sentimiento de que se hable mal en la vecindad y otras partes contra
el honor de esta señora; las músicas, los paseos, el hablar de noche
es tan público que antes dicen que don Alonso y su padre se dan por
desentendidos, por casarla sin dote con un hombre tan poderoso como
don Enrique. Esto lo saben muy bien estas señoras, y es muy buen modo
de tener yo celos, y supuesto que si se toma mi voto, le daré ahora,
aconsejando que sería mejor casarlos que no dar motivo a murmuraciones.
La ira y cólera que al instante se excitó en don Alonso, con esto
que oyó, fue tan grande que apenas acertó a responderla, y ciego de
enojo, tanto de la liviandad de su hermana como del atrevimiento de
don Enrique, sin poder disimular su pasión ni las mal aconsejadas
mujeres reportarle en ella, pues no pretendían sino incitarle a ella,
se despidió y fue a su casa, y apartando a su padre, le dio cuenta de
lo que pasaba, y después de varios acuerdos se determinaron a disimular
hasta vengarse, teniendo por afrenta que la sangre de don Enrique se
mezclase con la suya.
Más de un mes se pasó sin tratarse de nada, en razón de la venganza;
porque como don Pedro era hombre mayor, no quiso hallarse a los riesgos
de ella; y así, habiendo venido la flota donde le traían cantidad de
dineros, diciendo que quería hallarse presente al despacho de ellos en
las aduanas de Sevilla, se partió de Jaén llevando consigo a Gonzalo y
otros dos criados que había en casa, no quedándole a don Alonso más de
un paje que le acompañaba en este tiempo.
Disimuladamente se había don Alonso enterado del galanteo de su
hermana, y vístola por sus ojos hablar con don Enrique, el que, si bien
no se aseguraba mucho de las amenazas que Clavela le había hecho, amaba
tanto a doña Mencía que, sin temer riesgos ni peligros, continuaba en
verla, pareciéndole que cuando Clavela intentara hacer algún mal, todo
podía parar en sacar la cara y decir que era doña Mencía su mujer:
y aun a no impedírselo ella, temerosa de la ira de su padre, ya lo
hubiera hecho. En teniendo cartas don Alonso de que su padre había
llegado a Sevilla, al punto dio orden de lo que entre ellos había
quedado dispuesto.
Mal segura se hallaba doña Mencía y temerosa por ver a su hermano andar
desabrido con ella; y no queriendo ya aguardar a algún lance peligroso,
un día, acabando de comer, viendo a su hermano que se había ido a su
cuarto, se entró en aquella cuadra por donde hablaba a don Enrique,
cuya reja caía a las espaldas de la casa, que era donde ella se tocaba,
por detrás de la en que ella tenía su cama, y se puso a escribir un
papel a su esposo, pidiéndole se viese aquella noche con ella para
disponer sus cosas; y acabando de escribirle, don Alonso, que no se
descuidaba, y había estado acechando lo que hacía, habiendo enviado
al paje de propósito fuera, y dejando cerradas en su mismo cuarto dos
doncellas y una criada de cocina que había, amenazándolas con la muerte
si chistaban, entró en el aposento de su hermana tan paso, que sin
poder prevenir guardar el papel, le cogió cerrándole; y como se le
quitó y le leyó, aunque la triste dama quiso disculparse, no le bastó
ninguna cosa que en abono suyo intentase decir.
Saliose don Alonso fuera, y cerrándola con llave, se salió a la puerta
de la calle, donde se estuvo hasta que vio pasar un clérigo, al cual
llamó, diciéndole entrase a confesar una mujer que estaba en grande
peligro de muerte.
Hízolo así el sacerdote, y entrando dentro y don Alonso con él,
harto espantado de no ver en toda la casa persona alguna, llegaron
al retrete, y abriendo don Alonso la puerta le dijo que entrase y
confesase aquella mujer que estaba allí, porque al punto había de morir.
Asustose el sacerdote, y dijo que por qué causa quería hacer crueldad
semejante.
—Padre —respondió don Alonso—, eso no le toca a usted, ni a mí el
darle cuenta por qué la tengo de matar: confesarla es lo que le piden,
y si no lo quiere hacer, váyase con Dios, que sin confesar la mataré.
Viendo pues el clérigo la determinación de don Alonso, entró y confesó
a doña Mencía, la cual con muchas lágrimas lo hizo, deteniendo al
clérigo para entretener algún poco más la vida, como le contó él mismo
después.
Acabada de confesar la dama, el sacerdote salió, y con palabras muy
cuerdas y cristianas quiso reducir a don Alonso, diciéndole que mirase
que aquella señora no debía aquella muerte, por cuanto su delito no
pasaba a ofensa, supuesto que no era más que deseo de casarse, sin
haber habido agravio ninguno de por medio; que temiese la ofensa de
Dios y su castigo.
—Bien estoy en esto, padre —respondió el airado mozo—; yo sé lo que
tengo de hacer, y nunca dé consejo a quien no se le pide. Lo que yo le
ruego es que en estos ocho días no diga a nadie esto que aquí ha visto;
porque si lo contrario hace, le he de hacer menudas piezas.
Temió tanto el clérigo que, no dudando que estaba tan en peligro
como la dama, habiéndoselo prometido, no vio la hora de verse fuera
de aquella casa, y aun después no acababa de asegurarse si estaba en
salvo; por lo cual no se atrevió a dar cuenta del caso hasta que estuvo
público.
Ido el sacerdote, don Alonso volvió a entrar donde estaba la desdichada
dama, y dándola tantas puñaladas cuantas bastaron a privarla de la
vida, se salió, y cerrando el retrete, se dejó la llave en la misma
puerta, y luego aguardando a que viniese el paje, le dio el papel de
doña Mencía y le mandó se le llevase a don Enrique, diciéndole que
dijese se le había dado su señora, y que luego le fuese a buscar a casa
de aquellas señoras donde solía ir y que le aguardase allí hasta que él
fuese.
Con esto, cerrando la puerta de la casa, se fue a la de un amigo que
debía de ser de las mismas mañas que él, a quien pidió le acompañase
aquella noche en un caso que se le había ofrecido, y hallando en él la
ayuda que buscaba, se estuvo en la misma casa del amigo retirado hasta
que fuese hora de ir a él.
Dio el papel de doña Mencía a don Enrique el paje, y habiéndole
respondido de palabra dijese a su señora haría lo que le mandaba, se
fue donde su amo le había dicho le esperase.
Mucho extrañó don Enrique llevase el paje de don Alonso el papel;
porque desde que se había ido Gonzalo a Sevilla, doña Mencía no
le escribía sino por una criada, y a no conocer la letra de la dama,
casi le pusiera en confusión de algún engaño; mas pensó que alguna gran
novedad debía de haber, pues le escribía con diferente mensajero, y no
veía la hora de ir a saberlo.
Así que vio que habían dado las once, hora en la que la dama le
hablaba, por ser en la que su casa estaba sosegada; solo, porque
siempre iba así, aunque apercibido de armas bastantes, se fue a la casa
de su dama y llegando a su reja la vio cerrada, porque don Alonso la
había dejado así; y haciendo la seña por donde se entendían, como vio
que ni a una vez, ni a dos, ni a tres salía, llegó a la reja y paso
tocó en ella, y apenas puso la mano, cuando las puertas de todo punto
se le abrieron con un grandísimo estruendo, y alborotado con él, miró
por ver que en el pequeño retrete había gran claridad, no de hachas
ni bujías, sino de una luz que solo alumbraba en la parte de adentro,
sin que tocase a la de afuera; y más admirado que antes, miró con más
cuidado y vio al resplandor de ella a la hermosa dama tendida en el
estrado, mal compuesta y bañada en sangre, que con estar muerta desde
medio día, corría entonces de las heridas como si se las acabaran de
dar, y junto a ella un lago de sangriento humor.
A vista tan lastimosa quedó don Enrique casi sin pulsos, y a su parecer
juzgó que ya el alma se le apartaba del cuerpo, sin tener valor para
apartarse ni allegarse; porque todo el cuerpo le temblaba como si
tuviera un grande accidente de cuartana; y más fue cuando oyó que de
donde estaba el sangriento cadáver salía una voz, muy débil y delicada,
que le dijo:
—Ya, esposo, no tienes que buscarme en este mundo, porque ha más de
nueve horas que estoy fuera de él; pues aquí no está más de este triste
cuerpo sin alma, de la suerte que le miras. Por tu causa me han muerto,
mas no quiero que tú mueras por la mía, que quiero me debas esta
fineza; y así te aviso que te pongas en salvo y mires por tu vida, que
estás en muy grande peligro; y quédate a Dios para siempre.
Y acabando de decir esto, se tornaron las puertas de la ventana a
cerrar con el mismo ruido que cuando se abrieron.
Quedó de lo que había oído, sobre lo que había visto, tal don Enrique
que, casi tan difunto como su malograda esposa, faltábale de todo punto
el ánimo y el valor; y no es maravilla, pues por una parte el dolor
y por otra el temor le dejaron poco menos que mortal; tanto que ni
moverse de allí ni aun alentar le era posible.
Ya cuando esto sucedió, don Alonso y su amigo estaban en la calle,
aunque no sintieron el ruido ni vieron abrir la ventana; mas seguros
de que era don Enrique, pensando, como le veían parado, que estaba
aguardando que le abriesen; el uno por la una parte y el otro por
la otra le vinieron cercando, y cogido en medio, sin poder el pobre
caballero defenderse con la turbación que tenía, aunque vio acometerse,
ni se pudo aprovechar de una pistola que traía, ni meter mano a la
espada; y de dos estocadas que a un tiempo le dieron le tendieron en
el suelo, donde caído le dieron veinte y dos puñaladas, y dejándole
casi muerto se pusieron en fuga, porque a las voces que dio pidiendo
confesión, empezó a salir gente y sacar luces.
En fin, vieron que don Alonso se fue a casa de las ya dichas y el
amigo a un convento: la gente que se juntó llegaron a don Enrique y le
hallaron sin sentido; y estando trazando el llevarle a su casa, porque
de todos era bien conocido, llegó la justicia, y haciendo su oficio,
no pudieron averiguar más de que a las voces que aquel caballero había
dado, pidiendo confesión, habían salido, y hallándole en el estado que
le veían, y revolviéndole, conocieron que no estaba muerto.
En fin, le llevaron a su casa, dando con su vista la pena a sus padres,
que era razón tener por ser único, y llamando quien le tomase la
sangre, le desnudaron y pusieron en la cama, donde estuvo de este modo
hasta la mañana, que volvió en sí, permitiéndolo Dios nuestro Señor
para que se supiese el lastimoso fin de doña Mencía; porque aunque la
justicia, habiendo llamado a las puertas de don Pedro y no respondiendo
nadie, admirados y confusos de ver tanto silencio como en la casa
había, quisieron dar orden de romper las puertas, mas no lo hicieron
hasta que don Enrique, si volvía, diese su declaración; porque como don
Pedro era tan principal y poderoso, todos le guardaban en la ciudad el
debido respeto y decoro.
Vuelto en sí don Enrique, y dándole una sustancia, cobrando algo del
ánimo perdido, pidió que luego juntamente llamasen al confesor, y al
corregidor también, y venidos delante del que le había de confesar,
contó al corregidor todo lo que aquella noche le había sucedido,
pidiendo se fuese a casa de don Pedro, y rompiendo, si no abrían la
puerta, viesen si había sido verdad o alguna ilusión fantástica; si
bien por aquel papel que de su esposa había recibido y las heridas que
le habían dado, lo tenía por verdad.
Mientras el corregidor fue a averiguar el caso, admirado de lo que
contaba el herido, este se confesó y recibió el Santísimo Sacramento,
hallándole los cirujanos muy de peligro.
El corregidor y sus ministros fueron a casa de don Pedro; llamaron, y
como no respondiese nadie, derribaron la puerta, y entrando, no hallaron
a nadie, y yendo de una sala en otra hasta llegar al retrete, que,
como he dicho, estaba la llave en la puerta, y abriendo hallaron a
la hermosa y desdichada doña Mencía de la misma suerte que decía don
Enrique haberla visto: las heridas y sangre que de ellas corría estaban
como si entonces se acabaran de dar: junto a ella estaba un bufetillo
con recado de escribir, y en unos pliegos de papel, que había encima,
estaba escrito:
«Yo la quité la vida, porque no mezclara mi noble sangre con la de un
villano.
DON ALONSO.»
Visto esto, anduvieron toda la casa por ver si había alguna gente, y
en un aposento, al último de otro cuarto que estaba en frente del que
acababan de mirar y donde estaba la difunta dama, oyeron dar gritos, y
abriendo con la llave que asimismo estaba en la cerradura, hallaron las
dos doncellas y la criada de doña Mencía, de quienes no pudieron saber
más de que don Alonso, el día antes, habiéndolas llamado, las había
encerrado allí, amenazándolas con que si daban voces las había de matar.
Diose orden de depositar el cuerpo de doña Mencía en la parroquia hasta
que se determinase otra cosa, y haciendo la justicia sus embargos,
como de oficio le tocaba, llamaron a don Alonso a pregones, avisando a
Sevilla para que prendiesen a don Pedro; mas él, probando la coartada,
de presto le dieron por libre: y tomando por excusa no haber estado en
la parte en que había sucedido el fracaso de su amada hija, se quedó
viviendo en Sevilla.
Divulgose por la ciudad el suceso y entonces acudió el clérigo que
había confesado a doña Mencía a contar lo que le había sucedido.
Don Enrique llegó muy al cabo; mas Dios, por intercesión de su Madre
santísima, a quien prometió, si le daba vida, ser religioso, se la
otorgó; y así lo hizo, que se entró fraile en un convento del seráfico
padre san Francisco, y con mucha parte de su hacienda labró el
convento, que era pobre, y una capilla con una aseada bóveda, donde
pasó el cuerpo de su esposa; habiendo muchos testigos que se hallaron
presentes a su translación, que aseguraron que, con haber pasado un año
que duró la obra, estaban las heridas corriendo sangre como el mismo
día que la mataron, y ella tan hermosa que parecía no haber tenido
jurisdicción alguna la muerte en su hermosura.
Don Alonso, habiendo estado ocho días con su paje escondidos en casa
de aquellas damas con Clavela, al cabo de ellos, como estaba bien
prevenido de joyas y dineros, que antes de salir de su casa había
tomado, dejando al paje durmiendo, se partió una noche la vuelta de
Sevilla para despedirse de su padre y caminar a Barcelona, donde tenía
determinado embarcarse para pasar a Italia.
El paje, cuando despertó y supo que su amo le había dejado, se salió
del encierro, contando por la ciudad como su amo había estado en
aquella casa ocho días, y como los había oído hablar de la muerte de su
señora y heridas de don Enrique, por lo cual las tales damas estuvieron
presas y a pique de darlas tormento; mas donde hay dinero todo se
negocia bien.
El amigo de don Alonso, como contra él no había indicio alguno, por
estar el secreto entre los dos, en viendo sosegados estos alborotos,
salió libremente a la calle.
Don Alonso estuvo con su padre en Sevilla solos dos días, porque
como sabía que estaba llamado a pregones y sentenciado en ausencia a
cortarle la cabeza, no paró allí más, antes se partió para Barcelona,
donde se embarcó y con próspero viaje llegó a la ciudad de Nápoles,
donde sentó plaza de soldado, por no dar que decir de que estaba allí
sin ocupación alguna; y socorrido largamente de su padre, pasaba una
vida ociosa, jugando y visitando damas.
Ayudole a darse tanto al vicio haber tomado amistad con un jenízaro,
hijo de español y napolitana, hombre perdido y vicioso, tanto en
glotonerías como en lo demás; y como don Alonso tenía dineros,
hallábase bien con él, ganándole la voluntad con lisonjas. Este era
clérigo salvaje, y porque no se extrañe este nombre, digo que hay
en Italia unos hombres que, sin letras ni órdenes, tienen renta por
la iglesia solo con andar vestidos de clérigos, y llámanlos prestes
salvajes, y así lo era Marco Antonio, que este era su nombre.
Luego que tuvo aviso don Pedro de que su hijo estaba en Nápoles y tenía
sentada plaza, le diligenció muchas cartas de favor, por las cuales el
excelentísimo señor conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, que
era virrey de aquel reino, le dio una bandera, con la cual estaba don
Alonso tan contento y olvidado de la justicia divina, y de la inocente
sangre de su hermana que había derramado tan sin causa como se ha
visto, que dio en enamorarse; cosa que hasta entonces no había hecho,
pues aunque había tenido amistad con Clavela, más había sido apetito
que amor, y aun en esta ocasión lo pudiera excusar.
Estaba en la ciudad un caballero entretenido, como hay en ella muchos,
cuyo nombre es don Fernando de Añasco, español y caballero de calidad,
y que había sido capitán de infantería: este tuvo un hijo que casó
allí con una señora de prendas, aunque no muy rica, y dejándola
cinco hijas, murió; y visto por don Fernando que la nuera y nietas
estaban necesitadas, las trajo a su casa: las dos mayores se entraron
religiosas en el convento de la Concepción, de la misma ciudad, porque
estando velando juntas una noche, cayó entre las dos un rayo y no
las hizo mal, y ellas, asombradas de esto, no quisieron estar más en
el siglo: las otras dos casaron por su hermosura, sin dote, con dos
capitanes.
Quedó la menor y la más hermosa, llamada doña Ana, y tan niña que
apenas llegaba a quince años: mas como su madre y abuelo habían gastado
tanto con las dos monjas, no tenían qué darla, ni aun para vestirla
sino con un moderado aseo, y con todo eso sobresalía tanto su belleza
que ninguna de la ciudad (con haber muchas) la igualaba, y ella excedía
a todas: mas no le había llegado su ventura como a sus hermanas, porque
la estaba aguardando su desventura.
Viola don Alonso y enamorose de ella, y, enamorado, dio en galantearla
con las tretas que todos los hombres galantean, o, por mejor decir,
engañan, que este arancel todos le saben de memoria.
¡Ay de aquellas que los creen! ¡Y ay de doña Ana, que se dejó ver de
don Alonso, que no fue para ella amante sino el hado fatal que la
ocasionó su desgracia! Noble, honesta, recogida y hermosa era doña Ana,
¿mas de qué la sirvió si nacía desgraciada?
Hacíale, como dicen, rostro; lo uno, porque sabía quién era y su rico
mayorazgo después de la vida de su padre: lo otro, porque cuanto al
talle, bien merecía ser querido; y quiso probar la suerte por ver
si acertaba, como sus hermanas, mas no porque se alargase más en
los favores que le hacía, que a dejarse ver en la ventana y oír con
gusto alguna música que la daba, que en esto aun con más extremos
se adelantan en Italia que en otras partes, porque son todos muy
inclinados a ella.
Diola una don Alonso una noche, cantando él mismo a una vihuela este
romance, tomando por asunto no haber ido doña Ana a un jardín, por
llover mucho, donde habían de ir a holgarse su madre y hermanas con
otras amigas; que como don Alonso estaba enamorado, siempre andaba
inquiriendo las salidas de la dama, por mostrarla su cuidado en ellas,
y esto se lo había dicho un criado de su casa.
En fin, el romance era este:
Llorad, ojos, pues las nubes
Han hecho conjuración,
Por quitar que no gocéis
Los rayos de vuestro sol.
Si para los desdichados
Hasta la muerte faltó,
¿Cómo queréis ver la vida,
Pues tan desdichados sois?
Esclavos sois de buen dueño;
No os quejaréis, que no os dio
Todo cuanto pudo daros
La fortuna de favor.
Solo con este consuelo
Vivo alegre en mi pasión,
Que es gloria por tal belleza
Pasar penas y dolor.
Detened, nubes, el agua,
Pues con mis ojos les doy
Bastante censo a los ríos,
Que ya por mí mares son.
Y tú, Anarda de mi vida,
No te dé agua el temor;
Más agua vierten mis ojos;
Y con más justa razón.
En el fuego que me abraso,
Como la fragua es amor,
Con agua nunca se apaga,
Antes crece con su ardor.
Muerto de mis propias penas,
Y en ellas penando estoy:
Que es purgatorio tu ausencia,
Tu vista gloria mayor.
En el infierno las almas
Penan, que los cuerpos no;
Aquí penan alma y cuerpo
Juntos, por una razón.
¿Cuándo en la gloria de verte
Se acabará mi dolor?
¿Y cuándo he de verte mía,
Que es el premio de mi amor?
Ya la esperanza me alienta,
Ya me desmaya el temor,
Ya fío en tu cortesía,
Y ya temo tu rigor.
Mas en mirando estas nubes,
Me falta todo el valor,
Que hasta las nubes persiguen
Los que desdichados son.
Sal a alumbrarme, sol,
Que se me anega el alma de dolor.
Con estos y otros engaños (que así los quiero llamar) andaba don Alonso
solicitando la tierna y descuidada corderilla, hasta cogerla para
llevarla al matadero, no acordándose de que había traído al mismo a la
hermosa doña Mencía su hermana.
Se pasaron en solicitudes amorosas muchos días, y como con ella no
granjeaba más favores de los ya dichos, andaba desesperado, de lo cual
su amigo Marco Antonio había estado ignorante hasta que, ya a los
últimos días, viéndole melancólico y desesperado, le dijo:
—Cierto, don Alonso, que aunque pudiera quejarme de vuestra amistad,
no teniéndola por muy segura, pues encubrís de mí vuestra pasión
amorosa, dando lugar a que la sepa de otra parte primero que de vuestra
boca, no me quiero sentir agraviado de ello, antes, compadecido de
vuestra pena, me quiero ofrecer para el remedio de ella; que tengo por
seguro no habrá en todo el reino de Nápoles quien mejor que yo os dé
la prenda que deseáis: mas he menester saber qué intento es el vuestro
en este galanteo a doña Ana de Añasco; porque si la pretendéis menos
que para esposa, os certifico que perderéis tiempo, porque en doña Ana
hay mayores virtudes de las que admiráis en su hermosura, pues demás
de ser muy recatada y honesta, en calidad no os debe nada, porque su
padre tuvo el hábito de Santiago por claro timbre de su nobleza: no es
ella rica, que la fortuna hace esos desaciertos: a quien no lo merece
da muchas prosperidades, negándoselas a los que con justa causa debían
darse; de modo que si la amáis para dama, os aconsejo os apartéis de
esa locura porque no sacaréis de ella al cabo de mucho sino lo que
habéis sacado hasta hoy; y si la deseáis por esposa, que lo cierto es
que os merece tal, dejadme a mí el cargo, que antes de seis días la
tendréis en vuestro poder.
—No me tengáis, amigo Marco Antonio —respondió don Alonso—, por
tan ignorante que había de pretender a doña Ana para menos que para
mi esposa; pues no ignoro que de otra suerte no he de ser admitido;
y si bien pudiera retirarme de este pensamiento la poca hacienda que
tiene, de lo que estoy bien informado, no reparo en eso, aunque la
condición avarienta de mi padre me pudiera dar temor, pues yo tengo
bienes, gracias al cielo, para los dos; y mi padre no tiene otro hijo
sino a mí: su hermosura y nobleza, junto con su virtud, es lo que yo
en doña Ana estimo, y así, perdiendo el enojo de no haberos dado parte
de este amor desde el principio, os suplico, pues aseguráis que tenéis
poder para ello, me hagáis dueño de tal belleza, que con eso me juzgaré
dichosísimo.
Prometióselo Marco Antonio, y tomando la mano en ello, lo supo negociar
tan bien, dándole a entender a don Fernando lo que granjeaba en tener
por yerno a don Alonso, contándole cuán gran caballero y rico era don
Alonso, que antes de un mes estaba desposado con doña Ana, tan contenta
ella, su madre y abuelo con el venturoso acierto, que les parecía
tener toda la ventura del mundo por suya.
Había poco que don Pedro había enviado a su hijo letras de cantidad,
con lo que él puso su casa, que fue en la misma de don Fernando,
eligiendo don Alonso para sí un cuarto en frente del suyo, que no tenía
más división que un corredor.
Sacó galas a doña Ana, con que mostraba más su hermosura, manifestando
don Alonso el primer año en su alegría su acierto. A los nueve meses
les dio el cielo un hijo, que llamaron como a su abuelo paterno, don
Pedro, al cual doña Ana su madre quiso criar a sus pechos.
Bien quisiera don Alonso que no supiera su padre que se había casado,
temeroso de lo mal que lo había de recibir, y por no perder el socorro
que todos los más ordinarios le enviaba: mas como nunca falta quien por
meterse en duelos ajenos haga más mal que bien, se lo escribieron a su
padre, el cual, como lo supo, loco de enojo, le escribió una carta muy
pesada, diciéndole en ella que ni se nombrase su hijo ni le tuviese por
padre; pues cuando entendió que le diera por nuera una gran señora de
aquel reino, que engrandeciera su casa de calidad y riqueza, añadiendo
renta a su renta, se había casado con una pobre mujer que antes servía
de afrenta a su linaje que de honor; y que si le tuviera presente,
hiciera de él lo que él había hecho de su hermana: mas pues estaba
tan contento con su bella esposa que sin comer se podía pasar, o que
lo ganase como quisiese, que no le pensaba enviar un maravedí, antes
determinaba dar tan buen cabo de su hacienda, que cuando él muriese, no
hallase ni una sombra de ella; que más quería jugarlo a las pintas que
no que la gozase la señora doña Ana de Añasco.