Andaba con estos disfavores Federico tan triste que ya era conocida,

si no la causa, la tristeza. Reparaba en ello Constanza que, por ser

afable y amar tan honesta a don Jorge, no le cabía poca parte a su

hermano; y casi sospechando que sería Teodosia la causa de su pena, por

haber visto en los ojos de Federico algunas señales, lo procuró saber

y fuele fácil por ser los caballeros muy familiares amigos de su casa,

que siéndolo también los padres facilitaba cualquiera inconveniente.

Tuvo lugar la hermosa Constanza de hablar a Federico, sabiendo de él a

pocos lances la voluntad que a su hermana tenía y los despegos con que

ella le trataba, mas con apercibimiento que no supiese este caso don

Jorge, pues, como se ha dicho, se llevaban mal.

Espantose Constanza de que su hermana desestimase a Federico, siendo

por sus prendas digno de ser amado; mas como Teodosia tuviese tan

oculta su afición, jamás creyó Constanza que fuese don Jorge la causa.

Estos enfados de don Jorge despertaron el alma a Teodosia a fin de

dar modo cómo don Jorge aborreciese de todo punto a su hermana,

pareciéndole a ella que el galán se contentaría con desamarla y no

buscaría más venganza, y con esto tendría ella el lugar que su hermana

perdiese: engaño común en todos los que hacen mal, pues sin mirar que

le procuran al aborrecido, se le dan juntamente al amado.

Con este pensamiento, no temiendo el sangriento fin que podía tener tal

desacierto, se determinó decir a don Jorge que Federico y Constanza se

amaban, y pensando, lo puso en ejecución, que amor ciego ciegamente

gobierna y de ciegos se sirve; y así, quien como ciego no procede, no

puede llamarse verdaderamente su cautivo.

La ocasión que la fortuna dio a Teodosia fue hallarse solos Constanza

y don Jorge, y el galán enfadado, y aun, si se puede decir, celoso de

haberla hallado en conversación con su aborrecido hermano, dando a

él la culpa de su tibia voluntad; no pudiendo creer que fuese recato

honesto el que la dama con él tenía, la dijo algunos pesares, con que

obligó a la dama a que le dijese estas palabras:

—Mucho siento, don Jorge, que no estiméis mi buena voluntad y el

favor que os hago en dejarme amar, sino que os atreváis a tenerme en

tan poco que, sospechando de mí lo que no es razón, entre mal advertidos

pensamientos me digáis pesares celosos; y aun no contento con esto, os

atrevéis a pedirme más favores que los que os he hecho, sabiendo que

no los tengo de hacer. A sospecha tan mal fundada como la vuestra no

respondo, porque si para vos no soy más tierna de lo que veis, ¿por qué

habéis de creer que lo soy para vuestro hermano? A lo demás que decís,

quejándoos de mi desabrimiento y tibieza, os digo, para que no os

canséis en importunarme, que mientras no fuéredes mi esposo no habéis

de alcanzar más de mí.

Y diciendo esto, por no dar lugar a que don Jorge tuviese algunas

desenvolturas amorosas, le dejó y entró en otra sala donde había

criados y gente.

No aguardaba Teodosia otra ocasión más que la presente para urdir su

enredo, y habiendo estado a la mira y oído lo que había pasado, viendo

quedar a don Jorge desabrido y cuidadoso de la resolución de Constanza,

se fue adonde estaba y le dijo:

—No puedo ya sufrir ni disimular, señor don Jorge, la pasión que

tengo de veros tan perdido y enamorado de mi hermana, y tan engañado

en esto como amante suyo, y así, si me dais palabra de no decir en

ningún tiempo que yo os he dicho lo que sé y os importa saber, os diré

la causa de la tibia voluntad de Constanza. Sabed —dijo Teodosia—

que vuestro hermano Federico y Constanza se aman con tanta terneza y

firme voluntad que no hay para encarecerlo más que decir que tienen

concertado de casarse; dada se tienen la palabra de esposos, y aun

creo que con algunas más arraigadas prendas: testigo yo, sin querer

ellos que lo fuese, oí y vi cuanto os digo, cuidadosa de lo mismo que

ha sucedido: esto no tiene ya remedio, lo que yo os aconsejo es que,

como tan bien entendido, llevéis este disgusto, creyendo que Constanza

no nació para vuestra y que el cielo os tiene guardada sola la que os

merece.

Con esto dio fin Teodosia a su traición, no queriendo por entonces

decirle nada de su voluntad, porque no sospechase su engaño; y don

Jorge principio a una celosa y desesperada cólera, porque en un punto

ponderó el atrevimiento de su hermano y deslealtad de Constanza,

y haciendo juez a sus celos y fiscal a su amor, juntando con esto

el aborrecimiento con que trataba a Federico, aun sin pensar en la

ofensa, dio luego contra él rigurosa sentencia; mas disimulando, por

no alborotar, con Teodosia, le agradeció cortésmente la merced que le

hacía, prometiendo el agradecimiento de ella, y por principio tomar su

consejo y apartarse de la voluntad de Constanza, pues se empleaba en su

hermano más debidamente que en él, despidiéndose de ella y dejándola en

extremo alegre, pareciéndole que, defraudado don Jorge de alcanzar a su

hermana, le sería a ella fácil de haberle por esposo.

Apenas se apartó don Jorge de Teodosia, cuando se fue a buscar a su

aborrecido hermano, si bien primero llamó a un paje de quien fiaba

mayores secretos, y dándole cantidad de joyas y dineros, con un caballo

le mandó que le aguardase fuera de la ciudad en un señalado puesto.

Hecho esto, se fue a Federico y le dijo que tenía ciertas cosas que

tratar con él, para lo cual era necesario salir hacia el campo.

Hízolo Federico, no tan descuidado que no se recelase de su hermano,

por conocer la poca amistad que le tenía; mas la fortuna hace sus

cosas como le da gusto, sin mirar méritos ni ignorancias: tenía ya

hecha la suerte por don Jorge contra el miserable Federico, porque

apenas llegaron a un lugar a propósito, apartado de la gente, cuando

sacando don Jorge la espada, llamándole robador de su mayor descanso y

bien, sin darle lugar a que sacase la suya le dio una estocada en el

corazón, de que cayó muerto.

Don Jorge acudió adonde le aguardaba su criado con el caballo y

subiendo en él con su secretario a las ancas, se fue a Barcelona; de

allí, hallando las galeras que se partían a Nápoles, se embarcó en

ellas, despidiéndose para siempre de España.

Fue hallado muerto esta misma noche el malogrado Federico, y traído a

sus padres, con tanto dolor suyo y de toda la ciudad que a una lloraban

su desgraciada muerte, ignorándose el agresor de ella. Sintió mucho

Constanza la ausencia de don Jorge, mas no de suerte que diese que

sospechar cosa que no estuviese muy bien a su opinión.

En este tiempo murió su padre, dejando a sus hermosas hijas con gran

suma de riqueza y a su madre por su amparo: la cual, ocupada en el

gobierno de su hacienda, no trató de darlas estado en más de dos años,

sin que en todo este tiempo se supiese cosa alguna de don Jorge, cuyo

olvido fue haciendo su acostumbrado efecto en la voluntad de Constanza,

lo que no pudo hacer en la de Teodosia que, siempre amante y siempre

firme, deseaba ver casada a su hermana para vivir más segura si don

Jorge pareciese.

Sucedió en este tiempo venir a algunos negocios a Zaragoza un hidalgo

montañés, más rico de bienes de naturaleza que de fortuna, hombre de

hasta treinta o treinta y seis años, galán discreto y de muy amables

partes, llamado Carlos. Tomó posada en frente de la casa de Constanza,

y a la primera vez que vio la belleza de la dama, le dio en pago de

haberla visto la libertad, dándole asiento en el alma con tantas veras

que sola la muerte le pudo sacar de esta determinación.

Veíase nuestro Carlos pobre fuera de su patria, porque, aunque le

sobraba de noble lo que le faltaba de rico, no era bastante para

atreverse a pedirla por mujer, seguro de que no se la habían de dar;

mas como no hay amor sin astucias ni cuerdo que no sepa aprovecharse

de ellas, imaginó una que fue bastante a darle lo mismo que deseaba, y

para conseguirla empezó a tomar amistad con Fabia, que así se llamaba

la madre de Constanza, y a regalarla con algunas cosas que procuraba

para este efecto, haciendo la noble señora en agradecimiento lo

mismo. Visitábalas algunas veces, granjeando con su agrado y linda

conversación la voluntad de todas, tanto que ya no se hallaban sin él.

En teniendo Carlos dispuesto este negocio tan a su gusto, descubrió

su intento a una ama vieja que le servía, prometiéndole pagárselo

muy bien, y de esta suerte se empezó a fingir enfermo, y no solo con

achaque limitado sino que de golpe se arrojó en la cama.

Tenía ya su vieja ama prevenido un médico, a quien dieron un gran

regalo, y así comenzó a curarle a título de un cruel tabardillo. Supo

la noble Fabia la enfermedad de su vecino y con notable sentimiento le

fue luego a ver, y le asistía como si fuera un hijo. Creció la fingida

enfermedad, a dicho del médico y congojas del enfermo, tanto que se le

ordenó que hiciese testamento.

Todo lo cual se hizo en presencia de Fabia, que sentía el mal de Carlos

en el alma, a la cual dijo el astuto Carlos, asidas las manos, estando

para hacer testamento:

—Ya veis, señora mía, en el estado que está mi vida, más cerca de la

muerte que de otra cosa; no lo siento tanto por haberme venido en la

mitad de mis años cuanto por estorbarse con ella el deseo que siempre

he tenido de serviros después que os conocí, mas para que mi alma vaya

con algún consuelo de este mundo, dadme licencia para descubriros un

secreto. Seis meses ha, señora Fabia —dijo Carlos—, que vivo en

frente de vuestra casa, y esos mismos que adoro y deseo para mi mujer

a mi señora doña Constanza, vuestra hija: por su hermosura y virtudes

no he querido tratar de ello, aguardando la venida de un caballero,

deudo mío, a quien esperaba para que lo tratase; mas Dios, que sabe lo

que más conviene, ha sido servido de atajar mis intentos de la manera

que veis, sin dejarme gozar de ese deseado bien: la licencia que ahora

me habéis de dar es para que yo la deje toda mi hacienda, y que ella la

acepte, quedando vos, señora, por testamentaria, y después de cumplido

mi testamento, todo lo demás sea para su dote.

Agradeciole Fabia con palabras amorosas la merced que le hacía,

sintiendo y solemnizando con lágrimas el perderle.

Hizo Carlos su testamento, y por decirlo de una vez, él testó más de

cien mil ducados, señalando en muchas partes de la montaña muy lucida

hacienda, y de todo dejó por heredera a Constanza, y a su madre tan

lastimada que pedía al cielo con lágrimas su vida.

En viendo Fabia a su hija, echándole al cuello los brazos, le dijo:

—¡Ay hija mía, en qué obligación estás a Carlos! ya puedes desde hoy

llamarte desdichada, perdiendo como pierdes tal marido.

—No quiera el cielo, señora —decía la hermosa dama, agradada de las

buenas prendas de Carlos y obligada con la riqueza que la dejaba—,

que Carlos muera, ni que yo sea de tan corta dicha que tal vea; yo

espero en Dios que le ha de dar vida para que todas sirvamos la

voluntad que nos muestra.

Dentro de pocos días empezó Carlos, como quien tenía en su mano la

salud, a mejorar, y antes de un mes a estar del todo sano, y no solo

sano sino esposo de la bella Constanza; porque Fabia, viéndole con

salud, le llevó a su casa y desposó con su hija, granjeando este bien

por medio de su engaño, y Constanza tan contenta porque su esposo

sabía granjear su voluntad con tantos regalos y caricias que, ya muy

seguro de su amor, se atrevió a descubrirle su engaño, dando la culpa a

su hermosura y al verdadero amor que desde que la vio la tuvo.

Cuatro años serían pasados de la ausencia de don Jorge, muerte de

Federico y casamiento de Constanza, en cuyo tiempo la bellísima dama

tenía por prendas de su querido esposo dos hermosos hijos, con los

cuales, más alegre que primero, juzgaba perdidos los años que había

gastado en otros devaneos, sin haber sido siempre de su Carlos, cuando

don Jorge, habiendo andado toda la Italia, Piamonte y toda Flandes, no

pudiendo sufrir la ausencia de su amada señora, seguro, por algunas

personas que había visto por dónde había estado, de que no le atribuían

a él la muerte del malogrado Federico, dio la vuelta a su querida

patria y se presentó a los ojos de sus padres, y si bien su ausencia

había dado que sospechar, supo dar tal satisfacción y color a su fuga,

llorando con fingidas lágrimas y disimulada pasión la muerte de su

hermano, haciéndose muy nuevo en ella, que deslumbró cualquier indicio

que pudiera haber.

La que menos contento mostró en esta venida fue Constanza, porque

casi adivinando lo que había de suceder, como amaba tan de veras a su

esposo, se entristeció de lo que los demás se alegraban; porque don

Jorge, aunque sintió con las veras posibles hallarla casada, se allanó

a servirla y solicitarla de nuevo, ya que no para su esposa, que era

imposible, a lo menos para gozar de su hermosura, por malograr tantos

años de amor. Los paseos, regalos, músicas y finezas eran tantas que

casi se empezó a murmurar por la ciudad, mas a todo la dama estaba

sorda, porque jamás admitía ni estimaba cuanto el amante por ella

hacía, antes la servía de mayor pena.

La que tenía Teodosia de ver estos extremos de amor en su querido don

Jorge era tanta que, a no alentarla los desdenes con que su hermana

le trataba, mil veces perdiera la vida. No ignoraba Constanza de

dónde le procedía a su hermana la pena, y deseaba que don Jorge se

inclinase a remediarla, tanto por no verla padecer como también por no

verse perseguida de sus importunaciones; mas cada hora lo hallaba más

imposible, por estar ya don Jorge tan rematado y loco en solicitar su

pretensión que no sentía que en Zaragoza se murmurase ni que el esposo

de Constanza lo sintiese.

Más de un año pasó don Jorge en este tema, sin ser parte las veras

con que Constanza excusaba su vista, cuando Teodosia, agravada de su

tristeza, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad, tanto que se

llegó a tener muy poca esperanza de su vida.

Constanza, que la amaba tiernamente, conociendo que el remedio de su

pena estaba en don Jorge, se determinó a hablarle, forzando, por la

vida de su hermana, su desapegada y cruel condición; y así, un día que

Carlos se había ido a caza, le envió a llamar.

Loco de contento recibió don Jorge el venturoso recado de su querida

dama; y por no perder esta ventura fue a ver lo que el dueño de su

alma le quería. Con alegre rostro recibió Constanza a don Jorge, y

sentándose con él en su estrado, lo más amorosa y honestamente que

pudo, por obligarle y traerle a su voluntad, le dijo las razones

siguientes:

—No puedo negar, señor don Jorge, si miro desapasionadamente vuestros

méritos y la voluntad que os debo, que fui desgraciada el día que os

ausentasteis de esta ciudad, pues con esto perdí el alcanzaros por

esposo, cosa que jamás creí de la honesta afición con que admitía

vuestros favores y finezas, si bien el que tengo es tan de mi gusto

que doy mil gracias al cielo por haberle merecido: esta voluntad deseo

pagaros sin ser a costa de mi honor, dándoos en mi lugar otra que de

mi parte pague lo que en mí es sin remedio. En concederme este bien me

ganáis, no solo por verdadera amiga sino por perpetua esclava, y para

no teneros suspenso, esta hermosura que en cambio de la mía os quiero

dar es mi hermana Teodosia, la cual, desesperada de vuestro desdén, está

en lo último de su vida, sin saber otro remedio para dársela sino vos

mismo. Ahora es tiempo de que yo vea lo que valgo con vos, si alcanzo

que nos honréis a todos dándola la mano de esposo. Con esto quitáis al

mundo de murmuraciones, a mi esposo de sospechas, a vos mismo de pena,

y a mi hermana de las manos de la muerte: y yo, teniéndoos por hermano,

podré pagar con agradecimientos lo que ahora niego por recato.

Turbado oyó don Jorge a Constanza, y precipitado en su pasión amorosa,

la respondió:

—¿Este es el premio, hermosa Constanza, que tenías guardado al

tormento que por ti paso y al firme amor que te tengo? Pues cuando

entendí que obligada de él me llamabas para dármele, me quieres

imposibilitar de todo punto de él; pues asegúrote que conmigo no tienen

lugar tus ruegos, porque otra que no sea Constanza no triunfará de mí:

amándote he de morir, y amándote viviré hasta que me asalte la muerte;

mira si cuando la deseo para mí se la excusaré a tu hermana.

Púsose Constanza, oyendo esto, en pie, y en modo de burla dijo:

—Hagamos, señor don Jorge, un concierto, y sea que como vos me hagáis

en esta placeta que está delante de mi casa, de aquí a la mañana, un

jardín tan adornado de cuadros y olorosas y vistosas flores, árboles

y fuentes, que ni en su frescura ni belleza, ni en la diversidad de

pájaros que en él haya, desdiga de los nombrados pensiles de Babilonia

que Semíramis hizo sobre sus muros, yo me pondré en vuestro poder y

haré por vos cuanto deseáis; y si no, que os habéis de dejar de esta

pretensión, otorgándome en pago el ser esposo de mi hermana, porque si

no es a precio de este imposible no han de perder Carlos y Constanza su

honor, granjeado con tanto cuidado y sustentado con tanto aumento.

Con esto se entró donde estaba su hermana, bien descontenta del

mal recado que llevaba de su pretensión, dejando a don Jorge tan

desesperado que fue milagro no quitarse la vida. Saliose asimismo

loco y perdido de casa de Constanza, y con desconcertados pasos, sin

mirar dónde iba, se fue al campo, y allí maldiciendo su suerte, dando

tristes y lastimosos suspiros, y cercado de mortales pensamientos, se

le puso (sin ver por dónde ni cómo había venido) delante un hombre que

le dijo:

—¿Qué tienes, don Jorge? ¿Por qué das voces y suspiros al viento

pudiendo remediar tu pasión de otra suerte? ¿Qué lágrimas femeniles

son estas? ¿No tiene más ánimo un hombre de tu valor que el que aquí

muestras? ¿No echas de ver que, pues tu dama puso precio a tu pasión,

que no es tan difícil tu remedio como piensas?

Mirándole estaba don Jorge, espantado de oírle decir lo que él apenas

creía que sabía nadie, y así le respondió:

—¿Y quién eres tú, que sabes lo que yo mismo no sé y que asimismo

me prometes remedio? ¿Qué puedes tú hacer cuando aun al demonio es

imposible?

—Y si yo fuese el que dices —respondió—, ¿qué dirías? Ten ánimo y

mira qué me darás si yo hago el jardín que tu dama pide.

—Pon tú el precio a lo que por mí quieres hacer, que pronto estoy a

otorgarlo.

—Pues mándame el alma —dijo el demonio— y hazme de ella cédula, que

antes que amanezca podrás cumplir a tu dama su deseo.

Amaba el mal aconsejado mozo, y así no dificultó hacer lo que el

demonio le pedía. Hízole la cédula en la manera que él la ordenó, y

firmando sin mirar lo que hacía ni que por precio de un desordenado

apetito daba una joya tan apreciada y que tanto le costó al divino

Criador. Hecho esto, don Jorge se fue a su posada y el demonio a dar

principio a su fabulosa fábrica.

Llegó la mañana y don Jorge, creyendo que había de ser la de

su gloria, se levantó al amanecer, y vistiéndose lo más rica y

costosamente que pudo, se fue donde el jardín se había de hacer, y

llegando a la placeta que estaba en frente de la casa de la hermosa

Constanza el más contento que en su vida estuvo, vio la más hermosa

obra que jamás había visto, que a no ser mentira, como el autor de

ella, pudiera ser recreación de cualquier monarca. Entrose dentro y

estuvo aguardando un buen rato que saliese su dama a ver como había

cumplido su deseo.

Carlos, que aunque la misma noche que Constanza habló con don Jorge

había venido de caza cansado, madrugó aquella mañana para acudir a un

negocio que se le había ofrecido; y como apenas fuese de día, abrió

una ventana que caía a la placeta, poniéndose a vestir en ella; y como

se le ofreciese a los ojos la máquina ordenada por el demonio para

derribar la fortaleza del honor de su esposa, como admirado estuvo un

rato creyendo que soñaba, mas viendo que ya que los ojos se pudieran

engañar, no lo hacían los oídos, que absortos a la dulce armonía de

tantos y tan diversos pajarillos como en el deleitoso jardín estaban,

empezó a dar voces, llamando a su esposa y a los demás de su casa,

diciéndoles que se levantasen y verían la mayor maravilla que jamás se

vio.

A las voces que Carlos dio se levantó Constanza y su madre, y cuantos

en su casa había, bien seguros de tal novedad, porque la dama ya no se

acordaba de lo que le había pedido a don Jorge, segura de que no lo

había de hacer, y como descuidada se llegase a ver qué la quería su

esposo y viese el jardín, precio de su honor, tan adornado de flores y

árboles, que aun le pareció que era menos lo que ella había pedido, y

muy poco, según lo que la daban, pues las fuentes y hermosos cenadores

ponían espanto a quien las veía, y viese a don Jorge tan lleno de galas

y bizarría pasearse por él, y en un punto considerase lo que había

prometido, sin poderse tener en sus pies se dejó caer en el suelo, a

cuyo golpe acudió su esposo y los demás, pareciéndoles que estaban

encantados según los prodigios que veían.

Y tomándola en sus brazos, como quien la amaba tiernamente, con gran

priesa pedía que llamasen a los médicos, pareciéndole que estaba sin

vida, por cuya causa su marido y hermana solemnizaban con lágrimas su

muerte, a cuyos llantos acudió mucha gente que se había juntado en

el jardín que en la plaza estaba, y entre ellos don Jorge, que luego

imaginó lo que podía ser.

Media hora estuvo la hermosa señora de esta suerte, haciéndosele

innumerables remedios, cuando, estremeciéndose fuertemente, tornó en

sí; y viéndose en los brazos de su amado esposo, cercada de gente, y

entre ellos don Jorge, llorando amarga y abundantemente, puestos los

ojos en Carlos, le empezó a decir:

—Ya, señor mío, si quieres tener honra, y que tus hijos la tengan y

mis nobles deudos no la pierdan sino que tú se la des, conviene que

al punto me quites la vida; no porque a él ni a ellos he ofendido; mas

porque puse precio a tu honor y al suyo, sin mirar que no le tiene. Yo

lo hiciera imitando a Lucrecia, y aun dejándola atrás, pues si ella se

mató después de haber hecho la ofensa, yo muriera sin cometerla; mas

soy cristiana y no es razón que, pues yo estoy sin culpa, pierda la

vida y te pierda juntamente a ti, que lo eres mío, y pierda el alma que

tanto costó a su Criador.

Más espanto dieron estas razones a Carlos que lo demás que había visto;

y así le pidió que dijese la causa por qué las decía y lloraba con

tanto sentimiento. Entonces Constanza, aquietándose un poco, contó

públicamente cuanto con don Jorge la había pasado desde que la empezó

a amar hasta el punto en que estaba, añadiendo por fin que, pues ella

había pedido a don Jorge un imposible y él le había cumplido, que en

aquel caso no había otro remedio sino su muerte, con la cual, dándosela

su marido, como el más agraviado, tendría todo fin y don Jorge no

podría tener queja de ella.

Viendo Carlos un caso tan extraño, considerando que por su esposa se

veía en tanta prosperidad, pues la desigualdad muchas veces suele ser

freno a las inclinaciones de los hombres, porque el que escoge mujer

más rica que él no lleva mujer sino señora; y asimismo, más enamorado

que nunca de la hermosa Constanza, la dijo:

—No puedo negar, señora mía, que hicisteis mal en poner precio a lo

que en realidad de verdad no lo tiene ni puede tener, porque la virtud

y la castidad de la mujer no hay en el mundo con que se pueda pagar,

pues aunque os fiasteis de un imposible, pudierais considerar que no

le hay para un amante que lo es de veras, y el premio de su amor le

espera alcanzar con cometer imposibles y hacerlos; mas esta culpa ya la

pagáis con la pena en que os veo; por tanto ni yo os quitaré la vida ni

os daré más pesadumbre de la que tenéis: el que ha de morir es Carlos,

que, como desdichado, ya la fortuna, cansada de sufrirle, le quería

derribar.

Y diciendo esto sacó la espada y fuésela a meter por los pechos, sin

mirar que con esta desesperada acción perdía el alma, al tiempo que

don Jorge, temiendo lo mismo que él quería hacer, había de un salto

juntádose con él, y asiéndole fuertemente el puño de la espada le dijo:

—Tente, Carlos, tente.

Y así como estaba, prosiguió contando cuanto con el demonio le había

pasado hasta el punto que estaba, y pasando adelante dijo:

—No es razón que a tan noble condición como la tuya haga yo ninguna

ofensa, pues solo con ver que te quitas la vida porque yo no muera

(pues no hay muerte para mí más cruel que privarme del bien que tanto

me cuesta, pues he dado por precio el alma), me ha obligado de suerte

que no una sino mil perdiera por no ofenderte: tu esposa está ya libre

de su obligación, que yo la alzo la palabra; goce Constanza a Carlos, y

Carlos a Constanza, pues el cielo los crió tan conformes que solo él es

el que la merece y ella la que es digna de ser suya; y muera don Jorge,

pues nació tan desdichado que no solo ha perdido gusto por amar, sino

la joya que le costó a Dios morir en una cruz.

A estas últimas palabras de don Jorge se les apareció el demonio con la

cédula en la mano; y dando voces les dijo:

Novelas ejemplares y amorosas · 第 21 / 52 段