poniéndome por delante quién era, lo mal que me estaba; y que si hasta
entonces por reducir y seguir a don Manuel lo había hecho, ya era
excusado seguir una vida tan vil; mas viendo que no podía reducirme,
quizá por permisión del cielo, que me quería traer a esta ocasión, me
sacó a la plaza, y de los primeros que llegaron a comprarme fue el tío
de mi señora Lisis, que aficionado, o por mejor decir enamorado, como
pareció después, me compró, pagando por mí cien ducados; y haciendo
a Octavio merced de ellos, me despedí de él, y él se apartó de mí
llorando, viendo cuán sin remedio era ya el verme en descanso, pues yo
misma me buscaba los trabajos.
Llevome mi señor a su casa y entregome a mi señora doña Leonor, la
cual poco contenta, por conocer a su marido travieso de mujeres,
quizá temiendo de mí lo que le debía de haber sucedido con otras
criadas, no me admitió con gusto; mas después de algunos días que me
trató, satisfecha de mi proceder honesto, admirando en mí la gravedad
y estimación que mostraba, me cobró amor, y más cuando viéndome
perseguida de su marido, se lo avisé, pidiéndole pusiese remedio en
ello, y el que más a propósito halló fue quitarme de sus ojos.
Con esto ordenó enviarme a Madrid, y a poder de mi señora Lisis, que
dándome nuevas de su afable condición vine con grandísimo gusto en
mejorar de dueño, que en esto bien le merezco ser creída; pues por el
grande amor que la tengo, y haberme importunado algunas veces la dijese
de qué nacían las lágrimas que en varias ocasiones me veía verter, y yo
haberla prometido contarlo a su tiempo, lo he hecho en esta ocasión;
pues para contar un desengaño, ¿qué mayor que el que habéis oído en mi
larga y lastimosa historia?
Ya, señores —prosiguió la hermosa doña Isabel—, pues he desengañado
con mi engaño a muchas, no será razón que me dure toda la vida vivir
engañada, fiándome en que tengo de vivir hasta que la fortuna vuelva su
rueda en mi favor.
Ya no ha de resucitar don Manuel, ni cuando esto fuera posible me
fiara de él ni de ningún hombre, pues a todos los contemplo en este,
engañosos y taimados para con las mujeres; y lo que más me admira es
que ni el noble, ni el honrado, ni el de obligaciones, ni el que más
se precia de cuerdo, hace más con ellas que los civiles y de humilde
esfera, porque han tomado por oficio decir mal de ellas, desestimarlas
y engañarlas, pareciéndoles que en esto no pierden nada; y si lo miran
bien, pierden mucho: porque mientras más flaco y débil es el sujeto
de las mujeres, más apoyo y amparo habían de tener en el valor de los
hombres.
Mas a esto basta lo dicho, que yo no lo he menester ya, porque no
quiero haberlos menester, ni me importa que sean fingidos o verdaderos,
pues tengo elegido amante que no me olvidará y esposo que no me
despreciará, a quien contemplo con los brazos abiertos para recibirme.
Y así, divina Lisis (esto dijo poniéndose de rodillas), te suplico,
como esclava tuya, me concedas licencia para entregarme a mi divino
Esposo, entrándome en religión en compañía de mi señora doña Estefanía,
para que en estando allí avise a mi triste madre, porque en compañía de
tal Esposo ya se holgará hallarme, y yo no tendré vergüenza de parecer
en su presencia; y ya que la he dado triste mocedad, darela descansada
vejez.
En mis joyas me parece tendré para cumplir el dote y los demás gastos.
Esto no es razón me lo neguéis; y pues por ingrato y desconocido amante
he pasado tantas desdichas, y siempre con los hierros y nombre de
esclava, ¿cuánto mejor es serlo de Dios, y a él ofrecerme con el mismo
nombre de la Esclava de su amante?
Aquí dio fin la hermosa doña Isabel con un ternísimo llanto, dejando a
todos compasivos y lastimados, en particular a Lisis, que como acabó
y la vio de rodillas ante sí, la echó los brazos al cuello, juntando
su hermosa boca con la mejilla de doña Isabel, a quien dijo con mil
hermosas lágrimas y tiernos sollozos:
—¡Ay, señora mía!, ¿y cómo habéis permitido tenerme tanto tiempo
engañada, teniendo por mi esclava a la que debía ser y es señora mía?
Esta queja jamás la perderé; y os pido perdonéis los yerros que he
cometido en mandaros como a esclava, contra vuestro valor y calidad. La
elección que habéis hecho, en fin, es hija de vuestro entendimiento; y
así yo la tengo por muy justa, y excusado es pedirme licencia, pues vos
la tenéis para mandarme como a vuestra; y si las joyas que decís tenéis
no bastaren, os podéis servir de las mías, y de cuanto yo valgo y tengo.
Besaba doña Isabel las manos a Lisis mientras le decía esto; y dando
lugar a las damas y caballeros que la llegaban a abrazar y ofrecérsele,
se levantó, y después de haber recibido a todos, y satisfecho a sus
ofrecimientos con increíble donaire y despejo, pidió una arpa, y
sentándose junto a los músicos, y sosegados todos, cantó este romance.
Dar celos quita el honor,
La presunción, pedir celos,
No tenerlos no es amor,
Y discreción es tenerlos.
Quien por picar a su amante
Pierde a su honor el respeto,
Y finge, o que no hace,
O se determina a hacerlo,
Ocasionando el castigo
Se pone a cualquiera riesgo,
Que también supone culpa
La obra como el deseo.
Quien pide celos no estima
Las partes que le dio el cielo,
Y ensalzando las ajenas
Abate el merecimiento.
Está a peligro que elija
Su mismo dueño por dueño,
Lo que por reñir su agravio
Sube a la esfera del fuego.
Quien tiene amor y no cela,
Todos dicen, y lo entiendo,
Que no estima lo que ama,
Y finge sus devaneos.
Celos y amor no son dos;
Uno es causa, el otro efecto,
Porque efecto y causa son
Dos, pero solo un sujeto.
Nacen celos del amor,
Y el mismo amor son los celos,
Y si es, como dicen, dios,
Una en dos causas contemplo.
¿Quién vive tan lastimado,
Que no teme será necio,
Pues quien más estado alcanza,
Más cerca está de perderlo?
Seguro salió Faetón
Rigiendo el carro febeo,
Confiado en su volar
Por las regiones del cielo.
Ícaro en alas de cera,
Por las esferas subiendo:
Y en su misma confianza,
Ícaro y Faetón murieron.
Celos y desconfianza,
Que son una cosa es cierto:
Porque el celar es temer,
El desconfiar lo mesmo.
Luego quien celos tuviere
Es fuerza que sea discreto;
Porque cualquier confiado
Está cerca de ser necio.
Con aquesto he desatado
La duda que se ha propuesto;
Y responderé a cualquiera
Que deseare saberlo,
De que en razón de celos,
Es tan malo darlos
Como tenerlos.
Pedirlos, libertad;
Darlos, desprecio;
Malo es tenerlos;
Pero aqueste quiero,
Porque mal puede amor
Serlo sin ellos.
NOCHE SEGUNDA.
DESENGAÑO SEGUNDO.
LA MÁS INFAME VENGANZA.
Acabada la música, ocupó la hermosa Lisarda el asiento situado para las
que habían de desengañar, temerosa de haber de mostrarse apasionada
contra los hombres, estando su amado don Juan presente; mas pidiéndole
licencia con sus hermosos ojos, como si dijera: «Más por cumplir con la
obligación que por ofenderte hago esto», empezó así:
—Mandásteme, hermosa Lisis, que fuese la segunda en dar desengaños a
las damas, de que deben escarmentar en sucesos ajenos para no dejarse
engañar de los hombres; y cierto que más por la ley de la obediencia me
obligo a admitirlo que por sentir que tengo de acertar.
Lo primero, porque aún no he llegado a tiempo de desengañarme a mí,
pues aún apenas sé si estoy engañada, y mal puede quien no sabe un
arte, sea el que fuere, hablar de él, y tengo por incivilidad decir
mal de quien no me le ha hecho; y con esto mismo pudiera disculpar a
los hombres; pues lo cierto es que los que se quejan están agraviados,
que a no ser así no son tan menguados de juicio que dijeran tanto mal
como de las mujeres dicen: y para que ni ellos se quejen, y yo cumpla
con lo que me es mandado, sucintamente referiré un caso que sucedió a
una principal dama, con lo que me parece desengañaré a las que hubieren
menester desengañarse; y sobre todo pienso que no conseguiré fruto
alguno.
Por donde la hermosa doña Isabel ha salido tan bien de su empeño,
escarmentando a todas con su mismo suceso, no deja de ser atrevimiento
querer ninguna lucir como ha lucido, y menos mi entendimiento, que
carece de todo acierto; mas suplicando a todo este auditorio hermoso y
noble perdonéis las faltas de él, digo así:
No ha muchos años que en la nobilísima y populosa ciudad de Milán había
un caballero dotado de todas las prendas, gracias y prerrogativas de
que puede colmar naturaleza y fortuna; si bien en mocedades y juegos
disminuyó lo más de su hacienda. Era español, y como con un honrado
cargo en la guerra había pasado a aquel país, casó allí con una dama
igual a su calidad, aunque no rica, con que vino a ser su hacienda
bastante para poder pasar una modesta y descansada vida, no sobrándole
ni faltándole para criar dos hijos que tuvo de su matrimonio.
Con algún regalo nació primero Octavia, llamándose así por su madre:
y el segundo don Juan, de quien no diré el apellido; que cuando los
hombres con sus flaquezas desdoran su linaje, es mejor encubrirle que
manifestarle.
Era Octavia, aunque mayor que su hermano seis años, de las más hermosas
mujeres de aquel reino: así no lo fuera en las gracias, donaire y
entendimiento; pues quien sin verla la oía, la admiraba fea cuando la
celebraba hermosa.
Llegando pues a la edad en que más campea la belleza, se enamoró de
ella, viéndola en un festín, un hijo de un senador, mozo, galán,
entendido y rico; partes para que no tuviera Octavia mucha culpa en
corresponderle; mas era cuerda, y notó que ya no es dote la hermosura,
y que Carlos, que este era su nombre, era rico y no se había de casar
con quien no lo fuese; con cuyos temores se defendió algún tiempo:
así lo hiciera siempre y no fuera causa de las desdichas que después
sucedieron; pues, como he dicho, vio Carlos a Octavia en un festín,
regocijo usado en aquella tierra; y viéndola se perdió, o lo dio a
entender; que para mí lo peor que siento de los hombres es que publican
más que sienten.
No miró Octavia mal a Carlos, mas viendo el imposible (aunque no para
lo que merecía su hermosura), detuvo el afecto del mirar para no llegar
a sentir; porque como no pensaba hacer lo que las comunes, no tenía por
acertado empeñarse en amar sino a quien pudiese ser su esposo; y que ya
que su desdicha la encaminase a rendirse, fuese obligándose a serlo.
¡Oh, qué de desengaños han padecido por esta parte las mujeres, y
cuantas desengañadas tienen los hombres, cuando ya no tienen remedio!
Muy cautivo se halló Carlos de la belleza de Octavia, mas no con el
pensamiento que ella tenía, que era el matrimonio, porque en tal caso
no pensaba Carlos salir de la voluntad de su padre, que entendía no
había hasta entonces nacido mujer que igualase a su hijo: mas pareciole
que como Octavia no era rica, pues sus padres no poseían sino una
honrada medianía, que con joyas y dineros conquistaría este imposible
de hermosura; y a no bastar esto, valerse de la fuerza o de algún
empeño; que esto es echar, como dicen, por el atajo; y así, empezó
primero su conquista con suspiros, y con pasear su calle de día y de
noche; mas a esto Octavia, si no descuidada, a lo menos advertida
de que con no verlo ni oírlo se había de defender, se negaba a todo
huyendo de la vista de Carlos, aumentando en él con estos desvíos o
el amor o el deseo, que tal vez los hombres suelen volver en tema la
voluntad.
No gozaba Carlos sin competidores de su amor mal correspondido: pues
como Octavia era hermosa, había muchos deseosos de merecer sus divinas
prendas, y con más honestos pensamientos que Carlos; mas Octavia los
hacía a todos iguales: y si de alguno se dejaba llevar su altivo
desdén, era de un deudo de su madre que mediante el parentesco la
trataba con mucho más cariño, por visitarla algunas veces, y él andaba
buscando ocasión para pedirla a su padre por esposa.
No ignoraba esto Carlos que, como era rico, sobornó a los criados, y
estos regularmente son descubridores de lo más oculto que sus amos
hacen. Como le era imposible decirla ni su amor ni sus celos, por no
darle lugar la dama, una noche de las calurosas de julio, sentado
debajo de los balcones como otras veces le sucedía, al son del
templado instrumento de sus lastimosos suspiros, cantó este soneto:
Apenas en amor di el primer paso,
Cuando en rabiosos celos di de ojos:
¡Ay qué crueles penas! ¡ay qué enojos!
Favor, amor, que en su rigor me abraso.
¿Cómo de gloria estás conmigo escaso,
Que se lleva otro dueño mis despojos?
¡Oh qué prados de espinas y de abrojos,
Mirando ajeno el bien, llorando paso!
Mal haya quien, amando, en nada fía,
Fidelidad ingrata, triste lloro,
A yugo desleal mi cuello obligo.
Ya murió mi esperanza; era al fin mía:
Falsa me paga cuando firme adoro,
Tropieza en celos si a Cupido sigo.
¡Oh amor, dulce enemigo,
Oh cruel tirana,
Reinar y amar no quieren compañía!
Ya parece que Octavia escuchaba a Carlos tan bien como le había mirado;
pues estuvo en el balcón mientras Carlos cantó el referido soneto.
Había de ser desgraciada, y empezaba ya su desdicha a ponerla en las
ocasiones de perderse: y así dio lugar, con estarse queda en el balcón,
a que Carlos, como que hablaba con sus mismos pensamientos, le afease
lo mal que decía tanta hermosura con tanta crueldad; que aunque no tuvo
respuesta, se contentó el amante con el favor de haberle escuchado, con
lo que tuvo atrevimiento de escribirla este papel:
«No sé qué gloria consigues, divina Octavia, en ser cruel, o en
qué te ofende mi amoroso rendimiento, que te excuses, ya que no
de premiarle, de oírle, que aún no me conceden tus hermosos ojos
licencia de nombrarme tuyo; pues asegúrote que, o has de dejar de
ser hermosa, o que no he de apartarme de amarte; y pues es cada
imposible de estos imposible vencerle, permíteme, que pues soy y he
de ser tuyo mientras tuviere vida, el favor de oírme, que con esto
la sustentaré para ser tuyo.»
¡Qué peligrosa bala para el fuerte de la honestidad es la porfía! Todas
cuantas defensas se pueden poner, rinde, como sucedió en Octavia; pues
habiendo venido a sus manos este papel por medio de una criada, a quien
Carlos supo granjear con oro, lo que primero había sido agrado se
convirtió en amor.
Enamorose Octavia, y dejose vencer de suerte que tuvo Carlos respuesta
de este y otros que le escribió, y no solo este favor, mas el hablarle
de noche por una reja después de acostados sus padres, que don Juan su
hermano no asistía en Milán, acudiendo fuera de ella a sus estudios:
era muchacho y no muy bien inclinado; ocasión para que su padre le
privase de sus regalos. Deseaba que fuese eclesiástico, aunque él no
tenía ese parecer, y con esto tenía más lugar Octavia para seguir su
empresa amorosa, con intención de ver si podía granjear a Carlos para
esposo.
Algunos meses entretuvo Octavia a su amante con solo este favor de
hablarle, sin consentirle tomarla una mano por la permisión que daba la
reja, temerosa, aunque le quería bien, de algún engaño, conociendo que
era un imposible si el amor no le obligaba, por ser Carlos tan rico.
Este, más enamorado con las resistencias de Octavia, estaba deseoso de
mayores favores; mas la dama, al paso que le veía desearlos más, se los
negaba, tanto que ya tocaba en crueldad, de lo que el galán se quejaba,
culpando su poco amor, y para mostrárselo mejor cantó una noche a los
ecos de un laúd que le traía un criado, esta canción:
¡Ay cómo imito a Tántalo en la pena,
Pues el agua a la boca de sed muero!
Tengo conmigo al bien que adoro y quiero,
Y parece que el bien de mí se ajena.
De las penas de amor el alma llena,
El premio de mi amor gozar espero,
Y cuando ya le toca desespero,
Porque un rigor mi atrevimiento enfrena.
¿Qué delito me usurpan tus favores,
Hermosa ingrata que en mi alma vives?
¿Por ventura robete la ambrosía?
Aplaca de mi alma los ardores,
Que no es razón que del cristal me prives
Cuando muere de sed el alma mía.
Vesme sin alegría,
Y tú cruel conmigo,
Morir me dejas, y con ser testigo
De las penas que paso,
No me socorres cuando más me abraso.
Cuando morir me dejas,
Y mirarme no sientes con fieros accidentes,
Sin remediar mis quejas:
Y si lloran mis ojos,
Recibes de mis lágrimas enojos:
O remedia la llama en que me abraso,
O déjame llorar el mal que paso:
Y el llanto venza el mío,
Tu crueldad, tu tibieza, tu desvío;
Pues es rigor quitarme,
Cuando llorando estoy, desahogarme.
¡Ay, con cuántos rigores el alma sin ti lucha,
Y si tu voz escucha,
Oh, cómo son mayores!
Cobarde, no me atrevo
A hacerla de mi boca dulce cebo:
Que fuera gran contento
En vaso de rubí beber su acento:
¡Ay, Dios!, quién me lo quita,
Digo, que un miedo que en mi alma habita,
De temer que te ofendo,
Cuando gozar este favor pretendo.
Bien sabes que te quiero,
Y que con alma ingrata
No miras que me mata
Tu recato severo.
Pues si vivo en tus ojos,
Y me quitan la vida sus enojos,
Haces suerte en la vida;
¡Oh, más ingrata, mientras más querida!
Y para que concluya,
Yo viva y muera en la desgracia tuya,
Si no has de ser mi dueño,
Yo de ser tuyo mi palabra empeño.
Pues, dueño de mi vida,
Goce yo tus favores,
Quítame estos temores,
No seas mi homicida:
Mas ¡ay amor! que muero,
Ya de obligarte, ingrata, desespero:
Ya mi bien no me quiere;
Ya mi memoria en su memoria muere:
Y pues de mí se olvida,
Venga la muerte, acábese la vida,
Y vivan en mis ojos
Eternamente lágrimas y enojos.
Canción triste, si obligas
A mi dueño querido,
Inmortal vivirás de eterno olvido;
Y si no moriremos
En la desdicha que los dos tenemos.
Menos que esto había ya menester Octavia, porque ya amaba a Carlos más
que fuera razón; que en esto se ve cuán flacas son las mujeres, que no
saben perseverar en el buen intento; y aun por esta parte disculpo a
los hombres en la poca estimación que hacen de ellas; mas disculpemos
los yerros de amor con el mismo amor; y así, abriendo la ventana le
llamó diciendo:
—No sé, Carlos, cómo me tienes por tan cruel e ingrata como has
mostrado y das a entender en tus versos, pues has merecido llegar
al favor que hoy gozas, a pesar de mi recato y nobleza, sin haberme
asegurado de un dichoso fin en tu pretensión; y yo, por quererte bien,
aún no he reparado en eso ni mirado lo mal que le está a mi opinión,
y a la de mis padres y hermanos, galanteos sino de quien ha de ser mi
esposo, y ahora, mal hallado con la merced que te hago, te quejas de
ingratitudes y crueldades cuando debieras mirar que fuera tenerlas
conmigo misma, si hiciera lo que pides sin resguardo de mi honor: tú
sí que eres cruel conmigo, pues pudiéndome hacer dichosa, me haces
desdichada; que claro es que perderé esposo por tu causa, y no te
ganaré a ti, como si desmereciera yo esta dicha.
Pobre soy para igualarme a tu riqueza; en esto confieso que me excedes,
pero en lo demás te igualo; y cuando no lo fuera, amor iguala bajezas
con grandezas fiadoras: esta poca o mucha belleza que tengo, que esto
será lo que tú quieres, ¿por qué estás cobarde de hacerla tuya? Y
cuando haciéndolo me conozcas ingrata, entonces te podrás levantar por
desvalido, y si no, conténtate con lo que alcanzas y no te quejes; y
para que en ningún tiempo lo puedas hacer justamente de mí, te digo
que, menos que siendo mi esposo, ni pidas más ni alcanzarás más; y aun
esto lo he hecho pareciéndome a mí que un hombre de tu entendimiento
y capacidad, el día que se puso y determinó a amar una mujer de mi
calidad y prendas, no había de ser con otro intento y fin.
Con esto calló; y Carlos, como no lo había de cumplir, no se le hizo
dificultoso prometerlo, y así la respondió:
—Hermoso dueño mío, no quiera el cielo que por cosa que a mí me está
bien me quite a mí propio la dicha de ser vuestro y de gozar los
favores que tanto deseo; y para conseguirlo y teneros a vos segura,
y que vos lo estéis de mí, yo os daré, no una vez sino mil, la fe y
palabra de ser vuestro esposo; pero con la condición de que por ahora
esté secreto, por la avara y civil condición de mi padre que piensa
darme mujer aún más rica que él, sin mirar que la riqueza más grande es
vuestra hermosura.
¡Qué liberal promete Carlos, y qué ignorante cree Octavia! Liviandad me
parece; mas vaya, que ella se hallará burlada; que promesas de rico a
pobre pocas veces se cumplen, y más en casos amorosos.
Quería Carlos alcanzar, y prometía; y quería Octavia marido de las
prendas de Carlos, y así, pareciéndola que con el dote de la hermosura
la bastaba, aceptó, dándole a Carlos las gracias: y Carlos, después de
haber venido la criada, tercera en estas locuras, delante de ella la
dio fe y palabra de ser su marido.
¡Ah, Octavia, y qué engaño se te previene! En la hermosura te fías,
sin mirar que es una flor que en manoseándola un hombre se marchita,
y en marchitándose la arroja y la pisa. Este es el mismo desengaño,
hermosas damas; no creáis que ningún hombre lo que hace enamorado lo
hará después arrepentido; y si alguno lo ha hecho, es un milagro, y aun
después lo hace pagar bien caro.
Riose Octavia: ¡oh mujer fácil! Abrió a Carlos la puerta: ¡oh loca!
Entregó la joya más rica que una mujer tiene: ¡oh hermosura desdichada!
No quiero decir más en esto, que el mismo suceso desengañará. Gozaron
sus amores muchos días, entrando Carlos con secreto en casa de Octavia.
No se arrepintió Carlos tan presto, pues antes se hallaba muy gustoso
con su amada prenda, y ella teniéndose por extremo dichosa.
Ocasionáronse en este tiempo las largas y peligrosas guerras de
aquellos reinos, que no solo lloran ellos sino nosotros; pues de esto
se originó entrársenos en España y costarnos a todos tanto como cuesta;
y en una de las batallas que se dieron murió el padre de Octavia, por
seguir ya anciano el ejercicio de su mocedad, que eran las armas; y su
madre a pocos meses murió también de pena de haber perdido su amado
esposo. ¡Dichosos en perder la vida antes que se la acabara ver la
perdición de su hija!
Don Juan, luego que supo la muerte de sus padres y que ya no tenía
freno a sus travesuras, vino al punto a Milán, más cursado en juegos
y amoríos que en los estudios; que como no los seguía de voluntad,
mas de por la fuerza que le hacía su padre, no había aprovechado nada
en ellos, sino contribuido a acabar parte de la hacienda que había, y
arrimando los hábitos y libros empezó a gastar la que había quedado,
sin mirar que tenía una hermana moza, hermosa, y por tomar estado; y
para que ella no gastase nada, la tenía tan encerrada y necesitada de
todo que, aunque él no la tuviera así, ella misma se quitara de los
ojos de todos por no parecer en menos porte que el que traía en vida de
sus padres; porque aunque tenía algunas joyas de valor que Carlos la
había dado, no osaba que don Juan se las viese; porque tan presto como
llegaran a sus ojos las tuviera puestas con dueño.
Con estos sucesos cesó el poder entrar Carlos en su casa como solía; no
porque don Juan supiese nada, sino por temor de que no lo entendiese,
viendo que Carlos no quería, por temor de su padre, que se publicase;
de manera que apenas se veían si no era pasando por la calle, y eso
con mil temores, por conocer la arrebatada condición de don Juan y
que con él no había hora segura; de que los dos amantes estaban tan
impacientes, que ni Carlos vivía ni sosegaba, ni Octavia enjugaba sus
ojos: el mayor alivio que tenían era escribirse por medio de aquella
criada dicha, la cual un día trajo un papel a su señora, que Carlos le
dio, con estas décimas; habiendo tomado asunto para ellas haber visto
a Octavia en el balcón muy triste y llorosa, como la que más sentía el
estar apartada de su esposo, que tal creía que era Carlos:
Triste estáis, dueño querido,
Y puedo decir que al sol
Le ha faltado el esplendor
De que siempre está vestido:
El gusto tenéis perdido,
Y yo no os le puedo dar;
Mas si para remediar
La alegría perdida,
Habéis menester mi vida,
Con gusto os la quiero dar.
Leandro seré en perderla
Con voluntad animosa;
Porque en mi poder no hay cosa
Que no seas dueño de ella:
Y si por secreta estrella
Para ser vuestro nací,
Y falta el poder en mí
Para alegrar vuestros ojos,
Dadme a mí aquesos enojos,
Hareisme dichoso así.
¡Ay, quién poderoso fuera
De poderos alegrar!
Porque como os supe amar,
Daros contento supiera:
El sol en su sacra esfera
Aun no estuviera seguro;
Y por vuestros ojos juro
Que son en mí sus enojos
Prados de espinas y abrojos,
Donde el sufrimiento apuro.
Mas, señora, si mi suerte,
De mis glorias enemiga,
Es la misma que os obliga
A que sufráis esa muerte:
Decidle que porque acierte
Su golpe ejecute en mí;
Y vos, mi dueño, vivid:
Y si no, pedidle vos
Que le ejecute en los dos,
Y será acertado así.
Mas en tanto que esto llega,
Alegraos, que, vive Dios,
Que a mí me matáis, si vos
Os matáis de rabia ciega:
En mis lágrimas se anega
Este papel amoroso,
En vuestras manos dichoso
Cuando las llegue a besar;
Pues sin saber qué es amar,
Más es que yo venturoso.