Aún no tenía Laurela doce años cuando ya tenía doce mil gracias;

tanto que ya las gastaba como desperdicios y la llamaban el milagro

de naturaleza; y si bien criada con el recogimiento y recato que era

justo, ni se pudo esconder de los ojos de la desdicha, ni de los de don

Esteban, mozo libre, galán, músico, poeta y, como dicen, baldío, pues

su más conocida renta era servir, y en faltando esto le faltaba todo:

no se le conocía tierra ni pariente, porque él encubría en la que había

nacido, quizá para disimular algunos defectos de bajeza. Servía a un

caballero del hábito, y era de él bien querido por sus habilidades y

solicitud.

Tendría don Esteban, al tiempo que vio a Laurela, diez y nueve a veinte

años, edad floreciente y en la que mejor asesta sus tiros el amor; y

así fue, pues viendo un día a la hermosa niña en un coche, en compañía

de su madre y hermanas, se enamoró tan locamente (si se puede decir

así) que perdió el entendimiento y la razón, que no pudo ser menos,

pues informado de quién era Laurela, no desistió de su propósito,

conociéndole tan imposible, pues ni aun para escudero le estimaran sus

padres.

Andaba loco y desesperado, y tan divertido en sus pensamientos que

faltaba a la asistencia de su dueño; si bien como había otros criados,

no se conocía de todo punto su falta.

En fin, viéndose naturalmente morir, se determinó a solicitar y

servir a Laurela, y probar si por esta parte podía alcanzar lo que no

conseguía por otra, supuesto que no alcanzaba más bienes que los de su

talle y gracias, que en cuanto a esto no había que desperdiciar en él.

Paseaba la calle, dábala músicas de noche, componiendo él mismo los

versos, engrandeciendo su hermosura y gentileza, porque en esto era tan

pronto que, si cuanto hablaba lo quería decir en versos, tenía caudal

para todo, mas de nada de esto hacía caso ni lo sentía Laurela, porque

era tan niña que no reparaba en ello, ni aunque a esta sazón tenía

catorce años, porque todo este tiempo pasó don Esteban en sus necios

desvelos, no había llegado a su noticia qué era amar ni ser amada,

antes su desvelo era, en dejando la labor, acudir al arpa junto con

criadas que tenía buscadas al intento que sabían cantar, y con ellas

entretener y pasar el tiempo, aunque no sé para qué buscamos ocasiones

de pasarle, que él se pasa bien por la posta.

Todo el tiempo que he dicho pasó don Esteban en esta suspensa y triste

vida, sin hallar modo ni manera para descubrir a Laurela su amor; unas

veces por falta de atrevimiento, y las más por no hallar ocasión,

porque las veces que salía de casa era con su madre y hermanas, y

cuando no fuera esto, ella atendía tan poco a sus criados que los

pagaba con un descuidado descuido.

Pues considerando el atrevido mozo lo poco que granjeaba aguardando a

que por milagro supiera Laurela su amor, intentó uno de los mayores

atrevimientos que se pueden imaginar, y que no se pusiera en él sino un

hombre que no estimara la vida, y fue que, hallándose un día en casa

de un amigo casado, estaba allí una mujer que había sido criada de la

casa de Laurela, a quien él reconoció, como quien medianamente por su

asistencia conocía de vista a todas, y haciéndose algo desentendido,

dijo:

—Paréceme, señora, haberos visto, mas no me puedo acordar dónde.

La moza, acordándose haberle visto algunas veces en aquella casa, le

respondió:

—Habreisme visto, señor, hacia el Carmen, que allí cerca he servido

algunos meses en casa de don Bernardo.

—Así es —dijo él—, que en esa misma casa os he visto, y no me

acordaba.

—Y yo a vos —dijo la moza— os he visto algunas veces pasar por esa

misma calle.

—Tengo en ella —dijo don Esteban— un galanteo, y por eso la paseo a

menudo. ¿Mas por qué os salisteis de esa casa, que tengo noticia de ser

buena?

—¡Y cómo que lo es! Mas en habiendo muchas criadas, fácil cosa es

encontrarse unas con otras, y así me sucedió a mí. Yo servía en la

cocina: hay en casa otras tres doncellas, reñimos una de ellas y yo, y

la una por la otra nos despedimos, y cierto que me ha pesado, porque

los señores son unos ángeles, en particular mi señora Laurela, que

es la menor de tres hijas que hay, que solo por ella se puede servir

de balde, porque como es muchacha, todo el día anda jugando con las

criadas.

—Hermosa es esa dama —respondió don Esteban—, más que sus hermanas.

—¡Qué tiene que hacer; ay, señor mío! Vale más la gracia, el donaire y

el agrado de mi señora Laurela que todas las demás, y más cuando toma

el arpa y canta, que no parece sino un ángel.

—¿Tan bien canta? —dijo don Esteban.

—Excelentísimamente —respondió la moza—; y es tan aficionada a la

música que cuantas criadas recibe gusta que sepan cantar y tañer, y

si no lo saben y tienen voz, las hace enseñar, y como lo sepan, no

se les da nada a sus padres que no sepan otra labor; porque aman tan

tiernamente a esta hija que no tratan sino de agradarla y servirla, y

en siendo músicas, no regatean con ellas el salario. Y yo aseguro que

habrá sentido harto mi señora Laurela la ida de la que riñó conmigo,

porque cantaba muy bien; y aun yo, con no saber cómo se entona, si

mucho estuviera allí, saliera cantora; que como la escuchaba a todas

horas, también yo, en la cocina, al son de mis platos, entonaba y decía

mil letrillas.

Oído esto por don Esteban, al punto fundó en ello su remedio, porque

despedido de allí, se fue a la platería, y vendiendo algunas cosillas

que tenía granjeadas, compró todo lo necesario para transformarse en

doncella; y no teniendo necesidad de buscar cabelleras postizas, porque

en todos tiempos han sido los hombres aficionados a melenas, aunque no

tanto como ahora, apercibiéndose de una navaja para cuando el tierno

vello del rostro le desmintiese su traje, dejando sus golillas a

guardar a un amigo, sin darle parte de su intento, se vistió y aderezó

de modo que nadie juzgara sino que era mujer, ayudando más el engaño

tener muy buena cara, que con el traje que digo daba mucho que desear a

cuantos le veían.

Hecho esto, se fue a casa de Laurela y dijo a un criado que avisase a

su señora si quería recibir una doncella, porque tenía noticia de que

se había despedido una.

Los criados, como su ejercicio es murmurar de los amos, pues les parece

que solo para eso les sustentan, le dijeron, burlándose de la condición

de Laurela, que si no sabía tañer y cantar que bien se podía volver

por donde había venido; porque en aquella casa no se pedía otra labor,

y que siendo música la recibirían al punto.

—Siempre oí —dijo don Esteban— que tañer y cantar no es ajuar; mas

si en esta casa gustan de eso, les ha venido lo que desean; que a Dios

gracias, mis padres, como me criaron para monja, casi no me enseñaron

otro ejercicio: faltáronme al mejor tiempo, con que he venido desde

señora a servir, y me acomodo mejor a esto que no a hacer otra flaqueza.

—En verdad, dijo el uno de los criados, que tenéis cara más para eso

que para lo que pretendéis, y que gastara yo de mejor gana con vos mi

jornalejo que con el guardián de san Francisco.

—En lo uno ni en lo otro le envidio la ganancia, hidalgo —dijo don

Esteban—, y ahorremos de chanzas y entre a decir si me han menester;

porque si no, tengo otras dos casas en venta y me iré a la que más me

diere gusto.

—Yo le tendré muy grande en que os quedéis en casa, señora hermosa,

porque me habéis parecido un pino de oro, y así entraré a decirlo; mas

ha de ser con una condición, que me habéis de tener por muy vuestro.

—Entre, galán, y dígalo, que se verá su pleito —respondió don Esteban.

Con esto el criado entró donde estaban sus señoras y les dijo cómo

afuera estaba una doncella que preguntaba si la querían recibir para

servir en lugar de la que se despidió.

—Y os aseguro, señoras —medio amartelado el escudero—, que su cara,

despejo y donaire más merece que la sirvan que no que sirva: y demás de

esto dice que sabe tañer y cantar.

Sonole bien a Laurela esta habilidad, como quien era tan llevada de

ella, y a las damas no desagradó, que luego mandaron que entrase, que

como madre y hermanas querían ternísimas a Laurela, todas seguían su

inclinación, no juzgándola viciosa ni advirtiendo que el demonio teje

sus telas, tomando para hacerlo de cada uno la inclinación que tiene.

Dada pues la licencia, entró la doncella, y vista e informadas de lo

que sabía hacer, agradadas de su brío y desenvoltura, a pocos lances

quedó en casa; porque si a todas agradó, a Laurela enamoró, tanto era

el agrado de la doncella. No fue este amor de calidad de don Esteban,

porque Laurela, sin advertir engaño, creyó que era mujer.

Preguntáronle el nombre, y dijo que se llamaba Estefanía, sin don, que

entonces no debía de ser la vanidad de las señoras tanta como la de

ahora, que si tienen picaza la llaman «doña Urraca», y si papagayo,

«don Loro»; hasta a una perrita llamó una dama «doña Marquesa», y a una

gata, «doña Miza».

—Pues, Estefanía —dijo Laurela—, yo quiero oír tu voz, para ver si

me agrada tanto como tu cara.

—¡Ay señora mía —respondió Estefanía—, si la voz no es mejor que la

cara, buena medra sacaré!

Y habiéndole dado una guitarra, templó sin enfadar y cantó sin ser

rogada: falta tan grande de los cantores, que cuando vienen a conceder,

ya tienen enfadado al género humano de rogarlos; mas Estefanía cantó

así:

Después que pasaron,

De la edad dorada,

Las cosas que cuentan

Las viejas honradas;

Y después que al cielo

Fueron desterradas

La verdad hermosa,

La inocencia santa:

Porque acá las gentes

Ya las maltrataban,

O por ser mujeres,

O por no imitarlas;

Cuando las encinas

La miel destilaban,

Y daba el ganado

Hilos de oro y plata;

Ofrecían los prados

Finas esmeraldas,

Y la gente entonces

Sin malicia estaba:

Cuando no traían

Fregonas ni damas

Guardainfantes, moños,

Guardapiés y enaguas;

Cuando los galanes

Calzaban abarcas,

No medias de pelo,

Que estén abrasadas;

La de plata vino,

Donde ya empezaban

A saber malicias

Y a maquinar trazas.

Esta pasó, y luego

La de alambre falsa

Mostró en sus engaños

Maliciosas trazas.

Llegó la de hierro,

Tan pobre y tan falta

De amistad, que en ella

No hay más que marañas.

Son tantos los males,

Tantas las desgracias,

Que se teme el mundo

De que ya se acaba.

Al Tiempo envió

Con su blanca barba

De Júpiter santo

A la audiencia sacra:

Para que le advierta

Que repare y haga

Contra tantos vicios

Jueces de la fama.

Júpiter le dijo

Que diga la causa,

Que a pedir justicia

Obliga a sus canas.

Lo primero pido,

Dijo en voces altas,

Que los lisonjeros

Desterrados vayan;

Porque solo aquestos

Oro y seda arrastran,

Y de los señores

Son pulgas que abrasan.

Y que a la mentira

Descubran la cara,

Que verdad se nombra,

Como anda tapada.

Ítem: que declare

Cómo o dónde halla

Los diversos trajes

Con que se disfraza.

Que las viejas muestren

Sus cabezas canas,

Las damas sus pelos,

Los hombres sus calvas:

Porque hay mil achaques,

Postillas y agallas,

Reumas y jaquecas,

Y otras cosas malas,

Después que se usa

Vender en la plaza

Cabelleras, moños,

Que a los muertos sacan.

Si son pelicortas,

Que mandan que traigan

Las cofias de pavos

De la infanta Urraca.

Que a los hombres manden

Que vistan botargas,

Como en otros tiempos

Los godos usaban.

Que nuestros abuelos

Era gente honrada,

Y siempre vistieron

Una martingala.

Las medias de pelo

Mueran abrasadas,

Y las que las hacen

Sean leña y ascuas;

Porque no hay haciendas,

Que todas se gastan

En ponerse unas

Todas las semanas.

Demás que parece

Que descalzos andan,

Quitando el valor

A las toledanas.

Que a sus trajes vuelvan,

Y vuelvan a Francia

Los que le han hurtado,

Que parece infamia.

Que Francia el valor

Le ha robado a España,

Y los españoles

Al francés las galas.

Que en la ropería

Acorten las faldas

A aquestos jubones,

Ya medio sotanas.

Y que se recojan

Aquestas que andan

Pelando atrevidas

Las bolsas y el alma.

Y porque trabajen,

Las señalen casa,

Donde recogidas

Coman, si lo ganan.

Que gastando mantos,

Y rompiendo sayas,

Como vemos, vale

La seda muy cara.

Que a los coches pongan

Corozas muy altas,

Por encubridores

De bajezas tantas.

Y que a ciertas viejas,

Que en forma de santas,

Voluntades juntan,

A los montes vayan.

Porque solo sirven

De enseñar muchachas

A chupar las bolsas

Y hacer caravanas.

Que algunos maridos

Manden que en sus casas

Miren, por si hay

Varas encantadas,

Con que sus mujeres

Oro y tela arrastran,

Y ellos paseando,

Comen, visten, calzan.

Que a mil maldicientes,

Que atrevidos hablan

Contra las mujeres,

A la guerra vayan.

Que sobre los dones

Echen alcabalas,

Y la cantidad

A pobres repartan,

Que si cada uno

Ofrece una blanca,

El uno por ciento

No hará a suma tanta.

Esto pidió el Tiempo,

Y Júpiter manda

Que se vea su pleito,

Que fue no hacer nada.

Cantó esta sátira Estefanía con tanto donaire y desenvoltura que dejó a

todas embelesadas, creyendo que tenían en ella una preciosa joya, que a

saber que era el caballo troyano, pudiera ser no les diera tanto gusto.

Pues como Laurela era niña y tan inclinada a la música, fuera de sí

de gozo, se levantó del estrado y, cruzando los brazos al cuello de

Estefanía, juntando su hermosa boca con la mejilla, favor que no

entendió ella llegar a merecerle, la dijo:

—¡Ay amiga, y qué alegre estoy de tenerte conmigo, y cómo no tengo de

tenerte por criada, sino por hermana y amiga!

Tomola Estefanía una de sus hermosas manos, y besándosela por el favor

que la hacía, dio por bien empleado su disfraz, que la hacía merecedora

de tantos favores, y díjola:

—Señora mía, yo sé que te merezco y mereceré toda la merced que me

hicieres, como lo conocerás con el tiempo; porque te aseguro que desde

el punto que vi tu hermosura, estoy tan enamorada (poco digo, tan

perdida), que maldigo mi mala suerte en no haberme hecho hombre.

—Y a serlo —dijo Laurela—, ¿qué hicieras?

—Amarte y servirte hasta merecerte, como lo haré mientras viviere; que

el poder de amor también se extiende de mujer a mujer, como de galán a

dama.

Diolas a todas gran risa oír a Estefanía decir esto dando un lastimoso

suspiro, juzgando que se había enamorado de Laurela.

Preguntó Estefanía si había más doncellas en casa.

—Otras dos —dijo Laurela—, y una criada que guisa de comer.

Y oído esto, pidió a sus señoras se sirviesen darla cama aparte,

porque no estaba enseñada a dormir acompañada, y demás de esto era

apasionada de melancolía, cosa usada de los versistas, y se hallaba

mejor con la soledad.

—Luego también tienes esa habilidad —dijo Laurela.

—Por mis pecados —respondió Estefanía—, para que estuviese condenada

a eterna pobreza.

—Cada día me parece has de descubrir nuevas habilidades —respondió

Laurela—; mas en cuanto a tu pobreza, vencido has a tu fortuna en

haber venido a mi poder, pues yo te haré rica para que te cases como

mereces.

—Ya soy la más rica del mundo, pues estoy en tu poder, que yo no

quiero más bienes que gozar de tu hermosa vista; y en lo que toca a

casarme, no tienes que tratarme tal cosa, pues la divina imagen que hoy

ha tomado asiento en mi corazón no dará lugar para que se aposente en

él otra alguna.

Volviéronse a reír todas, confirmando el pensamiento hecho de haberse

Estefanía enamorado de Laurela: y, en fin, para más agradarla, le

dieron su aposento y cama dividido de las demás, quedando Estefanía

muy contenta, por poder, al desnudarse y vestirse, no dar algunas

sospechas, y remediar cuando las flores del rostro empezasen a

descubrir lo contrario de su hábito, pues aunque hasta entonces no le

habían apuntado, se temía no tardarían mucho. Gran fiesta hicieron las

demás criadas a Estefanía, ofreciéndosele todas por amigas, si bien

envidiosas de los favores que la hacía Laurela.

Vino su padre a cenar, que era un caballero de hasta cuarenta años,

discreto y no de gusto melancólico, sino jovial y agradable; y dándole

cuenta de la nueva doncella que había traído a casa y de sus gracias y

habilidades, diciendo este la quería ver, vino Estefanía y con mucha

desenvoltura y agrado besó a su señor la mano, y él, muy pagado de

ella, lo más que ponderó fue su hermosura, con tal afecto que al punto

conoció Estefanía que se había enamorado, y no le pesó, aunque temió

verse perseguida de él.

Mandola que cantase y no lo rehusó, pues como no era mujer sino en el

hábito, no la ocupó la vergüenza; y así, pidiendo una guitarra, con la

prontitud del ingenio y la facilidad que tenía en hacer versos, pues

era maravillosa, cantó así:

Ausentose mi sol, y en negro luto

Me dejó triste y de dolor cercada;

Volvió a salir la aurora aljofarada,

Y dile en feudo lágrimas por fruto.

Nunca mi rostro de este llanto enjuto,

Le da la enhorabuena a su llegada,

Que si ella ve su sol, yo desdichada,

Al mío doy querella por tributo.

Sale Febo tras ella, dando al suelo

Oro, si le dio perlas la aurora,

Plata a las fuentes, y cristal al río.

Sola yo, con eterno desconsuelo,

No me alegro, aunque miro alegre a Flora,

Que aunque sale su sol, no sale el mío.

Amo, temo, y porfío

A vencer con mi amor fieros temores;

¡Mas ay, que por instantes son mayores!

En mí es amor gigante,

En mí es infante tierno,

Para que sea mi tormento eterno.

Ama gigante

Y teme como infante,

Y yo padezco como firme amante.

—Competencia puede haber, Estefanía, sobre cuál ha de llevar el

laurel, entre tu voz y tu hermosura —dijo don Bernardo, que así se

llamaba el padre de Laurela.

—Y más —dijo doña Leonor, que este es el nombre de su madre—, que lo

que canta ella misma se lo compone; y en este soneto parece debía estar

enamorada Estefanía cuando le hizo.

—Señora mía —respondió ella—, lo estaba, lo estoy, y estaré hasta

morir; y aún ruego a Dios no pase mi amor más allá del sepulcro; y en

verdad que como se iban cantando los versos, se iban haciendo, que a

todo esto obliga la belleza de mi señora Laurela, que como se salió acá

fuera y me dejó a obscuras, y yo la tengo por mí, soltome este asunto

ahora que me mandó don Bernardo, mi señor, que cantase.

Empezaron todas a reírse, y don Bernardo preguntó qué enigmas eran

aquellos.

—¿Qué enigmas han de ser —dijo doña Leonor— sino que Estefanía está

enamorada de Laurela desde el punto que la vio, y lamenta su ausencia

celebrando su amor, como habéis visto?

—Bien me parece —respondió don Bernardo—, pues de tan castos amores

bien podemos esperar hermosos nietos.

—No quiso mi dicha, señor mío —dijo Estefanía—, que yo fuera hombre,

pues a serlo sirviera como Jacob por tan linda Raquel.

—Más te estimo yo mujer que no hombre —dijo don Bernardo.

—Cada uno busca y desea lo que ha menester —respondió Estefanía.

Con estas y otras burlas, que pararon en amargas veras, llegó la hora

de acostarse, diciendo Laurela a Estefanía la viniese a desnudar,

porque desde luego la hacía favor de camarera.

Se fueron todos, y Estefanía con su señora, asistiéndola hasta que se

puso en la cama, gozando así sus ojos, en virtud de su engaño, lo que

no se les permitiera a no ser por su engañoso disfraz, enamorándose más

y más, juzgando a Laurela aún más linda desnuda que vestida.

Más de un año pasó en esta vida Estefanía sin hallar modo cómo

descubrir a Laurela quién era, temiendo su indignación y perder los

favores que gozaba: pues es de creer que, a entender Laurela que era

hombre, no pasara por tal atrevimiento, y aunque en todas ocasiones

le daba a entender su amor, ella y todas las demás lo juzgaban a

locura, y las servía de entretenimiento y motivo de risa siempre que le

veían hacer extremos y finezas de amante, como llorar celos y sentir

desdenes, admirando que una mujer estuviese enamorada de otra, sin

llegar a su imaginación que pudiese ser lo contrario; y muchas veces

Laurela se enfadaba de tanto querer y celar, porque si salía fuera,

aunque fuese con su madre y hermanas, cuando venía la pedía celos: y

si tal vez salía con ellas, la decía se echase el manto en el rostro

porque no la viesen, diciendo que a nadie era bien fuese permitido ver

su hermosura. Si estaba a la ventana, la hacía quitar, y si no se

entraba, se enojaba y lloraba, y la decía tan sentidas palabras que

Laurela se enojaba y la decía que la dejase, pues ya se cansaba de amor

tan impertinente.

Pero en tratando algún casamiento, como era su belleza tanta, antes la

deseaban a ella que a sus hermanas, aunque eran mayores y no feas:

allí eran las ansias, las congojas, las lágrimas y los desmayos, que la

terneza de su amor vencía la fiereza de hombre; y se tenía entendido

que Estefanía se había de morir el día que se casase Laurela.

No le faltaban a Estefanía, sin las penas de su amor, otros tormentos

que la tenían bien disgustada, y era la persecución de su amo, pues en

todas ocasiones la perseguía, prometiendo casarla muy bien si hacía por

él lo que deseaba: y si bien se excusaba con decirle era doncella, no

se atrevía a estar un punto sola en estando en casa, porque no fuese

con ella atrevido y se descubriese la maraña.

Abrasábase Estefanía en celos de un caballero que había en la misma

casa, mozo y galán, con cuya madre y hermanas tenía Laurela, su madre y

las demás, grande amistad, y se comunicaban muy familiarmente, pasando

por momentos los unos al cuarto de los otros, porque sabía que estaba

muy enamorado de Laurela y la deseaba por esposa, habiéndola ya pedido

a su padre, si bien no se había efectuado por ser Laurela muy niña, y

su padre quisiera primero acomodar a las mayores.

Era de modo lo que Estefanía sentía el que fuese allá Laurela que no

le faltaba sino perder el juicio; y lo dio bien a entender una tarde

que estaba Laurela con las amigas que digo en su cuarto, pues habiendo

estado algún espacio de tiempo allá, la mandó llamar su madre, y

viniendo, las halló a todas en una sala sentadas a los bastidores, y

Estefanía con ellas bordando, pues aunque no era muy cursada en aquel

ejercicio, con su buen entendimiento se aplicaba a todo. Llegó Laurela,

y sentándose con las demás, miró a Estefanía que estaba muy melancólica

y ceñuda, y empezose a reír, y sus hermanas y las demás doncellas de la

misma suerte, de que Estefanía con mucho enojo, enfadada, dijo:

—Graciosa cosa es reírse de mi llorar.

—Pues no llores —respondió Laurela, riéndose— sino canta un poco,

pues me parece, según estás de melancólica, que un tono grave le

cantaras divinamente.

—Por esto te llamé yo —dijo su madre—, para que, mandándoselo tú,

no se excusase, pues aunque se lo hemos rogado, no ha querido; y me he

admirado, pues nunca la he visto hacerse rogar sino hoy.

—En verdad que me tiene mi señora Laurela muy sazonada para hacer lo

que su merced me mande.

—¡Ay, amiga! —dijo Laurela—, ¿y en qué te he ofendido, que tan

enojada estás?

—En el alma —respondió Estefanía.

—Deja esas locuras —replicó Laurela— y canta un poco, que es

disparate creer que yo te tengo de agraviar en el alma ni en el cuerpo;

y solamente porque sea verdad lo que mi madre dice, que cantarás

mandándolo yo, debes hacerlo, para no desdecir lo que tantas veces has

dicho, que eres mía.

—No me desdigo ni vuelvo atrás de lo que he dicho —dijo Estefanía—,

que una cosa es ser de cúyo soy, y otra estar enojada; y sé que no

estoy cantando y hablando sino para decir desaciertos; mas algún día me

vengaré de todo.

Con esto reían las demás.

—Canta ahora —dijo Laurela— lo que te gustare, que después yo

llevaré con gusto tu castigo, como no sea perderte, pues lo sentiría

mucho.

—Así supiera yo —dijo Estefanía— que esto se había de sentir, como

no estuviera un instante más en casa.

—Dios me libre de tal —respondió Laurela—. Mas dime, queriéndome

tanto, ¿tuvieras corazón para dejarme?

—Soy tan vengativa que por matar, me matara, y más estando rabiosa

como ahora.

—Canta, por tu vida —dijo Laurela—, que después averiguaremos este

enojo.

Y como Estefanía fuese de tan presto ingenio, y más en hacer versos,

en un instante apercibió cantando decirla su celosa pasión en estas

canciones:

¡Oh soberana diosa,

Así a tu Endimión goces segura,

Sin que vivas celosa,

Ni desprecies por otra tu hermosura,

Que te duela mi llanto,

Pues sabes qué es amor, y amarte tanto!

Ya ves que mis desvelos

Nacen de fieros y rabiosos celos.

Fuese mi dueño ingrato

A no sé qué concierto de su gusto:

¡Ay, Dios, y qué mal trato!

Castigue amor un caso tan injusto:

Y tú, Diana bella,

Mira mi llanto, escucha mi querella,

Y sus veredas sigue,

Y con tu luz divina le persigue.

Para muchos ha sido

Cansada, sacra dea, y enfadosa,

Y muchos han perdido

Por descubrirlos ocasión dichosa:

Hazlo así con mi amante,

Sigue sus pasos, vela vigilante,

Y dale mil disgustos,

Impídele sus amorosos gustos.

Darete el blanco toro,

De quien Europa enamorada goza;

De Midas, el tesoro,

Y de Febo, tu hermano, la carroza,

El vellocino hermoso,

Que de Jasón fue premio venturoso,

Y por bella y lozana

Juzgaré que mereces la manzana.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 36 / 52 段