Si fue a gozar algunos dulces brazos:
Sí dices: no prosigas,
Hechos los vea cuatro mil pedazos;
Y di: ¿quiérelos mucho?
Que sí, me dices, tal sentencia escucha:
Ea pues, ojos míos,
Volveos con llantos caudalosos ríos.
¿Cómo, di, ingrato fiero,
Tan mal pagas mi amor, tan mal mi pena?
¡Mas, ay de mí! que quiero
Contar del mar la más menuda arena,
Ver en el suelo estrellas
Y en el hermoso cielo plantas bellas;
Pues, si lo consideras,
Es lo mismo pedirte que me quieras.
Del amor dijo el Sabio
Que solo con amor pagar se puede;
No es pequeño mi agravio,
No quiero amor que sin castigo quede;
Pues cuando más te adoro,
Si lo entiendes así, confusa ignoro,
Y es mi mal tan extraño,
Que mientras más te quiero, más me engaño.
Confieso que en ti sola
Extremó su poder naturaleza,
Y en la tierra española
Eres monstruo de gala y gentileza;
Mas de una piedra helada
Tienes el alma, por mi mal, formada;
Y la mía en tu hielo
Es Etna, es un volcán, es Mongibelo.
Esos ojos que adoras,
¿Acaso son más dulces que los míos?
Sí; pues en ellos moras,
Y por su causa tratas con desvíos
Los ojos que en tus ojos
Adoran por favores los enojos,
Por gloria los desdenes,
Y los pesares por dichosos bienes.
Ojos, ¿no la mirasteis?
Pues pagad el mirar con estas penas.
Corazón, ¿no la amasteis?
Pues sufrid con paciencia estas cadenas.
Razón, ¿no te rendiste?
Pues di, ¿por qué razón estás tan triste?
Pues es mayor fineza
Amar en lo que amáis esta fineza.
¿No sabes que te adoro?
Pues ¿cómo finges que mi amor ignoras?
¿Mas qué mayor tesoro,
Que cuando tú nueva belleza adoras,
Halles el pecho mío
Tan abrasado, cuanto el tuyo frío?
Y ten en la memoria
Que amar sin premio es la victoria.
Así seas oída
De tu Narciso, ninfa desdichada,
Que en Eco convertida
Fue tu amor belleza malograda;
Que si contigo acaso
Habla la causa en quien de amor me abraso,
Le digan tus acentos
Mis tiernos y amorosos sentimientos.
Y tú, Venus divina,
Así tu Adonis en tus brazos veas;
Y a ti, gran Proserpina,
Así de tu Plutón amada seas,
Y que tus gustos goce
Los seis meses que faltan a los doce.
Que a Cupido le pidas
Restituya mis glorias ya perdidas.
Así de la corona
Goces de Baco, o Ariadna bella,
Y al lado de Latona
Asiento alcances, como pura estrella;
Y al ingrato Teseo
Veas preso y rendido a tu deseo:
¿A qué le impides el gusto
A quien me mata con cruel disgusto?
Y tú, Calixta hermosa,
Así en las aguas de la mar te bañes,
Y que a Juno belosa,
Para gozar a Júpiter, engañes;
Que si desde tu esfera
Vieras que esta fe tan verdadera
Se paga con engaño,
Castigues sus mentiras y mi daño.
Oh tú, diosa suprema,
De Júpiter hermana y dulce esposa,
Así tu amor no tema
Agravios de tu fe, ni estés celosa,
Que mires mis desvelos,
Pues sabes qué es amor, agravio y celos,
Y como reina altiva,
Seas, con quien me agravia, vengativa.
Dile al pastor que tiene,
Para velar a Jove, los cien ojos,
Que a tu gusto conviene
Velar de aqueste sol los rayos rojos,
Que solían ser míos,
Y son ahora de otros desvaríos;
Pero tengo advertencia,
Que es vara de Mercurio su elocuencia.
Y tú, triste Teseo,
Refiere la pena que padeces
En el Cáucaso feo,
Que las entrañas al rigor ofreces
De aquella águila hambrienta,
Porque padezca con dolor y afrenta,
Y así en cabeza ajena
Tendrá escarmiento, y sentirá mi pena.
Dile, Tántalo triste,
Por faltarte lealtad, la pena tuya,
La gloria que perdiste
Del néctar sacro, y para que concluya,
Cuéntala tu fatiga:
Y como amor tu ingratitud castiga,
Habla, no estés tan mudo,
Podrá el temor lo que amor no pudo.
No goce de su amante
La verde yedra, de su cuello asida,
Pues que la fe inconstante
De aquel dueño querido de mi vida,
Ya se pasa a otro dueño,
Con que de morir mi palabra empeño,
Por ser de amores,
Porque sean más dulces mis dolores.
Desháganse los lazos
Del leal y dichoso Hermafrodito,
Pues en ajenos brazos
A mi hermoso desdén estar permito,
Sin que mi mano airada
No tome la venganza deseada,
Que con celos bien puedo,
Ni respetar deidad ni tener miedo.
Canción, si de mi dueño
Bien recibida fueses,
Pues de mi pena fiel testigo eres;
Cual sabia mensajera,
Dile me excuse esta pena fiera;
Y para no matarme,
Si desea mi vida, quiera amarme.
Admiradas estaban doña Leonor y sus hijas, con todas las damas, de
oír a Estefanía; y Laurela de rato en rato ponía en ella sus hermosos
ojos, admirando los sentimientos con que cantaba, tomando y dejando los
colores en el rostro conforme lo que sentía, y ella, de industria, en
su canción ya parecía que hablaba con dama, ya con galán, por divertir
a las damas; y viendo había dado fin con un ternísimo suspiro, riéndose
le dijo:
—Cierto, Estefanía, que si fueras, como eres mujer, hombre, dichosa se
pudiera llamar la que tú amaras.
—Y aun así como así —dijo Estefanía—, pues para amar, supuesto que
el alma es toda una en varón y hembra, no se me da más ser hombre que
mujer, pues las almas no son hombres ni mujeres, y el verdadero amor en
el alma está, y no en el cuerpo, y el que amare el cuerpo con el cuerpo
no puede decir que es amor, sino apetito, y de esto nace arrepentirse
en poseyendo, porque como no estaba el amor en el alma, el cuerpo, como
mortal, se cansa siempre de un manjar, y el alma, como espíritu, no se
puede fastidiar de nada.
—Sí, mas es amor y no provecho amar una mujer a otra —dijo una de las
criadas.
—Ese —dijo Estefanía— es el más verdadero amor, pues amar sin premio
es mayor fineza.
—¿Pues cómo los hombres —dijo una de las hermanas de Laurela— a
cuatro días de amar le piden, y si no se le dan, no perseveran?
—Porque no aman —respondió Estefanía—, que si amaran, aunque no los
premiaran, no olvidarían, que amor verdadero es el carácter del alma,
y mientras el alma no muriere, no morirá el amor. Luego siendo el alma
inmortal, también lo será el amor, y como amando solo con el cuerpo no
le alcanzan, aborrecen u olvidan luego, por tener lugar para buscar
alimento en otra parte, y si alcanzan, ahítos buscan lo mismo.
—Pues según eso —dijo otra doncella—, los hombres de ahora todos
deben de amar solo con el cuerpo y no con el alma, pues luego olvidan,
y detrás de eso dicen mal de las mujeres, sin reservar a las buenas ni
a las malas.
—Amiga —respondió Estefanía—, de las buenas dicen mal porque no las
pueden alcanzar, y de las malas, porque están ahítos de ellas.
—¿Pues por qué las buscan? —dijo la otra hermana de Laurela.
—Porque las han menester —dijo Estefanía—, y por excusar un buen día
a los muchachos, porque los maestros no los suelten temprano.
—Pues si solo por necesidad aman, y son tan malas por ellos las
unas como las otras, más vale —respondió Laurela— ser buena y no
admitirlos.
—Todo es malo —dijo Estefanía—, que ni han de ser las damas tan
desdeñosas que tropiecen en crueles, ni tan desenvueltas que caigan en
desestimación.
—Sí, mas yo quisiera saber —replicó la otra doncella— qué piensa
sacar Estefanía de amar a mi señora Laurela, que muchas veces, a no ver
su hermosura, y haberla visto algunas veces desnuda, me da una vuelta
el corazón pensando que es hombre.
—Pluguiera a Dios, amiga —dijo Estefanía—, dieras cuatro en los
infiernos; mas eso es vivir de esperanza; aunque qué sé yo si algún día
hará, viéndome morir de imposible, algún milagro conmigo.
—El cielo excuse ese milagro por darme a mí gusto —dijo Laurela—,
porque no soy amiga de prodigios, y de eso no pudieras ganar más de
perderme para siempre.
Con esto pasaban, teniendo todas chacota y risa con los amores de
Estefanía, que aunque disimulaba, no estaba poco penada al ver que
ya las compañeras, entre burlas y veras, jugando unas con otras,
procuraban ver si era mujer u hombre; demás que había menester andar
con demasiada cuenta con las barbas que ya empezaba a hacer, y no sabía
cómo declararse con Laurela, ni menos librarse de su padre, que perdido
por ella, era sombra suya en todas las ocasiones que podía.
Pues sucedió, porque la fatal ruina de Laurela venía a toda diligencia,
que aquel caballero que vivía en casa y amaba a Laurela con mortales
celos de Estefanía, tornó a pedírsela por esposa a su padre, diciendo,
porque no se la negase, que no quería otro dote con ella sino el de su
hermosura y virtudes.
Don Bernardo, codicioso, aceptó luego, y tratándolo con su mujer
e hija, la hermosa Laurela obedeció a su padre, diciendo no tenía
más gusto que el suyo; y con esto, muy contenta, entró donde estaba
Estefanía y las demás criadas, y las dijo:
—Ya, Estefanía, ha llegado la ocasión en que podré hacer por ti, y
pagarte el amor que me tienes.
—¿En qué forma, señora mía? —respondió ella.
—En que me caso —tornó a responder Laurela—, que ahora me lo acaba
de decir mi padre, que me ha prometido por esposa a don Enrique.
Apenas oyó estas últimas palabras Estefanía, cuando con un mortal
desmayo cayó en el suelo, con lo que todas se alborotaron; y más
Laurela que, sentándose y tomándole la cabeza en su regazo, empezó a
desabrocharle el pecho, apretarle las manos y pedir apriesa agua,
confusa, sin saber qué decir de tal amor y sentimiento.
Al cabo de un rato, con los remedios que se le hicieron, Estefanía
volvió en sí, con que ya consoladas todas, mandó Laurela fuesen a
acostarla.
Laurela, mientras las demás fueron a que se acostase, quedó revolviendo
en su pensamiento mil quimeras, no sabiendo dar color de lo que
veía hacer a aquella mujer; mas que fuese hombre jamás llegó a su
imaginación, que si tal pensara, no hay duda sino que resueltamente la
apartara de sí sin tornarla a ver, y no le valiera menos que la vida.
Acostada Estefanía y las criadas ocupadas en prevenir la cena, Laurela
entró donde estaba y, sentándose sobre la cama, la dijo:
—Cierto, Estefanía, que me tienes fuera de mí, y que no sé a qué
atribuya las cosas que te veo hacer después que estás en casa. Y
acaso pensara, a no ser cosa imposible y que pudiera ocasionar muchos
riesgos, o que no eres lo que pareces, o que no tienes juicio. ¿Qué
perjuicio te viene de que yo tome estado, para que hagas los extremos
que esta noche he visto?
—El de mi muerte —respondió Estefanía—; y pues morir, viéndote
casada, o morir a tus manos todo es morir, mátame o haz lo que
quisieres, que ya no puedo callar, ni quiero: tan aborrecida tengo la
vida que por no verte en poder de otro dueño, la quiero de una vez
perder. No soy Estefanía, no, don Esteban soy, un caballero de Burgos,
que enamorado de la extrema belleza que te dio el cielo, tomé este
hábito, por ver si te podía obligar con estas finezas a que fueses
mía; porque aunque tengo nobleza con que igualarte, soy tan pobre que
no he tenido atrevimiento de pedirte a tu padre, teniendo por seguro
que el granjear tu voluntad era lo más esencial, pues una vez casado
contigo, tu padre había de tenerse por contento, pues no me excede más
que en los bienes de fortuna, que el cielo los da y los quita. Ya te he
sacado de confusión, cuerda eres, obligada estás de mi amor; mira lo
que quieres disponer, porque apenas habrás pronunciado la sentencia de
mi muerte con negarme el premio que merezco, cuando yo me la daré con
esta daga que tengo debajo de la almohada para este efecto.
Figura de mármol parecía Laurela: tan helada y elevada estaba oyendo
a Estefanía, que apenas osaba apartar de ella los ojos, pareciéndola
que en aquel breve instante que la perdiese de vista, se la había de
transformar, como lo había hecho de Estefanía en don Esteban, en algún
monstruo o serpiente; y visto que callaba, no sabiendo si eran burlas o
veras sus razones, le dijo (ya más cobrada del susto que le había dado
con ellas):
—Si no imaginara, Estefanía, que te estás burlando conmigo, la misma
daga con que estás amenazando tu vida fuera verdugo de la mía y castigo
de tu atrevimiento.
—No son burlas, Laurela, no son burlas —respondió Estefanía—, ya no
es tiempo de burlarme, que si hasta aquí lo han sido y he podido vivir
de ellas, era con las esperanzas de que habían de llegar las veras, y
habías de ser mía, y si esto no llegara a merecer, me consolara con que
si no lo fueras, por lo menos no te hicieras ajena, entregándote a otro
dueño; mas ya casada, o concertada, ¿qué tengo que esperar sino morir?
¿Es posible que has estado tan ciega que en mi amor, en mis celos, en
mis suspiros y lágrimas, en los sentimientos de mis versos y canciones,
no has conocido que soy lo que digo y no lo que parezco?; porque,
¿quién ha visto que una dama se enamore de otra? Y supuesto esto, o
determínate a ser mía, dándome la mano de esposa, o apenas saldrás con
intento contrario por aquella puerta, cuando yo me haya quitado la
vida; y veremos luego qué harás, o cómo cumplirás con tu honor para
entregarle a tu esposo y para disculparte con tus padres y con todo el
mundo; que claro es que hallándome sin vida, y que violentamente me
la he quitado, y viendo que no soy mujer, si primero creyendo que lo
era solemnizaban por burlas mis amores, conociendo las veras de ellos,
no han de creer que tú estabas ignorante sino que con tu voluntad me
transformé contigo.
¿Quién podrá ponderar la turbación y enojo de Laurela, oyendo lo que
don Esteban con tanta resolución decía? Ninguno por cierto. Mas en lo
que hizo se conocerá: que fue, casi fuera de juicio, asir la daga que
en la mano tenía, diciendo:
—Matándome yo, excusaré todas estas afrentas y evitaré que lo hagan
mis padres.
Mas don Esteban, que estaba con el mismo cuidado, la tuvo tan firme
que las flacas fuerzas de la tierna dama no bastaron a sacarla de sus
manos; y viéndola tan rematada, la rogó se aquietase, que todo era
burla, que lo que era la verdad era ser Estefanía y no más, que se
mirase muy bien en todo y que no se precipitase, que Estefanía sería
mientras ella gustase que no fuese don Esteban.
Con esto, Laurela, sin hablarle palabra, con muy grande enojo, se salió
y la dejó contenta con haber vencido la mayor dificultad, pues ya por
lo menos sabía quién era, la cual, ni segura de que fuese Estefanía
ni cierta de que era don Esteban, se fue a su aposento con grandísima
pasión, y sin llamar a nadie se desnudó y acostó, mandando dijesen a
sus padres que no salía a cenar por no sentirse buena.
Dormían todas tres hermanas, aunque en camas distintas, en una misma
cuadra, con lo que Laurela se aseguró de que Estefanía no se pondría en
ningún atrevimiento, caso que fuese don Esteban; y ya todos recogidos
y aun dormidos, sola Laurela desvelada y sin sosiego, dando vueltas por
la cama, empezó a pensar qué salida tendría de un caso tan escandaloso
como el que le estaba sucediendo.
Unas veces se determinaba a avisar a su padre de ello: otras si sería
mejor decir a su madre que despidiese a Estefanía, y otras miraba los
inconvenientes que podrían resultar si su padre no creyese que ella de
tal atrevimiento estaba inocente.
Ya se aseguraba en lo mucho que la querían sus padres y cuán ciertos
estaban de su virtuosa y honesta vida: ya reparaba que, cuando sus
padres se asegurasen, no lo había de quedar el que había de ser su
esposo, pues comunicación de tanto tiempo con Estefanía había de criar
en él celosos pensamientos, y que, o había de ser para perderle, o para
vivir siempre mal casada, pues no podía esperarse menos de marido que
entraba a serlo por la puerta del agravio, y no de la confianza.
Consideraba luego las bellas prendas de don Esteban, y parecíale que
no le aventajaba don Enrique más que en la hacienda; y para esta
falta (que no era pequeña) echaba en la balanza de su corazón, por
contrapeso, para que igualase el amor de don Esteban, la fineza de
haberse puesto por ella en un caso tan arduo, las lágrimas que le había
visto verter, los suspiros que le había oído desperdiciar, las palabras
que le había dicho aquella noche, que con estas cosas y otras tocantes
a su talle y gracias igualaba el peso, y aun hacía ventaja.
Ya se alegraba, pareciéndole que, si le tuviese por esposo, todas
podían envidiar su dicha; ya se entristecía, pareciéndole que su padre
no le estimaría, aunque más noble fuese, siendo pobre.
En estos pensamientos y otros muchos, vertiendo lágrimas y dando
suspiros, sin haber dormido sueño, la halló la mañana; y lo que peor
es, que se halló enamorada de don Esteban, que como era niña, mal leída
en desengaños, aquel rapaz enemigo común de la vida, del sosiego, de
la honestidad y del honor, el que tiene tantas vidas a cargo como la
muerte, el que, pintándole ciego, ve adónde, cómo y cuándo ha de dar
la herida, asestó el dorado arpón al blando pecho de la delicada niña,
y la hirió con tanto rigor que ya cuantos inconvenientes hallaba antes
de amar, los hallaba fáciles. Ya le pesara que fuera Estefanía y no don
Esteban, ya se reprendía de haber hablado con aspereza, ya temía si
se había muerto, como lo había de hacer, y al menor ruido que sentía
fuera, le parecía que eran las nuevas de su muerte.
Todas estas penas la ocasionaron un accidente de calentura que puso a
todos en gran cuidado, como tan amada de todos, y más Estefanía, que
como lo supo, conociendo procedía de la pena que había recibido con lo
que le había dicho, se vistió y fue a ver a su señora, muy triste y los
ojos muy rojos de llorar, lo que notó muy bien Laurela, como quien ya
no la miraba como a Estefanía sino como a don Esteban.
Vino el médico y mandó sangrar a Laurela, y ejecutado ese remedio
saliéronse todos de allí, juzgando que donde Estefanía asistía sobraban
los demás en servir a Laurela.
Últimamente, por ir dando fin a este discurso, tanto hizo Estefanía
puesta de rodillas delante de la cama, tanto rogó y tanto lloró, y todo
con tan ternísimos afectos y sentimientos, que ya cierta Laurela de ser
don Esteban, perdió el enojo y perdonó el atrevimiento del disfraz,
y prometiéndose el uno al otro palabra de esposo, concertaron se
disimulase hasta que ella estuviese buena, que entonces determinarían
lo que se había de hacer para que no tuviesen trágico fin tan extraños
y prodigiosos amores.
¡Ay, Laurela, y si supieras cuán trágicos serán, no hay duda sino
que antes te dejaras morir que aceptar este concierto! Mas inútil es
querer excusar lo que ha de ser; y así le sucedió a esta mal aconsejada
niña. ¡Oh traidor don Esteban! ¿En qué te ofendió la candidez de esta
inocente, que tan aprisa la vas diligenciando su perdición?
Más de un mes estuvo Laurela en la cama bien apretada de su mal, que
valiera más que la acabara: mas ya sana y convalecida, concertaron
ella y su amante, viendo con la prisa que se le facilitaba su
matrimonio con don Enrique, quien hechas las capitulaciones y corridas
dos amonestaciones, no aguardaba a más que pasase la tercera para
desposarse, y viendo también cuán imposible era estorbarlo, ni
persuadir a sus padres que trocasen a don Enrique por don Esteban,
pues no era lance ajustado el descubrir en tal ocasión el engaño de
Estefanía, menos que estando los dos seguros de la indignación de don
Bernardo y don Enrique, que ya como hijo era admitido; concertaron,
digo, que se ausentarían una noche, y puestos en cobro y ya casados,
sería fuerza aprovecharse del sufrimiento, pues no había otro remedio,
y que interpondrían personas que con su autoridad alcanzasen el perdón
de su padre.
Suspendieron la ejecución para de allí a tres días, y Estefanía, con
licencia de su señora, diciendo iba a ver una amiga o parienta, salió a
prevenir la parte adonde había de llevar a Laurela, como quien no tenía
más casa ni bienes que su persona, y en esa había más males que bienes,
que fue en casa de un amigo, que aunque era mancebo por casar, no tenía
mal alhajado un cuarto de una casa en que vivía, que era el mismo donde
don Esteban había dejado a guardar un vestido y otras cosillas, no de
mucho valor.
Cuando el tal amigo le vio con el hábito de dama, pues él creía estaba
fuera de Madrid, santiguándose le preguntó qué embeleco era aquel. A
quien don Esteban satisfizo contándole todo lo que queda dicho; si bien
no le dijo quién era la dama.
En fin, le pidió lugar para traerla allí, a lo que el amigo
condescendió voluntariamente, no solo por una noche sino por todas las
que gustase, y le dio una de dos llaves que tenía el cuarto, quedando
advertido que de allí a dos noches él se iría a dormir fuera, porque
con más comodidad gozase amores que le costaban tantas invenciones; con
lo que se volvió muy alegre a casa de Laurela, la cual aquellos días
juntó todas las joyas y dineros que pudo, que serían de valor de dos
mil ducados, por tener, mientras su padre se desenojase, con qué pasar.
Llegada la desdichada noche, escribió Laurela un papel a su padre
dándole cuenta de quién era Estefanía y cómo ella se iba con su esposo,
por dudar que no le admitiría por pobre, aunque en nobleza no le debía
nada, y otras muchas razones en disculpa de su atrevimiento, pidiéndole
perdón con sentidas expresiones.
Aguardaron a que todos estuviesen acostados y dormidos, y habiendo de
nuevo don Esteban prometido a Laurela ser su esposo, que con menos
seguridad no se arrojara a tan atrevida acción, dejando el papel
sobre las almohadas de su cama, y Estefanía el vestido de mujer en su
aposento, se salieron cerrando por defuera la puerta y llevándose la
llave, para que, si fuesen sentidos, no pudiesen salir tras ellos hasta
que estuviesen en salvo.
Se fueron a la casa que don Esteban tenía apercibida, dando el traidor
a entender a la desdichada Laurela que era suya, donde se acostaron con
el mayor reposo, Laurela creyendo que con su esposo y él imaginando lo
que había de hacer, que fue lo que ahora se dirá.
Apenas se empezó a reír la mañana cuando se levantó e hizo vestir
a Laurela, pareciéndole que a esta hora no había riesgo que temer,
como quien sabía que en casa de Laurela las criadas no se levantaban
hasta las ocho y los señores a las diez, si no era el criado que iba a
comprar.
Vestido él, y Laurela bien temerosa qué sería tanto madrugar, facción
bien diferente de la que ella esperaba, la hizo cubrir el manto, y
tomando las joyas y dineros, salieron de casa y la llevó a Santa María,
iglesia mayor de esta corte, y en estando allí la dijo estas razones:
—Las cosas, hermosa Laurela, que se hacen sin más acuerdo que por
cumplir con la sensualidad del apetito, no pueden durar, y más cuando
hay tanto riesgo como el que a mí me corre, sujeto al rigor de tu
padre y esposo, y al de la justicia, que no me amenaza menos que la
horca: yo te amé desde que te vi, e hice lo que has visto, y te amo por
cierto, mas no con aquella locura que antes, cuando no miraba en riesgo
alguno, mas ya los veo todos y a todos los temo; con que es fuerza
desengañarte.
Yo, Laurela, no soy de Burgos, ni caballero, porque soy hijo de un
pobre oficial de carpintería, que por no inclinarme al trabajo me
vine a este lugar, donde sirviendo he pasado fingiendo nobleza y
caballería: te vi y te amé, y busqué la invención que has visto hasta
conseguir mi deseo; y si bien no fueras la primera en el mundo que
casándose humildemente ha venido de alto a bajo estado, y trocando la
seda en sayal ha vivido con su marido contenta, aun cuando yo quisiera
hacer esto, me es imposible, porque soy casado en mi tierra, que no
es veinte leguas de aquí, y mi mujer la tienen mis padres en su casa,
sustentándola con su pobre trabajo.
Esto soy; y como no hay tal potro como el miedo, que en él se confiesan
verdades, puedes considerar cómo me atreveré a ser hallado de tu padre,
pues a este punto ya seré buscado, y no puedo esperar sino la muerte,
que tan merecida tengo por la traición que en su casa he cometido.
Nada miraba con el deseo de alcanzar tu hermosura; mas ya es fuerza que
lo mire, y así vengo determinado a dejarte aquí, y ponerme en salvo,
y para hacerlo tengo necesidad de estas joyas que tú no has menester,
pues te quedas en tu tierra, donde tienes deudos que te ampararán,
y ellos reportarán el enojo de tu padre, que al fin eres su hija y
considerará la poca culpa que tienes, pues has sido engañada.
Aquí no hay que gastar palabras ni verter lágrimas, pues con nada de
esto me has de enternecer, porque primero es mi vida que todo; antes tú
misma, si me tienes voluntad, me aconsejarás lo mismo; pues no remedias
nada con verme morir delante de tus ojos, y todo lo que me detengo aquí
contigo pierdo de tiempo para salvarme.
Sabe Dios que si no fuera casado no te desamparara, aunque fuera
echarme una esportilla al hombro para sustentarte, que ya pudiera ser
que tu padre, por no deshonrarse, gustara de tenerme por hijo; mas si
tengo mujer, mal lo puedo hacer, y más que cada día hay aquí gente de
mi tierra que me conocen y luego han de llevar allá las nuevas, y de
todas maneras tengo de perecer.
Dicho te he lo que importa, conque quédate a Dios, que yo me voy a
poner al punto a caballo para en partiéndome de Madrid excusarme el
peligro que me amenaza.