Así que la vela empezó a arder, la desdichada doña Inés, que estaba

ya acostada y su casa y gente recogida, porque su marido aún no había

vuelto de Sevilla por haberse originado a sus cobranzas algunos

pleitos, privada, con la fuerza del encanto y de la vela que ardía,

de su juicio y, en fin, forzada de algún espíritu diabólico que

gobernaba aquello, se levantó de su cama, y poniéndose unos zapatos que

tenía junto a ella y un faldellín que estaba con sus vestidos sobre un

taburete, tomó la llave que tenía debajo de su cabecera, y saliendo

fuera, abrió la puerta de su cuarto, y juntándola en saliendo y mal

torciendo la llave, se salió a la calle y fue a casa de don Diego, que

aunque ella no sabía quién la guiaba, la supo llevar, y como halló la

puerta abierta, se entró sin hablar palabra ni mirar en nada; se puso

dentro de la cama donde estaba don Diego, quien viendo un caso tan

maravilloso quedó fuera de sí; mas levantándose y cerrando la puerta,

se volvió a la cama diciendo:

—¿Cuándo, hermosa señora mía, merecí yo tal favor? Ahora sí que doy

mis penas por bien empleadas. ¡Decidme, por Dios, si estoy durmiendo y

sueño este bien, o si tan dichoso que despierto y en mi juicio os tengo

en mis brazos!

A esto y otras muchas cosas que don Diego decía doña Inés no respondía

palabra, y viendo esto el amante algo pesaroso, por parecerle que

doña Inés estaba fuera de su sentido con el maldito encanto y que no

tenía facultad para hablar, teniendo aquellos, aunque favores, por

muertos, conociendo claro que si la dama estuviera en su juicio no se

los hiciera, como era la verdad, que antes pasara por la muerte, quiso

gozar el tiempo y la ocasión, remitiendo a las obras las palabras. De

esta suerte la tuvo gran parte de la noche, hasta que viendo ser hora

se levantó, y abriendo la puerta, la dijo:

—Señora mía, mirad que es ya hora de que os vayáis.

Y en diciendo esto, la dama se levantó, y poniéndose su faldellín y

calzándose sin hablar palabra, se salió y volvió a su casa, y llegando

a ella, abrió, y vuelto a cerrar sin haberla sentido nadie, o por estar

vencidos del sueño, o porque participaban todos del encanto, se echó en

su cama. Luego que se halló en ella, la vela que estaba en casa de don

Diego, ardiendo, se apagó, como si con un soplo la mataran, dejando a don

Diego mucho más asombrado, y no acababa de santiguarse aunque lo hacía

muchas veces; y si la admiración que le causaba todo esto no le tuviera

como absorto, se volviera loco de alegría.

Estese con ella lo que le durare, y vamos a doña Inés que, como estuvo

en su cama y la vela se apagó, la pareció, cobrando el perdido sentido,

que despertaba de un profundo sueño; si bien acordándose de lo que

le había sucedido, juzgaba que todo le había pasado soñando, y muy

afligida de tan descompuestos sueños, se reprendía a sí misma diciendo:

—¡Qué es esto, desdichada de mí! ¿Pues cuándo he dado yo lugar a

mi imaginación para que me represente cosas tan ajenas de mí, o qué

pensamientos ilícitos he tenido yo con este hombre para que de ellos

hayan nacido tan enormes y deshonestos efectos? ¡Ay de mí!, ¿qué es

esto o qué remedio tendré para olvidar cosas semejantes?

Con esto, llorando y con gran desconsuelo, pasó la noche y el día, y

ya sobre tarde se salió a un balcón por divertir algo su enmarañada

memoria; al tiempo que don Diego, aun no creyendo fuese verdad lo

sucedido, pasó por la calle para ver si la veía, y fue al tiempo

que como he dicho estaba en el balcón; y viéndola el galán quebrada

de color y triste, conociendo de qué procedía el tal accidente, se

persuadió a dar crédito a lo sucedido; mas doña Inés, en el punto que

le vio, quitándose del balcón lo cerró con mucho enojo, en cuya acción

conoció don Diego que doña Inés iba a su casa privada de todo sentido,

y que su tristeza procedía si acaso como en sueños se acordaba de lo

que con él había pasado; si bien, viéndola con la cólera que se quitó

del balcón, se puede creer que la diría:

—Cerrad, señora, que a la noche yo os obligaré a que me busquéis.

De esta suerte pasó don Diego más de un mes, llevando a su dama la

noche que le daba gusto a su casa, con lo cual la pobre señora andaba

tan triste y casi asombrada de ver que no se podía librar de tan

descompuestos sueños, que tal creía que eran, ni por encomendarse a

Dios, como lo hacía, ni por acudir a menudo a su confesor, que la

consolaba cuanto era posible, y deseaba que viniese su marido por ver

si con él podía remediar su tristeza; y ya determinada, o a enviarle

a llamar, o a persuadirle la diese licencia para irse con él, le

sucedió lo que ahora oiréis, y fue que una noche, que por ser de las

calurosas del verano, muy serena y apacible con la luna hermosa y

clara, don Diego encendió su encantada vela, y doña Inés, que por ser

ya tarde estaba acostada, aunque dilataba el sujetarse al sueño por

no rendirse a los malignos sueños que ella creía ser, lo que no era

sino la pura verdad; cansada de desvelarse, se adormeció, y obrando

en ella el encanto, despertó despavorida, y levantándose fue a buscar

el faldellín, que no hallándole, por haber las criadas llevado los

vestidos para limpiarlos, así en camisa como estaba se salió a la

calle, yendo encaminada a la casa de don Diego.

Encontró con ella el corregidor, que con todos sus ministros de

justicia venía de ronda, y con él don Francisco su hermano, que

habiéndole encontrado gustó de acompañarle por ser su amigo; y como

viesen aquella mujer en camisa tan a paso tirado, la dieron voces que

se detuviese; mas ella callaba y andaba a toda diligencia, como quien

era llevada del espíritu maligno: tanto que les obligó a alargar el

paso por lograr alcanzarla; mas cuando lo hicieron fue cuando doña Inés

se hallaba ya en la sala, y entrando todos juntos, ella se fue a la

cama donde estaba don Diego, y ellos a la figura, que estaba en la mesa

con la vela encendida en la cabeza.

Así que don Diego vio el fracaso y desdicha, temeroso de que si mataban

la vela doña Inés padecería el mismo riesgo, saltando de la cama, les

dio voces que no matasen la vela, que se quedaría muerta aquella mujer;

y vuelto a ella, le dijo:

—Idos, señora, con Dios, que ya tuvo fin este encanto; y vos y yo el

castigo de nuestro delito: por vos me pesa, que inocente padeceréis —y

esto lo decía por haber visto a su hermano al lado del corregidor.

Levantose, dicho esto, doña Inés, y como había venido se volvió a ir,

habiéndola al salir reconocido todos, y también su hermano, y fue bien

menester la autoridad y presencia del corregidor para que en ella y en

don Diego no tomase la justa venganza que a su parecer merecían.

Mandó el corregidor que fuesen la mitad de sus ministros con doña Inés

y que, viendo en qué paraba su embelesamiento, no se apartasen de ella

hasta que él mandase otra cosa, volviendo uno a darle cuenta de todo; y

viendo que de allí a poco la vela se mató repentinamente, le dijo al

infelice don Diego:

—¡Ah, señor, y como pudiérades haber escarmentado en la burla pasada,

y no poneros en tan costosas veras!

Con esto aguardaron el aviso de los que habían ido con doña Inés, que

como llegó a su casa y abrió la puerta, que no estaba más de apretada,

y entró, y todos con ella, volvió a cerrar y se fue a su cama,

echándose en ella; y como a este mismo punto se apagase la vela, ella

despertó del embelesamiento, y dando un grande grito, viéndose cercada

de aquellos hombres y conociendo ser ministros de justicia, les dijo

que qué buscaban en su casa, o por dónde habían entrado, supuesto que

ella tenía la llave.

—¡Ay, desdichada señora —dijo uno de ellos—; y cómo habéis estado

sin sentido, pues eso preguntáis!

A esto y al grito de doña Inés habían ya salido las criadas

alborotadas, tanto de oír dar voces a su señora como de ver allí tanta

gente. Prosiguiendo el que había empezado, contó a doña Inés cuanto

había sucedido desde que la habían encontrado hasta el punto en que

estaba, y cómo a todo se había hallado su hermano presente: lo que oído

por la triste y desdichada dama fue milagro no perdiese la vida.

En fin, para que no se desesperase, según las cosas que hacía y decía,

y las hermosas lágrimas que derramaba sacándose a manojos sus cabellos,

enviaron a avisar al corregidor de todo, diciéndole ordenase lo que

se había de hacer; el cual, habiendo tomado su confesión a don Diego

y este dijo la verdad del caso, declarando cómo doña Inés estaba

inocente, pues privado su entendimiento y sentido con la fuerza del

encanto venía como habían visto: con lo que su hermano mostró serenar

su cólera, aunque otra cosa le quedó en el corazón.

Con esto mandó el corregidor poner a don Diego en la cárcel a buen

recaudo, y tomando la encantada figura se fueron a casa de doña Inés,

a la cual hallaron haciendo las lástimas dichas, sin que sus criadas

ni los demás fuesen parte para consolarla, que a haber quedado sola se

hubiera quitado la vida.

Estaba ya vestida y arrojada sobre un estrado, alcanzándose un desmayo

a otro, y una congoja a otra: y así que vio al corregidor y a su

hermano, se arrojó a sus pies pidiéndole que la matase, pues había sido

tan mala que, aunque sin su voluntad, había manchado su honor.

Don Francisco, mostrando en su exterior piedad, si bien en lo interior

estaba vertiendo ponzoña y crueldad, la levantó y abrazó, teniéndoselo

todos a nobleza; y el corregidor la dijo:

—Sosegaos, señora, que vuestro delito no merece la pena que vos pedís,

pues no lo es, supuesto que vos no erais parte para no hacerlo.

Y algo más quieta la desdichada dama mandó el corregidor, sin que ella

lo supiera, se saliesen fuera y encendiesen la vela: lo que, apenas fue

hecho, cuando se levantó y se salió adonde la vela estaba encendida, y

en diciéndole que ya era hora de irse se volvía a su asiento, y la vela

se apagaba y ella volvía como de un sueño.

Esto hicieron muchas veces, mudando la vela a diferentes partes, hasta

volver con ella a casa de don Diego y encenderla allí, y luego doña

Inés se iba allá de la manera que estaba, y aunque la hablaban no

respondía: con que averiguado el caso, asegurándola, y acabando de

aquietar a su hermano, que estaba más sin juicio que ella misma, por

entonces disimuló, siendo él el que más la disculpaba; y dejándola el

corregidor dos guardas, más por amparo que por prisión, pues ella no la

merecía, se fue cada uno a su casa, admirados del suceso.

Don Francisco se recogió a la suya loco de pena, contando a su mujer

lo que pasaba; que, como al fin cuñada, decía que doña Inés debía

de fingir el embelesamiento por quedar libre de culpa. Su marido,

que había pensado lo mismo, fue de su parecer y al punto despachó un

criado a Sevilla con una carta a su cuñado, diciéndole en ella dejase

todas sus ocupaciones y se viniese al punto, que importaba al honor de

entrambos, y que fuese tan secreto que no supiese nadie su venida, ni

fuese a su casa hasta que se viese con él.

El corregidor a otro día buscó al moro que había hecho el hechizo;

mas no pareció. Divulgose el caso por la ciudad y, sabido por la

inquisición, pidió el preso, que le fue entregado con el proceso ya

sustanciado y puesto como había de estar, quien llevado a su cárcel,

y de ella a la suprema, no pareció más; y no fue pequeña piedad

castigarle en secreto, pues al fin él había de morir a manos del marido

y hermano de doña Inés, supuesto que el delito cometido no merecía

menor castigo.

Llegó el correo a Sevilla y dio la carta a don Alonso, quien como vio

lo que en ella se le ordenaba, bien confuso y temeroso de que serían

flaquezas de doña Inés, se puso en camino y a largas jornadas llegó a

casa de su cuñado con tanto secreto que nadie supo su venida, y sabido

todo el caso como había sucedido, entre todos tres había diferentes

pareceres sobre qué género de muerte darían a la inocente y desdichada

doña Inés, la que, aun cuando de voluntad fuera culpada, la bastara por

pena de su delito la que tenía, cuanto más no habiéndole cometido como

estaba averiguado: y de quien más pondero la crueldad es de la traidora

cuñada, que siquiera por ser mujer podría tener piedad de ella.

Acordado en fin el modo, don Alonso, disimulando su dañada intención,

se fue a su casa y con caricias y halagos la aseguró, haciendo él mismo

de modo que la triste doña Inés estuviese más quieta, viendo que su

marido había creído la verdad y estaba seguro de su inocencia; porque

habérselo encubierto era imposible según estaba el caso público; y si

bien avergonzada de su desdicha apenas osaba mirarle, se moderó en sus

sentimientos y lágrimas.

Con esto pasó algunos días, cuando uno con mucha afabilidad le dijo el

cauteloso marido cómo su hermano y él estaban determinados y resueltos

a irse a vivir con sus casas y familias a Sevilla; lo uno, por quitarla

de los que habían sabido aquella desdicha que la señalaban con el dedo;

y lo otro, por asistir a sus pleitos que habían quedado empantanados; a

lo cual doña Inés dijo que en ella no había más gusto que el suyo.

Puesta por obra la determinación propuesta, vendiendo cuantas

posesiones y hacienda tenían allí, como quien no pensaba volver más a

la ciudad, se partieron todos con mucho gozo y doña Inés más contenta

que todos; porque vivía afrentada de un suceso tan escandaloso.

Llegados a Sevilla, tomaron casa a su cómodo, sin más vecinos que ellos

dos, y luego despidieron todos los criados y criadas que habían traído,

para hacer sin testigos la crueldad que ahora diré.

En un aposento, el último de toda la casa, donde aunque hubiese gente

de servicio ninguno tuviese modo ni ocasión de entrar en él, en el

hueco de una chimenea que allí había, o ellos la hicieron, porque

para este caso no hubo más oficiales que el hermano, marido y cuñada,

habiendo traído yeso, cascotes y lo demás que era menester, pusieron

a la pobre y desdichada doña Inés, no dejándole más lugar que cuanto

pudiese estar en pie; porque si se quería sentar no podía sino, como

ordinariamente se dice, en cuclillas, y la tabicaron, dejando solo

una ventanilla como medio pliego de papel, por donde respirase y le

pudiesen dar una miserable comida porque no muriese tan presto, sin que

sus lágrimas ni protestas los enterneciesen.

Hecho esto, cerraron el aposento, y la llave la tenía la mala y cruel

cuñada, y ella misma iba a darla la comida y un jarro de agua, de

manera que aunque después recibieron criados y criadas, ninguno sabía

el secreto de aquel cerrado aposento.

Aquí estuvo doña Inés seis años, que permitió la divina Majestad en

tanto tormento conservarla la vida, o para castigo de los que se le

daban, o para mérito suyo, pasando lo que imaginar se puede, supuesto

que he dicho de la manera que estaba, y que las inmundicias y basuras

que de su cuerpo echaba la servían de cama y estrado para sus pies.

Siempre estaba llorando y pidiendo a Dios la aliviase de tan penoso

martirio, sin que en tan largo tiempo viese luz ni pudiese recostar su

triste cuerpo, ajena y apartada de las gentes, negada a los divinos

sacramentos y a oír misa, padeciendo más que los que martirizan los

tiranos, sin que ninguno de sus tres verdugos tuviese piedad de ella ni

se enterneciese; antes la traidora cuñada cada vez que la llevaba la

comida la decía mil oprobios y afrentas.

Nuestro Señor, cansado de sufrir tales delitos, permitió que fuese

sacada esta triste mujer de tan desdichada vida, siquiera para que no

muriese desesperada; y fue el caso que a las espaldas de esta casa

en que estaba había otra principal de un caballero de mucha calidad:

la mujer del que digo había tenido una doncella que la había casado

años había, la cual enviudó, quedando necesitada, y la señora, por

caridad y haberla servido, porque no tuviese en la pobreza en que

estaba que pagar casa, le dio dos aposentos que estaban arrimados

al emparedamiento en que la cuitada doña Inés estaba, y nunca había

habitado gente en ellos porque no habían servido sino de guardar cebada.

Pasada pues a ellos esta buena viuda, acomodó su cama a la parte que

digo estaba doña Inés, la cual, como siempre, estaba lamentando su

desdicha y llamando a Dios que la socorriese; la otra, que estaba en su

cama, como con el sosiego de la noche todo estaba en quietud, oía los

ayes y suspiros; y al principio es de creer que entendiera era alguna

alma de la otra vida, y tuvo tanto miedo, como estaba sola, que apenas

osaba estar allí; de tal modo que la obligó a pedir a una hermana suya

le diese una muchacha de hasta diez años, hija suya, para que estuviese

con ella, con cuya compañía, más alentada, asistía más allí; y como se

reparase más, y oyese que entre los gemidos que doña Inés daba llamaba

a Dios y a la Virgen María Señora nuestra, juzgó sería alguna persona

enferma a quien los dolores que padecía la obligaban a quejarse de

aquella forma.

Y una noche que más atenta tuvo arrimado el oído a la pared, pudo

percibir que decía estas razones:

—¿Hasta cuándo, poderoso y misericordioso Dios, ha de durar esta

triste vida? ¿Cuándo, Señor, darás lugar a la airada muerte que

ejecute en mí el golpe de su cruel guadaña; y hasta cuándo estos

crueles y carniceros verdugos de mi inocencia les ha de durar el poder

de tratarme así? ¿Cómo, Señor, permites que te usurpen tu justicia,

castigando con su crueldad lo que tú, Señor, no castigaras?

Pues cuando tú envías el castigo es a quien tiene culpa, y aun entonces

con piedad; mas estos tiranos castigan en mí lo que no hice, como lo

sabéis vos, que no fui parte en el yerro por que padezco tan crueles

tormentos; y el mayor de todos y que más siento es carecer de vivir

y morir como cristiana, pues ha tanto tiempo que no oigo misa, ni

confieso mis pecados, ni recibo tu santísimo cuerpo.

¿En qué tierra de moros pudiera estar cautiva que me trataran como me

tratan? ¡Ay de mí!, que no deseo salir de aquí por vivir, sino solo por

morir católica y cristianamente; que ya la vida la tengo tan aborrecida

que, si tomo el triste sustento que me dan, no es por vivir, sino por

no morir desesperada.

Acabó estas razones con tan doloroso llanto que la que escuchaba,

movida a lástima, alzando la voz para que la oyese, la dijo:

—Mujer, o quien eres, ¿qué tienes o por qué te lamentas tan

dolorosamente? Dímelo por Dios; y si soy parte para sacarte de donde

estás, lo haré, aunque aventure y arriesgue la vida.

—¿Quién eres tú —respondió doña Inés—, que ha permitido Dios que me

tengas lástima?

—Soy —replicó la otra mujer— una vecina de esta otra parte, que

ha poco que vine aquí y en ese corto tiempo me has ocasionado muchos

temores, tantos cuantos ahora compasiones; y así, dime qué podré hacer,

y no me ocultes nada, que yo no excusaré ningún trabajo por sacarte del

que padeces.

—Pues si es así, señora mía —respondió doña Inés—, que no eres de

la parte de mis crueles verdugos, no te puedo decir más por ahora,

porque temo que me escuchen, sino que soy una triste y desdichada mujer

a quien la crueldad de un hermano, un marido y una cuñada me tienen

puesta en tal desventura que aun no tengo lugar de poder extender este

triste cuerpo: tan estrecho es en el que estoy que, si no es en pie,

o mal sentada, no hay otro descanso sin otros dolores y desdichas que

estoy padeciendo; pues cuando no la hubiera mayor que la oscuridad en

que estoy, bastaba; y esto no ha un día ni dos, porque aunque aquí no

sé cuando es de día ni de noche, ni domingo, ni sábado, ni pascua, ni

año, bien sé que ha una eternidad de tiempo; y si esto lo padeciera

con culpa, ya me consolara; mas sabe Dios que no la tengo: y lo que

temo no es la muerte, que antes la deseo; perder el alma es mi mayor

temor; porque muchas veces me dan tentaciones de con mis propias manos

hacer cuerda a mi garganta para acabarme; mas luego considero que es el

demonio, y pido ayuda a Dios para librarme de él.

—¿Qué hiciste que los obligó a tal? —dijo la mujer.

—Ya te he dicho —dijo doña Inés— que no tengo culpa; mas son cosas

muy largas, y no se pueden contar. Ahora lo que has de hacer, si deseas

hacerme bien, es irte al arzobispo o al asistente y contarle lo que te

he dicho, y pedirles vengan a sacarme de aquí antes que muera, siquiera

para que haga las obras de cristiana; que te aseguro que está ya tal mi

triste cuerpo que pienso no viviré mucho, y pídote por Dios que sea

luego, que le importa mucho a mi alma.

—Ahora es de noche —dijo la mujer—; ten paciencia y ofrécele a Dios

eso que padeces, que yo te prometo que siendo de día yo haré lo que

pides.

—Dios te lo pague —replicó doña Inés—, que así lo haré, y reposa

ahora, que yo procuraré, si puedo, hacer lo mismo con las esperanzas de

que has de ser mi remedio después de Dios.

—Créelo así —respondió la buena mujer; y con esto callaron.

Venida la mañana, la viuda bajó a su señora y la contó todo lo que

la había pasado, de lo que la señora se admiró y lastimó; y si bien

quisiera aguardar la noche para hablar ella misma a doña Inés, temiendo

el daño que podía crecer si aquella pobre mujer se muriese, no lo

dilató más; antes mandó poner el coche; y para que con su autoridad se

diese más crédito al caso, se fue ella y la viuda al arzobispo, dándole

cuenta de todo lo que en esta parte se ha dicho; el cual, admirado,

avisó al asistente y juntos, con todos sus ministros seculares y

eclesiásticos, se fueron a la casa de don Francisco y don Alonso, y

cercándola por todas partes, porque no se escapasen, entraron en ella

y prendieron a los dichos y a la mujer de don Francisco, sin reservar

criados ni criadas; y tomadas sus confesiones, estos no supieron decir

nada, porque no lo sabían; mas los traidores, hermano, marido y la

cruel cuñada, al principio negaban; mas viendo que era por demás,

porque el arzobispo y asistente venían bien instruidos, confesaron la

verdad, y dando la cuñada la llave subieron donde estaba la desdichada

doña Inés que, como sintió tropel de gente, imaginando lo que sería,

dio voces: en fin, derribando el tabique la sacaron.

Aquí entra la piedad; porque cuando la encerraron allí no tenía más de

veinte y cuatro años, y seis que había estado eran treinta, que era la

flor de su edad.

En primer lugar, aunque tenía los ojos claros, estaba ciega, bien fuese

de la oscuridad (porque es cosa asentada que si una persona estuviese

mucho tiempo sin ver luz, cegaría), o ya fuese de llorar; sus hermosos

cabellos, que cuando entró allí eran como hebras de oro, estaban como

la misma nieve, enredados y llenos de animalejos, en tanta cantidad

que por encima hervoneaban; el color, el de la muerte; y tan flaca y

consumida que se le señalaban los huesos, como si el pellejo que estaba

encima fuera un delgado cendal; desde los ojos hasta la barba tenía dos

surcos cavados de las lágrimas, que se le escondía en ellos un bramante

grueso; los vestidos hechos cenizas, y se le veían las más partes de su

cuerpo, descalza de pies y piernas, pues los excrementos de su cuerpo,

como no tenía dónde echarlos, la habían consumido la carne hasta los

muslos, que tenía llenos de llagas y gusanos de que abundaba aquel

hediondo lugar. No hay más que decir, sino que causó a todos tanta

lástima que lloraban como si fuera hija de cada uno.

Así como la sacaron, pidió que si estaba allí el señor arzobispo, la

llevasen a él (como fue hecho), habiéndola, por la indecencia que estar

desnuda causaba, cubierto con una capa.

En fin, en brazos la llevaron junto a él, y ella echada en el suelo le

besó los pies y pidió la bendición, contando en sucintas razones toda

su desdichada historia, de que se indignó tanto el asistente que al

punto los mandó a todos tres poner en la cárcel con grillos y cadenas,

de suerte que no se viesen los unos a los otros, afeando a la cuñada

más que a los otros la crueldad: a lo que ella respondió que hacía lo

que le mandaba su marido.

La señora que dio el aviso, junto con la buena dueña que lo descubrió,

que estaban presentes a todo, rompiendo la pared por la parte que

estaba doña Inés, por no pasarla por la calle, la llevaron a su casa, y

haciendo la noble señora prevenir una regalada cama, puso a doña Inés

en ella, llamando médicos y cirujanos para curarla, haciéndola tomar

sustancias, porque era tanta su flaqueza que temía no se muriese: mas

doña Inés no quiso tomar cosa alguna hasta dar la divina sustancia a su

alma, confesando y recibiendo el santísimo sacramento, que le fue luego

traído.

Últimamente, con tanto cuidado miró la señora por ella, que sanó; solo

la vista no fue posible restaurársela.

El asistente sustanció luego el proceso a los reos y, averiguado todo,

los condenó a todos tres a muerte, que fue ejecutada en un cadalso, por

ser nobles y caballeros, sin que les valiesen sus dineros para alcanzar

perdón, por ser el delito de tal calidad.

A doña Inés pusieron, ya sana y restituida en su hermosura, aunque

ciega, en un convento, con dos criadas que cuidaban de su regalo,

sustentándose de la gruesa hacienda de su hermano y marido, donde hoy

vive haciendo vida de una santa, afirmándome quien la vio cuando la

sacaron de la pared, y después, que es de las más hermosas mujeres que

hay en el reino de Andalucía; porque, aunque está ciega, como tiene los

ojos claros y hermosos como ella los tenía, no se le echa de ver que no

tiene vista.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 30 / 52 段