pudiesen dar alivio a sus penas; porque don Juan, o de celoso, o mal
intencionado, el día que iba a misa no se quitaba de su lado; que otras
visitas no se las dejaba hacer: con que Carlos estaba desesperado y
Octavia perdía el juicio; hasta que sucedió que en una casa de juego,
sobre jugar una suerte mató a un caballero principal de la ciudad, y
queriéndole prender por ella se escapó y retiró a un convento, viendo
que si le prendían no le iría muy bien, respecto de traerle ya sobre
ojo la justicia por sus travesuras; y desde allí avisó por un papel
a su hermana que, deshaciéndose de algunas cosas de casa, le juntase
el dinero que pudiese para ponerse a mejor recaudo; porque le habían
avisado trataban de sacarle de la iglesia; que en llegando a Nápoles,
donde quería irse, la avisaría o enviaría por ella, dándola asimismo
media docena de documentos de lo que había de hacer en su ausencia,
quien los pudiera también tomar para él.
Así se hizo como él pidió, supliéndolo todo Carlos porque Octavia no
se deshiciese de sus joyas, y con todo secreto fue a ver a su hermana,
y despedido de ella, se pasó al reino de Nápoles, quedando Carlos con
la ausencia de don Juan por dueño de la casa de Octavia, entrando y
saliendo de ella sin ningún recato, restaurando los gustos perdidos
con tantos excesos que ya le vinieron a cansar, dando lugar a que toda
la ciudad lo murmurase, y a que todas las señoras amigas de Octavia se
retrajesen de su comunicación, por estar su fama tan oscurecida.
Más de dos años pasaron de esta suerte, pues aunque Carlos se hallaba
ya achacoso de la voluntad, no se atrevía a declararse de todo punto
con Octavia, si bien ella vivía ya menos segura de que Carlos la
cumpliese la palabra, conociendo en su tibieza su desdicha, porque no
le veía con tanta puntualidad ni la trataba con el cariño que antes.
Si muchas noches faltaba al lecho y a las lágrimas que Octavia vertía,
y a las bien entendidas quejas que le daba, él ponía por excusa a su
padre, diciendo que le reñía porque salía de casa de noche; y si ella
le hablaba en razón del casamiento, la respondía que si le quería ver
destruido y muerto a manos de su padre: y aunque Octavia le suplicaba
que por excusar la ofensa a Dios se casasen en secreto, la decía que
si era él persona que cuando llegase la ocasión se había de casar así.
Avivó con estas cosas la desconfianza de Octavia, dándose por perdida
y dudando de la poca fe de Carlos; martirizaba sus ojos y ajaba su
hermosura, mientras Carlos estaba cada día más desapasionado.
¡Ah, qué se les pudiera decir ahora a los hombres, infamando a Carlos
de engañador, de falso y mal caballero!; ¡y quién pudiera afear a
Octavia su flaqueza, para que las damas, viendo reprender a Octavia,
mirasen lo que habían de hacer!; mas este desengaño se lo está diciendo
por mí; fíense, fíense, que al cabo se hallarán como Octavia se halló,
sin esposo, sin honor y aun sin amante, que Carlos aun de serlo estaba
arrepentido.
Carlos no alcanzaba, y se desesperaba: Carlos alcanzó, y se arrepiente:
y es lo peor que este Carlos debió de procurar muchos Carlos, que
aunque en todos tiempos los ha habido, y hoy lo son todos y todas son
Octavias, ni ellos se arrepienten de serlo ni ellas tampoco, cayendo
cada día en los mismos hoyos que cayeron los pasados.
Ya, en fin, Carlos, cansado de Octavia, no le parecía tan hermosa
ni le agradaba su asistencia, ni le descuidaba su cuidado; y como
naturalmente se enfadaba de ella, todo le enfadaba; la asistencia era
poca, los cariños eran menos: ya se descuidaba del ordinario sustento,
y si se le pedía, ponía ceño; de manera que Octavia se halló en el
estado de aborrecida sin saber cómo; y si bien conocía los lazos que
en otro tiempo tenían preso a su desconocido dueño, ya los ponderaba
dogales para el cuello, y disimulaba cuanto podía por no acabar de
perderle.
¡Ah, desdichadas mujeres, que el mismo martirio conserváis por no
perderle! ¡Dichosas muchas veces las que, libres de tal mal, conserváis
la vida en quietud, sin estar agradando un tirano que cuando más propio
le tenéis más perdido!
Finalmente, Carlos aborreció a Octavia, y estaba tan cansado de ella
que se pasaban los dos y los tres días sin verla; y si la veía era a
fuerza y con poco aliento; y de todo no tenía culpa su padre, que él no
la tenía de todo punto, porque aunque eran ya estos amores tan públicos
que ni él ni nadie los ignoraba, y le reprendía como padre, y pudiera
por esta parte no acudir a ellos, no era tan a menudo que le estorbase
lo que él mismo, con el poco gusto que tenía, se estorbaba.
Sucedió, pues (que cuando las desdichas han de venir, no faltan acasos
que alienten), que en Navarra murió un caballero, amigo del senador,
padre de Carlos, y le dejó por testamentario y tutor de una sola hija
que tenía, llamada Camila, de edad de veinte años, medianamente hermosa
y sumamente rica: si bien la mayor riqueza de Camila era la virtud, que
sobre ser honesta y virtuosa criatura, su entendimiento y demás gracias
eran grandes.
Pues como el senador vio la ocasión, aplicó luego tal joya para su
hijo, y como lo pensó lo quiso efectuar; y llamándole a solas se lo
comunicó, engrandeciendo las prendas de Camila y el acierto que en
que fuese su esposa se hacía, añadiendo a esto afearle la amistad de
Octavia y diciéndole lo mal que parecía en Milán, aunque la estimase
por amiga, cuanto y más tomarla por esposa, pues una mujer que se
había rendido a él, ¿qué confianza podía tener que no se rindiese a
otro?, y que la hermosura de todos era apetecida; añadiendo a eso que
si no ponía remedio en ello, dotándola para que se casase o entrase
religiosa, admitiendo la esposa que le proponía, que con la potestad
que tenía de juez haría en ella un ejemplar castigo, desterrándola de
Milán públicamente por inquietadora de su casa.
Como Carlos ya no amaba a la desdichada Octavia, dando las disculpas
a su padre convenientes y asegurándole pondría en orden su vida, y
haciendo que Octavia se entrase en un convento, aceptó el casamiento
de Camila, aficionándose, como mudable, de la nueva dama que esperaba
tener por suya.
Y porque Octavia no le impidiese mediante la palabra que delante de
testigos la había dado, añadió un engaño a otro. Fue a ver a Octavia,
fingiéndose muy triste; y la afligida dama, como le quería y siempre
estaban colgados sus ojos de su semblante, y le vio algunas ternezas en
ellos, o falsedades, por no mentir, y dar algunos congojosos suspiros,
sintiendo más su pena que él mismo, empezó a temer, y más viendo que
Carlos, sin rogárselo, como muchas veces la había sucedido, porque
después que la había aborrecido si no era a fuerza de lágrimas no
podía alcanzar tal favor, se desnudó y puso en el lecho, haciendo ella
lo mismo, para que en aquel amoroso potro confesase, apretado de los
lazos que le pusiese al cuello, que no era menester apretarlo mucho,
porque él tenía voluntad de decirlo, pues de industria se mostraba tan
afligido. Al fin, con amorosas caricias le dijo:
—No sé qué me tema, oh Carlos y señor mío, de lo que veo en ti esta
noche, y de tus suspiros en el pecho y lágrimas en los ojos, y que
no paras conmigo. La pena que causa esta novedad, a la cuenta yo soy
quien te la da; y si es así, cree que será con ignorancia y no de
malicia; y entender lo contrario será en ti falta de conocimiento y
aun de voluntad; porque si de mí entendiera que pendía ni aun con el
pensamiento ofenderte, antes que tú llegaras a saber mi delito me le
castigara yo quitándome la vida; y supuesto esto, si quieres que yo más
justamente te ayude a sentir lo que sientes, comunica conmigo tu pena y
sácame de tanta confusión, que me tienes ahogada en temores y sepultada
en sospechas.
No aguardaba más el engañoso Carlos, y así, fingiendo mayores ahogos y
más apretados sentimientos, la respondió:
—Mucho me pesa, Octavia mía, que juzgues que es mi pena por
desaciertos tuyos; que si alguna cosa me obliga a adorarte y estimarte,
es tu cordura y honestidad, pues con ser tu hermosura tanta, es más
que tu hermosura, pues si ella me enamoró, tus virtudes me cautivaron;
y cree que aunque eres tú la causa de mi sentimiento, no eres tú,
supuesto que no tienes más culpa en ella sino por ser desgraciada y no
haber nacido rica, ocasión para que mi padre te aborrezca y yo no me
atreva a decirle que eres mi esposa; y para no darte la purga en taza
dorada, sino que la bebas de una vez, mi padre ha sabido de hecho todos
nuestros amores y la asistencia que tengo en tu casa, la continuación
con que te asisto, y rematadamente le han dicho que me quiero casar
contigo, que le gasto la hacienda y otras cosas en que se adelantó la
lengua traidora que se lo dijo; que a saber yo de quién era, la hubiera
sacado del lugar donde se halla.
Él está, como padre, enojado; y como juez, airado, y como viejo avaro
sin paciencia ha jurado te ha de prender, y por inquietadora de la
ciudad y de su hijo desterrarte públicamente, añadiendo que hará buscar
a tu hermano, cuando esto no baste, y le obligará con decirle tus
flaquezas a que te dé el merecido castigo. No me atreví, según le veía,
a declararle la verdad, ni tampoco a casarme luego, por no agravar más
el caso ni provocarle a más cólera, porque si ahora, en duda, es su ira
tanta, ¿qué será si lo tuviese por verdad? Tengo por sin duda que a
entrambos nos quitara la vida.
Esta es mi confusión y tristeza, porque sé cuán aprisa se ejecutará
lo que ha dicho: aquí estoy contigo, y te tengo en mis brazos, y te
estoy llorando ausente y desterrada con tanta afrenta, o en poder de
la ira de tu hermano, adonde corre riesgo tu vida y la mía: ahora que
lo sabes, mira si con tu divino entendimiento hallas salida a tantas
desdichas como se nos aparejan, pues claro es que pasándolas tú, son
tan mías como tuyas.
En gran espacio no pudo responder Octavia a Carlos, temiendo, como
flaca mujer, el daño que la amenazaba, no sospechando de Carlos cautela
ninguna, viéndole con tan tiernos sentimientos; mas, cobrándose de la
pasión que tenía, le respondió, desperdiciando hermosas perlas:
—¡Ay, Carlos, y qué de días ha que ha temido y teme esto mi triste
corazón! Y cuando te rogaba con tantas ansias que me hicieras de todo
punto dichosa, no era por temer que me habías de faltar a la palabra
dada, sino por escapar de esta tempestad con honor, y tú creías que
era desconfianza de tu amor; que si estuvieras casado conmigo, a lo
hecho ¿qué podía hacer tu padre?, pues no aventuraba a perder más de
los bienes de fortuna, que en lo demás no le debo nada. Pedirte en el
riesgo que lo hagas es excusado, pues el que no lo hizo en la bonanza
de la paz mucho menos se puede esperar lo hará en la tempestad de
la guerra; y así, no trato de nada más de huir de la fortuna que me
amenaza, fiada en que obrarás como cristiano y como buen caballero.
Mira tú ahora dónde será bien esconderme del rigor de tu padre, y si
será a propósito salirme de Milán por algunos meses u ocultarme en casa
de algún deudo mío.
—No, Octavia mía, no —dijo entonces el cauteloso Carlos—; salirte
de la ciudad es muy a costa mía, que no podrán mis ojos, enseñados a
mirar tu belleza, vivir sin ella: en casa de ningún pariente, tampoco,
porque yo no he de dejar de entrar a verte, y dos veces que sea notado
de las espías que me ha de poner mi padre, no hallándote a ti cuando te
busque, ha de correr el mismo peligro: lo que me parece más a propósito
es entrarte en un convento, y que lleves a él tu hacienda y criadas, y
te estés allí algunos meses en tanto que a mi padre se le pase la ira,
que viéndote a ti en clausura y a mí obediente, no le durará mucho, que
al fin es padre y hará como tal; que cuando yo te saque de él para mi
esposa, podrá ser estén las cosas de otra manera: allí te veré todos
los días, y te iré dando joyas y dineros para que, pues la codicia de
mi padre es tanta, no obstante que a ti la riqueza de tu hermosura te
bastara, tengas con que hartarla y satisfacerla.
Concedió Octavia en lo que ordenó Carlos; y no fue mucho que la
engañara, según él lo sabía ponderar, y haciéndola mil caricias y
prometiéndola de nuevo ser su esposo, se despidió de sus brazos con
caudalosos ríos que vertían sus ojos.
Llegó el día, y con él se dispuso todo, de suerte que antes de la noche
ya Octavia estaba en el convento y Carlos libre de su embarazo, quien
avisando a su padre como ya Octavia estaba en religión, se efectuó el
casamiento con Camila, partiéndose el senador mismo a Navarra por ella.
Más de un mes se pasó en disponer las cosas para la boda, visitando
en este tiempo cada día a Octavia con tantas finezas y agasajos que,
como la dama había visto en él tantos despejos desde que la había
aborrecido, y ahora le juzgaba tan amante, daba por bien empleada su
reclusión.
Regalábala mucho y dábala joyas de valor, que ella tomaba creyendo que
era para la causa que le había dicho, que era aumentar su dote; mas
Carlos iba con otra intención, porque como no se había de casar con
ella, quería de este modo satisfacer a su obligación, para que, cuando
Octavia supiese que se había casado, no lo sintiese tanto, viéndose
rica para tomar otro estado, imaginando que con el oro doraría la falta
de su fama.
¡Quién hiciera esta traición sino un hombre! Mas quiero callar, que el
mismo suceso dice más de lo que yo puedo expresar.
Llegose el día deseado de Carlos, ya nuevamente enamorado de Camila,
que aunque no muy hermosa, el trato y ser ropa nueva le hacía
apetecerla. Tenía Camila la belleza que ha de tener la propia mujer,
pues más en las virtudes que en hermosura ha de florecer; demás que
no era tan fea que pudiera por esto ser aborrecida, y cuando lo fuera
la hiciera hermosa más de cincuenta mil ducados que tenía de dote, y
deseaba ya Carlos verse dueño de todo.
Desposose y velose Carlos con mucho gusto y grandes fiestas, olvidando
de todo punto la obligación de Octavia. Pasados dos o tres días en las
ocupaciones dichas, ya más moderados los alientos de desear, con haber
gozado de su esposa y tenerla ya, como suya, menos apreciada; pues como
dijo un galán que otro día después de haberse casado estaba triste, y
siendo preguntado si estaba arrepentido, respondió: «¿Pues quién ignora
que no fuera casamiento si no lo estuviera?»
En fin, como digo, acordose Carlos de Octavia, y que era fuerza
desengañarla: como él no pensaba verla más, la escribió un papel que
decía así:
«Cuando los sucesos están dispuestos del cielo, ni sirve desearlos
ni pretenderlos: que fueses, hermosísima Octavia, mía, y yo tuyo,
se ve que no lo estaba, pues permitió otra cosa. Sabe Dios lo que
siento el desengañarte, mas, pues no puede ser menos, mayor crueldad
será tenerte engañada que haberte trocado por otra: mi padre me ha
casado con una señora de la calidad y nobleza que sabrás tiene mi
esposa Camila, demás de haber juntado a mi hacienda cincuenta mil
ducados, de que soy dueño, y tú también, si quieres serlo, pues todo
estará a tu voluntad si quieres usar de ella como de tu entendimiento
espero: ya no sirven lágrimas ni desesperaciones, porque lo hecho
no tiene remedio; el tuyo deseo, como quien te ha querido tanto; y
así, te suplico pongas la mira en el estado que gustes elegir. Es
cierto que por mi gusto el de religiosa te suplico que admitas; yo te
ayudaré con mi persona y hacienda, y excusarasme con esto la pena que
recibiré en ver la belleza que ha sido mía en poder de otro dueño.»
Había pasado Octavia los días que Carlos había faltado muy angustiada,
no pudiendo imaginar la causa, y más no atreviéndose a enviar a saber
de Carlos por el peligro que temía, y así que recibió el papel, bien
asustada le abrió, le leyó, y viendo en él la sentencia de su muerte
en la burlada fe de Carlos, se cayó tan amortecida que, por más
remedios que la hicieron, no volvió en sí en muchas horas; y ya que fue
restaurada en sus sentidos, hacía tales extremos y cosas como pudiera
hacer una mujer loca; y sin duda se quitara la vida si las criadas y
religiosas la dejaran sola.
En fin, algo más quieta, de allí a dos días despachó a Nápoles un
propio con una carta a su hermano, diciéndole en ella que sin temor de
ningún peligro se viniese luego a Milán, que tenía necesidad de él para
cosas tocantes a su honor, avisándole dónde estaba para que se viniese
allí derecho. Leída la carta por don Juan, al punto se puso en camino.
Licencia me daréis, señores, para que me admire, en este desengaño en
que pondero los engaños de los hombres, de la ira de una mujer; mas
también me la darán estos mismos para conocer que de la cautela de los
hombres nacen las iras de las mujeres, y que por una que procuraba
venganza hay mil que no la toman de sí mismas; pues yo aseguro que si
todas vengaran las ofensas que reciben como Octavia hizo, no hubiera
tantas burladas y ofendidas; mas hay tantas mujeres de tan común estilo
que la venganza que toman es, si las engaña uno, engañarse ellas con
otro, con que dan lugar a aquel que pudiera temer ultraje a que salga
bien de cualquier empeño.
¡Oh, qué mal tiempo que alcanzamos donde tienen por venganza la
deshonestidad y el vicio! ¡Cuánto más acierto fuera que a la que le
faltan manos para vengarse, dejara al cielo su causa, que él volviera
por ella! ¡Ay, hombres, y cómo sois causa de tantos males! Porque
ya no hallados con las comunes, buscáis y solicitáis las recatadas
y recogidas, y si las vencéis, las dais ocasión o para que sean tan
comunes como las demás o que hagan lo que Octavia hizo.
No se dejara vencer Octavia si Carlos no la combatiera a todo riesgo:
no se engañara Octavia si Carlos la desengañara; ni Octavia buscara
venganza si no la burlara Carlos: pues tenga Octavia ira y pague Carlos
tan mal trato, que todo lo merece, pues no faltando en Milán mujeres
sin obligaciones con quien pudiera entretenerse, se puso a solicitar,
vencer y engañar la que las tenía.
Paréceme que este desengaño tanto es para los hombres como para las
mujeres; pero quédese aquí, que me parece que ya don Juan ha venido y
hay mucho que decir.
Llegó don Juan al convento donde estaba su hermana, y después de los
recibimientos de ausencia tan larga, que ella aplaudió con lágrimas, la
preguntó la causa de estar allí y no en su casa, como la había dejado:
a que satisfizo Octavia contando su desdicha y poniéndole el papel de
Carlos en las manos, pidiéndole de más a más venganza de sus agravios.
Ya he dicho la inclinación de don Juan, más ajustada a travesuras y
desgarros que a prudencia; mas en esta ocasión pareció que degeneró
algo de su mismo ser, porque reportando el furor que tal suceso era
fuerza le causase, con palabras entre airadas y cariñosas respondió a
su hermana que tratase, pues había sido loca y liviana, de tomar el
hábito y ser religiosa, pues no había otro remedio si no quería perder
la vida a sus manos: que lo demás lo dejase a él, que no se quedaría
Carlos alabando de la burla.
Después trató por medio de amigos y deudos de su padre, y de joyas de
valor que le dio su hermana, pues ya no las había menester porque a
otro día tomó el hábito de religiosa, de ajustar la muerte que había
hecho y por la que se ausentó de Milán: que habiendo dineros y favores,
no fue dificultoso; de manera que antes de un mes se vio libre,
paseando por la ciudad.
No se aseguró mucho Carlos cuando supo la repentina venida de don Juan,
y más viéndole libre; y sabiendo que Octavia era ya monja, por medio
de algunos amigos había procurado aquietarla, ofreciéndola lo que
hubiese menester para su nuevo estado.
Mas Octavia jamás se dejó ver de ninguno, con que Carlos quedó menos
seguro: mas como veía a don Juan con el descuido que andaba y que le
hablaba y trataba con familiaridad de amigo, se sosegó; aunque no dejó
de traer dos pistolas en sus faltriqueras, y los criados que andaban
con él de la misma suerte; mas parecíale que Octavia no le debía de
haber dicho nada, fiándose en el amor que le tenía.
Él pensaba esto y don Juan su venganza, que si la tomara, como era
razón, en quien le había hecho el agravio, nadie le culpara; mas
vengose de la culpa de Carlos en quien no la tenía: de suerte que
hasta en la satisfacción del honor de su hermana fingió sus traviesas
inclinaciones, y así pensó una traición que solo se pudiera hallar en
un bajo y común hombre, y no de la calidad que don Juan era; y fue que
propuso quitarle a Carlos el honor con Camila, como este se le había
quitado a él con Octavia.
Miren qué culpa tenía la inocente: será para vengarse en ella de su
marido; pues si Octavia quedó burlada de Carlos, ya Octavia no estaba
sin culpa, pues se dejó vencer del amor de Carlos, fiada solo de una
palabra falsa que le dio. Mas Camila honesta, Camila cuerda, Camila
recogida y no tratando sino de servir a su marido, se quiere vengar en
Camila. ¡Oh, pobre dama, y cómo tú sola pagarás los yerros de Octavia,
los engaños de Carlos y las traiciones de don Juan!
Ya he dicho el uso y costumbre de aquellos reinos, que son los festines
que unos días se celebran en unas casas y otros en otras, y que es
permitido a las damas, casadas y doncellas, y aun las viudas, el ir a
ellos, y a los caballeros, con máscaras y sin ellas, entrar y sacar
a danzar la dama que les parece, y en los asientos, si caen junto a
ellas, hablar, y ellas no extrañar el agasajar con ellos.
Pues como Camila era recién casada, si bien su condición no era de las
más esparcidas, a petición de sus parientas y amigas, y a ruego de
su esposo, iba a muchos o a todos; y don Juan, que no se descuidaba,
avisado de los en que podía ver a Camila, entraba en ellos con galas
y trajes costosos, que para todo había en lo que Carlos había dado
a Octavia, luciendo en él más que en otro, por tener gallardo talle
y buen rostro, no faltándole lo entendido y airoso: así se supiera
aprovechar para obrar bien de ellos.
Empezó a enamorar a Camila con aquello de lo rendido, afectuoso y
tierno, acreditándose de amante con suspiros y elevaciones, de que
saben muy bien los señores hombres el arancel, pues para tales engaños
son muy diestros: y cuando podía tomaba lugar donde pudiese hablar
a Camila, celebrar su talle y hermosura, engrandeciendo la dicha de
haber merecido verla; y la que no podía ser esto, hacía por sacarla a
danzar, y en tal ocasión la requebraba y galanteaba; mas a todo Camila
no respondía palabra, gustando más bien acreditarse de necia que de
deshonesta; si bien no se atrevía a negar el salir a danzar porque no
la sacrificasen por melindrosa.
Lo que hacía era excusarse de ir a ellos la vez que sin nota podía
ejecutarlo; mas cuando los ruegos de las amigas y parientas pasaban a
importunación, y por este caso a mandárselo su esposo, era fuerza no
negarse a ellos, y de esta suerte vino don Juan en varias ocasiones
a ponerle en la mano cuatro o seis papeles bien notados, y no mal
escritos, que la dama recibió, no por gusto, sino por no dar nota,
de los cuales no se puede decir lo que contenían, porque la discreta
Camila, por lo dicho, los recibía y no los leía; antes sin abrirlos los
hacía pedazos, y al último, ya cansada, le reprendió de su atrevimiento
con palabras severas y crueles amenazas; y viendo que no era posible
que se aquietase, desistiendo de tal locura, se excusó de todo punto de
ellos, y aun de salir de su casa, si no era que fuese con ella Carlos,
a quien no dio cuenta del caso por excusarle el riesgo. Pues viendo
el mal aconsejado don Juan que por vía de amor no podía salir con su
intención, mudó de intento, y procuró con engaño aprovecharse de la
fuerza, y consiguiolo del modo que ahora diré.
Un día que supo que Carlos era ido a caza con sus criados y varios
amigos, se puso un vestido de los mejores que tenía su hermana, y
tocándose y componiéndose de suerte que pudiese parecer mujer, se
entró, cubierto con su manto, en una silla y se hizo llevar a casa de
Camila, llevando consigo dos amigos de su parcialidad que le hiciesen
resguardo; y llegando a la puerta del cuarto en que la dama vivía, bajo
y distinto del que el senador habitaba, preguntó por ella, diciendo la
quería hablar para un negocio de importancia: y le respondió una criada
que estaba en otro cuarto en la misma casa a visitar una amiga que
vivía en él.
A lo que replicó don Juan le dijesen que estaba allí una señora
principal, que necesitaba de hablarla para un caso de mucho riesgo;
y aunque al pronto lo rehusó la criada, por fin lo hubo de hacer, y
dicho el tal recado a Camila respondió que estaba en visita y que sería
descortesía dejarla, que volviese otro día.