombre sin honra: y aunque he procurado con todas
veras satisfacerme, no me ha sido posible, que los cobardes miran
mucho por su vida, y así es fuerza valerme de la industria, si para
quitársela, en desagravio de mi afrenta, me la das, y lugar para
hacerlo, como quien en su casa lo puede todo. Con lo que te pagaré
este beneficio será con hacerte dueño mío, que por las nuevas que
tengo de tu hermosura lo deseo, y señora de mi estado. La respuesta
y resolución de este caso darás a quien te diere esta, que es leal
confidente mío.
EL CONDE FABIO.»
Estaba la letra tan parecida, y la firma tan bien contrahecha, que no
había que poner duda en que la carta era del conde.
Abrió el duque la cerrada, que decía así:
«Tiénenme tan lastimada, conde excelentísimo, los agravios que
del duque has recibido desde el día que lo supe, que cualquiera
encarecimiento que diga será corto; y aunque los beneficios del
duque recibidos me pudieran tener obligada, más debo al sentimiento
de tu agravio, como lo verás en la ocasión que me has puesto; que
dar lugar a que las personas como tú se desagravien no lo tengo
por traición, y supuesto que es así, y que por tu confidente sé
cuán cerca estás de esta villa, entra en ella, y ven mañana, ya
pasado de media noche, por la puerta trasera de este palacio,
que es adonde caen las ventanas de mi posada, trayendo por seña
en el sombrero una banda blanca, para que no padezca engaño, por
donde te arrojaré la llave con que podrás entrar tú y los que te
acompañaren: y déte el cielo valor para lo demás, que en razón de
la merced que me prometes, no la acepto hasta que me veas; que
podrá ser que entonces te parezca la fama que de mi hermosura
tienes más mentirosa que verdadera. El cielo te guarde.
ROSIMUNDA.»
Tan asombrado quedó el duque de ver las cartas, y conocer la letra y
firmas, como Beatriz de que se hubiesen hallado en su poder: era de
modo que ni el duque hablaba para culparla ni ella para defenderse de
otro modo que con las hermosas lágrimas que hilo a hilo caían de sus
lindos ojos: y no hay duda de que si no se acordara de las razones que
la hermosa señora la dijo, cuando se apartó de ella en la fuente, de lo
que la faltaba por padecer, se quitara la vida para salir de una vez
de tantas penas: y aun del duque se cree que le pesó más de hallar las
cartas en su poder que de la traición que veía armada contra su vida, y
que diera la mitad de su estado porque no fuera hallada en ella; pero
la duquesa, como mujer que veía la vida de su marido en balanzas, y la
maldad de una mujer que tanto amaban y a quien tantos beneficios habían
hecho, como fuera de juicio daba voces que la matasen, diciéndola
mil afrentas: a lo que la inocente señora no respondía más que con
su amargo llanto, no pudiendo imaginar por dónde le habían venido
a su poder aquellas cartas que no había visto ni pensado; si bien
se persuadía eran puestas por algún envidioso de su privanza, que
contrahaciendo su letra y firma ordenó tal traición: y viendo que para
ello no había más disculpa que la de Dios, que como quien sabía la
verdad podía ordenar, callaba y lloraba: de que el duque compadecido,
la mandó retirar a su cámara, con orden que no saliese de ella, bien
contra la voluntad de la duquesa, que no quería sino que muriese.