don Manuel, porque el suyo mató un hombre, y está ausente.
—Yo le conozco —repliqué— de una casa donde yo estuve un tiempo, y
cierto que me holgara hablarle, que me alegra ver acá gente de donde me
he criado.
—Luego —dijo— entrará a comer con nosotros y podrás hablarle.
Acabose la comida y entraron todos los criados, y Luis con ellos:
sentáronse a la mesa, y cierto que yo no podía contener la risa, a
pesar de mis penas, de ver a Luis, que mientras más me miraba más se
admiraba, y más oyéndome llamar Zelima, no porque no me había conocido
sino de ver al extremo de bajeza que me había puesto por tener amor.
Pues como se acabó de comer, aparté a Luis y díjele:
—¿Qué fortuna te ha traído, Luis, adonde yo estoy?
—La misma que a ti, señora mía, querer bien y ser mal correspondido, y
deseos de hallarte y vengarte en teniendo lugar y ocasión.
—Disimula, y no me llames sino Zelima, que esto importa a mis cosas,
que ahora no es tiempo de más venganzas que las que amor toma de mí,
que yo he dicho que has servido en una casa donde me crié y que te
conozco por ese motivo; y a tu amo no le digas que me has conocido ni
hablado, que más me fío de ti que de él.
—Con seguridad lo puedes hacer —dijo Luis—, que si él te quisiera
y estimara como yo, no estuvieras en el estado que estás ni hubieras
causado las desdichas sucedidas.
—Así lo creo —respondí—: mas dime, ¿cómo has venido aquí?
—Buscándote, y con determinación de quitar la vida a quien ha sido
parte para que tú hagas esto; y con esta intención entré a servirle.
—No trates de eso, que es perderme para siempre; que aunque don Manuel
es falso y traidor, está mi vida en la suya; fuera de que yo trato de
cobrar mi perdida opinión, y con su muerte no se granjea sino la mía,
que apenas harías tú tal cuando yo misma me matase.
Esto le dije porque no pusiese su intención en ejecución.
—¿Qué hay de mi madre, Luis?
—¿Qué quieres que haya —respondió—, sino que pienso que es de
diamante, pues no la han acabado las penas que tiene? Cuando yo partí
de Zaragoza quedaba disponiendo su partida para Murcia; lleva consigo
el cuerpo de tu padre y mi señor, por llevar más presentes sus dolores.
—¿Y por allá qué se platica de mi desacierto? —dije yo.
—Que te llevó don Manuel —respondió Luis— porque Claudia dijo lo
que pasaba; con que tu madre se consoló algo en tu pérdida; y pues la
parece que con tu marido vas, que no hay que tenerte lástima; no como
ella, que le lleva sin alma. Yo, como más interesado en haberte perdido
y como quien sabía más bien que no te llevaba don Manuel, antes iba
huyendo de ti, no la quise acompañar, y así he venido donde me ves y
con el intento que te he manifestado, el cual suspenderé hasta ver si
hace lo que como caballero debe; y de no hacerlo me puedes perdonar,
que aunque sepa perderme y perderte, vengaré tu agravio y el mío, y
cree que me tengo por bien afortunado en haberte hallado, y en merecer
que te fíes de mí y me hayas manifestado tu secreto antes que a él.
—Yo te lo agradezco —respondí—: y por que no sientan mal de
conversación tan larga, vete con Dios, que lugar habrá de vernos; y
si hubieres menester algo, pídemelo, que aún no me lo ha quitado la
fortuna todo, que bien tengo que darte, aunque sea poco para lo que
mereces y yo te debo.
Y con esto y darle un doblón de a cuatro, le despedí; y cierto que
nunca más bien me pareció Luis que en esta ocasión: lo uno, por tener
de mi parte algún arrimo, y lo otro, por verle con tan honrados y
alentados intentos.
Algunos días tardaron las galeras en llegar al puerto, uno de los
cuales, estando mi señora fuera con las doncellas y sola yo en casa,
don Manuel, acaso deseoso de satisfacerse de su sospecha, vino a mi
casa a buscar a mi señor, o a mí, que es lo más cierto, y como entró y
me vio, con una sequedad notable me dijo:
—¿Qué disfraz es este, doña Isabel? ¿O cómo las mujeres de tus
obligaciones, y que han tenido deseos y pensamientos de ser mía, se
ponen en semejantes bajezas?; siéndolo tanto que si alguna intención
tenía de que fueses mi esposa, ya la he perdido por el mal nombre que
has granjeado conmigo y con cuantos lo supieran.
—¡Ah traidor engañador y perdición mía! ¿Cómo no tienes vergüenza de
tomar mi nombre entre tus labios, siendo la causa de esa bajeza con
que me baldonas, cuando por tus traiciones y maldades estoy puesta en
ella? Y no solo eres causador de esto, mas de la muerte de mi honrado
padre, que porque pagues a manos del cielo tus traiciones, y no a las
suyas, le quitó la vida con el dolor de mi pérdida. Zelima soy, no
doña Isabel: esclava soy, no señora: mora soy, pues tengo dentro de mí
misma aposentado un moro renegado como tú, pues lo es quien falta a
Dios la palabra que le dio de ser mío, ni tampoco cristiano ni noble,
sino un infame caballero; estos hierros y los de mi afrenta tú me los
has puesto, no solo en el rostro sino en la fama: haz lo que te diere
gusto, que si te ha quitado la voluntad de hacerme tuya, Dios hay en
el cielo y rey en la tierra: y si estos no lo hicieren, hay puñales, y
tengo manos y valor para quitarte esa vida: para que de mí aprendan las
mujeres nobles a castigar hombres falsos y desagradecidos. Y quítateme
de delante si no quieres que haga lo que digo.
Viome tan colérica y apasionada que, o porque no hiciese algún
desacierto, o porque no estaba contento de los agravios y engaños
que me había hecho y le faltaban más que hacer, empezó a reportarme
con caricias y halagos que yo no quise por gran espacio admitir,
prometiéndome remedio a todo. Queríale bien, y creíle (perdonadme
estas licencias que tomo en decir esto; y creedme que más llevaba el
pensamiento de restaurar mi honor que no el achaque de la liviandad).
En fin, después de haber hecho las amistades y dádole cuenta de lo que
me había sucedido hasta aquel punto, me dijo que pues ya estas cosas
estaban en este estado, pasasen así hasta que llegásemos a Sicilia, que
allá se tendría modo como mis deseos y los suyos tuviesen dichoso fin,
y con esto nos apartamos, quedando yo contenta, mas no segura de sus
engaños; mas para la primera vez no había negociado muy mal.
Vinieron las galeras y embarcámonos en ellas con mucho gusto mío, por
ir don Manuel en compañía de mis dueños y en la misma galera que yo
iba, donde le hablaba y veía a todas horas, con gran pena de Luis,
que como no se le ocultaban mis dichas, andaba muy triste, con lo que
confirmaba el pensamiento que tenía de que era don Felipe, mas no se lo
daba a sentir por no darle mayores atrevimientos.
Llegamos a Sicilia y aposentámonos todos dentro de palacio. En
reconocer la tierra y tomarla cariño se pasaron algunos meses, y cuando
entendí que don Manuel diera orden de sacarme de esclava y cumplir lo
prometido, volvió de nuevo a matarme con tibiezas y desaires; tanto que
aun para mirarme le faltaba voluntad, y era que había dado en andar
distraído con mujeres y juegos, y lo cierto de todo, que no tenía amor,
con que llegaron a ser mis ahogos y tormentos de tanto peso que de día
ni de noche se enjugaban mis tristes ojos, de manera que no fue posible
encubrírselo a Leonisa, aquella doncella con quien profesaba tanta
amistad, que sabidas debajo de secreto mis tragedias, y quién era,
quedó fuera de sí.
Queríame tanto mi señora que, por dificultosa que fuera la merced que le
pedía, me la otorgaba, y así por poder hablar a don Manuel sin estorbos
y decirle mi sentimiento, la pedí una tarde licencia para que con
Leonisa fuera a merendar a la marina, y concedida, pedí a Luis dijera a
su amo que unas damas le aguardaban en la marina, mas que no dijese que
era yo, temiendo que no iría.
Nos fuimos a ella, y tomamos un barco para que nos pasase a una
isleta, que tres o cuatro millas dentro del mar se mostraba muy amena
y deleitosa. En esto llegaron don Manuel y Luis, que habiéndonos
conocido, disimulando el enfado, solemnizó la burla. Entramos todos
cuatro en el barco con dos marineros que le gobernaban; y llegando
a la isleta salimos en tierra, aguardando en el mismo barquillo los
marineros para volvernos cuando fuese hora (que en esto fueron más
dichosos que los demás).
Sentámonos debajo de unos árboles y estuvimos hablando en la causa que
allí me había llevado, yo dando quejas y don Manuel disculpas falsas y
engañosas, como siempre.
De la otra parte de la isleta había dado fondo en una quiebra o cala
de ella una galeota de moros corsarios de Argel, y como desde lejos
nos viesen, saltaron en tierra el arráez y otros moros, y viniendo
encubiertos hasta donde estábamos, nos sorprendieron de modo que ni don
Manuel ni Luis pudieron ponerse en defensa, ni nosotros huir; y así nos
llevaron cautivos a su galeota, haciéndose, luego que tuvieron presa,
a la mar, pues no se contentó la fortuna con haberme hecho esclava de
mi amante, sino de moros, aunque en llevarle a él conmigo no me servía
de tanta pena el cautiverio. Los marineros, viendo el suceso, remando a
boga arrancada, como dicen, se escaparon, llevando la nueva de nuestro
desdichado suceso.
Estos corsarios moros, como están diestros en tratar y hablar con
cristianos, hablan y entienden medianamente nuestra lengua; y así me
preguntó el arráez, como me vio herrada, quién era; yo le dije que era
mora y me llamaba Zelima, que me habían cautivado seis años había, que
era de Fez y que aquel caballero era hijo de mi señor y el otro su
criado, y aquella doncella lo era también de mi casa, que los tratase
bien y pusiese precio en el rescate, que apenas lo sabrían sus padres
cuando enviarían la estimación; y esto lo dije fiada en las joyas y
dineros que traía conmigo. Todo lo dicho lo hablaba alto, porque los
demás lo oyesen y no me sacasen mentirosa.
Contento quedó el arráez, así con la presa por su interés como por
parecerle había hecho un gran servicio a su Mahoma en sacarme, siendo
mora, de entre cristianos, y así lo dio a entender haciéndome muchas
caricias y a los demás buen tratamiento, y así fuimos a Argel y nos
entregó a una hija muy hermosa y niña llamada Zaida, que se holgó tanto
conmigo, porque era mora, como con don Manuel, porque se enamoró de él.
Vistiome luego de estos vestidos que veis, y trató que hombres diestros
en quitar estos hierros me los quitasen; no porque ellas no usen tales
señales, que antes lo tenían por gala, sino porque era S y clavo, que
daba señal de lo que yo era, a lo cual respondí que yo misma me lo
había puesto por mi gusto y que no los quería quitar.
Queríame Zaida ternísimamente, o por merecerlo yo con mi agrado, o
por parecerle podría ser parte con mi dueño para que la quisiese; en
fin, yo hacía y deshacía en su casa como propia mía, y por mi respeto
trataban a don Manuel, a Luis y a Leonisa muy bien, dejándolos andar
libres por la ciudad, habiéndoles dado permiso para tratar su rescate.
Avisé a don Manuel hiciese el precio de todos tres, que yo le daría
joyas para ello; de lo cual mostró don Manuel quedar agradecido: solo
hallaba dificultad en sacarme a mí, porque en cuanto a esto cierto es
que no se podía tratar de rescate; y así aguardamos a los redentores
para que se dispusiese todo.
En este tiempo me descubrió Zaida su amoroso cuidado, pidiéndome
hablase a don Manuel y que le dijese que si quería volverse moro, se
casaría con él y le haría señor de grandes riquezas que tenía su padre,
poniéndome con esto en tantos cuidados y desesperaciones que casi me
vi en términos de quitarme la vida.
Dábame lugar para hablar despacio a don Manuel; y aunque en muchos días
no le dije nada de la pasión de la mora, temiendo su mala condición,
dándole a ella algunas fingidas respuestas, unas de disgusto y otras
al contrario, la fuerza de los celos, más por pedírselos a mi ingrato
que por decirle la voluntad de Zaida, porque el traidor, habiéndole
parecido bien, con los ojos deshacía cuanto hacía, me obligó a hacerle
sabedor de todo. Después de reñirme mis sospechosas quimeras, me dijo
que más acertado le parecía engañarla, que le dijese que él no había de
dejar su ley aunque le costase no una vida que tenía sino mil; mas si
ella quería venirse con él a tierra de cristianos y ser cristiana, que
la prometía casarse con ella, y a esto añadió que yo lo sazonase para
atraerla a nuestro intento, que en saliendo de allí estuviese segura
que cumpliría con su obligación.
¡Ah, falso, y cómo me engañó en esto como en lo demás! En fin, para
no cansaros, Zaida vino en todo muy contenta, y más cuando supo que
yo también me iría con ella, y se concertó para de allí a dos meses
la partida, pues su padre había de ir a un lugar donde tenía hacienda
y casa, que los moros en todas las tierras donde tienen trato tienen
mujeres e hijos.
Ya la venganza mía contra don Manuel debía de disponer el cielo, y así
facilitó los medios de ella, pues ido el moro, Zaida hizo una carta en
que su padre la enviaba a llamar porque había caído en una peligrosa
enfermedad, para que el rey la diese licencia para su jornada, por
cuanto los moros no pueden ir de un lugar a otro sin ella; y alcanzada,
hizo aderezar una galeota bien armada de remeros cristianos, a quienes
se avisó con todo secreto el designio, y poniendo en ella todas las
riquezas de plata, oro y vestidos que sin hacer rumor podía llevar, y
con ella yo y Leonisa, y otras dos cristianas que la servían, que mora
no quiso llevar ninguna, don Manuel y Luis, caminamos por la mar la vía
de Cartagena o Alicante, donde con menos riesgo se pudiese salir.
Aquí fueron mis tormentos mayores, aquí mis ansias sin comparación,
porque como allí no había impedimento que lo estorbase y Zaida iba
segura de que don Manuel había de ser su marido, no se negaba a ningún
favor que pudiese hacerle; ya contemplaban mis tristes ojos a don
Manuel asido de las manos de Zaida, ya miraba a esta colgada de su
cuello, y aun volverse los alientos en vasos de coral; porque como el
traidor mudable la amaba, él buscaba las ocasiones; y si no llegó a
más era por el cuidado con que yo andaba, siendo estorbo de mayores
placeres.
Bien conocía yo que no gustaban de que yo fuese tan cuidadosa, mas
disimulaban su enfado: y si tal vez le decía al medio moro alguna
palabra, me daba en los ojos con que lo podía hacer, que bastaban los
riesgos que por mis temeridades y locuras había pasado, y que no era
razón por ellas mismas nos viésemos en otros mayores, que tuviese
sufrimiento hasta llegar a Zaragoza, que todo tendría remedio.
Llegamos en fin con próspero viaje a Cartagena, y tomada tierra,
dimos libertad a los cristianos para que pudiesen ir a su casa.
Puesta la ropa a punto, tomamos el camino para Zaragoza; si bien
Zaida descontenta, pues quisiera en la primera tierra de cristianos
bautizarse y casarse; tan enamorada estaba de su nuevo esposo: y si no
lo hizo, fue por mí, que no porque él no deseaba lo mismo.
Llegamos a Zaragoza, siendo pasados seis años que partimos de ella, y
a casa de don Manuel, donde halló a su madre muerta y a doña Eufrasia
viuda, que habiéndose casado con el primo que esperaba de las Indias,
dejándola recién parida de un hijo, había muerto en la guerra de un
carabinazo.
Fuimos bien recibidos de doña Eufrasia, y con la admiración y gusto
que se puede imaginar. Tres días descansamos, contando los unos a los
otros sucesos pasados. Maravillose doña Eufrasia de ver S y clavo en mi
rostro, que por Zaida no le había quitado, a quien consolé con decirle
eran fingidos y que era fuerza tenerlos hasta cierta ocasión.
Era tanta la priesa que Zaida daba a que la bautizasen, pues se quería
casar, que me obligó una tarde, algo antes de anochecer, a llamar a don
Manuel, y en presencia de Zaida y su hermana, y demás familia, sin que
faltase Luis, que aquellos días andaba más cuidadoso, le dije estas
razones:
—Ya, señor don Manuel, que ha querido el cielo, obligado de mis
continuos lamentos, que nuestros trabajos hayan tenido fin con tan
próspero suceso como haberos traído libre de todos a vuestra casa, y
Dios ha permitido que yo os acompañase en lo uno y lo otro, quizá para
que viendo por vuestros ojos con cuánta perseverancia y paciencia os
he seguido en ellos, paguéis deudas tan grandes: cesen ya engaños y
cautelas, y sepa Zaida y el mundo entero que lo que me debéis no se
paga con menos cantidad que con vuestra persona; y que estos hierros
que están en mi rostro vos solo los podéis quitar, llegando el día en
que las desdichas y afrentas que he padecido tengan premio: fuerza es,
pues, que ya mi ventura no se dilate, para que los que han sabido mis
afrentas y desaciertos sepan mis logros y dichas.
Muchas veces habéis prometido ser mío, y no es razón que cuando otras
os tienen por suyo, os tema yo ajeno y os llore extraño: mi calidad ya
sabéis que es mucha; mi hacienda no es corta; mi hermosura, la misma
que vos buscasteis y elegisteis; mi amor no lo ignoráis; mis finezas
pasan a temeridades; por ninguna parte perdéis, antes ganáis; que si
hasta aquí con hierros fingidos he sido vuestra esclava, desde hoy
sin ellos seré verdadera. Decid, os suplico, lo que queréis que se
disponga, para que lo que os pido tenga el dichoso lauro que deseo, y
no me tengáis más temerosa, pues ya de justicia merezco el premio que
de tantas desdichas como he pasado os estoy pidiendo.
No me dejó decir mas el traidor, pues sonriéndose, a modo de burla dijo:
—¿Y quién os ha dicho, señora doña Isabel, que todo eso que decís no
lo tengo muy conocido, y tanto que con lo mismo que habéis pensado
obligarme me tenéis tan desobligado, que si alguna voluntad os tenía,
ya ni aun pensamiento de haberla habido en mí tengo?
Vuestra calidad no la niego, vuestras finezas no las desconozco, mas
si no hay voluntad, no sirve todo esto nada; conocido pudiérades tener
en mí desde el día en que partí de esta ciudad, que pues os volví las
espaldas, no os quería para esposa; y si entonces aún se me hiciera
dificultoso, ¿cuánto más será ahora, que solo por seguirme como pudiera
una mujer baja, os habéis puesto en tan civiles empeños?
Esta resolución con que ahora os hablo, días ha que la pudiérades
tener conocida; y en cuanto a la palabra que decís os he dado, como
estas damos los hombres por alcanzar lo que deseamos, y pudieran ya
las mujeres tener conocida esta treta y no dejarse engañar, pues las
avisan tantas escarmentadas; y, en fin, por esta parte me hallo menos
obligado que por las demás; pues si la di alguna vez, fue sin voluntad
de cumplirla y solo por moderar vuestra ira: yo nunca os he engañado,
que bien podéis haber conocido que el dilatarlo nunca ha sido por falta
de lugar, sino que no tengo ni he tenido tal pensamiento, pues vos sola
sois la que os habéis querido engañar, por andaros tras mí sin dejarme;
y para que ya salgáis de esa duda y no me andéis persiguiendo, sino que
viendo el imposible os aquietéis, perded la esperanza que en mí tenéis,
y volviéndoos con vuestra madre, allá entre vuestros naturales buscad
marido que sea menos escrupuloso que yo, porque es imposible que yo me
fiase de mujer que sabe hacer y buscar tantos disfraces.
Zaida es hermosa, y riquezas no la faltan; amor tiene como vos, y yo se
le tengo desde el punto que la vi; y así, en siendo cristiana, que será
en previniéndose lo necesario para serlo, le doy la mano de esposo; y
con esto acabaremos, vos de atormentarme y yo de padecerlo.
De la misma suerte que la víbora pisada me pusieron las infames
palabras y aleves obras del ingrato don Manuel, y queriendo responder a
ellas, Luis, que desde el punto que él había empezado su plática había
mejorado de lugar y puéstose al mismo lado de don Manuel, sacando la
espada y diciendo:
—Oh falso y mal caballero, ¿de esa suerte pagas las obligaciones y
finezas que debes a un ángel?
Viendo que a estas voces se levantaba don Manuel, metiendo mano a la
suya, le tiró una estocada tal que, o fuese por cogerle desapercibido,
o que el cielo por su mano le envió su merecido castigo y a mí la
deseada venganza, le pasó de parte a parte con tal presteza que al
primer «¡ay!» le salió el alma del cuerpo, dejándome a mí casi sin
ella, y en dos saltos se puso a la puerta diciendo:
—Ya, hermosa doña Isabel, te vengó don Felipe de los agravios que te
hizo don Manuel; quédate con Dios, que si escapo de este riesgo con
vida yo te buscaré —y en un instante se puso en la calle.
El alboroto en un fracaso como este fue tal que es imposible contarle,
porque las criadas, unas acudieron a las ventanas dando voces y
llamando gente, y otras a doña Eufrasia, que se había desmayado, de
suerte que ninguna reparó en Zaida, que como siempre había tenido
cautivas cristianas, no sabía ni hablaba muy mal nuestra lengua; y no
habiendo entendido todo el caso, viendo a don Manuel muerto, se arrojó
sobre él llorando, y con el dolor de haberle perdido le quitó la daga
que tenía en la cinta, y antes que nadie pudiese, con la turbación que
todas tenían, prevenir su riesgo, se la escondió en el corazón, cayendo
muerta sobre su infeliz amante.
Yo, que como más cursada en desdichas era la que tenía más valor, por
una parte lastimada del suceso y por otra satisfecha con la venganza,
viéndolos a todos revueltos y que ya empezaba a venir gente, me entré
en mi aposento, y tomando todas las joyas de Zaida que de más valor
y menos embarazo eran, que estaban en mi poder, me salí a la calle,
lo uno porque la justicia no asiese de mí para que dijese quién era
don Felipe, y lo otro por ver si le hallaba, para que entrambos nos
pusiésemos en salvo; mas no le hallé.
En fin, aunque había días que no pisaba las calles de Zaragoza, acerté
la casa de Octavio, que me recibió con más admiración que cuando
la primera vez fui a ella, y contándole mis sucesos, reposé allí
aquella noche (si pudo tener reposo mujer por quien habían pasado y
pasan tantas desventuras), y así aseguro que no sé si estaba triste o
alegre; porque por una parte el lastimoso fin de don Manuel, como aún
hasta entonces no había tenido tiempo de aborrecerle, me lastimaba el
corazón; por otra sus traiciones y malos tratos, considerándole ya no
mío sino de Zaida, encendía en mí tal ira que tenía su muerte y mi
venganza por consuelo: considerando además el peligro de don Felipe,
a quien tan obligada estaba por haber hecho lo que a mí me era fuerza
hacer para volver por mi opinión perdida. Todo esto me tenía con
mortales ahogos y desasosiegos.
Otro día salió Octavio a ver por la ciudad lo que pasaba, y supo cómo
habían enterrado a don Manuel y a Zaida: al uno como a cristiano, y a
ella como a mora desesperada; y cómo a mí y a don Felipe nos llamaba la
justicia a pregones, poniendo grandes penas a quien nos encubriese y
ocultase, así me fue forzoso estarme escondida quince días hasta que se
sosegase el alboroto de un caso tan prodigioso: al cabo de los cuales
persuadí a Octavio fuese conmigo a Valencia, que allá más seguros le
diría mi determinación.
No le iba a Octavio tan mal con mis sucesos, pues siempre granjeaba de
ellos con qué sustentarse, y así me lo concedió; y puesto por obra,
tres o cuatro días estuve después de llegar a Valencia sin determinar
lo que dispondría de mí; unas veces me determinaba a entrarme en un
convento hasta saber nuevas de don Felipe, a quien no podía negar la
obligación que le tenía, y a costa de mis joyas sacarle libre del
peligro en que estaba por el delito cometido, y pagarle con mi persona
y bienes, haciéndole mi esposo; mas de esto me apartaba el temor de
que quien una vez había sido desdichada no sería jamás dichosa. Otras
veces me resolvía a irme a Murcia con mi madre; y de esto me disuadía
el imaginar cómo parecería ante ella, habiendo sido causa de la muerte
de mi padre y de todas sus penas y trabajos.
Finalmente, me resolví tomar la determinación con que empecé mis
fortunas, que era ser siempre esclava herrada, pues lo era en el
alma; y así, metiendo las joyas de modo que las pudiese siempre traer
conmigo, y este vestido en un lío que no pudiese parecer más de ser
algún pobre arreo de una esclava, dando a Octavio satisfacción del
trabajo que por mí tomaba, le hice me sacase a la plaza y a pública voz
de pregonero me vendiese, sin reparar en que el precio que le diesen
por mí fuese bajo ni subido.