lágrimas; y para dañarlo más, le dijo que ella sabía por cierto que
don Juan había gozado a Roseleta; que el darle los papeles y cuenta de
las pretensiones que tenía, fue celosa por vengarse de él, porque se
quería casar con ella, y que aquellos papeles eran de los primeros que
don Juan le había escrito; que los que después se escribían el uno al
otro, llenos de amores y caricias, como ella había visto algunos por
habérselos quitado a don Juan, que de esos no le había dado parte.
Finalmente, la traidora Angeliana lo dispuso de tal modo, pidiéndola
la vengase de los atrevimientos de su esposa, y de haber sido causa de
que ella no lo fuese de don Juan, que don Pedro, dándola crédito, se lo
prometió; y para ejecutarlo, porque no le diesen a él ni a Angeliana
la culpa, se concertaron en lo que habían de hacer, y fue que don
Pedro se retiró de industria de la casa de su dama, y asistir con más
puntualidad y cuidado a la suya y al regalo de Roseleta, con que la
pobre señora, sosegados sus celos, empezó a tener más gusto que hasta
allí había tenido, viendo que su marido se había aquietado y quitádose
de la ocasión de Angeliana.
Más de dos meses aguardó el falso don Pedro la ocasión que deseaba,
no viendo a su dama sino con gran cautela y recato. En este tiempo
Roseleta cayó mala de un aprieto de garganta, de que fue necesario
sangrarla, como se hizo; y esa misma noche el ingrato y cruel marido,
después de recogida la familia, viendo que dormía Roseleta, la quitó
la venda de la sangría, y la destapó la vena, por donde se desangró
hasta que rindió la hermosa vida a la fiera y rigurosa muerte, y como
vio que ya había ejecutado el golpe y que estaba muerta, dando grandes
voces, llamando criados y criadas que trajesen luz, alborotó la casa
y vecindad, y entrando con la luz, que él de propósito había muerto
cuando hizo el buen hecho, hallaron la hermosa dama muerta, que, como
se había desangrado, estaba la más bella cosa que los ojos humanos
habían visto.
Llorábala toda su familia, y también la ciudad lamentaba tal desgracia,
ayudando a todos el cruel don Pedro, que dando gritos y llorando
lágrimas falsas, hacía y decía tales extremos que en muchos acreditaba
sentimientos, mas en otros cautela.
—¿Adónde te has ido —decía—, amada esposa mía? ¿Cómo has dejado el
triste cuerpo de tu don Pedro sin alma? Presto seguirá tras ti la de
este despreciado hombre. ¡Ay, ángel mío!, ¿cómo viviré sin ti? ¿Quién
alegrará mis ojos, faltándoles la hermosura de mi querida y amada
Roseleta?
Arrojábase sobre ella, besábala las manos, y no quería que nadie le
consolase, pues que él se estaba consolando.
Enterraron a Roseleta con general sentimiento de todos, y esa misma
noche vino Angeliana a consolar a don Pedro, y lo hizo tan bien que
se quedó en casa por que no se volviese a desconsolar, con lo que
empezaron todos a conocer que él la había muerto; mas como no se podía
averiguar, paró solo en murmurarlo, y más cuando dentro de tres meses
se casó con Angeliana, con quien vivió en paz, aunque no seguros del
castigo de Dios, que si no se les dio en esta vida, no les reservaría
de él en la otra.
Buscó don Pedro a don Juan, ya profeso, para matarle; mas no lo
permitió Dios, que la que le había guardado una vez le guardó siempre,
porque con licencia de sus mayores pasó a más estrecha vida, donde
acabó en paz.
Vean ahora las damas de estos tiempos si, con el ejemplo de los
pasados, se hallan con ánimo para fiarse de los hombres, aunque
sean maridos; y no desengañarse de que el que más dice amarlas, las
aborrece; y el que más las alaba, más las vende; y el que más muestra
estimarlas, más las desprecia; y que el que más perdido se muestra
por ellas, al fin las da la muerte; que para con las mujeres todos
son unos; y esto se ve en que si es honrada, es aborrecida porque lo
es; y si es libre, cansa; si es honesta, es melindrosa; si atrevida,
deshonesta; ni les agradan sus trajes ni sus costumbres, como se ve en
Roseleta y Camila, que ninguna acertó, ni la una callando ni la otra
hablando.
Pues, señoras, desengañémonos, volvamos por nuestra opinión, mueran los
hombres en nuestras memorias; pues más obligadas que a ellos estamos a
nosotras mismas.
Con mucho desenfado, desahogo y donaire dio fin la hermosa Nise a su
desengaño, dando a las damas, con su buen entendido documento, que
temer y advertir lo que era justo que todas miren.
Libre vivía Nise de amor, que aunque era hermosa y deseada de muchos
para merecerla por esposa, jamás había rendido a ninguno su libre
voluntad, y por eso con menos embarazo que Lisarda había hablado; y
como vieron que ya había dado fin, empezaron las damas y caballeros a
dar sus pareceres sobre el desengaño dicho, alegando si don Pedro fue
fácil en creer lo que Angeliana le dijo contra el decoro de su esposa,
pues debía conocer que, siendo su amiga y estando rabiosa del papel que
había recibido, lo cierto es que no podía hablar bien de ella.
Los caballeros le disculpaban, alegando que un marido no está obligado,
si quiere ser honrado, a averiguar nada; pues cuando con los cuerdos
quedase sin culpa, los ignorantes no le disculparían; y cuando quisiera
disimular, por ser caso secreto, lo que Angeliana le decía, le bastaba
para pensar que ella lo sabía, y más afirmando haber visto papeles
diferentes de los que a él le habían dado: y cuando estuviera muy
cierto de la inocencia de Roseleta, ya parecía que Angeliana la ponía
en duda, aunque mintiese, y dejaba oscurecido su honor.
Las damas decían lo contrario, afirmando que no por la honra la había
muerto, pues qué más deshonrado y oscurecido quería ver su honor
que con haberse casado con mujer ajada de don Juan y después gozada
de él, sino que por quedar desembarazado por casarse con la culpada,
había muerto la sin culpa; que lo que más se podía admirar era de que
hubiese Dios librado a don Juan por tan cauteloso modo, y permitido que
padeciese Roseleta.
A lo cual Lisis respondió que eso no había que sentir más de que a
Dios no se le puede preguntar por qué hace esos milagros, supuesto que
sus secretos son incomprensibles; y así, a unos libra y a otros deja
padecer; que a ella le parecía, con el corto caudal de su ingenio, que
a Roseleta le había dado Dios el cielo, padeciendo aquel martirio,
porque la debió de hallar en tiempo de merecerle, y que a don Juan le
guardó hasta que le mereciese con la penitencia y que tuviese más larga
vida, y tantos desengaños para enmendarla: con que sujetándose todos a
su parecer, dieron lugar a la linda doña Isabel y a los demás músicos,
que estaban aguardando silencio, para que cantasen este romance:
A pesar de la fortuna
Que su vista me quitó,
Sin ser aurora en mis brazos,
Ayer Febo amaneció,
Vertiendo risa en las flores
Con su divino esplendor,
Dando perlas a las fuentes,
Lustre, ser y admiración.
¿Quién vio, entre celajes rojos,
Salir, gobernar el sol
Los flamígeros caballos
Que descompuso Faetón?
¿Quién vio decretar a Jove
El castigo que se dio
Al mozo mal entendido
Que por soberbio cayó?
¿Y quién vio al sabio Mercurio
Adormecer al pastor
Que velaba con cien ojos
A la desdichada Ío?
¿Quién vio sujetando a Marte,
Con su extremado valor,
Las belicosas escuadras
De quien es dueño y señor?
¿Quién le vio rendir a Venus
La soberbia condición,
Animoso entre soldados,
Tierno tratando de amor?
¿Quién vio conquistando al mundo
Aquel magno emperador
Que alcanzó en él tanta monta,
Glorias, título y blasón?
¿Quién vio vencer imposibles
Aquel mozo que abrasó,
Por castigar su flaqueza,
Su brazo con tal valor?
Así, selvas, a mis ojos
Un bello sol ofreció,
Y de haberle visto, selvas,
Mi dicha alabando estoy.
Envídieme la fortuna
Si oriente soy de tal sol,
Siendo diamante que alcanzo
A sus rayos más valor.
Mas ¡ay! que tal favor
En sueños la fortuna me ofreció;
Porque nunca mi amor,
Si no es durmiendo, aquesto mereció.
NOCHE QUINTA.
DESENGAÑO QUINTO.
TARDE LLEGA EL DESENGAÑO.
Acabada la música, ocupó la hermosa Filis el asiento que había ya
quedado desembarazado, bien temerosa de salir del empeño tan airosa
como las demás que habían desengañado; y congojada de esto, cubriendo
el hermoso rostro de nuevas y alejandrinas rosas que el ahogo le
causaron, dijo:
—Cierto, hermosas damas y discretos caballeros, y tú, divina Lisis,
a cuyo gobierno estamos todas sujetas, que cediera de voluntad a
cualquiera, que me quisiera sacar de este empeño en que estoy puesta,
este lugar; porque haber de desengañar en tiempo que se usan tantos
engaños, que ya todos viven de ellos, de cualquiera estado o calidad
que sean, es fuerte rigor; y así digo que ni las mujeres son engañadas,
que una cosa es dejarse engañar y otra es engañarse; ni los hombres
deben de tener la culpa de todo lo que se les imputa; y así muchas
mujeres vemos hoy, sin los casos pasados, llorar y gemir por haber sido
burladas.
¿Qué mejor desengaño habemos menester? Mas dirán lo que dijo una vez
una bachillera, oyendo contar una desdicha que había sucedido a una
dama casada: «Bueno fuera que por una nave que se anega, no navegasen
las demás.» Y cierto que, aunque se dice que el libre albedrío no
está sujeto a las estrellas, pues aprovechándonos de la razón las
podemos vencer, soy de parecer que, si nacimos sujetos a desdichas, es
imposible apartarnos de ellas.
Bien se advierte en Camila y Roseleta, que ni la una con su prudencia
pudo librarse, aunque calló, ni la otra con su arrojamiento, hablando,
se libró tampoco; y aunque miro en Carlos y don Pedro dos amigos bien
crueles, no me puedo persuadir a que todos los hombres sean de una
misma manera; pues juzgo que ni los hombres deben ser culpados en todo,
ni las mujeres tampoco. Ellos nacieron con libertad de hombres, y
ellas con recato de mujeres; y así, por lo que deben ser más culpadas,
dejando aparte que son más desgraciadas, es que, como son las que
pierden más, luce en ellas más el delito; y por esto, como los hombres
se juzgan los más ofendidos, quéjanse y condénanlas en todo, y así
están hoy más abatidas que nunca, porque deben de ser los excesos
mayores.
Demás de esto, como los hombres, con el imperio que naturaleza
les otorgó en serlo, temerosos quizá de que las mujeres no se le
quiten, pues no hay duda que si no se dieran tanto a la compostura,
afeminándose más que naturaleza las afeminó, y como en lugar de
aplicarse a jugar las armas y a estudiar las ciencias, estudian en
rizar el cabello y matizar el rostro, ya pudiera ser que pasaran en
todo a los hombres: luego el culparlas de fáciles y de poco valor
y menos provecho es porque no se les alcen con la potestad; y así,
en empezando a tener discurso las niñas, pónenlas a labrar y hacer
vainillas, y si las enseñan a leer es por milagro; que hay padre que
tiene por cosa de menos valor que sepan leer y escribir sus hijas,
dando por causa que de saberlo son malas; como si no hubiera muchas más
que no lo saben y lo son; y esta es natural envidia y temor que tienen
de que los han de pasar en todo.
Bueno fuera que si una mujer ciñera espada, sufriera que la agraviara
un hombre en ninguna ocasión; harta gracia fuera que si una mujer
profesara las letras, no se opusiera con los hombres tanto a las dudas
como a los puestos: según esto, temor es el abatirlas y obligarlas a
que ejerzan las cosas caseras.
Esto prueba bien el valor de las hermanas del emperador Carlos V,
que no quiero asir de las pasadas, sino de las presentes; pues el
entendimiento de la serenísima infanta doña Isabel Clara Eugenia de
Austria, pues con ser el católico rey don Felipe II de tanto saber que
adquirió el nombre de prudente, no hacía ni intentaba acción alguna que
no tomase consejo con ella: en tanto estimaba el consejo de su hija;
pues en el gobierno de Flandes bien mostró cuán grande era su saber y
valor.
Pues la excelentísima condesa de Lemos, camarera mayor de la serenísima
reina Margarita, y aya de la emperatriz de Alemania, abuela del
excelentísimo conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, fue de
tan excelentísimo entendimiento, demás de haber estudiado la lengua
latina, que no había letrado que la igualase.
La señora doña Eugenia de Contreras, religiosa en el convento de Santa
Juana de la Cruz, hablaba la lengua latina, y tenía tanta prontitud en
la gramática y teología, por haberla estudiado, que admiraba a los más
elocuentes en ella.
Pues demás de estas hay otras muchas de que hoy goza el mundo,
excelentes en prosa y verso, como se ve en la señora doña María Varona,
religiosa en el convento de la Concepción Jerónima, y la señora doña
Ana Caro, natural de Sevilla: y ya Madrid ha visto y hecho experiencia
de su entendimiento y excelentísimos versos, pues los teatros la han
hecho estimada y los grandes entendimientos la han dado laureles y
vítores, rotulando su nombre por las calles; y no será justo olvidar a
la señora doña Isabel de Ribadeneira, dama de mi señora la condesa de
Gálvez, tan excelente y única en hacer versos que de justicia merece el
aplauso entre las pasadas y presentes: pues escribe con tanto acierto
que arrebata, no solo a las mujeres, mas a los hombres, el laurel de la
frente; y otras muchas que no nombro por no ser prolija.
Puédese creer que, si como a estas que estudiaron las concedió el cielo
tan divinos entendimientos, si todas hicieran lo mismo, unas más y
otras menos, todas supieran y fueran famosas.
De manera que no voy fuera de camino en que los hombres, por temor y
envidia, las privan de las letras y las armas, como hacen los moros
a los cristianos que han de servir donde hay mujeres, que los hacen
eunucos por estar seguros de ellos.
¡Ah, damas hermosas, y qué os pudiera decir si supiera que como soy
oída no había de ser murmurada! Ea, dejemos las galas, rosas y rizos,
y volvamos por nosotras; unas con el entendimiento y otras con las
armas; y será el mejor desengaño para las que hoy son y las que han de
venir; y supuesto que he dicho lo que me parece, y ya que estoy en este
asiento, he de desengañar, es fuerza que, cumpliendo el mandamiento de
la divina Lisis, ha de ser mi desengaño contra los caballeros; y por si
algún día los hubiere menester, les pido perdón y licencia.
Con gran gusto escucharon todos a la hermosa Filis, que después de
haberla dado las gracias, y concedido lo que tan justamente pedía,
empezó así:
Si mis penas pudieran ser medidas,
No fueran penas, no, que glorias fueran;
Con más facilidad contar pudieran
Las aves que en el aire están perdidas.
Las estrellas a cuenta reducidas,
Más cierto que ellas número tuvieran;
Por imposibles, fáciles se vieran
Contadas las arenas esparcidas.
Sin ti, dulce y ausente dueño mío,
La noche paso deseando el día,
Y en viendo el día, por la noche lloro.
Lágrimas, donde estáis, con gusto envío,
Gloria siento por ti en la pena mía,
Cierta señal que lo que pierdo adoro.
Espero, desespero, gimo y lloro,
Que sin ti, dueño amado,
Me cansa el río y entristece el prado.
¡Cuándo llegará el día
En que te vuelva a ver, señora mía,
Que hasta que yo te vea,
No hay gusto para mí que gusto sea!
Así cantaba para divertir su pena, siendo tan grande como quien sabe
qué es ausencia, don Martín, caballero mozo, noble, galán y bien
entendido, natural de la imperial ciudad de Toledo, a quien deseos
de aumentar honor habían ausentado de su patria y apartado de una
gallarda y hermosa dama, prima suya, a quien amaba para esposa; cuando
navegaba la vuelta de España, honrado de valerosos hechos y acrecentado
de grandes servicios, adquiridos en Flandes, donde había servido con
valeroso ánimo y heroico valor a su católico rey, y de quien esperaba,
llegando a la corte, honrosos premios, ligando de camino el libre
cuello al yugo del matrimonio, lazo amable y suave para quien le toma
con gusto, como él esperaba hacerlo con su hermosa prima, juzgando
el camino eterno, por impedirle llegar a gozar y poseer sus amorosos
brazos, pareciéndole el próspero viento con que la nave volaba
perezosa calma.
Mas la fortuna (cruel enemiga del descanso, que jamás hace cosa a gusto
del deseo), habiendo cerrado la noche oscura, tenebrosa y revuelta
de espantosos truenos y relámpagos, con furiosa lluvia, trocándose
el viento apacible en rigurosa tormenta; los marineros, temerosos de
perderse, queriendo amainar las velas porque la nave no diese contra
alguna peña y se hiciese pedazos, no les fue posible, antes empezó
a correr, sin orden ni camino, por donde el furioso viento la quiso
llevar, con tanta pena de todos que viendo no tenían otro remedio,
puestos de rodillas, llamando a Dios que tuviese misericordia de las
almas, ya que los cuerpos se perdiesen; y así, poniendo el timón la
vía de Cerdeña, pareciéndoles no medrarían muy mal si llegasen a ella,
perdidas las esperanzas de quedar con las vidas, con grandes llantos
se encomendaba cada uno al santo con quien más devoción tenía; y es lo
cierto que, si no fuera por el valor con que don Martín los animaba, el
mismo miedo los acabara: mas era toledano, cuyos pechos no le conocen,
y así, haciendo la misma cara al bien que al mal, poniendo todas sus
esperanzas en Dios, esperaban con valor lo que sucediese.
Tres días pasaron de esta suerte sin darles lugar la oscuridad y el
ir engolfados en alta mar a conocer por dónde iban; y ya que esto
les aseguraba el temor de hacerse pedazos la nave, no lo hacía el
dar en tierra de moros, cuando al cuarto día descubrieron tierra
poco antes de anochecer, mas fue para acrecentarles el temor, porque
eran unas montañas tan altas que, antes de sucederles el mal, ya le
tenían previsto; y procurando amainar, fue imposible, pues la triste
nave venía tan furiosa que antes que tuviesen lugar de hacer lo que
intentaban, dio contra las peñas y se hizo pedazos, con lo que viéndose
perdidos, acudió cada uno como pudo a salvar la vida, y aun esa tenían
por imposible librarla.
Don Martín, que siguiendo el ejercicio de las armas, no era esta la
primera fortuna en que se había visto, animosamente asió una tabla,
haciendo cada uno lo mismo, con cuyo amparo y el del cielo lograron,
a pesar de las furiosas olas, tomar tierra en la parte donde más
cómodamente pudieron; y como en ella se vieron, aunque conociendo su
manifiesto peligro por llegar las olas a batir en las mismas peñas, por
estar furiosas y fuera de madre, dieron gracias a Dios por las mercedes
que les había hecho.
Buscando como pudieron dónde ampararse, don Martín y otro caballero
pasajero, que los demás enderezaron hacia otras partes, se acogieron a
un hueco o quiebra que en la peña había, donde, por estar bien cóncavo
y cavado, no llegaba el agua.
Estuvieron hasta la mañana, que habiéndose sosegado el aire y quitádose
al cielo el ceño, salió el sol y dio lugar a que las olas, retiradas a
su cerúleo albergue, descubriesen una arenosa playa, de ancho hasta dos
varas, de modo que se podía muy bien andar alrededor de las peñas.
Viendo esto don Martín y su compañero, temerosos de que no les
hallase allí la venidera noche y deseosos de saber dónde estaban, y
menesterosos de sustento, por no haber comido desde la mañana del
día pasado, salieron de aquel peligroso albergue y caminando por
aquella vereda iban buscando si hallaban alguna parte por donde subir
a lo alto, con harto cuidado de que no fuese tierra de moros, donde
perdiesen la libertad que el cielo les había concedido, aunque les
parecía más civil muerte acabar la vida a manos de la hambre. No sé
qué dulzura tiene esta triste vida que, aunque sea con trabajos y
desdichas, la apetecemos.
Dábales a don Martín y su camarada más guerra la hambre que el esperar
verse cautivos, y sentían más la pérdida de los mantenimientos, que
con la nave se habían perdido, que los vestidos y ropa que se habían
anegado con ella: si bien a don Martín no le hacían falta los dineros,
porque en un bolsillo que traía en la faltriquera había salvado buena
cantidad de doblones y una cadena.
Más de medio día sería pasado cuando, caminando orilla del mar,
descubrieron una mal usada senda que a lo alto de la peña subía, y
entrando por ella, no con poca fatiga, a cosa de las cuatro de la
tarde llegaron a lo alto, desde donde descubrieron la tierra llana y
deleitosa, muchas arboledas muy frescas y en ellas huertas de agradable
vista, y muchas tierras sembradas, y en ellas, o cerca, algunas
hermosas caserías; mas no vieron gente alguna, con lo que no pudieron
salir de sus dudas de si estaban entre enemigos; mas, al fin, sujetos
a lo que la fortuna quisiese hacer de ellos como hallasen qué comer,
siguieron su camino, y a poco más de una legua, cuando ya quería
anochecer, descubrieron un grande y hermoso castillo, y vieron delante
de él andarse paseando un caballero, que en su talle, vestido y buena
presencia pareció serlo.
Tenía, sobre un vestido costoso y rico, un gabán de terciopelo carmesí,
con muchos pasamanos de oro y al uso español, de que no se alegraron
poco nuestros mojados y hambrientos caminantes, dando mil gracias a
Dios de que, ya que con tanto trabajo los había guiado hasta allí,
fuese tierra de cristianos, porque hasta aquel punto habían temido lo
contrario.
Yéndose para el caballero, que se paró a esperarlos, juzgando en verlos
venir así lo que podía ser, y como llegasen más cerca pudieron ver que
era un hombre de hasta cuarenta años y algo moreno, mas de hermoso
rostro, el bigote y cabello negro y algo encrespado. Llegando pues más
cerca, con semblante severo y alegre los saludó con mucha cortesía, y
prosiguió diciendo:
—No tengo necesidad, señores, de preguntaros qué ventura os ha traído
aquí, que ya juzgo en el modo que venís, a pie y mal enjutos, que
habéis escapado de alguna derrotada nave que en la tempestad pasada se
ha perdido, haciéndose pedazos en estas peñas; y no ha sido pequeña
merced del cielo en haber escapado con las vidas, que ya otros muchos
han perecido sin haber podido tomar tierra.
—Así es —respondió don Martín, después de haberle vuelto los corteses
saludos—, y suplícoos, señor caballero, me hagáis merced de decirme
qué tierra es esta, y si hallaremos cerca algún lugar donde poder
repararnos del trabajo pasado y del que nos fatiga, que es no haber
comido dos días ha.
—Estáis, señores —respondió el caballero—, en la Gran Canaria,
si bien por donde la fortuna os la hizo tomar es muy dificultoso el
conocerla, y de aquí a la ciudad hay dos leguas; y supuesto que ya el
día va a la última jornada, será imposible llegar a ella a tiempo que
os podáis acomodar de lo que os falta, y más siendo forasteros, que es
fuerza ignoréis el modo, y supuesto la necesidad que tenéis de sustento
y descanso, porque me parecéis en la lengua españoles, y tener yo gran
parte de esta dichosa tierra, que es de lo que más me honro, os suplico
aceptéis mi casa para descansar esta noche y todo el tiempo que más os
diere gusto, que en todo podéis mandar como propia, y yo lo tendré por
muy gran favor; que después yo iré con vosotros a la ciudad, donde voy
algunas veces, y os podréis acomodar de lo que os faltare para vuestro
viaje.
Agradecieron al noble caballero don Martín y su camarada con corteses
razones lo que les ofrecía, aceptando, por la necesidad que tenían,
su piadoso ofrecimiento; y con esto todos tres y algunos criados que
habían salido del castillo se entraron en él; y cerrando y echando el
puente, por ser ya tarde y aquellos campos mal seguros de salteadores y
bandoleros, subieron a lo alto.
Iban notando nuestros héroes que el caballero debía ser muy principal y
rico, porque todas las salas estaban muy aliñadas de ricas colgaduras y
excelentes pinturas, y de otras cosas curiosas que decían el valor del
dueño, sin faltar mujeres que acudieron a poner luces y ver qué se les
mandaba tocante al regalo de los huéspedes que su señor tenía, porque
salieron, habiéndolas llamado, dos doncellas y cuatro esclavas blancas
herradas en los rostros, a quienes el caballero dijo que fuesen a su
señora y la dijesen mandase apercibir dos buenas camas para aquellos
caballeros, juntas en una cuadra, y que se aderezase presto la cena,
porque necesitaban de comer y descansar; y mientras esto se hacía, don
Martín y el compañero se quedaron con el caballero, contando de su
viaje y del modo que habían llegado allí, juzgando, por lo que a las
criadas había dicho dijesen a su señora, que el caballero era casado.