a templarle el amor, de suerte que lo que hasta allí no le había
sucedido, que era arrepentirse de haberse casado, en un instante le
llegó el arrepentimiento y se le empezó a conocer en el desagrado con
que trataba a su esposa. No sabía doña Ana la causa de ver tal novedad
en su esposo, y lloraba sus despegos bien lastimosamente; mas al fin lo
supo, porque vencido don Alonso de sus importunaciones, la enseñó la
carta de su padre.
Pues como se quitó la máscara y vio que ya doña Ana lo sabía, lo que
antes eran despegos se convirtió en aborrecimiento; la daba a cada
paso en cara con su pobreza, y más fue cuando, gastado el dinero que
tenía, empezó a dar tras las galas de su esposa, vendiendo unas para el
sustento y jugando otras. Vino a tal estado de miseria que, despidiendo
las criadas, se humilló a servir su casa, aunque alguna vez la criada
de su madre la excusaba con acudir a servirla, y lo peor de todo era
que muchos días no comiera si no la socorrieran su madre y abuelo.
Con estas cosas se remató don Alonso de suerte que no había cosa más
aborrecida de él que la hermosa dama, y de aborrecerla nació el desear
verse sin ella, creyendo que así volvería a la amistad y gracia de su
padre; y luego, con los buenos consejos de su amigo Marco Antonio, se
resolvió a salir de todo de una vez; y concertando los dos cómo había
de ser, lo dilataron hasta la partida del excelentísimo señor conde de
Lemos, que ya trataba su vuelta a España, quedando en su lugar, hasta
que de Sicilia viniese el señor duque de Osuna, el señor don Francisco
de Castro, conde de Castro y duque de Taurisano.
¡Ah, mozo mal aconsejado, y cómo la sangre de tu hermana clama contra
ti y, no harto de ella, quieres verter la de tu inocente esposa!
Llegose el plazo, y más apriesa el que ha de ser más desgraciado; y
como el embarcarse había de ser de noche, fue don Alonso a su casa con
su amigo y díjola a doña Ana, que acababa de dormir a su niño y le
había echado en la cama, que viniese y vería embarcar al virrey, que
antes que el niño despertase se volverían.
Pareciola a doña Ana que era nuevo favor en medio de tantos disgustos
como con ella tenía; y así, cerrando la puerta del cuarto y echándose
la llave en la manga para cuando volviese, y no desasosegar a su madre
ni abuelo, llegó a su cuarto, diciéndoles dejasen la puerta de la calle
abierta, porque iba con don Alonso y Marco Antonio a ver embarcar al
virrey; y se fue con ellos.
Acabada doña Ana de salir, la dijo la criada a su madre:
—¿Por qué, señora, deja vuestra señoría ir a mi señora doña Ana de
noche fuera, no usándose en esta tierra salir así las señoras?
A lo que respondió:
—Amiga, con su marido va; ¿en eso qué hay que temer que se murmure?
Con esto, habiéndose recogido, se acostaron, bien inocentes y
descuidadas del mal que había de suceder.
Llegó doña Ana a la marina acompañada de sus dos enemigos, y habiendo
estado en ella hasta las diez, embarcado ya el virrey y partidas las
galeras, aunque no todas, que algunas quedaban para la demás gente, ya
que se quería volver a su casa con muy grandísimo cuidado de su niño,
les rogó, a ella y a don Alonso, Marco Antonio llegasen a su posada a
tomar un refresco; y aunque lo excusaron, doña Ana con su cuidado y don
Alonso con su falsedad, como después se supo de él y Marco Antonio, lo
hubo de aceptar.
En fin, fueron, y llegando a ella, abriéndoles la puerta una criada de
Marco Antonio, ya mujer mayor, se entraron a un jardinico donde estaba
la mesa, y en ella una empanada y otras cosas: sentáronse a ella y,
repartiendo Marco Antonio, dio al ama su parte y la dijo pusiese allí
lo que era menester, y se fuese a su aposento, cenase y se acostase,
que él cerraría la puerta y se llevaría la llave, para que cuando
volviese de acompañar aquellos señores pudiese entrar a acostarse.
Hecho como él lo ordenó y recogida la ama, estando la descuidada doña
Ana comiendo de la empanada, fingiendo don Alonso levantarse por algo
que le faltaba, se llegó por detrás con un cuchillo grande que él traía
apercibido y aquel día había hecho amolar, y la dio en la garganta tan
cruel golpe que la derribó la cabeza sobre la misma mesa.
Hecho el sacrificio, la echaron en un pozo que había en el mismo
jardín, y el cuchillo con ella, y tomando la cabeza se salieron, y
cerrando la puerta, echaron la llave por debajo y se fueron a la
marina, y en una cueva que estaba en ella, haciendo un hoyo, la
metieron, y al punto se embarcaron en una galera que iba aprisa en
seguimiento del virrey. Vayan, que la justicia de Dios va tras ellos.
Como pasó de media noche, el niño que doña Ana había dejado dormido
despertó, que ya tenía un año, y como se halló sin el abrigo y cariño
de su madre empezó a llorar, a cuyo llanto despertó su abuela; mas no
pudiéndose persuadir que su madre no estaba ya con él, juzgando que el
sueño la tenía rendida, decía entre sí:
—¡Válgame Dios, tan dormida está doña Ana que no siente llorar su hijo!
Calló el niño un rato, con lo que la buena señora se volvió a dormir,
y cuando empezó a amanecer despertó bien alborotada a los gritos que
el niño daba, y levantándose se vistió y salió a ver qué era la causa
de estar su nieto tan sin sosiego; mas como llamando muy recio no la
respondieron, casi sospechando el mal sucedido, llamando a don Fernando
y a un criado, abrieron la puerta y entraron; y como no hallasen más
que el angelito solo, no sintiendo bien del caso, la señora tomó el
nieto y llamando a una vecina que le diese de mamar, le aquietó y
adormeció: en tanto se vistió don Fernando y salió fuera para hacer
diligencias por saber de don Alonso; mas todos decían no haberle visto.
Mientras que esto pasaba en casa de doña Ana, en la de Marco Antonio
había otra tragedia, y fue que la ama se levantó y fuese adonde su amo
dormía; mas aunque no le halló, no hizo novedad de ello, porque otras
veces se quedaba fuera; mas hízola cuando salió al jardín y vio la
mesa puesta, toda llena de sangre, y también la silla en que se había
sentado aquella mujer: y si bien conocía a don Alonso, por ser amigo de
su amo, no sabía que fuese casado ni conocía a su esposa; y no bien
contenta de ver tales señales, quitó la mesa, y saliendo fuera halló la
llave.
En fin, tomó un caldero y empezó a entrarle en el pozo para sacar
agua y regar la casa: aún no había entrado la mitad de la soga
cuando el caldero se detuvo en el malogrado cuerpo, que se había
quedado atravesado en lo angosto del pozo y no había llegado al agua;
porfiando, pues, para que entrase, y siendo imposible, sacole fuera
y encendió un candil, y le ató en la soga, y como le bajó, miró qué
era lo que no dejaba pasar el caldero; bien medrosa vio el bulto, que
aunque le pareció de persona no pudo percibir quién fuese.
Con grandísimo susto soltó la soga, fue corriendo a la calle, dando
descompasados gritos, a los cuales acudió la vecindad y la gente que
pasaba, y buscando quien bajase al fondo, sacaron el triste cuerpo sin
cabeza.
Tenía vestido un faldellín francés, con su justillo de damasco verde
con pasamanos de plata, que como era verano, no había salido con otro
arreo, y rebocillo negro que llevaba cubierto, unas medias de seda
nacarada, con el zapatillo negro que apenas era de seis puntos. Conoció
el ama por los vestidos que era la mujer que había visto cenar con su
amo y don Alonso; mas no supo decir quién era.
Avisaron a la justicia, que, venida, prendieron a la ama hasta hallar
más noticia del caso y secuestraron los bienes de Marco Antonio, que no
debían de ser muchos; llevaron el cuerpo a la plaza de palacio, para
ver si había alguno que le conociese, habiendo mirado primero en el
pozo si estaba la cabeza, mas no hallaron sino el cuchillo.
Llegados con el cuerpo de doña Ana a la dicha plaza y poniéndole en
medio de ella en unas andas, acudieron todos los soldados a ver el
cuerpo, y entre los demás don Fernando de Añasco, que al punto conoció
a su nieta, y dando una gran voz, dijo:
—¡Ay, hija mía, y cómo ha muchos días que me decía el corazón este
desastrado suceso, y no le quería creer!
Hízole llevar a su casa, donde no hay que decir cómo le recibiría su
madre: los oyentes lo juzguen, que yo no me atrevo a contarlo.
Fuese a pedir justicia al virrey, el cual, lastimado de sus lágrimas,
despachó tras las galeras, en un barco grande, una escuadra de
soldados, y por cabo al sargento don Antonio de Lerma, con cartas
pidiendo al marqués de Santa Cruz, como general de las galeras, los
reos; si bien eso no pudo ser tan breve que no pasaran cinco o seis
días, en los cuales se hicieron diligencias buscando la cabeza de doña
Ana, mas no pareció. Al fin dieron al cuerpo, sin ella, sepultura,
dejando en su abuelo, madre y hermanas gran dolor de su muerte y aun en
cuantos la conocían.
Partidos los soldados, y con ellos un sobrino de don Fernando, por
prisa que dieron en la navegación no alcanzaron las galeras hasta
Génova, donde, cuando llegaron, había sucedido un acaso en que se vio
que Dios estaba ofendido y cansado de aguardar tan enormes delitos como
don Alonso cometía, para que pagase con su sangre culpada la inocente
que había derramado en las muertes de su hermana y esposa; y fue que,
habiendo dado fondo las galeras en el puerto, salieron de ellas todos
o los más que iban embarcados para descansar en tierra de las fatigas
de la mar, sabiendo que habían de estar allí tres o cuatro días, y con
ellos don Alonso y su mal amigo Marco Antonio.
Llegaron a comprar unas medias de seda en casa de un mercader, y
habiéndoles sacado el dicho una caja en que había muchos pares de todos
colores para que escogiesen, don Alonso, persuadido del demonio, o que
Dios lo permitió así, escondió unas azules, y el amigo otras leonadas,
que como el mercader las echó de menos, apellidándoles ladrones,
llamando amigos y criados, asió de ellos, sacándoselas a vista de
todos, y no contento con esto, llamó la justicia, que los llevó a la
cárcel, haciéndoles causa de ladrones; y si bien don Alonso y Marco
Antonio se defendieran y no se dejaran prender, no llevaban armas, que
en Génova no las trae ninguno, ni dejan pasar a nadie en la puerta con
ellas, y así, habían dejado las suyas donde las dejaban los demás,
sin valerles el ser soldados; y así, los llevaron a la cárcel, donde
estaban cuando llegaron los que iban por ellos, y dando las cartas
al marqués de Santa Cruz, mandó se buscasen y los entregasen a quien
venía por ellos, que parando en la cárcel los sacaron y entregaron,
y volvieron con ellos a Nápoles, y apenas les tomaron la confesión
cuando dijeron lo que sabían y más de lo que les preguntaron: diciendo
don Alonso que ya era tiempo de pagar con la vida, no solo la muerte
de su esposa sino también la de su hermana, y que así había permitido
Dios que hiciese en Génova aquel delito para que pagase lo uno y lo
otro; mas que no le perdonase Dios si él tuviera ánimo para matar a
doña Ana si Marco Antonio su amigo no le persuadiera a ello, diciéndole
que con eso quitaría el enojo a su padre; y que él le había dado el
modo y dispuesto el caso, y que haberse dejado vencer de su enojo era
permisión divina, para que pagase por lo uno y lo otro; y añadió que
hacía más de dos meses que apenas se dormía, cuando le parecía ver a su
hermana que le amenazaba con su cuchillo.
Sentenciáronle a degollar, y a Marco Antonio a ahorcar, y otro día
salieron a morir. Iba ya don Alonso, cuando salió, tan desmayado que
casi no se podía tener en la mula, y fue fuerza que se pusiese cerca
quien le tuviese; y viéndole así Marco Antonio, dando una voz grande,
le dijo:
—¿Qué es esto, señor don Alonso?, ¿tuvisteis ánimo para matar y no le
tenéis para morir?
A lo que respondió don Alonso:
—¡Ay, Marco Antonio, y como si supiera qué era morir, no matara!
En llegando al cadalso, pidió por merced a la justicia se suspendiese
la ejecución de su muerte por un poco de tiempo; y diciendo dónde
estaba la cabeza de doña Ana enterrada, suplicó que fuesen por ella,
como se hizo, sacándola tan fresca y hermosa como si no hubiera seis
meses que estaba debajo de tierra: lleváronsela, y tomándola en la
mano, llorando, dijo:
—Ya, doña Ana, pago con una vida culpada la que te quité sin culpa: no
te puedo dar más satisfacción de la que te doy.
Y diciendo esto, se quedó desmayado, en que se conoció que no la quería
mal, sino que los desapegos de su padre y consejos de Marco Antonio
fueron causa de que la quitase la vida.
En fin, don Alonso satisfizo con una muerte dos muertes, y con una
vida dos vidas. Murió también Marco Antonio tan desahogadamente (si se
puede decir de quien moría ahorcado) que, como estaba en la plaza y no
entendió qué había pedido don Alonso cuando mandó ir por la cabeza de
doña Ana, preguntó que a qué aguardaban. Y diciéndoselo, respondió:
—Buen despacio tiene mi amigo, ya no falta sino que envíe también por
la de su hermana a Jaén: acabemos, señores, que no tengo condición para
aguardar, y hasta el morir quiero que sea sin dilación.
Fueron estas nuevas a Sevilla, a su padre, y cuando llegaron las cartas
estaba jugando con otros amigos, y acabando de leerlas, tomolas para
sí, y poniéndose muy despacio a brujulearlas, dijo:
—Más quiero tener un hijo degollado, que mal casado.
Y se volvió a jugar como si tales nuevas no hubiera tenido. Mas Dios,
que no se sirve de soberbios, le envió el castigo de su crueldad; pues
antes de un mes, una mañana entrando los criados a darle de vestir, le
hallaron en la cama muerto, dejando una muy gruesa hacienda; y como los
criados le vieron muerto, dando cuenta a la justicia, y sabiendo tenía
un nieto, puso la hacienda en administración.
Se avisó la muerte de don Pedro a don Fernando, y sabida, él con su
nuera y niño, dejando a Italia, vinieron a Sevilla, donde hoy, a lo que
entiendo, vive: será don Pedro Portocarrero y Añasco de algunos veinte
y ocho años. Suceso tan verdadero es este, que hay muchos que le vieron
de la suerte que le he contado.
Acabando doña Francisca su desengaño, no se moralizó sobre él, por ser
muy tarde. Sonó la música y levantándose Lisis lo hicieron así los
demás, y pasándose todos a otra sala, tan bien aderezada como la que
desocuparon, se sentaron a las mesas, que estaban puestas con ricos y
ostentosos aparadores, donde fueron servidos de una suntuosa y sazonada
cena; porque al otro día, después de referir los desengaños que
faltaban, se había de celebrar el desposorio de Lisis y don Diego. De
industria, por si faltaba lugar, les hizo esta noche la bien entendida
Lisis el banquete, como quien sabía que otro día no habría tiempo.
Mientras duró la cena, las damas y caballeros tuvieron sobre su opinión
diversas y sabidas disputas: si bien los caballeros, o rendidos a la
verdad o agradecidos a la cortesía, dieron el voto por las damas,
confesando haber habido y haber muchas mujeres buenas, y que han
padecido y padecen inocentes en la crueldad de los engaños de los
hombres, y que la opinión común y vulgar, por lega y descortés, no era
justo guardarla los que son nobles, honrados y bien entendidos, pues no
lo es, ni lo puede ser, el que no hace estimación de las mujeres.
Viendo que era hora de irse a reposar, la hermosa doña Isabel dio fin a
la fiesta de la octava noche cantando sola este romance:
Parece que me has dado
A beber algún hechizo,
Con que de mi libertad
Vencedor triunfante has sido.
¿En qué te ofendió, tirano,
La paz en que mis sentidos,
Jamás sujetos a penas,
Sin prisiones han vivido?
Apenas ya me conozco,
Diferente soy que he sido;
Por los imposibles muero,
Y a ellos me sacrifico.
Deseando estoy el día,
Y cuando el día ha venido,
A solo aguardar la noche
Estos deseos aplico.
Ya de los gustos me canso,
Ya por las penas suspiro,
Porque pienso que en penar
Nuevos méritos consigo.
No vivo con su esperanza,
Cuando a temores me rindo,
Que es muy cierto en el amor
Ser cobarde como niño.
Ajenas prendas me quitan
Con deseos el juicio,
Y antes de tener el bien
Le lloro ya por perdido.
Mares de lágrimas vierto,
Y sin saber cómo ha sido,
Me veo vivir sin alma,
Que es otro nuevo prodigio.
No he visto lo que idolatro,
Y rendimiento publico,
Que es deidad que no se ve,
Sino por fe, en el sentido.
No quise ver lo que adoro,
Y adoro lo que no he visto,
Porque amar lo que se goza,
Comodidad la imagino.
Yo me quité la ventura,
Y lloro haberla perdido;
Mi voluntad es enigma,
Mi deseo, un laberinto.
El cautiverio apetezco,
De la libertad me privo,
Y negándome a las dichas,
Ya por las dichas suspiro.
No conozco lo que amo,
Y pudo ser conocido,
Y de todas mis finezas
Esta la mayor ha sido.
Temí perder si le viera,
No viéndole le he perdido,
Y si de pérdida estoy,
Mejor es no haberle visto.
¡Ay tesoro perdido!
Grande debes de ser, pues yo te estimo.
¡Mas ay!, que si le viera,
También pudiera ser que le perdiera;
Y para no perderle,
Cuando se estima el bien, es bien no verle.
¡Mas ay de mí!, que de una y otra suerte,
El remedio que espero es en la muerte.
NOCHE NONA.
DESENGAÑO NONO.
LA PERSEGUIDA TRIUNFANTE.
Con aplauso de nuevos oyentes se empezó a celebrar la novena noche del
honesto y entretenido sarao, porque don Diego convidó para testigos de
sus deseadas dichas (como esperaba tener con la posesión de su amada
Lisis) muchos señores y señoras de la corte. Sin estos, de parte de
Lisis vinieron muchas damas y caballeros, no faltando por la de los
demás que en las noches pasadas habían asistido nuevos convidados.
Estaba la casa de la divina Lisis desde las tres de la tarde muy
concurrida de caballeros y damas, todos nobles, todos ilustres, y
todos bien entendidos; que como la fama, con su sonora trompa, había
extendido la nueva de que las desengañadoras probaban bien su opinión,
y a los cuerdos poco es menester para sacarlos de un error, que en
esto más que en otra cosa alguna se diferencian de los necios; viendo
que los demás no los tachaban de otro vicio sino de que engañan a
las mujeres y luego dicen mal de ellas, no sujetándose a creer que
hay mujeres buenas, honestas y virtuosas; y que asimismo hay y ha
habido muchas que han padecido y padecen sin culpa en sus engaños y
crueldades; y esto ellos mismos lo saben y confiesan; pues el decir
mal no es (a lo que entiendo) porque lo sientan así, sino por seguir
la variedad de los muchos, como cuando hay una pendencia o una fiesta,
que acudiendo al tumulto de toda suerte de gentes, ilustres y plebeyos,
si les preguntasen adónde van, responderían que adonde van todos, y
lo mismo les sucede en el decir mal de las mujeres; y, como he dicho,
ya los nobles reducidos a no seguir en esto la vulgaridad, se habían
engolosinado con los desengaños, que aunque trágicos, por verdaderos
eran apetecidos.
Acudieron esta penúltima noche más y más temprano, con propósito de no
seguir en adelante la opinión de los necios, que bien necio es el que
no dice bien ni estima las mujeres; a la buena, porque lo es, y a la
mala, por no parecer descortés y necio, pues por decir bien, aunque
de lo que se diga sea malo, no se incurre en multas ni castigos, antes
se acreditan de ánimos nobles y generosos, y lo demás es vulgaridad y
grosería.
Acomodados ya todos en sus asientos, no veían la hora de oír nuevos
desengaños para que fuese disculpado su rendimiento, y más ultrajado el
bando descortés y común de los vulgares.
Las cuatro de la tarde serían cuando empezaron a salir las damas
desengañadoras, tan vistosas y aderezadas, y con tanta bizarría, que
solo en verlas se tuvieron por satisfechos de lo que habían aguardado.
Venían adelante Laura y doña Luisa, que como viudas no pudieron mudar
traje, con sus vestidos negros y tocas albísimas, y en sus cabezas dos
coronas de laurel, y tras ellas las otras damas, todas vestidas de
encarnado, con muchas joyas; las cabezas muy aseadas, y encima de los
tocados las mismas coronas, como vencedoras triunfantes, y detrás de
todas salió la discreta Lisis.
Traía a doña Isabel de la una mano, y de la otra a doña Estefanía,
esta con sus hábitos blancos y escapulario azul, como religiosa de la
Concepción, y sobre el velo su corona como las demás, pues aunque no
había hasta entonces desengañado, segura venía de ser tan valiente como
todas.
Lisis y doña Isabel venían de una misma suerte, dando su vista a don
Diego no poca turbación; porque habiendo enviado aquel mismo día a
su esposa el vestido y joyas con que se adornase, vio que Lisis no
traía ni una flor de las que él había enviado, juzgando a disfavor o
desprecio el no haberse puesto ninguna cosa de ello.
Venían las hermosas damas con sayas enteras de raso blanco; con muchos
botones de diamantes, que hacían hermosos visos, verdugados y abanicos,
los cabellos, en lugar de cintas, trenzados con albísimas perlas, y en
lo alto de los tocados, por remate de ellos, dos coronas de azucenas
de diamantes cuyas verdes hojas eran de esmeraldas, dispuestas estas,
como también los vestidos, con singular cuidado desde antes que se
empezara la fiesta, cinta y collar de los mismos diamantes, y en las
mangas de punta de las sayas enteras muchas azucenas de la misma forma
que las que traían en la cabeza, y en lo alto de las coronas, en forma
de airones, muchos mazos de garzotas y martinetes, más albos que la no
pisada nieve.
Finalmente, salieron tan bizarras y bien prendidas, y tan sumamente
hermosas, que en la belleza imitaban a Venus y en lo blanco la castidad
de Diana.
Dieron tal muestra de sí que, cuando los caballeros no miraran más de
su hermosura, fuera esta el arrepentimiento de sus engaños, pues en
ella veían el mayor desengaño de sus cautelas y motivo para que las
perdonasen cuanto les habían reprendido, y lo que esperaban en esta
penúltima noche; y las más poco atentas al decoro de su honestidad
dónde aprender a saberla guardar de los engaños de los hombres, para no
verse abatidas y ultrajadas de sus lenguas y conversaciones.
Llegando, pues, al estrado y hecha su cortesía a todos, en pie las
aguardaban, y las desengañadoras se fueron con su presidenta Lisis al
estrado, doña Estefanía al asiento del desengaño y la hermosa doña
Isabel con los músicos, y sentada en medio de ellos, tomó una arpa y
con su extremada voz cantó así:
A la desdeñosa Anarda,
De la corte nuevo sol,
De las vidas basilisco
Y de las almas prisión.
De unas sospechas celosas,
Jacinto pide perdón;
Nueva humildad de ofendido
Y nuevo extremo de amor.
Donde ruega el ofendido,
Y castiga el agresor,
Humillado el agraviado
Y severo el ofensor.
Mas no es milagro muy nuevo,
Ni por tal le juzgo yo;
Porque la ley de Cupido
Ya leyes sin leyes son.
Bien sabe que está agraviado,
Su cuidado le avisó;
Mas el dejarse engañar
De amor es nueva razón.
Muere por su amada ingrata,
Y aunque fingido el favor,
Le admite por no morir
A manos de sinrazón.
Y así postrado a sus pies,
Está mirando el pastor
En sus ojos sus engaños,
Y en su boca su traición.
Dice a sus traviesas niñas,
No me negaréis que sois,
Cuanto bellas, engañosas,
Cuanto amadas, sin amor.
Sois para todos suaves,
Que no tenéis el rigor
Sino con las tristes mías,
Que ya esclavas vuestras son.
Pluguiera el cielo quisiese
Daros del sol su esplendor,
Porque matéis, rayo a rayo,
Alma, vida y corazón.
Anduviera más escaso,
Negándoos perfección,
Pues preciada de hermosura,
No ostentárades rigor.
¡Oh, que no vieran las mías
En vuestro negro color
El luto que por mi muerte
Naturaleza os vistió!
Ladronas sois de mi gusto;
¡Ay, rapazas, quién os dio
Jurisdicción de prender,
De matar jurisdicción!
En los afectos que miro
Os contemplo a mí y a vos,
Yo abrasado en vuestro hielo,
Y heladas en mi calor.
Etna ardiente son mis llamas;
Volcán abrasado soy;
Pero solo a mí me quemo,
Que el fuego nunca os tocó.
Soy Ícaro en el subir
A mirar vuestro arrebol;
Mas en llegando a la cumbre,
Soy derribado Faetón.
¡Ay, mi bellísima Anarda,
Deidad en quien adoró
La triste voluntad mía
Dulces milagros de amor!
No te pido que me quieras,
Que era pedir sin razón;
Sino que no me maltrates
Con tal crueldad y rigor.
Dijo; mas Anarda, ingrata,
De sus penas se rio,
Que ha jurado de no amar
En tiempo que no hay amor.
Porque ya no se usa, si se usó,
Que amor, como era viejo, se murió.
No ama ninguno, no,
Que vestirse a lo antiguo, ya pasó.
—Cierto, hermosa doña Isabel —dijo acabada la música doña
Estefanía—, que procuramos muy bien los engaños de los hombres cuando
vos estáis notificando en vuestros versos rendimiento de un galán y
desdenes de una dama.