Aderezada la cena y puestas las mesas, ya que iban a sentarse, se les

ofrecieron a la vista dos cosas de que quedaron bien admirados, sin

saber qué les había sucedido; y fue que, diciéndoles el caballero que

se sentasen, y haciendo él lo mismo, sacó una llave de la faltriquera,

y dándola a un criado, abrió con ella una pequeña puerta que en la

sala había, por donde vieron salir, cuando esperaban o que saliesen

algunos perros de caza u otra cosa semejante, salió, como digo, una

mujer, al mismo tiempo que, por la otra donde entraban y salían las

criadas, otra, que la vista de cualquiera de ellas causó a don Martín y

su compañero tan grande admiración que, suspendidos, no se les acordó

de lo que iban a hacer, ni atendieron a que el caballero les daba prisa

que se sentasen.

La mujer que por la pequeña puerta salió parecía tener hasta veinte y

seis años, hermosísima con tan grande extremo que juzgó don Martín, con

haberlas visto muy lindas en Flandes y España, que esta las excedía a

todas; mas tan flaca y sin color, que parecía más muerta que viva, o

que daba muestras de su cercana muerte.

No traía sobre sus blanquísimas y delicadas carnes sino un saco de

una jerga muy basta, y este le servía de camisa, faldellín y vestido,

ceñido con un pedazo de soga. Los cabellos, que más eran madejas de

Arabia que otra cosa, partidos en trenza, como se dice, al estilo

aldeano, y puestos detrás de sus orejas, y sobre ellos arrojada una

toca de lino muy basto. Traía en sus hermosas manos (que parecían copos

de nieve) una calavera.

Juzgó don Martín, harto enternecido de verla destilar de sus hermosos

ojos sartas de cristalinas perlas, que si en aquel traje se descubrían

tanto los quilates de su belleza, que en otro más precioso fuera

asombro del mundo; y como llegó cerca de la mesa, se entró debajo de

ella.

La otra que por la otra puerta salió era una negra, tan tinta que el

azabache era blanco en su comparación, y sobre esto, tan fiera que

juzgó don Martín que si no era el demonio, que debía ser retrato suyo;

porque tenía las narices tan romas que imitaban los perros bracos que

ahora están tan validos, y la boca con tan grande hocico y bezos tan

gruesos que parecía boca de león, y lo demás a esta proporción.

Pudo muy bien don Martín notar su rostro y costosos aderezos en lo que

tardó en llegar a la mesa, por venir delante de ella las dos doncellas

con dos candeleros de plata en las manos, y en ellos dos bujías de cera

encendidas.

Traía la fiera y abominable negra vestida una saya entera con manga

en punta, de un raso de oro encarnado, tan resplandeciente y rica

que una reina no la podía tener mejor; collar de hombros y cintura

de resplandecientes diamantes; en su garganta y muñecas, gruesas y

albísimas perlas, como lo eran las arracadas que colgaban de sus

orejas; en la cabeza, muchas flores y piedras de valor, como lo eran

las sortijas que traía en sus manos.

Así que llegó, el caballero, con alegre rostro, la tomó por la mano y

la hizo sentar a la mesa, diciendo:

—Seáis bien venida, señora mía.

Y con esto se sentaron todos, la negra a su lado y don Martín y su

camarada enfrente, tan admirados y divertidos en mirarla que casi no se

acordaban de comer.

Bien notó el caballero la suspensión, mas no por esto dejó de regalar y

acariciar a su negra y endemoniada dama, dándola los mejores bocados de

su plato; y a la desdichada belleza que estaba debajo de la mesa, los

huesos y mendrugos, que aun para los perros no eran buenos, pero como

tan necesitada de sustento, los roía como si fuera uno de ellos.

Acabada la cena, la negra se despidió de los caballeros y de su amante

o marido, que ellos no podían adivinar qué fuese, y se volvió por donde

había venido, con la misma solemnidad de salir las doncellas con las

luces; y saliendo de debajo de la mesa la maltratada hermosura, un

criado, de los que asistían a servir, en la calavera que traía en las

manos la echó agua, y volviéndose a su albergue, cerró el criado la

puerta con llave y se la dio a su señor.

Pasado pues esto, y los criados idos a cenar, viendo el caballero a

sus huéspedes tan suspensos pensando en las cosas que en aquella casa

veían, sin atreverse a preguntar la causa les habló de esta suerte:

—Si bien, buenos amigos, el trabajo pasado en la mar os ha hecho

necesario más el descanso y reposo que el oír sucesos, véoos tan

admirados de lo que en esta casa veis que estoy seguro que no os pesará

el oír el mío, y la causa de los extremos que veis, que los juzgaréis

encantamientos de los que se cuentan había en la primera edad del

mundo; y porque salgáis de la admiración en que os veo, si gustáis

de saberla, con vuestra licencia os contaré mi prodigiosa historia,

asegurándoos que sois los primeros a quienes la he dicho y han visto

lo que en este castillo pasa; porque desde que me retiré a él de la

ciudad, no he consentido que ninguno de mis deudos o amigos que me

vienen a ver pasen de la primera sala, ni mis criados se atreverán a

contar a nadie lo que aquí pasa, pena de que les costara la vida.

—Antes, amigo y señor —respondió don Martín—, te suplico que lo

digas y me saques de la confusión en que estoy, que no puedo tener

el descanso que dices que mi fatiga ha menester sin saber primero la

historia que encierra tan prodigiosos misterios.

—Pues supuesto eso, os la diré —dijo el caballero—: estadme atentos,

que pasa así:

Mi nombre es don Jaime de Aragón, que este mismo fue el de mi padre,

quien fue natural de Barcelona, en el reino de Cataluña, y de nobles

caballeros de ella, como lo dice mi apellido.

Tuvo mi padre con otros caballeros de su patria unas competencias sobre

el galanteo de una dama, y fue de suerte que llegaron a sacar las

espadas, donde mi padre, o por más valiente, o más bien afortunado,

dejando uno de sus contrarios en el último vale, se escapó en un

caballo al reino de Valencia, y embarcándose allí, pasó a Italia, donde

estuvo algunos años en la ciudad de Nápoles sirviendo al rey como

valeroso caballero, donde llegó a ser capitán; y ya cansado de andar

fuera de su patria, volviéndose a ella, con tormenta derrotado, como

vosotros, en esas peñas y salvando la vida por el mismo modo, estándose

reparando en la ciudad del trabajo pasado, vio a mi madre, que habiendo

muerto sus padres, la habían dejado niña y rica. Finalmente, al cabo de

dos años que la galanteó, vino a casarse con ella.

Tuviéronme a mí solo por fruto de su matrimonio, que llegando debajo

de su educación a la edad floreciente de diez y ocho años, era tan

inclinado a las armas que pedí a mis padres la licencia para pasar a

Flandes a emplear algunos años en ellas y ver tierras.

Tuviéronlo por bien mis padres, porque no perdiese el honor que por

tan noble ejercicio podía ganar, aunque con paternal sentimiento me

acomodaron de lo necesario, y tomando su bendición, me embarqué para

Flandes, que llegando a ella, asenté mi plaza y acudí a lo que era

necesario en el ejercicio que profesaba, y en esto empleé seis años, y

pienso que estuviera hasta ahora si no me hubiera sucedido un caso, el

más espantoso que habréis oído.

Tenía yo a esta sazón veinte y cuatro años, el talle conforme a la

floreciente edad que tenía, las galas como de soldado y las gracias

como de mozo, acompañando a esto el valor de la noble sangre que tengo.

Pues estando un día en el cuerpo de guardia con otros camaradas y

amigos, llegó a mí un hombre anciano, que al parecer profesaba ser

escudero, y llamándome a un lado me dijo que le oyese una palabra, y

despidiéndome de mis amigos, me aparté con él, que en viéndome solo me

puso en la mano un papel, diciendo que leyese y de palabra le diese la

respuesta.

Leíle, y contenía estas razones:

«Tu talle, español, junto con las demás gracias que te dio el

cielo, me fuerzan a desear hablarte: si te atreves a venir a mi

casa con las condiciones que te dirá ese criado, no te pesará de

haberme conocido. Dios te guarde.»

Viendo que el papel no decía más y que se remitía a lo que dijese el

criado, le pregunté el modo de poder obedecer lo que en aquel papel se

me mandaba, y me respondió que no había que advertirme más de que si

me resolvía a ir, que le aguardase en dando las diez en aquel mismo

puesto, que él vendría por mí y me llevaría.

Yo, que con la juventud que tenía, la facultad que profesaba, y

ayudado de mi noble sangre, no miraba en riesgos ni temía peligros,

pareciéndome que aunque fuese a los abismos no aventuraba nada,

porque no conocía la cara al temor, acepté la ida respondiendo que le

aguardaría.

Advirtiome el sagaz mensajero que en este caso no había más riesgo que

el de comunicarlo con nadie, y que así me suplicaba que ni a camarada

ni a amigo lo dijese, que importaba a mí y a la persona que le enviaba.

Asegurado de todo, y sin sosiego hasta ver el fondo a un caso con

tantas cautelas gobernado, apenas vi que serían las diez cuando,

hurtándome a mis camaradas, me fui al señalado puesto, y dando el reloj

las diez, llegó mi viejo en un valiente caballo, que por hacer la

noche entre clara se dejaba ver, y bajando de él lo primero que hizo

fue vendarme los ojos con un tafetán de que venía apercibido, de cuya

acción unas veces dudaba fuese segura y otras me reía de semejantes

transformaciones; y diciendo que subiese en el caballo, subió él a las

ancas y empezamos a caminar, pareciéndome, en el tiempo que caminamos,

que habían sido dos millas, porque cruzando calles y callejuelas, como

por ir tapados los ojos no podía ver por dónde iba, muchas veces creí

que volvíamos a caminar lo que ya habíamos andado.

En fin, llegamos al cabo de más de una hora a una casa, y entrando en

el zaguán, nos apeamos, y así, tapados los ojos como estaba, me asió de

la mano y me subió por unas escaleras.

Yo os confieso que en esta ocasión tuve algún temor y me pesó de

haberme puesto en una ocasión, que ella misma, pues iba fundada en

tanta cautela, estaba amenazando algún grave peligro; mas considerando

que ya no podía volver atrás y que no era lo peor haberme dejado mi

daga y espada, y una pistola pequeña que llevaba en la faltriquera, me

volví a cobrar, pues juzgué que, teniendo con que defenderme, ya que

muriese, podía matar.

Acabamos de subir, y en medio de un corredor, a lo que me pareció por

haber tentado las barandas, con una llave que traía abrió una puerta,

y trasladando, al entrar por ella, mi mano, que en la suya llevaba a

otra que al parecer del tacto juzgué mejor, sin hablar palabra volvió

a cerrar y se fue, dejándome más encantado que antes; porque la dama

a quien me entregó, según juzgué por el rugir de la seda, fue conmigo

caminando otras tres salas, y en la última, llegando a un estrado, se

sentó y me dijo que me sentase.

Animeme cuando la oí hablar, y díjele:

—Gracias a Dios, señora mía, que ya sé que estoy en el cielo, y no

como he creído que me llevaban a los infernales abismos.

—¿Pues en qué conocéis que aquí es el cielo? —me replicó.

—En la gloria que siento en el alma y en el olor y dulzura de este

albergue, y que, aunque ciego, o yo soy de mal conocimiento, o esta

mano que tengo en la mía no puede ser sino de un ángel.

—¡Ay, don Jaime! —me volvió a replicar—, no juzgues a desenvoltura

esto que has visto sino a fuerza de amor, de que he querido muchas

veces librarme y no he podido, aunque he procurado armarme de la

honestidad y de la calidad que tengo; mas tu gala y bizarría han podido

más, y así han salido vencedoras, rindiendo todas cuantas defensas

he procurado poner a los pies de tu valor, con lo cual, atropellando

inconvenientes, te he traído de la manera que ves; porque tanto a ti

como a mí nos importa vivir con este secreto y recato; y así, para

conseguir este amoroso empleo, te ruego que no lo comuniques con nadie,

que si alguna cosa mala tenéis los españoles es el no saber guardar

secreto.

Con esto me desvendó los ojos, aunque fue como si no lo hiciera, porque

todo estaba a oscuras; y yo, agradeciéndole tan soberanos favores,

con el atrevimiento de estar solos y sin luz, empecé a procurar por

el aliento a conocer lo que la vista no podía, brujuleando partes tan

realzadas, que la juzgué en mi imaginación por alguna deidad.

Hasta dada la una estuve con ella gozando regaladísimos favores,

cuanto la ocasión daba lugar, y pareciéndole hora, como me hubiese

dado un bolsillo grande y con buen bulto, pues estaba tan lleno que

apenas se podía cerrar, se despidió de mí con amorosos sentimientos, y

volviéndome a vendar los ojos, diciendo que la noche siguiente no me

descuidase de estar en el mismo puesto, salió conmigo hasta la puerta

por donde entré, y entregándome al mismo que me había traído, volviendo

a cerrar, bajamos donde estaba el caballo, y subiendo en él, caminamos

otro tanto tiempo como a la ida, hasta ponerme en el mismo puesto de

donde me había sacado.

Llegué, en yéndose el criado, a mi posada, y hallando en ella ya

acostados y durmiendo a mis camaradas, me entré a mi aposento, y

haciéndome millares de cruces del suceso que por mí pasaba, abrí el

bolsillo, y había en él una cadena de peso de doscientos escudos de

oro, cuatro sortijas de diamantes, y cien doblones de a cuatro. Quedé

absorto, juzgando que debía de ser mujer poderosa, y dando gracias a

mi buena dicha pasé la noche, dando otro día cadena al cuello y a las

manos relumbrones, jugando largo y gastando liberal con los amigos:

tanto que ellos me decían que de qué Indias había venido; a quienes

satisfacía con decir que mi padre me lo había enviado; y a la noche

siguiente aguardando en el puesto a mi guía, que fue muy cierta a la

misma hora, a quien recibí con los brazos, y con darle lo que merecía

su cuidado, con esto de la misma suerte que la noche pasada fui

recibido y agasajado, y bien premiado mi trabajo, pues aquella noche

me proveyó las faltriqueras de tantos doblones que sería imposible el

creerlo.

De esta suerte pasé más de un mes, sin faltar noche alguna mi guía,

ni yo de gozar mi dama encantada, ni ella de colmarme de dineros y

preciosas joyas, que en el tiempo que digo largamente me dio más de

seis mil ducados, con que yo me trataba como un príncipe, sin que,

en todo este tiempo que he dicho, permitiese dejarse ver; y si la

importunaba para ello, me respondía que no nos convenía; porque verla

y perderla había de ser uno; mas como las venturas fundadas en vicios

y deleites perecederos no pueden durar, cansose la fortuna de mi dicha

y volvió su rueda contra mí; y fue que como mis amigos y camaradas me

veían tan medrado y poderoso, sospecharon mal y empezaron a hablar

peor; porque echando juicios y haciendo discursos de donde podía

tener yo tantas joyas y dineros, dieron en el más ínfimo, diciendo

que era ladrón o salteador, y esto lo hablaban en mis espaldas tan

descaradamente que vino a oídos de un camarada mío, llamado don

Baltasar: y si bien en varias ocasiones había vuelto por mí, y puéstose

en muchos riesgos, enfadado de verme en tan mala opinión y quizá

temiendo no fuese verdad lo que decían, me apartó una tarde de todos y

sacándome al campo me dijo:

—Cierto, amigo don Jaime, que ya es imposible el poder excusar

deciros mi sentimiento, para lo que aquí os he traído, y creedme que

el quereros bien lo ocasiona, porque siento tanto el oír hablar mal de

vos, como se hace entre todos los que os conocen y os han visto no tan

sobrado como estáis; y para decirlo de una vez, sabed que después que

os ven con tantos aumentos y mejorado de galas y joyas, como hacéis

alarde de unos días a esta parte, entre los soldados, todos juntos y

cada uno de por sí, haciendo conjeturas y juicios de dónde os puede

venir, dicen públicamente que lo tenéis de donde aun yo me avergüenzo

de decirlo, mas ya no es tiempo de que se os encubra; dicen, en fin,

que debéis de hurtar y capear, infiriéndolo de que os ven faltar de

casa todas las noches: yo he tenido por volver por vos muchos enfados,

mas es caso dificultoso poder uno solo contra tantos.

Ruégoos, por la amistad que entre los dos hay, que es más que

parentesco, me saquéis de esta duda, para que ya que los demás estén

engañados, no lo esté yo, que soy también hombre y puede ser que viendo

que os guardáis y cauteláis de mí, crea el mismo engaño que los demás

creen, y sabiendo yo lo contrario, pueda seguramente volver por vuestra

perdida opinión y sustentar la mía.

Reíme muy de voluntad oyendo a don Baltasar lo que me decía, y quise

disculparme dando diferente color al caso, por no descubrir el secreto

de mi amada prenda, que ya a este tiempo, con las cargas de las

obligaciones que la tenía, aunque no la veía, la quería; mas al fin,

don Baltasar apretó tanto la dificultad que, pidiéndole por la amistad

que había entre los dos me guardase el secreto, avisándole el riesgo

que me corría, le conté todo lo que me había sucedido y sucedía.

Admirose y tornose a admirar don Baltasar, y después de haber dado y

tomado sobre el caso me dijo:

—¿Es posible, amigo, que no hemos de saber esta casa dónde es,

siquiera para seguridad de vuestra vida?

—Dudoso lo hallo —dije yo—, por el modo con que me llevan.

—No muy dudoso —dijo don Baltasar—, pues se puede llevar una esponja

empapada en sangre, y esta acomodada en un vaso, y haciendo con ella al

entrar o salir una señal en la puerta, será fácil otro día que hallemos

por ella la casa.

En fin, para abreviar, aquella misma noche llevé la esponja y señalé la

puerta, y otro día don Baltasar y yo no dejamos en toda la ciudad calle

ni plaza, rincón ni callejuela, que no buscamos; mas nunca tal señal

pudimos descubrir, y volviéndonos ya a la posada, cansados y admirados

del caso, no a veinte casas de ella, en unas muy principalísimas, vimos

la señal de la sangre, de que quedamos confusos y atónitos, y que el

rodear, cuando me llevaban, tanto, juzgamos era por deslumbrarme, para

que juzgase que era muy lejos.

Informámonos cúyas eran las dichas casas y supimos ser de un príncipe y

gran potentado de aquel reino, ya muy viejo, y que solo tenía una hija

heredera de todo su estado y riqueza, viuda, mas muy moza, por haberla

casado niña, y de las más bellas damas de aquel país. Mirámoslo todo

muy bien y notamos que, aunque había muchas rejas y balcones, todas

estaban con muy espesas celosías, por donde se podía ver sin ser vistos.

Recogímonos a la posada hablando del caso, y después de haber cenado,

nos salimos, yo a mi puesto, para aguardar mi guía, y don Baltasar a

ocultarse en la misma casa hasta satisfacerse, y al fin nos enteramos

de todo, porque venido mi viejo norte, yo me fui a mis oscuras glorias,

y don Baltasar aguardó hasta que me vio entrar, con que se volvió a

la posada y yo me quedé con mi dama, con la cual, haciéndole nuevas

caricias y mostrándole mayores rendimientos, pude alcanzar, aunque

contra su voluntad, dejarse ver: así ella misma fue por la luz, y

sacando entre sus hermosos dedos una bujía de cera encendida, vi, no

una mujer sino un serafín, y sentándose junto a mí, me dijo:

—Ya me ves, don Jaime, quiera el cielo no sea para perderme: madama

Lucrecia soy, princesa de Erne, no dirás que no has alcanzado conmigo

cuanto has querido, mira lo que haces.

¡Ay, qué desórdenes hace la mocedad! Si yo tuviera en la memoria estas

palabras, no hubiera llegado al estado en que estoy, y le tuviera

mayor, porque matando la luz, prosiguió diciendo:

—Mi padre es muy viejo, no tiene otro hijo sino a mí, y aunque me

salen muchos casamientos, ninguno acepto ni aceptaré hasta que el cielo

me dé lugar para hacerte mi esposo.

Besele las manos por las mercedes que me hacía y las que de nuevo me

ofrecía; y siendo hora, colmado de dichas y dineros y muy enamorado de

la linda Lucrecia, me vine a mi posada, dando cuenta a don Baltasar de

lo que había pasado; si bien cuidadoso de que conocí en Lucrecia quedar

triste y confusa.

Otro día por la mañana me vestí aun con más gala y cuidado que otras

veces y con mi camarada salimos a la calle según costumbre, y como mozo

mal regido y enamorado, empezamos a dar vueltas por la calle, ya hacia

arriba y ya abajo, mirando a las ventanas porque ya los ojos no podían

excusarse en buscar la hermosura que habían visto, y después de comer

gastamos la tarde en lo mismo.

¡Ay de mí!, y cómo ya mi desdicha me estaba persiguiendo, y mis

venturas, cansadas de acompañarme, me querían dejar; porque no habiendo

en todo el día visto ni aun sombra de mujer en aquella casa, llegamos a

la mía, y mientras don Baltasar fue al cuerpo de guardia yo me quedé a

la puerta.

Era poquito antes de anochecer, como se dice entre dos luces, cuando

llegó a mí una mujer en traje de flamenco, con una mascarilla en el

rostro, y me dijo en lengua española, que ya la saben todos en aquel

reino por la comunicación que hay con españoles:

—Mal aconsejado mozo, salte de la ciudad al punto; mira que no te

va menos que la vida, porque esta noche te han de matar por mandado

de quien más te quiere; y por la lástima que tengo a tu juventud y

gallardía, con harto riesgo mío te aviso.

Y diciendo esto se fue como el mismo viento, sin aguardar respuesta

mía, ni yo poder seguirla, porque al mismo punto llegó don Baltasar

con otros amigos que posaban con nosotros; y si os he de decir la

verdad, aunque no vinieran, no la pudiera seguir, según cortado y

desmayado me dejaron sus palabras; si bien me colegí que fuese mi amada

señora el juez que me condenaba a tan precisa y cercana muerte: con

todo eso, como llegaron los amigos, me cobré algo, y después de haber

cenado, aparté a don Baltasar y le conté lo que me había pasado, que

echando mil juicios, unas veces temiendo y otras con el valor que

requerían tales cosas, estuvimos hasta los tres cuartos de las diez,

que ya cansado de pensar qué sería, con la soberbia que mi valor me

daba dije:

—Las diez darán; vamos, amigo, y venga el mundo, que aunque me cueste

la vida, no dejaré la empresa comenzada.

Salimos, llegué al puesto, dieron las diez y no vino el que esperaba;

aguardé hasta las once, y viendo que no venía, dije a don Baltasar:

—Puede ser que si acaso os han visto, no lleguen por eso: apartaos y

encubríos en esta callejuela, veamos si es esta la ocasión.

Y apenas don Baltasar se desvió donde le dije, cuando salieron de una

casa más abajo de donde yo estaba seis hombres armados y con máscaras,

y disparando dos de ellos dos pistolas, y los otros metiendo mano a las

espadas, me acometieron cercándome por todas partes: de las pistolas,

la una fue por alto, mas la otra me acertó en un brazo, que si bien

no encarnó para hacerme pedazos, bastó a herirme muy mal: metí mano y

quise defenderme, mas fue imposible, porque a cuchilladas y estocadas,

como eran seis contra mí, me derribaron, herido mortalmente.

Al ruido volvió mi camarada y salieron de las casas vecinas gentes,

y de mi posada los amigos, que aún no estaban acostados por haberse

puesto a jugar, y los traidores, viendo lo que les importaba, se

pusieron en fuga, que si no, tengo por sin duda que no se fueran hasta

acabarme.

Lleváronme a la posada medio muerto, trajeron a un tiempo los médicos

para el alma y para el cuerpo, que no fue pequeña misericordia de Dios

quedar para poderme aprovechar de ellos. En fin, llegué a punto de

muerte; mas no quiso el cielo que se ejecutase entonces esta sentencia.

Púsose tanto cuidado en mi cura como me hallé con dinero para hacerlo,

que vine a mejorar de mis heridas y estar ya para poderme levantar;

y cuando lo empezaba a hacer, me envió el general a decir con el

sargento mayor que tratase de salir luego de aquel país y me volviese

a mi patria, porque me hacía cierto de que quien me había puesto en el

estado que estaba aún no estaba vengado, que así se lo avisaban por un

papel que le habían dado, sin saber quién; y que le decían en él que

por loco y mal celador de secretos había sido; que no hiciese juicios,

que de mano de una mujer se había todo originado.

En esto conocí de qué parte había procedido mi daño; y así, sin

aguardar a estar más convalecido, me puse en camino, y con harto

trabajo, por mi poca salud, llegué a mi patria, donde hallé que ya la

airada parca había cortado el hilo de la vida a mi madre, y a mi padre,

viejo y muy enfermo, por lo que dentro de un año siguió a su amada

consorte.

Quedé rico, y en lo mejor de mi edad, pues tenía a la sazón treinta y

tres a treinta y cuatro años. Ofreciéronseme luego muchos casamientos

de señoras de mucha calidad y hacienda, mas yo no tenía ninguna

voluntad de casarme porque aún vivía en mi alma la imagen adorada de

madama Lucrecia, perdida el mismo día que la vi, pues aunque había

sido causa de tanto mal como padecí, no la podía olvidar ni aborrecer;

hasta que una Semana Santa, acudiendo a la iglesia mayor a los divinos

oficios, vi un sol, poco digo, un ángel; vi, en fin, un retrato de

Lucrecia, tan parecido a ella que mil veces me quise persuadir a que,

arrepentida de haberme puesto en la ocasión que he dicho, se había

venido tras mí: vi, en fin, a Elena, que este es el nombre de aquella

desventurada mujer que habéis visto comer los huesos y migajas de mi

mesa; y así como la vi, no la amé, porque ya la amaba; la adoré, y

luego propuse, si no había causa que lo estorbase, a hacerla mi esposa;

seguila, informeme de su calidad y estado; supe que era noble, mas

tan pobre que aun para una medianía le faltaba; era doncella, y sus

virtudes las mismas que pude desear, pues el dote de la hermosura se

allegaba al de honesta, recogida y bien entendida: no tenía padre, que

había muerto un año había, y su madre era una honrada y santa señora.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 34 / 52 段