Así estuvieron hasta la noche, que llevaron el cuerpo de doña Blanca

a la bóveda de la capilla del príncipe, para que acompañase al de la

señora Marieta; y a doña María y las otras damas españolas a una torre,

teniendo a esta hora en otra a los criados españoles, con el confesor,

que no había tenido lugar de irse, menos don Gabriel, que la noche

antes se había partido, donde estuvieron muchos días, y estuvieran

hasta que acabaran si don Gabriel no diligenciara el modo de su

libertad, pues así que llegó a Amberes halló allí al hermano de doña

Blanca, que había llegado aquel día, y dándole cuenta de lo que pasaba,

loco de dolor, juntando la gente de guerra vino contra el príncipe,

pensando llegar a tiempo porque, como todos los criados estaban presos,

no sabían si se había ejecutado la muerte de doña Blanca, hasta que

cerca del estado cogieron uno de la misma ciudad, quien les dijo lo que

pasaba, por estar ya público, y también cómo los príncipes, padre e

hijo, siendo avisados de su venida, estaban puestos en defensa; mas no

les valió, que ellos y muchos de sus valedores pagaron con las vidas la

muerte de la inocente doña Blanca, siendo su hermano para ellos fiero

león, tal era la mortal rabia que tenía: mas todo esto no fue hecho tan

presto que los pobres criados y criadas no estuviesen más de cuatro

años presos, pasando mil lacerías y trabajos; mas Dios les guardó en

tantas penas la vida para que saliesen a gozar su amada libertad.

También sacaron el cuerpo de doña Blanca para traerle a España, que

estaba tan linda como si entonces acabara de morir (señal de la gloria

que goza el alma); y las cosas que su hermano hacía y decía eran

capaces de enternecer a un mármol.

Don Gabriel y doña María, ya casados, con las demás damas y criados

vinieron a traer el hermoso cadáver, donde ya sosegados en su amada

patria, tuvieron una hija cuyo nombre fue el mismo de su madre; y

esta hija, llegando a edad de tomar estado, por su hermosura casó con

un deudo muy cercano de doña Blanca, que fueron mis padres, a quienes

juntamente con mis abuelos oí contar esta tan lastimosa historia y

verdadero desengaño que habéis oído, y os doy tan larga cuenta de ella

porque creáis su verdad, como la contaban los que la vieron con sus

mismos ojos.

Vean ahora las damas si hay en este desengaño bien en qué desengañarse,

y los caballeros en qué retractarse de su mala opinión de que todas las

mujeres padecen culpadas.

Eran a esta ocasión, que dio fin doña Luisa, tan tiernos los

sentimientos de las damas y la admiración de los caballeros que, aunque

veían que había dado fin, todos callaban, si no era con los ojos,

lenguas del alma; hasta que don Juan, viendo la suspensión de todo el

auditorio, volviéndose a la hermosa doña Isabel, la dijo:

—Cantad, señora, alguna cosa que divierta esta pasión, para que la

señora doña Francisca empiece con otra a renovar nuestra terneza; que

yo, en nombre de todos estos caballeros y mío, digo que queda tan bien

ventilada y concluida la opinión de las damas desengañadoras, y que con

justa causa han tomado la defensa de las mujeres, que por conocerlo

así nos damos por vencidos y confesamos que hay hombres que, con sus

crueldades y engaños, condenándose a sí, disculpan a las mujeres; y

oyendo todos los caballeros lo que don Juan decía, respondieron que

tenía razón; con lo cual, sin dar lugar a las damas que moralizasen

sobre lo referido, pues veían que los caballeros, rendidas las armas de

su opinión, se daban por rendidos a la suya, la hermosa doña Isabel y

los músicos cantaron así:

Lástima tengo, ojos míos,

Que estáis ciegos y cansados

A puro sentir desprecios,

Y a puro llorar agravios.

Si ya vivís satisfechos

Que servís a dueño ingrato,

Que el oro de vuestro amor

Le paga con plomo falso.

Y que cuando le aguardáis

Con caricias y regalos,

A pesar de vuestras penas,

Reposa en ajenos brazos.

¿Para qué os atormentáis,

Para qué os estáis cansando,

Si en taza de amargos celos

Os da a beber desengaños?

Si es que lloráis, ojos míos,

Venturas que ya pasaron,

Advertid, que de esas glorias

No hallaréis senda ni rastro.

Y si pensáis restaurar

Lo perdido con el llanto,

Sabed que en agua escribís

Los gustos que ya pasaron.

Cuando más os ve rendidos,

De vosotros no hace caso;

Que tratar mal al humilde

Es condición de tiranos.

Si veis que no se lastima,

Aunque excusa vuestro llanto,

Decidme ya: ¿qué esperáis,

O de qué sirve cansaros?

Más seguro será huir;

Mas responderéis, llorando:

¿Cómo he de huir de la vida,

Cuando la tengo en tus manos?

Mas pues veis que no medráis,

Ojos, buscad nuevo amo;

Con lágrimas respondéis,

No queréis ejecutarlo.

Pues advertid que si amor

Se rinde a nuevos cuidados,

Con quien más le sirve tiene

La condición de villano.

Pues no os podéis engañar,

Aunque queréis disculparos,

Que bien conocéis el daño

De quien es el vuestro esclavo.

Pues sufrir y padecer,

Sujetos a un ciego engaño,

Eso es quitaros la vida

Con tormento dilatado.

Gloriosa vive Castalia,

Vosotros morís rabiando;

¿Pues cómo no echáis de ver

Que es grande hechicero el trato?

¡Ay, cuitados de vosotros,

Qué poco remedio os hallo,

Si no os vais a retraer

Al templo del desengaño!

Pues si esperáis a que el tiempo

Haga en vosotros milagro,

Pasa en los bienes apriesa,

Como en los males despacio.

Decid, ¿qué pensáis hacer?

Mas ya respondéis callando,

Que presos por voluntad,

Jamás la prisión dejaron.

Morir amando,

Que el valiente en la lid

No deja el campo.

NOCHE OCTAVA.

DESENGAÑO OCTAVO.

EL TRAIDOR CONTRA SU SANGRE.

En tanto que duró la música, que todos escucharon con gran gusto,

oyendo en este romance trocados los últimos versos de uno que hizo

aquel príncipe del Parnaso, Lope de Vega Carpio, cuya memoria no

faltará mientras el mundo no tuviere fin, habían trocado asiento doña

Luisa y doña Francisca su hermana, que era a quien tocaba el último

desengaño de esta octava noche, no muy segura de salir victoriosa como

las demás; pero viendo era fuerza, se alentó, y encomendándose a la

ventura, comenzó de esta suerte:

—Que los hombres siempre lleven la mira a engañar a las mujeres,

no me persuado a creerlo; pues que algunos habrá que con la primera

intención, o aficionados a la hermosura, o rendidos al agrado, o

engolosinados de la comodidad, amen, esto téngolo por certísimo: que

se cansan presto, y cansados, o se entibian, o aborrecen y olvidan, es

seguro: mas que hay muchos que engañan, ¿quién lo puede dudar? Pues

todas las veces que yo dijere que deseo una cosa, teniéndola, engaño,

pues lo que poseo no lo puedo desear; ¿y cómo el casado, teniendo a su

mujer, busca otra?

No es respuesta el decir: «Haralo porque es más hermosa, más graciosa

o más agradable»; porque le responderé: «Cuando amaste esa, ¿no la

hallaste con todas esas gracias? ¿Sí? Pues mírala siempre con ellas, y

será siempre una, y no engañes a otra diciendo que la quieres amar y

servir. No amas ni sirves a la que tienes en casa, ¿y lo harás a la que

buscas fuera?»

Y lo mismo es el galán con la dama, y de estos engaños que ellos hacen,

las mujeres dan la causa, pues lo creen; y así no me maravillo que los

hombres las condenen.

No quieren los hombres confesar que engañan, que eso fuera preciarse

de un mal oficio, antes, publicando buen trato, culpan a las mujeres

de que no le tienen bueno; y si los apuran, dicen: «¿Para qué se dejan

ellas engañar?» Y tienen razón, que hay mujer que es como el ladrón

obstinado, que aunque ve que están ahorcando el compañero, está él

hurtando. Ven a las otras lamentarse de engañadas y mal pagadas, y sin

tomar escarmiento, se engañan ellas mismas.

¿Por qué yo me he de engañar de cuatro mentiras bien afectadas que me

dice el otro, asegurándome que se guardó para mí intacto y puro, sin

tener otras ciento a quienes dice otro tanto? Y luego me engaño. Bueno

está el engaño. Anda, boba, que tú te engañaste, que a los hombres no

se les ha de creer sino cuando dicen: «_Domine, non sum dignus_».

Aficionose un galán por las nuevas que había oído de una dama, o lo

fingía (que era lo más seguro); trató de verla, no lo consintió; dio en

escribirla, y ella, por lo galante, le respondía de lo acendrado, de lo

cariñoso, de lo retórico, y él siempre hacía sus fuerzas por verla, mas

ella lo excusó hasta que el tal hubo de hacer una jornada.

Partió con su deseo, prometiendo la correspondencia, porque él amaba,

según decía, el alma y no el cuerpo: a dos leguas no se acordó más de

tal amor, mas ella, que, cuerda, conocía el achaque, no había caminado

una cuando ya lo tenía olvidado, porque a la treta amarla con treta,

que de corsario a corsario no hay que temer.

Esto es, señoras mías, no dejarse engañar, y mientras no lo hiciéredes

así, os hallaréis a cada paso en las desdichas en que hoy se hallan

todas las que tratan de estos misterios más dolorosos que gozosos.

Lo que siento mal de los hombres es el decir mal de ellas, porque si

son buenas, no cumplen con las leyes divinas y humanas en culpar al

que no tiene culpa; y si son malas, no es menester decir más mal que

el que ellas mismas dicen de sí con sus malas obras; y con esto ellos

mostrarán su nobleza, y ellas su civilidad; mas ya me parece que no

habrá en eso enmienda, y así, trataremos de salir con nuestra intención,

que es probar que hay y ha habido muchas buenas, y que han padecido y

padecen en la crueldad de los hombres sin culpa; y dejemos lo demás,

porque tengo por sin duda que están ya tan obstinados los ánimos de los

hombres contra las mujeres que ha de ser trabajo sin fruto, porque

como no encuentran con las buenas, no se quieren persuadir que las

hay, y esa es su mayor ignorancia, que si las que hallan a cada paso

y a cada ocasión en las calles, por los prados y riscos, de noche y

de día, pidiendo y recibiendo, y muchas dando su opinión a precio del

vicio, fueran buenas, no las hallaran, y crean que esto es lo cierto;

y conociendo en la libertad de su trato lo que son, no se quejen,

sino vayan con advertimiento que la que busca, en pasando aquello que

halla, buscará otro tanto, y cuando no lo encuentre lo irá a buscar a

los infiernos; y de las que buscan a todos no esperen sacar más que

agravios, si lo son; porque yo tengo por seguro que el mayor es el que

les hicieren en las bolsas, que los demás no lo son, pues saben que

aquel es su oficio.

Con esto he dicho lo que siento: lo diré en mi desengaño en razón

de la crueldad de los hombres e inocencia de muchas mujeres que han

padecido sin culpa.

No ha mucho más de veinte y seis años que en una ciudad de las nobles

y populosas de la Andalucía, que a lo que he podido alcanzar es la

insigne de Jaén, vivía un caballero de los nobles y ricos de ella, cuyo

nombre es don Pedro, hombre soberbio y de condición cruel.

A este le dio Dios (no sé si para sus desdichas) un hijo y una hija, y

digo que no sé si fue ventura o desgracia el tenerlos, porque cuando

los trabajos no se sienten no son trabajos, que el mal no es mal cuando

no se estima por mal, que hay corazones tan duros o tan ignorantes que

de la misma suerte reciben el trabajo que el gusto; y si bien dicen que

es valor, yo le tengo por crueldad.

El hijo tenía por nombre don Alonso, y la hija doña Mencía; hermosa es

fuerza que lo sea, porque había de ser desgraciada; demás que parece

que compadece más la desdicha en la hermosa que en la fea; virtuosa

era fuerza, siendo noble; amada, ella misma con la afabilidad y noble

condición se lo granjearía; deseada y apetecida, ¿qué mujer rica de

naturaleza y fortuna no lo es? Pues parece que por lo admirable de

ver juntas en una mujer nobleza, hermosura, riqueza y virtud, no solo

admira, mas es imán que se lleva tras sí las voluntades; y teníalas

doña Mencía tan granjeadas que, no solo en su misma tierra, mas en las

apartadas y cercanas tenía su fama jurisdicción, por lo cual había

muchos que la deseaban por esposa y se la habían pedido a su padre;

mas él, deseoso de que toda la hacienda la gozase don Alonso, teniendo

intento de que doña Mencía fuese religiosa, la negaba a todos cuantos

le trataban de merecerla dueño.

A quien más apretó el deseo o el amor de doña Mencía fue a un caballero

natural de la ciudad de Granada, que asistía en la de Jaén, algunos

años había, por haberse venido sus padres a vivir a ella, trayéndole

muy pequeño; la causa se ignora, solo se sabía que era abastecido de

riquezas en tanta suma que, siendo su padre de los más poderosos de la

ciudad, cualquiera de los caballeros de ella, cuando en don Enrique

no hubiera las partes de gala, bizarría y noble condición, por solo

la hacienda tuvieran a suerte emparentar con él, y la tenían por muy

buena en tenerle por amigo, porque hallaban en su liberalidad muchos

desahogos para algunas ocasiones de necesidad; siendo de este número

don Pedro y su hijo.

Mas como la soberbia de don Pedro predominaba en él más que su nobleza,

no hacía dentro de sí mismo la estimación que a don Enrique se le

debía, efecto de no desearle como los demás para emparentar con él,

y esto nacía de saber no sé qué mancha en la sangre de don Enrique,

que don Pedro no ignoraba, que a la cuenta era haber sido sus abuelos

labradores, falta que, supuesto que se cubría con ser cristianos viejos

y con tanta abundancia de hacienda, no fuera mucho disimularla.

Enamorado de la hermosura y contento con la buena fama de doña Mencía,

se atrevió don Enrique a pedírsela a su padre y hermano por esposa,

quienes habiéndole respondido que doña Mencía quería ser monja, se

halló defraudado de merecerla, y desesperado por amarla; mas como los

amantes siempre viven de esperanzas, no la perdió del todo don Enrique,

pareciéndole que si llegase a alcanzar lugar en la voluntad de la dama,

importaba poco no tener la de su padre; pues, a todo riesgo, como ella

quisiese ser su esposa, todo el daño podía resultar en sacarla de su

poder, aunque no le diesen dote con ella, pues tenía bastantes bienes

para no sentir la falta de que doña Mencía no tuviese sino los de su

belleza y virtud.

Y con ese pensamiento se determinó a servir a doña Mencía y ganarla

la voluntad hasta conseguir su deseo y salir con su intención, y para

esto granjeó la voluntad de un criado de doña Mencía que la acompañaba

ordinariamente cuando salía fuera, aunque era pocas veces, por la

condición escrupulosa de su padre y hermano; los cuales ya la hubieran

encerrado en un convento, temerosos de que ella no se casase, viendo

que no trataban de casarla, a no haber visto en doña Mencía poca

voluntad a tal estado, y aguardaban a que viéndose encerrada, y no muy

querida de los dos, la obligase el aprieto de sus condiciones a elegir

el estado que ellos deseaban darle; y si bien don Enrique no ignoraba

que doña Mencía tenía otros pretensores que con el mismo intento que él

la solicitaban, fiado en su gentileza y riqueza, y en la ayuda que el

criado que había traído a sí con dádivas le prometía, dio principio a

su pretensión con este papel:

«Mi atrevimiento es grande, mas no mayor que vuestra hermosura, que

con esa no hay comparación, sino solo mi amor; forzado de él os he

pedido a vuestro padre por esposa, mas he sido tan desgraciado que

no le he merecido este bien, diciéndome que os tiene para religiosa.

Viéndome morir sin vos, me ha parecido que, si vuestra voluntad me

admite, importa poco que me falte la suya, pues no me hizo el cielo

tan pobre que tenga necesidad de su hacienda, si acaso por esto desea

poneros en el eterno cautiverio de la religión, quitando al mundo el

sol de vuestra hermosura y a mí la dicha de merecerla: mi intento es

que seáis mi dueño, aunque sea a disgusto suyo. Ya os he dicho cuanto

os puedo decir, y si os pareciere atrevimiento, tomad un espejo,

mirad vuestra belleza, y me disculparéis. Suplícoos, señora mía, que

por ser ingrata conmigo, no seáis cruel con vos, ni aguardéis a que

vuestro padre, quitándoos la libertad, me quite a mí la vida.»

No se descuidó el mensajero en dar el papel a su señora, la cual,

habiéndole leído, y considerando cuán tiranamente su padre y hermano,

por desposeerla de la hacienda, la querían privar de la libertad,

desesperada con la pasión y persuadida del criado, que puso todas

las fuerzas de su astucia diciéndola lo que ganaba en ser esposa de

don Enrique, su riqueza y prendas, aconsejándola no dejase perder la

ventura que le ofrecía el cielo, diciéndola que si no se casaba así, no

esperase serlo de mano de su padre, porque él sabía bien su intención,

que era quitarla la ocasión de que la hacienda, que toda la quería para

su hermano, se desmembrase, y otras cosas semejantes.

Pareciéndole a doña Mencía que el yerro de casarse sin gusto de su

padre con el tiempo se doraría; agradada de la graciosa persona de

don Enrique, a quien había visto muchas veces y tenía particular

inclinación, y porque había de ser desgraciada, que es lo más cierto

(pues aunque se dice que el sabio es dueño de las estrellas, líbrenos

Dios de las que inclinan desgracias, que aunque se teman y se aparte de

ellas, es necesaria mucha atención para que no ejecuten su poder), se

rindió al gusto de su amante, al consejo de su criado y, lo más cierto,

a su inclinación, y a pesar de esta suerte, al gusto de su padre, por

ser tan contrario al suyo.

De manera que hallando el amor entradas bastantes en el pecho tierno de

la dama, se apoderó de él, empezando desde aquel mismo punto a amar a

don Enrique, y a desearle y admitirle por esposo, respondiendo al papel

tan a gusto de su amante que, desde ese mismo día, se juzgó en posesión

del bien que deseaba; pues, viéndose favorecido, empezó a galantear y

servir a doña Mencía con paseos, si bien recatados por no alborotar

a su padre y hermano, con regalos y joyas que mostraban su amor y

riqueza, con músicas y versos en que era, si no muy acertado, por lo

menos no los pedía prestados a otros, todo dispuesto por la orden de

Gonzalo (que este era el nombre del criado), tercero de esta voluntad,

hablándose algunas noches, después de recogidos todos, por unas rejas

bajas que caían a las espaldas de la casa de doña Mencía, y eran de su

misma estancia, que por menos paseada aquella calle la tenía su padre

en ella, por donde una noche que doña Mencía le escuchaba, cantó don

Enrique al son de un laúd estas décimas:

De la memoria los ojos

Se quejan, y con razón,

Porque ella ni el corazón

No gozan de sus enojos:

A la pena dan despojos

Los ojos, pues en no ver

Con eterno padecer

Están; pero la memoria,

Gozando el bien, está en gloria

Porque llega a poseer.

Vieron los ojos el bien,

Mas la memoria ligera

Se le usurpó de manera

Que hace que sin él estén:

Ellos vieron, y no ven;

Ella no vio, y el bien tiene;

Ella cuando el bien no viene,

En sí le goza, y los ojos

Gozan lágrimas y enojos,

Hasta que el ver los despene.

La tabla, que al huésped llama,

Le aposenta y fuera queda,

Son los ojos, sin que pueda

Amor reparar su llama:

Es la memoria la cama

En que vos, señora, estáis;

Mas si a los ojos no dais

Parte del bien, que sois vos,

Yo os juro, mi bien, por Dios,

De que un esclavo perdáis.

No hay cosa que satisfaga

Al mal que sin veros tienen,

Y si los dejáis que penen,

No les dais segura paga:

No permitáis los deshaga

Su continuo padecer,

Pues supieron escoger

Tan divino dueño en vos;

Pagad, señora, a los dos

Lo bien que os saben querer.

Vuestro valor sin segundo

Celoso mi bien me tiene,

Temiendo que habrá quien pene

Por vos como yo en el mundo:

Los celos que tengo fundo,

Señora, en vuestro valor,

Porque si yo os tuve amor

El día que os llegué a ver,

Cualquiera os podrá querer

Que os llegue a ver en rigor.

De justicia, amor pudiera

Pretender esta victoria,

Mas haga misericordia

Lo que justicia pudiera:

De que hallaréis quien os quiera

Yo no lo puedo dudar,

Pero quien os pueda amar,

Dulce dueño, más que yo,

No le hay en el mundo, no,

Ni se ha de poder hallar.

Deidad sois, en quien mis ojos

Adoran de Dios el ser,

Pues que se ve su poder

En tan divinos despojos:

A vuestras plantas de hinojos

Os ofrezco cuanto soy,

Por esclavo vuestro estoy

En el rostro señalado,

El alma que ya os he dado,

Dos mil veces os la doy.

Causó la música (aunque sin ostentación de voces ni instrumentos, más

de la que alcanzó del cielo el que la daba) por novedad, admiración en

la vecindad; y temía al padre de doña Mencía, que su hermano no estaba

en casa, que, como mozo, se recogía tarde, ocupado en sus juegos y

galanteos; mas por la primera vez no hizo extremo alguno, considerando

en medio de su sospechoso recelo que podía ocasionarla alguna dama

de las que había en la vecindad, viendo que su hija parecía vivir

descuidada de galanteos y amores: en fin, pasó por esta vez en su duda,

porque aunque doña Mencía estaba junto a la reja, no la abrió, oyendo

que su padre no dormía, antes muy paso se acostó, y no negoció mal

en hacerlo, porque desde que don Enrique empezó a cantar, estaba don

Alonso en la calle, que venía a acostarse, mas como en ninguna ventana

de su casa vio gente, aunque enfadado, entrándose en ella, no se dio

por entendido de su enfado.

Vínose a eslabonar de suerte la voluntad de don Enrique y doña Mencía,

ayudados de los consejos y solicitudes de Gonzalo y de una doncella

suya, a quien doña Mencía dio parte de su amor, que por la misma

reja se hablaban, y delante de los criados se dieron fe y palabra de

esposos, con que don Enrique se juzgó dichoso y doña Mencía segura de

que su padre la hiciese fuerza para que tomase el estado que deseaba;

si bien temiendo la dama la ira de su padre, pidió a su amante que por

entonces no se hiciese novedad alguna, hasta ver si su padre mudaba

de intención, que se la concedió bien contra su voluntad, porque,

como amaba, quisiera verse en la posesión de su amada prenda, lo que

era imposible por la condición dicha de su padre y hermano, si no era

sacándola de su casa: tanta era la custodia con que la tenían; y aunque

causaba algún escándalo en los vecinos de la misma calle verlos hablar

de noche por la reja, no se atrevieron a estorbarlo por la soberbia

que en padre e hijo conocían, disculpando en parte a la dama por la

vida tan estrecha en que la tenían, no saliendo sino a misa, y eso

acompañándola su padre o hermano.

Cuando don Enrique se enamoró de doña Mencía tenía una dama casada, más

libre y desenvuelta; y como el verdadero amor no permite en el pecho

donde se aposenta compañía, al punto que amó a doña Mencía para hacerla

su esposa, se olvidó del de Clavela, en tanto extremo que ni verla ni

aun pasar por su calle fue posible acabarlo con él.

Clavela, sentida del desprecio y de la falta que la hacían las dádivas

y regalos de don Enrique, dio en inquirir y saber la causa, sospechando

que nuevos empleos le apartaban de ella, y encomendando el averiguarlo

a la solicitud de una criada, no la fue dificultoso, porque siguiéndole

de día y de noche vino a saber cómo hablaba con doña Mencía todas las

más noches por aquella reja; y conociendo las prendas de la dama, bien

conoció que era casamiento, porque por otra vía no se podía entender

que caminase aquel amor, y se resolvió a estorbarlo, aunque pusiese a

peligro su vida y la de los dos amantes.

¿Qué no intentará una mujer libre y celosa? Pues como tal buscó a don

Enrique, viendo que él no la buscaba a ella; y sobre muchos disgustos

que acerca del caso tuvieron, viendo que ni con lágrimas ni ruegos, ni

con amenazas, le podía volver a su amistad, se determinó a llevarlo

por camino más violento: pues aunque don Enrique se lo negó, como ella

estaba bien cierta de la verdad, no tuvo atención a más que a vengarse,

y la desdicha la dio modo para hacerlo.

Tenía esta dama amistad con unas señoras de la ciudad, madre e hija, de

lo bueno y calificado de ella, aunque en su modo de vida no se portaban

con la atención competente a su sangre, porque recibían visitas con

gran desdoro de su opinión, en cuya casa entraba familiarmente don

Alonso, y aun ellas visitaban algunas veces a su hermana; porque aunque

por su modo de vida las más principales de la ciudad se negaban a su

casa, no las podían impedir venir a las suyas.

En esta casa había visto don Alonso a Clavela, y aun no le había

parecido mal, sino que se le había ofrecido por muy suyo, y aun dicho a

las expresadas señoras la hablasen de su parte. No ignoraba Clavela ser

don Alonso hermano de doña Mencía, y si bien a los principios, creyendo

don Enrique volvería a su amistad, se había negado a su pretensión, ya

desvalida de todo punto de don Enrique, admitió a don Alonso, no tanto

por estar aficionada a él cuanto por entablar su venganza.

Veíase, por causa de su marido, con don Alonso en casa de sus amigas, y

un día que todas juntas estaban con don Alonso en conversación, le dijo

Clavela que por qué no casaba su hermana, que si aguardaba a que ella

se casase sin su gusto y el de su padre.

—No hará Mencía tal —dijo don Alonso—, porque demás de que su virtud

y obediencia la asistía siempre, era muy niña y aún no habían llegado

a su imaginación esos deseos, que a ser de más edad, ya estuviera en

religión.

—¡Qué bueno es eso —respondió Clavela— para lo que sé! Bien dicen

que el postrero que lo sabe es el ofendido: pues advierta, don Alonso,

que si no está casada, ya anda en eso; y dígolo así porque no es de

creer que una dama de la calidad y circunstancias de la señora doña

Mencía se atreviera contra su opinión, la de su padre y hermano, a

hablar todas las noches por una reja con don Enrique, si no fuera para

casarse.

—Mira lo que dices, Clavela —dijo don Alonso—, que si son celos

de don Enrique porque entra algunas veces en mi casa, bien puedes

tenerlos, y dármelos a mí con saber que aún no estás olvidada de esa

voluntad, mas no que pongas dolo en el honor de mi hermana, porque

desde mi cuarto al suyo hay mucho, y juraré que las veces que don

Enrique entra a buscarme a mí, ni ve a mi hermana ni ella está en tan

poca custodia que le vea a él, porque es mi padre quien la vela.

Riose Clavela y las demás, que ya todas estaban puestas en hacer este

mal a doña Mencía, y dijo:

Novelas ejemplares y amorosas · 第 41 / 52 段