saber con quién; porque decía, y decía bien, que era gran ánimo el de
una mujer cuando se casaba solo por conveniencias y ajeno gusto con
un hombre de quien ignoraba la condición y costumbres; por cuya causa
envidiaba a las que se casaban precediendo primero las finezas de
enamorados; pues, cuando sobre voluntad no aceptase, no se podía quejar
de nadie sino de sí misma; y viendo que no podía conseguir este modo
de casarse, al tiempo de firmar las capitulaciones, sacó por condición,
antes de otorgarlas, que el príncipe había de venir a España, y antes
de casarse la había de galantear y servir un año, de la misma manera
y con las mismas finezas que si no estuviera otorgada por su esposa,
sino que la enamorase con paseos, músicas, billetes y regalos, como si
la pretendiera a excusas y a fuerza de finezas; porque quería amar por
el trato y conocer por él el entendimiento, condición y gracias de su
esposo.
Mucho rieron su hermano y todos cuantos supieron las condiciones con
que doña Blanca aceptó el casamiento, que aun en palacio se contaba y
reía; mas su hermano, que la quería ternísimamente, por darla gusto y
porque se dilatase el perderla, vino en todo cuanto doña Blanca pedía,
y así, se avisó al príncipe, quien hizo lo mismo con mucho gusto, que
como era de poca más edad que doña Blanca, por ver a España, si bien a
descontento de su padre, puso luego en ejecución su partida.
Tenía doña Blanca, entre las damas que la asistían, una que se había
criado con ella desde niña y a quien amaba más que a ninguna, con quien
comunicaba lo más secreto de sus pensamientos. Pues un día que doña
Blanca se estaba tocando, y todas sus damas asistiéndola, las preguntó
(como era tan afable):
—¿Qué habéis oído de lo que se platica en la corte de las condiciones
con que acepté este casamiento?
Doña María (que así se llamaba la dama tan querida suya) la respondió,
como la que fiada en su amor hablaba con más libertad:
—Si te he de decir verdad, señora mía, a todos oigo decir que es
locura; porque pudiendo gozar gustos descansados con tu esposo, le
quieres condenar y te condenas a la pena de la dilación y a los
desasosiegos de amar, con esperanzas de poseer lo mismo que es tuyo.
—¿Y quiénes son los necios, doña María —preguntó doña Blanca—, que
llaman locura a una razón fundada en buen discurso? ¿Conque creen
que es mejor casarse una mujer con un hombre a quien jamás vio ni
habló, y que suceda ser feo, necio, desabrido o mal compuesto, y se
halle después aborrecida y desesperada de haberse empleado mal, que
no avisarse del caudal que lleva en su esposo? Todas cuantas cosas se
compran se procuran ver, y que vistas agraden al gusto, como es un
vestido, alguna joya: ¿y un marido, que no se puede deshacer de él como
de la joya y del vestido, ha de ser por el gusto ajeno? ¡Cuánto más
acertado es que, galán, la granjee la voluntad, y ella, bien hallada
con ella, se la pague; que no, como hemos visto a muchas que se casan
sin gusto, y viviendo sin él pasan de la vida a la muerte, sin haber
vivido el tiempo que duró el casamiento, o que, viéndose galanteadas de
otros que supieron con finezas granjearlas la voluntad, como no se la
tenían a sus esposos, caer en muchas liviandades, que no cayeran si los
amaran!
No hay, doña María, más firme amor que el trato: con él se descubren
los defectos o gracias del que ha de tener por compañero toda la
vida. Y a los que se valen del adagio vulgar, «que quien se casa por
amor vive con dolor», tengo por ignorantes, pues su misma ignorancia
les desmiente, porque jamás se puede olvidar lo que de veras se
amó; y amando, no sienten ni las penas, ni las necesidades, ni las
incomodidades: todo lo dora y endulza el amor; y si tal vez hay
desabrimiento, lo causan las desigualdades que en los casamientos
por amores hay; mas, si son iguales en la nobleza y en los bienes de
fortuna, ¿qué desabrimientos ni dolor puede haber que no lo supla todo
el amor?
Es como decir muchos que el marido no ha de ser celoso: es engaño
notable, pues no siéndolo tanto que peque de necio, y él no falte por
celoso al cariño y regalo de su esposa, con eso la excusa de que no sea
fácil; pues más presto se arroja a cualquiera travesura la que tiene
el marido descuidado que no la que le tiene cuidadoso, pues sabe que
tiene, o no tiene, lugar.
Yo, por lo menos, quiero conocer en mi esposo, en las finezas de galán,
lo cariñoso que será cuando sea marido, y en los aciertos de puntual
sin posesión, lo que obrará puesto en ella.
—Estoy bien con eso —dijo doña María—: mas tú, señora, aunque
conozcas diferentes condiciones en el príncipe de las que en tu idea te
prometes, ¿puedes ya dejar de ser suya?
—En esto hay mucho que averiguar, porque yo no soy la que me le he
prometido, que a ser eso así, no procurara avisarme de lo que cobro en
él: hánmele prometido galán, bien entendido, afable, liberal, con otras
mil prerrogativas de que vienen llenas las cartas; y tantos hipérboles
como dicen los retratos se ha visto infinitas veces ser engañosos.
Averiguo otra cosa: luego no tendré obligación de cumplir lo firmado,
pues no me dan lo que prometieron; y para eso hay conventos, pues no me
tengo yo de cautivar con otro diferente del que me dijeron; y me puedo
llamar a engaño, diciendo que yo me prometí a un hombre perfecto, y
que, supuesto que me le dan imperfecto, no es el que me ha de merecer.
Venga el príncipe, y empiécese la labor amorosa, que no permitirá el
cielo que sea menos que como yo deseo; y sepa ser buen galán, para
que después no sea descuidado marido; y si no fuere tal como le han
pintado, el tiempo me dirá lo que tengo de hacer, y cada uno siga su
opinión, que yo no pienso apartarme de la mía.
Con estos y otros coloquios entretenía doña Blanca y sus damas el
tiempo que tardó en llegar el príncipe, que venido y visto, en cuanto
a la presencia, talle y gala, con la hermosura del rostro, no hubo que
despreciar, y aun a doña Blanca le pareció muy bien, y no sé si le pesó
del concierto en cuanto a la dilación, según lo dio a entender cuando
le vio por entre unas menudas celosías, y después oyéndole hablar con
su hermano, por lo que la podía cubrir una antepuerta.
Teníanle prevenida posada en la misma calle donde vivía doña Blanca,
que de industria, para conseguir lo concertado, no le aposentaron en su
misma casa. Entre las demás gracias que tenía el príncipe era hablar
muy bien nuestra lengua, porque los señores siempre tienen maestros que
los habilitan en todas.
No quiso doña Blanca que la viera aquel día el príncipe, dando por
excusa el no hallarse apercibida, excusando la visita que de cortesía
se debía hacer, quizá por tenerle más deseoso de su vista, o porque
naturalmente no se casaba con gusto: y quedando citada para otro día,
el príncipe y su gente se fueron a descansar.
Venida la mañana, doña Blanca se levantó muy melancólica, tanto que
a fuerza parecía que estaba deteniendo las lágrimas que por sus
hermosísimos ojos estaban reventando por salir, teniendo a sus criadas
confusas, y más a doña María, extrañando el no darla parte de su pena;
y así en burlas la dijo:
—¿Qué severidad o tristeza es esta, señora, en tiempo de tanta
alegría, como es justo tener por la venida del príncipe mi señor?
A esto respondió doña Blanca:
—Hasta ahora no es razón darle este título, que aún hay de plazo un
año hasta que lo sea.
—Y aun eso debe de ser —replicó doña María— lo que te tiene triste,
si no es el no haberte parecido bien el novio. Dínoslo, así el cielo te
haga con él muy dichosa.
—Por tu vida, doña María —respondió doña Blanca—, y por la mía
también, que ni es lo uno ni lo otro; porque en cuanto a haberme
parecido bien, te puedo jurar que yo soy la apasionada; y en cuanto a
desear que el año del concierto estuviese cumplido, te doy mi palabra
que quisiera que durara una eternidad; y asimismo te aseguro que no sé
de qué me procede este disgusto, si ya no es de pensar que tengo de
ausentarme de mi patria y de mi hermano, e irme a tierras tan remotas
como son donde he de ir; mas tampoco me parece es la causa esta, ni la
puedo dar alcance, aunque más lo procuro.
Hablando de esto y otras cosas con que sus damas la procuraban
divertir, se aderezó y prendió con tanto cuidado suyo y de todas, que
parecía un ángel, y salió donde su hermano y el príncipe la aguardaban,
quien se enamoró tanto de la hermosa doña Blanca, o lo fingió, que el
corazón del hombre para todo tiene astucias, que dio bien a entender
con los ojos y las palabras cuánto le pesaba de la dilación que para
gozar tal belleza había; y comenzándose desde este punto el galanteo
en las alabanzas y en la vista, tuvo fin la visita, y doña Blanca se
retiró a su cuarto tan triste que ya no tan solo procuraba detener las
perlas que a las ventanas de sus ojos se asomaban, sino que dejaba caer
hasta el suelo cuantas desperdiciaban sus pestañas.
¡Oh, qué profeta es el corazón!, pocas veces se olvida de avisar las
desdichas que han de venir si nosotros le creyésemos. Porque confesar
que le agradaba el príncipe, no negar que le amaba, haberle parecido
bien y no desear la posesión, antes pesarle de que para llegar a
tenerla era corto plazo el de un año y que quisiera fuera más dilatado,
cosas son que admiran.
Acostose al punto, sin querer responder a cuanto sus damas la decían,
y estuvo sin levantarse de la cama cuatro días, admirando a todos, y
más a su hermano, el que no sabía a qué atribuir tan diferentes efectos
como en ella veían; en los cuales días de indisposición, informado
el príncipe de cuál era la dama más querida de doña Blanca, y sabido
que era doña María, la habló y dio un papel y un rico presente de
cosas muy sazonadas de su país, y para ella una joya de mucho valor,
con otras para que repartiese con las demás damas, lo que doña María
recibió; y habiéndolo llevado a su señora, después de dar a las damas
sus joyas, doña Blanca vistió las suyas, muy agradada de ellas, y leyó
el papel que decía de esta manera:
«No debe ser admitido galán el que no sanea su atrevimiento con el
deseo de ser esposo, ni tampoco será buen marido el que no fuera
finísimo galán; pues es fuerza que lo sea todo para ser perfecto en
todo. Lúcese bien vuestro entendimiento, hermosísima señora mía, en
disponer que la gloria de mereceros se conquiste con la pena de
desearos: que soy vuestro, ya lo sabéis: que sois mía, ignoro, pues
aún no he llegado a estado de tal bien; y así, os suplico ordenéis
lo que he de hacer para mereceros mía; pues ya sé lo que he de
hacer para no morir hasta que lo seáis; y pues a los golpes de
vuestra belleza no tengo otro reparo sino la esperanza, alentadme
con ella, para que no muera con la dilación de vuestra gloriosa
posesión. El cielo os guarde.»
Leído el papel, alabó doña Blanca el entendimiento y solemnizó el buen
gusto del presente, mas no respondió por escrito; solo mandó a doña
María le dijese cómo lo había recibido con la estimación que se debía.
Pasados los cuatro días, se levantó doña Blanca, ya algo moderada su
tristeza, y oía con más gusto cómo la decían que el príncipe paseaba la
calle y que había salido muy galán de sus colores; y esa noche salió
a oír una música que la dio, cantando excelentísimamente a seis voces
este soneto:
No quiere, dueño amado, el dolor mío
Tan áspero remedio como ausencia,
Que ni hay valor, cordura ni paciencia
Para sufrir, aunque sufrir porfío.
Tratadme con desdenes, con desvío,
Con celos, aunque es tanta su violencia,
Haréis de un firme amor clara experiencia,
Aunque me vuelva con mi llanto un río;
Que como yo me vea en vuestros ojos,
Dulces nortes de amor, estrellas mías,
En quien las desdichas de mi suerte espero;
Alegres, tristes, con mil enojos,
Darán aliento a mis cansados bríos,
Pero cuando no os veo, desespero.
Si más que a mí no os quiero,
Si veros me da vida,
Tenedla, si no os veo, por perdida.
Bien conoció el príncipe que estaban las rejas ocupadas, y no dudó de
que estaría en ellas doña Blanca, y con mucho desenfado y donaire,
como quien galanteaba con fe de amante y seguridad de esposo, dijo,
llegándose más cerca:
—¿Seré tan dichoso que entre tantas estrellas esté el sol, y entre
tantos nortes la blanca y plateada Cintia?
—Sí —respondió una de las damas, que como estos amores iban con las
conveniencias ya dichas, y a lo público, no le querían regatear los
favores, ni se temían las murmuraciones.
—¿Pues cómo, señora mía —prosiguió—, cubrís vuestros divinos rayos y
lustrosos candores con la oscuridad del silencio? Merezca yo un favor
vuestro, aunque sea mandarme morir.
—Que viváis muchos años —respondió doña Blanca—, y que prosiga la
música es lo que mando.
Y con esto, avisando a los músicos, volvieron a cantar este romance:
Contaros quiero mis dichas,
Dulces y amorosas selvas,
En cambio de que escuchasteis
Con grato oído mis penas.
Salió a mis ojos el sol
De una divina belleza,
Tal que deidad le adorara,
A no conocer la eterna.
A sus acentos el alma,
Con tanta dulzura atenta,
Instantes juzgó las horas,
Millares contó las quejas.
Amor, desterrando dudas,
Aunque niño, cobró fuerzas;
Miente quien dice que amor
Es mayor con las ofensas.
Con las ternezas se cría,
Si con la vista se engendra;
Con las firmezas se anima,
Las finezas le alimentan.
Los agravios le desmayan,
Las sinrazones le hielan,
Enferma con los temores,
Y muere con las ofensas.
Y siendo así que el amor
Con los favores se aumenta,
Quien tantos ha recibido,
Fuerza es querer con más veras.
¿Quién verá, Blanca divina,
Tu hermosura y gentileza,
Que no te dé por tributo
Mil almas, si las tuviera?
Tal imperio tu hermosura
Ha puesto en mí, que quisiera
De nuevo entregarte el alma,
A no ser tuya esta prenda.
A tener tantas que darte,
Como son las prendas vuestras,
Ninguna libre quedara,
Que todas se las rindiera.
¡Ay, dueño del alma mía!
Si la estimáis como vuestra,
Maltratadla con amor,
No la matéis con su ausencia.
Si más que a mí no os estimo,
Ruego a Dios que no me vea
En posesión de esos ojos,
Siempre esté en desgracia vuestra.
Selvas, si veis de Blanca la belleza,
Contadle mi firmeza,
Referidle mi pena;
Rogadle, selvas, que de mí se duela.
Acabando de cantar, se retiró doña Blanca y quedó doña María para decir
al príncipe que su señora se daba por muy bien servida de sus finezas:
con que el príncipe muy gustoso se fue a su posada.
No se acabara jamás este desengaño si se hubieran de contar por menudo
las cosas que sucedieron en este entretenimiento de amor y prueba
de entendimiento, que así le llamaba doña Blanca; porque llegó a
escribirse el uno al otro bien entendidos y tiernos papeles, a hablarle
doña Blanca por una reja, no concediéndole más favor que el de sus
hermosas manos; deseando las damas, y más doña María, que durara tantos
años como días tenía el del concierto; porque demás de gozar las más
noches de músicas, y los días de paseos, toros, cañas y encamisadas,
máscaras y otras fiestas que el príncipe hacía en servicio de doña
Blanca, estaban muy medradas de galas y otras dádivas, gozando también
de sus galanteos; y así, ellas deseaban que el año no se acabara.
Doña Blanca lo deseaba más; porque cada día que pasaba la costaban
muchos desperdicios de perlas: tanto era lo que sentía imaginar que se
había de casar; y demás de esto amaba al príncipe tan ternísimamente
que, cuando la venía a ver, a la dama o paje que la daba la nueva,
daba, en albricias, una joya. ¿Quién vio jamás tan diferentes efectos
de amor y desamor?
Contábanse en la corte estos amores por cosa de admiración; unos decían
que doña Blanca tenía buen gusto en hacer que le costase al príncipe
tan cara su hermosura, y que la comprase a precio de dilaciones: otros
que era locura, y que siendo verdaderamente suyo y que podía poseer
sin embarazo, dilatarlo por tanto tiempo; de suerte que cada uno
hablaba como sentía del caso.
Tal vez que las criadas hablaban con los criados del príncipe,
procurando saber de ellos cómo llevaba su dueño estas dilaciones; ellos
las decían que estaba desesperado, y que, si bien quería de veras a
doña Blanca, si no fuera por su hermano, hubiera deshecho los conciertos
y vuéltose a su tierra, que así se lo escribía su padre que lo hiciese;
y cuando doña María la decía esto a doña Blanca, arrasados sus ojos de
lágrimas, respondía:
—Más desesperada estoy yo de que se cumpla tan presto el plazo; que si
a ellos se les hace tarde, yo le juzgo temprano.
En fin, llegó (que no hay ninguno que no llegue, y más el que trae por
padrino a las desdichas, que parece que le espolean para que se cumpla
más presto); desposose doña Blanca con igual regocijo de toda la corte;
y cuando pensaron que la tornaboda había de ser con el mismo regocijado
aplauso, fue con llantos y lutos; porque casi una tras otra llegó la
triste nueva del desdichado fin de sus hermanas, trayéndole a sus ojos
la más pequeña, imposibilitada de poder andar; porque de las rodillas
abajo no tenía piernas ni pies, habiendo de ser la cama el teatro donde
mientras vivió representaba a todas horas la adversa estrella con que
había nacido; con lo cual doña Blanca quedó tan temerosa y desabrida
que se tiene por seguro que, si no se hubiera desposado, por ningún
temor, interés ni conveniencia se casara, y así lo decía a sus damas
con muchos sentimientos, y antes se hubiera entrado religiosa.
En fin, llenas de luto y pesares se acabaron de celebrar las bodas, y
luego se empezó a tratar de la partida. Doña María trataba de casarse
con el camarero del hermano de doña Blanca, y cuando supo que quería
quedarse, como la quería tanto y se habían criado juntas, y la tenía
por alivio en sus mayores penas, lo sintió de suerte que, por moderarle
el desconsuelo, se dio orden que don Jorge (que este era el nombre del
camarero del hermano de doña Blanca) fuese en su servicio con otros
criados que llevaba españoles, con promesa de que en llegando allá los
casaría y haría merced: con que dentro de dos meses casada, dejó doña
Blanca a España, con tan tierno sentimiento de apartarse de su hermano
y hermana, y de su amada patria, que el príncipe mostraba gran enfado
de ello: porque como ya estaba en posesión, se iba cansando de los
gustos que en esperanza le habían agradado, mas disimulaba a la cuenta
hasta sacarla del poder de su hermano.
Al tiempo que doña Blanca partió de Madrid, se había averiguado la
inocencia de su hermana doña Mayor y el rey había severamente castigado
a su marido, con lo cual se moderó en parte el dolor de su muerte,
juzgándola gozaba en el cielo la corona de mártir.
Puesta en camino, en fin, con el sentimiento que digo, era agasajada,
los días que duró el camino por tierra, de su marido, mas no con tanto
cariño como cuando estaba en la corte, de que ella, con extrañas
admiraciones, daba parte a su querida doña María, la que como cuerda
la alentaba, aconsejaba y entretenía la tristeza que llevaba de haber
dejado su paternal albergue e irse a vivir desterrada para siempre
de él, y más con los despegos que empezó a ver en su esposo; porque
apenas se embarcaron y le pareció que tenía la inocente palomilla
fuera de todo punto de su nido, cuando se desapegó de ella con tanta
demostración de tibieza o enfado que muchas veces llegaban a tener
rencillas sobre ello, y a las quejas que ella le daba respondía:
—No seas viciosa, española, ni te lamentes tanto por lo que ahora se
empieza: ¿qué quieres: verme siempre junto a ti? Algún día desearás
verme lejos.
No sé qué desdicha tienen las españolas con los extranjeros, que jamás
las estiman, antes se cansan a dos días y las tratan con desprecio; y
esto por haberlo visto en muchas lo digo.
Tuvo fin el viaje, y llegados a sus estados, se halló doña Blanca con
menos gusto que antes; porque el suegro era hombre severo y que tocaba
más en cruel que en piadoso; y enfadado del largo tiempo que su hijo
se había detenido en el galanteo, aun el mismo día que llegaron a su
presencia no disimuló el enfado y la recibió diciendo:
—¿Cuándo había de ser esta venida? Basta, que las españolas sois
locas: no sé qué extranjero os apetece si no es que esté desesperado.
Y otras razones, de que doña Blanca corrida no acertó a responder,
conociendo claramente que estaba en poder de sus enemigos; y si con
alguna cosa tuvo alivio su pena fue con una hermana de su esposo,
llamada la señora Marieta; que en aquellos países ni en Italia, ninguno
se llama «don», sino solo los clérigos, porque nadie hace ostentación
de los «dones» como en España; y más el día de hoy, que han dado en una
vanidad tan grande que hasta los cocheros, lacayos y mozas de cocina le
tienen, estando ya los negros «dones» tan abatidos, que las taberneras
y fruteras son «doña Serpiente» y «doña Tigre»; que de mi voto, aunque
no el de más acierto, ninguna persona principal se le había de poner,
que no ha muchos días que oí llamar a una perrilla de falda «doña
Jarifa», y a un gato «don Morro», que si Su Majestad (Dios le guarde)
echara alcabala sobre los «dones», le había de aprovechar más que el
uno por ciento; porque casas hay en Madrid, y las conozco yo, que
hierven de «dones» como los sepulcros de gusanos; y me contaron por muy
cierto que una labradora socarrona de Vallecas, vendiendo pan el otro
día en la plaza, a cualquier vaivén que daba el burro, decía: «Está
quedo, don Rucio»; y queriendo partirse, empezó a decir: «Don Arre»; y
queriéndose parar: «Don Jo».
Era la señora Marieta muy hermosa y niña, aunque casada con un primo
suyo; y lo que mejor tenía era ser muy virtuosa, y vivía con su padre.
Con esta señora trabó doña Blanca grande amistad, cobrándose las dos
tanto amor que, si no era para dormir, no se dividía la una de la otra,
comunicando entre ellas sus penas; que gustos tenían tan pocos que no
las cansaba mucho el contarlos, porque tan poco estimaba su esposo a la
señora Marieta como el príncipe a doña Blanca.
Tenía el príncipe un paje, mozo, galán, y que los años no pasaban de
diez y seis, tan querido que trocara su esposa el agasajo suyo por el
del paje; y él tan soberbio con la privanza que más parecía señor que
criado: él tenía cuanto el príncipe estimaba, con él comunicaba sus
más íntimos secretos, por él se gobernaba todo, y él tan desabrido con
todos, que trataban de agradarle más que al príncipe.
Pues como doña Blanca muchas veces preguntaba qué hacía su esposo y la
respondían que estaba con Ernesto (que este era su nombre), y algunas,
que o por burlas o veras la decían que más quería a su paje que no a
ella, fue causa para que Ernesto aborreciese a doña Blanca de suerte
que lo mostraba no solo en el desagrado con que siempre la asistía,
si era necesario, mas en responderla en varias ocasiones algunas
libertades; y doña Blanca asimismo le aborrecía, por tener por seguro
que servía de tercero en algunos amores que debía de tener el príncipe,
y que de esto nacía la libertad y soberbia del paje.
Con este pensamiento dio en ser celosa, con que se acabó de perder;
porque ella se desagradaba declaradamente de las cosas de Ernesto,
hablándole con sequedad y despego, y él con libertad y desenvoltura,
llegando doña Blanca y el príncipe a tener sobre esta causa muchos
disgustos, y todo por hallarse menos querida de su esposo y más odiada
de Ernesto, y aun de su suegro, que muchas veces oía de él palabras muy
desabridas.
No la llamaban por su nombre, sino la Españoleta; y aunque doña Blanca
volvía por sí, no consintiéndose perder el respeto, la valía poco;
porque todos eran sus declarados enemigos, sin que tuviese ninguno de
su parte, supuesto que los criados que tenía españoles estaban tan
oprimidos y mal queridos como ella.
Era doña Blanca excelentísima música, y cantaba divinamente, no
teniendo necesidad de buscar los tonos que había de cantar, porque el
cielo la había dado la gracia de saberlos hacer; y más en esta ocasión,
que como tenía caudal de celos, lo hacía con más sentimiento. Con
ellos, pues, alentaba su natural, y así un día que la señora Marieta
pidió cantase alguna cosa de las que hacían a su celosa pasión, cantó
este romance que había hecho, y le diré aquí porque fue causa de un
gran disgusto que tuvo con su esposo:
¿Qué gusto tienen tus ojos
De ver los ojos, que un tiempo
Dueños llamaron los tuyos,
Dos copiosas fuentes hechos?
¿Qué gusto te da saber
Cuán poco ocupan el sueño;
Pues ellos están llorando,
Cuando los tuyos durmiendo?
Muy a mi costa les quitas
El imperio que tuvieron;
Mas tú te llevas la gloria,
Y ellos pasan los tormentos.
No sé cómo es este enigma,
Que la nieve está en tu pecho,
Y sin que en él se deshaga,
Ya se destila por ellos.
Mas ya llego a conocer
De aquesta duda el secreto,
Que otro fuego te deshace,
Y resulta el daño en ellos.
¡Que entre las muertas cenizas
De aquel tu pasado incendio,
No guardases una brasa
Que reviviese algún tiempo!