sufrir el no abrazarme!
Doña Leonor, que vio a su madre tan cerca de sí, abrazándose con ella,
empezó a llorar.
Llegó en esto su padre y el de don Rodrigo, y visto que allí era
alborotar la gente, procurando saber el fin de este caso, las
apartaron, y todas juntas se entraron en los coches, donde mientras
tardaron en llegar a una casa que en la plaza tenían aderezada para
comer y ver las fiestas, supieron el caso como queda dicho: y sabiendo
que don Rodrigo y sus padres no determinarían de hacer tal sin acuerdo
de teólogos y letrados, considerando los caminos que Dios tiene para
efectuar su voluntad y descubrir sus secretos, le dieron muchas
gracias, disponiéndose a defender por justicia la causa si don Alonso,
como pensaban, les pusiese pleito.
Llegando, en fin, donde les esperaban las mesas y habiéndose servido la
comida, se salieron a los balcones a ver las fiestas, donde en uno muy
aderezado y guarnecido se sentaron los novios.
Don Alonso, que solo esto aguardaba, cercado de sus amigos, todos a
caballo pasearon la plaza, siendo siempre el blanco y paradero de
sus paseos enfrente del balcón en que estaban los recién casados,
ya recelosos de lo que don Alonso intentaba. El cual, como con sus
amigos, y entre ellos el corregidor, se acabaron de resolver de que
aquella dama era su misma mujer, la que habían visto muerta y la que
habían enterrado dos meses había, don Alonso pidió justicia al mismo
corregidor, dando querella de doña Leonor y don Rodrigo, y con esto la
gente comenzó a alborotarse. Hizo el corregidor su embargo, a lo cual
don Rodrigo, que no aguardaba otra cosa, se puso de pechos sobre el
balcón y dijo:
—Señores, yo no niego que esta dama es doña Leonor, hija de los
señores don Francisco y doña María, que están presentes, y mujer que
fue del señor don Alonso; mas también advierto que estoy legítimamente
casado con ella. El cómo me casé con ella diré en otro lugar; dejen
pasar las fiestas, que pues esto ha de constar por información, yo la
tengo tan en mi favor que no recelo siniestra sentencia.
Daba voces don Alonso que depositasen a doña Leonor en parte segura.
Hízolo el corregidor, mandando a su mujer, que estaba en la plaza, que
llevase consigo a doña Leonor. Con esto quitaron las espadas a don
Alonso y don Rodrigo y mandáronlos sobre su palabra que pasadas las
fiestas tuviesen por prisión su casa.
Otro día los padres de don Rodrigo, viendo que aquel pleito era más
de justicia eclesiástica que de seglar, pidieron al obispo, por una
exposición, que pidiese los presos, el cual lo hizo, y tomando su
confesión a don Alonso, que ya había hecho su pedimento ante él, dijo
que doña Leonor, que era la misma que don Rodrigo llamaba su mujer, era
suya, a la cual, vencida de un desmayo grande, por engaño de los médicos
habían enterrado: y que supuesto que faltaba de la bóveda donde la
habían puesto y estaba viva, que él quería que antes de todas cosas se
le entregase la dama, y con ella su dote, de que estaba despojado, por
las falsas nuevas de su muerte.
A lo cual respondió don Rodrigo que doña Leonor era legítimamente su
mujer por una cédula, la cual no había cumplido por la fuerza que sus
padres la habían hecho, engañándola y diciéndola que él se había casado
en Flandes. Y que cuando sin engaño se hubiera casado, que ya no podía
el primer marido tener ningún derecho, porque la muerte disuelve el
matrimonio, y respecto de esto aquella señora era suya, y no de don
Alonso, porque ella había sido verdaderamente muerta, y no desmayada,
como constaba de la declaración de tres médicos y haberla tenido
treinta y seis horas después de muerta, doce más de las que manda la
ley; y que él, viéndola enterrar, había vencido con dineros la fidelidad
del sacristán, deseoso de ver en sus brazos muerta la que no había
merecido viva, y que por fin había entrado en la bóveda, donde cansado
de llorar se había vuelto a un devoto crucifijo que allí estaba, a
quien fervorosamente había pedido su vida; y que su divina Majestad,
como el más justo juez, se lo había concedido, como veían, dándola
nueva vida para que él como legítimo dueño la gozase; y de que era
verdadero poseedor lo decían sus diligencias, siendo con justo título
su mujer; pues para su casamiento, demás de haberse aconsejado con
teólogos, habían precedido todas las solemnidades que pide el santo
concilio de Trento.
Mandó el obispo venir a doña Leonor y que hiciese su declaración;
la cual dijo que ella era verdadera mujer de don Rodrigo por muchas
causas. La primera, que ella le había dado palabra, la cual no había
cumplido por haberla forzado sus padres con amenazas y darle a
entender que se había casado; y que por esta causa había dado el sí
forzada, como lo podía decir el mismo don Alonso, pues jamás había
podido acabar con ella que consumasen el matrimonio. Demás de esto,
que ella naturalmente había sido muerta, refiriendo algunas cosas que
bastaron a hacer patente esta verdad, que por no ser de importancia
al suceso se ocultan, y últimamente, que ella estaba en poder de don
Rodrigo, al cual conocía por marido, y no a otro.
Visto esto y el parecer de muchos teólogos y letrados, mandó el obispo
que la dama se entregase a don Rodrigo, desposeyendo a don Alonso de la
mujer y hacienda: con lo cual el dicho don Rodrigo gozó de la hermosa
doña Leonor muchos años, aunque pocos según su amor. Murió primero que
su marido, dejando un hijo que hoy vive casado, siendo en su tierra muy
querido.
Con que da fin la célebre maravilla don Lope, en que se ve claro el
imposible vencido.
NOCHE QUINTA.
NOVELA NONA.
EL JUEZ DE SU CAUSA.
Tuvo entre sus grandezas la nobilísima ciudad de Valencia, por nueva
y milagrosa maravilla de tan celebrado asiento, la sin par belleza de
Estela, dama ilustre, rica y de tantas prendas, gracias y virtudes
que, cuando no tuviera otra cosa de qué preciarse sino de tenerla por
hija, pudiera alabarse entre todas las ciudades del mundo de su dichosa
suerte. Era Estela única en casa de sus padres y heredera de mucha
riqueza, que para sola ella les dio el cielo, a quien agradecidos
alababan por haberles dado tal prenda.
Entre los muchos caballeros que deseaban honrar con la hermosura de
Estela su nobleza fue don Carlos, mozo noble, rico y de las prendas
que pudiera Estela elegir un noble marido: si bien Estela, atada su
voluntad a la de sus padres, como de quien sabía que procuraban su
acrecentamiento, aunque entre todos se agradaba más de las virtudes
y gentileza de don Carlos, era con tanta cordura y recato que ni
ellos ni él conocían en ella ese deseo, pues ni despreciaba cruel sus
pretensiones ni admitía liviana sus deseos, favoreciéndole con un
mirar honesto y un agrado cuerdo, de lo cual el galán, satisfecho y
contento, seguía sus pasos, adoraba sus ojos y estimaba su hermosura,
procurando con su presencia y continuos paseos dar a entender a la
dama lo mucho que la estimaba.
Había en Valencia una dama de más libres costumbres que a una mujer
noble y medianamente rica convenía; la cual viendo a don Carlos pasar a
menudo por su calle, por ser camino para ir a la de Estela, se aficionó
de suerte que, sin mirar en más inconvenientes que a su gusto, se
determinó a dárselo a entender del modo que pudiese.
Poníasele delante en todas ocasiones, procurando despertar con su
hermosura su cuidado: mas como los de don Carlos estuviesen ocupados y
cautivos de la belleza de Estela, jamás reparaba en la solicitud con
que Claudia (que este era el nombre de la dama) vivía: pues como se
aconsejase con su amor y el descuido de su amante, y viese que nacía de
alguna voluntad, procuró saberlo de cierto, y a pocos lances descubrió
lo mismo que quisiera encubrir a su misma alma, por no atormentarla
con el rabioso mal de los celos. Y conociendo el poco remedio que su
amor tenía, viendo al galán don Carlos tan bien empleado, procuró por
la vía que pudiese estorbarlo, o ya que no pudiese más, vivir con quien
adoraba, para que su vista aumentase su amor o su descuido apresurase
su muerte.
Para lo cual, sabiendo que a don Carlos se le había muerto un paje que
de ordinario le iba acompañando y le servía de fiel consejero de su
honesta afición, aconsejándose con un antiguo criado que tenía, más
codicioso de su hacienda que de su hermosura y quietud, le pidió que
diese traza como ella ocupase la plaza del muerto siervo, dándole a
entender que lo hacía por procurar apartarle de la voluntad de Estela
y traerle a la suya, ofreciéndole, si lo conseguía, gran parte de su
hacienda.
El codicioso viejo, que vio por este camino gozaría de la hacienda de
Claudia, se dio tal maña en negociarlo que el tiempo que pudiera gastar
en aconsejarla lo contrario ocupó en negociar lo de su traje en el
de varón, y en servicio de don Carlos y su criado con la gobernación
de su hacienda y comisión de hacer y deshacer en ella: venció la
industria los imposibles y en pocos días se halló Claudia paje de su
amante, granjeando su voluntad de suerte que ya era archivo de los más
escondidos pensamientos de don Carlos, y tan valido suyo que solo a él
encomendaba la solicitud de sus deseos.
Ya en este tiempo se daba don Carlos por tan favorecido de Estela,
habiendo vencido su amor los imposibles del recato de la dama, que a
pesar de los ojos de Claudia, que con lágrimas solemnizaba esta dicha
de los dos amantes, le hablaba algunas noches por un balcón, recibiendo
con agrado sus papeles y oyendo con gusto algunas músicas que le daba
su amante algunas veces.
Pues una noche que, entre otras muchas, quiso don Carlos dar una música
a su querida Estela, y Claudia con su instrumento había de ser el tono
de ella, en lugar de cantar el amor de su dueño, quiso con este soneto
desahogar el suyo, que con el lazo al cuello estaba para precipitarse:
Goce su libertad el que ha tenido
Voluntad y sentidos en cadena;
Y el condenado en amorosa pena,
El dudoso favor que ha prevenido.
En dulces lazos (pues leal ha sido)
De mil gustos de amor el alma llena,
El que tuvo su bien en tierra ajena
Triunfe de ausencia sin temor de olvido.
Viva el amado sin favor celoso;
Y venza su desdén el despreciado,
Logre sus esperanzas el que espera.
Con su dicha alegre el venturoso,
Y con su prenda el victorioso amado,
Y el que amare imposibles, cual yo muera.
En este estado estaban estos amantes, aguardando don Carlos licencia
de Estela para pedirla a sus padres por esposa, cuando vino a Valencia
un conde italiano, mozo y galán: pues como su posada estaba cerca de
la de Estela y su hermosura tuviese jurisdicción sobre todos cuantos
la llegasen a ver, cautivó de suerte la voluntad del conde que le vino
a poner en puntos de procurar remedio, y el más conveniente que halló,
fiado en ser quien era, demás de sus muchas prendas y gentileza, fue
pedirla a sus padres, juntándose este mismo día con la suya la misma
petición por parte de don Carlos que, acosado de los amorosos deseos de
su dama y quizá de los celos que le daba el conde viéndole pasear la
calle, quiso darles alegre fin.
Oyeron sus padres los unos y los otros terceros, y viendo que aunque
don Carlos era digno de ser dueño de Estela, codiciosos de verla
condesa, despreciando la pretensión de don Carlos se la prometieron al
conde; y quedó asentado que de allí a un mes fuesen las bodas.
Sintió la dama, como era razón, esta desdicha y procuró desbaratar
estas bodas, mas todo fue cansarse en vano; y más cuando ella supo por
un papel de don Carlos cómo había sido despedido de ser suyo.
Mas como amor, cuando no hace imposibles, le parece que no cumple con
su poder, dispuso de suerte los ánimos de estos amantes que, viéndose
aquella noche por la parte que solían, concertaron que de allí a
ocho días previniese don Carlos lo necesario, la sacase y llevase
a Barcelona, donde se casarían; de suerte que cuando sus padres la
hallasen, fuese con su marido, tan noble y rico como pudieran desear, a
no haberse puesto de por medio tan fuerte competidor como el conde, y
su codicia.
Todo esto oyó Claudia, y como le llegasen tan al alma estas nuevas,
recogiose en su aposento y pensando estar sola, soltando las corrientes
a sus ojos, empezó a decir:
—Ya, desdichada Claudia, ¿qué tienes que esperar? Carlos y Estela
se casan, amor está de su parte y tiene pronunciada contra mí cruel
sentencia de perderle. ¿Podrán mis ojos ver a mi ingrato en brazos de
su esposa? No por cierto: pues lo mejor será decirle quién soy y luego
quitarme la vida.
Estas y otras muchas razones decía Claudia, quejándose de su desdicha;
cuando sintió llamar a la puerta de su estancia, y levantándose a ver
quién era, vio que el que llamaba a la puerta era un gentil y gallardo
moro que había sido del padre de don Carlos, y habiéndose rescatado, no
aguardaba sino pasaje para ir a Fez, de donde era natural, que como le
vio, le dijo:
—¿Para qué, Hamete, vienes a inquietar ni estorbar mis quejas si las
has oído, y por ellas conoces mi grande desdicha y aflicción? Déjamelas
padecer, que ni tú eres capaz de consolarme ni ellas admiten ningún
consuelo.
Era el moro discreto, y en su tierra noble, que su padre era un bajá
muy rico; y como hubiese oído quejar a Claudia, y conocido quién era,
le dijo:
—Oído he, Claudia, cuanto has dicho, y como, aunque moro, soy en algún
modo cuerdo, quizá el consuelo que te daré será mejor que el que tú
tomas, porque en quitarte la vida, ¿qué agravio haces a tus enemigos,
sino darles lugar a que se gocen sin estorbo? Mejor sería quitar a
Carlos y Estela, y esto será fácil si tú quieres: para animarte a ello
te quiero decir un secreto que hasta hoy no me ha salido del pecho:
óyeme, y si lo que quiero decirte no te pareciere a propósito, no lo
admitas; mujer eres y dispuesta a cualquier acción, como lo juzgo en
haber dejado tu traje y opinión por seguir tu gusto.
Algunas veces vi a Estela, y su hermosura cautivó mi voluntad; mira
qué de cosas te he dicho en estas dos palabras. Quéjaste que por
Carlos dejaste tu reposo, dasle nombre de ingrato, y no andas acertada
porque si tú le hubieras dicho tu amor, quizá Estela no triunfara del
suyo ni yo estuviera muriendo. Dices que no hay remedio porque tienen
concertado robarla y llevarla a Barcelona, y te engañas, porque en eso
mismo, si tú quieres, está tu ventura y la mía.
Mi rescate ya está dado, mañana he de partir de Valencia, porque para
ello tengo prevenida una galeota que anoche dio fondo en un escollo
cerca del Grao, de quien yo solo tengo noticia.
Si tú quieres quitarle a don Carlos su dama y hacerme a mí dichoso,
pues ella te da crédito a cuanto le dices, fiada en que eres la
privanza de su amante, ve a ella y dile que tu señor tiene prevenida
una nave en que pasar a Barcelona, como tiene concertado; y que por
ser segura no quiere aguardar el plazo que entre los dos se puso, que
para mañana en la noche se prevenga; señala la hora misma y dándola a
entender que don Carlos la aguardará en la marina, la traerás donde yo
te señalare, y llevándomela yo a Fez, tú quedarás sin embarazo, donde
podrás persuadir y obligarle a amarte, y yo iré rico de tanta hermosura.
Atónita oyó Claudia el discurso del moro, y como no mirase en más que
en verse sin Estela y con don Carlos, aceptó luego el partido, dando
al moro las gracias, quedando de concierto en efectuar otro día esta
traición, que no fue difícil; porque Estela, dando crédito, pensando que
se ponía en poder del que había de ser su esposo, cargada de joyas y
dineros, antes de las doce de la siguiente noche ya estaba embarcada en
la galeota, y con ella Claudia, que Hamete la pagó de esta suerte la
traición.
Tanto sintió Estela su desdicha que, así como se vio rodeada de moros,
y entre ellos el esclavo de don Carlos, y que él no parecía, vio que
a toda priesa se hacían a la vela, y considerando su desdicha, aunque
ignoraba la causa, se dejó vencer de un mortal desmayo que le duró
hasta otro día; tal fue la pasión de ver esto, y más cuando, volviendo
en sí, oyó lo que entre Claudia y Hamete pasaba; porque creyendo el
moro ser muerta Estela, teniéndola Claudia en sus brazos, le decía al
alevoso moro:
—¿Para qué, Hamete, me aconsejaste que pusiese esta pobre dama en el
estado en que está, si no me habéis de conceder la amada compañía de
don Carlos, cuyo amor me obligó a hacer tal traición como hice en
ponerla en tu poder? ¿Cómo te precias de noble si has usado conmigo
este rigor?
—Al traidor, Claudia —respondió Hamete—, pagarle en lo mismo que
ofende es el mejor acuerdo del mundo, demás que no es razón que ninguno
se fíe del que no es leal a su misma nación y patria: tú quieres a don
Carlos, y él a Estela: por conseguir tu amor quitas a tu amante la
vida, quitándole la presencia de su dama; pues a quien tal traición
hace como dármela a mí por un vano antojo, ¿cómo quieres que yo me
asegure de que luego no avisarás a la ciudad y saldrán tras mí, y me
darán la muerte? Pues con quitar este inconveniente, llevándote yo
conmigo aseguro mi vida y la de Estela, a quien adoro.
Estas, y otras razones como estas, pasaban entre los dos cuando Estela,
vuelta en sí, habiendo oído estas razones o las más, pidió a Claudia
que le dijese qué enigmas eran aquellos que pasaban por ella; la cual
se lo contó todo como pasaba, dando larga cuenta de quién era y por la
ocasión que se veían cautivas.
Solemnizaba Estela su desdicha vertiendo de sus ojos dos mil mares de
hermosas lágrimas, y Hamete su ventura consolando a la dama en cuanto
podía y dándola a entender que iba a ser señora de cuanto él poseía,
y más en propiedad si quisiese dejar su ley: consuelos que la dama
tenía por tormentos y no por remedio: a los cuales respondió con las
corrientes de sus hermosos ojos. Dio orden Hamete a Claudia para que,
mudando traje, sirviese y regalase a Estela, y con esto, haciéndose a
lo largo, se engolfaron en alta mar la vuelta de Fez.
Dejémoslos ahora hasta su tiempo y volvamos a Valencia, donde siendo
echada menos Estela de sus padres, locos de pena, procuraron saber qué
se había hecho buscando los más secretos rincones de su casa con un
llanto sordo y semblante muy triste.
Hallaron una carta dentro de un escritorio suyo, cuya llave estaba
sobre un bufete, que abierta decía así:
«Mal se compadece amor e interés por ser muy contrario el uno del
otro, y por esta causa, amados padres míos, al paso que me alejo del
uno, me entrego al otro: la poca estimación que hago de las riquezas
del conde me lleva a poder de don Carlos, a quien solo reconozco por
legítimo esposo: su nobleza es tan conocida que, a no haberse puesto
de por medio tan fuerte competidor, no se pudiera para darme estado
pedir más ni desear más. Si el yerro de haberlo hecho de este modo
mereciere perdón, juntos volveremos a pedirle, y en tanto pediré al
cielo las vidas de todos.»
ESTELA.
El susto y pesar que causó esta carta podrá sentir quien considerare
la prenda que era Estela y cuánto la estimaban sus padres: los cuales,
dando orden a su gente para que no hiciesen alboroto alguno, creyendo
que aún no habrían salido de Valencia, porque la mayor seguridad era
estarse quedos, y que haciendo algunas diligencias secretas sabrían
de ellos, dando aviso al virrey del caso; la primera que se hizo fue
visitar la casa de don Carlos, que descuidado del suceso le trasladaron
a un castillo a título de robador de la hermosa Estela y escalador de
la nobleza de sus padres, siendo el consuelo de ellos y su esposo, que
así se intitulaba el conde.
Estaba don Carlos inocente de la causa de su prisión y hacía mil
instancias para saberla; y como le dijesen que Estela faltaba y que,
conforme a una carta que se había hallado de la dama, él era el autor
de este robo y el Júpiter de esta bella Europa, y que él había de
dar cuenta de ella, viva o muerta, pensó acabar la vida a manos de
su pesar; y cuando se vio puesto en el aprieto que el caso requería,
porque ya le amenazaba la garganta el cuchillo, y a su inocente vida
la muerte: si bien su padre, como tan rico y noble, defendía, como era
razón, la inocencia de su hijo.
Quédese así hasta su tiempo, que la historia dirá el suceso; y vamos
a Estela y Claudia, que en compañía del cruel Hamete navegaban con
próspero viento la vuelta de Fez, que como llegasen a ella, fueron
llevadas las damas en casa del padre del moro, donde la hermosa Estela
empezó de nuevo a llorar su cautiverio y la ausencia de don Carlos;
porque, como Hamete viese que ni con ruegos ni caricias podía vencerla,
empezó a usar de la fuerza, procurando con malos tratamientos obligarla
a consentir con sus deseos por no padecer, tratándola como a una
miserable esclava, mal comida y peor vestida, y sirviendo en la casa de
criada, en la cual tenía el padre de Hamete cuatro mujeres, con quien
estaba casado, y otros dos hijos menores.
De estos dos el mayor se aficionó con grandes veras de Claudia, la cual
segura de que si como Estela no le admitiese la tratarían como a ella,
y viéndose también excluida de tener libertad ni de volver a ver a
Carlos, cerrando los ojos a Dios, renegó de su santísima fe y se casó
con Zaide, que este era el nombre de su hermano.
Con lo cual la pobre dama pasaba triste y desesperada vida, y así pasó
un año, y en él mil desventuras, si bien lo que más le atormentaba eran
las persecuciones de Hamete, quien continuamente la molestaba con sus
importunaciones.
Desesperado pues de remedio, pidió a Claudia con muchas lástimas diese
orden de que por lo menos, usando de la fuerza, pudiese gozarla:
prometióselo Claudia; y así un día que estaban solas, porque las demás
eran idas al baño, le dijo la traidora Claudia estas razones:
—No sé, hermosa Estela, cómo te diga la tristeza y congoja que padece
mi corazón en verme en esta tierra y en tan mala vida como estoy: yo,
amiga Estela, estoy determinada a huirme, que no soy tan mora que no
me tire más el ser cristiana: pues el haberme sujetado a esto fue más
de temor que de voluntad; cincuenta cristianos tienen prevenido un
bajel en que hemos de partir esta noche a Valencia: si tú quieres, pues
vinimos juntas, que nos volvamos juntas, no hay sino que te dispongas
y que nos volvamos con Dios; que yo espero en él que nos llevará en
salvamento; y si no, mira qué quieres que le diga a Carlos, que de hoy
en un mes pienso verle; y en lo que mejor puedes conocer la voluntad
que te tengo es en que, estando sin ti, puede ser ocasión de que Carlos
me quiera, y para lo contrario me ha de ser estorbo tu presencia; mas
con todo eso me obliga más tu miseria que mi gusto.
Arrojose Estela a los pies de Claudia, y la suplicó, que pues era
esta su determinación, que no la dejase, y vería con las veras que la
servía. Finalmente, quedaron concertadas en salir juntas esta noche,
después de todos recogidos; para lo cual juntaron sus cosas, por no ir
desapercibidas.
Las doce serían de la noche cuando Estela y Claudia, cargadas de dos
pequeños líos en que llevaban sus vestidos y camisas, y otras cosas
necesarias a su viaje, se salieron de casa y caminaron hacia la marina,
donde decía Claudia que estaba el bergantín o bajel en que había de
escapar, y en su seguimiento Hamete, que desde que salieron de casa las
seguía.
Y como llegasen hacia unas peñas en donde decía que habían de aguardar
a los demás, tomando un lugar, el más acomodado y seguro que a la
cautelosa Claudia le pareció más a propósito para el caso, se sentó
animando a la temerosa dama, que cada pequeño rumor le parecía que era
Hamete. De esta suerte estuvieron más de una hora, pues Hamete, aunque
estaba cerca de ellas, no se había querido dejar ver porque estuviese
más segura.
Al cabo de esto llegó, y como las viese, fingiendo una furia infernal
les dijo:
—¡Ah perras mal nacidas, qué fuga es esta! Ya no os escaparéis con las
traiciones que tenéis concertadas.
—No es traición, Hamete —dijo Estela—, procurar cada uno su
libertad, que lo mismo hicieras tú si te vieras de la suerte que yo,
maltratada y abatida de ti y de todos los de tu casa: demás que si
Claudia no me animara, no hubiera en mí atrevimiento para emprender
esto; sino que ya mi suerte tiene puesta mi perdición en sus manos, y
así me ha de suceder siempre que fiare de ella.
—No lo digas burlando, perra —dijo a esta ocasión la renegada
Claudia—, porque quiero que sepas que el traerte esta noche no fue
con ánimo de salvarte sino con deseo de ponerte en poder del gallardo
Hamete, para que por fuerza o por grado te goce, advirtiendo que le has
de dar gusto, y con él posesión de tu persona, o has de quedar aquí
hecha pedazos.