ofrecieron a la vista dos cosas de que quedaron bien admirados, sin
saber qué les había sucedido; y fue que, diciéndoles el caballero que
se sentasen, y haciendo él lo mismo, sacó una llave de la faltriquera,
y dándola a un criado, abrió con ella una pequeña puerta que en la
sala había, por donde vieron salir, cuando esperaban o que saliesen
algunos perros de caza u otra cosa semejante, salió, como digo, una
mujer, al mismo tiempo que, por la otra donde entraban y salían las
criadas, otra, que la vista de cualquiera de ellas causó a don Martín y
su compañero tan grande admiración que, suspendidos, no se les acordó
de lo que iban a hacer, ni atendieron a que el caballero les daba prisa
que se sentasen.
La mujer que por la pequeña puerta salió parecía tener hasta veinte y
seis años, hermosísima con tan grande extremo que juzgó don Martín, con
haberlas visto muy lindas en Flandes y España, que esta las excedía a
todas; mas tan flaca y sin color, que parecía más muerta que viva, o
que daba muestras de su cercana muerte.
No traía sobre sus blanquísimas y delicadas carnes sino un saco de
una jerga muy basta, y este le servía de camisa, faldellín y vestido,
ceñido con un pedazo de soga. Los cabellos, que más eran madejas de
Arabia que otra cosa, partidos en trenza, como se dice, al estilo
aldeano, y puestos detrás de sus orejas, y sobre ellos arrojada una
toca de lino muy basto. Traía en sus hermosas manos (que parecían copos
de nieve) una calavera.
Juzgó don Martín, harto enternecido de verla destilar de sus hermosos
ojos sartas de cristalinas perlas, que si en aquel traje se descubrían
tanto los quilates de su belleza, que en otro más precioso fuera
asombro del mundo; y como llegó cerca de la mesa, se entró debajo de
ella.
La otra que por la otra puerta salió era una negra, tan tinta que el
azabache era blanco en su comparación, y sobre esto, tan fiera que
juzgó don Martín que si no era el demonio, que debía ser retrato suyo;
porque tenía las narices tan romas que imitaban los perros bracos que
ahora están tan validos, y la boca con tan grande hocico y bezos tan
gruesos que parecía boca de león, y lo demás a esta proporción.
Pudo muy bien don Martín notar su rostro y costosos aderezos en lo que
tardó en llegar a la mesa, por venir delante de ella las dos doncellas
con dos candeleros de plata en las manos, y en ellos dos bujías de cera
encendidas.
Traía la fiera y abominable negra vestida una saya entera con manga
en punta, de un raso de oro encarnado, tan resplandeciente y rica
que una reina no la podía tener mejor; collar de hombros y cintura
de resplandecientes diamantes; en su garganta y muñecas, gruesas y
albísimas perlas, como lo eran las arracadas que colgaban de sus
orejas; en la cabeza, muchas flores y piedras de valor, como lo eran
las sortijas que traía en sus manos.
Así que llegó, el caballero, con alegre rostro, la tomó por la mano y
la hizo sentar a la mesa, diciendo:
—Seáis bien venida, señora mía.
Y con esto se sentaron todos, la negra a su lado y don Martín y su
camarada enfrente, tan admirados y divertidos en mirarla que casi no se
acordaban de comer.
Bien notó el caballero la suspensión, mas no por esto dejó de regalar y
acariciar a su negra y endemoniada dama, dándola los mejores bocados de
su plato; y a la desdichada belleza que estaba debajo de la mesa, los
huesos y mendrugos, que aun para los perros no eran buenos, pero como
tan necesitada de sustento, los roía como si fuera uno de ellos.
Acabada la cena, la negra se despidió de los caballeros y de su amante
o marido, que ellos no podían adivinar qué fuese, y se volvió por donde
había venido, con la misma solemnidad de salir las doncellas con las
luces; y saliendo de debajo de la mesa la maltratada hermosura, un
criado, de los que asistían a servir, en la calavera que traía en las
manos la echó agua, y volviéndose a su albergue, cerró el criado la
puerta con llave y se la dio a su señor.
Pasado pues esto, y los criados idos a cenar, viendo el caballero a
sus huéspedes tan suspensos pensando en las cosas que en aquella casa
veían, sin atreverse a preguntar la causa les habló de esta suerte:
—Si bien, buenos amigos, el trabajo pasado en la mar os ha hecho
necesario más el descanso y reposo que el oír sucesos, véoos tan
admirados de lo que en esta casa veis que estoy seguro que no os pesará
el oír el mío, y la causa de los extremos que veis, que los juzgaréis
encantamientos de los que se cuentan había en la primera edad del
mundo; y porque salgáis de la admiración en que os veo, si gustáis
de saberla, con vuestra licencia os contaré mi prodigiosa historia,
asegurándoos que sois los primeros a quienes la he dicho y han visto
lo que en este castillo pasa; porque desde que me retiré a él de la
ciudad, no he consentido que ninguno de mis deudos o amigos que me
vienen a ver pasen de la primera sala, ni mis criados se atreverán a
contar a nadie lo que aquí pasa, pena de que les costara la vida.
—Antes, amigo y señor —respondió don Martín—, te suplico que lo
digas y me saques de la confusión en que estoy, que no puedo tener
el descanso que dices que mi fatiga ha menester sin saber primero la
historia que encierra tan prodigiosos misterios.
—Pues supuesto eso, os la diré —dijo el caballero—: estadme atentos,
que pasa así:
Mi nombre es don Jaime de Aragón, que este mismo fue el de mi padre,
quien fue natural de Barcelona, en el reino de Cataluña, y de nobles
caballeros de ella, como lo dice mi apellido.
Tuvo mi padre con otros caballeros de su patria unas competencias sobre
el galanteo de una dama, y fue de suerte que llegaron a sacar las
espadas, donde mi padre, o por más valiente, o más bien afortunado,
dejando uno de sus contrarios en el último vale, se escapó en un
caballo al reino de Valencia, y embarcándose allí, pasó a Italia, donde
estuvo algunos años en la ciudad de Nápoles sirviendo al rey como
valeroso caballero, donde llegó a ser capitán; y ya cansado de andar
fuera de su patria, volviéndose a ella, con tormenta derrotado, como
vosotros, en esas peñas y salvando la vida por el mismo modo, estándose
reparando en la ciudad del trabajo pasado, vio a mi madre, que habiendo
muerto sus padres, la habían dejado niña y rica. Finalmente, al cabo de
dos años que la galanteó, vino a casarse con ella.
Tuviéronme a mí solo por fruto de su matrimonio, que llegando debajo
de su educación a la edad floreciente de diez y ocho años, era tan
inclinado a las armas que pedí a mis padres la licencia para pasar a
Flandes a emplear algunos años en ellas y ver tierras.
Tuviéronlo por bien mis padres, porque no perdiese el honor que por
tan noble ejercicio podía ganar, aunque con paternal sentimiento me
acomodaron de lo necesario, y tomando su bendición, me embarqué para
Flandes, que llegando a ella, asenté mi plaza y acudí a lo que era
necesario en el ejercicio que profesaba, y en esto empleé seis años, y
pienso que estuviera hasta ahora si no me hubiera sucedido un caso, el
más espantoso que habréis oído.
Tenía yo a esta sazón veinte y cuatro años, el talle conforme a la
floreciente edad que tenía, las galas como de soldado y las gracias
como de mozo, acompañando a esto el valor de la noble sangre que tengo.
Pues estando un día en el cuerpo de guardia con otros camaradas y
amigos, llegó a mí un hombre anciano, que al parecer profesaba ser
escudero, y llamándome a un lado me dijo que le oyese una palabra, y
despidiéndome de mis amigos, me aparté con él, que en viéndome solo me
puso en la mano un papel, diciendo que leyese y de palabra le diese la
respuesta.
Leíle, y contenía estas razones:
«Tu talle, español, junto con las demás gracias que te dio el
cielo, me fuerzan a desear hablarte: si te atreves a venir a mi
casa con las condiciones que te dirá ese criado, no te pesará de
haberme conocido. Dios te guarde.»
Viendo que el papel no decía más y que se remitía a lo que dijese el
criado, le pregunté el modo de poder obedecer lo que en aquel papel se
me mandaba, y me respondió que no había que advertirme más de que si
me resolvía a ir, que le aguardase en dando las diez en aquel mismo
puesto, que él vendría por mí y me llevaría.
Yo, que con la juventud que tenía, la facultad que profesaba, y
ayudado de mi noble sangre, no miraba en riesgos ni temía peligros,
pareciéndome que aunque fuese a los abismos no aventuraba nada,
porque no conocía la cara al temor, acepté la ida respondiendo que le
aguardaría.
Advirtiome el sagaz mensajero que en este caso no había más riesgo que
el de comunicarlo con nadie, y que así me suplicaba que ni a camarada
ni a amigo lo dijese, que importaba a mí y a la persona que le enviaba.
Asegurado de todo, y sin sosiego hasta ver el fondo a un caso con
tantas cautelas gobernado, apenas vi que serían las diez cuando,
hurtándome a mis camaradas, me fui al señalado puesto, y dando el reloj
las diez, llegó mi viejo en un valiente caballo, que por hacer la
noche entre clara se dejaba ver, y bajando de él lo primero que hizo
fue vendarme los ojos con un tafetán de que venía apercibido, de cuya
acción unas veces dudaba fuese segura y otras me reía de semejantes
transformaciones; y diciendo que subiese en el caballo, subió él a las
ancas y empezamos a caminar, pareciéndome, en el tiempo que caminamos,
que habían sido dos millas, porque cruzando calles y callejuelas, como
por ir tapados los ojos no podía ver por dónde iba, muchas veces creí
que volvíamos a caminar lo que ya habíamos andado.
En fin, llegamos al cabo de más de una hora a una casa, y entrando en
el zaguán, nos apeamos, y así, tapados los ojos como estaba, me asió de
la mano y me subió por unas escaleras.
Yo os confieso que en esta ocasión tuve algún temor y me pesó de
haberme puesto en una ocasión, que ella misma, pues iba fundada en
tanta cautela, estaba amenazando algún grave peligro; mas considerando
que ya no podía volver atrás y que no era lo peor haberme dejado mi
daga y espada, y una pistola pequeña que llevaba en la faltriquera, me
volví a cobrar, pues juzgué que, teniendo con que defenderme, ya que
muriese, podía matar.
Acabamos de subir, y en medio de un corredor, a lo que me pareció por
haber tentado las barandas, con una llave que traía abrió una puerta,
y trasladando, al entrar por ella, mi mano, que en la suya llevaba a
otra que al parecer del tacto juzgué mejor, sin hablar palabra volvió
a cerrar y se fue, dejándome más encantado que antes; porque la dama
a quien me entregó, según juzgué por el rugir de la seda, fue conmigo
caminando otras tres salas, y en la última, llegando a un estrado, se
sentó y me dijo que me sentase.
Animeme cuando la oí hablar, y díjele:
—Gracias a Dios, señora mía, que ya sé que estoy en el cielo, y no
como he creído que me llevaban a los infernales abismos.
—¿Pues en qué conocéis que aquí es el cielo? —me replicó.
—En la gloria que siento en el alma y en el olor y dulzura de este
albergue, y que, aunque ciego, o yo soy de mal conocimiento, o esta
mano que tengo en la mía no puede ser sino de un ángel.
—¡Ay, don Jaime! —me volvió a replicar—, no juzgues a desenvoltura
esto que has visto sino a fuerza de amor, de que he querido muchas
veces librarme y no he podido, aunque he procurado armarme de la
honestidad y de la calidad que tengo; mas tu gala y bizarría han podido
más, y así han salido vencedoras, rindiendo todas cuantas defensas
he procurado poner a los pies de tu valor, con lo cual, atropellando
inconvenientes, te he traído de la manera que ves; porque tanto a ti
como a mí nos importa vivir con este secreto y recato; y así, para
conseguir este amoroso empleo, te ruego que no lo comuniques con nadie,
que si alguna cosa mala tenéis los españoles es el no saber guardar
secreto.
Con esto me desvendó los ojos, aunque fue como si no lo hiciera, porque
todo estaba a oscuras; y yo, agradeciéndole tan soberanos favores,
con el atrevimiento de estar solos y sin luz, empecé a procurar por
el aliento a conocer lo que la vista no podía, brujuleando partes tan
realzadas, que la juzgué en mi imaginación por alguna deidad.
Hasta dada la una estuve con ella gozando regaladísimos favores,
cuanto la ocasión daba lugar, y pareciéndole hora, como me hubiese
dado un bolsillo grande y con buen bulto, pues estaba tan lleno que
apenas se podía cerrar, se despidió de mí con amorosos sentimientos, y
volviéndome a vendar los ojos, diciendo que la noche siguiente no me
descuidase de estar en el mismo puesto, salió conmigo hasta la puerta
por donde entré, y entregándome al mismo que me había traído, volviendo
a cerrar, bajamos donde estaba el caballo, y subiendo en él, caminamos
otro tanto tiempo como a la ida, hasta ponerme en el mismo puesto de
donde me había sacado.
Llegué, en yéndose el criado, a mi posada, y hallando en ella ya
acostados y durmiendo a mis camaradas, me entré a mi aposento, y
haciéndome millares de cruces del suceso que por mí pasaba, abrí el
bolsillo, y había en él una cadena de peso de doscientos escudos de
oro, cuatro sortijas de diamantes, y cien doblones de a cuatro. Quedé
absorto, juzgando que debía de ser mujer poderosa, y dando gracias a
mi buena dicha pasé la noche, dando otro día cadena al cuello y a las
manos relumbrones, jugando largo y gastando liberal con los amigos:
tanto que ellos me decían que de qué Indias había venido; a quienes
satisfacía con decir que mi padre me lo había enviado; y a la noche
siguiente aguardando en el puesto a mi guía, que fue muy cierta a la
misma hora, a quien recibí con los brazos, y con darle lo que merecía
su cuidado, con esto de la misma suerte que la noche pasada fui
recibido y agasajado, y bien premiado mi trabajo, pues aquella noche
me proveyó las faltriqueras de tantos doblones que sería imposible el
creerlo.
De esta suerte pasé más de un mes, sin faltar noche alguna mi guía,
ni yo de gozar mi dama encantada, ni ella de colmarme de dineros y
preciosas joyas, que en el tiempo que digo largamente me dio más de
seis mil ducados, con que yo me trataba como un príncipe, sin que,
en todo este tiempo que he dicho, permitiese dejarse ver; y si la
importunaba para ello, me respondía que no nos convenía; porque verla
y perderla había de ser uno; mas como las venturas fundadas en vicios
y deleites perecederos no pueden durar, cansose la fortuna de mi dicha
y volvió su rueda contra mí; y fue que como mis amigos y camaradas me
veían tan medrado y poderoso, sospecharon mal y empezaron a hablar
peor; porque echando juicios y haciendo discursos de donde podía
tener yo tantas joyas y dineros, dieron en el más ínfimo, diciendo
que era ladrón o salteador, y esto lo hablaban en mis espaldas tan
descaradamente que vino a oídos de un camarada mío, llamado don
Baltasar: y si bien en varias ocasiones había vuelto por mí, y puéstose
en muchos riesgos, enfadado de verme en tan mala opinión y quizá
temiendo no fuese verdad lo que decían, me apartó una tarde de todos y
sacándome al campo me dijo:
—Cierto, amigo don Jaime, que ya es imposible el poder excusar
deciros mi sentimiento, para lo que aquí os he traído, y creedme que
el quereros bien lo ocasiona, porque siento tanto el oír hablar mal de
vos, como se hace entre todos los que os conocen y os han visto no tan
sobrado como estáis; y para decirlo de una vez, sabed que después que
os ven con tantos aumentos y mejorado de galas y joyas, como hacéis
alarde de unos días a esta parte, entre los soldados, todos juntos y
cada uno de por sí, haciendo conjeturas y juicios de dónde os puede
venir, dicen públicamente que lo tenéis de donde aun yo me avergüenzo
de decirlo, mas ya no es tiempo de que se os encubra; dicen, en fin,
que debéis de hurtar y capear, infiriéndolo de que os ven faltar de
casa todas las noches: yo he tenido por volver por vos muchos enfados,
mas es caso dificultoso poder uno solo contra tantos.
Ruégoos, por la amistad que entre los dos hay, que es más que
parentesco, me saquéis de esta duda, para que ya que los demás estén
engañados, no lo esté yo, que soy también hombre y puede ser que viendo
que os guardáis y cauteláis de mí, crea el mismo engaño que los demás
creen, y sabiendo yo lo contrario, pueda seguramente volver por vuestra
perdida opinión y sustentar la mía.
Reíme muy de voluntad oyendo a don Baltasar lo que me decía, y quise
disculparme dando diferente color al caso, por no descubrir el secreto
de mi amada prenda, que ya a este tiempo, con las cargas de las
obligaciones que la tenía, aunque no la veía, la quería; mas al fin,
don Baltasar apretó tanto la dificultad que, pidiéndole por la amistad
que había entre los dos me guardase el secreto, avisándole el riesgo
que me corría, le conté todo lo que me había sucedido y sucedía.
Admirose y tornose a admirar don Baltasar, y después de haber dado y
tomado sobre el caso me dijo:
—¿Es posible, amigo, que no hemos de saber esta casa dónde es,
siquiera para seguridad de vuestra vida?
—Dudoso lo hallo —dije yo—, por el modo con que me llevan.
—No muy dudoso —dijo don Baltasar—, pues se puede llevar una esponja
empapada en sangre, y esta acomodada en un vaso, y haciendo con ella al
entrar o salir una señal en la puerta, será fácil otro día que hallemos
por ella la casa.
En fin, para abreviar, aquella misma noche llevé la esponja y señalé la
puerta, y otro día don Baltasar y yo no dejamos en toda la ciudad calle
ni plaza, rincón ni callejuela, que no buscamos; mas nunca tal señal
pudimos descubrir, y volviéndonos ya a la posada, cansados y admirados
del caso, no a veinte casas de ella, en unas muy principalísimas, vimos
la señal de la sangre, de que quedamos confusos y atónitos, y que el
rodear, cuando me llevaban, tanto, juzgamos era por deslumbrarme, para
que juzgase que era muy lejos.
Informámonos cúyas eran las dichas casas y supimos ser de un príncipe y
gran potentado de aquel reino, ya muy viejo, y que solo tenía una hija
heredera de todo su estado y riqueza, viuda, mas muy moza, por haberla
casado niña, y de las más bellas damas de aquel país. Mirámoslo todo
muy bien y notamos que, aunque había muchas rejas y balcones, todas
estaban con muy espesas celosías, por donde se podía ver sin ser vistos.
Recogímonos a la posada hablando del caso, y después de haber cenado,
nos salimos, yo a mi puesto, para aguardar mi guía, y don Baltasar a
ocultarse en la misma casa hasta satisfacerse, y al fin nos enteramos
de todo, porque venido mi viejo norte, yo me fui a mis oscuras glorias,
y don Baltasar aguardó hasta que me vio entrar, con que se volvió a
la posada y yo me quedé con mi dama, con la cual, haciéndole nuevas
caricias y mostrándole mayores rendimientos, pude alcanzar, aunque
contra su voluntad, dejarse ver: así ella misma fue por la luz, y
sacando entre sus hermosos dedos una bujía de cera encendida, vi, no
una mujer sino un serafín, y sentándose junto a mí, me dijo:
—Ya me ves, don Jaime, quiera el cielo no sea para perderme: madama
Lucrecia soy, princesa de Erne, no dirás que no has alcanzado conmigo
cuanto has querido, mira lo que haces.
¡Ay, qué desórdenes hace la mocedad! Si yo tuviera en la memoria estas
palabras, no hubiera llegado al estado en que estoy, y le tuviera
mayor, porque matando la luz, prosiguió diciendo:
—Mi padre es muy viejo, no tiene otro hijo sino a mí, y aunque me
salen muchos casamientos, ninguno acepto ni aceptaré hasta que el cielo
me dé lugar para hacerte mi esposo.
Besele las manos por las mercedes que me hacía y las que de nuevo me
ofrecía; y siendo hora, colmado de dichas y dineros y muy enamorado de
la linda Lucrecia, me vine a mi posada, dando cuenta a don Baltasar de
lo que había pasado; si bien cuidadoso de que conocí en Lucrecia quedar
triste y confusa.
Otro día por la mañana me vestí aun con más gala y cuidado que otras
veces y con mi camarada salimos a la calle según costumbre, y como mozo
mal regido y enamorado, empezamos a dar vueltas por la calle, ya hacia
arriba y ya abajo, mirando a las ventanas porque ya los ojos no podían
excusarse en buscar la hermosura que habían visto, y después de comer
gastamos la tarde en lo mismo.
¡Ay de mí!, y cómo ya mi desdicha me estaba persiguiendo, y mis
venturas, cansadas de acompañarme, me querían dejar; porque no habiendo
en todo el día visto ni aun sombra de mujer en aquella casa, llegamos a
la mía, y mientras don Baltasar fue al cuerpo de guardia yo me quedé a
la puerta.
Era poquito antes de anochecer, como se dice entre dos luces, cuando
llegó a mí una mujer en traje de flamenco, con una mascarilla en el
rostro, y me dijo en lengua española, que ya la saben todos en aquel
reino por la comunicación que hay con españoles:
—Mal aconsejado mozo, salte de la ciudad al punto; mira que no te
va menos que la vida, porque esta noche te han de matar por mandado
de quien más te quiere; y por la lástima que tengo a tu juventud y
gallardía, con harto riesgo mío te aviso.
Y diciendo esto se fue como el mismo viento, sin aguardar respuesta
mía, ni yo poder seguirla, porque al mismo punto llegó don Baltasar
con otros amigos que posaban con nosotros; y si os he de decir la
verdad, aunque no vinieran, no la pudiera seguir, según cortado y
desmayado me dejaron sus palabras; si bien me colegí que fuese mi amada
señora el juez que me condenaba a tan precisa y cercana muerte: con
todo eso, como llegaron los amigos, me cobré algo, y después de haber
cenado, aparté a don Baltasar y le conté lo que me había pasado, que
echando mil juicios, unas veces temiendo y otras con el valor que
requerían tales cosas, estuvimos hasta los tres cuartos de las diez,
que ya cansado de pensar qué sería, con la soberbia que mi valor me
daba dije:
—Las diez darán; vamos, amigo, y venga el mundo, que aunque me cueste
la vida, no dejaré la empresa comenzada.
Salimos, llegué al puesto, dieron las diez y no vino el que esperaba;
aguardé hasta las once, y viendo que no venía, dije a don Baltasar:
—Puede ser que si acaso os han visto, no lleguen por eso: apartaos y
encubríos en esta callejuela, veamos si es esta la ocasión.
Y apenas don Baltasar se desvió donde le dije, cuando salieron de una
casa más abajo de donde yo estaba seis hombres armados y con máscaras,
y disparando dos de ellos dos pistolas, y los otros metiendo mano a las
espadas, me acometieron cercándome por todas partes: de las pistolas,
la una fue por alto, mas la otra me acertó en un brazo, que si bien
no encarnó para hacerme pedazos, bastó a herirme muy mal: metí mano y
quise defenderme, mas fue imposible, porque a cuchilladas y estocadas,
como eran seis contra mí, me derribaron, herido mortalmente.
Al ruido volvió mi camarada y salieron de las casas vecinas gentes,
y de mi posada los amigos, que aún no estaban acostados por haberse
puesto a jugar, y los traidores, viendo lo que les importaba, se
pusieron en fuga, que si no, tengo por sin duda que no se fueran hasta
acabarme.
Lleváronme a la posada medio muerto, trajeron a un tiempo los médicos
para el alma y para el cuerpo, que no fue pequeña misericordia de Dios
quedar para poderme aprovechar de ellos. En fin, llegué a punto de
muerte; mas no quiso el cielo que se ejecutase entonces esta sentencia.
Púsose tanto cuidado en mi cura como me hallé con dinero para hacerlo,
que vine a mejorar de mis heridas y estar ya para poderme levantar;
y cuando lo empezaba a hacer, me envió el general a decir con el
sargento mayor que tratase de salir luego de aquel país y me volviese
a mi patria, porque me hacía cierto de que quien me había puesto en el
estado que estaba aún no estaba vengado, que así se lo avisaban por un
papel que le habían dado, sin saber quién; y que le decían en él que
por loco y mal celador de secretos había sido; que no hiciese juicios,
que de mano de una mujer se había todo originado.
En esto conocí de qué parte había procedido mi daño; y así, sin
aguardar a estar más convalecido, me puse en camino, y con harto
trabajo, por mi poca salud, llegué a mi patria, donde hallé que ya la
airada parca había cortado el hilo de la vida a mi madre, y a mi padre,
viejo y muy enfermo, por lo que dentro de un año siguió a su amada
consorte.
Quedé rico, y en lo mejor de mi edad, pues tenía a la sazón treinta y
tres a treinta y cuatro años. Ofreciéronseme luego muchos casamientos
de señoras de mucha calidad y hacienda, mas yo no tenía ninguna
voluntad de casarme porque aún vivía en mi alma la imagen adorada de
madama Lucrecia, perdida el mismo día que la vi, pues aunque había
sido causa de tanto mal como padecí, no la podía olvidar ni aborrecer;
hasta que una Semana Santa, acudiendo a la iglesia mayor a los divinos
oficios, vi un sol, poco digo, un ángel; vi, en fin, un retrato de
Lucrecia, tan parecido a ella que mil veces me quise persuadir a que,
arrepentida de haberme puesto en la ocasión que he dicho, se había
venido tras mí: vi, en fin, a Elena, que este es el nombre de aquella
desventurada mujer que habéis visto comer los huesos y migajas de mi
mesa; y así como la vi, no la amé, porque ya la amaba; la adoré, y
luego propuse, si no había causa que lo estorbase, a hacerla mi esposa;
seguila, informeme de su calidad y estado; supe que era noble, mas
tan pobre que aun para una medianía le faltaba; era doncella, y sus
virtudes las mismas que pude desear, pues el dote de la hermosura se
allegaba al de honesta, recogida y bien entendida: no tenía padre, que
había muerto un año había, y su madre era una honrada y santa señora.