ella le amenazaba; mas don Pedro rio mucho el enojo de su esposa por
volver por Angeliana: y llevando a don Juan consigo, se salió de casa
muy descontento del desdén de su dama; mas no por eso se apartó de su
pretensión; antes mientras más imposible lo miraba, más se perdía, y se
determinó a no dejar de amar y porfiar hasta vencer o morir: y con esta
bien desleal intención, para lo que debía a la verdadera amistad de su
amigo, sin temer ponerse al riesgo que Roseleta le había intimado, la
escribió en diferentes ocasiones cuatro papeles, que hizo que llegasen
a sus manos por cautela y con apoyo de una criada; mas de ninguno tuvo
respuesta, ni aun pudo saber de la tercera, que con engaño se los daba,
si los había leído, hasta que al quinto, Roseleta, después de haber
reñido a la criada su atrevimiento, le envió a decir con ella misma
que se quitase de tal locura, porque si pasaba adelante su infame
pretensión, se lo diría a su esposo.
No temió don Juan la amenaza de la dama, por parecerle imposible que
ninguna mujer tuviese atrevimiento de dar parte a su marido de caso
semejante, por lo que podría perder con él, supuesto que le advertía
del daño a que estaba expuesta y de la quietud que debe tener un
casado, en razón de la confianza que es justo tener y le despertaba
a celoso, enfermedad en el casado muy peligrosa, y así pensó que no
lo haría, aunque lo proponía, y que era más porque se excusase de
molestarla; y con esto le envió el sexto papel, que decía así:
Qué poco siente mis penas
Tu corazón de diamante;
Qué ingrata miras mi amor,
Poco te obligan mis males.
Un volcán tengo en el pecho;
Pero como el tuyo es Alpe,
Huye el fuego de la nieve,
Y en mí muere como nace.
¿Quién pensara que mi amor
En guerras tan desiguales
Como es mi fuego y tu hielo,
No hubiera muerto cobarde?
¿Quién le ve escapar rendido
De ingratitudes tan grandes,
Que piense que ha de volver
Otra vez a aventurarse?
Si no soy yo, bella ingrata,
Que soy quien su fuerza sabe,
Y conozco que si huye,
Es para más animarse.
No porque jamás se aparta
De quererte y adorarte,
Que antes faltará la vida,
Que en mí aquesta fe me falte.
Temblando a tus ojos llego,
Que amor tiene tretas tales,
En las burlas atrevido,
Temeroso en las verdades.
Quien ama, cobarde estima,
Que el mismo amor al amante
El atrevimiento acorta,
Y la soberbia deshace.
Cuando te hablo en mi pecho,
Mil cosas digo a tu imagen;
Que, a escucharlas, bella ingrata,
Fuerza es que las estimases.
Triste estoy, mil penas siento,
Todas de tu rigor nacen,
Aunque digas que mi amor
Intenta temeridades.
Ponme pena de muerte;
Mas ¿qué importa que me mates?
Pues morir a causa tuya
Muerte es que puede envidiarse.
Es tanto lo que te quiero,
Que amaré lo que tú ames,
Estimaré lo que estimas
Solo porque tú lo mandes.
Alguna secreta causa,
Que el alma profeta sabe
(Que en adivinar desdichas
No hay sabio que más alcance),
Señora mía, me obliga
Amargamente a quejarme:
Quiera el cielo que ella mienta,
Quiera el amor que me engañe.
Si mi pena no te obliga,
Bien sabes tú lo que haces;
No merezco más favor,
Pues no te animas a darle.
Sabe Dios, si como él solo
Se obliga de voluntades,
Te obligaras de la mía,
Conociendo lo que vale.
Que aunque cruel me maltratas,
Tú vinieras a obligarte
De la vida que aborreces,
Y acabaran tus crueldades.
¡Ay de mí! ¿cómo diré
Mi amor? mas mi lengua calle,
Que si no le has de pagar,
Más justo será ignorarle.
Fue tan grande el enojo que Roseleta recibió en este último papel, que
sin mirar riesgos ni temer peligros, con una crueldad de basilisco,
tomando este y los demás que tenía guardados se fue a su marido, y
poniéndoselos todos en las manos le dijo:
—Para que veáis el amigo que tenéis, y de quién os fiais y traéis
a vuestra casa, vuestro amigo don Juan trata de quitaros la honra,
solicitando con las muestras que en él habéis visto vuestra mujer; y
advertid que la Angeliana por quien publica desvelos soy yo, y a mí
es a quien dirige todas sus palabras y versos; que si le dije el otro
día lo que delante de vos pasó, fue por reñirle sus atrevimientos; y
ni esto ni amenazarle que os lo diría me ha servido de nada, pues se
ha atrevido a escribirme tan descaradamente como veréis. Ahora ved qué
remedio se ha de poner, porque yo no hallo otro sino quitarle la vida:
yo he cumplido con lo que me toca, ahora cumplid con lo que os conviene
a vos.
En el discurso de este desengaño veréis, señores, como a las que
nacieron desgraciadas nada les excusa de que no lo sean hasta el
fin; pues si Camila murió por no haber notificado a su esposo las
pretensiones de don Juan, Roseleta, por avisar al suyo de los
atrevimientos y desvelos de su amante, no está fuera de padecer lo
mismo; porque en la estimación de los hombres el mismo lugar tiene la
que habla como la que calla. Dios nos libre si dan en desacreditarnos,
que por una medida pasan todas.
Cómo quedaría don Pedro oyendo a Roseleta no hay lengua que lo diga;
júzguelo el que lo oye, pues sobre el agravio se le ofrecía ser su
mayor amigo quien se le hacía: leyó los papeles una y otra vez, y ya
la cólera no le daba lugar a aguardar tiempo para su venganza, pero el
amor que a don Juan tenía le atajaba el tomarla: mas, al fin, resuelto
a que tal agravio no quedase sin castigo, dispuso dársele de modo que
no se supiese por la ciudad, porque no quedase su honor en opiniones;
y así le mandó a Roseleta que respondiese a don Juan un papel muy
tierno, disculpándose de su ingratitud y dándole a entender que estaba
arrepentida del desdén que hasta allí le había mostrado, y que para
darle más seguras satisfacciones le aguardaba, al otro día en la noche,
en su quinta, que él muy bien sabía, porque su marido iba al otro día
fuera de Palermo a un negocio donde había de estar dos días; y que no
entrase por la puerta de la quinta sino por un portillo que estaba en
la huerta, por excusar que no le viesen los labradores que en dicha
quinta había; que en la misma huerta le aguardaba sola con aquella
criada que era testigo de sus pensamientos.
Finalmente, el papel le notó don Pedro y le escribió Roseleta. Llevole
la criada, ignorante de que era ordenado por su señor, sino creyendo
que Roseleta, ya vencida de don Juan, le respondía.
Recibió el papel el enamorado mozo, haciendo y diciendo mil locuras de
gozo, satisfaciendo a la mensajera su cuidado; y enviando a decir a su
señora que sería obedecida, la despidió.
¡Oh ceguedad de amante, que no advirtió el peligro, ni admiró la
liviandad de Roseleta, quien después de tanta repugnancia, tan pronto
se mostraba apasionada; antes alabó su dicha, dando gracias al amor
porque tras tantas penas le había dado tal gloria!
Llegó la mañana del aplazado día, y don Pedro, con dos criados,
apercibido su camino, se partió hallándose don Juan presente, quien
de falso se ofreció a ir con él, mas don Pedro, no aceptando, salió
de Palermo por diferente puerta de la que iba a la quinta, y luego
torciendo el camino, él y sus criados se ocultaron en ella, que no
distaba más de tres millas de la ciudad, que es una legua española.
Acabando de comer, Roseleta se entró en su coche con la criada, tercera
de los amores; y a vista del mismo don Juan, que no se descuidaba,
partió camino de la quinta, y entreteniéndose por el campo hasta que
fue de noche, dio la vuelta por otra parte y se volvió a su casa,
admirada la criada de lo que veía.
Poco antes de anochecer subió don Juan en un caballo, y solo, caminó
hacia la quinta con tanto contento de ir a verse con la hermosa
Roseleta que no llevaba pensamiento de azar ninguno, y al salir de la
ciudad tocaron al Ave María, que oyéndolo don Juan, aunque divertido de
sus amorosos cuidados, pudo más la devoción; y parando en donde oyó la
campana se puso a rezar, pidiendo a la Virgen María, nuestra purísima
señora, que no mirando la ofensa que iba a hacerle, le librase de
peligro y le alcanzase perdón de su precioso Hijo; y acabada su devota
oración siguió su camino.
Úsase en toda la Italia ajusticiar los delincuentes en la misma parte
que cometen el delito; y aquel mismo día habían, a una milla de la
ciudad, ahorcado tres hombres, y a un lado del camino por donde don
Juan iba, porque allí habían muerto a unos caminantes por robarlos; y
como por allá, y aun en muchas partes de España, los dejan en la horca,
estos tres que digo estaban en ella.
Al llegar don Juan casi en frente del funesto madero, oyó una voz que
dijo: «¡Don Juan!», quien, como se oyó nombrar, miró a todas partes, y
no viendo persona alguna, porque aunque ya había cerrado la noche hacía
luna, aunque algo turbia, pasó adelante, pareciéndole que se había
engañado; y a pocos más pasos oyó otra vez la misma voz, que volvió
a decir: «¡Don Juan!» Volvió espantado la cabeza a todas partes y no
viendo persona alguna, santiguándose, volvió a seguir su camino, y
llegando ya en frente de la horca oyó tercera vez la misma voz que le
dijo: «¡Ah, don Juan!» A este último acento, y ya casi enfadado de la
burla que hacían de él, se llegó a la horca y viendo los tres hombres
en ella, con ánimo increíble les dijo:
—¿Llámame acaso alguno de vosotros?
—Sí, don Juan —respondió el que parecía más mozo—, yo te llamo.
—¿Pues qué es lo que me quieres? —le respondió don Juan—. ¿Quieres
que te haga algún bien, o que te haga decir algunas misas?
—No —respondió el hombre—, que por ahora no las he menester. Para lo
que te llamo es para que me quites de aquí.
—¿Pues qué, estás vivo? —dijo don Juan.
—Pues si no lo estuviera —replicó el hombre—, ¿qué necesidad tenía
de pedirte que me quitases?
—¿Cuándo te ahorcaron? —dijo don Juan.
—Hoy —replicó el hombre.
—¿Pues cómo has podido vivir hasta ahora?
—¿Hay para Dios imposible que lo sea? Cuando quiere librar una vida,
aun enterrado lo puede hacer, como sea su voluntad.
—¿Pues cómo lo haremos —dijo don Juan—, que no hay con qué subir
allá arriba, y si corto la soga podrás caer y hacerte daño?
—Vuelve las ancas al caballo, y como con la espada cortes la soga, yo
me quedaré después de pies en él.
Hízolo así el admirado caballero, y como cortó la soga, se quedó el
hombre sentado en las ancas del caballo.
Hecho esto, volvieron a su camino, pareciéndole a don Juan siglos lo
que se había detenido: tanto deseo tenía de llegar donde esperaba gozar
toda su gloria en los brazos de Roseleta; y yendo por él, le dijo:
—Dime ahora cómo ha sido esto que habiéndote ahorcado estés vivo.
—Yo estaba inocente del delito que me levantaron, confesé de miedo del
tormento, y así fue Dios servido de guardarme la vida.
—La cosa más rara y milagrosa que se ha visto es esta —dijo don Juan.
—Sí es —dijo el hombre—, mas ya ha sucedido en otros, como se ve en
el milagro de Santo Domingo de la Calzada en España, que hasta hoy se
guardan las memorias en el gallo y la gallina, que resucitaron para
crédito de que el mozo que habían ahorcado quince días había estaba
vivo, que Dios como padre de misericordia acude con ella a quien le ha
menester, como ha hecho a mí, y aun a ti, pues quiso traerte por esta
parte a tiempo que me pudieses socorrer y fueses la mano por donde se
cumpliese la voluntad divina.
—Bendito sea —dijo don Juan—, que lo ordenó así, pues cuando no
fuera mi venida para el gusto que espero gozar de ella, por haberte
socorrido a tal tiempo, la doy por muy bien empleada y te prometo como
caballero no desampararte mientras viviere, porque la necesidad no te
obligue a hacer por donde te veas otra vez en tan desventurado lugar
como te has visto.
—Yo te beso, señor, la mano —dijo el hombre—, y doy gracias al cielo
que te encaminó por esta parte.
Al fin, tratando en esto y en otras cosas, descubrieron la quinta,
que estaba en medio de una deleitosa arboleda, por haber en aquella
tierra muy hermosos jardines, y la quinta la tenía de las mejores de
cuantas por aquel prado había. A tiro de arco de ella bajó don Juan del
caballo, y haciendo el hombre lo mismo, le dijo:
—Quédate aquí con este caballo, y aguárdame, que yo voy a un negocio
preciso, que es el que me sacó esta noche de mi casa, que presto daré
la vuelta para que nos volvamos a la ciudad, o te avisaré de lo que
has de hacer.
—No, don Juan —replicó el hombre—, no andas acertado en eso que me
mandas, que a ese negocio a que vas que importa tanto, yo lo tengo de
hacer y tú eres el que te has de quedar aquí con el caballo.
Riose don Juan de voluntad, y respondiole:
—¿Pues sabes tú lo que yo vengo a hacer, o cómo puedes tú suplir la
falta que yo haré?
—Esa es la gracia —respondió—, que sé a lo que vienes, y he de
suplir la que tú vienes a desempeñar.
—Acaba —dijo don Juan—, que estás porfiado en vano y perdemos tiempo.
—Ya yo lo veo —dijo el ahorcado— que perdemos no solo tiempo, mas
las palabras, y tú eres el porfiado, y así toma el caballo, que esto ha
de ser; yo he de ir y tú te has de quedar.
—Cansado eres, y a saber esto no te hubiera traído conmigo, que si
supieses los ratos de gusto que me quitas en detenerme, no me pagarías
descortés el beneficio que esta noche te he hecho.
—No sabes bien cómo te lo pago —dijo el hombre— y los gustos que te
estorbo; y para que no nos cansemos, que quieras que no quieras he de
ir yo adonde tú vas; y más, que no has de quedar aquí donde estamos,
que el caballo lo has de atar a aquel árbol que está allí desviado, y
tú te has de subir a otro apartado de él, donde no puedas ser visto:
ten atención a lo que vieres y oyeres, y entonces conocerás a cuál de
los dos importa más que vaya, tú o yo.
Embelesado estaba don Juan oyéndole, con mil asustadas palpitaciones
que el corazón le daba, que le hacían temblar todo el cuerpo sin
poder aquietarle, aunque se aprovechaba de todo su valor y ánimo,
pareciéndole prodigioso todo lo que veía; y sin replicar más tomó su
caballo, y atándole al árbol que el hombre le había señalado, se subió
en otro no muy lejos de él, aguardando a ver en qué paraba la porfía
de aquel hombre, el cual en viéndole puesto en parte segura, caminó
a la quinta; y de lo que más se maravilló don Juan fue de ver que no
encaminó a la puerta; antes, dando vuelta por junto a las tapias, se
fue a un portillo que en la huerta había, que era por donde él estaba
avisado que había de entrar, porque no fuese visto de la gente que en
la quinta había, acordándose muy bien que él no le había dicho esta
circunstancia.
Llegó el ahorcado al portillo, y apenas saltó por él, que era como de
algo menos que un estado de hombre, cuando don Pedro y sus criados,
que estaban en centinela, pareciéndoles ser don Juan, disparando a un
tiempo las pistolas le derribaron en tierra, y luego que le vieron
tendido fueron sobre él y dándole muchas puñaladas le cogieron y
echaron en un pozo muy hondo, arrojando sobre él cantidad de piedras
que tenían apercibidas.
Sin sentido quedó don Juan oyendo desde el sitio en que estaba el ruido
de las bocas de fuego, sin poder imaginar qué fuese, y no hacía sino
santiguarse; y más le creció la admiración cuando de allí a un cuarto
de hora vio abrir las puertas de la quinta y salir por ellas tres
hombres a caballo, que, como llegaron a emparejar con el de don Juan y
los sintió, relinchó; a lo que uno de los tres dijo:
—Es el caballo del señor, no subirá más en él —y pareciole en la voz
y en el talle a su amigo don Pedro.
—¡Válgame el cielo, qué es esto! —decía el espantado caballero—,
¿qué es lo que me ha sucedido y sucede? ¡Don Pedro y sus criados en la
quinta! ¡No dejarme ir aquel hombre que quité de la horca! ¡Oír ruido
de pistolas! ¡Decir don Pedro aquellas expresiones!
Y con estos pensamientos, así como los perdió de vista y que habían
tomado el camino de la ciudad, se bajó del árbol y, queriendo ir hacia
la quinta, llegó el hombre todo bañado en sangre y mojado, dando con su
venida a don Juan nuevas admiraciones, quien le dijo:
—Pídote por Dios que me desates de tantas dudas y saques del cuidado
en que estoy con las cosas que esta noche me han sucedido; que, o
pienso que sueño, o que estoy encantado.
—Ni sueñas ni estás encantado —respondió él—, yo te lo aclararé
todo. ¿No viste a don Pedro, tu amigo, y a sus criados? ¿No oíste lo
que dijeron? ¿Pues tan ignorante eres que no sacas de eso lo que puede
ser? Vesme como vengo; pues todas estas heridas me han dado, creyendo
ser tú, y luego me echaron en un pozo, y muchas piedras sobre mí, y aun
pienso que don Pedro no quedó vengado de tu traición y falsa amistad,
de que Roseleta, su mujer, le dio cuenta poniéndole en la mano tus
papeles, y por orden suya te escribió ella para que, viniendo aquí, su
marido te diese el castigo que merecen tus atrevimientos; y mira lo
que los cristianos pecadores debemos a la Virgen María, Madre de Dios
y Señora nuestra, que con venir, como venías, a ofender a su precioso
Hijo y a ella, se obligó de aquella Ave María que la rezaste cuando
saliendo de la ciudad tocaron a la oración, y de una misa que todos los
sábados le haces decir en tu capilla, donde tienes tu entierro y el de
tus padres, y le pidió a su precioso Hijo te librase de este peligro
que tú mismo ibas a buscar; y su divina Majestad, por su voluntad
(quizá para que siendo este caso tan prodigioso y de admiración, tú y
los demás que lo entendieran sean con más veras devotos de su Madre),
me mandó viniese de la manera que has visto para que, tomando a los
ojos de don Pedro y sus criados tu forma, lleven creído que te dejan
muerto y sepultado en aquel pozo, y tú tengas lugar de arrepentirte
y enmendarte: ya te he librado y dicho lo que tan admirado te tiene:
quédate con Dios, y mira lo que haces y que tienes alma, y que esta
noche has estado cerca de perderla con la vida: yo me voy adonde estaba
cuando Dios me mandó que viniera a librarte, que yo muerto estoy y no
vivo; y acuérdate de mí para hacerme algún bien.
Diciendo esto, dejando a don Juan más confuso y asombrado que hasta
allí, se le desapareció de delante; y es cierto que a no valerse de
todo su ánimo cayera allí sin sentido; mas haciéndose mil veces la
cruz en su frente, y dando muchas gracias a Dios y a su bendita Madre,
desató su caballo y, subiendo en él, tomó el camino de la ciudad con
nuevos pensamientos, bien diferentes de los que hasta allí había
tenido; y como llegó en frente de la horca, miró hacia ella y vio a los
tres hombres como antes estaban.
Entró en la ciudad encomendándolos a Dios, y llegando a su casa se
acostó, sin hablar nada a ninguno de sus criados, que estaban admirados
de su tardanza por ser ya más de media noche, la cual pasó hasta que
fue de día con mucha inquietud.
Como viese la luz, se vistió y se fue a casa de su amigo don Pedro,
que estaba durmiendo con su mujer, contento con haberse vengado, y
de modo que nadie sabía qué se había hecho don Juan; y entrando en la
calle, como le viesen los criados de don Pedro que habían asistido a su
muerte, más admirados que don Juan había estado la noche antes, fueron
a su amo y despertándole le dijeron:
—¡Señor, la mayor maravilla que ha sucedido en el mundo!
—¿Y qué es? —replicó don Pedro.
—Que don Juan está vivo, y viene acá —respondieron ellos.
—¿Estáis en vuestro juicio —dijo don Pedro—, o le habéis perdido?
¿Cómo puede don Juan venir ni estar vivo? Pues si no muriera de las
heridas que le dimos, era imposible salir del pozo con las piedras que
le echamos encima.
—En mi juicio estoy, que no le he perdido; y digo que viene sano y
bueno —dijo el uno de ellos—, y vesle sube por la escalera.
—Y ¡vive Dios! —dijo el otro—, que está ya en la antesala, que no
las tengo todas conmigo, esté vivo o muerto.
Cuando esto se acabó de decir ya don Juan estaba en la cuadra,
dejándolos a todos como los que han visto visiones, y más a don Pedro,
que no podía creer sino que era cuerpo fantástico.
Entrando pues don Juan, se echó a los pies de don Pedro, pidiéndole
perdón de los agravios que no había cometido, aunque los había
intentado; y a Roseleta de sus atrevidas y locas pretensiones,
contando sin que faltase nada de lo que le había pasado, dejando a
todos tan confusos que apenas acertaban a responderle; y hecho esto,
despidiéndose de todos, haciendo primero quitar los cuerpos que estaban
en la horca, y haciéndoles un honroso entierro, mandándoles decir
muchas misas, se fue a un convento de religiosos carmelitas descalzos,
y se entró fraile, tomando el hábito de aquella purísima Señora que le
había librado de tan manifiesto peligro.
Bien pensaréis, señores, que estos prodigiosos sucesos serían causa
para que don Pedro estimase y quisiese más a su esposa, conociendo
cuán honesta y honrada era: pues no solo había defendido su honor
de las persuasiones de don Juan, sino avisádole de ellas para que
pusiese remedio y se vengase: pues no fue así; que con los crueles y
endurecidos corazones de los hombres no valen ni las buenas obras ni
las malas; que de la misma suerte, como no sea a su gusto, estiman lo
uno que lo otro, pues en ellos no es durable la voluntad y por esto se
cansan hasta de las propias mujeres; y si no las arrojan de sí como a
las que no lo son, no es porque las aman, sino por su opinión.
Así le sucedió a don Pedro, que, o fuese porque se cansó de la belleza
de Roseleta (por tenerla por plato ordinario, y quisiera mudar y ver
diferente cara), o por hallarse corrido de lo que había sucedido
con don Juan, viendo que se había divulgado por la ciudad, pues no
se hablaba de otra cosa; y como el vulgo es novelero y no todos
bien entendidos, cada uno daba su parecer; unos, si don Pedro había
satisfecho su honor con lo que había hecho, pues aunque se suponía no
haber tenido efecto la culpa, para el honor del casado solo el amago
basta, sin que dé el golpe: otros, poniéndolo en la honestidad de
Roseleta, decían si había sido o no, juzgando si la motivó diferentes
accidentes que la honestidad a avisar a su marido de las pretensiones
de don Juan, y a esto anteponían el entrar tan de ordinario en su
casa: otros, que no cumplía con la ley de honrada si no lo hiciera;
de manera que en todas partes se hablaba y había corrillos sobre el
caso, señalando a don Pedro con el dedo. «Este —decían— es el que
tornó a matar el ahorcado.» Otros respondían: «Buen lance echó, bien
desagraviado quedó.»
Todo esto traía a don Pedro avergonzado, y con tal descontento que, sin
mirar cómo el cielo había sido autor de la defensa de don Juan, y que
él estaba ya puesto al amparo de la misma que se le había dado para que
él no ejecutase su venganza, lo vino a pagar todo su inocente esposa,
aborreciéndola de modo que, ante sus ojos, era un monstruo y una bestia
fiera.
Opúsose a la hermosa y desdichada dama para que lo fuese de todo punto,
si ya no bastaba verse aborrecida de su esposo, Angeliana, aquella dama
que al principio dije que don Juan amaba cuando se enamoró de Roseleta,
y que la había gozado con palabra de esposo; la que como supo el
suceso, rabiosa de haber perdido a don Juan por causa de Roseleta, se
quiso vengar de entrambos; de la dama, quitándola su marido, y de don
Juan, agraviándole con su amigo.
Era libre y había errado, causa para que algunas se den más a la
libertad; que esto habían de mirar los hombres cuando desasosiegan las
doncellas, que va sobre ellos el enseñarlas a ser malas.
Poníase en las partes más ocasionadas para que don Pedro la viese; y
aunque no era tan hermosa como Roseleta, los ademanes libres, con otras
señas que con lascivos ojos le hacía, como ya él aborrecía a su esposa,
le atrajeron de suerte que vino a conseguir su intento, de modo que
don Pedro se enamoró de ella, entrando en su casa, no como recatado
amante, sino con más libertad que si fuera su marido; y como a cariño
nuevo le asistía más, faltando en su casa no solo al regalo y agasajo
de su esposa sino también al sustento de su familia, no bastándole su
hacienda y la de su mujer para que Angeliana destruyese; que siempre
para las cosas del diablo sobra y para las de Dios falta.
Vino a ser tan pública esta amistad que la ciudad la murmuraba y
Roseleta no la ignoraba, por donde, impaciente, se quejaba, viniendo
a tener entre ella y don Pedro los disgustos acostumbrados que sobre
tales casos hay entre casados; y por esto, y ver que se disminuía su
hacienda, no disfrutándola ella, se determinó a escribir un papel a
Angeliana, amenazándola que si no se apartaba de la amistad de su
marido, la haría quitar la vida.