Todo este caso es tan verdadero como la misma verdad, que ya digo

me lo contó quien se halló presente. Ved ahora si puede servir de

buen desengaño a las damas; pues si a las inocentes les sucede esto,

¿qué esperan las culpadas? Pues en cuanto a la crueldad para con las

desdichadas mujeres, no hay que fiar en hermanos ni maridos, que todos

son hombres. Y como dijo el rey don Alonso el Sabio, el corazón del

hombre es bosque de espesura que nadie le puede hallar senda, y donde

la crueldad, bestia fiera e indomable, tiene su morada y habitación.

Este suceso habrá que pasó veinte años, y vive hoy doña Inés, y muchos

de los que la vieron y se hallaron en el suceso; y quiso Dios darla

sufrimiento y guardarla la vida porque no muriese allí desesperada;

y para que tan rabioso lobo como su hermano, y tan cruel basilisco

como su marido, y tan rigurosa leona como su cuñada, ocasionasen ellos

mismos su castigo.

Deseando estaban las damas y caballeros que la discreta Laura diese

fin a su desengaño: tan lastimados y enternecidos los tenían los

prodigiosos sucesos de la hermosa cuanto desdichada doña Inés, que

todos de oírlos derramaban ríos de lágrimas, y no ponderaban tanto

la crueldad del marido como la del hermano, pues parecía que no era

sangre suya quien tal había permitido; pues cuando doña Inés de malicia

hubiera cometido el yerro que les obligó a tal castigo, no merecía

más que una muerte breve, como se ha dado a otras que han pecado de

malicia, y no darla tantas y tan dilatadas como la dieron; y a la que

más culpaban era a la cuñada, pues ella como mujer pudiera ser más

piadosa, estando cierta, como se averiguó, que privada de sentido con

el endemoniado encanto había caído en tal yerro.

La primera que rompió el silencio fue doña Estefanía, que dando un

lastimoso suspiro dijo:

—¡Ay divino esposo mío!, y si vos, todas las veces que os ofendemos,

nos castigarais así, ¡qué fuera de nosotros! Mas soy necia en hacer

comparación de vos, piadoso Dios, con los esposos del mundo; jamás me

arrepentí cuanto ha que me consagré a vos de ser esposa vuestra, y

hoy menos lo hago ni lo haré, pues, aunque os agraviase, sé que a la

más mínima lágrima me habéis de perdonar y recibirme con los brazos

abiertos.

Y vuelta a las damas, las dijo:

—Cierto, señoras, que no sé cómo tenéis ánimo para entregaros, con

nombre de marido, a un enemigo que no solo se ofende de las obras sino

de los pensamientos; que ni con el bien ni el mal acertáis a darles

gusto: y si acaso sois comprendidas en algún delito contra ellos, ¿por

qué os fiais y confiáis de sus disimuladas maldades, que hasta que

consiguen su venganza, y es lo seguro, no sosiegan?

Con solo este desengaño que ha dicho la señora Laura, mi tía, podéis

quedar bien desengañadas, y concluida la opinión que se sustenta en

este sarao: y los caballeros podrán también conocer qué engañados andan

en dar toda la culpa a las mujeres, acumulándolas todos los delitos,

flaquezas, crueldades y malos tratos, pues no siempre tienen la culpa;

y es el caso que, por la mayor parte, las de más aventajada calidad son

las más desgraciadas y desvalidas, no solo en sucederles las desdichas

que en los desengaños referidos hemos visto, sino que también las

comprenden en la opinión en que tienen a las vulgares; y es género

de pasión o tema de los divinos entendimientos que escriben libros y

componen comedias formar un empeño en seguir la opinión del vulgacho,

que en común da la culpa de todos los malos sucesos a las mujeres,

pues hay tantos en qué culpar a los hombres; y escribiendo de unos y

de otros hubieran excusado a estas damas el trabajo que han tomado

en volver por el honor de las mujeres y defenderlas, viendo que no

hay quien las defienda, haciendo presentes los casos más ocultos para

probar que no son todas las mujeres las malas, ni todos los hombres los

buenos.

—Lo cierto es —replicó don Juan— que verdaderamente parece que todos

hemos dado en el vicio de no decir bien de las mujeres como en el tomar

tabaco, que ya tanto le gasta el ilustre como el plebeyo; y los que

dicen mal de los que le toman traen ellos su tabaquera más a mano y en

más custodia que el rosario y las horas; como si porque anda en cajas

de oro, plata y cristal dejase de ser tabaco. Y si preguntan por qué

lo toman, dicen que porque se usa. Lo mismo es en cuanto a culpar a las

damas en todo; porque si se preguntase al más apasionado por qué dice

mal de las mujeres, siendo el más deleitable vergel de cuanto crió la

naturaleza, respondería que porque se usa.

Todos rieron la comparación del tabaco al decir mal de las mujeres que

había hecho don Juan; y si se mira bien, tuvo razón, porque el vicio

más abominable que puede haber es no estimar, alabar y honrar a las

damas, a las buenas, por buenas, y a las malas, por las buenas.

Pues viendo la hermosa doña Isabel que la linda Matilde se prevenía

para pasarse al asiento del desengaño, hizo señal a los músicos que

cantaron este romance:

Cuando te mirare, Atandra,

No mires, ingrato dueño,

Los engaños de sus ojos,

Porque me matas con celos.

No esfuerces sus libertades,

Que si ve en tus ojos ceño,

Tendrán los livianos suyos

En los tuyos escarmiento.

No desdores tu valor

Con tan civil pensamiento,

Que serás causa que yo

Me arrepienta de mi empleo.

Dueño tiene, en él se goce,

Si no le salió a contento,

Reparara en elegirle

O su locura o su acierto.

Oblíguente a no admitir

Sus livianos devaneos

Las lágrimas de mis ojos,

De mi alma los tormentos.

Que si procuro sufrir

Las congojas que padezco,

Si es posible a mi valor,

No lo es a mi sufrimiento.

¿De qué me sirven, Salicio,

Los cuidados con que velo,

Sin sueño las largas noches,

Y los días sin sosiego?

Si tú gustas de matarme,

Dando a esa tirana el premio,

¿Qué me cuestas tantas penas,

Qué me cuestas tanto sueño?

Hoy, al salir de tu albergue

Mostró, con rostro risueño,

Tirana de mis favores,

Cuánto se alegra en tenerlos.

Si miraras que son míos,

No se los dieras tan presto;

Cometiste estelionato,

Porque vendiste lo ajeno.

Si te viera desabrido,

Si te mirara severo,

No te ofreciera atrevida

Señas de que yo te ofendo.

Esto cantó una casada

A solas en su instrumento,

Viendo en Salicio y Atandra

Averiguados los celos.

NOCHE CUARTA.

DESENGAÑO CUARTO.

EL VERDUGO DE SU ESPOSA.

A los últimos ecos del estribillo se levantó la hermosa Nise de su

asiento, y haciendo una cortés reverencia, se pasó al desengaño, y con

mucho donaire y despejo dijo:

—Por decreto de la hermosa y discreta Lisis me toca esta noche el

cuarto desengaño; y aunque pudiera esta audiencia cerrarse con los

referidos, pues son bastantes para que las damas de estos tiempos

estemos prevenidas con el ejemplo de las pasadas a guardarnos de no

caer en las desdichas que ellas cayeron por dejarse vencer de los

engaños disfrazados en amor de los hombres; por que no me tengáis por

alguna de las engañadas, pues si mi corto entendimiento me ayuda espero

no serlo, y aunque mi desengaño no sea de tanta erudición como los

referidos, ocupo este lugar, advirtiendo que, supuesto que la hermosa

Lisis manda que sean casos verdaderos los que se digan, si acaso

pareciere que los desengaños hasta aquí referidos, y los que faltan,

los habéis oído en otras partes, habrán sido contados por quien, como

yo y las demás desengañadoras, lo supo por mayor, mas no con las

circunstancias que aquí van hermoseados, y no sacados de una parte a

otra, como hubo algún ignorante o envidioso que lo dijo de la primera

parte de nuestro sarao.

Diferente cosa es novelar solo con la inventiva un caso que ni fue

ni pudo ser, y este no sirve de desengaño sino de entretenimiento,

a contar un caso verdadero que no solo sirva de entretener sino de

avisar; y como nuestra intención no es de solo divertir sino de

aconsejar a las mujeres a que miren por su opinión y teman, con tantas

libertades como el día de hoy profesan, no les suceda lo que a las que

han oído y oirán les ha sucedido, y también por defenderlas, habiendo

dado los hombres en la opinión, por no decir flaqueza, de ser contra

ellas, hablando y escribiendo como si en todos tiempos no hubiera

habido de todo, buenas mujeres y buenos hombres, y al contrario, malas

y malos, y así no vea libro ni comedia en que encuentren una mujer

inocente ni un hombre con defectos.

Toda la carga de las culpas es al sexo femenil, como si no fuese mayor

la del hombre, supuesto que ellos quieren ser la perfección de la

naturaleza. Luego mayor delito será el que hiciere el perfecto que el

imperfecto; más pesada es la necedad del discreto que del necio; y así,

es bien se sepa que, como hay mujeres livianas, hay hombres mudables,

y como interesadas, engañosos, y como libres, crueles; y si se mira

bien, la culpa de las mujeres la causan los hombres.

Caballero que solicitas la doncella, déjala, no la inquietes, y verás

como ella, aunque no sea más de por vergüenza y recato, no te buscará a

ti: el que busca y desasosiega la casada, no lo haga, y verá que cuando

no la obligue la honestidad, el respeto y temor de su marido le hará

que no te solicite ni busque; y el que inquieta la viuda, no lo haga,

que no será ella tan atrevida que aventure su recato, ni te busque, ni

pretenda; y si las buscas y solicitas, y las haces caer, ya con ruegos,

ya con regalos, ya con dádivas, no digas mal de ellas, pues tú tuviste

la culpa de que sean débiles.

Esto es respecto a las mujeres de honor, que las que tratan de vivir

con libertad, ¿qué quieres sacar de ellas sino lo que pretendes, que es

entretenerte y quitarte tus dineros, que para eso te admiten? Y pues ya

lo sabes, ¿para qué las culpas de que hacen su hacienda y destruyen la

tuya, y luego te quejas que te engañan? Vosotros sí os queréis engañar,

y la causa de todo esto yo la diré ahora.

Encuentras una mujer en la calle; dícesla cuatro palabras; óyelas sin

averiguar si tú las dices de veras o burlando; píntasete honrada y que

no la ve el sol; créeslo, necio; convídasla con tu posada; acepta, va

a ella; ¿pues cómo de una mujer que tan fácil se rinde a tus deseos

podrás creer no haga con otros lo mismo en apartándose de ti? Y si

piensas diferente, tú eres el que te engañas; que ella con su misma

facilidad avisa.

¿Pues para qué te quejas de ella ni la ultrajas? Ella hace su oficio:

si te ruega y busca, no la admitas, que su misma deshonestidad te avisa

muy claramente que no eres tú el primero; y si te agradó algo, y la

sigues, no te quejes de nadie, pues sabes muy bien que cada uno ha de

hacer como quien es.

He aquí como no tienen la culpa las mujeres, sino los hombres, en

quienes ha de estar la cordura, el buen lenguaje, la modestia y

entendimiento; pero ya no se hallan estas virtudes, sino todo al

contrario. ¡Ay, qué de buenas hubiera si los hombres las dejaran! Mas

ellos hablan y ellas escuchan, y de mentiras bien alhajadas ¿quién no

se deja vencer?, y más si, convertida la pretensión en tema, esta misma

las está incitando a todas horas.

Esto basta, y pluguiera a Dios sirviese para enmienda; y para que se

vea que, si Camila perdió con su esposo por callar las pretensiones

de don Juan, en el desengaño que ahora diré no le sirvió a otra dama

para asegurar su crédito con su marido avisarle de las pretensiones de

otro don Juan, aunque el cielo abonó su causa; y con estas prevenciones

prosigo de esta suerte:

En la ciudad de Palermo, en el reino de Sicilia, hubo en tiempos

pasados dos caballeros nobles, ricos, galanes, discretos, y sobre todo,

para que fuesen estas gracias de naturaleza y fortuna más lucidas,

eran hijos de españoles que habiendo sus padres pasado a aquel reino a

ejercer cargos que su rey les encomendó, se casaron y avecindaron allí,

como sucede cada día a los españoles que allá pasan.

Eran sobre lo dicho don Juan y don Pedro (que estos son sus propios

nombres) tan grandes amigos, por haberse desde niños criado juntos,

mediante la amistad de sus padres, que en diciendo «los dos amigos», ya

se conocía que eran don Pedro y don Juan: juntos paseaban, de una misma

forma vestían, y en no estando don Pedro en su casa le hallaban en la

de don Juan, y si faltaba este de la suya era seguro que estaría en la

de don Pedro; porque un instante no se hallaban divididos, pues, aunque

vivían en casas distintas, todo lo más del tiempo estaban juntos.

Sucedió pues en medio de este extremo de amistad tratar a don Pedro

un casamiento con una rica y principal señora de la ciudad, con tanto

extremo de hermosura que ninguno la nombraba que no fuese con el

aplauso de la bella Roseleta, que este era su nombre.

Efectuose el casamiento, para que fuese esta señora como bella

desgraciada, que por la mayor parte se apetece lo mismo que viene a

ser cuchillo de nuestras vidas; y aunque don Juan se halló a las bodas

de su amigo, que se celebraron con mucha fiesta y aparato, no debió de

mirar la belleza, gracia y donaire de Roseleta; y si la miró, fue como

a mujer de su amigo: freno que si le durara siempre, fuera tenido por

verdadero.

No por temor de sí, que hasta entonces no había ni aun imaginado

cupiera en él la menor ofensa de don Pedro, sino por excusar

murmuraciones, que esto es lo que ha de mirar la verdadera amistad,

considerando no parecerle bien asistir tanto como solía a la casa

de don Pedro, excusaba cuanto podía ir a ella; y como este, por ser

recién casado y con tan linda dama, estuviese enamorado como amante y

cuidadoso como marido, no podía ir tan a menudo como antes a la casa de

su amigo.

Sentíalo ternísimamente, y con este sentimiento la vez que veía a

don Juan le daba sentidas quejas, diciéndole que si entendiera que

por casarse le había de perder, aunque los méritos de su esposa eran

tantos, lo hubiera excusado, y con esto le rogaba mudase el propósito,

acudiendo a su casa de la misma suerte que antes, que él estaba cierto

que Roseleta tendría el mismo gusto que conocía había en él.

Con palabras cuerdas y afables se excusó don Juan muchas veces de la

petición de su amigo; mas viendo era imposible el reportarle, hubo

de condescender en darle gusto, entrando en casa de don Pedro con la

familiaridad que antes, comiendo y cenando los más días con él y su

esposa: la cual, viendo lo mucho que su marido amaba a don Juan, le

recibía con un honesto agrado.

Ya he dicho que don Juan no había mirado a la bella Roseleta, aunque se

halló a sus bodas; y aquí se conoce que una cosa es mirar y otra ver:

viola don Juan en estas ocasiones, y admiró en ella una tan singular

belleza que sin querer llevaba y atraía la vista de cuantos la miraban,

y juzgó a don Pedro por el hombre más dichoso del mundo.

De aquí le renació una envidia de no haber él merecido tal prenda, no

faltando en él méritos para haberla alcanzado, que enamorose de todo

punto de la mujer de su amigo tan loca y perdidamente que, aunque

quería retenerse de mirarla, no le era posible, pues en llegando a

mirar una mujer humana con asomos de divinidad, quedaba otra vez

perdido; mayormente al contemplar debajo de una honesta gravedad tal

donaire y gracia, mezclado con un divino entendimiento, y no solo se

aventuraba a perder sus honrados designios, mas la misma vida; en tales

términos que, por más que los intentaba, no podía reprimir con el freno

de la razón el desenfrenado caballo de su voluntad.

Con grandes desasosiegos se hallaba el triste caballero, y en viéndose

a solas, él mismo se reprendía, diciendo: «¿Qué es esto, traidor don

Juan? ¿Qué viles pensamientos son estos? ¿Qué enemigo mortal de mi

amigo don Pedro los tuviera? ¿O de quién supieras tú que intentaba

el agravio de tu amigo, que no le hicieras pedazos? ¿Pues qué dirá

de ti el mundo si llegase a saberlo, sino, o que no eres de sangre

noble, o has perdido el juicio? ¡Oh, amigo don Pedro, y qué engañado

vives en el amor que tienes a este desleal amigo, que ha dado lugar

a tan viles e infames pensamientos! Mejor fuera decírtelo, para que

tomaras venganza de tan desleal y traidor amigo. ¡Ay Roseleta, nunca

mis desdichados ojos vieran tu más que celestial hermosura, acompañada

de tan innumerables gracias! ¡Oh, si nacieras fea! ¡Oh, si no fueras

mujer de don Pedro! No, no me ha de vencer tu hermosura: viva el honor

de mi amigo, y muera yo, pues fui tan liviano que he tenido tan ruines

deseos.»

Con este propósito se determinaba a no amar a Roseleta, pero en vano,

porque en volviéndola a ver, toda su fortaleza daba en tierra y,

rindiendo con ella sus potencias, lo ponía todo a los pies de Roseleta.

Con estos combates andaba tan triste y distraído que, si comía, se le

olvidaba el bocado de la mano a la boca, y si le hablaban, parecía que

no entendía o respondía a despropósito. Notaba don Pedro la tristeza de

su amigo; a solas, y delante de su esposa, le preguntaba la causa de

ella; más él se excusaba con decir que él mismo la ignoraba.

Muchos días pasó don Juan con estas imaginaciones, ya perdiéndose y ya

volviéndose a cobrar, hasta que, rendido a ellas, cayó en la cama de

una peligrosa enfermedad en que llegó muy al cabo, asistiéndole don

Pedro y visitándole algunas veces Roseleta.

En fin, ya con salud y volviendo a la casa de su amigo como antes, se

resolvió, aunque aventurase cuanto había y el honor, que era lo más,

a decir a Roseleta su amor en hallando ocasión; y vínole a propósito

porque un día, comiendo con don Pedro y su esposa, estando tan triste y

divertido como siempre, le dijo don Pedro:

—Cierto, amigo don Juan, que puedo estar verdaderamente quejoso y

agraviado de vuestra amistad, pues no se compadece de tenerla los dos

desde nuestra primera edad, como todos saben, y que me calléis la causa

de vuestra tristeza, haciéndome sospechar muchas cosas de ella que

agravian vuestra calidad y la mía: porque, ¿qué cosa os puede obligar a

estar, como os veo y he visto también, en términos de perder la vida,

que no se pueda comunicar conmigo aunque fuera contra vuestro honor?

Por Dios os pido que me saquéis de esta confusión.

Viendo don Juan que de callar podía imaginar alguna cosa, y también por

empezar a poner la primera piedra en el cimiento de su pretensión, le

dijo:

—Cierto, amigo don Pedro, que el haberme recatado de haberos dicho mi

pena, ni ha sido falta de voluntad, ni menos el tener por sospechosa

vuestra amistad, sino de vergüenza de que ninguno sepa mi flaqueza,

que es bien grande por haberme rendido a un pensamiento que me cueste

lo que veis y habéis visto; y así, para sacaros de ese cuidado, con

licencia de vuestra esposa, os lo diré. Sabed que, desde que vi

la hermosura de Angeliana, una dama de esta ciudad a quien pienso

conocéis, estoy de la manera que veis, porque es tanta su severidad y

desvío para conmigo, que aunque he procurado que sepa mi pasión, no ha

querido oír ni recibir papel ni recado de mi parte, y esto me trae tan

triste y desesperado que si no es quitarme la vida, no me queda otra

cosa. Esta es la ocasión, y no otra; ved si hacía bien en callarla;

pues es vileza que el corazón de un hombre se rinda a una mujer con

tanto extremo que le ponga en el que yo me veo.

No era así como don Juan decía, que en esta ocasión había ya gozado a

Angeliana, si bien desde que vio a Roseleta se le había entibiado aquel

amor.

Consolaban don Pedro y su esposa a don Juan, lastimados de su pena,

aconsejándole que pues Angeliana era de la calidad que todos sabían,

y no tenía padres, que la pidiese por esposa a sus deudos, que todos

estimarían tenerla por tal.

A esto respondió don Juan que era lo cierto lo que le aconsejaban; mas

que, aunque la quería ternísimamente, no tenía voluntad de casarse

hasta que entrase en más edad.

De esta manera pasó más de dos meses sin tener lugar de declararle

a Roseleta su amor, si no era con los ojos y ansiosos suspiros que

ella no entendía, ni creía que fuesen sino por Angeliana; hasta que

un día, estando comiendo con Roseleta y don Pedro, le vino a buscar

un caballero con quien había de averiguar unas cuentas; y porque no

entrase dentro donde estaban comiendo él y su esposa con don Juan, se

levantó de la mesa y salió fuera.

Viendo don Juan tan buena ocasión, no la quiso perder, y como su

amorosa voluntad estaba ya resuelta y determinada, temblando la voz y

con un suspiro que parecía rendir entre él el alma, la dijo:

—¡Ay, hermosa Roseleta, y qué desdichado y dichoso fue el día en que

te conocí y vi tu realzada hermosura, dichoso por haber gozado mis ojos

de tu celestial vista y desdichado en contemplarte ajena, pues quedé

privado del bien de merecerte! No es Angeliana la causa de mi tristeza,

sino tú, hermosa señora, que eres el ángel en que idolatra mi voluntad;

no te digo esto porque me des remedio, que morir por ti es mi apetecida

vida, y amando pienso llegar al fin de ella, sino porque si me ves

triste, tú eres la causa y no Angeliana; que ojalá me favorecieses tú

como ella me favorece, mas ya no la estimo desde que te conocí.

Más quisiera decir don Juan, y aun pienso que se alargara más su

atrevimiento, porque Roseleta estaba fuera de su sentido de enojo, si

a este tiempo no entrara don Pedro y estorbara que don Juan fuera más

atrevido. Acabose la comida y Roseleta se retiró rabiando de cólera,

y don Pedro y su amigo se salieron a pasear, estando don Juan bien

contento por haber declarado su amor a la dama.

Muchos días pasaron que no pudo don Juan tornar a decirla ni una

sola palabra, porque ella se recataba tanto, y huía de no darle más

atrevimientos, que ya estaba pesaroso de haberlos tenido por no perder

su vista; porque Roseleta muchas veces, por no salir a comer con don

Juan, fingía repentinos accidentes; y otras que no lo podía excusar, no

alzaba los ojos a mirarle.

Ya un día que todos tres habían acabado de comer y estaban sobre

mesa platicando, no habiendo podido Roseleta excusar el no hallarse

presente, don Pedro preguntó a don Juan cómo le iba con los amores de

Angeliana.

—Muy mal —dijo don Juan—; pues porque los días pasados tuve lugar de

intimarla mi pasión y los desvelos que me cuesta su hermosura, se me

ha negado de suerte que apenas se deja ver; y si la veo, es con un ceño

que me quita la vida, a cuyos enfados la he hecho unos versos que, si

gustáis, os los quiero leer.

—Mucho gusto me daréis —dijo don Pedro, aunque a Roseleta le pesó,

como quien ya sabía a quién dirigía don Juan todas aquellas cosas: y si

no fuera por su esposo, se levantara y se fuera.

Y sacando don Juan el papel, leyó lo siguiente:

Si es imposible vivir,

Amado dueño, sin vos,

Que pida al tiempo que vuele,

No será muy grande error.

La gloria que tengo en veros,

De que al amor gracias doy,

En faltando vos, es pena,

Porque vos mi gloria sois.

Si sin el sol no vivimos,

Y vos, mi bien, sois el sol,

Fuerza es que sin vos no viva:

Mirad vuestra obligación.

No por interés que tiene

El sol de nuestro favor,

Acude a darnos la vida,

Esta es sabida cuestión.

Sabe que necesitamos,

Así el cielo lo ordenó,

De que dé aliento a la vida

Con su luz y su calor.

Pues si el sol hace este efecto,

Y sin vos muriendo estoy,

No por vos, sino por mí,

Dad remedio a mi pasión.

Fáltame la confianza,

Mis méritos pocos son:

Así como yo sé amaros,

Supiera si amado soy.

A estos ojos que os adoran,

No los cercenéis, por Dios,

El bien que en veros reciben,

Que es darles mortal dolor.

No soy mío, bella ingrata,

Vuestro soy; si ingrata sois,

Muy presto veréis mi vida

Perdida por tal rigor.

¿Quién podrá, si os escondéis,

Sufrir el estar sin vos?

Ojos, llorad, pues sois nubes,

Y se os ha escondido el sol.

Si en otro oriente salís

Y yo me quedo sin vos;

Noche seré de Noruega,

Pues vuestra luz me faltó.

En teniéndote ausente,

Muerto soy,

La vida se me acaba;

¡Ay qué rigor!

Alabó don Pedro el romance, y no me espanto, que era apasionado de las

cosas de don Juan, su amigo, que aunque fuera peor, le pareciera bien:

mas su esposa, que desde que le empezó a decir estaba reprimiendo la

cólera porque vio al blanco a que tiraba, y con ella dejaba y tomaba su

rostro mil alejandrinas rosas, con semblante entre risueño y altivo le

dijo:

—Cierto, señor don Juan, que ya vuestro amor deja de serlo y toca en

locura o temeridad; si conocéis que esa dama no gusta de que la améis,

o por su honestidad, o porque no se agrada de vuestras pretensiones,

porque no le están bien a su honor, que es lo más cierto, pues no

porque una mujer sepa que un hombre la ama, si es en menoscabo de su

opinión, está obligada a amarle, ya os pudierais cansar de querer

vencer un imposible: sino que los hombres empiezan amando, acaban

venciendo, y salen despreciando; porque en viendo que una mujer se les

resiste, ya no por amarla, sino por vencerla, trocando el amor en tema,

perseveran para vengarse de los desprecios que les ha hecho; y quieren

que una mujer, aunque no quiera, los quiera, y no sé qué ley hay para

que, si la tal es cuerda y tiene honra, se aborrezca a sí por querer a

otro: y más si sabe que el tal amor no es para darle honor sino para

quitársele. Si no os quiere, dejadla y amad a otra, que os amará y os

costará menos cuidados, y os excusaréis de riesgos; pues de mí digo que

si entendiera que había en algún hombre atrevimiento para poner en mí

el pensamiento, ¿qué digo pensamiento?, a mirarme con ojos de quitarme

la opinión, si diciéndoselo a mi esposo no le quitara la vida, lo

hiciera yo por mis manos.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 31 / 52 段