por no dar que sospechar a los que las cantaron y a los que las oían,
habiendo conocido en ellas mismas de la parte que venían, disimuló su
enojo, mas no quiso que cantasen más, y ardiéndose en ira, estuvo en
puntos de mandarle matar por librarse de sus atrevimientos y cansadas
quimeras, y pedía a Dios trajese presto al rey, imaginando que su
presencia refrenaría su desbocada locura.
Mas viendo que la venida se dilataba, y que en Federico se alargaba
la desenvoltura, desenfadándose con libertades de que podía resultar
algún mal suceso, se determinó a lo que ahora diré, y fue que, llamando
con gran secreto artistas que fuesen a propósito juramentados de que
no dijesen a nadie la obra que habían de hacer en una gran cuadra que
estaba en el jardín, con muchas rejas que por todas partes caían al
hermoso vergel, donde muchas noches del verano el rey y ella cenaban
y dormían en medio de ella, porque era muy grande y hermosa y tenía
capacidad para todo, mandó a los dichos artistas le hiciesen una jaula
de varas de hierro, doradas, gruesas, fuertes y menudas, de tal calidad
que no pudiesen ser rotas ni arrancadas de su lugar, y que desde el
suelo al techo estuviesen bien fijadas, de tanto espacio que cupiese
dentro una cama pequeña, un bufete y una silla, y que quedase algún
espacio para pasearse por ella: que en su puerta hubiese un fuerte
cerrojo con una grande y segura llave, y además otra cerradura que,
cerrándola de golpe, quedase segura y construida muy a su gusto. Mandó
colgar la sala de afuera de ricas colgaduras, y dentro de la jaula
poner una cama y lo demás; y como estuvo aderezado, mandó llamar a su
traidor cuñado, y con más agradable semblante que otras veces, le dijo:
—Hermano mío, vamos al jardín, que quiero que vuestra alteza vea una
obra que en él tengo hecha muy de mi gusto para cuando venga el rey.
Federico, seguro y alegre de ver que la reina le hacía aquel favor (no
de los menores que él podía desear), la tomó de la mano diciendo:
—¿Quién podrá, reina y señora, contradecir a lo que mandas, ni
imaginar que siendo de tu gusto no será muy hermosa?
Y con esto caminaron al jardín; la reina tan falsa contra Federico
cuanto él lozano y alegre de ir con ella tan cerca que la podía
manifestar su sentimiento, como lo hizo; pues a excusas de las damas la
iba diciendo amorosas y sentidas razones. La reina sufrió por tener tan
cerca su venganza y por llegar a conseguirla, siendo su atrevimiento
tan grande que llegó a besarla la hermosa mano que llevaba asida con
la suya, no poco contento de ver que la reina tenía tanto sufrimiento,
pareciéndole obraba amor en ella.
Llegaron a la sala dicha y, entrando en ella, se acercaron a la jaula
que allí estaba hecha, admiradas las damas de verla; porque mientras
se había construido no había consentido la reina que ninguna bajase
al jardín; y estando a la puerta le dijo la reina a Federico que
entrase y la mirase bien, que luego le declararía su designio; y él, no
maliciando el caso, entró; mas apenas puso los pies dentro, cuando la
reina, dando de manos a la puerta la cerró con un gran golpe, y echando
el cerrojo y torciendo la llave dijo a Federico, que al ruido de la
puerta había vuelto:
—Ahí estarás, príncipe, hasta que venga el rey tu hermano; porque, de
otra suerte, ni tú dejarás de ser traidor ni yo perseguida, ni el honor
de mi esposo puede estar seguro.
Y dando orden de que por la parte que hacía espaldas a la jaula se
pusiesen camas para cuatro pajes que le asistiesen de noche y de día, y
a todos sus caballeros para que entrasen en la sala y le divirtiesen,
y que llevasen libros y tablas de ajedrez, naipes, dados y dinero para
que se entretuviese con sus criados, y a sus damas, que cuando le diese
gusto bajasen a divertirle, la más contenta mujer del mundo se retiró a
su palacio, dando gracias a Dios de tenerle donde pudiese vivir segura
de sus traiciones y quimeras.
Con tanto enojo quedó Federico de ver lo que la reina había hecho
con él, que rayos parecían salirle por los ojos, y fue bastante este
desprecio (que por tal le tenía) para que todo el amor se le volviese
en aborrecimiento y mortal rabia; y de cólera que tenía, en tres días
no quiso comer bocado, aunque se le llevaba su comida con la grandeza y
puntualidad que siempre, ni acostarse, ni hablar palabra a ninguno de
cuantos le asistían, ni tampoco a las damas que bajaban a divertirle;
mas, viendo que la reina no mudaba de propósito de sacarle de allí,
hubo de comer por no morir, mas tan limitado, que solo era bastante
a sustentarle; mas desnudarse, ni hacerse la barba, ni mudar camisa
ni vestido, ni acostarse, no se pudo acabar con él, aunque la misma
reina fue a pedírselo, diciéndole, con muy bien entendidas razones,
que aquella acción él mismo se la había de agradecer, pues con ella le
quitaba de cometer un delito tan feo como el que intentaba contra su
hermano, y así ella tenía seguro su honor: mas Federico a cosa ninguna
le quiso responder, ni hacer lo que le pedía; con lo que la reina, ya
resuelta a que le había de tener allí hasta que el rey viniese, le dejó
sin querer verle, aunque bajaba muchas veces al jardín; y para mayor
seguridad, porque ninguno de sus criados le diese modo con que pudiese
salir de allí, mandó a sus criados (los que había traído de Inglaterra)
que velasen y tuviesen en custodia a Federico, el cual, a pocos meses
que estuvo en esta vida, se puso tan flaco y desemejado que no parecía
él, ni su figura.
Algún escándalo causó en la ciudad, entre los grandes, la prisión de
Federico, los que acudieron a la reina a saber la causa: a lo cual
satisfizo ella diciéndoles que importaba al honor y quietud del rey y
suya que estuviese así hasta que su hermano viniese; mandando que, pena
de la vida, ninguno avisase al rey de este caso, con lo que ellos, más
deseosos, de criados confidentes de Federico supieron cómo amaba a la
reina (que estas cosas, y más en los señores que se fían de criados,
jamás están secretas): y así, todos los grandes juzgaron que la reina
por la seguridad de su honor le tenía allí, y todos la daban muchas
alabanzas, amándola más por su virtud que antes.
Estaba Federico tan emponzoñado y colérico, como de su natural era
soberbio, que tenía ya trazada en su imaginación su venganza, pues
aunque el rey le escribía, jamás le quiso responder; y si bien el rey
había enviado a saber de la reina la causa, ella le había respondido
que ya sabía la enfermedad que Federico padecía y que ahora, más
apretado de ella, le obligaba a no escribirle.
Más de un año pasó en esta vida, despachando la reina con gran
prudencia las cosas del reino, sin que hiciese falta en ellas Federico,
teniendo a los vasallos tan contentos que no echaban menos ni al rey
ni a él.
Fenecida la guerra, y asentadas las cosas de ella muy a gusto de
Ladislao, como se vio libre de este embarazo dio la vuelta a Hungría,
y sabida su venida por la reina, habiendo hecho un rico vestido para
Federico, ya que supo que no estaba el rey más de una jornada de la
ciudad y que los señores se querían partir a recibirle, fue a la
prisión en que estaba y, abriendo la puerta, le dijo:
—Ya, príncipe, es fenecida tu prisión; tu hermano viene y esta noche
estará aquí: la causa de tenerte como te he tenido mejor que yo la
sabes tú, pues no fue para castigarte sino por vivir segura y que lo
estuviese el honor de tu hermano: ya no es tiempo que en día de tanta
alegría haya enemistades: suplícote que me perdones y que, perdiendo el
enojo que tienes contra mí, te vistas y adereces con estas galas que
de mi gusto para ti se han hecho, y salgas con los caballeros que te
están aguardando a recibir el rey.
Bastantes eran estas palabras para amansar otro cualquier ánimo menos
obstinado que el de Federico; mas él, apoderado de todo punto de su
ira, sin responder palabra a su reina, ni querer mudar camisa ni
vestido, ni cortarse ni aun peinarse los cabellos, ni hacerse la barba,
sino de la manera en que estaba, pidiendo un caballo y subiendo en él,
se partió con los caballeros que le aguardaban por orden de la reina,
dejándola mal segura y bien cuidadosa de alguna traición, pesándole de
haberle dado libertad hasta que ella hubiera informado al rey de todo,
y mucho más de haber roto el papel, que pudiera ser el mejor testigo de
su abono; mas viendo que ya estas cosas no tenían remedio, se encomendó
a Dios, poniéndose en sus manos y resignando su voluntad en la suya.
Llegó Federico adonde estaba su hermano, no en forma de señor ni
príncipe, sino de un salvaje, de un esqueleto vivo, de una visión
fantástica; quien como, bajando del caballo, le pidiese las manos,
puesto ante él de rodillas, y el rey le viese de tal manera, admirado
le dijo:
—¿Cómo, hermano mío, en día de tanta alegría como yo traigo, por
haberme Dios vuelto victorioso a mi tierra, vos, que la habíades de
solemnizar más que todos, os ponéis delante de mí de la suerte que os
veo? ¿Qué os ha sucedido, o cómo estáis de esta suerte? Decídmelo por
Dios, no me tengáis más confuso; que aun cuando fuera muerta Beatriz,
que es la prenda que en esta vida más estimo, aún no os pudiera obligar
a tanto sentimiento.
—Rey y señor —respondió Federico—, pluguiera al cielo que el verme
como me veis fuera la causa la reina muerta, que no es pérdida de que
os podéis apasionar mucho; pues por lo menos viviera, muriendo ella,
vuestro honor: yo vengo de la manera que la liviandad de vuestra mujer
me tiene cuanto ha que partiste de Hungría: y porque no son casos
que puedan estar secretos, ni lo han estado, sabed que desde que os
fuisteis me ha tenido en una jaula de hierro, como león o tigre, u
otra bestia fiera, dándome de comer por tasa, no dejándome cortar la
barba ni cabellos, ni mudar vestido ni camisa; porque enamorada de mí
descubrió su lascivo amor, pidiéndome remedio a él, prometiéndome con
vuestra muerte hacerme dueño de su hermosura y de vuestro reino; y
porque yo he cumplido con la deuda que a mi rey y hermano soy obligado,
me ha hecho pasar la vida que oís, y en mi persona veis, bajando cada
día a persuadirme que cumpliese con su liviano y lascivo amor, o que
allí me había de dejar morir hasta hoy; la cual, como supo que ya
estábades tan cerca, me llevó vestidos y dio libertad, pidiéndome con
lágrimas y ruegos que no dijese lo que había pasado; mas yo, que estimo
más vuestro honor y vida que la mía, no quise oírla ni hacer lo que
pedía, sino venir así a daros cuenta de lo que pasa; y del peligro en
que está vuestra vida si la liviana y traidora reina no muere: porque,
si bien por mi parte, y por guardar el decoro que os debo, no ha tenido
efecto la ofensa, para un rey y marido basta haberla intentado, y quien
ha hecho una no dejará de hacer otras muchas, pues podrá ser acuda a
otro de menos obligaciones que yo, que siguiendo su parecer os ponga
en las manos de la muerte: esta es la santa, la virtuosa, la cuerda y
honesta Beatriz, que tanto amáis y estimáis.
Ya delante de vuestros vasallos y caballeros os he dicho lo que
me preguntáis, y tanto deseáis saber: porque si se disculpare con
vos, contando estas cosas de otra manera, culpándome en ellas para
disculparse a sí, como puede ser que lo haga, que las astucias de las
mujeres, cuando quieren apoyar su inocencia y encubrir sus traiciones
y mentiras, son grandes; creed, señor, que esta es la verdad y no
lo que la reina dijere, que ni yo la levantara este testimonio, si
fuera mentira lo que digo, o pudiera, sin hacerme acusador público,
advertiros de su viciosa vida de otro modo, o procurar decirla con
menos testigos de los que están presentes: y si a vos, señor, o a
cualquiera de estos caballeros, les parece que lo que digo no es la
verdad misma, aquí estoy para sustentarla a cualquiera que en el campo
quisiere defender la parte de la reina, porque debe creerse que cuando
yo me dispuse a sacar la cara en cosas tan pesadas, y donde está de
por medio el honor de un rey y hermano mío, ya fui dispuesto a ponerme
a todo riesgo: mas si vos, señor, forzado del amor que la tenéis,
disimulando vuestra afrenta, la quisiérades perdonar, vuestra voluntad
es ley; mas yo no tengo de estar donde vea con mis ojos una mujer que,
sin considerar que soy hijo del rey Ladislao (que Dios tiene), me quiso
hacer instrumento de la afrenta y agravio de su esposo, siendo mi rey
y mi hermano; y así desde aquí os pido licencia para irme, sin volver
más a la ciudad, a las villas que me dejó el rey mi padre y vuestro, a
reparar del mal estado en que me han puesto sus deshonestas crueldades.
Esto es lo que pasa en vuestra ausencia, y cómo he cumplido con la
obligación que a mi grandeza y lealtad debo.
Calló con esto Federico, poniéndose la mano en los ojos; que hay
traidores que hasta con lágrimas saben apoyar sus traiciones; y como
el rey, atónito de lo que oía, viese además que su presencia flaca,
astrosa y mal parada, acreditaba su agravio, y que con las lágrimas
sellaba la verdad de lo que decía, creyó como fácil: gran falta en
un rey, que si ha de guardar justicia, dando un oído a la acusación,
debe de dar otro a la defensa de ella; mas era el acusador su hermano
y la acusada su esposa, el traidor un hombre y la comprendida en ella
una mujer, que aunque más inocente esté, ninguno cree su inocencia, y
más un marido, que con este nombre se califica de enemigo: y así, sin
responder palabra, si bien con los ojos unas veces arrojando rayos
de furor y otras vertiendo el humor amoroso, se abandonaba a él sin
poderle resistir; porque de verdad amaba a la reina ternísimamente.
Ordenando a su hermano le siguiese, mandó proseguir su jornada a la
ciudad.
Gran rumor se levantó entre los caballeros, platicando unos con otros
sobre el caso: y si bien hubo algunos que defendían la parte de la
reina, diciendo ser testimonio, porque su virtud y honestidad la
acreditaba, los más eran de parecer contrario, y todos se resumían en
que no se atreviera Federico a manifestar públicamente un caso de tanto
peso si no fuera verdad: sin esto veían que hasta entonces no tenían
otro príncipe, y que a falta de su hermano le tocaba por derecho la
investidura del reino, y no quisieron, por volver por la reina (aunque
estuviese inocente), enemistarse con él.
Con esto caminaron todos, y el rey tan triste que en todo lo que
duró el camino no le oyeron más que penosos suspiros, sacados de su
apasionado corazón, batallando en él el honor y el amor, el agravio y
la terneza de su hermano y su esposa, que al cabo de la lid, ella, como
más flaca o más desdichada, quedó vencida.
Antes de entrar en la ciudad, donde llegó casi de noche, mandó que
una escuadra de soldados se adelantase y cercase el palacio, sin que
dejasen entrar ni salir persona alguna porque no avisasen a la reina
y se escapase; y que de camino llevasen orden para que las fiestas
prevenidas a su entrada cesasen, y si había luminarias encendidas, se
quitasen todas.
Hecho todo como lo mandaba, ya cerrada la noche entró en palacio,
despidiendo a la puerta de él todo el acompañamiento y demás gente, y
subiendo con solo su hermano, guardia, y algunos monteros de su cámara
a los corredores, adonde a la puerta de la sala estaba la santa y
hermosísima reina Beatriz con sus damas, bizarramente aderezada: pues
aunque cercada de temores y pesares se había compuesto con gran cuidado
para esperar al rey, a quien tan pronto como vio, con los brazos
abiertos fue a recibirle.
¿Quién podrá en este paso ponderar el enojo del rey? Dígalo el
entendimiento de los que lo escuchan; pues ciego de ira, retirándose
atrás por no llegar a sus brazos, alzó la mano, y la dio un bofetón con
tan grande crueldad y fuerza que, bañada en su inocente sangre, dio con
ella a sus pies; y luego, sin más aguardar ni oírla, llamando a cuatro
monteros, que en todo el reino no se hallaban hombres más crueles y
desalmados, pues por su soberbia y mala vida eran de todos aborrecidos,
les mandó tomasen a la reina y la llevasen a los más espesos y fragosos
montes que hubiese en el reino, y que en parte donde más áspero e
inhabitable sitio hallasen, la sacasen los ojos, con los que por mirar
deshonesta había causado su deshonor, y que hecho esto, se la dejasen
allí viva, para que siendo su muerte dilatada, sintiese más pena por
el delito que había cometido contra él y su amado hermano; a quien
mandando que le siguiese, se entró en su cuarto, ordenando asimismo
retirar al suyo todas las damas que llorando amargamente tenían cercada
a la reina, quien con lágrimas se despedía de todas, diciendo que pues
Dios quería que padeciese así, que no la llorasen, que ella estaba muy
conforme con su voluntad.
Al entrarse Federico con el rey, la dijo:
—Anda, Beatriz, muere, pues me matas; que pagarme habías el tenerme
enjaulado como león.
A lo que la santa señora respondió:
—¡Ah traidor, y como te tiene ciego el demonio, que no juzgas que es
mejor morir inocente que no vivir culpada! Y más quiero morir en las
garras de los brutos animales que no vivir en tus deshonestos brazos,
ofendiendo a Dios y a mi esposo: lo que siento es que haya sido tan
grande su engaño que haya dado crédito a tus traiciones, sin averiguar
la verdad.
Con esto se entraron todos, como el rey había mandado, y los monteros
tomaron a la reina y partieron con ella a ejecutar la orden que
llevaban.
¿Qué hay que moralizar aquí en la crueldad de este hombre, pues a
quien tanto había amado, como decían sus tristezas y furores, según
publicaba, porque no consintió en sus lascivos apetitos, ofendiendo
a Dios y a su marido, puso en el estado que oís? Cierto, señores
caballeros, que aquí no hay disculpa en apoyo de los hombres, ni razón
que os acredite, ni aun vosotros mismos, que tantas halláis contra las
mujeres, la hallaréis en vuestro favor: y vosotras, hermosas damas,
¿qué mayor desengaño queréis, ni buscáis, ni le podréis hallar, si
deseáis tener algo que os estorbe de ser fáciles? Mas temo que os pesa
saberlo, porque pecar de inocencia parece que tiene disculpa; mas
de malicia, es quiebra que no se puede soldar, y quisiérades no oír
tantos desengaños porque vosotras os queréis dejar engañar, pues en los
tiempos pasados y presentes hallaréis que los hombres son unos siempre.
Los que llevaban a Beatriz caminaron con ella toda la noche y otro
día siguiente, y al medio del tercero llegaron a un monte de espesas
matas y arboledas, distante de la corte más de diez leguas, y en una
quiebra de las peñas, que parecía en su profundidad que bajaba a
los abismos, sin tener piedad de su hermosura y mocedad, ni de sus
lágrimas, ni enternecerse de las lastimosas palabras que decía, con que
les aseguraba su inocencia, y les pedía que ya que la habían de dejar
allí no ejecutasen del todo la rigurosa orden del rey, privándola de la
luz, siquiera porque viese su muerte cuando las fieras la ejecutasen,
la sacaron los más bellos ojos que se habían visto en aquel reino.
Estaba en poder de hombres; ¡qué maravilla! Cegar y engañar parece así,
en el modo, que es todo uno, pues el que está engañado se dice que está
ciego de su engaño: luego, hasta en sacarla los ojos cumplieron estos
con el oficio de hombres contra esta mujer, como hacen ahora todos con
todas.
Hecha esta crueldad, pareciéndoles que no había de vivir, supuesto que
cuando no la matasen las fieras, moriría del dolor de las heridas,
o de hambre, pues no tenía vista para buscar el necesario sustento,
la quitaron las ricas joyas que llevaba, y no sé cómo no hicieron lo
mismo del vestido, pues competía en riqueza con las joyas: debió de ser
por no embarazarse con él, o porque Dios lo ordenó así, y hecho esto,
dejándosela allí, se partieron.
Cómo quedaría la hermosa reina, puesta en los filos de la guadaña de la
airada muerte, bien se deja considerar, pues como la sentía tan cerca,
no hacía más de llamar a Dios y a su divina y piadosa Madre, tuviesen
misericordia de su alma, que ya del cuerpo no hacía caso, ofreciéndoles
aquel martirio; cuando a poco más de media hora que así estaba, sintió
pasos, y creyendo sería algún oso o león que la venía a despedazar,
llamando con más veras a Dios, se dispuso a morir; mas ya que más cerca
sintió los pasos, oyó una voz de mujer que la dijo:
—¿Qué tienes, Beatriz, de qué te afliges y lamentas?
—¡Ay, señora! —respondió la afligida dama—, quienquiera que seáis,
que como no tengo ojos, no os veo; pues que vos los tenéis, y me veis y
conocéis, pues me llamáis de mi propio nombre; ¿por qué me preguntáis
de qué me lamento?
—No me ves —respondió la mujer—; pues ahora me verás, que aunque
Dios ha permitido darte este martirio, aún no es llegado tu fin, te
faltan otros que padecer; que a los que su divina Majestad ama, regala
así.
Y diciendo esto, y tocándola con la mano los lastimados ojos, luego
quedaron tan sanos como antes de sacárselos los tenía, y aun mucho más
hermosos.
Como Beatriz se vio con ellos, miró por quién se le había hecho tan
gran bien, y vio junto a sí una mujer muy hermosa, y con ser, a su
parecer, muy moza, tan grave y venerable que obligaba a tenerla
respeto: y pareciole asimismo que la había visto otras veces, mas no
podía acordarse en dónde.
Púsose de rodillas la hermosa reina, no porque la tuviese por deidad,
aunque su grave rostro daba indicios de ello, sino por agradecida
al beneficio recibido; y tomándole las manos, se las empezó a besar,
bañándoselas en tiernas lágrimas, diciendo:
—¿Quién sois, señora mía, que tanto bien me habéis hecho, que aunque
me parece que os he visto, no me acuerdo dónde?
—Soy una amiga tuya —respondió la señora—, y la verdad es que me has
visto muchas veces; mas por ahora no conviene que sepas más de mí que
lo que ves.
Y tomándola por la mano, la levantó y abrazó, y luego sacando una
pequeña cestica con pan y algunas frutas, y una calabacita con agua,
porque en la parte que estaban no la había, que hasta de este bien la
privaron sus rigurosos verdugos, buscando el lugar donde así como había
de morir de hambre muriese también de sed, mandó que comiese, y Beatriz
lo hizo, como tenía necesidad de ello, rogando a la señora comiese
también; a lo que respondió que no tenía necesidad de comer, que lo
hiciese ella, porque habían de partir de allí luego; y mientras Beatriz
comía, se sentó junto a ella, y la hermosa reina no hacía sino mirarla,
porfiando con su memoria para traer a ella dónde la había visto, de que
la señora se sonreía.
Acabada la comida, que a Beatriz le pareció que estaba más contenta con
ella que con los varios y ostentosos manjares del real palacio, siendo
dos horas antes de anochecer, la tomó la hermosa señora por la mano,
y dando vueltas por las peñas, unas veces bajando, y otras subiendo,
la sacó de entre ellas a un agradable y deleitoso prado, cercado de
espesos álamos, chopos y sauces, de que se formaba una hermosa alameda,
y en medio de la cual había una clara y cristalina fuente donde,
parando junto a ella, la dijo:
—Aquí, Beatriz, te has de quedar, que no tardará en venir quien te
lleve donde descanses por algunos días: sigue tu virtud con ánimo y
paciencia, que es de la que más se agrada Dios, que haciéndolo así, te
amparará en muchos trabajosos lances en que te has de ver, donde has
menester que muestres la alta sangre de donde desciendes: quédate con
Dios, a quien ruego y rogaré que te ayude y socorra en ellos, y confía
en él, que con esto le hallarás en los mayores aprietos.
Y tornándola a abrazar, no aguardó respuesta, ni Beatriz se la pudiera
dar; tan ahogada la tenía el sentimiento de verla partir: solo la
respondió con un diluvio de lágrimas que empezó a verter de sus lindos
ojos, y volviendo a mirar por dónde iba, la vio que a largo paso
caminaba, hasta que se encubrió con la espesura de los árboles, dejando
con su ausencia tan embelesada a Beatriz que la pareció quedar sin
alma ni vida, porque la vida y alma se le iban siguiendo las pisadas
de aquella señora, reparo de sus desdichas, no pudiendo enjugar sus
llorosos ojos hechos raudales de perlas.
Sentose, ya que la hubo perdido de vista, junto a la fuente, y
lavándose la cara y las manos, que estaban manchadas del fino rosicler
que habían vertido sus ojos cuando se los sacaron sus crueles y
carniceros verdugos, estuvo así hasta poco antes de anochecer, trayendo
a la memoria los sucesos que habían pasado por ella, y pensando a
vueltas de ellos quién sería tan sabia mujer, que no solo la había
restituido las perdidas luces, mas profetizádole lo que la había
de suceder; cuando sintiendo venir tropel de caballos y gente, muy
temerosa miró a la parte donde había sentido el ruido y vio salir de
entre los árboles hasta diez o doce hombres en forma de cazadores, con
halcones y perros, y entre ellos uno que parecía ser el señor de los
demás, en el costoso vestido y majestad de su rostro.