el último acento de sus palabras, prosiguió con ellas, pensando
persuadirla ya con ternezas, ya con amenazas, ya con regalos, ya con
rigores. A todo lo cual Estela, bañada en lágrimas, no respondía más
sino que se cansaba en vano, porque pensaba dejar la vida antes que
perder la honra.
Acabose de enojar Hamete, y trocando la terneza en saña, empezó a
maltratarla, dándola muchos golpes en su hermoso rostro, amenazándola
con muchos géneros de muerte si no se rendía a su gusto. Y viendo
que nada bastaba, quiso usar de la fuerza, batallando con ella hasta
rendirla.
El ánimo de Estela en esta ocasión era mayor que de una flaca doncella
se podía pensar; mas como a brazo partido anduviese luchando con ella,
rendidas ya las débiles fuerzas de Estela, se dejó caer en el suelo: y
no teniendo facultad para defenderse, acudió al último remedio, y al
más ordinario y común de las mujeres, que fue dar gritos, a los cuales
Jacimín, hijo del rey de Fez, que venía de caza, movido de ellos,
acudió a la parte donde le pareció que los oía, dejando atrás muchos
criados que traía; y como llegase a la parte donde las voces se daban,
vio patente la fuerza que a la hermosa dama hacía el fiero moro.
Era el príncipe de hasta veinte años; y demás de ser muy galán, tan
noble de condición y tan agradable en las palabras que, por esto y
por ser muy valiente y dadivoso, era muy amado de todos sus vasallos;
siendo asimismo tan aficionado a favorecer a los cristianos que, si
sabía que alguno los maltrataba, lo castigaba severamente.
Pues como viese lo que pasaba entre el cruel moro y aquella hermosa
esclava, que ya a este tiempo se podía ver a causa de que empezaba a
romper el alba; y la mirase tendida en tierra y con una liga atadas
las manos, y que con un lienzo la quería tapar la boca el traidor
Hamete, con airada voz le dijo:
—¿Qué haces, perro? ¿En la corte del rey de Fez se ha de atrever
ninguno a forzar las mujeres? Déjala al punto, si no, por vida del rey
que te mato.
Decir esto y sacar la espada todo fue uno. A estas palabras se levantó
Hamete y metió mano a la suya, y cerrando con él le diera la muerte,
si el príncipe, dando un salto, no le hurtara el golpe y reparara con
la espada; mas no fue con tanta presteza que no quedase herido en la
cabeza.
Conociendo pues el valiente Jacimín que aquel moro no le quería
guardar el respeto que justamente debía a su príncipe, se retiró
un poco, y tocando una cornetilla que traía al cuello, todos sus
caballeros se juntaron con él al mismo tiempo que Hamete con otro golpe
quería dar fin a su vida.
Mas siendo, como digo, socorrido de los suyos, fue preso el traidor
Hamete, dando lugar a la afligida Estela, con quien ya se había juntado
la alevosa y renegada Claudia, a que se echase a los pies del príncipe
Jacimín, a quien como el gallardo moro viese más despacio, no agradado
de su hermosura sino compasivo de sus trabajos, la preguntó quién era
y la causa de estar en tal lugar.
A lo cual Estela, después de haberle dicho que era cristiana, con las
más breves razones que pudo contó su historia y la causa de estar
donde la veía, de lo cual el piadoso Jacimín, enojado, mandó que a todos
tres los trajesen a su palacio donde, antes de curarse, dio cuenta
al rey su padre del suceso pidiéndole venganza del atrevimiento de
Hamete, quien juntamente con Claudia fue condenado a muerte, y este
mismo día fueron los dos empalados.
Hecha esta justicia, mandó el príncipe traer a su presencia a Estela,
y después de haberla acariciado y consolado, la preguntó qué quería
hacer de sí. A lo cual la dama, arrodillada ante él, le suplicó que
la enviase entre cristianos para que pudiese volver a su patria.
Concediole el príncipe esta petición, y habiéndola dado dineros y
joyas, y un esclavo cristiano que la acompañase, mandó a dos criados
suyos la pusiesen donde ella gustase.
Sucedió el caso referido en Fez a tiempo que el césar Carlos V,
emperador y rey de España, estaba sobre Túnez contra Barbarroja.
Sabiendo pues Estela esto, mudando su traje mujeril en el de varón,
cortándose los cabellos, acompañada solo de su cautivo español que
el príncipe de Fez le mandó dar, juramentándole que no había de decir
quién era, y habiéndose despedido de los dos caballeros moros que la
acompañaban, se fue a Túnez, hallándose en servicio del emperador y
siempre a su lado en todas ocasiones, granjeando no solo la fama de
valiente soldado sino la gracia del emperador, y con ella el honroso
cargo de capitán de caballos.
Hallose, como digo, no solo en esta ocasión sino en otras muchas que
el emperador tuvo en Italia y Francia, quien hallándose en una refriega
a pie, por haberle muerto el caballo, nuestra valiente dama, que con
nombre de don Fernando era tenida en diferente opinión, le dio el suyo,
y le acompañó y defendió hasta ponerle en salvo. Quedó el emperador tan
obligado que empezó con muchas mercedes a honrar y favorecer a don
Fernando; y fue la una un hábito de Santiago y la segunda una gran
renta y título.
No había sabido Estela en todo este tiempo nuevas ningunas de su patria
y padres, hasta que un día vio entre los soldados del ejército a su
querido don Carlos, que como le conoció, todas las llagas amorosas
se la renovaron, si acaso estaban adormecidas, y empezaron de nuevo
a verter sangre: mandole llamar, y disimulando la turbación que le
causó su vista, le preguntó ¿de dónde era y cómo se llamaba? Satisfizo
don Carlos a Estela con mucho gusto, obligado de las caricias que
le hacía, o por mejor decir, al rostro que, con ser tan parecido a
Estela, traía cartas de favor: y así la dijo su nombre y patria, y
la causa por que estaba en la guerra, sin encubrirla sus amores y la
prisión que había tenido, diciéndola como cuando pensó sacarla de casa
de sus padres y casarse con ella, se había desaparecido de los ojos
de todos ella y un paje, de quien fiaba mucho sus secretos, poniendo
en opinión su crédito, porque tenía para sí que por querer más que a
él al paje, habían hecho aquella vil acción, dándole a él motivo a
no quererla tanto y desestimarla; si bien en una carta que se había
hallado escrita de la misma dama para su padre, decía que se iba con
don Carlos, que era su legítimo esposo, cosa que le tenía más espantado
que lo demás; porque irse con Claudio y decir que se iba con él, le
daba que sospechar, y en lo que paraban sus sospechas era en creer que
Estela no le trataba verdad con su amor, pues le había dejado expuesto
a perder la vida por justicia, porque después de haber estado por estos
indicios preso dos años, pidiéndole no solo el robo y el escalamiento
de una casa tan noble como la de sus padres, viendo que muerta ni viva
no parecía, le achacaban que después de haberla gozado la había muerto,
con lo cual le pusieron en grande aprieto, tanto que muriera por ello
si no se hubiera valido de la industria, la cual le enseñó lo que había
de hacer, que fue romper las prisiones y quebrantar la cárcel, fiándose
más de la fuga que de la justicia que tenía de su parte: que el otro
año había gastado en buscarla por muchas partes, mas que había sido en
vano, porque no parecía sino que la había tragado la tierra.
Con grande admiración escuchaba Estela a don Carlos, como si no supiera
mejor que nadie la historia; y a lo que respondió más apresuradamente
fue a la sospecha que tenía de ella y del paje, diciéndole:
—No creas, Carlos, que Estela sería tan liviana que se fuese con
Claudio por tenerle amor, ni engañarte a ti, que en las mujeres nobles
no hay esos tratos; lo más cierto sería que ella fue engañada, y
después quizá la habrán sucedido ocasiones en que no haya podido volver
por sí; y algún día querrá Dios volver por su inocencia y tú quedarás
desengañado.
Lo que yo te pido es que mientras estuvieres en la guerra acudas a mi
casa, que si bien quiero que seas en ella mi secretario, de mí serás
tratado como amigo, y por tal te recibo desde hoy, que yo sé que con mi
amparo, pues todos saben la merced que me hace el césar, tus contrarios
no te perseguirán, y acabada esta ocasión daremos orden para que quedes
libre de sus persecuciones; y no quiero que me agradezcas esto con otra
cosa sino con que tengas a Estela en mejor opinión que hasta aquí,
siquiera por haber sido tú la causa de su perdición; y no me mueve a
esto más de que soy muy amigo de que los caballeros estimen y hablen
bien de las damas.
Atento oyó Carlos a don Fernando, que por tal tenía a Estela,
pareciéndole no haber visto en su vida cosa más parecida a su dama,
mas no llegó su imaginación a pensar que fuese ella: y viendo que
había dado fin a sus razones, se le humilló, pidiéndole las manos y
ofreciéndose por su esclavo. Alzole Estela con sus brazos, quedando
desde este día en su servicio, y tan privado con ella que ya los demás
criados estaban envidiosos.
De esta suerte pasaron algunos meses, acudiendo Carlos a servir a su
dama, no solo en el oficio de secretario sino en la cámara y mesa,
donde en todas ocasiones recibía de ella muchas y muy grandes mercedes,
tratando siempre de Estela, tanto que algunas veces llegó a pensar
que el duque la amaba, porque siempre le preguntaba si la quería como
antes, y si viera a Estela si se holgaría con su vista, y otras cosas
que más aumentaban la sospecha de don Carlos, satisfaciendo a ellas
unas veces a gusto de Estela y otras veces a su descontento.
En este tiempo vinieron al emperador nuevas cómo el virrey de Valencia
era muerto repentinamente, y habiendo de enviar quien le sucediese en
aquel cargo, por no ser bien que aquel reino estuviese sin quien le
gobernase, puso los ojos en don Fernando, de quien se hallaba tan bien
servido.
Supo Estela la muerte del virrey y, no queriendo perder de las manos
esta ocasión, se fue al emperador y puesta de rodillas le suplicó
le honrase con este cargo. No le pesó al emperador que don Fernando
le pidiese esta merced, si bien sentía apartarle de sí, pues por esto
no se había determinado; pero viendo que con aquello le premiaba, se
lo otorgó y le mandó que partiese luego, dándole la patente y los
despachos.
Ve aquí a nuestra Estela virrey de Valencia, y a don Carlos su
secretario y el más contento del mundo, pareciéndole que con el padre
alcalde no tenía que temer a su enemigo, y así se lo dio a entender su
señor.
Satisfecho iba don Carlos de que el virrey lo estaba de su inocencia en
la causa de Estela, con lo cual ya se tenía por libre y muy seguro de
sus promesas. Partieron, en fin, con mucho gusto y llegaron a Valencia
donde fue recibido el virrey con muestras de grande alegría.
Tomó su posesión, y el primer negocio que le pusieron para hacer
justicia fue el suyo mismo, dando querella contra su secretario.
Prometió el virrey de hacerla. Para esto mandó se hiciese información
de nuevo, examinando segunda vez los testigos.
Bien quisieran las partes que don Carlos estuviera más seguro, y que el
virrey le mandara poner en prisión. Mas a esto los satisfizo con decir
que él le fiaba, porque para él no había más prisión que su gusto.
Tomó, como digo, este caso tan a pechos que en breves días estaba de
suerte que no faltaba sino sentenciarle. En fin, quedó para verse otro
día. La noche antes entró don Carlos a la misma cámara donde el virrey
estaba en la cama y, arrodillado ante él, le dijo:
—Para mañana tiene vuestra excelencia determinado ver mi pleito
y declarar mi inocencia; demás de los testigos que he dado en mi
descargo y han jurado en mi abono, sea el mejor y más verdadero un
juramento que en sus manos hago, pena de ser tenido por perjuro, de que
no solo no llevé a Estela, mas que desde el día antes no la vi, ni sé
qué se hizo, ni dónde está; porque si bien yo había de ser su robador,
no tuve lugar de serlo con la grande priesa con que mi desdicha me la
quitó, o para mi perdición o la suya.
—Basta, Carlos —dijo Estela—, vete a tu casa y duerme seguro: soy
tu dueño, causa para que no temas; más seguridad tengo de ti de lo que
piensas, y cuando no la tuviera, el haberte traído conmigo y estar en
mi casa fuera razón que te valiera. Tu causa está en mis manos, tu
inocencia ya la sé, mi amigo eres, no tienes que encargarme más esto,
que yo estoy bien encargado de ello.
Besole las manos don Carlos, y así se fue dejando al virrey, y pensando
en lo que había de hacer.
¿Quién duda qué desearía don Carlos el día que había de ser el de su
libertad? Por lo cual se puede creer que apenas el padre universal de
cuanto vive descubría la encrespada madeja por los balcones del alba,
cuando se levantó y adornó de las más ricas galas que tenía, y fue a
dar de vestir al virrey para tornarle a asegurar su inocencia.
A poco rato salió el virrey de su cámara a medio vestir; mas cubierto
el rostro con un gracioso ceño, con el cual, y con una risa a lo falso,
dijo, mirando a su secretario:
—Madrugado has, amigo Carlos, algo hace sospechosa tu inocencia y tu
cuidado, porque el libre duerme seguro de cualquiera pena, y no hay más
cruel acusador que la culpa.
Turbose don Carlos con estas razones, mas disimulando cuanto pudo, le
respondió:
—Es tan amada la libertad, señor excelentísimo, que cuando no tuviera
tan fuertes enemigos como tengo, el alborozo de que me he de ver con
ella por mano de vuestra excelencia era bastante a quitarme el sueño;
porque de la misma manera que mata un gran pesar lo suele hacer un
contento: de suerte que el temor del mal y la esperanza del bien hacen
un mismo efecto.
—Galán vienes —replicó el virrey—, ¿pues el día en que has de ver
representada tu tragedia en la boca de tantos testigos como tienes
contra ti, te adornas de las más lucidas galas que tienes? Parece que
no van fuera de camino los padres y esposo de Estela en decir que
debiste de gozarla y matarla, fiado en los pocos o ninguno que te
lo vieron hacer: a fe que si pareciera Claudio, vil tercero de tus
travesuras, que no sé si probaras inocencia; y si va a decir verdad,
todas las veces que tratamos de Estela muestras tan poco sentimiento
y tanta vileza que siento que me debe más a mí tu dama que no a ti,
pues su pérdida me cuesta cuidado, y a ti no.
¡Oh qué pesados golpes eran estos para el corazón de Carlos! Ya
desmayado y desesperado de ningún buen suceso, le iba a dar por
disculpa el tiempo, pues con él se olvida cualquiera pasión amorosa,
cuando el virrey, con un severo semblante y airado rostro, le dijo:
—Calla, Carlos, no respondas. Carlos, yo he mirado bien estas cosas y
hallo por cuenta que no estás muy libre en ellas, y el mayor indicio de
todos es las veras con que deseas tu libertad.
Diciendo esto, hizo señas a un paje, el cual saliendo fuera, volvió con
una escuadra de soldados, los cuales quitaron a don Carlos las armas,
poniéndose como en custodia de su persona.
Quien viera en esa ocasión a don Carlos no pudiera dejar de tenerle
lástima; tenía mudada la color, los ojos bajos, el semblante triste, y
tan arrepentido de haberse fiado de la varia condición de los señores
que solo a sí se daba la culpa de todo.
Acabose de vestir el virrey, y sabiendo que ya los jueces y las partes
estaban aguardando, salió a la sala en que se había de juzgar este
negocio, trayendo consigo a Carlos cercado de soldados. Sentose en
su asiento y los demás jueces en los suyos; luego el relator empezó
a decir el pleito, declarando las causas e indicios que había de que
don Carlos era el robador de Estela, confirmándolo los papeles que en
los escritorios del uno y del otro se habían hallado, las criadas que
sabían su amor, los vecinos que los veían hablarse por las rejas, y
quien más le condenaba era la carta de Estela, en que rematadamente
decía que se iba con él.
A todo esto los más eficaces testigos en favor de don Carlos eran los
criados de su casa, que decían haberle visto acostar la noche que faltó
Estela, aun más temprano que otras veces, y su confesión que declaraba
debajo de juramento que no la habían visto; mas nada de esto aligeraba
el descargo; porque a eso alegaba la parte que pudo acostarse a vista
de sus criados, y después volver a vestirse y sacarla: y que los había
muerto aseguraba el no parecer ella ni el paje, secretario de todo, y
que sería cierto que por lo mismo le había también muerto, y que en lo
tocante al juramento, claro es que no se había de condenar a sí mismo.
Viendo el virrey que hasta aquí estaba condenado Carlos en el robo de
Estela, en el quebrantamiento de su casa, en su muerte y la de Claudio,
y que solo él podía sacarle de tal aprieto, determinado pues a hacerlo,
quiso ver primero a Carlos más apretado, para que la pasión le hiciese
confesar su amor y para que después estimase en más el bien: y así
Estela le llamó, y como llegase en presencia de todos, le dijo:
—Amigo Carlos, si supiera la poca justicia que tenías de tu parte
en este caso, doyte mi palabra y te juro por vida del césar que
no te hubiera traído conmigo, porque no puedo negar que me pesa; y
pues lo solemnizo con estas lágrimas, bien puedes creerme siento
en el alma ver tu vida en el peligro en que está, pues si por los
presentes cargos he de juzgar esta causa, fuerza es que por mi ocasión
la pierdas, sin que yo halle remedio para ello; porque siendo las
partes tan calificadas, tratarles de concierto en tan gran pérdida como
la de Estela es cosa terrible y no acertada, y muy sin fruto: el
remedio que aquí hay es que parezca Estela, y con esto ellos quedarán
satisfechos y yo podré ayudarte; mas de otra manera, ni a mí está
bien ni puedo dejar de condenarte a muerte.
Pasmose con esto el afligido don Carlos, mas como ya desesperado,
arrodillado como estaba, le dijo:
—Bien sabe vuestra excelencia que desde que en Italia me conoció,
siempre que trataba de esto lo he contado y dicho de una misma suerte,
y que si aquí como a juez se lo pudiera negar, allí como a señor y
amigo le dije la verdad, y de la misma manera lo digo y confieso ahora.
Digo que adoré a Estela.
—Di que la adoro —replicó el virrey algo bajo—, que te haces
sospechoso en hablar de pretérito, y no sentir de presente.
—Digo que la adoro —respondió don Carlos, admirado de lo que en el
virrey veía—, y que la escribía, que la hablaba, que la prometía ser
su esposo, que concerté sacarla y llevarla a la ciudad de Barcelona;
mas ni la saqué, ni la vi, y si así no es, aquí donde estoy me parta un
rayo del cielo. Bien puedo morir, mas moriré sin culpa alguna, si no es
que acaso lo sea haber querido una mudable, inconstante y falsa mujer,
sirena engañosa que en la mitad del canto dulce me ha traído a esta
amarga y afrentosa muerte. Por amarla muero, no por saber de ella.
—¿Pues qué se pudieron hacer esta mujer y este paje? —dijo el
virrey—. ¿Subiéronse al cielo? ¿Bajáronse al abismo?
—¿Qué sé yo? —replicó el afligido don Carlos—. El paje era galán y
Estela hermosa, ella mujer y él hombre; quizá...
—¡Ah traidor! —respondió el virrey—, ¡y cómo en ese quizá traes
encubiertas tus traidoras y falsas sospechas! ¡Qué presto te has dejado
llevar de tus malos pensamientos! Maldita sea la mujer que con tanta
facilidad os da motivo para ser tenida en menos; porque pensáis que
lo que hacen obligadas de vuestra asistencia y perseguidas de vuestra
falsa perseverancia hacen con otro cualquiera que pasa por la calle: ni
Estela era mujer ni Claudio hombre; porque Estela es noble y virtuosa,
y Claudio un hombre vil, criado tuyo y heredero de tus falsedades.
Estela te amaba y respetaba como a esposo, y Claudio la aborrecía
porque te amaba a ti: y digo segunda vez que Estela no era mujer
porque la que es honesta, recatada y virtuosa no es mujer sino ángel;
ni Claudio hombre sino mujer, que enamorada de ti quiso privarte de
ella, quitándola delante de tus ojos. Yo soy la misma Estela, que se ha
visto en un millón de trabajos por tu causa, y tú me lo gratificas en
tener de mí la falsa sospecha que tienes.
Entonces contó cuanto le había sucedido desde el día que faltó de
su casa, dejando a todos admirados del suceso, y más a don Carlos
que, corrido de no haberla conocido y haber puesto dolo en su honor,
como estaba arrodillado, asido de sus hermosas manos, se las besaba,
bañándoselas con sus lágrimas, pidiéndola perdón de sus desaciertos: lo
mismo hacía su padre y el de Carlos, y unos con otros se embarazaban
por llegar a darla abrazos, diciéndola amorosas ternezas.
Llegó el conde a darla la enhorabuena y pedirla se sirviese cumplir
la palabra que su padre le había dado de que sería su esposa; de cuya
respuesta, colgado el ánimo y corazón de don Carlos, puso la mano en la
daga que le había quedado en la cinta, para que si no saliese en su
favor, matar al conde y a cuantos se lo defendiesen, o matarse a sí
antes que verla en poder ajeno.
Mas la dama, que amaba y estimaba a don Carlos más que a su misma
vida, con muy corteses razones suplicó al conde la perdonase, porque
ella era mujer de Carlos, por quien y para quien quería cuanto poseía,
y que le pesaba no ser señora del mundo para entregárselo todo; pues
sus valerosos hechos nacían todos del valor que el ser suya le daba,
suplicando tras esto a su padre lo tuviese por bien.
Y bajándose del asiento, después de abrazarlos a todos se fue a Carlos,
y enlazándole al cuello los valientes y hermosos brazos, le dio en
ellos la posesión de su persona. Y de esta suerte se entraron juntos
en una carroza y fueron a la casa de su madre, que ya tenía nuevas del
suceso y estaba ayudando al regocijo con piadoso llanto.
Salió la fama publicando aquesta maravilla por toda la ciudad, causando
a todos notable novedad por oír decir que el virrey era mujer y Estela.
Todos acudían, unos al palacio y otros a su casa.
Despachose luego un correo al emperador, que estaba ya en Valladolid,
dándole cuenta del caso, el cual más admirado que todos los demás, como
quien la había visto hacer valerosas hazañas, no acababa de creer que
fuese así, y respondió a las cartas con la enhorabuena y muchas joyas.
Confirmó a Estela el estado que la dio, añadiéndole el de princesa de
Buñol, y a don Carlos el hábito y renta de Estela, y el cargo de virrey
de Valencia.
Con que los nuevos amantes, ricos y honrados, hechas todas las
ceremonias y cosas acostumbradas de la iglesia, celebraron sus bodas,
dando a la ciudad nuevo contento, a su estado hermosos herederos y
a los historiadores motivo para escribir esta maravilla, con nuevas
alabanzas al valor de la hermosa Estela, cuya prudencia y disimulación
la hizo severo juez, siéndolo de su misma causa; que no es menos
maravilla que las demás, que haya quien sepa juzgarse a sí mismo en mal
ni bien; porque todos juzgamos faltas ajenas y no las nuestras propias.
NOVELA DÉCIMA.
EL JARDÍN ENGAÑOSO.
No ha muchos años que en la hermosísima y noble ciudad de Zaragoza
vivía un caballero noble y rico, y él por sus gracias merecedor de
tener por mujer una gallarda dama, igual en todo a sus virtudes y
nobleza. Diole el cielo por fruto de su matrimonio dos hermosas hijas;
la mayor llamada Constanza y la menor Teodosia, tan iguales en
belleza, discreción y donaire que no desdecía nada la una de la otra.
Eran estas dos bellísimas damas tan acabadas y perfectas que eran
llamadas por renombre de su riqueza y hermosura las dos niñas de los
ojos de su patria.
Llegando pues a los años de discreción, cuando en las doncellas campea
la belleza y donaire, se aficionó de la hermosa Constanza don Jorge,
caballero asimismo natural de la misma ciudad de Zaragoza, mozo galán
y rico, único heredero en la casa de sus padres, que aunque había otro
hermano, cuyo nombre era Federico, como don Jorge era el mayorazgo, le
podemos llamar así.
Amaba Federico a Teodosia, si bien con tanto recato de su hermano
que jamás entendió de él esta voluntad. No miraba Constanza mal a
don Jorge, porque agradecida a su voluntad, le pagaba en tenérsela
honestamente, pareciéndole que habiendo sus padres de darla esposo,
ninguno en el mundo la merecía como don Jorge: y fiada en esto
estimaba y favorecía sus deseos, teniendo por seguro el creer que
apenas se la pediría a su padre, cuando tendría alegre y dichoso fin
este amor, si bien le alentaba tan honesta y recatadamente que dejaba
lugar a su padre para que en caso que no fuese su gusto el dársela por
dueño, ella pudiese, sin ofensa de su honor, dejarse de esta pretensión.
No le sucedió tan felizmente a Federico con Teodosia porque jamás
alcanzó de ella un mínimo favor, antes le aborrecía con todo extremo,
y era la causa amar perdida a don Jorge, tanto que empezó a tratar y
buscar modos de apartarle de la voluntad de su hermana.