—No me habéis de vencer, aunque más hagáis, pues donde un marido,

atropellando su gusto y queriendo perder la vida, se vence a sí mismo

dando licencia a su mujer para que cumpla lo que prometió, y un loco

amante obligado de esta suerte a palabra que le cuesta no menos que el

alma, como en esta cédula se ve que me hace donación de ella, no he de

hacer menos yo que ellos; y así, para que el mundo se admire de que en

mí pudo haber virtud, toma, don Jorge, ve ahí tu cédula, yo te suelto

la obligación, que no quiero alma de quien tan bien se sabe vencer.

Y diciendo esto le arrojó la cédula, y dando un grande estallido se

desapareció y juntamente el jardín, quedando en su lugar un espeso y

hediondo humo.

Al ruido que hizo, que fue tan grande que parecía hundirse la ciudad,

Constanza y Teodosia, con su madre y las demás criadas que absortas y

embelesadas habían quedado con la vista del demonio, volvieron sobre

sí, y viendo a don Jorge hincado de rodillas, dando con lágrimas

gracias a Dios por la merced que le había hecho de librarle de tal

peligro, creyendo que por secretas causas solo a su Majestad Divina

reservadas había sucedido aquel caso, le ayudaron todos haciendo lo

mismo.

Acabada don Jorge su devota oración, se volvió a Constanza y la dijo

así:

—Ya, hermosa señora, conozco cuán acertada has andado en guardar el

decoro que es justo al marido que tienes; y así, para que viva seguro

de mí, pues de ti lo está y tiene tantas causas para ello, después de

pedirte perdón por la opinión que te he quitado con mis importunas

pasiones, te pido lo que tú ayer me dabas, deseosa de mi bien, y yo

como loco desprecié, que es a la hermosa Teodosia por mujer, que con

esto el noble Carlos quedará seguro y esta ciudad enterada de tu valor

y virtud.

Oyendo esto, Constanza se fue con los brazos abiertos a don Jorge, y

echándoselos al cuello dijo:

—Tomad este favor que os doy como a mi hermano, siendo el primero que

alcanzáis de mí desde que me amáis.

Este mismo día fueron desposados don Jorge y la bella Teodosia con

general contento. Y otro día hicieron las bodas, siendo padrinos

Carlos y la bella Constanza: hiciéronse muchas fiestas en la ciudad,

solemnizando el dicho de tales sucesos, en los cuales don Jorge y

Carlos se señalaron, dando muestras de su gallardía.

Vivieron muchos años con hermosos hijos, sin que jamás se supiese que

don Jorge hubiese sido el matador de Federico, hasta que, después de

muerto don Jorge, Teodosia contó el caso, a la cual cuando murió la

hallaron escrita de su mano esta maravilla, dejando al fin de ella por

premio al que dijese cuál hizo más de estos tres, Carlos, don Jorge

o el demonio, el laurel de bien entendido. Cada uno lo juzgue si le

quiere ganar, que yo quiero dar aquí fin al Jardín engañoso, título que

da el suceso referido a esta maravilla.

Dio fin la discreta Laura a su maravilla, y todas aquellas damas y

caballeros principio a disputar cuál había hecho más, por quedar con la

opinión de discreto; y porque la bella Lisis había puesto una joya para

el que acertase, cada uno daba su razón: unos alegaban que el marido y

otros que el amante, y todos juntos que el demonio, por ser en él cosa

nunca vista el hacer bien.

Esta opinión sustentó divinamente don Juan, llevando la joya prometida,

no con pocos celos de don Diego y gloria de Lisarda, a quien la rindió

al punto, dando a Lisis no pequeño pesar.

En esto entretuvieron parte de la noche, y por no ser hora de

representar la comedia, se quedó para el día de la Circuncisión, en

que se habían de desposar don Diego y la hermosa Lisis; y así se

fueron a cenar con mucho gusto, dando fin a la quinta noche, y yo a mi

entretenido sarao; prometiendo segunda parte, y en ella el castigo de

la ingratitud de don Juan, mudanza de Lisarda y bodas de Lisis; si,

como espero, es estimado mi trabajo, agradecido mi deseo, y alabado, no

mi tosco estilo, sino el deseo con que va escrito.

SEGUNDA PARTE.

INTRODUCCIÓN.

Para el primer día del año quedaron en la primera parte de mi

entretenido sarao concertadas las bodas de la gallarda Lisis con el

galán don Diego, tan dichoso en haber merecido esta suerte, como

prometían las bellas prendas de la hermosa dama, y nuevas fiestas para

solemnizarlas con más aplauso.

Mas cuando las cosas no están otorgadas del cielo, poco sirve que

las gentes concierten si Dios no lo otorga; que como quien mira

desapasionado lo que no está bien, dispone a su voluntad, y no a la

nuestra, aunque nosotros sintamos lo contrario: y así, o que fuese

algún desorden, como suele suceder en los suntuosos banquetes, o el

pesar de considerarse Lisis ya en poder de extraño dueño, y solamente

por vengarse del desprecio que le parecía haberle hecho don Juan amando

a su prima Lisarda, usurpándole a ella las glorias de ser suya, mal

hallada con dueño extraño de su voluntad y ya casi en poder del no

apetecido, se dejó rendir a tan crueles desesperaciones, vertiendo

tantas perlas sus divinos ojos, que amaneció otro día la hermosa dama

con una mortal calentura, y tan desalentada y rendida a ella que los

médicos, desconfiando de su vida, antes de hacerle otros remedios le

ordenaron los importantes al alma, mandándola confesar y recibir el

Santísimo Sacramento como la más cordial medicina, y luego procuraron

con su ciencia hacer las importantes al cuerpo; con cuya alteración y

nuevos cuidados cesaron las fiestas ya dichas, y volvió la alegría de

las pasadas noches en llanto y tristeza de su noble madre y queridas

amigas, que lo sentían ternísimamente, y principalmente don Diego; y no

hay que maravillar, pues cuando se veía casi en posesión de su belleza,

se hallaba temeroso de perderla para siempre.

Bien sentía el ingrato don Juan ser él la causa de la enfermedad de

Lisis; pues el frío de sus tibiezas era la mayor calentura de la dama,

y sentía faltase del mundo una estrella que le daba ser: tal era la

belleza y discreción de Lisis, junto con otras mayores virtudes de

que era dotada; mas estaba tan rendido a la hermosura de Lisarda que

presto hallaba en ella el consuelo de su pena: y aunque muchas veces

proponía, para alentarla, hacerle más caricias, y con esta intención la

visitaba, como Lisarda jamás se apartaba de su prima, en viéndola él

afectuosamente, no se acordaba de los propósitos hechos.

Aumentábase el mal de Lisis, faltando en todos las esperanzas de su

salud, y más a la bien entendida señora, que como era quien le sentía

y sabía mejor las circunstancias de él, pues unas veces se hallaba

ya entre las manos de la muerte, ya otras (aunque pocas) con más

alivio, tuvo lugar su divino entendimiento de obrar en su alma nuevos

propósitos, si bien a nadie lo daba a entender, guardando para su

tiempo la disposición de su deseo, mostrando a don Diego y a la demás

familia, cuando se hallaba con notable mejoría, un honesto agrado con

que enfrenaba cualquier deseo, y solo le tenían puesto en verla con

salud.

Más de un año duró la enfermedad con caídas y recaídas, sin tratarse

en todo este tiempo de otra cosa sino de acudir a la presente causa,

padeciendo don Diego el achaque de desesperado; tanto que ya quisiera

de cualquier suerte fuera suya Lisis por estar seguro de él; mas si

alguna vez lo proponía, hallaba en la dama un enojo agradable y una

resistencia honesta, con que le obligaba a pedir perdón de haberlo

intentado.

En esta ocasión le trajeron a Lisis una hermosísima esclava, herrada

en el rostro, mas no porque la S y clavo que esmaltaba sus mejillas

manchase su belleza, que antes la descubría más; era mora y su nombre

Zelima, de gallardo entendimiento y muchas gracias, como era leer,

escribir, cantar, tañer, bordar y, sobre todo, hacer excelentísimos

versos. Este presente le hizo a Lisis una tía suya, hermana de su

madre, que vivía en la ciudad de Valencia; y aunque pudiera desdorar

algo la estimación de tal prenda el ser mora, sazonaba este género de

desabrimiento con decir quería ser cristiana.

Con esta hermosa mora se alegró tanto Lisis que, gozándose con sus

habilidades y agrados, casi se olvidaba de la enfermedad, cobrándose

tanto amor que no era como de señora y esclava, sino de dos queridas

hermanas: sabía muy bien Zelima granjear y atraer a sí la voluntad de

Lisis, y Lisis pagárselo en quererla tanto que apenas se hallaba sin

ella.

Entretenía Zelima a su señora, haciendo alarde de sus habilidades,

ya cantando y tañendo, ya recitando versos, ya contándole cosas de

Argel, su patria; y aunque muchas veces la veía Lisis divertida y tan

transportada que sin sentir se le caían las lágrimas de sus divinos

ojos, creía Lisis serían memorias de su tierra; y tal vez que le

preguntaba la causa, le respondía la discreta Zelima:

—A su tiempo, señora mía, lo sabrás y te admirarás de ella.

Con que Lisis no la importunaba más. Sanó Lisis, convaleció Lisis, y

volvió el sol de su hermosura a recobrar nuevos rayos, y apenas la vio

don Diego con entera salud cuando volvió de nuevo a sus pretensiones,

hablando a Laura y pidiendo cumpliese la palabra de darle a Lisis por

esposa.

Comunicó la discreta señora con su hermosa hija lo que don Diego

le había propuesto, y la sabia dama dio a su madre la respuesta

que se podía esperar de su obediente proceder, añadiendo que pues

se allegaban los alegres días de las carnestolendas y en ellos se

habían de celebrar sus bodas, que tenía gusto de que se mantuviese

otro entretenido recreo como el pasado, empezando el domingo para

que el último día se desposasen, y que le diese licencia para que lo

dispusiese; de lo que se alegró mucho su madre con la fiesta que quería

hacer Lisis.

Concedida facultad para ordenarlo, se dispuso de esta suerte: en primer

lugar, que habían de ser las damas las que novelasen (y en esto acertó

con la opinión de los hombres, pues siempre tenían a las mujeres

por noveleras). Y en segundo, que los que refiriesen fuesen casos

verdaderos y que tuviesen nombre de desengaños (en esto no sé si los

satisfizo, porque como ellos procuran siempre engañarlas, sienten mucho

se desengañen).

Fue la pretensión de Lisis en esto volver por la fama de las mujeres,

tan postrada y abatida por su mal juicio que apenas hay quien hable

bien de ellas. Y como son los hombres los que presiden en todo, jamás

cuentan los malos pagos que dan sino los que les dan: y si bien lo

miran, ellos cometen la culpa y ellas siguen tras su opinión, pensando

que aciertan, y lo cierto es que no hubiera malas mujeres si no hubiera

malos hombres.

No hablo con los que no lo fueren, que de la misma manera que a la

mujer falsa, inconstante, liviana y sin reputación no se le ha de dar

nombre de mujer sino de bestia fiera, así el hombre cuerdo, bien

intencionado y que sabe en los mismos vicios aprovecharse de la virtud

y nobleza a que está obligado, no será comprendido en mi reprensión:

mas hablo de los que, olvidados de sus obligaciones, hacen diferente

de lo que es justo: estos tales no serán hombres sino monstruos, y

si todos lo son, con todos hablo, advirtiendo que las mujeres que

hablaré en este libro no son de las comunes, y que tienen por oficio

y grangería el serlo, que esas pasan por sabandijas; sino de las no

merecedoras de desdichados sucesos.

Habíale pedido a Lisis Zelima por merced le fuese concedido que los

versos que se cantasen los diese ella, de que Lisis se holgó por

excusarse de este trabajo, y que la primera que desengañase fuese ella;

y Lisis, imaginando la petición no por acaso, lo tuvo a bien; y así

nombró para la primera noche a Zelima, y tras ella a su prima Lisarda,

luego a Nise, y tras ellas a Filis.

Para la segunda noche puso la primera a su madre, segunda a Matilde y

tercera y cuarta a doña Luisa y doña Francisca, dos señoras hermanas

que poco había vivían en su casa, la primera viuda y la otra doncella,

mozas hermosas y muy bien entendidas.

Y la tercera noche puso primero a doña Estefanía; esta era una prima

suya que tenía religiosa, que había con licencia salido del convento a

curarse de unas peligrosas cuartanas, y ya sana de ellas no aguardaba

para volverse a él más de que se celebrasen las bodas de Lisis, y ella

tomó para sí el postrero desengaño, para que hubiese lugar para su

desposorio.

Ordenado esto, convidó a todos los caballeros y damas, citados en

la primera parte, y muchos más que vinieron avisados unos de otros.

Con esto se sacó licencia del nuncio para que se desposasen sin

amonestaciones, o por más secreto, o por mayor grandeza (que está ya

el gusto tan empalagado de lo antiguo, que buscan lo más moderno, y lo

tienen por sainete).

Se previnieron músicos y entoldaron las salas de ricas tapicerías,

suntuosos estrados, curiosos escritorios, vistosas sillas y taburetes,

aliñados braseros, tanto de buenas lumbres como de diversas y olorosas

perfumaderas, claros y resplandecientes faroles, muchas bujías, y sobre

todo sabrosas y costosas colaciones, sin que faltase el amigo chocolate

(que en todo se halla como la mala ventura).

Todo tan en su punto que la hermosa sala no parecía sino un abreviado

cielo, y más cuando empezaron a ocuparla tantas jerarquías de

serafines, presidiendo a todas la divina Lisis, de negro, con muchos

botones de oro: y si bien esta dama no era la más linda de todas, en la

gallardía y entendimiento las excedía.

Acomodados todos en sus lugares, sin que faltasen de los suyos el

ingrato don Juan y el dichoso don Diego, y todos los hombres mal

contentos, quienes por no serles concedido el novelar no podían dar

muestra de sus intenciones, y quizá los que escriben deseosos de verse

en ocasión de vengarse, como si a mí me importase algo, pues no les

quito el entendimiento que Dios les dio, si acaso escribir esto fuese

presunción y no entretenimiento, no obstante las damas contentas de

que les llegaba la ocasión de satisfacerse de tantos agravios como

les hacen en sentir mal de ellas y juzgar a todas por una, Zelima,

que junto a Lisis estaba, se levantó, y haciendo una cortés y humilde

reverencia (habiendo prevenido a los músicos de lo que habían de hacer,

como a quien tocaba dar los versos), se entró en una cuadra y los

músicos dieron principio a la fiesta con este romance:

Mentiroso pastorcillo,

Que a los montes de Toledo

Llevasteis mis alegrías,

Y me dejaste mis celos:

Dueño de quien soy esclava,

Y a quien reconoce imperio,

Por confrontación de estrella,

Mi cautivo pensamiento:

Deidad, a cuyos altares,

Sacrificando en deseos

El alma, víctima humilde,

Es holocausto e incienso:

¿Qué dichosa te entretiene,

Que faltando el plazo puesto,

Consientes que estén mis ojos

Bañados en llanto tierno?

Si los rigores de ausencia

Hicieran mella en tu pecho,

Ni tú estuvieras sin mí,

Ni yo estuviera con ellos.

Si cuando te despediste

Callé el dolor que padezco,

Ya que no por sentirle,

Porque tú fueses contento.

Y con aqueste seguro,

Ignorando mis tormentos,

La rienda a la ausencia alargas,

Pensando que no la siento.

Vuelve a mirarte en los ojos,

Que sueles llamar espejos,

Y los verás por tu causa

Caudalosas fuentes hechos.

Vuelve, y verás que las horas

Las llamo siglos eternos;

Los días eternidades,

Tanto es el dolor que tengo.

Quizá a la que te detiene,

Estando sin mi contento,

Quitarás de los favores

Que a mis espaldas le has hecho.

Que según sin mí te hallas,

Puedo llamar mis contentos

Censos que son al quitar,

Que me los quitas tan presto.

Celos me abrasan el alma:

¡Ay de mí! Valedme, cielos,

Dad agua apriesa, ojos míos,

Pues veis que crece el incendio.

¿Mas es fuego de alquitrán

Este en que me estoy ardiendo?

Que más se aviva la llama,

Mientras más lágrimas vierto.

Dicen algunos que son

Los celos del amor hielo;

Mas en mí vienen a ser

Abrasado mongibelo.

¿Para qué quiero la vida?

¿Para qué el reposo quiero?

¡Ay, zagalejos del Tajo,

No ángeles, sino infierno!

Mirad que Salicio es mío,

En él vivo, y por él muero,

Y quitármele es sacar

El alma a mi triste cuerpo.

Violentamente gozáis

Esa vida que poseo,

Porque sus favores son

Los bienes solos que tengo.

¡Ay, Dios! a quien me quejo,

O a quien aquestas lágrimas ofrezco,

Si mi ingrato Salicio está tan lejos.

Yo triste, y él contento,

Él gozando otros gustos, yo con celos.

Que soy inmortal Egeo,

Pues no me acaba este mortal veneno.

Largo les pareció el romance a los oyentes, y más como no sabían el

designio de Zelima, la que de propósito lo había prevenido así para

tener lugar de hacer lo que ahora se dirá; demás que los músicos de

los libros son más piadosos que los de las salas de los señores, que

acortan los romances y les quitan el ser, dejándolos sin pies ni

cabeza.

A los últimos acentos de los postreros versos salió Zelima de la cuadra

en tan diferente traje del que entró, que a todos puso en admiración.

Traía una camisa de transparente cambray, con grandes puntas y encajes,

las mangas muy anchas de la parte de la mano; unas enaguas de lama a

flores, azul y plata, con tres o cuatro relumbrones que quitaban la

vista, tan corta que apenas llegaba a las gargantas de los pies, y en

ellos unas sandalias de muchos lazos y listones de seda muy vistosas:

sobre esto, un vaquerillo o aljuba de otra telilla azul y plata muy

vistosa, y asido al hombro una almalafa de la misma tela.

Tenía la aljuba o vaquerillo las mangas tan anchas que se igualaban

con las de la camisa, mostrando sus blancos y torneados brazos con

costosos carcajes o brazaletes: los largos, ondeados y hermosos

cabellos, que ni eran oro ni ébano, sino un castaño tirante a rubio,

tendidos por las espaldas, que le pasaban de la cintura una vara, y

cogidos por la frente con una cinta o apretadorcillo de diamantes y

luego prendido a la mitad de la cabeza un velo azul y plata, lo que

unido todo al donaire, majestad y grandeza de sus airosos y concertados

pasos, no parecía sino una princesa de Argel, una reina de Fez o

Marruecos, o una sultana de Constantinopla.

Admirados quedaron damas y caballeros, y más la hermosa Lisis de verla

con más arreos que los que ella había visto, y no acertaba a dar lugar

al disfraz de su esclava, y así no hizo más de callar y admirarse (como

todos) de tal deidad, porque la contemplaba una ninfa o diosa de las

antiguas fábulas.

Pasó Zelima hasta el estrado, dejando a las damas muy envidiosas de su

acabada y linda belleza, y a los galanes rendidos a ella, pues hubo más

de dos que, con los clavos del rostro, sin reparar en ellos, la hiciera

señora y poseedora de su persona y hacienda, y aun se juzgara indigno

de merecerla.

Hizo Zelima una reverencia al auditorio y otra a su señora Lisis, y

sentose en dos almohadas que estaban situadas en medio del estrado,

lugar prevenido para la que había de desengañar, y vuelta a Lisis dijo

así:

NOCHE PRIMERA.

DESENGAÑO PRIMERO.

LA ESCLAVA DE SU AMANTE.

—Mandásteme, señora mía, que contase esta noche un desengaño para que

las damas se avisen de los engaños y cautelas de los hombres, para

que vuelvan por su fama en tiempo que la tienen tan perdida, pues

en ninguna ocasión hablan ni sienten de ellas bien, siendo su mayor

entretenimiento decir mal de ellas; pues ni comedia se representa ni

libro se imprime que no sea todo en ofensa de las mujeres, sin que se

reserve ninguna; y si bien no tienen ellos toda la culpa, que si como

buscan las malas para sus deleites, y estas no pueden dar más de lo que

tienen, buscaran las buenas para admitirlas y alabarlas, las hallaran

honradas, cuerdas, firmes y verdaderas: mas es tal nuestra desdicha y

el mal tiempo que alcanzamos que a estas tratan mucho peor; y es que

como las otras no los han menester sino por algún tiempo, antes que

ellos tengan tiempo de tratarlas mal ellas les dan con la ceniza en la

cara.

Muchísimos desengaños pudiera traer en apoyo de esto de las antiguas

y modernas desdichas sucedidas a mujeres por los hombres; mas quiero

pasarlas en silencio y contaros mis desdichados sucesos, para que,

escarmentando en mí, no haya tantas perdidas como hay, y tan pocas

escarmentadas. Y porque lo mismo que contaré ahora es la misma

reprensión, digo de esta manera:

—Mi nombre es doña Isabel Fajardo, no Zelima, ni mora, como pensáis,

sino cristiana e hija de padres católicos, y de los más principales de

la ciudad de Murcia, que estos hierros que veis en mi rostro no son

sino sombras de los que ha puesto en mi calidad y fama la ingratitud

de un hombre; y para que me deis más crédito, veislos aquí quitados:

así pudiera quitar los que han puesto en mi alma mis desventuras y poca

cordura.

Y diciendo esto, se los quitó y arrojó lejos de sí, quedando el

claro cristal de su divino rostro sin mancha, sombra ni obscuridad,

descubriendo aquel sol los resplandores de su hermosura sin nube:

y todos los que colgados de lo que intimaba su hermosa boca, casi

sin sentido, que apenas osaban apartar la vista por no perderla,

pareciéndoles que como ángel se les podía esconder; y por fin, los

galanes más enamorados y las damas más envidiosas, y todos compitiendo

en la imaginación sobre si estaba mejor con hierros o sin ellos; y

casi se determinaban a sentirlo viéndola sin ellos, por parecerles más

fácil la empresa; y más Lisis, que como la quería con tanta ternura,

dejó caer por sus ojos unos desperdicios; mas por no estorbarla los

recogió con sus hermosas manos.

Con esto la hermosa doña Isabel prosiguió su discurso, viendo que todos

callaban, notando la suspensión de cada uno y la de todos juntos.

—Nací en la casa de mis padres sola, para que fuese sola la perdición

de ella: hermosa, ya lo veis; noble, ya lo he dicho; rica, lo que

bastara, a ser yo cuerda, para poder obtener un noble marido.

Crieme hasta llegar a los doce años entre las caricias y regalos de mis

padres, que claro es que, no habiendo tenido otra de su matrimonio,

serían muchos, enseñándome entre ellos las cosas más importantes a mi

calidad.

Ya se entenderán las virtudes que forman una persona virtuosamente

cristiana, los ejercicios honestos de leer, escribir, tañer y danzar,

con todo lo demás competente a una persona de mis prendas y de todas

aquellas cuyos padres desean ver enriquecidas a sus hijas; y más los

míos, que como no tenían otra, se aficionaban en estos extremos; salí

única en todo, y perdonadme que me alabe, que como no tengo otro

testigo, no es justo pasen por desvanecimiento mis alabanzas; bien se

lo pagué, pero más bien lo he pagado.

Yo fui en todo extremada, mas en hacer versos era la admiración de

aquel reino y la envidia de muchos no tan peritos en esta facultad,

pues hay varios ignorantes que, como si las mujeres les quitaran

el entendimiento por tenerle, se consumen de los aciertos ajenos.

¡Bárbaro, ignorante, si los sabes hacer, hazlos, que no te roba nadie

tu caudal!: si son buenos los que no son tuyos, y más si son de dama,

adóralos y alábalos; y si malos, discúlpala, considerando que no tiene

más caudal y que son dignos de más aplauso en una mujer que en un

hombre, por adornarlos con menos arte.

Cuando llegué a los catorce años, ya tenían mis padres tantas

pretensiones para mis bodas que ya enfadados respondían que me dejasen

ser mujer; mas como, según decían ellos, idolatraban en mi belleza, no

se podían excusar de importunarles.

Entre los más rendidos se mostró apasionadísimo un caballero, cuyo

nombre es don Felipe, de pocos más años que yo, tan dotado de gentileza

y nobleza cuanto desposeído de bienes de fortuna, que parecía que

envidiosa de las gracias que le había dado el cielo, le había

quitado los suyos. Era, en fin, pobre, y tanto que en la ciudad era

desconocido, desdicha que padecen muchos.

Este era el que más a fuerza de suspiros y lágrimas procuraba granjear

mi voluntad, mas yo seguía la opinión de todos, y como los criados de

casa veían mi poco afecto, jamás le oyó ninguno, ni fue mirado de mí,

pues bastó esto para ser poco conocido en otra ocasión: pluguiera al

cielo le mirara yo bien y fuera parte para que no me hubieran sucedido

las desdichas que lloro, y hubiera sabido excusar algunas; mas, siendo

pobre, ¿cómo le había de mirar mi desvanecimiento?, pues tenía yo

hacienda para él y para mí, mas mirábale de modo que jamás pude dar

señas de su rostro, hasta que me vi engolfada en mis desventuras.

Sucedió en este tiempo el levantamiento de Cataluña, para castigo de

nuestros pecados, o solo de los míos, que aunque han sido las pérdidas

grandes, la mía es la mayor, que los muertos en esta ocasión ganaron

eterna fama, y yo, que quedé viva, ignominiosa infamia.

Súpose en Murcia como Su Majestad (Dios le guarde) iba al ilustre y

leal reino de Aragón para hallarse presente en las civiles guerras; y

mi padre, como quien había gastado lo mejor de su mocedad en servicio

de su rey, conoció lo que le importaban a Su Majestad los hombres de

su valor, y se determinó a irle a servir para que en tal ocasión le

premiase los servicios pasados y presentes, como católico y agradecido

rey; y con esto trató de su jornada.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 22 / 52 段