mayor riqueza, y que en tener a Elena tenía más riquezas que tuvo
Midas, me casé con ella, quedando madre e hija tan agradecidas que
siempre lo estaban repitiendo; y yo, como más amante, me tuve en
merecerla por el más dichoso de los hombres.
Saqué a Elena de la mayor miseria a la mayor grandeza, como habéis
visto en esta negra que ha estado a mi mesa esta noche, dando envidia
a las más nobles damas de toda la Gran Canaria, tanto con la hermosura
como con la grandeza en que la veían; luciendo tanto la belleza de
Elena con los atavíos y ricas joyas, que se quedaban embelesados
cuantos la veían: y yo cada día más y más enamorado, buscando nuevos
rendimientos para más obligarla, amábala tan ternísimamente que las
horas sin ella juzgaba siglos, y los años en su compañía, instantes.
Elena era mi cielo, Elena era mi gloria, Elena era mi jardín, Elena mis
holguras y Elena mi recreo.
¡Ay de mí, y cómo me tendréis por loco, viéndome recrear con el nombre
de Elena, y maltratarla como esta noche habéis visto! Pues ya es Elena
mi asombro, mi horror, mi aborrecimiento; fue mujer Elena, y como mujer
ocasionó sus desdichas y las mías. Murió su madre a los seis años de
casada Elena, y sentilo yo más que ella: ¡pluguiera al cielo viviera,
que quizá a su sombra fuera su hija la que debía ser!
Tenía Elena un primo hermano, hijo de una hermana de su padre, mozo
galán y bien entendido; mas tan pobre que no tenía para poder seguir
sus estudios y dedicarse a la iglesia; y yo, que todas las cosas de
Elena las estimaba mías, para que pudiera conseguir los estudios le
traje a mi casa, comiendo, vistiendo y triunfando a costa mía, y se lo
daba yo con mucho gusto, porque le tenía en lugar de hijo.
Ya había ocho años que éramos casados, pareciéndome a mí que no había
una hora: vivíamos en la ciudad, si bien los veranos nos veníamos a
este castillo a recoger la hacienda del campo, como todos hacen; y
aquel verano, que fue en el que empezó mi desdicha, sucedió no estar
Elena buena; y creyendo que fuesen achaques de preñada, como yo lo
deseaba, no la consentí venir aquí: vine yo solo, y como el vivir sin
ella era imposible, a los ocho días, instándome el deseo de verla,
volví a la ciudad con el mayor contento que puede imaginarse: llegué a
sus brazos, y fui recibido con el mismo.
Cuando considero las traiciones de una mujer, se me acaba la vida:
¡con qué disimulación me acarició, pidiéndome que si había de volver
al castillo no la dejase, que estando apartada de mí no vivía! Pues
apenas estuve sosegado en mi casa, me llamó aparte esta negra que aquí
veis, que nació en mi casa de otra negra y un negro, que siendo los dos
esclavos de mis padres, los casaron, y me dijo llorando:
—Ya, señor, no será razón encubrirte la maldad que pasa, que fuera
negarme a la crianza que tus padres y tú hicisteis a los míos, y a mí
y al pan que como: sabe Dios la pena que tengo en llegar a decirte
esto, mas no es justo que pudiendo remediarlo, por callar yo, vivas
tú engañado y sin honra; y por no detenerme, que temo no será más mi
vida de cuanto me vean hablar contigo, porque así me han amenazado, mi
señora y su primo tratan en tu ofensa e ilícito amor y, en faltando tú,
en tu lugar ocupa su primo tu lecho; yo lo había sospechado y cuidadosa
lo miré, y es el mal que lo sintieron. Yo te he avisado de la traición
que te hacen; ahora pon en ello el remedio.
Cómo quedé, buenos amigos, el cielo solo lo sabe, y vosotros lo podéis
juzgar. Mil veces quise sacar la lengua a la vil mensajera y otras no
dejar en toda la casa nada vivo; mas viendo que era espantar la caza si
lo hacía, me reporté, y disimulando mi desventurada pena, traté otro
día, no teniendo ya paciencia para aguardar a ver mi agravio a vista
de mis ojos, de que nos viniésemos aquí; y dando a entender que me
importaba estar aquí más despacio que otras veces, envié todo el menaje
de casa, criados y esclavos primero, y luego partimos nosotros.
Elena, con gusto de lo que yo le tenía, aunque fuese por cautela y
disimulación, que estoy en que lo era, y aunque no lo fuese, pues al
honor de un marido solo que él lo sospeche basta, cuanto más habiendo
testigo de vista, convino en todo placentera.
Lo primero que hice, ciego de furiosa cólera, en llegando aquí, fue
quemar vivo al traidor primo de Elena, reservando su cabeza para lo que
habéis visto, que es la que traía en las manos para que le sirva de
vaso en que beba los acíbares, como bebió en su boca las dulzuras.
Luego, llamando a la negra que me había descubierto la traición, la di
todas las joyas y galas de Elena delante de ella misma, y la dije,
por darle más dolor, que ella había de ser mi mujer, y como a tal se
sirviese y mandase de la hacienda, criadas y criados, durmiendo en mi
misma cama, aunque esto no lo ejecuto, pues antes que Elena acabe, la
he de quitar a ella también la vida.
Queríase disculpar Elena, mas no se lo consentí. No la maté luego,
porque una muerte breve es pequeño castigo para quien hizo tal maldad
contra un hombre que, sacándola de su miseria, la puso en la alteza que
os he contado.
En fin, de la suerte que veis ha dos años que la tengo, no comiendo más
de lo que hoy ha comido y bebido, ni teniendo más de unas pajas para
cama, ni aquel rincón donde está es mayor que lo que cabe su cuerpo
echado, que aun en pie no se puede poner; su compañía es la calavera de
su traidor y amado primo, y así ha de estar hasta que muera, viendo
cada día la esclava que ella más aborrecía adornada de sus galas, y en
el lugar que ella perdió en mi mesa y a mi lado.
Esto es lo que habéis visto y lo que os tiene tan admirados. Consejo no
os lo pido, que no lo tengo de tomar aunque me lo deis, y así podéis
excusaros de ese trabajo; porque si me decís que es crueldad que viva
muriendo, ya lo sé, y por eso lo hago.
Si dijéredes que fuera más piedad matarla, digo que es la verdad,
que por eso no la mato: porque pague los agravios con la pena, y los
gustos que perdió y me quitó con los disgustos que pasa; con esto idos
a reposar sin decirme nada, porque, de haber traído a la memoria estas
cosas, estoy con tan mortal rabia que quisiera que fuera hoy el día en
que supe mi agravio, para poder de nuevo ejecutar el castigo. Mañana
nos veremos, y podrá ser que esté más humana mi pasión y os oiré todo
lo que me quisiéredes decir; no porque he de mudar de propósito, sino
por no ser descortés con vosotros.
Con esto se levantó de la silla, haciendo don Martín y su compañero lo
mismo, y mandando a un criado los llevase adonde tenían sus lechos,
dándoles las buenas noches se retiró don Jaime adonde tenía el suyo.
Espantados iban don Martín y su compañero del suceso de don Jaime,
admirándose cómo un caballero de tan noble sangre, cristiano y bien
entendido, tenía ánimo para dilatar tanto tiempo tan cruel venganza en
una miserable y triste mujer que tanto había querido, juzgando, como
discretos, que también podía ser testimonio que la maldita esclava
hubiese levantado a su señora, supuesto que don Jaime no se aseguró
de ello; y resuelto don Martín en dárselo a entender otro día, se
empezaron a desnudar.
Don Jaime, ya retirado a otra cuadra en donde dormía, con la pasión,
como él había dicho, de traer a la memoria los naufragios de su vida,
se empezó a pasear por ella, dando suspiros y golpes una mano con otra,
que parecía que estaba sin juicio.
Estando en esto, Dios, que no se olvida de sus criaturas y quería,
habiendo ya dado (como luego se verá) el premio a Elena de tanto
padecer, que no quedase el cuerpo sin honor, ordenó lo que ahora
oiréis: y fue que apenas se habían recogido todos, cuando la negra, que
acostada estaba, empezó a dar grandes gritos diciendo: «¡Jesús, que me
muero, confesión!», y llamando a las criadas por sus nombres, a cada
una decía que le llamasen a su señor.
Alborotáronse todas, y entrando donde la negra estaba la hallaron
batallando con la cercana muerte. Tenía el rostro y cuerpo cubierto de
un mortal sudor, y tras esto con un temblor, que la cama se estremecía,
y de rato en rato se quedaba amortecida, que parecía que ya había dado
el alma, y luego volvía con los mismos dolores y congojas a temblar y
sudar a un tiempo.
Viendo pues que decía que le llamasen a su señor, que le importaba
hablarle antes de partir de este mundo, le llamaron, y así él como don
Martín y su compañero habían, al alboroto de la casa, salido fuera, y
entrando todos tres, y algunos de los criados que vestidos se hallaron,
en donde la negra estaba, notó don Martín la riqueza de la cama en
que la abominable figura dormía, que era de damasco azul, goteras de
terciopelo con franjas y flecos de plata, que a la cuenta juzgó ser la
cama misma de Elena, que hasta de aquello la había hecho dueña el mal
aconsejado marido.
Así que la negra vio a su señor, le dijo:
—Señor mío, en este paso en que estoy no han de valer mentiras ni
engaños; yo me muero, porque a mucha priesa siento que se me acaba
la vida, yo cené y me acosté buena y sana, y ya estoy acabando; soy
cristiana, aunque mala, y conozco, aunque negra, con el discurso que
tengo, que ya estoy en tiempo de decir verdades, porque siento que
me está amenazando el juicio de Dios; y ya que en la vida no le he
temido, en la muerte no ha de ser de ese modo; y así te juro, por el
paso riguroso en que estoy, que mi señora está inocente y no debe la
culpa por donde la tenéis condenada a tan rigurosa pena; y que no me
perdone Dios si cuanto dije no fue testimonio que la levanté, que jamás
yo la vi cosa que desdijese de lo que siempre fue, santa, honrada y
honesta; y que su primo murió sin culpa: porque lo cierto del caso es
que yo me enamoré de él y le andaba persuadiendo fuese mi amante, y
como veía que siempre hablaba con mi señora y que a mí no me quería, di
en aquella mala sospecha que se debían de amar, pues aquel día mismo
que tú viniste, riñendo mi señora conmigo, la dije no sé qué libertades
en razón de esto, que indignada de mi libertad, me maltrató de palabra
y obra, y estándome castigando entró su primo, quien, sabido el caso,
ayudó también a maltratarme, jurando entrambos que te lo habían de
decir, y yo, temiendo tu castigo, me adelanté con aquellas mentiras
para que tú me vengases de entrambos, como lo hiciste; mas ya no quiere
Dios que esté más encubierta mi maldad; ya no tiene remedio lo hecho:
lo que ahora te pido es que me perdones y alcances de mi señora lo
mismo, para que me perdone Dios, y vuélvela a su estado, porque por él
te juro que es sin culpa lo que está padeciendo.
—Sí haré —dijo a esta última razón don Jaime, los ojos bermejos de
furor—: este es el perdón que tú mereces, engañadora y mala hembra, y
pluguiera a Dios tuvieras más vidas que esa que tienes para quitártelas
todas.
Y diciendo esto se acercó de un salto a la cama, y sacando la daga,
la dio tres o cuatro puñaladas, o las bastantes para acelerar más
presto la muerte. Fue hecho el caso con tanta presteza que ninguno lo
pudo prevenir ni estorbar, ni creo lo hicieran, porque juzgaron bien
merecido aquel castigo.
Saliose, hecho esto, don Jaime fuera, y muy pensativo se paseaba por
la sala, dando de rato en rato unos profundos suspiros. A este tiempo
llegó don Martín, y muy contento le dijo:
—¿Pues cómo, señor don Jaime, en día de tanta alegría, en que habéis
ganado honor y mujer, pudiendo hacer cuenta que hoy os casáis de nuevo
con la hermosa Elena, hacéis extremos; y el tiempo que habéis de
gozaros en sus brazos le dejáis perder? No tenéis razón; volved en
vos y alegraos como todos nos alegramos; dad acá esa llave y saquemos
esta triste e inocente señora.
Aquietose algo el pobre caballero y sacando la llave, la dio a don
Martín, el cual, abriendo la estrecha puerta, llamó a la dama diciendo:
—Salid, señora Elena, que ya llegó el día de vuestro descanso.
Y viendo que no respondía, pidió le acercasen la luz, y decía bien,
que ya Elena no la tenía, y entrando dentro, vio a la desgraciada dama
muerta, echada sobre unas pobres pajas, los brazos en cruz sobre el
pecho, la una mano tendida, que era la izquierda, y en la derecha,
formada con sus hermosos dedos, una perfecta cruz; el rostro, si bien
flaco y macilento, pero tan hermoso como un ángel, y la calavera del
desdichado e inocente primo junto a la cabecera, a un lado.
Fue tan grande la compasión que le sobrevino al noble don Martín que
se le arrasaron los ojos de lágrimas, y más cuando llegó y tentándola
la mano, vio que estaba fría, que a la cuenta, así como desde su penosa
cárcel debió de oír a su marido contar su lastimosa historia, fue su
dolor tan grande que bastó lo que nunca pudo alcanzar la penosa vida
que pasaba, viendo el crédito que daba a tan grande engaño, a acabarle
la vida.
Viendo pues que ya no había remedio, después de haberle dicho con
lágrimas el buen don Martín:
—Dichosa tú, Elena, que ya acabaste con tu desgraciada suerte; y
desdichada en que siquiera no supieras cómo ya el cielo volvió por tu
inocencia, para que partieras de este mundo con algún consuelo.
Llamó a don Jaime, diciendo:
—Entrad, señor, y ved de lo que ha sido causa vuestro cruel engaño:
entrad, os suplico, que para ahora son las lágrimas y los sentimientos,
que ya Elena no tiene necesidad de que vos le deis el premio de su
martirio, pues ya Dios se le ha dado en el cielo.
Entró don Jaime alborotado y con pasos descompuestos, y como vio a
Elena de la suerte que estaba, llorando como flaca mujer el que había
tenido corazón de fiera, se arrojó sobre ella y besándole la mano decía:
—¡Ay, Elena mía, y cómo me has dejado! ¿Por qué, señora, no aguardabas
a tomar venganza de este traidor, que dio más crédito a una falsedad
que a tus virtudes? Pídesela a Dios, que cualquier castigo merezco.
Don Martín, viéndole con tanta pasión, acudió advertido a quitarle la
daga que tenía en la pretina, temiendo no hiciese alguna desesperación;
y es lo cierto que la hiciera, pues echando la mano a buscarla y no
hallándola, empezó a darse puñadas y arrancarse las barbas y cabellos,
y a decir muchos desaciertos.
Acudieron todos llorando y casi por fuerza le sacaron fuera; mas, por
cosas que hacían, no le pudieron aquietar hasta que rematadamente
perdió el juicio, que sobre las demás lástimas vistas, esta echó el
sello; y cuantos estaban presentes, soltando las riendas al dolor,
daban gritos como si a cada uno le faltara la prenda más amada de su
alma, en particular las doncellas y esclavas de la difunta Elena,
que cercadas la tenían llorando y diciendo mil lastimosas razones,
abonándola y publicando su virtuosa vida, quienes, por no haberlas
querido su señor oír, no lo habían hecho antes.
Viendo don Martín la confusión, mandó que las mujeres se retirasen
adentro, y por fuerza entre él y los criados llevaron a don Jaime a su
cama y le acostaron, atándole por que no se levantase y se arrojase por
alguna ventana, que ese era su tema, que le dejasen quitarse la vida
para ir donde estaba Elena, mandando a dos criados no se apartaran de
él ni le dejaran solo.
Informose si don Jaime tenía algún pariente en la ciudad, y diciéndole
tenía un primo hermano, hijo de una hermana de su madre, caballero rico
y de mucha calidad y nobleza, despachó luego uno de los criados con
una carta para que viniese a disponer lo necesario en tantos fracasos;
y sabido el caso por don Alejandro, e informado de todo, él y su
mujer, con mucha gente de su casa, así criados como criadas, con otros
caballeros que supieron el caso, vinieron al castillo de don Jaime,
donde hallando tantas lástimas, todos juntos lloraban de ternura, y más
de ver a Elena que cada hora parecía estar más hermosa.
Sacáronla de donde estaba, que hasta entonces no había consentido don
Martín tocar a ella, y puesta en una caja que se mandó traer de la
ciudad, después de haber enterrado a la negra, que parecía un retrato
de Lucifer, allí, en la capilla del castillo, con don Jaime, el cuerpo
de Elena y todo lo demás de hacienda y gente se vinieron a la ciudad a
casa de don Alejandro, y don Martín y su camarada con ellos, a quienes
todos hacían mucha honra; y después de sepultada Elena con general
sentimiento, se trató con médicos afamados dar remedio a don Jaime; mas
no fue posible. Allí estuvo don Martín un mes aguardando si don Jaime
se aliviaba, y visto que no tenía remedio, despedido de don Alejandro,
se embarcó para España, y tomando próspero puerto llegó a la corte.
Visto por Su Majestad las ocasiones en que le había servido, se lo
premió como merecía; y llegando a Toledo se casó con su amada prima,
con quien vive hoy contento y escarmentado en el suceso que vio por sus
ojos, para no engañarse de enredos de malas criadas y criados; y en las
partes que se hallaba contaba el suceso que habéis oído de la misma
manera que yo le he dicho, donde con él queda bien claramente probada
la opinión de que, en lo que toca a la crueldad, son los hombres
terribles, pues ella misma los arrastra de manera que no aguardan a
segunda información; y se ve asimismo que hay mujeres que padecen
inocentes, pues no todas han de ser culpadas, como en la común opinión
lo son.
Vean ahora las damas si es buen desengaño considerar que si las que
no ofenden pagan, como pagó Elena, ¿qué harán las que, siguiendo sus
locos devaneos, no solo dan lugar al castigo, mas son causa de que
infamen a todas, no mereciéndolo? Y es bien advertir que, en la era que
corre, estamos en tan adversa opinión con los hombres que ni con el
sufrimiento los vencemos, ni con la inocencia los obligamos.
Aquí dio fin la hermosa Filis a su desengaño, enterneciendo a cuantos
le oyeron la paciencia con que había Elena llevado su dilatado
martirio; y los galanes, agradecidos a la cortesía que Filis había
tenido con ellos, la dieron corteses agradecimientos; y todos, dando
cada uno su parecer, gastaron alguna parte de la noche, que ya iba
caminando con apresurado paso a su albergue, para dar lugar al día, que
asimismo venía caminando a toda diligencia; y esto fue en tanto que
sacaban una costosa y bien dispuesta colación que, por ser tan tarde,
no quiso Lisis que fuera cena, quedando avisados que se juntasen el día
siguiente más temprano, porque tuviesen lugar después de dichos los
cuatro desengaños, de recibir un suntuoso banquete que estaba prevenido.
Con esto se dio fin a la noche, cantando doña Isabel y los músicos
estas canciones:
Como Tántalo muero,
El cristal a la boca,
Y cuando al labio toca,
Y que gustarlo quiero,
De mí se va apartando,
Sin mirar que de sed estoy rabiando.
¿Hurté yo la ambrosía,
Oh Júpiter airado,
Por qué me has castigado
Con tanta tiranía?
¡Ay, qué rigor tan fiero,
Que estando junto al bien, por el bien muero!
¡Ay, pensamiento mío!
¿Qué te han hecho mis ojos
Que, colmados de enojos,
Es cada cual un río?
¡Y tú, sordo a mis quejas,
Sin dolerte su mal, llorar los dejas!
NOCHE SEXTA.
DESENGAÑO SEXTO.
AMAR SOLO POR VENCER.
Cuando dio fin la música, ya la hermosa Matilde estaba prevenida para
referir su desengaño, bien incierta de que luciese como los que ya
quedaban dichos; mas ella era tan linda y donairosa, que solo sus
gracias bastaban a desengañar a cuantos la miraban, de que ninguno la
merecía; y así, cuando no fuera su desengaño de los más realzados, la
falta de él supliera su donaire; y viendo que todos suspensos callaban,
dijo así:
—Cierto, hermosas damas y bien entendidos caballeros, que cuando me
dispuse a ocupar este asiento, dejé a la puerta prevenida una posta,
y ya traigo las espuelas calzadas; porque el decir verdad es lo mismo
que desengañar: y en el tiempo que hoy alcanzamos, quien ha de decir
verdades ha de estar resuelto a irse del mundo, porque si nos han de
desterrar de él los que las escuchan, más vale irnos nosotros; pues la
mayor suerte es vencerse uno a sí mismo, que no dejarse vencer de otros.
De esto nació el matarse los gentiles, porque como no alcanzaban la
inmortalidad del alma, en cambio de no verse abatidos y ultrajados de
sus enemigos, no estimaban la vida, y tenían por más hermosa victoria
morir a sus mismas manos que no a las de sus enemigos; y de esta misma
causa nace hoy el decir mal los hombres de las mujeres, porque los
desengañan, si no con palabras, con las obras.
Hablo de las que tratan de engañar y de desengañar; los hombres
fueron los autores de los desengaños; historias divinas y humanas nos
lo dicen, y aunque pudiera citar algunas, no quiero, porque deseo
granjear nombre de desengañadora, mas no de escolástica; que ya que los
hombres nos han usurpado este título con debilitarnos más de lo que la
naturaleza nos afeminó; y ella, si nos dio flacas fuerzas y corazones
tiernos, por lo menos nos infundió el alma tan capaz para todo como la
de los varones; y supuesto esto, gocen su imperio, aunque tiranamente
adquirido, que yo por lo menos me excusaré de cuestiones de escuela.
Digo, en fin, que como las mujeres vieron que los hombres habían de
más a más inventado contra ellas los engaños, hurtáronles no el arte
sino el modo. Entra un hombre engañando (como es la verdad, que todos
lo saben hacer bien), la mujer finge engañarse, y cuando ve que ya el
hombre trata de deshacer el engaño, adelántase a ser la primera.
¿Quién es tu enemigo? El adagio lo dice. Ellos, por no declararse
por engañadores, disimulan y queréllanse de que no hay que fiar de
ellas, porque todas engañan. Ved cómo la verdad está mal recibida:
ellas, por no morir a manos de los engaños de los hombres, desengañan
y quieren más morir a las suyas, que bien cruel es la mala opinión en
que las tienen; porque, ¿qué mayor desengaño que quitarles su dinero y
ponerlos en la calle?
El daño es que los hombres, como están tan hechos a engañar que ya se
hereda como mayorazgo, lo mismo hacen con la buena como con la que no
lo es. Ellos dicen hacerlo por escarmentados, y este es el mayor engaño
suyo, que no es sino porque no pueden más.
Miren las que no tratan de los deleites vulgares lo que les sucede a
otras y será el verdadero acierto el mal, que como las que digo no van
con el dictamen de las demás, que es engañar y desengañar, entran en el
engaño y se están en él toda la vida, y aun de esto se les ha seguido a
muchas la muerte, como se verá en mi desengaño.
Pues si hoy las que estamos señaladas para desengañar hemos de decir
verdades y queremos ser muestras de ellas, ¿qué esperamos sino odios
y rencillas?; y aseguraré hay más de dos que están deseando salir de
este lugar para verter de palabra y por escrito la ponzoña que les ha
ocasionado nuestro sarao; luego bien prevenida está la posta y bien
dispuesto el traer puestas las espuelas, y con todo esto no he de
morir de miedo; ya estoy en este asiento, desengañar tengo a todas y
guardarme de no ser engañada.
Paciencia, caballeros, que todo viene a ser una satirilla más o menos,
y eso no hará novedad, porque ya sé que no puede faltar; mas en esto
me la ganan, porque jamás dije mal de las obras ajenas; y hay poetas y
escritores que se pudren de que los otros escriban.
Todo lo alabo, todo lo estimo; si es levantadísimo, lo envidio, no
porque lo haya trabajado su dueño sino por no haber sido yo la que lo
haya alcanzado, y juzgo, en siendo obra del entendimiento, que cuando
no se estime de ella otra cosa sino el desvelo del que la hizo, hay
mucho que estimar; y supuesto que yo no atropello ni digo mal de los
trabajos ajenos, mereceré de cortesía que se diga bien de los míos, y
en esta conformidad digo así:
En la Babilonia de España, en la nueva maravilla de Europa, en la madre
de la nobleza, en el jardín de los divinos entendimientos, en el amparo
de todas las naciones, en la progenitora de la belleza, en el teatro
de la gloria, en el archivo de todas las gracias, en la escuela de las
ciencias, en el cielo tan parecido al cielo, que es locura dejarle si no
es para irse al cielo, y, para decirlo todo de una vez, en la ilustre
villa de Madrid, Babilonia, madre, maravilla, jardín, archivo, escuela,
progenitora, retrato y cielo, en fin, retiro de todas las grandezas del
mundo, nació la hermosísima Laurela, no en estos tiempos, que en ellos
no fuera admiración el ser tan desgraciada como ella por haber tantas
bellas y desgraciadas, de padres ilustres y ricos, siendo la tercera
en su casa, por haberse adelantado la primera y segunda hermana, no en
hermosura, sino en nacer antes que Laurela.
Ya se entiende que, siendo sus padres nobles y ricos, la criarían y
doctrinarían bien, enseñándola todos los ejercicios y habilidades
convenientes, pues sobre los caseros, lavar, bordar y lo demás, que
es bien que una mujer sepa para no estar ociosa, sabía leer, escribir,
tañer y cantar a una arpa, en que salió tan única que, oída sin ser
vista, parecía un ángel, y vista y oída, un serafín.