—Es —me respondió— un criado que en este mismo día recibió el señor

don Manuel, porque el suyo mató un hombre, y está ausente.

—Yo le conozco —repliqué— de una casa donde yo estuve un tiempo, y

cierto que me holgara hablarle, que me alegra ver acá gente de donde me

he criado.

—Luego —dijo— entrará a comer con nosotros y podrás hablarle.

Acabose la comida y entraron todos los criados, y Luis con ellos:

sentáronse a la mesa, y cierto que yo no podía contener la risa, a

pesar de mis penas, de ver a Luis, que mientras más me miraba más se

admiraba, y más oyéndome llamar Zelima, no porque no me había conocido

sino de ver al extremo de bajeza que me había puesto por tener amor.

Pues como se acabó de comer, aparté a Luis y díjele:

—¿Qué fortuna te ha traído, Luis, adonde yo estoy?

—La misma que a ti, señora mía, querer bien y ser mal correspondido, y

deseos de hallarte y vengarte en teniendo lugar y ocasión.

—Disimula, y no me llames sino Zelima, que esto importa a mis cosas,

que ahora no es tiempo de más venganzas que las que amor toma de mí,

que yo he dicho que has servido en una casa donde me crié y que te

conozco por ese motivo; y a tu amo no le digas que me has conocido ni

hablado, que más me fío de ti que de él.

—Con seguridad lo puedes hacer —dijo Luis—, que si él te quisiera

y estimara como yo, no estuvieras en el estado que estás ni hubieras

causado las desdichas sucedidas.

—Así lo creo —respondí—: mas dime, ¿cómo has venido aquí?

—Buscándote, y con determinación de quitar la vida a quien ha sido

parte para que tú hagas esto; y con esta intención entré a servirle.

—No trates de eso, que es perderme para siempre; que aunque don Manuel

es falso y traidor, está mi vida en la suya; fuera de que yo trato de

cobrar mi perdida opinión, y con su muerte no se granjea sino la mía,

que apenas harías tú tal cuando yo misma me matase.

Esto le dije porque no pusiese su intención en ejecución.

—¿Qué hay de mi madre, Luis?

—¿Qué quieres que haya —respondió—, sino que pienso que es de

diamante, pues no la han acabado las penas que tiene? Cuando yo partí

de Zaragoza quedaba disponiendo su partida para Murcia; lleva consigo

el cuerpo de tu padre y mi señor, por llevar más presentes sus dolores.

—¿Y por allá qué se platica de mi desacierto? —dije yo.

—Que te llevó don Manuel —respondió Luis— porque Claudia dijo lo

que pasaba; con que tu madre se consoló algo en tu pérdida; y pues la

parece que con tu marido vas, que no hay que tenerte lástima; no como

ella, que le lleva sin alma. Yo, como más interesado en haberte perdido

y como quien sabía más bien que no te llevaba don Manuel, antes iba

huyendo de ti, no la quise acompañar, y así he venido donde me ves y

con el intento que te he manifestado, el cual suspenderé hasta ver si

hace lo que como caballero debe; y de no hacerlo me puedes perdonar,

que aunque sepa perderme y perderte, vengaré tu agravio y el mío, y

cree que me tengo por bien afortunado en haberte hallado, y en merecer

que te fíes de mí y me hayas manifestado tu secreto antes que a él.

—Yo te lo agradezco —respondí—: y por que no sientan mal de

conversación tan larga, vete con Dios, que lugar habrá de vernos; y

si hubieres menester algo, pídemelo, que aún no me lo ha quitado la

fortuna todo, que bien tengo que darte, aunque sea poco para lo que

mereces y yo te debo.

Y con esto y darle un doblón de a cuatro, le despedí; y cierto que

nunca más bien me pareció Luis que en esta ocasión: lo uno, por tener

de mi parte algún arrimo, y lo otro, por verle con tan honrados y

alentados intentos.

Algunos días tardaron las galeras en llegar al puerto, uno de los

cuales, estando mi señora fuera con las doncellas y sola yo en casa,

don Manuel, acaso deseoso de satisfacerse de su sospecha, vino a mi

casa a buscar a mi señor, o a mí, que es lo más cierto, y como entró y

me vio, con una sequedad notable me dijo:

—¿Qué disfraz es este, doña Isabel? ¿O cómo las mujeres de tus

obligaciones, y que han tenido deseos y pensamientos de ser mía, se

ponen en semejantes bajezas?; siéndolo tanto que si alguna intención

tenía de que fueses mi esposa, ya la he perdido por el mal nombre que

has granjeado conmigo y con cuantos lo supieran.

—¡Ah traidor engañador y perdición mía! ¿Cómo no tienes vergüenza de

tomar mi nombre entre tus labios, siendo la causa de esa bajeza con

que me baldonas, cuando por tus traiciones y maldades estoy puesta en

ella? Y no solo eres causador de esto, mas de la muerte de mi honrado

padre, que porque pagues a manos del cielo tus traiciones, y no a las

suyas, le quitó la vida con el dolor de mi pérdida. Zelima soy, no

doña Isabel: esclava soy, no señora: mora soy, pues tengo dentro de mí

misma aposentado un moro renegado como tú, pues lo es quien falta a

Dios la palabra que le dio de ser mío, ni tampoco cristiano ni noble,

sino un infame caballero; estos hierros y los de mi afrenta tú me los

has puesto, no solo en el rostro sino en la fama: haz lo que te diere

gusto, que si te ha quitado la voluntad de hacerme tuya, Dios hay en

el cielo y rey en la tierra: y si estos no lo hicieren, hay puñales, y

tengo manos y valor para quitarte esa vida: para que de mí aprendan las

mujeres nobles a castigar hombres falsos y desagradecidos. Y quítateme

de delante si no quieres que haga lo que digo.

Viome tan colérica y apasionada que, o porque no hiciese algún

desacierto, o porque no estaba contento de los agravios y engaños

que me había hecho y le faltaban más que hacer, empezó a reportarme

con caricias y halagos que yo no quise por gran espacio admitir,

prometiéndome remedio a todo. Queríale bien, y creíle (perdonadme

estas licencias que tomo en decir esto; y creedme que más llevaba el

pensamiento de restaurar mi honor que no el achaque de la liviandad).

En fin, después de haber hecho las amistades y dádole cuenta de lo que

me había sucedido hasta aquel punto, me dijo que pues ya estas cosas

estaban en este estado, pasasen así hasta que llegásemos a Sicilia, que

allá se tendría modo como mis deseos y los suyos tuviesen dichoso fin,

y con esto nos apartamos, quedando yo contenta, mas no segura de sus

engaños; mas para la primera vez no había negociado muy mal.

Vinieron las galeras y embarcámonos en ellas con mucho gusto mío, por

ir don Manuel en compañía de mis dueños y en la misma galera que yo

iba, donde le hablaba y veía a todas horas, con gran pena de Luis,

que como no se le ocultaban mis dichas, andaba muy triste, con lo que

confirmaba el pensamiento que tenía de que era don Felipe, mas no se lo

daba a sentir por no darle mayores atrevimientos.

Llegamos a Sicilia y aposentámonos todos dentro de palacio. En

reconocer la tierra y tomarla cariño se pasaron algunos meses, y cuando

entendí que don Manuel diera orden de sacarme de esclava y cumplir lo

prometido, volvió de nuevo a matarme con tibiezas y desaires; tanto que

aun para mirarme le faltaba voluntad, y era que había dado en andar

distraído con mujeres y juegos, y lo cierto de todo, que no tenía amor,

con que llegaron a ser mis ahogos y tormentos de tanto peso que de día

ni de noche se enjugaban mis tristes ojos, de manera que no fue posible

encubrírselo a Leonisa, aquella doncella con quien profesaba tanta

amistad, que sabidas debajo de secreto mis tragedias, y quién era,

quedó fuera de sí.

Queríame tanto mi señora que, por dificultosa que fuera la merced que le

pedía, me la otorgaba, y así por poder hablar a don Manuel sin estorbos

y decirle mi sentimiento, la pedí una tarde licencia para que con

Leonisa fuera a merendar a la marina, y concedida, pedí a Luis dijera a

su amo que unas damas le aguardaban en la marina, mas que no dijese que

era yo, temiendo que no iría.

Nos fuimos a ella, y tomamos un barco para que nos pasase a una

isleta, que tres o cuatro millas dentro del mar se mostraba muy amena

y deleitosa. En esto llegaron don Manuel y Luis, que habiéndonos

conocido, disimulando el enfado, solemnizó la burla. Entramos todos

cuatro en el barco con dos marineros que le gobernaban; y llegando

a la isleta salimos en tierra, aguardando en el mismo barquillo los

marineros para volvernos cuando fuese hora (que en esto fueron más

dichosos que los demás).

Sentámonos debajo de unos árboles y estuvimos hablando en la causa que

allí me había llevado, yo dando quejas y don Manuel disculpas falsas y

engañosas, como siempre.

De la otra parte de la isleta había dado fondo en una quiebra o cala

de ella una galeota de moros corsarios de Argel, y como desde lejos

nos viesen, saltaron en tierra el arráez y otros moros, y viniendo

encubiertos hasta donde estábamos, nos sorprendieron de modo que ni don

Manuel ni Luis pudieron ponerse en defensa, ni nosotros huir; y así nos

llevaron cautivos a su galeota, haciéndose, luego que tuvieron presa,

a la mar, pues no se contentó la fortuna con haberme hecho esclava de

mi amante, sino de moros, aunque en llevarle a él conmigo no me servía

de tanta pena el cautiverio. Los marineros, viendo el suceso, remando a

boga arrancada, como dicen, se escaparon, llevando la nueva de nuestro

desdichado suceso.

Estos corsarios moros, como están diestros en tratar y hablar con

cristianos, hablan y entienden medianamente nuestra lengua; y así me

preguntó el arráez, como me vio herrada, quién era; yo le dije que era

mora y me llamaba Zelima, que me habían cautivado seis años había, que

era de Fez y que aquel caballero era hijo de mi señor y el otro su

criado, y aquella doncella lo era también de mi casa, que los tratase

bien y pusiese precio en el rescate, que apenas lo sabrían sus padres

cuando enviarían la estimación; y esto lo dije fiada en las joyas y

dineros que traía conmigo. Todo lo dicho lo hablaba alto, porque los

demás lo oyesen y no me sacasen mentirosa.

Contento quedó el arráez, así con la presa por su interés como por

parecerle había hecho un gran servicio a su Mahoma en sacarme, siendo

mora, de entre cristianos, y así lo dio a entender haciéndome muchas

caricias y a los demás buen tratamiento, y así fuimos a Argel y nos

entregó a una hija muy hermosa y niña llamada Zaida, que se holgó tanto

conmigo, porque era mora, como con don Manuel, porque se enamoró de él.

Vistiome luego de estos vestidos que veis, y trató que hombres diestros

en quitar estos hierros me los quitasen; no porque ellas no usen tales

señales, que antes lo tenían por gala, sino porque era S y clavo, que

daba señal de lo que yo era, a lo cual respondí que yo misma me lo

había puesto por mi gusto y que no los quería quitar.

Queríame Zaida ternísimamente, o por merecerlo yo con mi agrado, o

por parecerle podría ser parte con mi dueño para que la quisiese; en

fin, yo hacía y deshacía en su casa como propia mía, y por mi respeto

trataban a don Manuel, a Luis y a Leonisa muy bien, dejándolos andar

libres por la ciudad, habiéndoles dado permiso para tratar su rescate.

Avisé a don Manuel hiciese el precio de todos tres, que yo le daría

joyas para ello; de lo cual mostró don Manuel quedar agradecido: solo

hallaba dificultad en sacarme a mí, porque en cuanto a esto cierto es

que no se podía tratar de rescate; y así aguardamos a los redentores

para que se dispusiese todo.

En este tiempo me descubrió Zaida su amoroso cuidado, pidiéndome

hablase a don Manuel y que le dijese que si quería volverse moro, se

casaría con él y le haría señor de grandes riquezas que tenía su padre,

poniéndome con esto en tantos cuidados y desesperaciones que casi me

vi en términos de quitarme la vida.

Dábame lugar para hablar despacio a don Manuel; y aunque en muchos días

no le dije nada de la pasión de la mora, temiendo su mala condición,

dándole a ella algunas fingidas respuestas, unas de disgusto y otras

al contrario, la fuerza de los celos, más por pedírselos a mi ingrato

que por decirle la voluntad de Zaida, porque el traidor, habiéndole

parecido bien, con los ojos deshacía cuanto hacía, me obligó a hacerle

sabedor de todo. Después de reñirme mis sospechosas quimeras, me dijo

que más acertado le parecía engañarla, que le dijese que él no había de

dejar su ley aunque le costase no una vida que tenía sino mil; mas si

ella quería venirse con él a tierra de cristianos y ser cristiana, que

la prometía casarse con ella, y a esto añadió que yo lo sazonase para

atraerla a nuestro intento, que en saliendo de allí estuviese segura

que cumpliría con su obligación.

¡Ah, falso, y cómo me engañó en esto como en lo demás! En fin, para

no cansaros, Zaida vino en todo muy contenta, y más cuando supo que

yo también me iría con ella, y se concertó para de allí a dos meses

la partida, pues su padre había de ir a un lugar donde tenía hacienda

y casa, que los moros en todas las tierras donde tienen trato tienen

mujeres e hijos.

Ya la venganza mía contra don Manuel debía de disponer el cielo, y así

facilitó los medios de ella, pues ido el moro, Zaida hizo una carta en

que su padre la enviaba a llamar porque había caído en una peligrosa

enfermedad, para que el rey la diese licencia para su jornada, por

cuanto los moros no pueden ir de un lugar a otro sin ella; y alcanzada,

hizo aderezar una galeota bien armada de remeros cristianos, a quienes

se avisó con todo secreto el designio, y poniendo en ella todas las

riquezas de plata, oro y vestidos que sin hacer rumor podía llevar, y

con ella yo y Leonisa, y otras dos cristianas que la servían, que mora

no quiso llevar ninguna, don Manuel y Luis, caminamos por la mar la vía

de Cartagena o Alicante, donde con menos riesgo se pudiese salir.

Aquí fueron mis tormentos mayores, aquí mis ansias sin comparación,

porque como allí no había impedimento que lo estorbase y Zaida iba

segura de que don Manuel había de ser su marido, no se negaba a ningún

favor que pudiese hacerle; ya contemplaban mis tristes ojos a don

Manuel asido de las manos de Zaida, ya miraba a esta colgada de su

cuello, y aun volverse los alientos en vasos de coral; porque como el

traidor mudable la amaba, él buscaba las ocasiones; y si no llegó a

más era por el cuidado con que yo andaba, siendo estorbo de mayores

placeres.

Bien conocía yo que no gustaban de que yo fuese tan cuidadosa, mas

disimulaban su enfado: y si tal vez le decía al medio moro alguna

palabra, me daba en los ojos con que lo podía hacer, que bastaban los

riesgos que por mis temeridades y locuras había pasado, y que no era

razón por ellas mismas nos viésemos en otros mayores, que tuviese

sufrimiento hasta llegar a Zaragoza, que todo tendría remedio.

Llegamos en fin con próspero viaje a Cartagena, y tomada tierra,

dimos libertad a los cristianos para que pudiesen ir a su casa.

Puesta la ropa a punto, tomamos el camino para Zaragoza; si bien

Zaida descontenta, pues quisiera en la primera tierra de cristianos

bautizarse y casarse; tan enamorada estaba de su nuevo esposo: y si no

lo hizo, fue por mí, que no porque él no deseaba lo mismo.

Llegamos a Zaragoza, siendo pasados seis años que partimos de ella, y

a casa de don Manuel, donde halló a su madre muerta y a doña Eufrasia

viuda, que habiéndose casado con el primo que esperaba de las Indias,

dejándola recién parida de un hijo, había muerto en la guerra de un

carabinazo.

Fuimos bien recibidos de doña Eufrasia, y con la admiración y gusto

que se puede imaginar. Tres días descansamos, contando los unos a los

otros sucesos pasados. Maravillose doña Eufrasia de ver S y clavo en mi

rostro, que por Zaida no le había quitado, a quien consolé con decirle

eran fingidos y que era fuerza tenerlos hasta cierta ocasión.

Era tanta la priesa que Zaida daba a que la bautizasen, pues se quería

casar, que me obligó una tarde, algo antes de anochecer, a llamar a don

Manuel, y en presencia de Zaida y su hermana, y demás familia, sin que

faltase Luis, que aquellos días andaba más cuidadoso, le dije estas

razones:

—Ya, señor don Manuel, que ha querido el cielo, obligado de mis

continuos lamentos, que nuestros trabajos hayan tenido fin con tan

próspero suceso como haberos traído libre de todos a vuestra casa, y

Dios ha permitido que yo os acompañase en lo uno y lo otro, quizá para

que viendo por vuestros ojos con cuánta perseverancia y paciencia os

he seguido en ellos, paguéis deudas tan grandes: cesen ya engaños y

cautelas, y sepa Zaida y el mundo entero que lo que me debéis no se

paga con menos cantidad que con vuestra persona; y que estos hierros

que están en mi rostro vos solo los podéis quitar, llegando el día en

que las desdichas y afrentas que he padecido tengan premio: fuerza es,

pues, que ya mi ventura no se dilate, para que los que han sabido mis

afrentas y desaciertos sepan mis logros y dichas.

Muchas veces habéis prometido ser mío, y no es razón que cuando otras

os tienen por suyo, os tema yo ajeno y os llore extraño: mi calidad ya

sabéis que es mucha; mi hacienda no es corta; mi hermosura, la misma

que vos buscasteis y elegisteis; mi amor no lo ignoráis; mis finezas

pasan a temeridades; por ninguna parte perdéis, antes ganáis; que si

hasta aquí con hierros fingidos he sido vuestra esclava, desde hoy

sin ellos seré verdadera. Decid, os suplico, lo que queréis que se

disponga, para que lo que os pido tenga el dichoso lauro que deseo, y

no me tengáis más temerosa, pues ya de justicia merezco el premio que

de tantas desdichas como he pasado os estoy pidiendo.

No me dejó decir mas el traidor, pues sonriéndose, a modo de burla dijo:

—¿Y quién os ha dicho, señora doña Isabel, que todo eso que decís no

lo tengo muy conocido, y tanto que con lo mismo que habéis pensado

obligarme me tenéis tan desobligado, que si alguna voluntad os tenía,

ya ni aun pensamiento de haberla habido en mí tengo?

Vuestra calidad no la niego, vuestras finezas no las desconozco, mas

si no hay voluntad, no sirve todo esto nada; conocido pudiérades tener

en mí desde el día en que partí de esta ciudad, que pues os volví las

espaldas, no os quería para esposa; y si entonces aún se me hiciera

dificultoso, ¿cuánto más será ahora, que solo por seguirme como pudiera

una mujer baja, os habéis puesto en tan civiles empeños?

Esta resolución con que ahora os hablo, días ha que la pudiérades

tener conocida; y en cuanto a la palabra que decís os he dado, como

estas damos los hombres por alcanzar lo que deseamos, y pudieran ya

las mujeres tener conocida esta treta y no dejarse engañar, pues las

avisan tantas escarmentadas; y, en fin, por esta parte me hallo menos

obligado que por las demás; pues si la di alguna vez, fue sin voluntad

de cumplirla y solo por moderar vuestra ira: yo nunca os he engañado,

que bien podéis haber conocido que el dilatarlo nunca ha sido por falta

de lugar, sino que no tengo ni he tenido tal pensamiento, pues vos sola

sois la que os habéis querido engañar, por andaros tras mí sin dejarme;

y para que ya salgáis de esa duda y no me andéis persiguiendo, sino que

viendo el imposible os aquietéis, perded la esperanza que en mí tenéis,

y volviéndoos con vuestra madre, allá entre vuestros naturales buscad

marido que sea menos escrupuloso que yo, porque es imposible que yo me

fiase de mujer que sabe hacer y buscar tantos disfraces.

Zaida es hermosa, y riquezas no la faltan; amor tiene como vos, y yo se

le tengo desde el punto que la vi; y así, en siendo cristiana, que será

en previniéndose lo necesario para serlo, le doy la mano de esposo; y

con esto acabaremos, vos de atormentarme y yo de padecerlo.

De la misma suerte que la víbora pisada me pusieron las infames

palabras y aleves obras del ingrato don Manuel, y queriendo responder a

ellas, Luis, que desde el punto que él había empezado su plática había

mejorado de lugar y puéstose al mismo lado de don Manuel, sacando la

espada y diciendo:

—Oh falso y mal caballero, ¿de esa suerte pagas las obligaciones y

finezas que debes a un ángel?

Viendo que a estas voces se levantaba don Manuel, metiendo mano a la

suya, le tiró una estocada tal que, o fuese por cogerle desapercibido,

o que el cielo por su mano le envió su merecido castigo y a mí la

deseada venganza, le pasó de parte a parte con tal presteza que al

primer «¡ay!» le salió el alma del cuerpo, dejándome a mí casi sin

ella, y en dos saltos se puso a la puerta diciendo:

—Ya, hermosa doña Isabel, te vengó don Felipe de los agravios que te

hizo don Manuel; quédate con Dios, que si escapo de este riesgo con

vida yo te buscaré —y en un instante se puso en la calle.

El alboroto en un fracaso como este fue tal que es imposible contarle,

porque las criadas, unas acudieron a las ventanas dando voces y

llamando gente, y otras a doña Eufrasia, que se había desmayado, de

suerte que ninguna reparó en Zaida, que como siempre había tenido

cautivas cristianas, no sabía ni hablaba muy mal nuestra lengua; y no

habiendo entendido todo el caso, viendo a don Manuel muerto, se arrojó

sobre él llorando, y con el dolor de haberle perdido le quitó la daga

que tenía en la cinta, y antes que nadie pudiese, con la turbación que

todas tenían, prevenir su riesgo, se la escondió en el corazón, cayendo

muerta sobre su infeliz amante.

Yo, que como más cursada en desdichas era la que tenía más valor, por

una parte lastimada del suceso y por otra satisfecha con la venganza,

viéndolos a todos revueltos y que ya empezaba a venir gente, me entré

en mi aposento, y tomando todas las joyas de Zaida que de más valor

y menos embarazo eran, que estaban en mi poder, me salí a la calle,

lo uno porque la justicia no asiese de mí para que dijese quién era

don Felipe, y lo otro por ver si le hallaba, para que entrambos nos

pusiésemos en salvo; mas no le hallé.

En fin, aunque había días que no pisaba las calles de Zaragoza, acerté

la casa de Octavio, que me recibió con más admiración que cuando

la primera vez fui a ella, y contándole mis sucesos, reposé allí

aquella noche (si pudo tener reposo mujer por quien habían pasado y

pasan tantas desventuras), y así aseguro que no sé si estaba triste o

alegre; porque por una parte el lastimoso fin de don Manuel, como aún

hasta entonces no había tenido tiempo de aborrecerle, me lastimaba el

corazón; por otra sus traiciones y malos tratos, considerándole ya no

mío sino de Zaida, encendía en mí tal ira que tenía su muerte y mi

venganza por consuelo: considerando además el peligro de don Felipe,

a quien tan obligada estaba por haber hecho lo que a mí me era fuerza

hacer para volver por mi opinión perdida. Todo esto me tenía con

mortales ahogos y desasosiegos.

Otro día salió Octavio a ver por la ciudad lo que pasaba, y supo cómo

habían enterrado a don Manuel y a Zaida: al uno como a cristiano, y a

ella como a mora desesperada; y cómo a mí y a don Felipe nos llamaba la

justicia a pregones, poniendo grandes penas a quien nos encubriese y

ocultase, así me fue forzoso estarme escondida quince días hasta que se

sosegase el alboroto de un caso tan prodigioso: al cabo de los cuales

persuadí a Octavio fuese conmigo a Valencia, que allá más seguros le

diría mi determinación.

No le iba a Octavio tan mal con mis sucesos, pues siempre granjeaba de

ellos con qué sustentarse, y así me lo concedió; y puesto por obra,

tres o cuatro días estuve después de llegar a Valencia sin determinar

lo que dispondría de mí; unas veces me determinaba a entrarme en un

convento hasta saber nuevas de don Felipe, a quien no podía negar la

obligación que le tenía, y a costa de mis joyas sacarle libre del

peligro en que estaba por el delito cometido, y pagarle con mi persona

y bienes, haciéndole mi esposo; mas de esto me apartaba el temor de

que quien una vez había sido desdichada no sería jamás dichosa. Otras

veces me resolvía a irme a Murcia con mi madre; y de esto me disuadía

el imaginar cómo parecería ante ella, habiendo sido causa de la muerte

de mi padre y de todas sus penas y trabajos.

Finalmente, me resolví tomar la determinación con que empecé mis

fortunas, que era ser siempre esclava herrada, pues lo era en el

alma; y así, metiendo las joyas de modo que las pudiese siempre traer

conmigo, y este vestido en un lío que no pudiese parecer más de ser

algún pobre arreo de una esclava, dando a Octavio satisfacción del

trabajo que por mí tomaba, le hice me sacase a la plaza y a pública voz

de pregonero me vendiese, sin reparar en que el precio que le diesen

por mí fuese bajo ni subido.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 25 / 52 段