Con airado rostro escuchó la reina las referidas endechas, si bien,

por no dar que sospechar a los que las cantaron y a los que las oían,

habiendo conocido en ellas mismas de la parte que venían, disimuló su

enojo, mas no quiso que cantasen más, y ardiéndose en ira, estuvo en

puntos de mandarle matar por librarse de sus atrevimientos y cansadas

quimeras, y pedía a Dios trajese presto al rey, imaginando que su

presencia refrenaría su desbocada locura.

Mas viendo que la venida se dilataba, y que en Federico se alargaba

la desenvoltura, desenfadándose con libertades de que podía resultar

algún mal suceso, se determinó a lo que ahora diré, y fue que, llamando

con gran secreto artistas que fuesen a propósito juramentados de que

no dijesen a nadie la obra que habían de hacer en una gran cuadra que

estaba en el jardín, con muchas rejas que por todas partes caían al

hermoso vergel, donde muchas noches del verano el rey y ella cenaban

y dormían en medio de ella, porque era muy grande y hermosa y tenía

capacidad para todo, mandó a los dichos artistas le hiciesen una jaula

de varas de hierro, doradas, gruesas, fuertes y menudas, de tal calidad

que no pudiesen ser rotas ni arrancadas de su lugar, y que desde el

suelo al techo estuviesen bien fijadas, de tanto espacio que cupiese

dentro una cama pequeña, un bufete y una silla, y que quedase algún

espacio para pasearse por ella: que en su puerta hubiese un fuerte

cerrojo con una grande y segura llave, y además otra cerradura que,

cerrándola de golpe, quedase segura y construida muy a su gusto. Mandó

colgar la sala de afuera de ricas colgaduras, y dentro de la jaula

poner una cama y lo demás; y como estuvo aderezado, mandó llamar a su

traidor cuñado, y con más agradable semblante que otras veces, le dijo:

—Hermano mío, vamos al jardín, que quiero que vuestra alteza vea una

obra que en él tengo hecha muy de mi gusto para cuando venga el rey.

Federico, seguro y alegre de ver que la reina le hacía aquel favor (no

de los menores que él podía desear), la tomó de la mano diciendo:

—¿Quién podrá, reina y señora, contradecir a lo que mandas, ni

imaginar que siendo de tu gusto no será muy hermosa?

Y con esto caminaron al jardín; la reina tan falsa contra Federico

cuanto él lozano y alegre de ir con ella tan cerca que la podía

manifestar su sentimiento, como lo hizo; pues a excusas de las damas la

iba diciendo amorosas y sentidas razones. La reina sufrió por tener tan

cerca su venganza y por llegar a conseguirla, siendo su atrevimiento

tan grande que llegó a besarla la hermosa mano que llevaba asida con

la suya, no poco contento de ver que la reina tenía tanto sufrimiento,

pareciéndole obraba amor en ella.

Llegaron a la sala dicha y, entrando en ella, se acercaron a la jaula

que allí estaba hecha, admiradas las damas de verla; porque mientras

se había construido no había consentido la reina que ninguna bajase

al jardín; y estando a la puerta le dijo la reina a Federico que

entrase y la mirase bien, que luego le declararía su designio; y él, no

maliciando el caso, entró; mas apenas puso los pies dentro, cuando la

reina, dando de manos a la puerta la cerró con un gran golpe, y echando

el cerrojo y torciendo la llave dijo a Federico, que al ruido de la

puerta había vuelto:

—Ahí estarás, príncipe, hasta que venga el rey tu hermano; porque, de

otra suerte, ni tú dejarás de ser traidor ni yo perseguida, ni el honor

de mi esposo puede estar seguro.

Y dando orden de que por la parte que hacía espaldas a la jaula se

pusiesen camas para cuatro pajes que le asistiesen de noche y de día, y

a todos sus caballeros para que entrasen en la sala y le divirtiesen,

y que llevasen libros y tablas de ajedrez, naipes, dados y dinero para

que se entretuviese con sus criados, y a sus damas, que cuando le diese

gusto bajasen a divertirle, la más contenta mujer del mundo se retiró a

su palacio, dando gracias a Dios de tenerle donde pudiese vivir segura

de sus traiciones y quimeras.

Con tanto enojo quedó Federico de ver lo que la reina había hecho

con él, que rayos parecían salirle por los ojos, y fue bastante este

desprecio (que por tal le tenía) para que todo el amor se le volviese

en aborrecimiento y mortal rabia; y de cólera que tenía, en tres días

no quiso comer bocado, aunque se le llevaba su comida con la grandeza y

puntualidad que siempre, ni acostarse, ni hablar palabra a ninguno de

cuantos le asistían, ni tampoco a las damas que bajaban a divertirle;

mas, viendo que la reina no mudaba de propósito de sacarle de allí,

hubo de comer por no morir, mas tan limitado, que solo era bastante

a sustentarle; mas desnudarse, ni hacerse la barba, ni mudar camisa

ni vestido, ni acostarse, no se pudo acabar con él, aunque la misma

reina fue a pedírselo, diciéndole, con muy bien entendidas razones,

que aquella acción él mismo se la había de agradecer, pues con ella le

quitaba de cometer un delito tan feo como el que intentaba contra su

hermano, y así ella tenía seguro su honor: mas Federico a cosa ninguna

le quiso responder, ni hacer lo que le pedía; con lo que la reina, ya

resuelta a que le había de tener allí hasta que el rey viniese, le dejó

sin querer verle, aunque bajaba muchas veces al jardín; y para mayor

seguridad, porque ninguno de sus criados le diese modo con que pudiese

salir de allí, mandó a sus criados (los que había traído de Inglaterra)

que velasen y tuviesen en custodia a Federico, el cual, a pocos meses

que estuvo en esta vida, se puso tan flaco y desemejado que no parecía

él, ni su figura.

Algún escándalo causó en la ciudad, entre los grandes, la prisión de

Federico, los que acudieron a la reina a saber la causa: a lo cual

satisfizo ella diciéndoles que importaba al honor y quietud del rey y

suya que estuviese así hasta que su hermano viniese; mandando que, pena

de la vida, ninguno avisase al rey de este caso, con lo que ellos, más

deseosos, de criados confidentes de Federico supieron cómo amaba a la

reina (que estas cosas, y más en los señores que se fían de criados,

jamás están secretas): y así, todos los grandes juzgaron que la reina

por la seguridad de su honor le tenía allí, y todos la daban muchas

alabanzas, amándola más por su virtud que antes.

Estaba Federico tan emponzoñado y colérico, como de su natural era

soberbio, que tenía ya trazada en su imaginación su venganza, pues

aunque el rey le escribía, jamás le quiso responder; y si bien el rey

había enviado a saber de la reina la causa, ella le había respondido

que ya sabía la enfermedad que Federico padecía y que ahora, más

apretado de ella, le obligaba a no escribirle.

Más de un año pasó en esta vida, despachando la reina con gran

prudencia las cosas del reino, sin que hiciese falta en ellas Federico,

teniendo a los vasallos tan contentos que no echaban menos ni al rey

ni a él.

Fenecida la guerra, y asentadas las cosas de ella muy a gusto de

Ladislao, como se vio libre de este embarazo dio la vuelta a Hungría,

y sabida su venida por la reina, habiendo hecho un rico vestido para

Federico, ya que supo que no estaba el rey más de una jornada de la

ciudad y que los señores se querían partir a recibirle, fue a la

prisión en que estaba y, abriendo la puerta, le dijo:

—Ya, príncipe, es fenecida tu prisión; tu hermano viene y esta noche

estará aquí: la causa de tenerte como te he tenido mejor que yo la

sabes tú, pues no fue para castigarte sino por vivir segura y que lo

estuviese el honor de tu hermano: ya no es tiempo que en día de tanta

alegría haya enemistades: suplícote que me perdones y que, perdiendo el

enojo que tienes contra mí, te vistas y adereces con estas galas que

de mi gusto para ti se han hecho, y salgas con los caballeros que te

están aguardando a recibir el rey.

Bastantes eran estas palabras para amansar otro cualquier ánimo menos

obstinado que el de Federico; mas él, apoderado de todo punto de su

ira, sin responder palabra a su reina, ni querer mudar camisa ni

vestido, ni cortarse ni aun peinarse los cabellos, ni hacerse la barba,

sino de la manera en que estaba, pidiendo un caballo y subiendo en él,

se partió con los caballeros que le aguardaban por orden de la reina,

dejándola mal segura y bien cuidadosa de alguna traición, pesándole de

haberle dado libertad hasta que ella hubiera informado al rey de todo,

y mucho más de haber roto el papel, que pudiera ser el mejor testigo de

su abono; mas viendo que ya estas cosas no tenían remedio, se encomendó

a Dios, poniéndose en sus manos y resignando su voluntad en la suya.

Llegó Federico adonde estaba su hermano, no en forma de señor ni

príncipe, sino de un salvaje, de un esqueleto vivo, de una visión

fantástica; quien como, bajando del caballo, le pidiese las manos,

puesto ante él de rodillas, y el rey le viese de tal manera, admirado

le dijo:

—¿Cómo, hermano mío, en día de tanta alegría como yo traigo, por

haberme Dios vuelto victorioso a mi tierra, vos, que la habíades de

solemnizar más que todos, os ponéis delante de mí de la suerte que os

veo? ¿Qué os ha sucedido, o cómo estáis de esta suerte? Decídmelo por

Dios, no me tengáis más confuso; que aun cuando fuera muerta Beatriz,

que es la prenda que en esta vida más estimo, aún no os pudiera obligar

a tanto sentimiento.

—Rey y señor —respondió Federico—, pluguiera al cielo que el verme

como me veis fuera la causa la reina muerta, que no es pérdida de que

os podéis apasionar mucho; pues por lo menos viviera, muriendo ella,

vuestro honor: yo vengo de la manera que la liviandad de vuestra mujer

me tiene cuanto ha que partiste de Hungría: y porque no son casos

que puedan estar secretos, ni lo han estado, sabed que desde que os

fuisteis me ha tenido en una jaula de hierro, como león o tigre, u

otra bestia fiera, dándome de comer por tasa, no dejándome cortar la

barba ni cabellos, ni mudar vestido ni camisa; porque enamorada de mí

descubrió su lascivo amor, pidiéndome remedio a él, prometiéndome con

vuestra muerte hacerme dueño de su hermosura y de vuestro reino; y

porque yo he cumplido con la deuda que a mi rey y hermano soy obligado,

me ha hecho pasar la vida que oís, y en mi persona veis, bajando cada

día a persuadirme que cumpliese con su liviano y lascivo amor, o que

allí me había de dejar morir hasta hoy; la cual, como supo que ya

estábades tan cerca, me llevó vestidos y dio libertad, pidiéndome con

lágrimas y ruegos que no dijese lo que había pasado; mas yo, que estimo

más vuestro honor y vida que la mía, no quise oírla ni hacer lo que

pedía, sino venir así a daros cuenta de lo que pasa; y del peligro en

que está vuestra vida si la liviana y traidora reina no muere: porque,

si bien por mi parte, y por guardar el decoro que os debo, no ha tenido

efecto la ofensa, para un rey y marido basta haberla intentado, y quien

ha hecho una no dejará de hacer otras muchas, pues podrá ser acuda a

otro de menos obligaciones que yo, que siguiendo su parecer os ponga

en las manos de la muerte: esta es la santa, la virtuosa, la cuerda y

honesta Beatriz, que tanto amáis y estimáis.

Ya delante de vuestros vasallos y caballeros os he dicho lo que

me preguntáis, y tanto deseáis saber: porque si se disculpare con

vos, contando estas cosas de otra manera, culpándome en ellas para

disculparse a sí, como puede ser que lo haga, que las astucias de las

mujeres, cuando quieren apoyar su inocencia y encubrir sus traiciones

y mentiras, son grandes; creed, señor, que esta es la verdad y no

lo que la reina dijere, que ni yo la levantara este testimonio, si

fuera mentira lo que digo, o pudiera, sin hacerme acusador público,

advertiros de su viciosa vida de otro modo, o procurar decirla con

menos testigos de los que están presentes: y si a vos, señor, o a

cualquiera de estos caballeros, les parece que lo que digo no es la

verdad misma, aquí estoy para sustentarla a cualquiera que en el campo

quisiere defender la parte de la reina, porque debe creerse que cuando

yo me dispuse a sacar la cara en cosas tan pesadas, y donde está de

por medio el honor de un rey y hermano mío, ya fui dispuesto a ponerme

a todo riesgo: mas si vos, señor, forzado del amor que la tenéis,

disimulando vuestra afrenta, la quisiérades perdonar, vuestra voluntad

es ley; mas yo no tengo de estar donde vea con mis ojos una mujer que,

sin considerar que soy hijo del rey Ladislao (que Dios tiene), me quiso

hacer instrumento de la afrenta y agravio de su esposo, siendo mi rey

y mi hermano; y así desde aquí os pido licencia para irme, sin volver

más a la ciudad, a las villas que me dejó el rey mi padre y vuestro, a

reparar del mal estado en que me han puesto sus deshonestas crueldades.

Esto es lo que pasa en vuestra ausencia, y cómo he cumplido con la

obligación que a mi grandeza y lealtad debo.

Calló con esto Federico, poniéndose la mano en los ojos; que hay

traidores que hasta con lágrimas saben apoyar sus traiciones; y como

el rey, atónito de lo que oía, viese además que su presencia flaca,

astrosa y mal parada, acreditaba su agravio, y que con las lágrimas

sellaba la verdad de lo que decía, creyó como fácil: gran falta en

un rey, que si ha de guardar justicia, dando un oído a la acusación,

debe de dar otro a la defensa de ella; mas era el acusador su hermano

y la acusada su esposa, el traidor un hombre y la comprendida en ella

una mujer, que aunque más inocente esté, ninguno cree su inocencia, y

más un marido, que con este nombre se califica de enemigo: y así, sin

responder palabra, si bien con los ojos unas veces arrojando rayos

de furor y otras vertiendo el humor amoroso, se abandonaba a él sin

poderle resistir; porque de verdad amaba a la reina ternísimamente.

Ordenando a su hermano le siguiese, mandó proseguir su jornada a la

ciudad.

Gran rumor se levantó entre los caballeros, platicando unos con otros

sobre el caso: y si bien hubo algunos que defendían la parte de la

reina, diciendo ser testimonio, porque su virtud y honestidad la

acreditaba, los más eran de parecer contrario, y todos se resumían en

que no se atreviera Federico a manifestar públicamente un caso de tanto

peso si no fuera verdad: sin esto veían que hasta entonces no tenían

otro príncipe, y que a falta de su hermano le tocaba por derecho la

investidura del reino, y no quisieron, por volver por la reina (aunque

estuviese inocente), enemistarse con él.

Con esto caminaron todos, y el rey tan triste que en todo lo que

duró el camino no le oyeron más que penosos suspiros, sacados de su

apasionado corazón, batallando en él el honor y el amor, el agravio y

la terneza de su hermano y su esposa, que al cabo de la lid, ella, como

más flaca o más desdichada, quedó vencida.

Antes de entrar en la ciudad, donde llegó casi de noche, mandó que

una escuadra de soldados se adelantase y cercase el palacio, sin que

dejasen entrar ni salir persona alguna porque no avisasen a la reina

y se escapase; y que de camino llevasen orden para que las fiestas

prevenidas a su entrada cesasen, y si había luminarias encendidas, se

quitasen todas.

Hecho todo como lo mandaba, ya cerrada la noche entró en palacio,

despidiendo a la puerta de él todo el acompañamiento y demás gente, y

subiendo con solo su hermano, guardia, y algunos monteros de su cámara

a los corredores, adonde a la puerta de la sala estaba la santa y

hermosísima reina Beatriz con sus damas, bizarramente aderezada: pues

aunque cercada de temores y pesares se había compuesto con gran cuidado

para esperar al rey, a quien tan pronto como vio, con los brazos

abiertos fue a recibirle.

¿Quién podrá en este paso ponderar el enojo del rey? Dígalo el

entendimiento de los que lo escuchan; pues ciego de ira, retirándose

atrás por no llegar a sus brazos, alzó la mano, y la dio un bofetón con

tan grande crueldad y fuerza que, bañada en su inocente sangre, dio con

ella a sus pies; y luego, sin más aguardar ni oírla, llamando a cuatro

monteros, que en todo el reino no se hallaban hombres más crueles y

desalmados, pues por su soberbia y mala vida eran de todos aborrecidos,

les mandó tomasen a la reina y la llevasen a los más espesos y fragosos

montes que hubiese en el reino, y que en parte donde más áspero e

inhabitable sitio hallasen, la sacasen los ojos, con los que por mirar

deshonesta había causado su deshonor, y que hecho esto, se la dejasen

allí viva, para que siendo su muerte dilatada, sintiese más pena por

el delito que había cometido contra él y su amado hermano; a quien

mandando que le siguiese, se entró en su cuarto, ordenando asimismo

retirar al suyo todas las damas que llorando amargamente tenían cercada

a la reina, quien con lágrimas se despedía de todas, diciendo que pues

Dios quería que padeciese así, que no la llorasen, que ella estaba muy

conforme con su voluntad.

Al entrarse Federico con el rey, la dijo:

—Anda, Beatriz, muere, pues me matas; que pagarme habías el tenerme

enjaulado como león.

A lo que la santa señora respondió:

—¡Ah traidor, y como te tiene ciego el demonio, que no juzgas que es

mejor morir inocente que no vivir culpada! Y más quiero morir en las

garras de los brutos animales que no vivir en tus deshonestos brazos,

ofendiendo a Dios y a mi esposo: lo que siento es que haya sido tan

grande su engaño que haya dado crédito a tus traiciones, sin averiguar

la verdad.

Con esto se entraron todos, como el rey había mandado, y los monteros

tomaron a la reina y partieron con ella a ejecutar la orden que

llevaban.

¿Qué hay que moralizar aquí en la crueldad de este hombre, pues a

quien tanto había amado, como decían sus tristezas y furores, según

publicaba, porque no consintió en sus lascivos apetitos, ofendiendo

a Dios y a su marido, puso en el estado que oís? Cierto, señores

caballeros, que aquí no hay disculpa en apoyo de los hombres, ni razón

que os acredite, ni aun vosotros mismos, que tantas halláis contra las

mujeres, la hallaréis en vuestro favor: y vosotras, hermosas damas,

¿qué mayor desengaño queréis, ni buscáis, ni le podréis hallar, si

deseáis tener algo que os estorbe de ser fáciles? Mas temo que os pesa

saberlo, porque pecar de inocencia parece que tiene disculpa; mas

de malicia, es quiebra que no se puede soldar, y quisiérades no oír

tantos desengaños porque vosotras os queréis dejar engañar, pues en los

tiempos pasados y presentes hallaréis que los hombres son unos siempre.

Los que llevaban a Beatriz caminaron con ella toda la noche y otro

día siguiente, y al medio del tercero llegaron a un monte de espesas

matas y arboledas, distante de la corte más de diez leguas, y en una

quiebra de las peñas, que parecía en su profundidad que bajaba a

los abismos, sin tener piedad de su hermosura y mocedad, ni de sus

lágrimas, ni enternecerse de las lastimosas palabras que decía, con que

les aseguraba su inocencia, y les pedía que ya que la habían de dejar

allí no ejecutasen del todo la rigurosa orden del rey, privándola de la

luz, siquiera porque viese su muerte cuando las fieras la ejecutasen,

la sacaron los más bellos ojos que se habían visto en aquel reino.

Estaba en poder de hombres; ¡qué maravilla! Cegar y engañar parece así,

en el modo, que es todo uno, pues el que está engañado se dice que está

ciego de su engaño: luego, hasta en sacarla los ojos cumplieron estos

con el oficio de hombres contra esta mujer, como hacen ahora todos con

todas.

Hecha esta crueldad, pareciéndoles que no había de vivir, supuesto que

cuando no la matasen las fieras, moriría del dolor de las heridas,

o de hambre, pues no tenía vista para buscar el necesario sustento,

la quitaron las ricas joyas que llevaba, y no sé cómo no hicieron lo

mismo del vestido, pues competía en riqueza con las joyas: debió de ser

por no embarazarse con él, o porque Dios lo ordenó así, y hecho esto,

dejándosela allí, se partieron.

Cómo quedaría la hermosa reina, puesta en los filos de la guadaña de la

airada muerte, bien se deja considerar, pues como la sentía tan cerca,

no hacía más de llamar a Dios y a su divina y piadosa Madre, tuviesen

misericordia de su alma, que ya del cuerpo no hacía caso, ofreciéndoles

aquel martirio; cuando a poco más de media hora que así estaba, sintió

pasos, y creyendo sería algún oso o león que la venía a despedazar,

llamando con más veras a Dios, se dispuso a morir; mas ya que más cerca

sintió los pasos, oyó una voz de mujer que la dijo:

—¿Qué tienes, Beatriz, de qué te afliges y lamentas?

—¡Ay, señora! —respondió la afligida dama—, quienquiera que seáis,

que como no tengo ojos, no os veo; pues que vos los tenéis, y me veis y

conocéis, pues me llamáis de mi propio nombre; ¿por qué me preguntáis

de qué me lamento?

—No me ves —respondió la mujer—; pues ahora me verás, que aunque

Dios ha permitido darte este martirio, aún no es llegado tu fin, te

faltan otros que padecer; que a los que su divina Majestad ama, regala

así.

Y diciendo esto, y tocándola con la mano los lastimados ojos, luego

quedaron tan sanos como antes de sacárselos los tenía, y aun mucho más

hermosos.

Como Beatriz se vio con ellos, miró por quién se le había hecho tan

gran bien, y vio junto a sí una mujer muy hermosa, y con ser, a su

parecer, muy moza, tan grave y venerable que obligaba a tenerla

respeto: y pareciole asimismo que la había visto otras veces, mas no

podía acordarse en dónde.

Púsose de rodillas la hermosa reina, no porque la tuviese por deidad,

aunque su grave rostro daba indicios de ello, sino por agradecida

al beneficio recibido; y tomándole las manos, se las empezó a besar,

bañándoselas en tiernas lágrimas, diciendo:

—¿Quién sois, señora mía, que tanto bien me habéis hecho, que aunque

me parece que os he visto, no me acuerdo dónde?

—Soy una amiga tuya —respondió la señora—, y la verdad es que me has

visto muchas veces; mas por ahora no conviene que sepas más de mí que

lo que ves.

Y tomándola por la mano, la levantó y abrazó, y luego sacando una

pequeña cestica con pan y algunas frutas, y una calabacita con agua,

porque en la parte que estaban no la había, que hasta de este bien la

privaron sus rigurosos verdugos, buscando el lugar donde así como había

de morir de hambre muriese también de sed, mandó que comiese, y Beatriz

lo hizo, como tenía necesidad de ello, rogando a la señora comiese

también; a lo que respondió que no tenía necesidad de comer, que lo

hiciese ella, porque habían de partir de allí luego; y mientras Beatriz

comía, se sentó junto a ella, y la hermosa reina no hacía sino mirarla,

porfiando con su memoria para traer a ella dónde la había visto, de que

la señora se sonreía.

Acabada la comida, que a Beatriz le pareció que estaba más contenta con

ella que con los varios y ostentosos manjares del real palacio, siendo

dos horas antes de anochecer, la tomó la hermosa señora por la mano,

y dando vueltas por las peñas, unas veces bajando, y otras subiendo,

la sacó de entre ellas a un agradable y deleitoso prado, cercado de

espesos álamos, chopos y sauces, de que se formaba una hermosa alameda,

y en medio de la cual había una clara y cristalina fuente donde,

parando junto a ella, la dijo:

—Aquí, Beatriz, te has de quedar, que no tardará en venir quien te

lleve donde descanses por algunos días: sigue tu virtud con ánimo y

paciencia, que es de la que más se agrada Dios, que haciéndolo así, te

amparará en muchos trabajosos lances en que te has de ver, donde has

menester que muestres la alta sangre de donde desciendes: quédate con

Dios, a quien ruego y rogaré que te ayude y socorra en ellos, y confía

en él, que con esto le hallarás en los mayores aprietos.

Y tornándola a abrazar, no aguardó respuesta, ni Beatriz se la pudiera

dar; tan ahogada la tenía el sentimiento de verla partir: solo la

respondió con un diluvio de lágrimas que empezó a verter de sus lindos

ojos, y volviendo a mirar por dónde iba, la vio que a largo paso

caminaba, hasta que se encubrió con la espesura de los árboles, dejando

con su ausencia tan embelesada a Beatriz que la pareció quedar sin

alma ni vida, porque la vida y alma se le iban siguiendo las pisadas

de aquella señora, reparo de sus desdichas, no pudiendo enjugar sus

llorosos ojos hechos raudales de perlas.

Sentose, ya que la hubo perdido de vista, junto a la fuente, y

lavándose la cara y las manos, que estaban manchadas del fino rosicler

que habían vertido sus ojos cuando se los sacaron sus crueles y

carniceros verdugos, estuvo así hasta poco antes de anochecer, trayendo

a la memoria los sucesos que habían pasado por ella, y pensando a

vueltas de ellos quién sería tan sabia mujer, que no solo la había

restituido las perdidas luces, mas profetizádole lo que la había

de suceder; cuando sintiendo venir tropel de caballos y gente, muy

temerosa miró a la parte donde había sentido el ruido y vio salir de

entre los árboles hasta diez o doce hombres en forma de cazadores, con

halcones y perros, y entre ellos uno que parecía ser el señor de los

demás, en el costoso vestido y majestad de su rostro.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 45 / 52 段