aquella señora con quien estaba daría licencia, que ella sería breve
y se podría luego volver; por lo que convencida Camila de esto, y de
los ruegos de la amiga con quien estaba, pasó a su casa, y viendo a la
dama que tenía echado el manto en el rostro, pareciéndole de calidad en
el traje y que era recato necesario tener cubierta la cara, creyendo
ser su venida a pedirle favor para con su suegro, sin reparar en más,
la tomó por la mano y se fue a sentar con ella en un estrado; a lo
cual el engañoso don Juan la dijo que se sirviese de oírla en parte
más oculta, para que supiese a lo que venía, que era caso de honor,
y se pudiese descubrir el rostro; y viendo esto Camila, se entró con
ella hasta la cuadra donde tenía la cama y sentáronse en el estrado
que estaba delante. Así como don Juan vio sentada a Camila, se levantó
y cerró la puerta con la misma llave que estaba en la cerradura, y
sacando una daga la dijo:
—A la primera voz que des, Camila, te tengo de esconder esta daga
en el pecho, y los que quedan allá fuera a tus criadas; pues sé bien
que hombres no los hay en tu casa, que son idos a caza con Carlos, tu
traidor esposo: mírame, y conóceme por don Juan de tal (pase así por
no nombrarle, que es muy conocido); no el que te enamoraba, como tú
juzgabas, cuando te hablaba y escribía en los festines, sino el que
deseaba vencerte, para que publicando tu flaqueza quedara vengada mi
desdichada hermana Octavia, a quien Carlos tu marido burló y deshonró
debajo de la palabra de esposo, a que faltó por casarse contigo, y
con su afrenta vengarme de la mía, y después matarle; mas pues fue tan
dichoso que tiene mujer que sabe guardar su honor más que mi liviana
hermana el mío, haga la fuerza lo que no ha podido la astucia.
Y así como esto dijo, teniéndole la daga puesta al pecho, tan junta que
aun matizó la punta con la inocente sangre de la desdichada dama, que
medio muerta del temor de ver la muerte tan cerca y de lo que estaba
escuchando, conociendo a su traidor amante, que ya tenía el rostro
descubierto, no tuvo fuerzas para defenderse, y si lo hiciera, estaba
ya tan resuelto y vencido del demonio, que la matara.
Cumplido don Juan su infame deseo, y viendo que Camila se había
desmayado, la dejó, y abriendo la puerta salió, no cubierto como entró,
sino echado el manto atrás y diciendo:
—Decidle a Carlos, vuestro dueño, que cómo, habiendo burlado a Octavia
y deshonrádome a mí, no vivía con más cuidado: que ya yo me he vengado
quitándole el honor con su mujer como él me lo quitó a mí con mi
hermana: que yo soy don Juan, hermano de Octavia, y ahora que se guarde
de mí, porque aún me falta tomar venganza en su vida, ya que la tengo
en su honor.
Y como dijo esto, sin atreverse las criadas a hablar, por verle la daga
y una pistola en las manos, se entró en la silla, y a los lados los
dos que venían con él caminaron a un convento de religiosos descalzos,
donde se ocultaron.
Acudieron las criadas a su señora, y halláronla mal compuesta y sin
sentido, corriendo sangre del piquete que la daga del traidor don Juan
le había hecho en los pechos; empezaron a dar voces, a las cuales
acudió la amiga que vivía en casa, que el senador no estaba en ella; y
sabido el caso, haciéndola remedios, volvió en sí tan desconsolada y
llorosa que daba lástima a quien la miraba, y no hallándose segura de
la ira de su esposo, aunque sin culpa, por no haber avisado a Carlos de
la pretensión del traidor don Juan y dádole los papeles que la había
escrito, aconsejada de la amiga y criadas, todas mujeres sin ánimo,
antes que Carlos y el senador viniesen tomó algunos dineros y joyas,
las que fuesen bastantes a alimentarla algunos meses, y una criada de
las que tenía, y se fue a un convento, debiendo a esto más la vida que
a su inocencia; porque encubrírselo a Carlos era imposible, por cuanto
el infame don Juan, como no lo había hecho con otro fin que el de
deshonrar a Carlos, lo iba publicando a voces por la casa y la calle.
Vino Carlos de su desdichada caza y halló en su cuarto a su padre
haciendo extremos de loco, y sabiendo ser la causa del desdichado
suceso de su casa, quedó peor que su padre: si bien el viejo senador
hablaba ya dislates, mas Carlos callaba, como el que tenía la culpa y
la pena en haberse asegurado de la disimulación de don Juan, culpando a
Camila de lo que ella por excusarse algún riesgo había callado.
Divulgose el caso por la ciudad, andando en opiniones la conducta de
Camila: unos decían que no quedaba Carlos con honor si no la mataba;
otros, que sería mal hecho, supuesto que la dama no tenía culpa, y cada
uno apoyaba su parecer.
Más de un año estuvo Camila en el convento y Carlos sin salir de su
casa, si bien tenía espías para saber si don Juan estaba en la ciudad;
mas él se debió poner en tal parte que era excusado buscarle; y si
bien todos los que le visitaban le consolaban con la poca culpa de su
esposa, y su padre, ya más reportado por no perderse, hacía lo mismo,
con todo Carlos no tenía consuelo.
Visitó el senador a Camila en el convento y este día fue de juicio,
según las lástimas que la dama hizo con él; quien, asegurado de su
inocencia y viendo la disculpa que daba de no haber avisado a su
esposo de la pretensión de don Juan, pareciéndole sería su recato,
retiro y aspereza bastante motivo para no poner a Carlos en ocasión de
perderse, trató con este que hiciese vida con su mujer, pues por parte
de ella no había sido su agravio, y poniéndose por medio el gobernador
y toda la nobleza de Milán, convino en ello.
Camila salió del convento, bien temerosa, aunque no culpada, y se vino
a su casa tan honestamente vestida que mientras vivió no se puso más
galas que las que sacó del convento, reducidas a un hábito de picote.
Pareció delante de Carlos con tanta vergüenza que apenas alzó los ojos
a mirarle, y él la recibió tan severo que no dio indicios de seguridad
alguna. Desconsuelo bien grande para Camila, y más cuando vio que
Carlos no consintió que comiese ni durmiese con él, ni hablaba con ella
más de lo que no podía excusar, con lo que Camila vivía mártir. Sus
ojos continuamente no enjutos de lágrimas, y como quien no tenía segura
la vida, confesaba muy a menudo en su oratorio, sin salir más a ver ni
ser vista de nadie, ni tampoco Carlos lo consintiera.
De esta suerte, y con esta vida, bien arrepentida de haber salido del
convento, vivió poco más de un año, al cabo del cual reinó en Carlos
el demonio y la dio un veneno para matarla; mas no le sucedió así,
porque debía de querer Dios que esta desdichada señora padeciese más
martirios, para darle en el cielo el premio de ellos; y fue el caso
que no la quitó luego el veneno la vida, mas hinchose toda con tanta
monstruosidad que sus brazos y piernas parecían unas gruesísimas
columnas y el vientre se apartaba una gran vara de la cintura; solo
el rostro no tenía hinchado. Nunca se levantaba de la cama, y en ella
estaba como un apóstol, diciendo mil ejemplos y dando buenos consejos a
sus criadas.
De esta suerte vivió seis meses, al cabo de los cuales, estando sola
en su cama, oyó una voz que decía: «Camila, ya es llegada tu hora». Dio
gracias a Dios porque la quería sacar de tan penosa vida. Recibió los
sacramentos y otro día en la noche murió para vivir eternamente.
Enterrada Camila, con gran pesar de su muerte en todos los que conocían
su virtud, Carlos, tomando dineros y otras joyas de valor, sin dar
parte a nadie, ni a su padre, ni llevar consigo ningún criado, se
desapareció una noche, con que dio a su padre bien desconsolada vejez
porque no tenía otro hijo ni hija, tanto que le obligó a casarse por
tenerlos.
Sospechose que Carlos había partido a buscar a su enemigo don Juan, si
acaso supo parte segura donde estaba, mas de ninguno de los dos se supo
jamás nueva alguna.
Octavia profesó, siendo la más dichosa, pues trocó por el verdadero
Esposo el falso y traidor que la engañó y dejó burlada.
Este caso me refirió quien le vio por sus ojos, y que no ha muchos años
que sucedió y me lo afirmó por muy cierto; y más os digo, que no se ha
disimulado en él más que la patria y nombre, porque aún viven algunas
de las partes en él citadas, como son Octavia y el senador, padre de
Carlos, casado y con hijos de su segundo matrimonio.
No tengo que decir a las damas otro desengaño mayor; que habiendo oído
el que he contado, ni las con culpa ni las sin culpa están seguras
de la desdicha, que a todas se extiende su jurisdicción; y si esta
desdicha la causan los engaños de los hombres, o su flaqueza, ellas
mismas lo podrán decir, que yo, como he dicho, si hasta ahora no
conozco los engaños, mal podré avisar con los desengaños.
Congojada y sonrojada acabó la hermosa Lisarda el pasado suceso, no
por faltarle caudal a su entendimiento, que le sobraba para mayores
desempeños, sino por huir de culpar de todo punto a los hombres en las
desdichas que suceden a las mujeres, por no enojar a don Juan; el cual
por alentarla la dijo:
—Cierto, bellísima Lisarda, que habéis tenido tanta gracia y donaire,
así en el desengaño que habéis dicho como en las reprensiones que a
las damas y caballeros habéis dado, que se puede desear, sin que seáis
enfadosa, que digáis mal, y tenerlo todos por favor.
—Lo cierto es —dijo doña Isabel—, que si como es este sarao
entretenido fuera certamen, la hermosa Lisarda merecía el premio. Mas
de mi voto digo que soy del parecer de Carlos, que no dejó Camila
de tener alguna culpa en callarle la pretensión de don Juan a los
principios, que con eso se avisara a Carlos, quien sabía el agravio de
su hermana.
—Eso fuera —replicó Lisis— si Camila supiera el amor de Carlos y
Octavia: pues aunque se murmuraba en la ciudad, Camila, como forastera,
no lo sabría; y no sé qué mujer habrá en el mundo tan necia que se
atreva a decir a su marido que algún galán la pretende, pues se pueden
seguir de eso muchos riesgos, y el mayor es a un hombre seguro de celos
despertarle para que los tenga y no viva seguro de su mujer, supuesto
que la fineza del amor es la confianza; pues aunque algunos ignorantes
dicen que no es sino los celos, lo tengo por engaño; que el celoso, no
porque ama más guarda la dama, sino por temor de perderla, envidioso
de que lo que es suyo ande en venta para ser de otro; y así no perdió
a Camila eso, pues creo que hizo como cuerda y honesta, pareciéndole,
como así fuera si el falso don Juan no buscara aquella invención
diabólica para su venganza, que su resistencia y recato la libraran del
deshonesto amor de don Juan.
No la perdió, como digo, sino la crueldad de Carlos, pues así como se
cansó de Octavia, siendo hermosa, y no teniéndola por propia, hastío
que empalaga a muchos, o a todos, también le cansaría Camila, y para
eso mejor fuera dejarla en el convento o divorciarse de ella, y no
después de haberle dado tan triste vida, quitársela.
El desengaño le da y le dará a muchas, pues como dice el señor don
Juan, mi prima Lisarda ha dado a todos documentos tan cuerdos que por
ello le doy las gracias.
Con esto que dijo la hermosa Lisis cesaron de ventilar la culpa y
disculpa de Camila, dando lugar a la linda doña Isabel que, acompañada
de los músicos, cantó este romance:
¿Adónde vas, dueño mío,
Que aquesos pasos que das,
Es dar heridas al alma,
Con que la dejas mortal?
Si eres tú mi propia vida,
¿Cómo es posible que vas
A ser mi propio cuchillo,
Sin mirar que es impiedad?
¡Cómo viviré sin ti!
Dime, ¿quién alegrará
Mis ojos, cuando, sin verte
Llenos de penas están?
¿Qué días serán los míos,
Llegando a considerar
Ajena toda el aldea
De tu suprema deidad?
Pues las noches... ¡ay de mí!
Amparadme, voluntad,
Que solo en su valentía
Tiene defensa mi mal.
Detente, mi amado dueño,
Mas no me quiero quejar,
Que no quiero detenerte,
Si con tu gusto te vas.
Mas con todo, tu partida
Muy apriesa es, buena está:
Si te vas, vete despacio,
Detente un poquito más.
Dame un día más de vida;
¡Ay ojos, cuáles estáis!
Pero si os falta la luz,
Gozad de la obscuridad.
Esto cantaba un amante
A su dueño, que se va,
Si no a perderle, a dejarle,
Que todo viene a ser mal.
Pues de todas suertes queda
Con un dolor inmortal,
Siendo su vista su vida,
Y su muerte lo demás.
Y así cantaba llorando:
¿Dónde vas?
Mira que cada paso
Es un puñal,
Con que a mi triste vida
Muerte das.
NOCHE TERCERA.
DESENGAÑO TERCERO.
LA INOCENCIA CASTIGADA.
A la última hora de su jornada iba por las cristalinas esferas el
rubicundo Apolo, recogiendo sus flamígeros cabellos por llegar ya con
su carro cerca del occidente, para dar lugar a su mudable hermana a
visitar la tierra, cuando los caballeros y damas de la pasada noche se
habían hallado en casa de la bien entendida Lisis, honrando la fiesta
de su honesto y entretenido sarao.
Estaban ya juntos en la misma sala, y no era pequeño favor haber
acudido tan temprano, porque desengañar y decir verdades está hoy tan
mal aplaudido, por pagarse todos más de la lisonja bien vestida que de
la verdad desnuda, que había bien que agradecerles; mas eso tienen las
novedades, que aunque no sean muy sabrosas, todos gustan de comerlas,
y por esa causa hubo esta noche más gente que la pasada, que unos a la
fama de la hermosa esclava, que ya se había transformado en señora,
y otros por la hermosura de las damas convidadas, por gozar de la
novedad, venían, aunque no sé si muy gustosos, por estar prevenidos de
que las desengañadoras, armadas de comparaciones y casos portentosos,
tenían publicada la guerra contra los hombres; si bien ellos viven tan
exentos de leyes que no las conocen si no son a favor de su gusto.
Tenían duda de que las segundas, que habían de desengañar a las damas
de los engaños en que viven, igualasen a las primeras, y deseaban ver
cómo salían de su empeño; aunque tengo por cierto que si bien estaban
estas, como las pasadas, determinadas a tratar con rigor las costumbres
de los hombres, no era por aborrecerlos sino por enmendarlos, para
que si les tocaba alguno no llevasen el pago que llevan las demás;
y no me espanto, que suele haber engaños tan bien sazonados que,
aunque se conoce que lo son, no empalagan, y aun imagino que cuando
más desengañan las mujeres entonces se engañan mejor: demás que mis
desengaños son para los que engañan y para las que se dejan engañar;
pues, aunque en general se dice por todos, no es para todos, pues las
que no se engañan no hay necesidad de desengañarlas, ni a los que no
engañan no les tocará el documento.
Quién ignora que habría esta noche algunos no muy bien intencionados a
quienes me parece los oigo decir: «¿Quién las pone a estas mujeres en
estos disparates? Porque enmendar a los hombres es lindo desacierto».
Veamos ahora a estas bachilleras, que no faltará ocasión de venganza;
y como no era fiesta en que se podía pagar un silbo a un mosquetero,
dejarían en casa doblado el papel y cortadas las plumas para vengarse,
mas también imagino que a las desengañadoras no se les daba mucho,
que diciendo verdades no hay que temer, pues pueden poner falta en lo
hablado tanto en verso como en prosa; mas en la misma verdad no puede
haber falta, como lo dijo Cristo nuestro Señor cuando dijo: «Si verdad
os digo, ¿porqué no me creéis?»
Que trabajos del entendimiento, el que sabe lo que es, lo estima, y el
que no lo sabe, su ignorancia le disculpa; como sucedió en la primera
parte de este sarao, que si unos le desestimaron, ciento le aplaudieron,
y todos le buscaron y le buscan, y ha gozado de tres impresiones, dos
naturales y una hurtada, que los bien intencionados son como la abeja,
que de las flores silvestres y sin sabor ni olor hace dulce miel; y
los malos, como el escarabajo, que de las olorosas hace basura.
Pues crean que aunque las mujeres no son Homeros con basquiñas y
enaguas, y Virgilios con moño, por lo menos tienen el alma, las
potencias y los sentidos como los hombres. No quiero decir el
entendimiento, que aunque muchas pudieran competir en él con ellos,
fáltales el arte de que ellos se valen en estudios; y como lo que
hacen no es más que una natural fuerza, es preciso que no salga tan
acendrado: mas esta noche no les valió las malas intenciones, pues en
lugar de vengarse se rindieron, que aquí se vio la fuerza de la verdad.
Salieron las desengañadoras siguiendo a Lisis, que traía de la mano a
doña Isabel, muy ricamente vestidas y aderezadas, y muy bien prendidas,
y con tantas joyas que parecía cada una un sol con muchos soles; y más
doña Isabel, que habiendo renunciado el hábito morisco, pues ya no era
necesario, su aderezo era costosísimo; tanto que no se podía juzgar qué
daba más resplandores, si su hermoso rostro o sus ricas joyas, que esta
noche hizo alarde de las que la pasada había dicho tenía reservadas
para los gastos de su religión.
Doña Isabel se pasó al lado de los músicos, y las demás con Lisis al
estrado, y la discreta Laura, su madre, que era la primera que había de
desengañar, al asiento del desengaño.
Admirados quedaron todos de tanta hermosura y gallardía: los que las
habían visto la noche antes juzgaron que en esta se habían armado de
nueva belleza, y los que no las habían visto, juzgando que el cielo
se había trasladado a la tierra y todos los ángeles a aquella sala,
pareciéndoles que con las deidades no se puede tener rencor, perdieron
el enojo que traían y decían:
—Aunque más mal digáis de nosotros, os lo perdonamos, por el bien de
haber visto tanta hermosura.
Pues sentadas las damas y sosegados todos, la hermosa doña Isabel
cantó sola este romance, que se hizo estando ausente el excelentísimo
señor conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, y mi señora la
condesa, su esposa:
Los bellos ojos de Atandra,
Claros y hermosos luceros,
Cuyo resplandor da al sol
Las luces con que le vemos.
De quien aprendió el amor
A matar con rayos negros,
Quitando a las flechas de oro
Valor y merecimientos.
Vertiendo sartas de perlas,
Que Manzanares risueño
Coge, para que sus ninfas
Adoren sus blancos cuellos.
Al tiempo que el alba hermosa
Deja del Titán el lecho,
La vi yo, y la vio el amor,
Por la ausencia de Fileno.
Aquel galán mayoral,
Digo de aquel sol, que siendo
Sol de este presente siglo,
Se pasó a ser sol del cielo.
Dejando púrpura y oro
Por el paño tosco y negro
Del patriarca Benito,
Cuyos pasos va siguiendo.
Tras aquestos resplandores
Se fue su amante discreto:
Que a los rayos de tal sol
Serán los suyos eternos.
Mirando al aurora, dice
La aurora de nuestro pueblo:
No goces, alba, tu esposa,
Cuando sin mi esposo quedo.
Llore la tórtola triste
La pérdida de su dueño;
Pues yo sin mi dueño amada
Ausente y sola padezco.
¿Adónde vas sin tu Atandra?
¿Cómo te cansó tan presta?
Eres hombre; no me espanto;
Mas no eres hombre, que miento.
Si eres deidad, necia soy,
Cuando de un ángel me quejo;
No me castigues, amor,
Pues ya ves que me arrepiento.
Vuelve, Fileno, a mis brazos,
Mira las penas que tengo,
Deja al sol, que tú eres sol
En su claro firmamento.
Si como luna recibo
De tu esplendor rayos bellos,
O vuelve a darme tu luz,
O tu luz iré siguiendo.
Dijo, y corriendo el aurora
La cortina el claro Febo,
Porque entraron sus zagales,
Puso a sus quejas silencio.
Las ninfas de Manzanares,
Que escuchándola estuvieron,
Al son de acordadas liras
La cantaron estos versos.
Enjugad, Atendra,
Vuestros soles negros,
Que señala tristeza
Si llora el cielo.
Sol es vuestro amante,
Ya venir lo vemos,
Pues vos sois su oriente
Al oriente vuestro.
Si de esa belleza
El divino extremo
Le cautivó el alma,
Y aprisionó el cuerpo.
No juzguéis su amor
Tan corto y pequeño,
Que no alargue el paso
Acortando el tiempo.
No deis a esos soles
Tantos desconsuelos,
Que señala tristeza
Si llora el cielo.
Con graves y dulces ecos se alabó la música, admirando los que no
habían visto a la linda doña Isabel la hermosura y el donaire,
dejándolos tan enamorados como suspensos, no sabiendo qué lugar le
podían dar, sino décima musa; y si habían entrado con ánimo de murmurar
y censurar este sarao, por atreverse en él las damas a ser contra los
hombres, se les olvidó lo dañado de la intención con la dulce armonía
de la voz y la hermosa vista de su belleza, perdonando, por haberla
visto, cualquiera ofensa que recibiesen de las demás en sus desengaños;
y viendo Laura la suspensión de todos, dio principio de esta suerte:
—Viví tan dulcemente engañada el tiempo que fui amada y amé, de que
me pudiese dar la amable condición de mi esposo causa para saber y
especificar ahora desengaños, que no sé si acertaré a darlos a nadie.
Mas por ciencia alcanzo, pues de experiencia estoy muy ajena, que hoy
hay de todo, engañadas y engañados, y pocos o ningunos que acierten
a desengañarse; y así, las mujeres se quejan de sus engaños y los
hombres de los suyos; y esto es porque no quieren dejar de estarlo;
porque paladea tanto el gusto esto de amar y ser amados que, aunque los
desengaños se vean a los ojos, se dan por desentendidos y hacen que
no los conocen: si bien es verdad que los que más se cobran en ellos
son los hombres, que como el ser mudables no es duelo, se dejan llevar
tanto de esta falta que dan motivo a las mujeres para que se quejen, y
aun para que se venguen; y han elegido una venganza civil, y que fuera
tanto mejor vengarse en las vidas que no en las honras, como de quedar
ellas con nombre de valerosas y ellos con el castigo que su mudable
condición merece; porque no puedo imaginar sino que el demonio las ha
propuesto este modo de venganza de que usan las que lo usan; porque,
bárbara, si tu amante o marido te agravia, ¿no ves que en hacer tú lo
mismo te agravias a ti misma, y das motivo para que si es marido, te
quite la vida, y si es amante, diga mal de ti? No seas liviana, y si lo
fuiste, mata a quien te hizo serlo y no mates tu honra.
De esto me parece que nace el tener los hombres motivo para decir mal
de las mujeres; demás que como ya los hombres se precian de mudables,
fuerza es que para seguir su condición busquen las comunes, y creo
que lo hacen de propósito para hallar ocasión para dejarlas; pues
claro está que las hallarán a cada paso, porque no quieren seguir otro
ejercicio y les sabe mejor pasear que no hilar.
¿Quién duda que a cada paso les darán ocasión para que varíen? Y así,
por esta parte a todos los culpo y a todos los disculpo: por lo que no
tienen los hombres disculpa es por el hablar licenciosamente de ellas,
pues les basta su delito sin que ellos se le saquen a plaza, y lo peor
es que se descuidan y las llevan a todas por un camino sin mirar cuánto
se desdoran a sí mismos, pues hallaremos pocos que no tengan mujer o
pariente o conocida a quien guardar decoro, pues ni de lo malo se puede
decir bien, ni de lo bueno mal; mas la cortesía hará más que todo,
diciendo bien de todas; de unas, porque son buenas, y de otras, por no
ser descorteses.
¿Quién duda, señores caballeros, que hay mujeres muy virtuosas, muy
encerradas y muy honestas? Direisme: ¿Adónde están? Y diréis bien,
porque como no las buscáis, no las halláis, ni ellas se dejan buscar
ni hallar, y hablan de las que tratan y dicen cómo les va con ellas; y
así, en lugar de desengañar, quisiera aconsejar y pedirles que aunque
sean malas, no las ultrajen, y podrá ser que así las hagan buenas; y
en verdad, hermosas damas, que fuera cosa bien parecida que no hubiera
hombres muy nobles, muy sabios, muy cuerdos y muy virtuosos: cierto es
que los hay, y que no todos tratan engaños ni hablan desenfrenadamente
contra las mujeres, y de los que lo hacen digo que no le está a un
hombre tan mal obrar mal como hablar mal, que hay cosas que son mejores
para hechas que para dichas.
De suerte que, honrando y alabando a las damas, restauran la opinión
perdida, pues tanto cuesta lo uno como lo otro, y lo demás es bajeza;
y las damas sean cuerdas y recogidas, que con esto no habrán menester
desengaños; que quien no se engaña no tiene necesidad de desengañarse.
Los ríos, los prados, las comedias no son para cada día, que se rompen
muchos mantos y vale cara la seda; véndanse a deseo, y verán como ellas
mismas hacen buenos a los hombres.
En cuanto a la crueldad, no hay duda de que está asentada en el corazón
del hombre, y esto nace de la dureza de él; y pues ya este sarao se
empezó con dictamen de probar esto y avisar a las mujeres para que
teman y escarmienten, pues conocen que todo cae sobre ellas, como se
verá en este desengaño, digo así:
En una ciudad cerca de la gran Sevilla, que no quiero nombrarla porque
aún existen deudos muy cercanos, vivió don Francisco, caballero
principal y rico, casado con una dama su igual hasta en la condición.