advertid, señora doña Estefanía, que yo he cantado lo que ha de ser,
y no lo que es; y tengo por sin duda que no todos los poetas sienten
lo que escriben; antes imagino que escriben lo que no sienten; demás
que, de industria, he querido consolar a estos caballeros con mostrar
un hombre firme, para que tengan ánimo y esperen, en la sentencia de
esta penúltima noche, buen suceso de su parte, pues pudiéramos, si por
milagro se pudiera hallar uno que amase firme y perseverase desdeñoso,
perdonar por él a los demás, pues me parece que os han temido después
que os sentasteis a desengañar, admirándoos deidad, y que no solo los
castiguéis con las palabras, mas lo ejecutéis con las obras.
—Pues así es —respondió doña Estefanía—, vaya de desengaño,
advirtiendo que no ha de caminar por lo popular sino por lo majestuoso,
que también hay reinas desdichadas, y reyes y príncipes crueles, porque
la ley del rigor a todos comprende.
La mayor novedad que más ha de admirar, hermosas damas y gallardos
caballeros, es que persona de mi hábito y estado desengañe, siendo
la hacienda que primero aprendemos el engañar, como se ve en tantos
ignorantes que, asidos a las rejas de los conventos, sin poderse
apartar de ellas, bebiendo, como Ulises, los engaños de Circe, viven y
mueren en este encantamiento, sin considerar que los engañamos con las
dulces palabras y que no han de llegar a conseguir las obras; que si
las del siglo fueran cuerdas, a nosotras nos habían de estimar, y aun
dar gajes, por vengadoras de los engaños que de los hombres reciben;
mas a esto digo que el diablo tal vez, con ser el padre del engaño,
desengaña, y así haré yo ahora, que siendo de la profesión de las que
engañan, desengañaré; si bien voy segura de que no servirá; porque son
por imposibles tan apetecidos nuestros engaños que, mientras más lo
rumian y golosean, más se enredan en ellos; y lo mismo fuera con las
damas del siglo si no vendieran tan baratos los favores, que los dan a
precio de engaños; y si, por ser maestra de engañar, como he dicho, no
supiere ser buena desengañadora, me consolaré con saber que no he sido
engañada y que no hablaré por experiencia, sino porque me sacrifiqué
desde muy niña a esposo que jamás me ha engañado ni engañará.
En la fuerza de mi desengaño pondré lo moral del intento, y consolaré
a las damas, asegurándolas de que si no las supiere bien desengañar,
las sabré bien vengar; y diré a los caballeros que si de mi desengaño
no quedaren bien castigados, lo quedarán si me buscan en estando en mi
casa; porque los entregaré a una docena de compañeras, que será como
echarlos a los leones.
En Hungría, por muerte del rey Ladislao, entró a gozar la corona un
hijo suyo, llamado asimismo Ladislao como el padre (que entonces
venía el reino de padres a hijos, no como ahora, por votos de los
potentados). Era Ladislao príncipe generoso, gallardo, de afable
condición y bien entendido, y de todas maneras amable, y así, desde
que entró a reinar fue muy querido de sus vasallos; al cual, amándole
príncipe, no le olvidaron rey: solo en el caso que voy contando fue
notado de fácil; mas hay lances, aunque mentirosos, con tantas
apariencias de verdad, y más si los apoyan celos, que más merecen
disculpa que castigo.
Siéndole forzoso tomar estado para dar herederos a su reino, pidió por
esposa al rey de Inglaterra a la bellísima infanta Beatriz, su hija,
que era de las más perfectísimas damas en hermosura, entendimiento,
virtud y santidad que en todos aquellos reinos se hallaba en aquella
sazón. Pues siéndole concedida por esposa, y hechos los conciertos y
puesto en orden lo necesario, mandó el rey que fuese por la reina el
infante Federico, su hermano, mozo galán y discreto.
No cansemos con esto a los oyentes, pues se dice todo con decir que,
con ser Ladislao tan perfecto, había opiniones de que con Federico
había sido más pródiga la naturaleza, aunque lo desdoraba con ser tan
inclinado a los engaños y travesuras con que los mozos oscurecen la
virtud, pasando por achaques de la mocedad.
Era Federico de un año menos que el rey, y tan amado de él que muchas
veces estuvo determinado (si no fuera por las importunaciones de sus
vasallos) a no casarse, porque quedara rey después de sus días.
Puesto en ejecución el viaje y efectuado con próspero suceso, fue
recibido Federico en Inglaterra con el contento y aplauso que era
debido a un hermano de Ladislao. Dispusiéronse muy solemnes fiestas
para cuando, en virtud de los poderes del rey su hermano, diese la mano
a la hermosa infanta, la cual hasta este día, que fue al segundo que
llegó Federico, no se había dejado ver por su grande honestidad.
Llegó el ya señalado día en que se habían de efectuar los desposorios,
y cuando a los ojos de Federico se mostró la bella infanta Beatriz,
tan adornada de belleza como de ricas galas, al punto que puso en ella
los ojos quedó sin vida: poco digo, sin potencias; no es nada, sin
sentidos; levantémoslo más, quedó sin alma, porque todo lo rindió y
humilló a la vista de tal hermosura y belleza.
Fue de suerte que, a no serle a la infanta dificultoso de creer que en
un hermano de su esposo pudiera tener lugar tal locura, en su turbación
conociera el achaque de que había enfermado con su vista. Diole, en
fin, la mano Federico en nombre de su hermano, quedando celebrado el
matrimonio, y en su corazón una mortal basca de ver ya imposible su
amor.
No fue parte para que desistiera de él ver que ya no tenía remedio,
ni el considerarla mujer de Ladislao, ni conocer su honestidad, como
asimismo la ninguna esperanza que podía tener su desatinado amor; y
con este desdichado tormento asistió, en compañía de los reyes de
Inglaterra y de la reina Beatriz, su cuñada, a las fiestas, con tanta
tristeza que daba que sospechar a cuantos le veían tan melancólico, y
más a la reina, que cuantas veces le miraba, le hallaba divertido en
contemplar su hermosura; y como era bien entendida, no dejó de imaginar
la enfermedad de Federico y conoció de qué procedían sus melancólicos
accidentes, y por esto se determinó a no preguntarle la causa, por no
oír alguna atrevida respuesta.
No era Federico tan falto de discurso que no considerase cuán mal
cumplía con la obligación de quien era, y las que debía a Ladislao: y
entre sí se reprendía y decía: «¿Qué locuras son estas, mal aconsejado
príncipe? ¡Es posible que te dejes llevar de tan mal nacidos e infames
deseos; no digo yo, no siendo hermano y tan amado de Ladislao, sino un
vasallo! ¡Es justo que tú imagines en su ofensa, amando y deseando su
esposa! Delito tan abominable y feo que, aun entre bárbaros, era para
causar escándalos y sediciones, cuanto más entre príncipes cristianos.
¿En qué me tendrá el mundo? ¿Qué dirá Beatriz, si los unos y los otros
llegasen a saber mi locura? No, no ha de ser así: mal nacidos deseos,
yo os he de vencer, que no tengo de quedar vencido de vosotros.»
Con esto le parecía cobrar fuerzas y valor para resistir la violencia
de su apetito; mas apenas volvía a mirar la perficionada belleza de
la reina, cuando se le volvía a enredar la voluntad entre las doradas
hebras de sus cabellos, y tornaba de nuevo a lastimarse, diciendo:
«¡Desdichado fue el día en que yo partí de Hungría, y entré en
Inglaterra, y más desdichado en el que vi, Beatriz, tu acabada belleza!
¡Oh Ladislao, ya no hermano, sino enemigo! ¿Es posible que he venido,
por tu ocasión, a darme la muerte y llevarte a ti mi vida? ¿Cómo
consentiré que goces y poseas el bien que solo me puede hacer dichoso?
¡Ay de mí, que no sé qué consejo tome, ni qué bando siga, si el de mis
abrasados deseos o el de la razón! Porque si a ellos he de seguir, me
aconsejan que te quite la vida para tenerla, y si a ella, me dice que
muera yo, y que vivas tú.»
Con esto estaba tan de veras penando, que parecía a los que han visto
visiones de la otra vida. Ya se determinaba a descubrir su pasión a
la reina, y ya se reducía a morir callando, si bien no le pesara de
que ella, entendiéndole por los contingentes del rostro, le saliera al
camino preguntándole la causa de su tristeza; mas, como he dicho, la
sabia y honesta señora, no ignorando el intento con que Federico la
miraba, excusaba darle motivo para ningún atrevimiento.
De esta suerte pasaron, Federico muriendo y la reina disimulando, sin
darse por entendida, juzgando que el día en que Federico se atreviese
a perderle el decoro a ella y a su esposo, no cumplía menos que con
matarle, acción debida a su honestidad y grandeza.
Los días que estuvieron en Inglaterra, y después los que duró la
jornada hasta Hungría, no consintió la reina que jamás la dejasen sus
damas un punto sola, y así lo tenía ordenado a todas.
Llegados a Hungría, se celebraron las bodas de Ladislao y Beatriz con
grande alegría y satisfacción de los dos, pues a la reina le pareció
corta la fama en contar los méritos de su esposo, y al rey que no era
Beatriz mujer, sino deidad o espíritu angélico; tal era la virtud,
santidad y hermosura de la bella reina, amándola con tanta terneza que
no había más que pedir ni desear.
No por ver Federico a su hermano ya en posesión de la que le había
robado el alma cesaron sus libidinosos apetitos y sus viles y
desordenados deseos, antes, viéndose de todo punto privado del bien,
creció con más fuerzas el deseo de alcanzarle, y ardía en rabiosos
celos de ver la terneza con que se amaban y correspondían, pues, como a
hermano, y tan querido, no se le negaba el ver los más recatados amores
que entre uno y otro pasaban.
Él los veía con mortales bascas y no le faltaba más de declararse con
palabras, pues con las señales del rostro bien claro lo manifestaba;
mas, como en el pensamiento del rey no podía entrar tal malicia, no
entendía sino que aquellos desasosegados accidentes le procedían
de alguna enfermedad que padecía, y confirmábalo con haberle dicho
Federico algunas veces, a quien había preguntado qué tenía, que hacía
muchos días antes de ir a Inglaterra que padecía una mortal melancolía,
que cuando le apretaba, le forzaba, olvidado de su prudencia, a hacer
semejantes extremos; y si bien había tratado, compadecido del mal de su
hermano, que famosos médicos le curasen, había sido sin fruto, porque
males del alma pocas veces o ninguna se sanan con hacer remedios al
cuerpo.
No lo sentía así la hermosa reina, que como más acertado médico
había entendido de qué accidentes nacía la enfermedad de Federico, y
hallando sin remedio la cura, pedía a Dios le abriese los ojos del
entendimiento para que, conocido su error, saliese de él.
Muchas veces Federico, rendido a su hermosa pasión, se echaba en la
cama y se sujetaba a que obrase en él la medicina, hallándose tan flaco
y rendido que quisiera que las erradas curas acabaran con su vida; y
otras, furioso y desesperado, se levantaba y, como loco, decía que
le mataban. En fin, con vida tan poco sosegada y ánimo tan inquieto,
vino a ponerse tan flaco y descolorido, negándose a cuantos gustos y
entretenimientos su hermano y los grandes del reino le procuraban, y
también a la compañía de los caballeros mozos que le seguían y ayudaban
en sus pasadas travesuras; porque tratarle de gustos y entretenimientos
era darle mil dilatadas muertes.
Un año podría haber que estos dos amantes y esposos gozaban las
glorias de su amorosa compañía y bien pagado amor, y Federico las
penas infernales de vérselas tener, cuando otro príncipe comarcano
deseó engrandecer y aumentar su reino, y dilatar su señorío con el de
Ladislao, y para conseguirlo le empezó a hacer guerra por los confines
de su reino, de suerte que fue fuerza acudir a la defensa de él, porque
le destruía todo cuanto podía alcanzar.
Pues viendo Ladislao que Federico, por su larga, prolija y no
entendida enfermedad, no estaba para asistir a la guerra, dispuso él
ir en persona a defender su tierra, de que no le pesó a Federico,
fortaleciéndose con algunas esperanzas de remedio, faltando el rey, su
hermano, del lado de su esposa, pues estaba ya tal este desventurado
amante que, si hallara ocasión para aprovecharse de la fuerza, no
la dejara, ni por la ofensa de Dios ni de su hermano. ¡Ah, riguroso
desacierto de un hombre mal aconsejado con su mismo apetito, que ni
mira la justicia divina, ni la ofensa divina y humana!
Dispuso Ladislao su partida bien contra la voluntad de la reina; y más
cuando supo que a ella y a Federico les quedaba la gobernación del
reino, con orden de que el uno sin el otro dispusiesen cosa alguna,
temiendo que en la ausencia del rey no la pusiesen sus atrevimientos
en algún cuidado; mas hubo de obedecer en todo, por no inquietar con
nuevos cuidados el corazón de su esposo, ni hacerle sabedor de los de
Federico.
Juntó el ejército y partió el rey, con gran sentimiento de la hermosa
reina; tanto, que en más de un mes no se dejó ver de nadie ni se
despachó negocio alguno, por no salir en público en la mitad del mar de
sus lágrimas, hasta que, viendo era ya fuerza acudir al cargo que le
quedaba ordenado, salió a comunicar con su traidor cuñado el despacho
de las cosas tocantes al reino; mas con tanta honestidad, que apenas se
podía hallar en ella causa para tenerla por menos que deidad.
Otras veces entraba en su cámara Federico a consultar los papeles, con
lo que, si antes estaba perdido, ahora se remató con tanto extremo que
casi se declaraba con palabras equívocas y decía su pasión con señas
bien claras, de modo que las damas que asistían siempre a la reina, por
orden suya, ya conocían de qué causa procedía el mal de Federico, y lo
platicaban unas con otras, a excusas de la reina.
Determinado estaba Federico a descubrir a la reina su amor, y andaba
buscando modo para hacerlo, si bien unas veces temía y otras se
animaba, y muchas, paseándose por las salas, decía:
—¿Es posible que sea mi atrevimiento tan cobarde que tema decir mi
pena a la causa de ella? ¿Qué es esto que me acobarda? ¿Qué importa
que Beatriz sea honesta? ¿Qué me detiene el que sea virtuosa? ¿Por
qué me acobarda el que sea mujer de mi hermano, si tras todo esto es
mujer y puede ser que, por ignorar que ella es la causa de mi mal, no
le haya dado el remedio; pues sabemos que las mujeres, en viéndose
amadas, aman, y en amando, todo cuanto hay aventuran? ¿Tan poco merezco
yo que no conseguiré que me ame Beatriz? Mas, ¡ay de mí!, ¿cómo me ha
de amar, si está adorando a su esposo y jamás la veo enjutos los ojos
en su ausencia? Pues a una mujer que ama a otro dueño, ¿no es locura
intimarle nuevo amor? Claro está que, si a tal me atrevo, airada me ha
de dar la muerte; mas ¿qué más muerte que la que padezco? Bien rigurosa
por ser dilatada, que, ya que se muera, comodidad es morir presto; mas,
ya puede ser que me engañe, y yo mismo me quite la gloria que por el
purgatorio que padezco me es debida, pues podría ser que la reina no
sintiese tan mal de mi atrevimiento, que es mujer, y en siéndolo, todo
está dicho. Ánimo, cobarde corazón, y determínate a declarar tu pena,
que lo cierto es que, si Beatriz no sabe que la amo, ¿cómo me ha de
amar? Si ignora que padezco por su causa, ¿cómo me ha de remediar? Pues
si es así, como lo es, y el proverbio moral dice que a los animosos
ayuda la fortuna, en ella fío, y con esta confianza declararé a Beatriz
mi pasión amorosa, y si muriese por atrevido, más honor será que morir
de cobarde; y si muriese por su gusto, a buenas manos muero.
Con esto se entró en su aposento, y escribiendo un papel con varios
acuerdos que primero tuvo, le puso entre unos memoriales que aquel día
había de consultar a la reina, y con ellos fue donde estaba con sus
damas, tan turbado, que de verle la reina temblar la voz y los pasos
se asustó, temiendo que Federico se quería declarar con ella; mas, por
no darse por entendida ni temerosa, le recibió con amable y honesto
semblante: mandole sentar, lo que él quisiera excusar, porque en su
presencia, mirando la reina los memoriales, no leyera el suyo; mas al
fin lo hizo, y después de haber hablado de la ausencia del rey y estado
de la guerra, y otras cosas de que más gusto podían tener, le dijo
Federico (no porque hubiese sucedido, sino por ver qué hallaba en ella):
—Cierto, señora, que hoy me han contado un caso que pasa entre la
justicia ordinaria de esta corte, que es bien para admirar, y es que
dos hermanos que hay en ella amaban una mujer, y el mayor, o por más
rico o más dichoso, la mereció por esposa, con que el menor quedó tan
desesperado que, viéndose morir, hallando ocasión, por fuerza gozó a su
cuñada. Hase sabido, y está preso por ello, y no se atreven a publicar
sentencia contra él porque el marido, que está inocente del hecho, no
lo entienda, y no saben qué medio tomar en el caso.
—¿Pues qué medio puede haber —respondió la reina— sino castigar al
culpado? Pues cuando el marido lo sepa, sabrá que queda vengado su
agravio.
—¿Pues por amar han de quitar la vida a un triste hombre?
—Sí —dijo la reina—; que amar lo ajeno, y más siendo el dueño su
hermano, no es delito capaz de perdón, y ese hombre no amaba, sino
apetecía el deleite, ni ofendiera lo que amaba en el honor, y más por
fuerza.
—No falta quien dice —respondió Federico— que, si bien ella sintió
la fuerza, ya le pesa de no haber callado, sintiendo que haya de morir
quien la ama; y bien mirado, es cierto que por amar no debe morir.
—Cuando el amor es deshonesto —respondió la reina—, ¿qué privilegio
le puede defender del castigo? Y si este caso pasara por mí, no
aguardara yo a que ni esposo ni la justicia vengara mi agravio, que
yo por mí misma le vengara; y así desde aquí condeno a él y a ella a
muerte; a él por el delito, y a ella porque no lo vengó.
Diciendo esto, puso el rostro severo, y con alguna ira dijo:
—Veamos los memoriales que traes, Federico, y no se hable más de esto,
que ofensas del honor y del marido las aborrezco tanto, que estoy
ofendida aún en haber oído que haya mujer que lo consienta, ni hermano
tan traidor que lo piense, cuanto y más que lo ejecute.
—Los memoriales, señora —dijo Federico—, no son para ahora; con más
espacio los podrás ver.
Y con esto, no muy contento, se despidió y se fue a su cuarto,
maldiciendo la hora y el día en que había visto a Beatriz; la cual,
tomando los memoriales, los fue pasando, y al tercero que abrió, vio
que decía así:
«Federico, infante, a Beatriz, reina de Hungría, pide la vida que
por sentencia de su desdicha en el tribunal de la crueldad está
mandado que la pierda, y solo la puede dar la misma causa por
quien muere, que es la misma a quien pide la vida. Ya, hermosísima
Beatriz (que no te quiero llamar reina, por olvidarme de la ofensa
que hago al rey tu esposo), no puede mi sufrimiento tener mi
mal oculto, pues basta un año de silencio, ni es tan poco amada
vida que, sin buscar algún remedio, la deje acabar; ya que haya
de morir, muera, sabiendo tú que muero por tu causa, y por este
atrevimiento conocerás la calidad de mi dolor, pues no me deja
mirar a quién eres y a quién soy; pues anteponiéndose mi pena a
tu decoro, mi atrevimiento a tu honestidad y mi amor a todos los
inconvenientes, me fuerza a que publique que tu hermosura es causa
de mi muerte. Yo te adoro, ya lo dije; si no merezco perdón, dame
castigo, que lo sufriré gustoso con saber que por ti muero.»
¿Quién podrá ponderar el enojo y turbación de la reina, habiendo leído
el atrevido papel? No hay más que decir sino que la turbación sacó a
hilos las perlas de sus ojos, y con el enojo, hizo el papel menudos
pedazos, que no fue pequeño desacierto para lo que después la sucedió.
Entre sí pensaba qué haría, sin saber determinarse a nada; pues si
le mandaba matar, no se aseguraba de la ira de su esposo ni de sus
vasallos, pues aún no tenía Hungría otro heredero; y si le daba al
rey cuenta del caso, y más habiendo roto el papel, no aseguraba su
inocencia; pues no pensando en ella más liviandad que haber hallado en
la misma motivo para el atrevimiento de Federico, bastaba para quedar
su honor en opinión, pues era dificultoso de creer que contra su mismo
hermano pudiese haber intentado tal traición; demás que podía Federico
fácilmente culparla por disculparse, y ya la pesaba de no haber
guardado el atrevido memorial, aunque se satisfacía de haber vengado
en él su ira; y entre todos estos pensamientos se resolvió a lo mismo
que antes, que era disimular, y que mientras Federico no se atreviese
a más, dejarlo así, pidiendo a Dios la amparase y defendiese de él;
y como no podía retirarse de su vista, siendo fuerza, como lo había
ordenado el rey para los despachos y negocios, verle cada día, ordenó a
la aya que la había criado, y había venido de Inglaterra asistiéndola,
que ni de día ni de noche se apartase de ella.
Mandó que durmiese en su misma cámara, haciendo poner en las puertas
de ella y en las demás cuadras por la parte de adentro fuertes
cerrojos, por si Federico se quisiese aprovechar de la fuerza, como
había propuesto en el caso que le había contado; y con esto, juzgando
estar segura, pasó como antes, aunque con menos gusto, tanto que bien
mostraba en la severidad de su rostro lo mal contenta que estaba con él.
Tretas fueron estas que al punto las conoció el traidor cuñado, mas
no fue nada parte para que desistiese de su amorosa porfía; antes
muy contento de que ya que no hubiese granjeado más de que la reina
supiese que la amaba, le parecía que antes había ganado que perdido,
y ya se atrevía cuando la veía a decirla sentimientos de amor, ya a
vestir de sus colores, y ya a darla músicas en el terrero, con lo cual
la virtuosa reina andaba tan desabrida y triste que en ninguna cosa
hallaba alivio, y solo le tuviera en la venida del rey; mas esta se
dilataba, porque los casos de la guerra son buenos de empezar y malos
de acabar.
Pues sucedió que estando una tarde con sus damas en el jardín de
palacio, tan melancólica como se ha dicho, aquellas por alegrarla
o divertirla mandaron venir los músicos, a quienes Federico tenía
prevenidos de unas endechas al propósito de su amor, para que si fuesen
llamados en alguna ocasión las cantasen, dándoles a entender que eran
dirigidos a una dama de palacio a quien amaba, que como entraron y
hallaron la ocasión, cantaron así:
¡Que gustes que mis ojos,
Ídolo de mi pecho,
Estén por tus crueldades
Copiosas fuentes hechos!
¡Que no te dé cuidado
Ver que llorando peno,
Sin que al sueño conozca
Cuando tú estás durmiendo!
¡Con qué crueldad me quitas
La vida que poseo;
Pues cuando tú la gloria,
Tengo yo los tormentos!
No entiendo aqueste enigma,
Pues en tu pecho el hielo,
Sin que en él se deshaga,
Se destila por ellos.
¡Mas ay!, que ya conozco
De aqueste mal el riesgo;
Porque el tuyo es de mármol,
Cuando el mío es de fuego.
¡Que las ardientes llamas
De mi abrasado incendio
A deshacer no pasen
La nieve de tu pecho!
Tienes el corazón
De algún diamante hecho,
Que aun no basta a ablandarle
La sangre de un cordero.
Caliéntale a las llamas
Que amor está encendiendo,
Y verás cuán suaves
Son para tu recreo.
Dueño eres de mi vida,
Y aunque muera, has de serlo;
Pues después de la muerte
Te he de aclamar por dueño.
No porque me faltara
Quien me rindiera feudo,
Que bellezas me aman,
Cuando a la tuya quiero.
Antes aborrecidas
De que a todas me niego,
Se alegran de que me trates
Con rigor tan severo.
Eres Anagaste,
Si en la hermosura Venus,
Dafne, que a Febo ultraja,
Porque la sigue Febo.
Sin ventura cultivo,
En tierra estéril siembro,
Abrojos da por granos,
Perderé mis empleos.
Triunfa ya de mi vida,
Triunfa, Nerón soberbio;
Y si gustas que muera,
Yo también lo deseo.
¡Qué avara estás conmigo!
Poco favor te debo;
Poco cuestan agrados,
Y siempre estás sin ellos.
Si te miro, es sin gusto,
Siempre cruel te veo,
Siempre estás desdeñosa,
Y yo siempre muriendo.
Págame las finezas
Con que te adoro y quiero,
Siquiera con mirarme
Con semblante halagüeño.
No quiero más favores,
Pues que no los merezco,
De que tu boca diga:
De ti lástima tengo.
Salid, lágrimas mías,
Salid, que no os detengo;
Suspiros, ya os envío
A vuestro amado centro.
No temo por amarte
El castigo del cielo;
Aunque sé que le irrito
Con este pensamiento.
Ya me acaban las penas,
Mi triste vida veo
Cercana ya a la muerte,
Y no le hallo remedio.
Ya con tantas desdichas
Se acaba el sufrimiento,
El alma está sin gusto,
Y sin salud el cuerpo.
Ya me niego a los ojos
De los que me tuvieron
Por asilo en las gracias,
Por deidad en lo cuerdo.
Así gasta llorando
Su bien perdido tiempo,
Que amar tanta belleza
Gloria es, que no tormento.
Un amante, sin dicha,
Que adora un mármol bello;
Que aunque oye, no escucha,
Por no darle remedio.
Y nunca se enternece,
Porque es cruel, y su dolor no siente.