Este papel dio Angeliana a don Pedro con grandes sentimientos y

lágrimas; y para dañarlo más, le dijo que ella sabía por cierto que

don Juan había gozado a Roseleta; que el darle los papeles y cuenta de

las pretensiones que tenía, fue celosa por vengarse de él, porque se

quería casar con ella, y que aquellos papeles eran de los primeros que

don Juan le había escrito; que los que después se escribían el uno al

otro, llenos de amores y caricias, como ella había visto algunos por

habérselos quitado a don Juan, que de esos no le había dado parte.

Finalmente, la traidora Angeliana lo dispuso de tal modo, pidiéndola

la vengase de los atrevimientos de su esposa, y de haber sido causa de

que ella no lo fuese de don Juan, que don Pedro, dándola crédito, se lo

prometió; y para ejecutarlo, porque no le diesen a él ni a Angeliana

la culpa, se concertaron en lo que habían de hacer, y fue que don

Pedro se retiró de industria de la casa de su dama, y asistir con más

puntualidad y cuidado a la suya y al regalo de Roseleta, con que la

pobre señora, sosegados sus celos, empezó a tener más gusto que hasta

allí había tenido, viendo que su marido se había aquietado y quitádose

de la ocasión de Angeliana.

Más de dos meses aguardó el falso don Pedro la ocasión que deseaba,

no viendo a su dama sino con gran cautela y recato. En este tiempo

Roseleta cayó mala de un aprieto de garganta, de que fue necesario

sangrarla, como se hizo; y esa misma noche el ingrato y cruel marido,

después de recogida la familia, viendo que dormía Roseleta, la quitó

la venda de la sangría, y la destapó la vena, por donde se desangró

hasta que rindió la hermosa vida a la fiera y rigurosa muerte, y como

vio que ya había ejecutado el golpe y que estaba muerta, dando grandes

voces, llamando criados y criadas que trajesen luz, alborotó la casa

y vecindad, y entrando con la luz, que él de propósito había muerto

cuando hizo el buen hecho, hallaron la hermosa dama muerta, que, como

se había desangrado, estaba la más bella cosa que los ojos humanos

habían visto.

Llorábala toda su familia, y también la ciudad lamentaba tal desgracia,

ayudando a todos el cruel don Pedro, que dando gritos y llorando

lágrimas falsas, hacía y decía tales extremos que en muchos acreditaba

sentimientos, mas en otros cautela.

—¿Adónde te has ido —decía—, amada esposa mía? ¿Cómo has dejado el

triste cuerpo de tu don Pedro sin alma? Presto seguirá tras ti la de

este despreciado hombre. ¡Ay, ángel mío!, ¿cómo viviré sin ti? ¿Quién

alegrará mis ojos, faltándoles la hermosura de mi querida y amada

Roseleta?

Arrojábase sobre ella, besábala las manos, y no quería que nadie le

consolase, pues que él se estaba consolando.

Enterraron a Roseleta con general sentimiento de todos, y esa misma

noche vino Angeliana a consolar a don Pedro, y lo hizo tan bien que

se quedó en casa por que no se volviese a desconsolar, con lo que

empezaron todos a conocer que él la había muerto; mas como no se podía

averiguar, paró solo en murmurarlo, y más cuando dentro de tres meses

se casó con Angeliana, con quien vivió en paz, aunque no seguros del

castigo de Dios, que si no se les dio en esta vida, no les reservaría

de él en la otra.

Buscó don Pedro a don Juan, ya profeso, para matarle; mas no lo

permitió Dios, que la que le había guardado una vez le guardó siempre,

porque con licencia de sus mayores pasó a más estrecha vida, donde

acabó en paz.

Vean ahora las damas de estos tiempos si, con el ejemplo de los

pasados, se hallan con ánimo para fiarse de los hombres, aunque

sean maridos; y no desengañarse de que el que más dice amarlas, las

aborrece; y el que más las alaba, más las vende; y el que más muestra

estimarlas, más las desprecia; y que el que más perdido se muestra

por ellas, al fin las da la muerte; que para con las mujeres todos

son unos; y esto se ve en que si es honrada, es aborrecida porque lo

es; y si es libre, cansa; si es honesta, es melindrosa; si atrevida,

deshonesta; ni les agradan sus trajes ni sus costumbres, como se ve en

Roseleta y Camila, que ninguna acertó, ni la una callando ni la otra

hablando.

Pues, señoras, desengañémonos, volvamos por nuestra opinión, mueran los

hombres en nuestras memorias; pues más obligadas que a ellos estamos a

nosotras mismas.

Con mucho desenfado, desahogo y donaire dio fin la hermosa Nise a su

desengaño, dando a las damas, con su buen entendido documento, que

temer y advertir lo que era justo que todas miren.

Libre vivía Nise de amor, que aunque era hermosa y deseada de muchos

para merecerla por esposa, jamás había rendido a ninguno su libre

voluntad, y por eso con menos embarazo que Lisarda había hablado; y

como vieron que ya había dado fin, empezaron las damas y caballeros a

dar sus pareceres sobre el desengaño dicho, alegando si don Pedro fue

fácil en creer lo que Angeliana le dijo contra el decoro de su esposa,

pues debía conocer que, siendo su amiga y estando rabiosa del papel que

había recibido, lo cierto es que no podía hablar bien de ella.

Los caballeros le disculpaban, alegando que un marido no está obligado,

si quiere ser honrado, a averiguar nada; pues cuando con los cuerdos

quedase sin culpa, los ignorantes no le disculparían; y cuando quisiera

disimular, por ser caso secreto, lo que Angeliana le decía, le bastaba

para pensar que ella lo sabía, y más afirmando haber visto papeles

diferentes de los que a él le habían dado: y cuando estuviera muy

cierto de la inocencia de Roseleta, ya parecía que Angeliana la ponía

en duda, aunque mintiese, y dejaba oscurecido su honor.

Las damas decían lo contrario, afirmando que no por la honra la había

muerto, pues qué más deshonrado y oscurecido quería ver su honor

que con haberse casado con mujer ajada de don Juan y después gozada

de él, sino que por quedar desembarazado por casarse con la culpada,

había muerto la sin culpa; que lo que más se podía admirar era de que

hubiese Dios librado a don Juan por tan cauteloso modo, y permitido que

padeciese Roseleta.

A lo cual Lisis respondió que eso no había que sentir más de que a

Dios no se le puede preguntar por qué hace esos milagros, supuesto que

sus secretos son incomprensibles; y así, a unos libra y a otros deja

padecer; que a ella le parecía, con el corto caudal de su ingenio, que

a Roseleta le había dado Dios el cielo, padeciendo aquel martirio,

porque la debió de hallar en tiempo de merecerle, y que a don Juan le

guardó hasta que le mereciese con la penitencia y que tuviese más larga

vida, y tantos desengaños para enmendarla: con que sujetándose todos a

su parecer, dieron lugar a la linda doña Isabel y a los demás músicos,

que estaban aguardando silencio, para que cantasen este romance:

A pesar de la fortuna

Que su vista me quitó,

Sin ser aurora en mis brazos,

Ayer Febo amaneció,

Vertiendo risa en las flores

Con su divino esplendor,

Dando perlas a las fuentes,

Lustre, ser y admiración.

¿Quién vio, entre celajes rojos,

Salir, gobernar el sol

Los flamígeros caballos

Que descompuso Faetón?

¿Quién vio decretar a Jove

El castigo que se dio

Al mozo mal entendido

Que por soberbio cayó?

¿Y quién vio al sabio Mercurio

Adormecer al pastor

Que velaba con cien ojos

A la desdichada Ío?

¿Quién vio sujetando a Marte,

Con su extremado valor,

Las belicosas escuadras

De quien es dueño y señor?

¿Quién le vio rendir a Venus

La soberbia condición,

Animoso entre soldados,

Tierno tratando de amor?

¿Quién vio conquistando al mundo

Aquel magno emperador

Que alcanzó en él tanta monta,

Glorias, título y blasón?

¿Quién vio vencer imposibles

Aquel mozo que abrasó,

Por castigar su flaqueza,

Su brazo con tal valor?

Así, selvas, a mis ojos

Un bello sol ofreció,

Y de haberle visto, selvas,

Mi dicha alabando estoy.

Envídieme la fortuna

Si oriente soy de tal sol,

Siendo diamante que alcanzo

A sus rayos más valor.

Mas ¡ay! que tal favor

En sueños la fortuna me ofreció;

Porque nunca mi amor,

Si no es durmiendo, aquesto mereció.

NOCHE QUINTA.

DESENGAÑO QUINTO.

TARDE LLEGA EL DESENGAÑO.

Acabada la música, ocupó la hermosa Filis el asiento que había ya

quedado desembarazado, bien temerosa de salir del empeño tan airosa

como las demás que habían desengañado; y congojada de esto, cubriendo

el hermoso rostro de nuevas y alejandrinas rosas que el ahogo le

causaron, dijo:

—Cierto, hermosas damas y discretos caballeros, y tú, divina Lisis,

a cuyo gobierno estamos todas sujetas, que cediera de voluntad a

cualquiera, que me quisiera sacar de este empeño en que estoy puesta,

este lugar; porque haber de desengañar en tiempo que se usan tantos

engaños, que ya todos viven de ellos, de cualquiera estado o calidad

que sean, es fuerte rigor; y así digo que ni las mujeres son engañadas,

que una cosa es dejarse engañar y otra es engañarse; ni los hombres

deben de tener la culpa de todo lo que se les imputa; y así muchas

mujeres vemos hoy, sin los casos pasados, llorar y gemir por haber sido

burladas.

¿Qué mejor desengaño habemos menester? Mas dirán lo que dijo una vez

una bachillera, oyendo contar una desdicha que había sucedido a una

dama casada: «Bueno fuera que por una nave que se anega, no navegasen

las demás.» Y cierto que, aunque se dice que el libre albedrío no

está sujeto a las estrellas, pues aprovechándonos de la razón las

podemos vencer, soy de parecer que, si nacimos sujetos a desdichas, es

imposible apartarnos de ellas.

Bien se advierte en Camila y Roseleta, que ni la una con su prudencia

pudo librarse, aunque calló, ni la otra con su arrojamiento, hablando,

se libró tampoco; y aunque miro en Carlos y don Pedro dos amigos bien

crueles, no me puedo persuadir a que todos los hombres sean de una

misma manera; pues juzgo que ni los hombres deben ser culpados en todo,

ni las mujeres tampoco. Ellos nacieron con libertad de hombres, y

ellas con recato de mujeres; y así, por lo que deben ser más culpadas,

dejando aparte que son más desgraciadas, es que, como son las que

pierden más, luce en ellas más el delito; y por esto, como los hombres

se juzgan los más ofendidos, quéjanse y condénanlas en todo, y así

están hoy más abatidas que nunca, porque deben de ser los excesos

mayores.

Demás de esto, como los hombres, con el imperio que naturaleza

les otorgó en serlo, temerosos quizá de que las mujeres no se le

quiten, pues no hay duda que si no se dieran tanto a la compostura,

afeminándose más que naturaleza las afeminó, y como en lugar de

aplicarse a jugar las armas y a estudiar las ciencias, estudian en

rizar el cabello y matizar el rostro, ya pudiera ser que pasaran en

todo a los hombres: luego el culparlas de fáciles y de poco valor

y menos provecho es porque no se les alcen con la potestad; y así,

en empezando a tener discurso las niñas, pónenlas a labrar y hacer

vainillas, y si las enseñan a leer es por milagro; que hay padre que

tiene por cosa de menos valor que sepan leer y escribir sus hijas,

dando por causa que de saberlo son malas; como si no hubiera muchas más

que no lo saben y lo son; y esta es natural envidia y temor que tienen

de que los han de pasar en todo.

Bueno fuera que si una mujer ciñera espada, sufriera que la agraviara

un hombre en ninguna ocasión; harta gracia fuera que si una mujer

profesara las letras, no se opusiera con los hombres tanto a las dudas

como a los puestos: según esto, temor es el abatirlas y obligarlas a

que ejerzan las cosas caseras.

Esto prueba bien el valor de las hermanas del emperador Carlos V,

que no quiero asir de las pasadas, sino de las presentes; pues el

entendimiento de la serenísima infanta doña Isabel Clara Eugenia de

Austria, pues con ser el católico rey don Felipe II de tanto saber que

adquirió el nombre de prudente, no hacía ni intentaba acción alguna que

no tomase consejo con ella: en tanto estimaba el consejo de su hija;

pues en el gobierno de Flandes bien mostró cuán grande era su saber y

valor.

Pues la excelentísima condesa de Lemos, camarera mayor de la serenísima

reina Margarita, y aya de la emperatriz de Alemania, abuela del

excelentísimo conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, fue de

tan excelentísimo entendimiento, demás de haber estudiado la lengua

latina, que no había letrado que la igualase.

La señora doña Eugenia de Contreras, religiosa en el convento de Santa

Juana de la Cruz, hablaba la lengua latina, y tenía tanta prontitud en

la gramática y teología, por haberla estudiado, que admiraba a los más

elocuentes en ella.

Pues demás de estas hay otras muchas de que hoy goza el mundo,

excelentes en prosa y verso, como se ve en la señora doña María Varona,

religiosa en el convento de la Concepción Jerónima, y la señora doña

Ana Caro, natural de Sevilla: y ya Madrid ha visto y hecho experiencia

de su entendimiento y excelentísimos versos, pues los teatros la han

hecho estimada y los grandes entendimientos la han dado laureles y

vítores, rotulando su nombre por las calles; y no será justo olvidar a

la señora doña Isabel de Ribadeneira, dama de mi señora la condesa de

Gálvez, tan excelente y única en hacer versos que de justicia merece el

aplauso entre las pasadas y presentes: pues escribe con tanto acierto

que arrebata, no solo a las mujeres, mas a los hombres, el laurel de la

frente; y otras muchas que no nombro por no ser prolija.

Puédese creer que, si como a estas que estudiaron las concedió el cielo

tan divinos entendimientos, si todas hicieran lo mismo, unas más y

otras menos, todas supieran y fueran famosas.

De manera que no voy fuera de camino en que los hombres, por temor y

envidia, las privan de las letras y las armas, como hacen los moros

a los cristianos que han de servir donde hay mujeres, que los hacen

eunucos por estar seguros de ellos.

¡Ah, damas hermosas, y qué os pudiera decir si supiera que como soy

oída no había de ser murmurada! Ea, dejemos las galas, rosas y rizos,

y volvamos por nosotras; unas con el entendimiento y otras con las

armas; y será el mejor desengaño para las que hoy son y las que han de

venir; y supuesto que he dicho lo que me parece, y ya que estoy en este

asiento, he de desengañar, es fuerza que, cumpliendo el mandamiento de

la divina Lisis, ha de ser mi desengaño contra los caballeros; y por si

algún día los hubiere menester, les pido perdón y licencia.

Con gran gusto escucharon todos a la hermosa Filis, que después de

haberla dado las gracias, y concedido lo que tan justamente pedía,

empezó así:

Si mis penas pudieran ser medidas,

No fueran penas, no, que glorias fueran;

Con más facilidad contar pudieran

Las aves que en el aire están perdidas.

Las estrellas a cuenta reducidas,

Más cierto que ellas número tuvieran;

Por imposibles, fáciles se vieran

Contadas las arenas esparcidas.

Sin ti, dulce y ausente dueño mío,

La noche paso deseando el día,

Y en viendo el día, por la noche lloro.

Lágrimas, donde estáis, con gusto envío,

Gloria siento por ti en la pena mía,

Cierta señal que lo que pierdo adoro.

Espero, desespero, gimo y lloro,

Que sin ti, dueño amado,

Me cansa el río y entristece el prado.

¡Cuándo llegará el día

En que te vuelva a ver, señora mía,

Que hasta que yo te vea,

No hay gusto para mí que gusto sea!

Así cantaba para divertir su pena, siendo tan grande como quien sabe

qué es ausencia, don Martín, caballero mozo, noble, galán y bien

entendido, natural de la imperial ciudad de Toledo, a quien deseos

de aumentar honor habían ausentado de su patria y apartado de una

gallarda y hermosa dama, prima suya, a quien amaba para esposa; cuando

navegaba la vuelta de España, honrado de valerosos hechos y acrecentado

de grandes servicios, adquiridos en Flandes, donde había servido con

valeroso ánimo y heroico valor a su católico rey, y de quien esperaba,

llegando a la corte, honrosos premios, ligando de camino el libre

cuello al yugo del matrimonio, lazo amable y suave para quien le toma

con gusto, como él esperaba hacerlo con su hermosa prima, juzgando

el camino eterno, por impedirle llegar a gozar y poseer sus amorosos

brazos, pareciéndole el próspero viento con que la nave volaba

perezosa calma.

Mas la fortuna (cruel enemiga del descanso, que jamás hace cosa a gusto

del deseo), habiendo cerrado la noche oscura, tenebrosa y revuelta

de espantosos truenos y relámpagos, con furiosa lluvia, trocándose

el viento apacible en rigurosa tormenta; los marineros, temerosos de

perderse, queriendo amainar las velas porque la nave no diese contra

alguna peña y se hiciese pedazos, no les fue posible, antes empezó

a correr, sin orden ni camino, por donde el furioso viento la quiso

llevar, con tanta pena de todos que viendo no tenían otro remedio,

puestos de rodillas, llamando a Dios que tuviese misericordia de las

almas, ya que los cuerpos se perdiesen; y así, poniendo el timón la

vía de Cerdeña, pareciéndoles no medrarían muy mal si llegasen a ella,

perdidas las esperanzas de quedar con las vidas, con grandes llantos

se encomendaba cada uno al santo con quien más devoción tenía; y es lo

cierto que, si no fuera por el valor con que don Martín los animaba, el

mismo miedo los acabara: mas era toledano, cuyos pechos no le conocen,

y así, haciendo la misma cara al bien que al mal, poniendo todas sus

esperanzas en Dios, esperaban con valor lo que sucediese.

Tres días pasaron de esta suerte sin darles lugar la oscuridad y el

ir engolfados en alta mar a conocer por dónde iban; y ya que esto

les aseguraba el temor de hacerse pedazos la nave, no lo hacía el

dar en tierra de moros, cuando al cuarto día descubrieron tierra

poco antes de anochecer, mas fue para acrecentarles el temor, porque

eran unas montañas tan altas que, antes de sucederles el mal, ya le

tenían previsto; y procurando amainar, fue imposible, pues la triste

nave venía tan furiosa que antes que tuviesen lugar de hacer lo que

intentaban, dio contra las peñas y se hizo pedazos, con lo que viéndose

perdidos, acudió cada uno como pudo a salvar la vida, y aun esa tenían

por imposible librarla.

Don Martín, que siguiendo el ejercicio de las armas, no era esta la

primera fortuna en que se había visto, animosamente asió una tabla,

haciendo cada uno lo mismo, con cuyo amparo y el del cielo lograron,

a pesar de las furiosas olas, tomar tierra en la parte donde más

cómodamente pudieron; y como en ella se vieron, aunque conociendo su

manifiesto peligro por llegar las olas a batir en las mismas peñas, por

estar furiosas y fuera de madre, dieron gracias a Dios por las mercedes

que les había hecho.

Buscando como pudieron dónde ampararse, don Martín y otro caballero

pasajero, que los demás enderezaron hacia otras partes, se acogieron a

un hueco o quiebra que en la peña había, donde, por estar bien cóncavo

y cavado, no llegaba el agua.

Estuvieron hasta la mañana, que habiéndose sosegado el aire y quitádose

al cielo el ceño, salió el sol y dio lugar a que las olas, retiradas a

su cerúleo albergue, descubriesen una arenosa playa, de ancho hasta dos

varas, de modo que se podía muy bien andar alrededor de las peñas.

Viendo esto don Martín y su compañero, temerosos de que no les

hallase allí la venidera noche y deseosos de saber dónde estaban, y

menesterosos de sustento, por no haber comido desde la mañana del

día pasado, salieron de aquel peligroso albergue y caminando por

aquella vereda iban buscando si hallaban alguna parte por donde subir

a lo alto, con harto cuidado de que no fuese tierra de moros, donde

perdiesen la libertad que el cielo les había concedido, aunque les

parecía más civil muerte acabar la vida a manos de la hambre. No sé

qué dulzura tiene esta triste vida que, aunque sea con trabajos y

desdichas, la apetecemos.

Dábales a don Martín y su camarada más guerra la hambre que el esperar

verse cautivos, y sentían más la pérdida de los mantenimientos, que

con la nave se habían perdido, que los vestidos y ropa que se habían

anegado con ella: si bien a don Martín no le hacían falta los dineros,

porque en un bolsillo que traía en la faltriquera había salvado buena

cantidad de doblones y una cadena.

Más de medio día sería pasado cuando, caminando orilla del mar,

descubrieron una mal usada senda que a lo alto de la peña subía, y

entrando por ella, no con poca fatiga, a cosa de las cuatro de la

tarde llegaron a lo alto, desde donde descubrieron la tierra llana y

deleitosa, muchas arboledas muy frescas y en ellas huertas de agradable

vista, y muchas tierras sembradas, y en ellas, o cerca, algunas

hermosas caserías; mas no vieron gente alguna, con lo que no pudieron

salir de sus dudas de si estaban entre enemigos; mas, al fin, sujetos

a lo que la fortuna quisiese hacer de ellos como hallasen qué comer,

siguieron su camino, y a poco más de una legua, cuando ya quería

anochecer, descubrieron un grande y hermoso castillo, y vieron delante

de él andarse paseando un caballero, que en su talle, vestido y buena

presencia pareció serlo.

Tenía, sobre un vestido costoso y rico, un gabán de terciopelo carmesí,

con muchos pasamanos de oro y al uso español, de que no se alegraron

poco nuestros mojados y hambrientos caminantes, dando mil gracias a

Dios de que, ya que con tanto trabajo los había guiado hasta allí,

fuese tierra de cristianos, porque hasta aquel punto habían temido lo

contrario.

Yéndose para el caballero, que se paró a esperarlos, juzgando en verlos

venir así lo que podía ser, y como llegasen más cerca pudieron ver que

era un hombre de hasta cuarenta años y algo moreno, mas de hermoso

rostro, el bigote y cabello negro y algo encrespado. Llegando pues más

cerca, con semblante severo y alegre los saludó con mucha cortesía, y

prosiguió diciendo:

—No tengo necesidad, señores, de preguntaros qué ventura os ha traído

aquí, que ya juzgo en el modo que venís, a pie y mal enjutos, que

habéis escapado de alguna derrotada nave que en la tempestad pasada se

ha perdido, haciéndose pedazos en estas peñas; y no ha sido pequeña

merced del cielo en haber escapado con las vidas, que ya otros muchos

han perecido sin haber podido tomar tierra.

—Así es —respondió don Martín, después de haberle vuelto los corteses

saludos—, y suplícoos, señor caballero, me hagáis merced de decirme

qué tierra es esta, y si hallaremos cerca algún lugar donde poder

repararnos del trabajo pasado y del que nos fatiga, que es no haber

comido dos días ha.

—Estáis, señores —respondió el caballero—, en la Gran Canaria,

si bien por donde la fortuna os la hizo tomar es muy dificultoso el

conocerla, y de aquí a la ciudad hay dos leguas; y supuesto que ya el

día va a la última jornada, será imposible llegar a ella a tiempo que

os podáis acomodar de lo que os falta, y más siendo forasteros, que es

fuerza ignoréis el modo, y supuesto la necesidad que tenéis de sustento

y descanso, porque me parecéis en la lengua españoles, y tener yo gran

parte de esta dichosa tierra, que es de lo que más me honro, os suplico

aceptéis mi casa para descansar esta noche y todo el tiempo que más os

diere gusto, que en todo podéis mandar como propia, y yo lo tendré por

muy gran favor; que después yo iré con vosotros a la ciudad, donde voy

algunas veces, y os podréis acomodar de lo que os faltare para vuestro

viaje.

Agradecieron al noble caballero don Martín y su camarada con corteses

razones lo que les ofrecía, aceptando, por la necesidad que tenían,

su piadoso ofrecimiento; y con esto todos tres y algunos criados que

habían salido del castillo se entraron en él; y cerrando y echando el

puente, por ser ya tarde y aquellos campos mal seguros de salteadores y

bandoleros, subieron a lo alto.

Iban notando nuestros héroes que el caballero debía ser muy principal y

rico, porque todas las salas estaban muy aliñadas de ricas colgaduras y

excelentes pinturas, y de otras cosas curiosas que decían el valor del

dueño, sin faltar mujeres que acudieron a poner luces y ver qué se les

mandaba tocante al regalo de los huéspedes que su señor tenía, porque

salieron, habiéndolas llamado, dos doncellas y cuatro esclavas blancas

herradas en los rostros, a quienes el caballero dijo que fuesen a su

señora y la dijesen mandase apercibir dos buenas camas para aquellos

caballeros, juntas en una cuadra, y que se aderezase presto la cena,

porque necesitaban de comer y descansar; y mientras esto se hacía, don

Martín y el compañero se quedaron con el caballero, contando de su

viaje y del modo que habían llegado allí, juzgando, por lo que a las

criadas había dicho dijesen a su señora, que el caballero era casado.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 33 / 52 段