Con poco gusto aceptó la hermosa señora el casarse sin conocer ni

saber con quién; porque decía, y decía bien, que era gran ánimo el de

una mujer cuando se casaba solo por conveniencias y ajeno gusto con

un hombre de quien ignoraba la condición y costumbres; por cuya causa

envidiaba a las que se casaban precediendo primero las finezas de

enamorados; pues, cuando sobre voluntad no aceptase, no se podía quejar

de nadie sino de sí misma; y viendo que no podía conseguir este modo

de casarse, al tiempo de firmar las capitulaciones, sacó por condición,

antes de otorgarlas, que el príncipe había de venir a España, y antes

de casarse la había de galantear y servir un año, de la misma manera

y con las mismas finezas que si no estuviera otorgada por su esposa,

sino que la enamorase con paseos, músicas, billetes y regalos, como si

la pretendiera a excusas y a fuerza de finezas; porque quería amar por

el trato y conocer por él el entendimiento, condición y gracias de su

esposo.

Mucho rieron su hermano y todos cuantos supieron las condiciones con

que doña Blanca aceptó el casamiento, que aun en palacio se contaba y

reía; mas su hermano, que la quería ternísimamente, por darla gusto y

porque se dilatase el perderla, vino en todo cuanto doña Blanca pedía,

y así, se avisó al príncipe, quien hizo lo mismo con mucho gusto, que

como era de poca más edad que doña Blanca, por ver a España, si bien a

descontento de su padre, puso luego en ejecución su partida.

Tenía doña Blanca, entre las damas que la asistían, una que se había

criado con ella desde niña y a quien amaba más que a ninguna, con quien

comunicaba lo más secreto de sus pensamientos. Pues un día que doña

Blanca se estaba tocando, y todas sus damas asistiéndola, las preguntó

(como era tan afable):

—¿Qué habéis oído de lo que se platica en la corte de las condiciones

con que acepté este casamiento?

Doña María (que así se llamaba la dama tan querida suya) la respondió,

como la que fiada en su amor hablaba con más libertad:

—Si te he de decir verdad, señora mía, a todos oigo decir que es

locura; porque pudiendo gozar gustos descansados con tu esposo, le

quieres condenar y te condenas a la pena de la dilación y a los

desasosiegos de amar, con esperanzas de poseer lo mismo que es tuyo.

—¿Y quiénes son los necios, doña María —preguntó doña Blanca—, que

llaman locura a una razón fundada en buen discurso? ¿Conque creen

que es mejor casarse una mujer con un hombre a quien jamás vio ni

habló, y que suceda ser feo, necio, desabrido o mal compuesto, y se

halle después aborrecida y desesperada de haberse empleado mal, que

no avisarse del caudal que lleva en su esposo? Todas cuantas cosas se

compran se procuran ver, y que vistas agraden al gusto, como es un

vestido, alguna joya: ¿y un marido, que no se puede deshacer de él como

de la joya y del vestido, ha de ser por el gusto ajeno? ¡Cuánto más

acertado es que, galán, la granjee la voluntad, y ella, bien hallada

con ella, se la pague; que no, como hemos visto a muchas que se casan

sin gusto, y viviendo sin él pasan de la vida a la muerte, sin haber

vivido el tiempo que duró el casamiento, o que, viéndose galanteadas de

otros que supieron con finezas granjearlas la voluntad, como no se la

tenían a sus esposos, caer en muchas liviandades, que no cayeran si los

amaran!

No hay, doña María, más firme amor que el trato: con él se descubren

los defectos o gracias del que ha de tener por compañero toda la

vida. Y a los que se valen del adagio vulgar, «que quien se casa por

amor vive con dolor», tengo por ignorantes, pues su misma ignorancia

les desmiente, porque jamás se puede olvidar lo que de veras se

amó; y amando, no sienten ni las penas, ni las necesidades, ni las

incomodidades: todo lo dora y endulza el amor; y si tal vez hay

desabrimiento, lo causan las desigualdades que en los casamientos

por amores hay; mas, si son iguales en la nobleza y en los bienes de

fortuna, ¿qué desabrimientos ni dolor puede haber que no lo supla todo

el amor?

Es como decir muchos que el marido no ha de ser celoso: es engaño

notable, pues no siéndolo tanto que peque de necio, y él no falte por

celoso al cariño y regalo de su esposa, con eso la excusa de que no sea

fácil; pues más presto se arroja a cualquiera travesura la que tiene

el marido descuidado que no la que le tiene cuidadoso, pues sabe que

tiene, o no tiene, lugar.

Yo, por lo menos, quiero conocer en mi esposo, en las finezas de galán,

lo cariñoso que será cuando sea marido, y en los aciertos de puntual

sin posesión, lo que obrará puesto en ella.

—Estoy bien con eso —dijo doña María—: mas tú, señora, aunque

conozcas diferentes condiciones en el príncipe de las que en tu idea te

prometes, ¿puedes ya dejar de ser suya?

—En esto hay mucho que averiguar, porque yo no soy la que me le he

prometido, que a ser eso así, no procurara avisarme de lo que cobro en

él: hánmele prometido galán, bien entendido, afable, liberal, con otras

mil prerrogativas de que vienen llenas las cartas; y tantos hipérboles

como dicen los retratos se ha visto infinitas veces ser engañosos.

Averiguo otra cosa: luego no tendré obligación de cumplir lo firmado,

pues no me dan lo que prometieron; y para eso hay conventos, pues no me

tengo yo de cautivar con otro diferente del que me dijeron; y me puedo

llamar a engaño, diciendo que yo me prometí a un hombre perfecto, y

que, supuesto que me le dan imperfecto, no es el que me ha de merecer.

Venga el príncipe, y empiécese la labor amorosa, que no permitirá el

cielo que sea menos que como yo deseo; y sepa ser buen galán, para

que después no sea descuidado marido; y si no fuere tal como le han

pintado, el tiempo me dirá lo que tengo de hacer, y cada uno siga su

opinión, que yo no pienso apartarme de la mía.

Con estos y otros coloquios entretenía doña Blanca y sus damas el

tiempo que tardó en llegar el príncipe, que venido y visto, en cuanto

a la presencia, talle y gala, con la hermosura del rostro, no hubo que

despreciar, y aun a doña Blanca le pareció muy bien, y no sé si le pesó

del concierto en cuanto a la dilación, según lo dio a entender cuando

le vio por entre unas menudas celosías, y después oyéndole hablar con

su hermano, por lo que la podía cubrir una antepuerta.

Teníanle prevenida posada en la misma calle donde vivía doña Blanca,

que de industria, para conseguir lo concertado, no le aposentaron en su

misma casa. Entre las demás gracias que tenía el príncipe era hablar

muy bien nuestra lengua, porque los señores siempre tienen maestros que

los habilitan en todas.

No quiso doña Blanca que la viera aquel día el príncipe, dando por

excusa el no hallarse apercibida, excusando la visita que de cortesía

se debía hacer, quizá por tenerle más deseoso de su vista, o porque

naturalmente no se casaba con gusto: y quedando citada para otro día,

el príncipe y su gente se fueron a descansar.

Venida la mañana, doña Blanca se levantó muy melancólica, tanto que

a fuerza parecía que estaba deteniendo las lágrimas que por sus

hermosísimos ojos estaban reventando por salir, teniendo a sus criadas

confusas, y más a doña María, extrañando el no darla parte de su pena;

y así en burlas la dijo:

—¿Qué severidad o tristeza es esta, señora, en tiempo de tanta

alegría, como es justo tener por la venida del príncipe mi señor?

A esto respondió doña Blanca:

—Hasta ahora no es razón darle este título, que aún hay de plazo un

año hasta que lo sea.

—Y aun eso debe de ser —replicó doña María— lo que te tiene triste,

si no es el no haberte parecido bien el novio. Dínoslo, así el cielo te

haga con él muy dichosa.

—Por tu vida, doña María —respondió doña Blanca—, y por la mía

también, que ni es lo uno ni lo otro; porque en cuanto a haberme

parecido bien, te puedo jurar que yo soy la apasionada; y en cuanto a

desear que el año del concierto estuviese cumplido, te doy mi palabra

que quisiera que durara una eternidad; y asimismo te aseguro que no sé

de qué me procede este disgusto, si ya no es de pensar que tengo de

ausentarme de mi patria y de mi hermano, e irme a tierras tan remotas

como son donde he de ir; mas tampoco me parece es la causa esta, ni la

puedo dar alcance, aunque más lo procuro.

Hablando de esto y otras cosas con que sus damas la procuraban

divertir, se aderezó y prendió con tanto cuidado suyo y de todas, que

parecía un ángel, y salió donde su hermano y el príncipe la aguardaban,

quien se enamoró tanto de la hermosa doña Blanca, o lo fingió, que el

corazón del hombre para todo tiene astucias, que dio bien a entender

con los ojos y las palabras cuánto le pesaba de la dilación que para

gozar tal belleza había; y comenzándose desde este punto el galanteo

en las alabanzas y en la vista, tuvo fin la visita, y doña Blanca se

retiró a su cuarto tan triste que ya no tan solo procuraba detener las

perlas que a las ventanas de sus ojos se asomaban, sino que dejaba caer

hasta el suelo cuantas desperdiciaban sus pestañas.

¡Oh, qué profeta es el corazón!, pocas veces se olvida de avisar las

desdichas que han de venir si nosotros le creyésemos. Porque confesar

que le agradaba el príncipe, no negar que le amaba, haberle parecido

bien y no desear la posesión, antes pesarle de que para llegar a

tenerla era corto plazo el de un año y que quisiera fuera más dilatado,

cosas son que admiran.

Acostose al punto, sin querer responder a cuanto sus damas la decían,

y estuvo sin levantarse de la cama cuatro días, admirando a todos, y

más a su hermano, el que no sabía a qué atribuir tan diferentes efectos

como en ella veían; en los cuales días de indisposición, informado

el príncipe de cuál era la dama más querida de doña Blanca, y sabido

que era doña María, la habló y dio un papel y un rico presente de

cosas muy sazonadas de su país, y para ella una joya de mucho valor,

con otras para que repartiese con las demás damas, lo que doña María

recibió; y habiéndolo llevado a su señora, después de dar a las damas

sus joyas, doña Blanca vistió las suyas, muy agradada de ellas, y leyó

el papel que decía de esta manera:

«No debe ser admitido galán el que no sanea su atrevimiento con el

deseo de ser esposo, ni tampoco será buen marido el que no fuera

finísimo galán; pues es fuerza que lo sea todo para ser perfecto en

todo. Lúcese bien vuestro entendimiento, hermosísima señora mía, en

disponer que la gloria de mereceros se conquiste con la pena de

desearos: que soy vuestro, ya lo sabéis: que sois mía, ignoro, pues

aún no he llegado a estado de tal bien; y así, os suplico ordenéis

lo que he de hacer para mereceros mía; pues ya sé lo que he de

hacer para no morir hasta que lo seáis; y pues a los golpes de

vuestra belleza no tengo otro reparo sino la esperanza, alentadme

con ella, para que no muera con la dilación de vuestra gloriosa

posesión. El cielo os guarde.»

Leído el papel, alabó doña Blanca el entendimiento y solemnizó el buen

gusto del presente, mas no respondió por escrito; solo mandó a doña

María le dijese cómo lo había recibido con la estimación que se debía.

Pasados los cuatro días, se levantó doña Blanca, ya algo moderada su

tristeza, y oía con más gusto cómo la decían que el príncipe paseaba la

calle y que había salido muy galán de sus colores; y esa noche salió

a oír una música que la dio, cantando excelentísimamente a seis voces

este soneto:

No quiere, dueño amado, el dolor mío

Tan áspero remedio como ausencia,

Que ni hay valor, cordura ni paciencia

Para sufrir, aunque sufrir porfío.

Tratadme con desdenes, con desvío,

Con celos, aunque es tanta su violencia,

Haréis de un firme amor clara experiencia,

Aunque me vuelva con mi llanto un río;

Que como yo me vea en vuestros ojos,

Dulces nortes de amor, estrellas mías,

En quien las desdichas de mi suerte espero;

Alegres, tristes, con mil enojos,

Darán aliento a mis cansados bríos,

Pero cuando no os veo, desespero.

Si más que a mí no os quiero,

Si veros me da vida,

Tenedla, si no os veo, por perdida.

Bien conoció el príncipe que estaban las rejas ocupadas, y no dudó de

que estaría en ellas doña Blanca, y con mucho desenfado y donaire,

como quien galanteaba con fe de amante y seguridad de esposo, dijo,

llegándose más cerca:

—¿Seré tan dichoso que entre tantas estrellas esté el sol, y entre

tantos nortes la blanca y plateada Cintia?

—Sí —respondió una de las damas, que como estos amores iban con las

conveniencias ya dichas, y a lo público, no le querían regatear los

favores, ni se temían las murmuraciones.

—¿Pues cómo, señora mía —prosiguió—, cubrís vuestros divinos rayos y

lustrosos candores con la oscuridad del silencio? Merezca yo un favor

vuestro, aunque sea mandarme morir.

—Que viváis muchos años —respondió doña Blanca—, y que prosiga la

música es lo que mando.

Y con esto, avisando a los músicos, volvieron a cantar este romance:

Contaros quiero mis dichas,

Dulces y amorosas selvas,

En cambio de que escuchasteis

Con grato oído mis penas.

Salió a mis ojos el sol

De una divina belleza,

Tal que deidad le adorara,

A no conocer la eterna.

A sus acentos el alma,

Con tanta dulzura atenta,

Instantes juzgó las horas,

Millares contó las quejas.

Amor, desterrando dudas,

Aunque niño, cobró fuerzas;

Miente quien dice que amor

Es mayor con las ofensas.

Con las ternezas se cría,

Si con la vista se engendra;

Con las firmezas se anima,

Las finezas le alimentan.

Los agravios le desmayan,

Las sinrazones le hielan,

Enferma con los temores,

Y muere con las ofensas.

Y siendo así que el amor

Con los favores se aumenta,

Quien tantos ha recibido,

Fuerza es querer con más veras.

¿Quién verá, Blanca divina,

Tu hermosura y gentileza,

Que no te dé por tributo

Mil almas, si las tuviera?

Tal imperio tu hermosura

Ha puesto en mí, que quisiera

De nuevo entregarte el alma,

A no ser tuya esta prenda.

A tener tantas que darte,

Como son las prendas vuestras,

Ninguna libre quedara,

Que todas se las rindiera.

¡Ay, dueño del alma mía!

Si la estimáis como vuestra,

Maltratadla con amor,

No la matéis con su ausencia.

Si más que a mí no os estimo,

Ruego a Dios que no me vea

En posesión de esos ojos,

Siempre esté en desgracia vuestra.

Selvas, si veis de Blanca la belleza,

Contadle mi firmeza,

Referidle mi pena;

Rogadle, selvas, que de mí se duela.

Acabando de cantar, se retiró doña Blanca y quedó doña María para decir

al príncipe que su señora se daba por muy bien servida de sus finezas:

con que el príncipe muy gustoso se fue a su posada.

No se acabara jamás este desengaño si se hubieran de contar por menudo

las cosas que sucedieron en este entretenimiento de amor y prueba

de entendimiento, que así le llamaba doña Blanca; porque llegó a

escribirse el uno al otro bien entendidos y tiernos papeles, a hablarle

doña Blanca por una reja, no concediéndole más favor que el de sus

hermosas manos; deseando las damas, y más doña María, que durara tantos

años como días tenía el del concierto; porque demás de gozar las más

noches de músicas, y los días de paseos, toros, cañas y encamisadas,

máscaras y otras fiestas que el príncipe hacía en servicio de doña

Blanca, estaban muy medradas de galas y otras dádivas, gozando también

de sus galanteos; y así, ellas deseaban que el año no se acabara.

Doña Blanca lo deseaba más; porque cada día que pasaba la costaban

muchos desperdicios de perlas: tanto era lo que sentía imaginar que se

había de casar; y demás de esto amaba al príncipe tan ternísimamente

que, cuando la venía a ver, a la dama o paje que la daba la nueva,

daba, en albricias, una joya. ¿Quién vio jamás tan diferentes efectos

de amor y desamor?

Contábanse en la corte estos amores por cosa de admiración; unos decían

que doña Blanca tenía buen gusto en hacer que le costase al príncipe

tan cara su hermosura, y que la comprase a precio de dilaciones: otros

que era locura, y que siendo verdaderamente suyo y que podía poseer

sin embarazo, dilatarlo por tanto tiempo; de suerte que cada uno

hablaba como sentía del caso.

Tal vez que las criadas hablaban con los criados del príncipe,

procurando saber de ellos cómo llevaba su dueño estas dilaciones; ellos

las decían que estaba desesperado, y que, si bien quería de veras a

doña Blanca, si no fuera por su hermano, hubiera deshecho los conciertos

y vuéltose a su tierra, que así se lo escribía su padre que lo hiciese;

y cuando doña María la decía esto a doña Blanca, arrasados sus ojos de

lágrimas, respondía:

—Más desesperada estoy yo de que se cumpla tan presto el plazo; que si

a ellos se les hace tarde, yo le juzgo temprano.

En fin, llegó (que no hay ninguno que no llegue, y más el que trae por

padrino a las desdichas, que parece que le espolean para que se cumpla

más presto); desposose doña Blanca con igual regocijo de toda la corte;

y cuando pensaron que la tornaboda había de ser con el mismo regocijado

aplauso, fue con llantos y lutos; porque casi una tras otra llegó la

triste nueva del desdichado fin de sus hermanas, trayéndole a sus ojos

la más pequeña, imposibilitada de poder andar; porque de las rodillas

abajo no tenía piernas ni pies, habiendo de ser la cama el teatro donde

mientras vivió representaba a todas horas la adversa estrella con que

había nacido; con lo cual doña Blanca quedó tan temerosa y desabrida

que se tiene por seguro que, si no se hubiera desposado, por ningún

temor, interés ni conveniencia se casara, y así lo decía a sus damas

con muchos sentimientos, y antes se hubiera entrado religiosa.

En fin, llenas de luto y pesares se acabaron de celebrar las bodas, y

luego se empezó a tratar de la partida. Doña María trataba de casarse

con el camarero del hermano de doña Blanca, y cuando supo que quería

quedarse, como la quería tanto y se habían criado juntas, y la tenía

por alivio en sus mayores penas, lo sintió de suerte que, por moderarle

el desconsuelo, se dio orden que don Jorge (que este era el nombre del

camarero del hermano de doña Blanca) fuese en su servicio con otros

criados que llevaba españoles, con promesa de que en llegando allá los

casaría y haría merced: con que dentro de dos meses casada, dejó doña

Blanca a España, con tan tierno sentimiento de apartarse de su hermano

y hermana, y de su amada patria, que el príncipe mostraba gran enfado

de ello: porque como ya estaba en posesión, se iba cansando de los

gustos que en esperanza le habían agradado, mas disimulaba a la cuenta

hasta sacarla del poder de su hermano.

Al tiempo que doña Blanca partió de Madrid, se había averiguado la

inocencia de su hermana doña Mayor y el rey había severamente castigado

a su marido, con lo cual se moderó en parte el dolor de su muerte,

juzgándola gozaba en el cielo la corona de mártir.

Puesta en camino, en fin, con el sentimiento que digo, era agasajada,

los días que duró el camino por tierra, de su marido, mas no con tanto

cariño como cuando estaba en la corte, de que ella, con extrañas

admiraciones, daba parte a su querida doña María, la que como cuerda

la alentaba, aconsejaba y entretenía la tristeza que llevaba de haber

dejado su paternal albergue e irse a vivir desterrada para siempre

de él, y más con los despegos que empezó a ver en su esposo; porque

apenas se embarcaron y le pareció que tenía la inocente palomilla

fuera de todo punto de su nido, cuando se desapegó de ella con tanta

demostración de tibieza o enfado que muchas veces llegaban a tener

rencillas sobre ello, y a las quejas que ella le daba respondía:

—No seas viciosa, española, ni te lamentes tanto por lo que ahora se

empieza: ¿qué quieres: verme siempre junto a ti? Algún día desearás

verme lejos.

No sé qué desdicha tienen las españolas con los extranjeros, que jamás

las estiman, antes se cansan a dos días y las tratan con desprecio; y

esto por haberlo visto en muchas lo digo.

Tuvo fin el viaje, y llegados a sus estados, se halló doña Blanca con

menos gusto que antes; porque el suegro era hombre severo y que tocaba

más en cruel que en piadoso; y enfadado del largo tiempo que su hijo

se había detenido en el galanteo, aun el mismo día que llegaron a su

presencia no disimuló el enfado y la recibió diciendo:

—¿Cuándo había de ser esta venida? Basta, que las españolas sois

locas: no sé qué extranjero os apetece si no es que esté desesperado.

Y otras razones, de que doña Blanca corrida no acertó a responder,

conociendo claramente que estaba en poder de sus enemigos; y si con

alguna cosa tuvo alivio su pena fue con una hermana de su esposo,

llamada la señora Marieta; que en aquellos países ni en Italia, ninguno

se llama «don», sino solo los clérigos, porque nadie hace ostentación

de los «dones» como en España; y más el día de hoy, que han dado en una

vanidad tan grande que hasta los cocheros, lacayos y mozas de cocina le

tienen, estando ya los negros «dones» tan abatidos, que las taberneras

y fruteras son «doña Serpiente» y «doña Tigre»; que de mi voto, aunque

no el de más acierto, ninguna persona principal se le había de poner,

que no ha muchos días que oí llamar a una perrilla de falda «doña

Jarifa», y a un gato «don Morro», que si Su Majestad (Dios le guarde)

echara alcabala sobre los «dones», le había de aprovechar más que el

uno por ciento; porque casas hay en Madrid, y las conozco yo, que

hierven de «dones» como los sepulcros de gusanos; y me contaron por muy

cierto que una labradora socarrona de Vallecas, vendiendo pan el otro

día en la plaza, a cualquier vaivén que daba el burro, decía: «Está

quedo, don Rucio»; y queriendo partirse, empezó a decir: «Don Arre»; y

queriéndose parar: «Don Jo».

Era la señora Marieta muy hermosa y niña, aunque casada con un primo

suyo; y lo que mejor tenía era ser muy virtuosa, y vivía con su padre.

Con esta señora trabó doña Blanca grande amistad, cobrándose las dos

tanto amor que, si no era para dormir, no se dividía la una de la otra,

comunicando entre ellas sus penas; que gustos tenían tan pocos que no

las cansaba mucho el contarlos, porque tan poco estimaba su esposo a la

señora Marieta como el príncipe a doña Blanca.

Tenía el príncipe un paje, mozo, galán, y que los años no pasaban de

diez y seis, tan querido que trocara su esposa el agasajo suyo por el

del paje; y él tan soberbio con la privanza que más parecía señor que

criado: él tenía cuanto el príncipe estimaba, con él comunicaba sus

más íntimos secretos, por él se gobernaba todo, y él tan desabrido con

todos, que trataban de agradarle más que al príncipe.

Pues como doña Blanca muchas veces preguntaba qué hacía su esposo y la

respondían que estaba con Ernesto (que este era su nombre), y algunas,

que o por burlas o veras la decían que más quería a su paje que no a

ella, fue causa para que Ernesto aborreciese a doña Blanca de suerte

que lo mostraba no solo en el desagrado con que siempre la asistía,

si era necesario, mas en responderla en varias ocasiones algunas

libertades; y doña Blanca asimismo le aborrecía, por tener por seguro

que servía de tercero en algunos amores que debía de tener el príncipe,

y que de esto nacía la libertad y soberbia del paje.

Con este pensamiento dio en ser celosa, con que se acabó de perder;

porque ella se desagradaba declaradamente de las cosas de Ernesto,

hablándole con sequedad y despego, y él con libertad y desenvoltura,

llegando doña Blanca y el príncipe a tener sobre esta causa muchos

disgustos, y todo por hallarse menos querida de su esposo y más odiada

de Ernesto, y aun de su suegro, que muchas veces oía de él palabras muy

desabridas.

No la llamaban por su nombre, sino la Españoleta; y aunque doña Blanca

volvía por sí, no consintiéndose perder el respeto, la valía poco;

porque todos eran sus declarados enemigos, sin que tuviese ninguno de

su parte, supuesto que los criados que tenía españoles estaban tan

oprimidos y mal queridos como ella.

Era doña Blanca excelentísima música, y cantaba divinamente, no

teniendo necesidad de buscar los tonos que había de cantar, porque el

cielo la había dado la gracia de saberlos hacer; y más en esta ocasión,

que como tenía caudal de celos, lo hacía con más sentimiento. Con

ellos, pues, alentaba su natural, y así un día que la señora Marieta

pidió cantase alguna cosa de las que hacían a su celosa pasión, cantó

este romance que había hecho, y le diré aquí porque fue causa de un

gran disgusto que tuvo con su esposo:

¿Qué gusto tienen tus ojos

De ver los ojos, que un tiempo

Dueños llamaron los tuyos,

Dos copiosas fuentes hechos?

¿Qué gusto te da saber

Cuán poco ocupan el sueño;

Pues ellos están llorando,

Cuando los tuyos durmiendo?

Muy a mi costa les quitas

El imperio que tuvieron;

Mas tú te llevas la gloria,

Y ellos pasan los tormentos.

No sé cómo es este enigma,

Que la nieve está en tu pecho,

Y sin que en él se deshaga,

Ya se destila por ellos.

Mas ya llego a conocer

De aquesta duda el secreto,

Que otro fuego te deshace,

Y resulta el daño en ellos.

¡Que entre las muertas cenizas

De aquel tu pasado incendio,

No guardases una brasa

Que reviviese algún tiempo!

Novelas ejemplares y amorosas · 第 39 / 52 段