la misma suerte: tanto que a importunidades de mi madre y mías trató
llevarnos en su compañía, con que volvió nuestra pena en gozo, y más
a mí, que como niña, deseosa de ver tierras, o por mejor sentir mi
desdichada suerte que me guiaba a mi perdición, me llevaba contenta.
Prevínose la partida, y aderezado lo que se había de llevar, fue lo
más importante para, aunque a la ligera, mostrar mi padre quién era y
que era descendiente de los antiguos Fajardos de aquel reino. Partimos
de Murcia, dejando con mi ausencia común y particular tristeza en
aquel reino, solemnizando en versos y prosas todos los más divinos
entendimientos la falta que hacía a aquel reino.
Llegamos a la nobilísima y suntuosa ciudad de Zaragoza, y aposentados
en una de sus principales casas, ya descansada del camino, salí a
ver, vi, y fui vista. Mas no estuvo en esto mi pérdida, que dentro
en mi casa estaba el incendio, pues sin salir me había ya visto mi
desventura, y como si careciera esta noble ciudad de hermosuras, pues
hay tantas que apenas hay plumas ni elocuencias que basten a alabarlas,
pues son tantas que dan envidia a otros reinos, se empezó a exagerar la
mía como si no hubiera visto otra: no sé si es tanta como decían, solo
sé que fue la que bastó a perderme; mas como dice el vulgo, lo nuevo
place: ¡oh, quién no la hubiera tenido para excusar tantos infortunios!
Habló mi padre a Su Majestad, que informado de que había sido en la
guerra tan gran soldado y que aún no estaban amortiguados sus bríos,
valor y buena cuenta que siempre había dado de lo que tenía a su cargo,
le mandó asistiese al gobierno de un tercio de caballos, con título
de maestre de campo, honrándole con un hábito de Calatrava: y así fue
fuerza el asistir allí y enviar a Murcia por toda la hacienda que se
podía traer, dejando la demás a deudos nobles que tenía allá.
Era dueña de la casa en que vivíamos una viuda, principal y rica, que
tenía un hijo y una hija; él mozo, galán y de buen discurso, así no
fuera falso y traidor, llamado don Manuel: no quiero decir su apellido,
que mejor es callarle pues no supo darle lo que merecía.
¡Ay, y qué a costa mía he hecho experiencia de todo! ¡Ay, mujeres
fáciles, y si supiésedes una por una, y todas juntas, a lo que os
ponéis el día que os dejáis rendir a las falsas caricias de los
hombres; y cómo quisiérades más haber nacido sin oídos y sin ojos o, si
os desengañásedes en mí, de que más vais a perder que a ganar!
Era la hija moza y medianamente hermosa, y concertada de casar con
un primo que estaba en las Indias, y le aguardaban para celebrar sus
bodas en la primera flota. Su nombre era doña Eufrasia: esta y yo nos
tomamos tanto amor como su madre y la mía, pues ni de día ni de noche
nos dividíamos, y si no era para ir a dar el común reposo a los ojos,
jamás nos apartábamos, o yo en su cuarto o ella en el mío: no hay más
que encarecerlo sino que ya la ciudad nos celebraba por el nombre de
«las dos amigas»; y de la misma suerte don Manuel dio en quererme, o en
engañarme, que todo viene a ser uno: a los principios empecé a extrañar
y resistir sus pretensiones y porfías, teniéndolos por atrevimientos
contra mi autoridad y honestidad; tanto que por atajarlos me excusaba
y negaba a la amistad de su hermana, dejando de asistirla en su cuarto
todas las veces que sin nota podía hacerlo, de que don Manuel hacía
tantos sentimientos, mostrando andar muy melancólico y desesperado, que
tal vez me obligaba a lástima, por ver que ya mis rigores se atrevían a
su salud.
No miraba yo mal, las veces que podía sin dárselo a entender, a don
Manuel: y bien gustara, pues era fuerza tener dueño, fuera él a
quien tocara la suerte: mas, ¡ay!, que él iba con otro intento, pues
con haber tantos que pretendían este lugar, jamás se opuso a tal
pretensión; y estaba mi padre tan desvanecido en mi amor que, aunque lo
intentara, no fuera admitido, por haber otros de más prendas que él,
pues aunque don Manuel tenía muchas, ni yo me apartara del gusto de mi
padre por cuanto vale el mundo.
No había hasta entonces llegado amor a hacer suerte en mi libertad,
antes imagino que, ofendido de ella, hizo el estrago que tantas penas
me cuesta. No había tenido don Manuel lugar de decirme, más de con
los ojos, su voluntad, porque yo no se le daba; hasta que una tarde,
estando yo con su hermana en su cuarto, salió de su aposento, que
estaba a la entrada de él, con un instrumento en la mano y, sentándose
en el mismo estrado con nosotras, le rogó mucho doña Eufrasia cantase
alguna cosa, y rehusándolo él, se lo supliqué también yo por no parecer
grosera; y él, que no deseaba otra cosa, cantó un soneto que, si no os
cansa mi larga historia, diré con los demás que se ofrecieren en el
discurso de ella.
Lisis, por todos, la rogó lo hiciese así, que les daría notable gusto,
diciendo:
—¿Qué podréis decir, señora doña Isabel, que no sea de mucho agrado a
los que os escuchamos? Y así, en nombre de estas damas y caballeros,
os suplico no excuséis nada de lo que os sucedió en vuestro prodigioso
suceso, porque de lo contrario recibiremos gran pena.
—Pues con esta licencia —replicó doña Isabel—, digo que don Manuel
cantó este soneto; advirtiendo que él a mí y yo a él nos nombrábamos
por Belisa y Salicio.
De un diluvio la tierra condenada,
Que toda se anegaba en sus enojos,
Ríos fuera de madre eran sus ojos,
Porque ya son las nubes mar airada.
La dulce Filomena retirada,
Como no ve del sol los rayos rojos,
No le rinde canciones en despojos
Por verse sin su luz desconsolada.
Progne lamenta, el ruiseñor no canta,
Sin belleza y olor están las flores;
Y estando todo triste de este modo,
Con tanta luz, que al mismo sol espanta:
Toda donaire, discreción y amores,
Salió Belisa, y serenose todo.
Arrojó, acabado de cantar, el instrumento en el estrado, diciendo:
—¿Qué me importa a mí que salga el sol de Belisa en el oriente a dar
alegría a cuantos la ven, si para mí está siempre convertida en triste
ocaso?
Diole diciendo esto un modo de desmayo con que, alborotadas su madre,
hermanas y criadas, fue fuerza llevarle a su cama y yo retraerme a mi
cuarto; no sé si triste o alegre, solo sabré asegurar que me conocí
confusa y determiné no ponerme más en ocasión de sus atrevimientos.
Si me durara este propósito, acertara, mas ya empezaba en mi corazón
a hacer suertes amor, alentando yo misma mi ingratitud, y más cuando
supe, de allí a dos días, cómo don Manuel estaba con un accidente que a
los médicos había puesto en cuidado; con todo eso estuve sin ver a doña
Eufrasia hasta otro día, no dándome por entendida y fingiendo precisa
ocupación con la estafeta de mi tierra, hasta que doña Eufrasia, que
hasta entonces no había tenido lugar asistiendo a su hermano, le dejó
reposando y pasó a mi aposento dándome muchas quejas de mi descuido
y sospechosa amistad, de que me disculpé, haciéndome de nuevas y muy
pesarosa de su disgusto.
Al fin, acompañando a mi madre, hube de pasar aquella tarde a verle; y
como estaba cierta que su mal procedía de mis desdenes, procuré, más
cariñosa y agradable, darle la salud que le había quitado con ellos,
hablando donaires y burlas que en don Manuel causaban varios efectos,
ya de alegría y ya de tristeza, que yo notaba con más cuidado que
antes, si bien lo encubría con cauta disimulación.
Llegó la hora de despedirnos, y llegado con mi madre a hacer la debida
cortesía y esforzarle con las esperanzas de salud que siempre se dan
a los enfermos, me puso tan impensadamente en la mano un papel que, o
fuese la turbación del atrevimiento, o recato de mi madre y de la suya,
que estaban cerca, no pude hacer otra cosa más de encubrirle; y así que
llegué a mi cuarto me entré en mi aposento, y sentándome sobre mi cama
saqué el engañoso papel para hacerle pedazos sin leerle; y al punto que
lo iba a conseguir me llamaron, porque había venido mi padre, y hube de
suspender por entonces su castigo; y no hubo lugar de dársele hasta que
me fui a acostar, que habiéndome desnudado una doncella que me vestía y
desnudaba y a quien yo quería mucho por habernos criado desde niñas, me
acordé del papel y se le pedí, y que me llegase de camino la luz para
abrasarle en ella.
Entonces me dijo la cautelosa Claudia, que este era su nombre y bien
le puedo dar también el de cautela, pues también estaba prevenida
contra mí y en favor del ingrato y desconocido don Manuel:
—¿Y acaso, señora mía, ha cometido este desdichado algún delito contra
la fe que le quieres dar tan riguroso castigo? porque si es así, no
será por malicia sino con inocencia; porque antes entiendo que le sobra
fe, y no que le falta.
—Con todo mi honor le está cometiendo —dije yo—, y porque no haya
más cómplices será bien que este muera.
—¿Pues a quién se condena sin oírle? —replicó Claudia—, porque a lo
que miro, entero está como el día en que nació; óyele, por tu vida, y
luego si mereciere pena se la darás, y más si es tan poco venturoso
como su dueño.
—¿Sabes tú cúyo es? —le volví a replicar.
—¿De quién puede ser, si no es admitido, sino del mal correspondido
don Manuel, que por causa tuya está como está, sin gusto y salud, dos
males que, a no ser desdichado, ya le hubieran muerto? Mas hasta la
muerte huye de los que lo son.
—Sobornada parece que estás, pues abogas con tanta piedad por él.
—No estoy, por cierto —respondió Claudia—, sino enternecida, y aun
si dijera lastimada acertara mejor.
—¿Pues de qué sabes tú que todas esas penas de que te lastimas tanto
son por mí?
—Yo te lo diré —dijo la astuta Claudia—. Esta mañana me envió
tu madre a saber cómo estaba, y el triste caballero vio los cielos
abiertos en verme: contome sus penas, dando de todo la culpa a
tus desdenes; y esto con tantas lágrimas y suspiros que me obligó
a sentirlas como propias, solemnizando con suspiros los suyos y
acompañando con lágrimas las suyas.
—Muy tierna eres, Claudia —repliqué yo—, presto crees a los hombres;
si fueras tú la querida, presto le consolaras.
—Y tan presto —dijo Claudia—, que ya estuviera sano y contento.
Díjome más, que en estando para poderse levantar se ha de ir donde a
tus crueles ojos e ingratos oídos no lleguen nuevas de él.
—Yo quisiera que estuviera bueno para que lo cumpliera —dije yo.
—¡Ay señora mía! —respondió Claudia—, ¿es posible que en cuerpo tan
lindo como el tuyo se aposente alma tan cruel? No seáis así, por Dios,
pues ya se pasó el tiempo de las damas andariegas que con corazones
de diamantes dejaban morir los caballeros sin tener piedad de ellos:
casada has de ser, que tus padres para este estado te guardan; pues si
es así, ¿qué desmerece don Manuel para que no gustes que sea tu esposo?
—Claudia —dije yo—, si don Manuel estuviera tan enamorado como
dices, y tuviera tan castos pensamientos, ya me hubiera pedido a mis
padres; y pues no trata de eso sino de que le corresponda, o por
burlarme o ver mi flaqueza, no me hables más de él, que me das notable
enojo.
—Lo mismo que tú dices —volvió a replicar Claudia—, le dije yo, y me
respondió que cómo se había de atrever a pedirte por esposa, incierto
de tu voluntad; pues podía ser que aunque tu padre lo acepte no gustes
tú de ello.
—El gusto de mi padre será el mío —dije yo.
—Ahora, señora —tornó a decir Claudia—, veamos el papel, pues ni
hace ni deshace el leerle, pues que lo demás corre por cuenta del cielo.
Estaba ya mi corazón más blando que la cera, pues, mientras Claudia
me decía lo referido, había entre mi pecho varios discursos y todos
en abono de lo que me decía mi doncella y en favor de don Manuel; mas
por no darla más atrevimientos, pues ya la juzgaba más de la parte
contraria que de la mía, después de haberla mandado no hablase más en
ello ni fuese adonde don Manuel estaba, porfié a quemar el papel y
ella a defenderle, hasta que, deseando yo lo mismo que ella quería, le
abrí, amonestándola primero que no supiese don Manuel sino que le había
rompido sin leerle, y ella prometiéndolo, vi que decía así:
«No sé, ingrata señora mía, de qué tienes hecho el corazón, pues a
ser de diamante ya le hubieran enternecido mis lágrimas; antes, sin
mirar los riesgos que me vienen, le tienes cada día más endurecido:
si yo te quisiera menos que para dueño de mí y de cuanto poseo, ya
parece que se hallara disculpa a tu crueldad; mas, pues gustas que
muera sin remedio, yo te prometo darte gusto ausentándome del mundo
y de tus ingratos ojos, como lo verás en levantándome de esta cama,
y quizá entonces te pesará de no haber admitido mi voluntad.»
No decía más que esto el papel, ¿pero qué más había de decir? Dios
nos libre de un papel escrito a tiempo; saca fruto de donde no le hay
y engendra voluntad aun sin ser visto: mirad qué sería de mí que ya
admiraba los méritos de don Manuel todos juntos y cada uno de por sí.
¡Ay, engañoso amante; ay, falso caballero; ay, verdugo de mi inocencia!
¡Y ay, mujeres fáciles y mal aconsejadas, y cómo os dejáis vencer de
mentiras bien afeitadas, y que no les dura el oro con que van cubiertas
más que mientras dura el apetito! ¡Ay, desengaño, que visto, no se
podrá engañar ninguna! ¡Ay, hombres!, y ¿por qué siendo hechos de la
misma masa y trabazón que nosotras, no teniendo más nuestra alma que la
vuestra, nos tratáis como si fuéramos hechas de otra pasta, sin que os
obliguen los beneficios que desde el nacer al morir os hacemos? Pues si
agradecierais los que recibís de vuestras madres, por ellas estimaríais
y reverenciaríais a las demás; ya, yo lo tengo conocido a costa mía,
que no lleváis otro designio sino perseguir nuestra inocencia, aviltar
nuestro entendimiento, derribar nuestra fortaleza, y haciéndonos viles
y comunes, alzaros con el imperio de la inmortal fama.
Abran las damas los ojos del entendimiento y no se dejen vencer de
quien pueden temer el mal pago que a mí se me dio, y para que aprendan
en esta ocasión y tiempo estos desengaños, pues podrá ser que por
mi causa cobren las mujeres la opinión perdida y no den lugar a los
hombres para alabarse ni hacer burla de ellas, ni sentir mal de sus
flaquezas y malditos intereses, por los cuales hacen tantas que en
lugar de ser amadas, son aborrecidas, aviltadas y vituperadas.
Volví de nuevo a mandar a Claudia, y de camino rogarle no supiese don
Manuel que había leído el papel ni lo que había pasado entre las dos, y
ella a prometerlo; y con esto se fue, dejándome divertida en tantos y
tan confusos pensamientos que yo misma me aborrecía de tenerlos, y ya
amaba, ya me arrepentía; ya me repetía piadosa, ya me hallaba mejor.
Airada al final, me determiné a no favorecer a don Manuel de suerte que
le diese lugar a atrevimientos, mas tampoco desdeñarle de suerte que le
obligase a algún desesperado suceso.
Volví con esta determinación a continuar la amistad de doña Eufrasia
y a comunicarnos con la frecuencia de que antes hacía gala: si ella me
llamaba cuñada, a mí no me pesaba de oírla; escuchaba a don Manuel más
apacible, y si él no correspondía a mis deseos, a lo menos no le afeaba
me dijese su amor sin rebozo; y con lo que más le favorecía era con
decirle que me pidiese a mi padre por esposa, que le aseguraba de mi
voluntad; mas como el traidor llevaba otros intentos, jamás lo puso en
ejecución.
Llegose en este tiempo el alegre de las carnestolendas, tan solemnizado
en todas partes y más en aquella ciudad, que se dice por ponderarlo
más, carnestolendas de Zaragoza. Andábamos todos de fiesta y regocijo,
sin reparar los unos en los desaciertos ni aciertos de los otros.
Sucedió, pues, que pasando sobre tarde al cuarto de doña Eufrasia a
vestirme con ella de disfraz para una máscara que teníamos prevenida,
y ella y sus criadas y otras amigas ocupadas adentro en prevenir lo
necesario, su traidor hermano, que debía de estar aguardando esta
ocasión, me detuvo a la puerta de su aposento que, como he dicho, era a
la entrada del de su madre, dándome la bienvenida, como hacía con toda
cortesía otras veces: yo descuidada, o por mejor decir incierta de que
pasaría a más su atrevimiento, si bien ya había llegado a tenerme asida
por una mano, viéndome divertida tiró de mí, y sin poder ser parte a
hacerme fuerte, me entró dentro, cerrando la puerta con llave; yo no
sé lo que me sucedió porque del susto me privó el sentido un mortal
desmayo.
¡Ah flaqueza femenil de las mujeres, acobardadas desde la infancia y
debilitadas las fuerzas con enseñarlas primero a hacer vainicas que
a jugar las armas! ¡Oh, si no volviera jamás en mí, sino que de los
brazos del mal caballero me traspasaran a la sepultura! Mas guardábame
mi mala suerte para más desdichas, si puede haberlas mayores.
Pasada pues poco más de media hora volví en mí y me hallé, mal digo,
no me hallé, pues me hallé con la pérdida que no supe, ni pude, ni
podré ganar jamás, e infundiéndome mi agravio una mortífera rabia, lo
que en otra mujer pudiera causar lágrimas y desesperaciones, en mí fue
un furor diabólico, con el cual, desasiéndome de sus infames lazos,
arremetí a la espada que tenía a la cabecera de la cama y, sacándola
de la vaina, se la fui a esconder en su cuerpo; hurtome el golpe y no
fue milagro, porque estaba diestro en hurtar, y abrazándose conmigo me
quitó la espada, que me la iba a entrar por mi cuerpo por haber errado
el del infame, diciéndole de esta suerte:
—Traidor, me vengo en mí, pues no he podido en ti, que las mujeres
como yo así vengan sus agravios.
Procuró el cauteloso amante amansarme y satisfacerme, temeroso de
que no diera fin a mi vida, y disculpó su atrevimiento con decir que
lo había hecho por tenerme segura; y ya con caricias, ya con enojos
mezclados con halagos, me dio palabra de ser mi esposo.
En fin, a su parecer más quieta, aunque no al mío, que estaba hecha una
pisada serpiente, me dejó volver a mi aposento tan ahogada en lágrimas
que apenas tenía aliento para vivir.
Este suceso dio conmigo en la cama de una peligrosa enfermedad que
fomentada de mis ahogos y tristezas me vino a poner a punto de muerte;
estando de verme así tan tristes mis padres que lastimaban a quien los
veía.
Lo que granjeó don Manuel con este atrevimiento fue que si antes me
causaba algún agrado, ya aborrecía hasta su sombra; y aunque Claudia
hacía instancias por saber de mí la causa de este pesar que había en
mí, no lo consiguió, ni jamás la quise escuchar palabra que don Manuel
procurase decirme, y las veces que su hermana me veía era para mí la
misma muerte. En fin, yo estaba tan aborrecida que, si no me la di yo
misma, fue por no perder el alma.
Bien conocía Claudia mi mal en mis sentimientos, y por asegurarse
más habló a don Manuel, de quien supo todo lo sucedido; pidiole me
aquietase y procurase desenojar, prometiéndole a ella lo que a mí, que
no sería otro su esposo: permitió el cielo que mejorase de mi mal,
porque aún me faltaban por pasar otros mayores; y un día que estaba
Claudia sola conmigo, que ni mi madre ni las demás criadas estaban en
casa, me dijo estas razones:
—No me espanto, señora mía, que tu sentimiento sea de la calidad que
has mostrado y muestras; mas a los casos que la fortuna encamina y
el cielo permite para secretos suyos, que a nosotros no nos toca el
saberlo, no se han de tomar tan a pechos y por el cabo que se aventure
a perder la vida, y con ella el alma. Confieso que el atrevimiento del
señor don Manuel fue el mayor que se puede imaginar; mas tu temeridad
es más terrible, y supuesto que en este suceso, aunque has aventurado
mucho, no has perdido nada, pues en siendo tu esposo queda puesto
el reparo: si tu pérdida se pudiera remediar con esos sentimientos
y desesperaciones, fuera razón tenerlas; ya no sirven desvíos para
quien posee y es dueño de tu honor, pues con ellos das motivo para que
arrepentido y enfadado de tus sequedades te deje burlada; pues no son
las prendas de tu ofensor de tan pocos méritos que no podrá conquistar
con ella cualquiera hermosura de su patria; y puesto que más acertado
es que se acuda al remedio antes que cuando le busques no le halles,
hoy me ha pedido que te amanse y te diga cuán mal lo haces con él y
contigo misma, y que está con mucha pena de tu mal; que te alientes y
procures cobrar salud, que tu voluntad es la suya y no saldrá en esto
y en todo lo que ordenares de tu gusto: mira, señora, que esto es lo
que te está bien, y que se pongan medios con tus padres para que sea tu
esposo, con que la quiebra de tu honor quedará soldada y satisfecha, y
todo lo demás es locura y acabar de perderte.
Bien conocí que Claudia me aconsejaba lo cierto, supuesto que ya no se
podía hallar otro remedio; mas estaba tan aborrecida de mí misma que en
muchos días no llevó de mí buena respuesta; y aunque ya me empezaba a
levantar, en más de dos meses no me dejé ver de mi atrevido amante, ni
recado que me enviaba quería recibir, ni papel que llegaba a mis manos
llevaba otra respuesta que hacerle pedazos; tanto que don Manuel, o
fuese que en aquella ocasión me tenía alguna voluntad, o porque picado
de mis desdenes quería llevar adelante sus traiciones, se descubrió
a su hermana y la contó lo que conmigo le había pasado, de que doña
Eufrasia admirada y pesarosa, después de haberle afeado acción tan
grosera y mal hecha, tomó por su cuenta quitarme el enojo.
Finalmente, ella y Claudia trabajaron tanto conmigo que me rindieron: y
como sobre las pesadumbres entre amantes las paces aumentan el gusto,
todo el aborrecimiento que tenía a don Manuel se volvió en amor, y el
suyo en aborrecimiento; que los hombres, en estando en posesión, su
voluntad se desvanece como humo.
Un año pasé en estos desvanecimientos sin poder acabar con don Manuel
pusiese terceros con mi padre para que se efectuasen nuestras bodas,
y otras muchas que a mi padre le trataban no llegaban a efecto, por
conocer la poca voluntad que tenía de casarme.
Mi amante me entretenía diciendo que en haciéndole Su Majestad merced
de un hábito de Santiago que le había pedido, para que más justamente
mi padre le admitiese por hijo, se cumplirían mis deseos y los suyos;
si bien, aunque yo sentía mucho estas dilaciones y casi temía mal de
ellas, por no disgustarle no apuraba más.
En este tiempo, en lugar de un criado que mi padre había despedido
entró a servir en casa un mancebo que, como después supe, era aquel
caballero pobre que jamás había sido bien visto de mis ojos (¿mas quién
mira bien a un pobre?); el cual no pudiendo vivir sin mi presencia,
mudado hábito y nombre, hizo esta transformación: pareciome cuando le
vi la primera vez que era el mismo que me había antes querido, mas no
hice reparo en ello, por parecerme imposible.
Bien conoció Luis (que así dijo llamarse) a los primeros lances la
voluntad que yo y don Manuel nos teníamos, pero no creyó de la entereza
de mi condición que pasase a más de honestos y recatados deseos,
dirigidos al conyugal lazo: y él estaba cierto que no había de alcanzar
aunque fuera conocido por don Felipe más que los despegos que siempre
callaba, y por no privarse de verme sufría como amante aborrecido y
desestimado, dándose por premiado de su amor con poderme hablar y ver a
todas horas.
De esta manera pasé algunos meses, pues aunque el amor de don Manuel no
era verdadero, sabía tan bien las artes de fingir que yo me daba por
contenta y pagada de mi voluntad: así me duraran estos engaños; ¿mas
cómo puede la mentira pasar por verdad sin que al cabo se descubra?
Acuérdome que una tarde que estábamos en el estrado de su hermana,
chanceándonos y diciendo burlas y entretenidos festejos como otras
veces, le llamaron; y él, al levantarse del asiento, me dejó caer la
daga en las faldas, que se la había quitado por el estorbo que le hacía
para estar sentado en bajo; a cuyo asunto hice este soneto:
Toma tu acero cortador, no seas
Causa de algún exceso inadvertido,
Que puede ser, Salicio, que sea Dido,
Si por mi mal quisieres ser Eneas.
Cualquiera atrevimiento es bien que creas
De un pecho amante, de tu valor rendido,
Muy cerca está de ingrato el que es querido,
Llévale, ingrato, si mi bien deseas.
Si a cualquiera rigor de aquellos ojos
Te lloro, Eneas, y me temo Elisa,
Quítame la ocasión de darme muerte.
Que quieres la vida por despojo,
Que me matas de amor, mi amor te avisa;
Tú ganarás honor, yo dulce suerte.