Alabaron doña Eufrasia y su hermano más la presteza de hacerle que

el soneto; si bien don Manuel tibiamente; ya parecía que andaba su

voluntad achacosa, y la mía temerosa de algún mal suceso en los míos,

y a mis solas daban mis ojos muestra de mis temores, quejándome de mi

mal pagado amor, dando al cielo quejas de mi desdicha: y cuando don

Manuel, viéndome triste y los ojos con las señales de haberles dado

el castigo que no merecían, pues no tuvieron culpa en mi tragedia, me

preguntaba la causa, por no perder el decoro a mi gravedad, desmentía

con él los sentimientos de ellos, que eran tantos que apenas los podía

disimular; enamoreme, rogué, rendime; vaya, vengan penas, alcáncense

unas a otras.

Mas por una violencia estar sujeta a tantas desventuras, ¿a quién le

ha sucedido sino a mí? ¡Ay, damas hermosas y avisadas, y qué desengaño

es este si le contempláis! ¡Ay, hombres, y qué afrenta para vuestros

engaños! ¿Quién pensara que don Manuel hiciera burla de una mujer como

yo, supuesto que aunque era noble y rico, aun para escudero de mi

casa no le admitieran mis padres?, que este es el mayor sentimiento

que tengo, pues estaba segura de que no me merecía y conocía que me

desestimaba.

Fue el caso que había más de diez años que don Manuel hablaba a una

dama de la ciudad, ni la más hermosa ni la más honesta, y aunque

casada, no hacía ascos de ningún galanteo, porque su marido tenía buena

condición; pues comía sin traerlo, y por no estorbar se iba fuera

cuando era menester; y aunque aquí había reprensión para los hombres,

mas los comunes y bajos que viven de esto no son hombres, sino bestias.

Cuando más engolfada estaba Alejandra, que así se llamaba esta dama,

en la amistad de don Manuel, quiso el cielo, para castigarla, o para

destruirme, darla una peligrosa enfermedad, de la que, viéndose en

peligro de muerte, prometió a Dios apartarse de tan ilícito trato,

haciendo voto de cumplirlo: sustentó esta devota promesa, viéndose con

la deseada salud, año y medio, que fue el tiempo en que don Manuel

buscó mi perdición, viéndose despedido de Alejandra; bien que, como

después supe, la visitaba por cortesía y la regalaba por la obligación

pasada.

¡Ah, mal hayan estas correspondencias corteses que tan caras cuestan a

muchas! Entretenido en mi galanteo faltó a la asistencia de Alejandra,

conociendo el poco fruto que sacaba de ella, pues esta mujer en faltar

de su casa, como solía mi ingrato dueño, conoció que era la ocasión

otro empleo, y buscando la causa, o que las criadas pagadas de la casa

de don Manuel, o mi desventura que se lo debió de decir, supo como don

Manuel trataba su casamiento conmigo: entró aquí alabarle mi hermosura

y su rendimiento, y como jamás se apartaba de idolatrar en mi imagen,

que cuando se cuentan los sucesos, y más si han de dañar, con menos

ponderación son suficientes.

En fin, Alejandra, celosa y envidiosa de mis dichas, faltó a Dios

lo que había prometido, para sobrarme a mí en penas; que si faltó a

Dios, ¿cómo no me había de sobrar a mí? Era atrevida y resuelta, y lo

primero a que se atrevió fue a verme. Pasemos adelante, que fuera hacer

este desengaño eterno, y no es tan corto el tormento que padezco en

referirle, que me saboree tan despacio en él; acarició a don Manuel,

solicitó que volviese a su amistad, consiguió lo que deseó y volvió

de nuevo a reincidir en la ofensa, faltando en la enmienda que a Dios

había prometido.

Parecerá, señores, que me deleito en nombrar a menudo el nombre de

este ingrato, pues no es así, sino que como ya para mí es veneno,

quisiera que trayéndole en mis labios me acabara de quitar la vida.

Volviose en fin a adormecer y transportar en los engañosos encantos

de esta Circe, y como una división causa mayores deseos entre los que

se aman, fue con tanta puntualidad la asistencia en su casa que fue

fuerza hiciese falta en la mía. Tanto que, ni en los pesarosos días

del verano, ni en las cansadas noches del invierno, no había una hora

para mí; y con esto empecé a sentir las penas que una desvalida y mal

pagada mujer puede sentir, porque si a fuerza de quejas y sentimientos

había un instante para estar conmigo, era con tanta frialdad y tibieza

que se apagaban en ella los encendidos fuegos de mi voluntad; no para

apartarme de tenerla, sino para darle las desazones que merecía:

últimamente empecé a temer, del temer nace el celar, y del celar buscar

las desdichas y hallarlas.

No le quiero prometer a un corazón amante más perdición que venir a

tropezar en celos, que cierto es que la caída será para no levantarse

más, porque si calla los agravios, juzgando que los ignora, no se

recatan de hacerlos, y si habla más descubiertamente, pierden el

respeto, como me sucedió a mí; que no pudiendo ya disimular las

sinrazones de don Manuel, empecé a desenfadarme y reprenderle, y de

esto pasar a reñirle, con que me califiqué por enfadosa y de mala

condición, y a pocos pasos que di me hallé en los lances de aborrecida.

Ofréceseme a la memoria un soneto que hice, hallándome un día muy

apasionada; que, aunque os canse, le he de decir.

No vivas, no, dichosa, muy segura

De que has de ser toda la vida amada;

Llegará el tiempo que la nieve helada

Agote de tu dicha la hermosura.

Yo, como tú, gocé también ventura;

Ya soy, como me ves, bien desdichada;

Querida fui, rogada y estimada,

Del que tu gusto y mi dolor procura.

Consuela mi pasión, que el dueño mío,

Que ahora es tuyo, fue conmigo ingrato;

También contigo lo será, dichosa.

Pagarasme el agravio en su desvío;

No pienses que has feriado muy barato,

Que tú has de ver como yo estoy celosa.

Admitía estas finezas don Manuel como quien ya no las estimaba, antes

con enojos quería desvanecer mis sospechas, afirmándolas por falsas; y

dándose más cada día a sus desaciertos, venimos él y yo a tener tantos

disgustos y desasosiegos que más era muerte que amor el que había entre

los dos, y con esto me dispuse a averiguar la verdad de todo, porque

no me desmintiese; y de camino, por si podía hallar remedio a tan

manifiesto daño, mandé a Claudia seguirle, con que se acabó de perder

todo; porque una tarde que le vi algo inquieto, y que ni por ruegos

ni lágrimas mías, ni pedírselo su hermana, no se pudo estorbar que

saliese de casa, mandé a Claudia viese dónde iba, la cual le siguió

hasta verle entrar en casa de Alejandra; y aguardando a ver lo que

resultaba, vio que ella con otras amigas y don Manuel se entraron en un

coche y se fueron a un jardín; y no pudiendo ya la fiel Claudia sufrir

tantas libertades cometidas en ofensa mía, se fue tras ellos, y al

entrar en el vergel, dejándose ver, le dijo lo que fue justo si, como

fue bien dicho, fuera bien admitido: porque don Manuel, si bien corrido

de ser descubierto, afeó y trató mal a Claudia, riñéndola más como

dueño que como amante mío; con lo cual la atrevida Alejandra, tomándose

licencia de valida, se atrevió a Claudia con palabras y obras, dándose

por sabedora de quién era yo, cómo me llamaba y, en fin, cuanto por

mí había pasado, mezclando entre estas libertades las amenazas de que

daría cuenta a mi padre de todo; y aunque no cumplió esto, hizo otros

atrevimientos tan grandes o mayores, como era venir a la posada de

don Manuel a todas horas, entraba atropellándolo todo y diciendo mil

libertades; tanto que en diversas ocasiones se puso Claudia con ella a

mil riesgos.

En fin, para no cansaros lo diré de una vez. Ella era mujer que no

temía a Dios ni a su marido, pues llegó su atrevimiento a tratar de

quitarme la vida con sus propias manos.

De todos estos atrevimientos no daba don Manuel la culpa a Alejandra

sino a mí, y tenía razón, pues yo por mis peligros debía sufrir

más: estaba ya tan precipitada que ninguno se me hacía áspero ni

peligroso, pues me entraba por todo sin temor de ningún riesgo: todo

era afligirme, todo llorar y todo dar a don Manuel quejas; unas

veces con caricias y otras con despegos, determinándome tal vez a

dejarle y no tratar más de esto, aunque me quedase perdida; y otras

pidiéndole hablase a mis padres, para que siendo su mujer cesasen estas

revoluciones: mas como ya no quería, todas estas desdichas sentía y

temía doña Eufrasia, porque había de venir a parar en peligro de su

hermano: mas no hallaba remedio aunque le buscaba.

A todas estas desventuras hice unas décimas, que os quiero referir,

porque en ellas veréis mis sentimientos mejor pintados y con más finos

colores, que dicen así:

Ya de mi dolor rendida,

Con los sentidos en calma,

Estoy, deteniendo el alma,

Que anda buscando salida;

Ya parece que la vida,

Como la candela que arde,

Y al verse morir cobarde

Vuelve otra vez a vivir,

Porque aunque desea morir,

Procura que sea más tarde.

Llorando noches y días

Doy a mis ojos enojos;

Como si fueran mis ojos

Causa de las ansias mías:

¿Adónde estáis, alegrías?

Decidme, ¿dónde os perdí?

Responded, ¿qué causa os di?

¿Mas qué causa puede haber

Mayor, que no merecer

El bien que se fue de mí?

Sol fui de algún cielo ingrato,

Si acaso hay ingrato cielo;

Fuego fue, volviose hielo;

Sol fui, luna me retrato,

Mi menguante fue su trato;

Mas si la deidad mayor

Está en mí, que es el amor,

Y este no puede menguar,

Difícil será alcanzar

Lo que intenta su rigor.

Celos tuve, mas, querida,

De los celos me burlaba,

Antes en ellos hallaba

Sainetes para la vida:

Ya sola y aborrecida

Tántalo en sus glorias soy,

Rabiando de sed estoy:

¡Ay qué penas, ay qué agravios!

Pues con el agua en los labios

Mayor tormento me doy.

¿Qué mujer habrá tan loca,

Que viéndose aborrecer,

No le canse el padecer,

Y esté como firme roca?

Yo sola, porque no toca

A mí la ley de olvidar,

Venga pesar a pesar,

A un rigor otro rigor,

Que ha de conocer amor

Que sé cómo se ha de amar.

Ingrato, que al hielo excedes;

Nieve, que a la nieve hielas,

Si mi muerte no recelas,

Desde hoy más temerla puedes:

Regatea las mercedes,

Aprieta más el cordel,

Mata esta vida con él,

Sigue tu ingrata porfía,

Que te pesará algún día

De haber sido tan cruel.

Sigue, cruel, el encanto

De esa engañosa sirena,

Que por llevarte a su pena

Te adormece con su canto;

Huye mi amoroso llanto,

No te obligues de mi fe,

Porque así yo esperaré

Que has de ser como deseo

De aquella arpía, Fineo,

Para que vengada esté.

Préciate de tu tibieza,

No te obliguen mis enojos,

Pon más capote a los ojos,

Cánsate de mi firmeza:

Ultraja más mi nobleza,

Ni sigas a la razón,

Que ya en mi corazón

Amor carácter ha sido,

Pelearé con tu olvido,

Muriendo por tu ocasión.

Bien sé que tu confianza

Es de mi desdicha parte,

Y fuera mejor matarte

A pura desconfianza,

Todo, cruel, se me alcanza,

Que como te ves querido,

Tratas mi amor con olvido,

Porque una noble mujer,

O no llegar a querer,

O ser lo que siempre ha sido.

Ojos, llorad, pues no tiene

Ya remedio vuestro mal,

Ya vuelve el dolor fatal,

Ya el alma a la boca viene:

Ya solo morir conviene,

Porque triunfe el que me mata;

Ya la vida se desata

Del lazo que el alma dio,

Y con ver que me mató,

No olvido al que me maltrata.

Alma, buscad dónde estar,

Que mi palabra os empeño,

Que en vuestra posada hay dueño

Que quiere en todo mandar;

¿Ya qué tenéis que aguardar,

Si vuestro dueño os despide,

Y en vuestro lugar recibe

Otra alma que más estima,

No veis que en ella se anima,

Y con más contento vive?

¡Oh cuántas glorias perdidas

En esa casa dejáis!

¿Cómo ninguna sacáis?

Pues no por mal adquiridas,

Mal premiadas, bien servidas,

Que en eso ninguna os gana;

Pero si es tan inhumana

La impiedad del que os arroja,

Pues veis que en veros se enoja,

Idos vos de buena gana.

Sin las potencias salís;

¿Cómo esos bienes dejáis?

Que a cualquier parte que vais

No os querrán si lo advertís:

Mas oigo que me decís,

Que sois como el que se abrasa,

Que viendo que el fuego pasa

A ejecutarle en la vida,

Deja la hacienda perdida,

Que se abrase con la casa.

Pensando en mi desventura,

Casi en la muerte he llegado;

Ya mi hacienda se ha abrasado,

Que eran bienes sin ventura:

Oh tú, que vives segura

Y contenta en casa ajena,

De mi fuego que la llena,

Y algún día vivirá,

Y la tuya abrasará

Como escarmiento en mi pena.

Mira, y siente cuál estoy,

Tu caída piensa en mí,

Que ayer maravilla fui,

Y hoy sombra mía no soy:

Lo que va de ayer a hoy

Podrá ser de hoy a mañana;

Estás contenta y lozana,

Pues de un mudable señor

El fiarse es grande error,

No estés tan alegre, Juana.

Gloria mis ojos llamó,

Mis palabras gusto y cielos:

Diome celos, y tomelos

Al punto que me los dio:

Ah, mal haya quien amó

Celosa, firme y rendida,

Que cautelosa y fingida

Es bien sea una mujer,

Para no llegarse a ver

Como estoy, aborrecida.

¡Oh amor, por lo que he servido

A tu suprema deidad,

Ten de mi vida piedad!

Esto por premio te pido;

No se alegre este atrevido

En verme por él morir;

Pero muriendo vivir,

Muerte será, que no vida,

Ejecuta amor la herida,

Pues yo no acierto a pedir.

Sucedió en este tiempo nombrar Su Majestad por virrey de Sicilia al

señor almirante de Castilla, y viéndose don Manuel engolfado en estas

competencias que entre Alejandra y yo traíamos, y lo más cierto, con

poco gusto de casarse conmigo, considerando su peligro en todo, sin

dar cuenta a su madre y hermana, diligenció por medio del mayordomo,

que era muy íntimo amigo suyo, le recibiera el señor almirante por

gentilhombre de su cámara, y teniéndolo secreto, sin decirlo a nadie,

solo a un criado que le servía, y había de ir con él hasta la partida

del señor almirante.

Dos o tres días antes mandó prevenir su ropa, dándonos a entender a

todos quería ir por seis u ocho días a un lugar donde tenía no sé qué

hacienda; que esta jornada la había hecho otras veces en el tiempo que

yo le conocía.

Llegó el día de la partida, y despedido de todos los de su casa, al

despedirse de mí, que de propósito había pasado a ella para despedirse,

que como inocente de su engaño, aunque me pesaba, no era con el

extremo que si supiera la verdad de él, vi más terneza en sus ojos que

otras veces; porque al tiempo de abrazarme no me pudo hablar palabra,

porque se le arrasaron los ojos de agua, dejándome confusa, tierna y

sospechosa; si bien no juzgué sino que hacía amor algún milagro en

él y conmigo; y de esta suerte pasé aquel día, ya creyendo que me

amaba, vertiendo lágrimas de alegría, ya de tristeza de verle ausente:

y estando ya cerrada la noche, sentada en una silla, la mano en la

mejilla, bien suspensa y triste, aguardando a mi madre que estaba en

visita, entró Luis, el criado de mi casa, o por mejor acertar, don

Felipe, aquel caballero pobre que por serlo había sido tan mal mirado

de mis ojos que no había sido ni antes ni en esta ocasión conocido de

ellos, y que servía por solo servirme. Y viéndome como he dicho me dijo:

—¡Ay señora mía, y cómo si supieses tu desdicha, como yo la sé, esa

tristeza y confusión se volvería en pena de muerte!

Asusteme al oír esto, mas por no impedir saber el cabo de su confusa

razón, callé, y él prosiguió diciéndome:

—Ya no hay que disimular, señora, conmigo, que ha muchos días que

yo imaginaba estos sucesos, mas ahora es diferente, que ya sé toda la

verdad.

—¿Vienes loco, Luis? —le repliqué.

—No vengo loco —volvió a decir—; aunque pudiera, pues no es tan

pequeño el amor que como a señora mía te tengo, que no me pudiera haber

quitado el juicio, y aun la vida, lo que hoy he sabido; y porque no

es justo encubrírtelo más, el traidor don Manuel se va a Sicilia con

el almirante, con quien va acomodado por gentilhombre suyo; y además

de haber sabido, de su criado mismo, que por no satisfacerte a la

obligación que te tiene ha hecho esta maldad, yo le he visto por mis

ojos partir esta tarde: mira qué quieres que se haga en esto; que a fe

de quien soy, y que soy más de lo que tú imaginas, como sepa que tú

gustas de ello, que aunque piense perder la vida te ha de cumplir lo

prometido o que hemos de morir él y yo por ello.

Disimulando mi pena, le respondí:

—¿Y quién eres tú, que cuando aqueso fuese verdad, tendrías valor para

hacer lo que dices?

—Dame licencia —respondió Luis—, que después de hecho lo sabrás.

Acabé de enterarme de la sospecha que al principio dije había tenido de

ser don Felipe, como me lo había dado a entender su aire; y queriéndole

responder, entró mi madre, con que cesó la plática; y después de

haberla recibido, porque me estaba ahogando en mis propios suspiros y

lágrimas, me entré en mi aposento y arrojándome sobre la cama no es

necesario contaros las lástimas que dije, las lágrimas que derramé y

las determinaciones que tuve, ya de quitarme la vida, ya de quitársela

a quien me la quitaba, y al fin admití la peor y la que ahora oiréis,

que estas eran honrosas; y la que elegí, con la cual me acabé de

perder, fue levantarme con más ánimo que mi pena prometía, y tomando

mis joyas y las de mi madre y muchos dineros en plata y en oro, porque

todo estaba en mi poder, aguardé a que mi padre viniese a cenar, y

habiendo venido, me llamaron, mas yo respondí que no me sentía buena,

que después tomaría una conserva.

Se sentaron a cenar, y como vi acomodado lugar para mi loca

determinación, por estar los criados y criadas divertidos en servir la

mesa, y si aguardara más fuera imposible surtir efecto mi deseo, porque

Luis cerraba las puertas de la calle y se llevaba las llaves; sin dar

parte a nadie, ni a Claudia, con ser la secretaria de todo, por una que

daba desde mi aposento a un corredor, me salí y puse en la calle.

A pocas de mi casa estaba la del criado que he dicho había despedido

mi padre cuando recibió a Luis, la que yo sabía medianamente, porque

lastimada de su necesidad, por ser anciano, le socorría y aun visitaba

las veces que sin mi madre salía fuera: fuime a ella, donde el buen

hombre me recibió con harto dolor de mi desdicha, que ya sabía él por

mayor, habiéndole dado palabra que, en haciéndose mis bodas, le traería

a mi casa.

Reprendió Octavio, que este era su nombre, mi determinación; mas viendo

que ya no había remedio, hubo de obedecer y callar, y más cuando supo

que traía dineros y que le di a él parte de ellos. Allí pasé aquella

noche cercada de penas y temores, y a otro día le mandé fuese a mi

casa y, sin darse por entendido, hablase a Claudia y la dijese que

me buscaba a mí, como hacía otras veces, y viese qué había y si me

buscaban.

Fue Octavio y halló, ¿qué halló?, el remate de mi desventura. Cuando

llego a acordarme de esto no sé cómo no se me hace pedazos el corazón.

Llegó Octavio a mi desdichada casa, y vio entrar y salir toda la gente

de la ciudad, y admirado entró él también con los demás, buscando a

Claudia, y hallándola triste y llorosa, le contó cómo acabando de cenar

entró mi madre donde yo estaba para saber qué mal me afligía, y como

no me halló preguntó por mí; a lo que todos respondieron que sobre la

cama me habían dejado cuando salieron a servirla; y que habiéndome

buscado por dentro y fuera de la casa, como hallasen las llaves de los

escritorios sobre la cama y abierta la puerta que salía al corredor,

que siempre estaba cerrada, y mirasen los escritorios y viesen la falta

de ellos, luego vieron que no faltaba en vano. A cuyo suceso empezó mi

madre a dar gritos; acudió mi padre a ellos y sabiendo la causa, como

era hombre mayor, con la pena y susto que recibió dio una caída de

espaldas, privado de todo sentido; y que ni se sabe si de ella o si del

dolor había sido el desmayo tan profundo que no volvió más de él.

De todo esto fue causa mi facilidad: díjole también que aunque los

médicos mandaban se tuviese sin enterrar las horas que mandaba la ley,

que era excusado, y que ya se trataba de hacerlo; que mi madre estaba

poco menos, y que con estas desdichas no se hacía caso de la mía, si no

era para afear mi mal acuerdo; que mi madre había sabido lo que pasaba

con don Manuel; que en volviendo yo las espaldas todos habían dicho lo

que sabían, y que no había consentido buscarme, diciendo que pues yo

había elegido el marido a mi gusto, que Dios me diese más dicha con él

que había dado a su casa.

Volvió Octavio con estas nuevas, bien tristes y amargas para mí, y más

cuando me dijo que no se platicaba por la ciudad sino de mi suceso.

Dobláronse mis pasiones y casi estuve en términos de perder la vida;

mas como aún no me había bien castigado el cielo por ser causa de

tantos males, me la quiso guardar para que pasase los que faltaban.

Animeme algo con saber que no me buscaban, y después de coser todas mis

joyas y algunos doblones en parte donde los trajese conmigo sin ser

vistos, y dispuesto lo necesario para nuestra jornada, pasados cuatro o

seis días, una noche nos pusimos Octavio y yo en camino, y partimos la

vía de Alicante, donde iba a embarcarse mi ingrato amante. Llegamos a

ella, y viendo que no habían llegado las galeras, tomamos posada hasta

ver el modo que tendría en dejarme ver de don Manuel.

Iba Octavio todos los días adonde el señor almirante posaba: veía a mi

traidor esposo (si le puedo dar este nombre) y veníame a contar lo que

pasaba, y entre otras cosas me dijo un día cómo el mayordomo buscaba

una esclava, y que, aunque le habían traído algunas, no le habían

gustado.

En oyendo eso me determiné a otra mayor fineza o a otra mayor locura

que las demás, y como lo pensé lo puse por obra, y fue que, fingiendo

clavo y S para el rostro, me puse en hábito conveniente para fingirme

esclava y mora, poniéndome por nombre Zelima, diciendo a Octavio que me

llevase y dijera era suya, y que si agradaba no reparase en el precio.

Mucho sintió Octavio mi determinación, vertiendo lágrimas en abundancia

por mí; mas yo le consolé con advertirle no ser este disfraz sino para

proseguir mi intento y traer a don Manuel a mi voluntad, y que teniendo

a los ojos a mi ingrato, sin conocerme, descubriría su intento. Con

esto se consoló Octavio, y más con decirle que el precio que le diesen

por mí se aprovechase de él, y me avisase a Sicilia de lo que mi madre

disponía de sí.

En fin, todo se dispuso tan a gusto mío que antes que pasasen ocho días

ya estaba vendida en cien ducados, y esclava, no de los dueños que me

habían comprado y dado por mí la cantidad que digo, sino de mi ingrato

y alevoso amante, por quien yo me quise entregar a tan vil fortuna.

En fin, satisfaciendo a Octavio con el dinero que dieron por mí y

alguna cosa más de lo que yo tenía, se despidió para volverse a su casa

con tan tierno sentimiento que, por no verle verter tiernas lágrimas

me aparté de él sin hablarle, quedando con mis nuevos amos no sé si

triste o alegre, aunque en encontrarlos buenos fui más dichosa que

en lo que hasta aquí he referido; demás que yo los supe agradar y

granjear, de modo que antes de muchos días me hice dueño de su voluntad

y casa.

Era mi señora moza y de afable condición, y con ella y otras dos

doncellas que había en casa me llevaba tan bien que todos me querían

como si fuese hija de cada una y hermana de todas, particularmente

con la una de las doncellas, cuyo nombre era Leonisa, que me quería

con tanto extremo que comía y dormía con ella en su misma cama. Esta

me persuadía que me volviese cristiana, y yo la agradaba con decir lo

haría cuando llegase la ocasión, y que yo lo deseaba más que ella.

La primera vez que me vio don Manuel fue un día que comía con mis

dueños; y aunque lo hacía muchas veces, por ser amigos, no había

tenido yo ocasión de verle porque no salí de la cocina hasta el día

que digo, que vine a traer un plato a la mesa, quien como pusiese en

mí sus aleves ojos y me reconociese, aunque le debió de desvanecer su

vista la S y clavo de mi rostro, tan perfectamente imitado al natural

que a nadie diera sospecha de ser fingidos, en medio de sus dudas se

olvidó de llevar el bocado a la boca, pensando qué sería lo que miraba,

porque por una parte creyó ser la misma que era, y por otra no se podía

persuadir que yo hubiese cometido tal delito, como ignorante de las

desdichas por su causa sucedidas en mi triste casa.

A mí no me causó menos admiración otra novedad que advertí, y fue que

como le vi que me miraba tan suspenso, por no desengañarle tan presto

aparté de él los ojos y púselos en los criados que estaban sirviendo.

En compañía de dos que había en casa vi a Luis, el mismo que servía

en la mía; admireme, y vi que Luis estaba tan pasmado de verme en tal

hábito como don Manuel; y como me tenía más fija en su memoria que don

Manuel, a pesar de los fingidos hierros me había conocido.

A tiempo de volverme adentro, oí que don Manuel había preguntado a mis

dueños si era la esclava que habían comprado.

—Sí —dijo mi señora—, y es tan bonita y agradable que me da el mayor

desconsuelo el ver que es mora, y diera doblado de lo que costó por que

se hiciese cristiana, y casi me hace verter lágrimas ver en tan linda

cara aquellos hierros, y doy mil maldiciones a quien tal puso.

A esto respondió Leonisa, que estaba presente:

—Ella misma dice que se los puso por un pesar que tuvo de que por su

hermosura le hubiesen hecho un engaño, y ya me ha prometido a mí que

será cristiana.

—Bien ha sido menester que los tenga —respondió don Manuel— para no

creer que es una hermosura que yo conozco en mi patria; mas puede ser

que naturaleza hiciese esta mora en la misma estampa.

Como os he contado, entré cuidadosa de haber visto a Luis, y llamando

un criado de los de casa le pregunté qué mancebo era aquel que servía a

la mesa con los demás.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 24 / 52 段