obligarse de su lindeza, sin enternecerse de sus lágrimas, sin
apiadarse de sus tiernos suspiros, sin dolerse del riesgo y desamparo
en que la dejaba, como vil y ruin, que quiso más la vida infame que
la muerte honrosa, pues muriendo a su lado cumplía con su obligación,
la dejó tan desconsolada como se puede imaginar, vertiendo perlas y
pidiendo a Dios la enviase la muerte, marchándose donde hasta hoy no
se saben nuevas de él; si bien piadosamente podemos creer que no le
dejaría Dios sin castigo.
Dejemos a Laurela en la parte dicha, adonde la trajo su ingrato amante,
o donde se trajo ella misma por dejarse tan fácilmente engañar,
implorando justicias contra el traidor y temiendo las iras de su padre,
sin saber qué hacer ni dónde irse; y vamos a su casa, que hay bien que
contar en lo que pasaba en ella.
Así que fue hora de que el criado que tenía a cargo el ir a comprar
lo necesario se vistiese, fue a tomar la llave (que siempre para
este efecto quedaba en la puerta por la parte de adentro, porque no
inquietasen a los señores que dormían), y como no la halló, pensando
que Estefanía, que era la que cerraba, la habría llevado, hubo de
aguardar hasta que ya las criadas vestidas salieron a aliñar la casa,
y dícholes fuesen a pedir la llave a Estefanía, de que enfadadas, así
como envidiosas de ver que ella lo mandaba todo, después de haber
murmurado un rato, como se acostumbra entre este género de gente,
entraron a su aposento, y como no hallaron sino solos los vestidos
sobre la cama, creyeron se habría ido a dormir con Laurela, de quien
no se apartaba de noche ni de día; mas como viesen que sus señoras
reposaban, no se atrevieron a entrar, y volviéndose afuera empezaron
a decir bellezas sobre la curiosidad de quitar la llave; y así
estuvieron hasta que fue hora, que entrando en la cámara y abriendo las
ventanas para que despertasen, viendo las cortinas de la cama tiradas,
abriéndolas decían: «¿Dónde Estefanía puso anoche la llave de la
puerta?».
Ni hallaron a Estefanía ni a Laurela, ni otra cosa más del papel sobre
las almohadas; y viendo un caso como este, dieron voces, a las cuales
las hermanas, que estaban durmiendo con el descuido que su inocencia
pedía, despertando despavoridas y sabido el caso, saltaron de las
camas y fueron a la de Laurela, entendiendo era burla que les hacían
las doncellas, y mirando no solo en ella, mas debajo y hasta los
más pequeños dobleces, creyendo en alguno las habían de hallar, con
que desengañadas tomaron el papel, que visto, decía el sobrescrito a
su padre, llorando y viendo por esta seña que no había que buscar a
Laurela, se le fueron a llevar, contándole lo que pasaba, que por no
ser cansada no refiero lo que decía, mas de que, como he dicho, le
contaba quién era Estefanía y la causa porque se había transformado de
caballero en dama, como era don Esteban de Feí, caballero de Burgos, y
como a su esposo le había dado posesión de su persona, y se iban hasta
que se moderase su ira, y otras cosas a este modo, parando en pedirle
perdón, pues el yerro solo tocaba en la hacienda, que en la calidad no
había ninguno.
La pena que don Bernardo sintió, leído el papel, no hay para qué
ponderarla, mas era cuerdo, y tenía honor, y consideró que con voces
y sentimientos no se remediaba nada, antes era espantar la caza para
que no viniese a su poder. Consideró esto en un instante, pareciéndole
mejor modo para cogerlos y vengarse mostrarse risueño.
Viendo a doña Leonor y sus hijas deshacerse en llanto, las mandó callar
y que no alborotasen la casa, ni don Enrique entendiese el caso hasta
que con más acuerdo se le dijese: que para qué habían ellas de llorar
el gusto a Laurela, y que pues ella había escogido esposo y le parecía
que era mejor que el que le daba, que Dios la hiciese bien casada,
y cuando quisiese venir a él, claro está que la había de recibir y
amparar como a hija.
Con esta disimulación, pareciéndole que no se le encubrirían para
darles el merecido castigo, mandó a los criados que, pena de su
indignación, no dijesen a nadie nada, y a su mujer e hijas que callasen.
Ya que no los excusó la pena, moderó los llantos y escándalo, juzgando
todos que pues no mostraba rigor, que presto se le pasaría el enojo,
si tenía alguno, los perdonaría y volvería a su casa; si bien su madre
y hermanas a lo sordo se deshacían en lágrimas, ponderando entre ellas
las palabras y acciones de la engañosa Estefanía, advirtiendo entonces
lo que valiera más hubieran hecho antes.
Tenía don Bernardo una hermana casada, cuya casa estaba cerca de Santa
María, y su marido oía todos los días misa en la dicha iglesia: este
pues, como los demás días, llevado de su devoción, entró casi a las
once en ella, donde halló a Laurela, la que, aunque le vio y pudiera
encubrirse, estaba tan desesperada y aborrecida de la vida que no lo
quiso hacer, y como la vio tan lejos de su casa, sola sin su madre ni
hermanas, ni criada alguna, y sobre todo tan llorosa, le preguntó la
causa, y ella, con el dolor de su desdicha, se la contó, pareciéndole
que era imposible encubrirlo, supuesto que ya por el papel que había
dejado a su padre estaría público.
Algunos habrá que digan fue ignorancia; mas bien mirado, ¿qué podía
hacer, supuesto que su desdicha era tan sin remedio? Porque como creyó
que su atrevimiento no tenía de yerro más de casarse sin gusto de su
padre, con esa seguridad le había declarado tanto en el papel; y así,
en esta ocasión no le encubrió a su tío nada, antes le pidió su amparo;
y el que la dio fue que, diciéndola palabras bien pesadas, la llevó a
su casa y la entregó a su tía diciéndole lo que pasaba, que aun con
más rigor que su marido la trató, poniendo en ella violentamente las
manos, con lo que la desdichada Laurela, demás de sus penas, se halló
bien desconsolada y afligida. Fue el tío al punto a casa de su cuñado,
dándole cuenta de lo que pasaba. Con esta segunda pena se renovó la
primera, de la que aún no tenía los ojos enjutos.
En fin, por gusto de su padre, Laurela quedó en casa de su tía hasta
que se determinase lo que se había de hacer, y por ver si se podía
coger el engañador. Los dos juntos contaron a don Enrique lo que había
sucedido, del cual fue tan tierno el sentimiento que fue milagro no
perder la vida, además que le pidió que pasasen adelante los conciertos
sin que sus padres supiesen lo que pasaba: que si Laurela había sido
engañada, el mismo engaño la servía de disculpa: tan enamorado estaba
don Enrique. A quien su padre respondió que no tratase de eso, que ya
Laurela no estaba más que para un convento.
Más de un año estuvo Laurela con sus tíos, sin ver a sus padres ni
hermanas porque su padre no consintió que la viesen; ni él, aunque iba
algunas veces a casa de su hermana, no la veía, ni ella se atrevía
a ponérsele delante, antes se escondía temerosa de su indignación,
pasando una triste y desconsolada vida, sin que hubiese persona que la
viese, ni en ventana ni en la calle, porque no salía si no era muy de
mañana a misa, ni aun reía ni cantaba como solía; hasta que al cabo de
este tiempo un día de Nuestra Señora de Agosto, con su tía y criadas
madrugaron y se fueron a Nuestra Señora de Atocha, donde, para ganar
el jubileo que en este día hay en aquella santa iglesia, confesaron
y comulgaron: Laurela, con buena intención (¿quién lo duda?); mas la
cruel tía no sé cómo la llevaba, pues no ignoraba la sentencia que
estaba dada contra Laurela, antes había sido uno de los jueces de ella.
Mucho nos sufre Dios, y nosotros por el mismo caso le ofendemos más.
Cruel mujer por cierto, pues ya que su marido y hermano eran cómplices
en la muerte de la dama, ella, que la pudiera librar llevándola a un
convento, no lo hizo; mas era tía, que es lo mismo que suegra, cuñada o
madrastra. Con esto lo he dicho todo.
Mientras ella estaba en Atocha, entró el padre y el tío por un aposento
que servía de despensa, donde no entraban sino a sacar lo necesario de
ella, cuyas espaldas caían a la parte donde su tía tenía el estrado; y
desencajando todo el tabique, lo pusieron de modo que no se echase de
ver.
Venidas de Atocha, se sentaron en el estrado, pidiendo las diesen de
almorzar, con mucho sosiego, y a la mitad del almuerzo, fingiendo la
tía una necesidad precisa, se levantó y entró en otra cuadra desviada
de la sala, quedando Laurela y una doncella que había recibido para que
la sirviese bien descuidadas de la desdicha que les estaba amenazando;
y si bien pudieron salvar a la doncella, no lo hicieron, por hacer
mejor su hecho, pues apenas se apartó la tía, cuando los que estaban de
la otra parte derribaron la pared sobre las dos, y saliéndose fuera,
cerraron la puerta, y el padre se fue a su casa, y el tío dio la vuelta
por otra parte para venir a su tiempo a la suya.
Pues como la pared cayó y cogió las pobres damas, a los gritos que
dieron las desdichadas acudieron todas dando voces, las criadas con
inocencia, mas la tía con malicia, al mismo tiempo que el tío entró
con los vecinos que acudieron al golpe y alboroto, quienes hallando
el fracaso y ponderando la desgracia, llamaron gente que apartasen
la tierra y cascotes, lo que no pudo hacerse tan apriesa que, cuando
surtió efecto, hallaron ya a la sin ventura Laurela de todo punto
muerta, porque la pared la había abierto la cabeza y con la tierra se
acabó de ahogar. La doncella estaba viva, mas tan maltratada que no
vivió más de dos días.
La gente que acudió se lastimaba de tal desgracia, y su tía y tío la
lloraban por cumplir con todos; ¿mas a una desdicha de fortuna qué
se podía hacer sino darles pésames y consolarlos? En fin, pasó por
desgracia la que era malicia; y aquella noche llevaron la malograda
hermosura a San Martín, donde tenía su padre entierro.
Fueron las nuevas a su padre, que no era necesario dárselas, quien las
recibió con severidad, y él mismo las llevó a su madre y hermanas,
diciendo que ya la fortuna había hecho de Laurela lo que él había de
hacer en castigo de su atrevimiento; en cuyas palabras conocieron que
no había sido acaso el suceso, con lo que los tiernos sentimientos que
hacían lastimaban a cuantos las miraban, y para que su dolor fuese
mayor, una criada de los tíos de Laurela que servía en la cocina y se
quedó en casa cuando fueron a Atocha, oyó los golpes que daban para
desencajar la pared en la despensa, y saliendo a ver qué era, acechó
por la llave y vio a su amo y cuñado que lo hacían y decían:
—Páguelo la traidora que se dejó engañar y vencer, pues no hemos
podido hallar al engañador para que lo pagaran juntos.
La moza, como oyó esto y sabía el caso de Laurela, luego conoció que
lo decían por ella, y con gran miedo, temiendo no la matasen porque
lo había visto, sin hablar palabra se volvió a la cocina, y no se
atrevió o no pudo avisar a Laurela, antes aquella misma noche, mientras
se andaba previniendo el entierro, cogió su hatillo y se fue, sin
atreverse a descubrir el caso a nadie, y aguardando tiempo, pudo hablar
en secreto a la hermana mayor de Laurela, y la contó lo que había visto
y oído, y ella a su madre y a la otra hermana, lo que fue causa de que
su sentimiento y dolor se renovase, que les duró mientras vivieron, sin
poder jamás consolarse.
Las hermanas de Laurela entraron a pocos meses monjas, que no se
pudo acabar con ellas se casasen, diciendo que su desdichada hermana
las había dejado buen desengaño de lo que había que fiar de los
hombres; y su madre, después que enviudó, se fue con ellas, las cuales
contaban este suceso como yo lo he dicho, para que sirva a las damas
de desengaño, para no fiarse de los bien fingidos engaños de los
cautelosos amantes, que no les dura de voluntad más de hasta vencerlas.
—Dirán ahora los caballeros presentes —dijo la hermosa Lisis, viendo
que Matilde había dado fin a su desengaño—: ¡cuántos males causamos
nosotros! Y si bien hablarán irónicamente, dirán bien; pues en lo que
acabamos de oír se prueba bastantemente la cautela con que tratan a las
desdichadas mujeres, no llevando la mira a más que vencerlas, y luego
darlas el pago que dio don Esteban a Laurela, sin perdonar el engaño de
transformarse en Estefanía, y que hubiese en él perseverancia para que
en tanto tiempo no se cansase de engañar, o no se redujese a querer de
veras.
Quien le vio tan enamorado, tan fino, tan celoso, tan firme, tan hecho
Petrarca de Laurela, ¿podría creer jamás hubiese usado con ella tan
infame bajeza?; y nosotros asimismo deberíamos pensar que había de ser
Laurela la más dichosa de cuantas han nacido, y que había de quitarnos
a todos con su dicha la acedía de tantas desdichas.
¡Ay, señores caballeros! No digo yo que todos seáis malos, mas sí que
no sé cómo se ha de conocer el bueno; demás que yo no os culpo de otros
vicios, que eso fuera disparate; solo para con las mujeres no hallo con
qué disculparos.
Conocida cosa es que habéis dado todos en este vicio, y haréis más
transformaciones que Proteo por traer una mujer a vuestra voluntad;
y si esto fuese para perseverar amándola y estimándola, no fuera
culpable; mas, para engañarla y deshonrarla, ¿qué disculpa habrá que lo
sea?
Vosotros hacéis a las mujeres malas, y os ponéis a mil riesgos porque
sean malas, y no miráis que si las quitáis el ser buenas, ¿cómo queréis
que lo sean? Si inquietáis la casada, y ella persuadida de las finezas
que hacéis, pues no son las mujeres mármoles, la derribáis y hacéis
violar la fe que prometió a su esposo, ¿cómo será esta buena? Diréis:
siéndolo.
No se hallan ya a cada paso santas Teodoras Alejandrinas que, por solo
un yerro que cometió contra su esposo, hizo tantos años de penitencia;
antes hoy en haciendo uno, procuran hacer otro, por ver si les sale
mejor; y no le hicieran si no hubieran caído en el primero.
Déjase vencer la viuda honesta de vuestros ruegos; responderéis: no se
rinda. No hay mujeres tórtolas, que siempre lamentan el muerto esposo,
ni Artemisas, que mueren en llorándole sobre el sepulcro. ¿Cómo queréis
que esta sea buena si la hicisteis mala y la enseñasteis a serlo?
Veis la simple doncella, criada al abrigo de sus padres, y traéis ya
el gusto tan desenfadado que no hacéis caso de nada; lo mismo es que
sea doncella que no lo sea: decís linda y desahogadamente cualquier
yerro, por pesado y fuerte que sea, solicitaisla, regalaisla; y aun
si estos tiros no bastan, la amagáis con casamiento. Si cae, que no
son las murallas de Babilonia, que tan a costa labró Semíramis, daisla
mal pago, faltando a lo que prometisteis, y lo peor es que faltáis
a Dios a quien habéis hecho la promesa. ¿Qué queréis que haga esta?
Proseguir con el oficio que la enseñasteis, si se libra del castigo a
que está condenada, si lo saben sus padres y deudos: luego cierto es
que vosotros las hacéis malas; y no solo eso, sino que decís que lo son.
Pues ya que sois los hombres el instrumento de que lo sean, dejadlas,
no las deshonréis, que sus delitos y el castigo de ellos a cuenta del
cielo están; mas no sé si vosotros os libraréis también de él, pues lo
habéis causado, como se ve cada día en tantos como pagan con la vida.
Lo cierto es que a ninguno matan que no lo merezca; y si en la presente
justicia no lo debía, de atrás tendría hecho por donde pagase; que como
a Dios no hay nada encubierto, y son sus secretos tan incomprensibles,
castiga cuando más es su voluntad, o quizá cansado de que apenas salís
de una cuando os entráis en otra: y es que como no estimáis de verdad
en ninguna parte, para todas os halláis desembarazados.
Oí preguntar una vez a un desprevenido de amor (porque aunque dicen que
le tiene, es engaño, supuesto que en él la lealtad está tan achacosa
como en todos) que de qué color es el amor. Yo respondile que el que
mis padres y abuelos y las historias que son más antiguas dicen se
usaba en otros tiempos: no tenía color, ni el verdadero amor le ha de
tener; porque ni ha de tener el alegre carmesí, porque no ha de esperar
la alegría de alcanzar; ni el negro, porque no se ha de entristecer de
que no alcance; ni el verde, porque ha de vivir sin esperanza; ni el
amarillo, porque no ha de tener desesperaciones; ni el pardo, porque
no ha de darle nada de esto penas. Solos dos le competen, que es el
blanco, puro, cándido y casto, y el dorado por la firmeza que en esto
ha de tener.
Este es el verdadero amor, el cual no es delito tenerle, ni merece
castigo. Hay otro modo de amar, uno que no mancha jamás la lealtad:
este es el amor imitador de la pureza. Otro, que tal vez violado,
arrepentido de haber quebrado la lealtad, vuelve por este mérito a
granjear lugar en amor; mas no por puro, sino por continente.
El amor que usáis ahora, señores caballeros, tiene muchos colores; ya
es rubio, ya pelinegro, ya moreno, ya blanco, ya casado, ya soltero, ya
civil, ya mecánico, y ya ilustre y alto: y Dios os tenga de su mano no
le busquéis barbado, que andáis tan de mezcla que ya no sabéis de qué
color vestirle.
Para conseguir esto es fuerza que hagáis muchas mujeres malas; y hay
muchas que lo son por desdicha y no por accidente ni gusto; y a estas
no es razón que las deis ese nombre, cuando es culpa sin perdón dársele
aun a las más comunes.
Pues si el honrar a las mujeres comunes es deuda: ¿qué será para con
las que no lo son, no habiendo entre tantos como hoy las vituperan
y ultrajan ninguno que las defienda? ¿Puede ser mayor desdicha, que
ni aun los caballeros, pues cuando se señalan por tales, prometen la
defensa de las mujeres, se dejen también llevar de la vulgaridad, sin
mirar que faltan a lo mismo que son y a la fe que prometieron?
No hay más que ponderar, sino que, ya que las hacéis malas y estudiáis
astucias para que lo sean, ocasionando sus desdichas, deshonras y
muertes, gustéis castigarlas con las obras y afrentarlas con las
palabras, no os corráis de que sea así. Decid bien de ellas, y ya os
perdonaremos el mal que las hacéis.
Esto es lo que os pido, que, si lo miráis con reflexión, en favor
vuestro es más que en el suyo, y los más nobles y más afectuosos haréis
que los que no lo son, por imitaros, hagan lo mismo; y creed que,
aunque os parece que hay muchas malas, hay muchas más inculpables; y
que no todas las que han sido muertas violentamente lo han sido con
razón, pues si muchas padecen con causa, hay tantas más que no la han
dado; y si la dieron, fue por haber sido engañadas.
Más dijera Lisis, y aun creo que no fuera mal escuchada; porque los
nobles y cuerdos presto se sujetan a la razón, como se vio en esta
ocasión, en la que estaban los caballeros tan colgados de sus palabras
que no hubo allí quien quisiese contradecirla ni estorbarla.
Mas viendo la linda doña Isabel que era tarde y faltaban dos desengaños
para dar fin a la noche; y también que doña Luisa se prevenía para dar
principio al que le tocaba, haciendo señas a los músicos, cantó así:
Si amados pagan mal los hombres, Gila,
Dime, ¿qué harán si son aborrecidos?
Si no se obligan cuando son queridos,
¿Por qué tu lengua su traición perfila?
Su pecho es Caribdis y una Escila,
Donde nuestros deseos van perdidos,
No te engañen, que no han de ser creídos
Cuando su boca más dulzor destila.
Si la que adoran tienen hoy consigo,
Que mejor es llamarla la engañada,
Pues engañada está quien de ellos fía.
A la que encuentran, como soy testigo,
Dentro de una hora dicen que es la amada:
Conclúyase con esto tu porfía.
Su cruel tiranía
Huir pienso animosa,
No he de ser de sus giros mariposa.
En solo un Hombre creo,
Cuya verdad estimo por empleo;
Y este no está en la tierra;
Porque es un Hombre Dios, que el cielo encierra;
Este sí que no engaña;
Este es hermoso y sabio,
Y que jamás hizo a ninguno agravio.
NOCHE SÉPTIMA.
DESENGAÑO SÉPTIMO.
MAL PRESAGIO CASAR LEJOS.
Cuando la hermosa doña Isabel acabó de cantar, ya doña Luisa tenía
ocupado el asiento del desengaño, y con mucha gracia dijo así:
—Por mi vida que no sé qué mayor desengaño, hermosas damas, queréis
oír, que este soneto que la hermosa doña Isabel acabó ahora de decir,
pues en él ha dicho el Hombre que solo hay que no se engañe, y el que
merece solo ser amado.
Mas, ya que no puedo excusar de decir lo que me toca, dejaré a un
lado muchas circunstancias en que pudiera detenerme si supiérades los
penosos desasosiegos que tuve con mi esposo, tan opuesto a mi voluntad
que jamás le conocí agradecido a ella; antes, con muchos desabrimientos
en las palabras y gran parte en los ojos, me satisfacía cuando más le
granjeaba y lisonjeaba con caricias: mas, porque para sí nadie es buen
juez, a los ojos ajenos dejaré muchas fortunas mías y contaré desdichas
ajenas, refiriendo una historia tan verdadera que aún hoy hay quien
no tiene, acordándose de ella, enjutas las lágrimas, no dando más
reprensión a los caballeros que la que el mismo desengaño les ofrece;
porque fui tan amante de los despegos y tibiezas de mi esposo que en él
respeto a todos, y con esta advertencia digo así:
Por muerte de un gran señor de España, quedaron sin el amparo que
tenían en su padre, por haberles faltado su madre días antes, un hijo
y cuatro hijas de la hermosura y virtudes que se puede creer tendrían
tan grandes señoras: y si bien entrando su hermano en la herencia de
los estados les previno a sus hermanas el amparo de padre, no les pudo
prevenir el librarlas de la desdichada estrella en que nacieron, porque
puedo asegurar que de cada una se pudiera contar un desengaño; pues
ni les sirvió la hermosura, la virtud, el entendimiento, la ilustre
sangre, ni la inocencia para que no fuesen víctimas sacrificadas en
las aras de la desgracia.
La primera, llamada doña Mayor, casó en Portugal: esta señora se llevó
consigo, cuando se fue con su esposo, a la menor de todas: su nombre
es doña María, con intención de darla en aquel reino marido igual a su
grandeza; mas a una y a otra siguió su mala fortuna; porque no siendo
doña Mayor amada de su esposo, por la simpatía que la nación portuguesa
tiene con las damas castellanas, en no hacer confianza de ellas, y así,
o por probarla, o, lo más cierto, por tener achaque para librarse de
ella con color de agravio, escribió una carta en nombre de un caballero
castellano, dándosela a un paje que se la llevase a la señora, que,
hecho así, estándola leyendo, admirada de que a ella se escribiese tal,
entró el marido, que aguardaba esta ocasión, y sacando la espada para
matarla, porque el triste paje, a voces, empezó a decir la traición, le
mató, y luego a su inocente esposa.
La hermana, viendo el fracaso y habiendo muy bien oído ella y las
criadas lo que el paje había dicho, temiendo la muerte (que la diera
sin duda), se arrojó por una ventana, y de las criadas castellanas se
escaparon algunas y otras acompañaron a su señora en el eterno viaje.
Doña María fue tan desgraciada que se rompió las piernas, de modo que
algunos años que vivió estuvo siempre en la cama; porque al caer, pudo
ser vista de algunos caballeros castellanos que asistían a su malograda
hermana, los cuales la salvaron y trajeron a Castilla; en donde, sabido
el caso por Su Majestad, castigó al reo como hasta hoy permanece la
memoria de su castigo.
La segunda hermana, cuyo nombre es doña Leonor, casó en Italia: esta
señora, teniendo ya de su matrimonio un niño de cuatro años, porque
alabó de muy galán un capitán español, no con mal intento sino que de
verdad lo era, estándose lavando la cabeza, entró el marido por una
puerta excusada de un retrete, y con sus propios cabellos, que los
tenía muy hermosos, la hizo lazo a la garganta, con que la ahogó, y
después mató al niño con un veneno, diciendo que no había de heredar
sus estados hijo dudoso: y si el capitán, avisado por una dama de la
misma señora, no se escapara, corriera la misma fortuna.
Quedó por casar doña Blanca, que era tercera hermana, y la primera
no solo de las demás en hermosura, entendimiento y valor, mas de
todas las de aquel tiempo; porque así lucía doña Blanca entre las más
solemnizadas de la corte como el lucero entre las demás estrellas. Por
conveniencias a la real corona y gusto de su hermano, se concertó su
matrimonio con un príncipe de Flandes, cuyo padre, que aún vivía, era
gran potentado de aquel reino.
No había sucedido ni sucedió tan presto la desdicha de sus hermanas;
porque puédese creer que si sucediera antes de casarse doña Blanca,
por sin duda tengo que no lo aceptara, antes se entrara religiosa; mas
había de seguir por lo que las demás, y por esto la suerte cruel no
ejecutó su deseo hasta que doña Blanca estuvo cautiva en el lazo que
solo la muerte le rompe.