Este tenía una hermana de las hermosas mujeres que en toda la Andalucía

se hallaba, cuya edad aún no llegaba a diez y ocho años. Pidiósela por

mujer un caballero de la misma ciudad, no inferior a su calidad ni

menos rico, antes entiendo que le aventajaba en todo; pareciole, como

era razón, a don Francisco que aquella dicha solo venía del cielo,

y muy contento con ella lo comunicó con su mujer y con doña Inés su

hermana que, como no tenía más voluntad que la suya, y en cuanto a la

obediencia y amor reverencial le tuviese en lugar de padre, aceptó

el casamiento, quizá no tanto por él cuanto por salir de la rigurosa

condición de su cuñada, cruel cuanto se puede imaginar, de manera

que antes de dos meses se halló, por salir de un cautiverio, puesta

en otro martirio; si bien satisfecha con la dulzura de las caricias

de su esposo, pues hasta en eso a los principios no hay quien se la

gane a los hombres; antes se dan tan buena maña que tengo para mí que

las gastan todas al primer año, y después, como se hallan fallidos

del caudal del agasajo, hacen morir a puras necesidades de él a sus

esposas, y quizá, y sin quizá, es lo cierto ser esto la causa por donde

ellas aborrecidas se empeñan en bajezas, con las que ellos pierden el

honor y ellas la vida.

¿Qué espera un marido, ni un padre, ni un hermano, y hablando más

comúnmente, un galán de una dama, si se ve aborrecida y falta de lo que

ha menester, y tras eso poco agasajada y estimada, sino una desdicha?

¡Oh, válgame Dios, y qué confiados son hoy los hombres! Pues no temen

que lo que una mujer desesperada hará, no lo hará el demonio, y piensan

que por velarlas y celarlas se libran y las apartan de travesuras, y se

engañan: quiéranlas, acarícienlas y denlas lo que han menester, y no

las guarden ni celen, que ellas se guardarán y celarán, cuando no sea

por virtud, por obligación: ¡y válgame otra vez Dios, y qué moneda tan

falsa es ya la voluntad que no pasa ni vale sino el primer día, y luego

no hay quien sepa su valor!

No le sucedió por esta parte a doña Inés la desdicha, porque su esposo

hacía la estimación de ella que merecía su valor y hermosura: por esta

le vino la desgracia, porque siempre la belleza anda en pasos de ella.

Gozaba la bella dama una vida gustosa y descansada, como quien entró en

tan florida hacienda, con un marido lindo de talle y mejor condición,

si le durara, mas cuando sigue a uno la adversa suerte, por más que

haga no se librará de ella; y fue que siendo doncella jamás fue vista

de nadie por la terrible condición de su hermano y cuñada; mas ya

casada, o bien con su esposo, o bien con las parientas y amigas, salía

a las holguras, visitas y fiestas de la ciudad.

Fue vista de todos, unos alabando su hermosura y la dicha de su marido

en merecerla, y otros envidiándola y sintiendo no haberla escogido para

sí, y otros amándola ilícita y deshonestamente, pareciéndoles que con

sus dineros y galanterías la granjearían para gozarla: uno de estos

fue don Diego, caballero mozo, rico y libre, que, a costa de su gruesa

hacienda, no solo había granjeado el nombre y lugar de caballero, mas

que no se le iban por alto ni por remontadas las más hermosas garzas de

la ciudad.

Este, de ver la peligrosa ocasión, se admiró, y de admirarse, se

enamoró, y debió ser de veras, que hay hombres que se enamoran de

burlas: con loca desesperación, pues, mostraba y daba a entender su

amor en la continua asistencia en su calle, en iglesias y en todas las

partes que podía seguirla: amaba, en fin, sin juicio, pues no atendía

a la pérdida que podía resultar al honor de doña Inés con tan públicos

galanteos.

No reparaba la inocente dama en ellos; lo uno, por parecerla que con

su honestidad podía vencer cualesquiera deseos lascivos de cuantos la

veían; y lo otro, porque en su calle vivían sujetos, no solo hermosos,

mas hermosísimos, a quien imaginaba dirigía don Diego su asistencia:

solo amaba a su marido, y con este descuido ni se escondía si estaba en

el balcón, ni dejaba de asistir a las músicas y demás finezas de don

Diego, pareciéndola iban dirigidas a una de dos damas que vivían más

abajo de su casa, doncellas y hermosas, mas con libertad.

Don Diego cantaba y tenía otras habilidades que ocasiona la ociosidad

de los mozos ricos y sin padres que los sujeten, y las veces que se

ofrecía, daba muestras de ellas en la calle de doña Inés.

Ella y sus criadas, y su mismo marido salían a oírlas, como he dicho,

creyendo se dirigían a diferente sujeto; que a imaginar otra cosa, de

creer es que pusiera estorbo al dejarse ver: en fin, con esta buena fe

pasaban todos haciendo gala del bobeamiento de don Diego: cuando el

esposo de doña Inés o sus criados le veían, daba a entender lo mismo

que ellos pensaban, y con este cuidado descuidado, cantó una noche,

sentado a la puerta de las dichas damas, este romance:

Como la madre a quien falta

El tierno y amado hijo,

Así estoy cuando no os veo,

Dulcísimo dueño mío.

Los ojos en vuestra ausencia

Son dos caudalosos ríos,

Y el pensamiento sin vos

Un confuso laberinto.

¿Adónde estáis, que no os veo,

Prendas que en el alma estimo?

¿Qué oriente goza esos rayos,

O qué venturosos Indios?

Si en los brazos del aurora

Está el sol alegre y rico,

Decid, siendo vos mi aurora,

¿Cómo no estáis en los míos?

Salís y os ponéis sin mí,

Acaso triste me pinto,

Triste Noruega parezco,

Tormento en que muero y vivo.

Amaros no es culpa, no,

Adoraros no es delito,

Si el amor dora los yerros,

¡Qué dorados son los míos!

No viva yo si ha llegado

A los amorosos quicios

De las puertas de mi alma

Pesar de haberos querido.

Ahora que no me oís,

Habla mi amor atrevido;

Y cuando os veo enmudezco,

Sin poder mi amor deciros.

Quisiera que vuestros ojos

Conocieran de los míos

Lo que no dice la lengua,

Que está para hablar sin bríos.

Y luego que os escondéis,

Atormento los sentidos,

Por haber callado tanto

Diciendo lo que os estimo.

Mas porque no lo ignoréis,

Siempre vuestro me eternizo;

Siglos durará mi amor,

Pues para vuestro he nacido.

Alabó doña Inés, y su esposo, el romance, porque, como no entendía

que ella era la causa de las bien cantadas y lloradas penas de don

Diego, no se sentía agraviada, que a imaginarlo es de creer que no lo

consintiera.

Pues viéndose el mal correspondido caballero cada día peor y que no

daba un paso adelante en su pretensión, andaba confuso y triste, no

sabiendo cómo descubrirse a la dama, temiendo de su indignación alguna

áspera y cruel respuesta.

Pues, estando, como digo, una mujer que vivía en la misma calle y en

frente de la casa de la dama, algo más abajo, notó el cuidado de don

Diego con más sentimiento que doña Inés, y luego conoció el juego, y

un día que le vio pasar, le llamó, y con cariñosas razones le procuró

sacar la causa de sus desvelos.

Al principio negó don Diego su amor, por no fiarse de la mujer; mas

ella, como astuta, y que no debía de ser la primera que había hecho,

le dijo que no se lo negase, que ella conocía medianamente su pena;

y que si alguna en el mundo le podía dar remedio era ella; porque su

señora doña Inés le hacía mucha merced, dándole entrada en su casa y

comunicando con ella sus más escondidos secretos, porque la conocía

desde antes de casarse, estando en casa de su hermano.

Finalmente, ella lo pintó tan bien y con tan finos colores que don

Diego casi pensó si era echada por parte de la dama, por haber notado

su cuidado; y con este loco pensamiento, a pocas vueltas que este

astuto verdugo le dio, confesó de plano toda su voluntad, pidiéndola

diese a entender a la dama su amor, ofreciéndola, si se veía admitido,

grande interés; y para engolosinarla más, quitándose una cadena que

traía puesta, se la dio: era rico y deseaba alcanzar, y así no reparaba

en nada: ella la recibió y le dijo descuidase, y que anduviese por allí

que ella le avisaría en teniendo negociado, que no quería que nadie le

viese hablar con ella, porque no cayesen en alguna malicia.

Pues, ido don Diego, muy contenta la mala mujer, se fue a casa de unas

mujeres de oscura vida que ella conocía, y escogiendo entre ellas una,

la más hermosa, y que así en el cuerpo y garbo pareciese a doña Inés,

llevola a su casa, comunicando con ella el engaño que quería hacer;

y escondiéndola donde de nadie fuese vista, pasó a casa de doña Inés

diciendo a las criadas dijesen a su señora que una vecina de en frente

la quería hablar, lo que sabido por doña Inés, la mandó entrar; y ella,

con la arenga y labia necesaria, de que la mujercilla no carecía,

después de haberla besado la mano, la suplicó le hiciese merced de

prestarle por dos días aquel vestido que traía puesto, y que se quedase

en prenda de él aquella cadena, que era la misma que la había dado don

Diego, porque casaba una sobrina.

No anduvo muy descaminada en pedir aquel que traía puesto, porque, como

era el que doña Inés ordinariamente traía, que era de damasco pardo,

pudiese don Diego dejarse llevar de su engaño. Doña Inés era afable, y

como la conoció por vecina de la calle, la respondió que aquel vestido

estaba ya ajado de traerle continuo, que otro mejor la daría.

—No, señora —dijo la engañosa mujer—, este basta, que no quiero que

sea demasiadamente costoso, que parecerá (lo que es) que no es suyo,

y los pobres también tenemos reputación; y quiero yo que los que se

hallaren a la boda piensen que es suyo y no prestado.

Riose doña Inés, alabando el pensamiento de la mujer, y mandando traer

otro se le puso, desnudándose aquel y dándosele a la dicha, que le

tomó contentísima, dejando en prendas la cadena que doña Inés tomó por

quedar segura, yéndose con él más contenta que si llevara un tesoro.

Con esto aguardó a que viniese don Diego, que no fue nada descuidado, y

ella, con alegre semblante, le recibió diciendo:

—Esto sí que es saber negociar, caballerito; bobillo, si no fuera

por mí, toda tu vida te pudieras andar tragando saliva sin remedio;

ya hablé a tu dama y la dejé más blanda que una madeja de seda floja,

y para que veas lo que me debes y en la obligación que me estás, esta

noche, a la oración, aguarda a la puerta de tu casa, que ella y yo te

iremos a hacer una visita, porque es cuando su marido se va a jugar a

una casa de conversación, donde está hasta las diez; mas dice que, por

el decoro de una mujer de su calidad y casada, no quiere ser vista, que

no haya criados ni luz, sino muy apartada o que no la haya: mas yo, que

soy muy apretada de corazón, me moriré si estoy a oscuras, y así podrás

apercibir un farolillo que dé luz, y esté sin ella la parte donde

hubieres de hablarla.

Todo esto hacía porque pudiese don Diego reconocer el vestido y no el

rostro, y se engañase; mas volvíase loco el enamorado mozo, y abrazaba

a la falsa y cautelosa tercera, ofreciéndola de nuevo suma de interés,

dándole cuanto consigo traía.

En fin, él se fue a aguardar su dicha, y ella, ido él, vistió a la moza

que tenía apercibida el vestido de la desdichada doña Inés, tocándola

y aderezándola al modo que la dama andaba; púsola de modo que, mirada

algo a lo oscuro, parecía la misma doña Inés, muy contenta de haberle

salido tan bien la invención que ella misma, con saber la verdad, se

engañaba.

Poco antes de anochecer se fueron en casa de don Diego, que las estaba

aguardando a la puerta, haciéndosele los instantes siglos; que,

viéndolas y reconociendo el vestido, por habérsele visto ordinariamente

a doña Inés, como en el talle le parecía y venía tapada, y era ya

cuando se acercaba la noche, la tuvo por ella. Loco de contento, la

recibió y entró en un cuarto bajo donde no había más luz que la de un

farol que estaba en la antesala, y a esta y a una alcoba que en ella

había no se comunicaba más que el resplandor que entraba por la puerta.

Quedose la vil tercera en la sala de afuera, y don Diego, tomando de

la mano a su fingida doña Inés, se fueron a sentar sobre una cama de

damasco que estaba en la alcoba. Gran rato se pasó en encarecer don

Diego la dicha de haber merecido tal favor, y la fingida doña Inés,

bien instruida en lo que había de hacer en responderle a propósito,

encareciéndole el haber venido y vencido los inconvenientes de su

honor, marido y casa, con otras cosas que más a gusto les estaba, don

Diego, bien ciego en su engaño, llegó al colmo de los favores que

tantos desvelos le habían costado el desearlos y alcanzarlos, quedando

muy más enamorado de su doña Inés que antes.

Entendida era la que hacía el papel de doña Inés, y representábale tan

al propio que en don Diego puso mayores obligaciones; y así, cargándola

de joyas de valor, y a la tercera de dinero, viendo ser la hora

conveniente para llevar adelante su invención, se despidieron, rogando

el galán a su amada señora que viniese presto, y ella prometiéndole

que sin salir de casa la aguardase cada noche desde la hora que había

dicho hasta las diez, que si hubiese lugar no le perdería. Él se quedó

gozosísimo, y ellas se fueron a su casa contentas y aprovechadas a

costa de la opinión de la inocente y descuidada doña Inés.

De esta suerte le visitaron algunas veces en quince días que tuvieron

el vestido; al cabo de los cuales, temerosas de que se descubriese

la verdad, o por temor de que don Diego no reconociese con el tiempo

que no era la verdadera doña Inés la que gozaba, no se previnieron de

otro vestido como el que les servía de disfraz; y viendo era tiempo

de volverle a su dueño, la última noche que se vieron con don Diego

le dieron a entender que su marido había dado en recogerse temprano,

y era fuerza por algunos días recatarse, por parecerles andaba algo

cuidadoso, y que era fuerza asegurarle que en habiendo ocasión de verle

no la perderían. Se despidieron, quedando don Diego tan triste como

alegre cuando la primera vez la vio. Con esto se volvió el vestido

a doña Inés; y la fingida y la tercera partieron la ganancia, muy

contentas con la burla.

Don Diego, muy triste, paseaba la calle de doña Inés, y muchas veces

que la veía, aunque notaba el descuido de la dama, juzgábalo a recato,

y sufríalo sin atreverse a más que a mirarla; otras hablaba con la

tercera que había sido de su gloria; y ella unas veces le decía que no

tenía lugar por andar su marido cuidadoso, otras, que buscaría ocasión

para verle; hasta que un día, viéndose importunada de don Diego, y que

le pedía llevase a doña Inés un papel, le dijo no se cansase, porque

la dama, o por miedo de su esposo, o porque se había arrepentido, no

consentía la hablase en esas cosas, y aun llegaba a más, que la negaba

la entrada en su casa, mandando a las criadas no la dejasen entrar. En

esto se ve cuán mal la mentira se puede disfrazar en traje de verdad; y

si lo hace, es por poco tiempo.

Quedó el triste don Diego con eso tal, que fue milagro no perder el

juicio; y en mitad de sus penas, por ver si podía hallar alivio en

ellas, se determinó hablar a doña Inés y saber de ella misma la causa

de tal desamor y tan repentino, y así no faltaba de día ni de noche de

la calle hasta hallar ocasión de hacerlo.

Pues un día que la vio ir a misa sin su esposo (novedad grande, porque

siempre le acompañaba), la siguió hasta la iglesia; y arrodillándose

junto a ella lo más paso que pudo, si bien con grande turbación, la

dijo:

—¿Es posible, señora mía, que vuestro amor fuese tan corto, y mis

méritos tan pequeños, que apenas nació cuando murió? ¿Cómo es posible

que mi agasajo fuese de tan poco valor y vuestra voluntad tan mudable

que, siquiera bien hallada en mis cariños, no hubiera echado algunas

raíces para a lo menos tener en la memoria cuántas veces os nombrasteis

mía, y yo me ofrecí por esclavo vuestro? Si las mujeres de calidad

dan mal pago, ¿qué se puede esperar de las comunes? Si acaso este

desdén nace de haber andado corto en serviros y regalaros, vos habéis

tenido la culpa, que quien os rindió lo poco os hubiera hecho dueño de

lo mucho, si no os hubiésedes retirado tan cruel que, aun cuando os

miro, no os dignáis favorecerme con vuestros hermosos ojos, como si

cuando os tuve en mis brazos no jurasteis mil veces por ellos que no me

olvidaríais.

Mirole doña Inés, admirada de lo que decía, y dijo:

—¿Qué decís, señor? ¿Deliráis, o teneisme por otra? ¿Cuándo estuve

en vuestros brazos, ni juré de no olvidaros, ni recibí agasajos, ni

me hicisteis cariños?; porque mal puedo olvidar lo que jamás me he

acordado, ni cómo puedo amar ni aborrecer lo que nunca amé.

—¿Pues cómo —replicó don Diego—, queréis negar que no me habéis

visto ni hablado? Decid que estáis arrepentida de haber ido a mi casa,

y no lo neguéis; porque no lo podrá negar el vestido que traéis puesto,

que es el mismo que llevásteis, ni lo negará fulana, vecina de en

frente de vuestra casa, que fue con vos.

Cuerda y discreta era doña Inés; y oyendo del vestido y mujer, aunque

turbada y medio muerta de un caso tan grave, cayó en lo que podía ser;

y volviendo a don Diego le dijo:

—¿Cuánto habrá eso que decís?

—Poco más de un mes —replicó él.

Con lo cual doña Inés acabó de todo punto de creer que el tiempo que el

vestido estuvo prestado a la misma mujer la habían hecho algún otro; y

por averiguarlo mejor dijo:

—Ahora, señor, no es tiempo de hablar más en esto; mi marido ha de

partir mañana a Sevilla a la cobranza de unos pesos que le han venido

de las Indias; por la tarde estaréis en mi calle, que yo os haré

llamar, y hablaremos largo sobre esto que me habéis dicho; y no digáis

nada a esa mujer, que importa encubrirlo de ella.

Con esto don Diego se fue muy gustoso por haber negociado tan bien,

cuanto doña Inés quedó triste y confusa.

Finalmente, su marido se fue a otro día, como ella dijo, y luego doña

Inés envió a llamar al corregidor, y venido le puso en parte donde

pudiese oír lo que pasaba, diciéndole convenía a su honor que fuese

testigo y juez de un caso de mucha gravedad; y llamando a don Diego,

que no se había descuidado, le dijo estas razones:

—Cierto, señor don Diego, que me dejasteis ayer puesta en tanta

confusión que si no hubiera permitido Dios la ausencia de mi esposo

en esta ocasión, que con ella he de averiguar la verdad y sacaros del

engaño y error en que estáis, pienso que hubiera perdido el juicio o

yo misma me hubiera quitado la vida; y puesto que tenemos ocasión tan

oportuna, os suplico me digáis muy por entero y despacio lo que ayer me

dijisteis de paso en la iglesia.

Admirado don Diego de sus razones, le contó cuanto con aquella mujer le

había pasado, las veces que había estado en su casa, las palabras que

le había dicho y las joyas que la había dado; a que doña Inés admirada,

satisfizo y contó cómo ese tiempo había estado el vestido en poder de

esa mujer, y cómo le había dejado en prenda una cadena, atestiguando

con sus criadas la verdad, y como ella no había faltado de su casa, ni

su marido iba a ninguna otra a conversación, antes se recogía con el

día, y que ni conocía tal mujer sino de verla a la puerta de su casa,

ni la había hablado, ni entrado en ella en su vida; con lo cual don

Diego quedó embelesado como los que han visto visiones, y corrido de la

burla que de él se hizo, y aún más enamorado de doña Inés que antes.

A esto salió el corregidor, y juntos fueron en casa de la desdichada

tercera que al punto confesó la verdad de todo, entregando algunas

de las joyas que le habían tocado de la partición, y la cadena, que

se volvió a don Diego, granjeando de la burla doscientos azotes por

infamadora de mujeres principales y honradas, y más desterrada por

seis años de la ciudad, no declarándose más el caso por la opinión

de doña Inés: con que la dama quedó satisfecha en parte, y don Diego

más perdido que antes, volviendo de nuevo a sus pretensiones, paseos

y músicas; y esto con más confianza, pareciéndole que ya había menos

que hacer, supuesto que la dama sabía su amor, no desesperando de la

conquista, pues tenía caminado lo más; y lo que le debió de animar

fue no creer que no había sido doña Inés la que había gozado, pues

aunque se averiguó la verdad con tan fieles testigos, y que la misma

tercera lo confesó, con todo debió de entender había sido fraude, y que

arrepentida doña Inés lo había negado, y la mujer de miedo se había

sujetado a la pena.

Con este pensamiento la galanteaba muy atrevido, siguiéndola, si

salía fuera, y hablándola, si hallaba ocasión; con lo que doña Inés

perseguida, ni aun a misa se dejaba ver del atrevido mozo, que con

la ausencia de su marido se tomaba más licencia que era menester;

de suerte que la afligida señora aun la puerta no consentía que se

abriese, porque no llegase su descomedimiento a entrarse en su casa;

mas, ya desesperada y resuelta a vengarse por este soneto que una noche

cantó en su calle, sucedió lo que luego se dirá.

Dueño querido, si en el alma mía

Alguna parte libre se ha quedado,

Hoy de nuevo a tu imperio la he postrado,

Rendido a tu hermosura y gallardía.

Dichoso soy desde aquel dulce día

Que con tantos favores quedé honrado,

Instantes a mis ojos he juzgado

Las horas que gocé tu compañía.

¡Oh, si fueran verdad los fingimientos

De los encantos que en la edad primera

Han dado tanta fuerza a los engaños!

Ya se vieran logrados mis intentos;

Si de los dioses merecer pudiera

Encantado gozarte muchos años.

Sintió tanto doña Inés entender que aún no estaba don Diego cierto de

la burla que aquella engañosa mujer le había hecho, en desdoro de su

honor, que al punto le envió a decir con una criada, que supuesto que

ya sus atrevimientos pasaban a desvergüenzas, que se fuese con Dios,

sin andar haciendo escándalos ni publicando locuras, y si no, que le

prometía, como quien era, de hacerle matar.

Sintió tanto el mal aconsejado mozo esto, que como desesperado, con

mortales bascas, se fue a su casa donde estuvo muchos días en la cama

con una peligrosa enfermedad, acompañada de tan cruel melancolía

que parecía querérsele acabar la vida, y viéndose morir de pena,

habiendo oído decir que en la ciudad había un moro, grande hechicero

y nigromántico, le hizo buscar y que se le trajesen, para obligar con

encantos y hechicerías a que le quisiese doña Inés.

Hallado el moro y venido a su presencia, se encerró con él, dándole

larga cuenta de sus amores tan desdichados como atrevidos, pidiéndole

remedio contra el desamor y desprecio que hacía de él su dama, tan

hermosa como ingrata. El nigromántico agareno le prometió que dentro

de tres días haría que la misma dama se le viniese a su poder, como lo

hizo, que como ajenos de nuestra católica fe no les es dificultoso, con

apremios que hacen al demonio, aun en casos de más calidad.

Pasados los tres días, vino y le trajo una imagen de la misma figura

y rostro de doña Inés, que por sus artes la había copiado al natural

como si la tuviera presente. Tenía en el remate del tocado una vela

de la medida y proporción de una bujía de un cuarterón de cera verde;

la figura de doña Inés estaba desnuda, y las manos puestas sobre el

corazón, que tenía descubierto, clavado por él un alfiler grande

dorado, a modo de saeta, y en lugar de la cabeza tenía una forma de

plumas del mismo metal, y parecía que la dama quería sacarle con las

manos, que tenía encaminadas a él.

Díjole el moro que en estando solo pusiese aquella figura sobre un

bufete y que encendiese la vela que estaba sobre la cabeza, que sin

falta ninguna vendría luego la dama, y que estaría el tiempo que él

quisiese mientras él no la dijese que se fuese; que cuando la enviase

no matase la vela, que en estando la dama en su casa se moriría por

sí misma; que si la mataba antes que ella se apagase correría riesgo

la vida de la dama; y asimismo que no tuviese miedo de que la vela se

acabase aunque ardiese un año entero, porque estaba formada con tal

arte que duraría eternamente, mientras que en la noche del Bautista no

la echase en una hoguera bien encendida.

Don Diego, aunque no muy seguro de que sería verdad lo que el moro le

aseguraba, contentísimo cuando no por las esperanzas que tenía a lo

menos por ver en la figura el natural retrato de su enemiga, con tanta

perfección y naturales colores que, si como no era de más del alto de

media vara fuera de la altura de una mujer, creo con ella olvidara el

natural original de doña Inés, a imitación del que se enamoró de otra

pintura y de un árbol.

Pagole al moro bien a su gusto el trabajo; y despedido de él, aguardaba

la noche como si esperara la vida, haciéndosele un siglo el tiempo

que tardó en recogerse la familia y una hermana suya, viuda, que tenía

consigo en casa y le asistía a su regalo; tal era el deseo que tenía

de experimentar el encanto. Recogida pues la gente, él se desnudó para

acostarse y dejando la puerta de la sala no más de apretada, que así se

lo advirtió el moro, porque las de la calle nunca se cerraban por haber

en la casa más vecindad, encendió la vela, y poniéndola sobre el bufete

se acostó, contemplando a la luz que daba la belleza del retrato.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 29 / 52 段