—¡Ay, querida Leonor, hija mía, y como es posible que tu corazón puede

sufrir el no abrazarme!

Doña Leonor, que vio a su madre tan cerca de sí, abrazándose con ella,

empezó a llorar.

Llegó en esto su padre y el de don Rodrigo, y visto que allí era

alborotar la gente, procurando saber el fin de este caso, las

apartaron, y todas juntas se entraron en los coches, donde mientras

tardaron en llegar a una casa que en la plaza tenían aderezada para

comer y ver las fiestas, supieron el caso como queda dicho: y sabiendo

que don Rodrigo y sus padres no determinarían de hacer tal sin acuerdo

de teólogos y letrados, considerando los caminos que Dios tiene para

efectuar su voluntad y descubrir sus secretos, le dieron muchas

gracias, disponiéndose a defender por justicia la causa si don Alonso,

como pensaban, les pusiese pleito.

Llegando, en fin, donde les esperaban las mesas y habiéndose servido la

comida, se salieron a los balcones a ver las fiestas, donde en uno muy

aderezado y guarnecido se sentaron los novios.

Don Alonso, que solo esto aguardaba, cercado de sus amigos, todos a

caballo pasearon la plaza, siendo siempre el blanco y paradero de

sus paseos enfrente del balcón en que estaban los recién casados,

ya recelosos de lo que don Alonso intentaba. El cual, como con sus

amigos, y entre ellos el corregidor, se acabaron de resolver de que

aquella dama era su misma mujer, la que habían visto muerta y la que

habían enterrado dos meses había, don Alonso pidió justicia al mismo

corregidor, dando querella de doña Leonor y don Rodrigo, y con esto la

gente comenzó a alborotarse. Hizo el corregidor su embargo, a lo cual

don Rodrigo, que no aguardaba otra cosa, se puso de pechos sobre el

balcón y dijo:

—Señores, yo no niego que esta dama es doña Leonor, hija de los

señores don Francisco y doña María, que están presentes, y mujer que

fue del señor don Alonso; mas también advierto que estoy legítimamente

casado con ella. El cómo me casé con ella diré en otro lugar; dejen

pasar las fiestas, que pues esto ha de constar por información, yo la

tengo tan en mi favor que no recelo siniestra sentencia.

Daba voces don Alonso que depositasen a doña Leonor en parte segura.

Hízolo el corregidor, mandando a su mujer, que estaba en la plaza, que

llevase consigo a doña Leonor. Con esto quitaron las espadas a don

Alonso y don Rodrigo y mandáronlos sobre su palabra que pasadas las

fiestas tuviesen por prisión su casa.

Otro día los padres de don Rodrigo, viendo que aquel pleito era más

de justicia eclesiástica que de seglar, pidieron al obispo, por una

exposición, que pidiese los presos, el cual lo hizo, y tomando su

confesión a don Alonso, que ya había hecho su pedimento ante él, dijo

que doña Leonor, que era la misma que don Rodrigo llamaba su mujer, era

suya, a la cual, vencida de un desmayo grande, por engaño de los médicos

habían enterrado: y que supuesto que faltaba de la bóveda donde la

habían puesto y estaba viva, que él quería que antes de todas cosas se

le entregase la dama, y con ella su dote, de que estaba despojado, por

las falsas nuevas de su muerte.

A lo cual respondió don Rodrigo que doña Leonor era legítimamente su

mujer por una cédula, la cual no había cumplido por la fuerza que sus

padres la habían hecho, engañándola y diciéndola que él se había casado

en Flandes. Y que cuando sin engaño se hubiera casado, que ya no podía

el primer marido tener ningún derecho, porque la muerte disuelve el

matrimonio, y respecto de esto aquella señora era suya, y no de don

Alonso, porque ella había sido verdaderamente muerta, y no desmayada,

como constaba de la declaración de tres médicos y haberla tenido

treinta y seis horas después de muerta, doce más de las que manda la

ley; y que él, viéndola enterrar, había vencido con dineros la fidelidad

del sacristán, deseoso de ver en sus brazos muerta la que no había

merecido viva, y que por fin había entrado en la bóveda, donde cansado

de llorar se había vuelto a un devoto crucifijo que allí estaba, a

quien fervorosamente había pedido su vida; y que su divina Majestad,

como el más justo juez, se lo había concedido, como veían, dándola

nueva vida para que él como legítimo dueño la gozase; y de que era

verdadero poseedor lo decían sus diligencias, siendo con justo título

su mujer; pues para su casamiento, demás de haberse aconsejado con

teólogos, habían precedido todas las solemnidades que pide el santo

concilio de Trento.

Mandó el obispo venir a doña Leonor y que hiciese su declaración;

la cual dijo que ella era verdadera mujer de don Rodrigo por muchas

causas. La primera, que ella le había dado palabra, la cual no había

cumplido por haberla forzado sus padres con amenazas y darle a

entender que se había casado; y que por esta causa había dado el sí

forzada, como lo podía decir el mismo don Alonso, pues jamás había

podido acabar con ella que consumasen el matrimonio. Demás de esto,

que ella naturalmente había sido muerta, refiriendo algunas cosas que

bastaron a hacer patente esta verdad, que por no ser de importancia

al suceso se ocultan, y últimamente, que ella estaba en poder de don

Rodrigo, al cual conocía por marido, y no a otro.

Visto esto y el parecer de muchos teólogos y letrados, mandó el obispo

que la dama se entregase a don Rodrigo, desposeyendo a don Alonso de la

mujer y hacienda: con lo cual el dicho don Rodrigo gozó de la hermosa

doña Leonor muchos años, aunque pocos según su amor. Murió primero que

su marido, dejando un hijo que hoy vive casado, siendo en su tierra muy

querido.

Con que da fin la célebre maravilla don Lope, en que se ve claro el

imposible vencido.

NOCHE QUINTA.

NOVELA NONA.

EL JUEZ DE SU CAUSA.

Tuvo entre sus grandezas la nobilísima ciudad de Valencia, por nueva

y milagrosa maravilla de tan celebrado asiento, la sin par belleza de

Estela, dama ilustre, rica y de tantas prendas, gracias y virtudes

que, cuando no tuviera otra cosa de qué preciarse sino de tenerla por

hija, pudiera alabarse entre todas las ciudades del mundo de su dichosa

suerte. Era Estela única en casa de sus padres y heredera de mucha

riqueza, que para sola ella les dio el cielo, a quien agradecidos

alababan por haberles dado tal prenda.

Entre los muchos caballeros que deseaban honrar con la hermosura de

Estela su nobleza fue don Carlos, mozo noble, rico y de las prendas

que pudiera Estela elegir un noble marido: si bien Estela, atada su

voluntad a la de sus padres, como de quien sabía que procuraban su

acrecentamiento, aunque entre todos se agradaba más de las virtudes

y gentileza de don Carlos, era con tanta cordura y recato que ni

ellos ni él conocían en ella ese deseo, pues ni despreciaba cruel sus

pretensiones ni admitía liviana sus deseos, favoreciéndole con un

mirar honesto y un agrado cuerdo, de lo cual el galán, satisfecho y

contento, seguía sus pasos, adoraba sus ojos y estimaba su hermosura,

procurando con su presencia y continuos paseos dar a entender a la

dama lo mucho que la estimaba.

Había en Valencia una dama de más libres costumbres que a una mujer

noble y medianamente rica convenía; la cual viendo a don Carlos pasar a

menudo por su calle, por ser camino para ir a la de Estela, se aficionó

de suerte que, sin mirar en más inconvenientes que a su gusto, se

determinó a dárselo a entender del modo que pudiese.

Poníasele delante en todas ocasiones, procurando despertar con su

hermosura su cuidado: mas como los de don Carlos estuviesen ocupados y

cautivos de la belleza de Estela, jamás reparaba en la solicitud con

que Claudia (que este era el nombre de la dama) vivía: pues como se

aconsejase con su amor y el descuido de su amante, y viese que nacía de

alguna voluntad, procuró saberlo de cierto, y a pocos lances descubrió

lo mismo que quisiera encubrir a su misma alma, por no atormentarla

con el rabioso mal de los celos. Y conociendo el poco remedio que su

amor tenía, viendo al galán don Carlos tan bien empleado, procuró por

la vía que pudiese estorbarlo, o ya que no pudiese más, vivir con quien

adoraba, para que su vista aumentase su amor o su descuido apresurase

su muerte.

Para lo cual, sabiendo que a don Carlos se le había muerto un paje que

de ordinario le iba acompañando y le servía de fiel consejero de su

honesta afición, aconsejándose con un antiguo criado que tenía, más

codicioso de su hacienda que de su hermosura y quietud, le pidió que

diese traza como ella ocupase la plaza del muerto siervo, dándole a

entender que lo hacía por procurar apartarle de la voluntad de Estela

y traerle a la suya, ofreciéndole, si lo conseguía, gran parte de su

hacienda.

El codicioso viejo, que vio por este camino gozaría de la hacienda de

Claudia, se dio tal maña en negociarlo que el tiempo que pudiera gastar

en aconsejarla lo contrario ocupó en negociar lo de su traje en el

de varón, y en servicio de don Carlos y su criado con la gobernación

de su hacienda y comisión de hacer y deshacer en ella: venció la

industria los imposibles y en pocos días se halló Claudia paje de su

amante, granjeando su voluntad de suerte que ya era archivo de los más

escondidos pensamientos de don Carlos, y tan valido suyo que solo a él

encomendaba la solicitud de sus deseos.

Ya en este tiempo se daba don Carlos por tan favorecido de Estela,

habiendo vencido su amor los imposibles del recato de la dama, que a

pesar de los ojos de Claudia, que con lágrimas solemnizaba esta dicha

de los dos amantes, le hablaba algunas noches por un balcón, recibiendo

con agrado sus papeles y oyendo con gusto algunas músicas que le daba

su amante algunas veces.

Pues una noche que, entre otras muchas, quiso don Carlos dar una música

a su querida Estela, y Claudia con su instrumento había de ser el tono

de ella, en lugar de cantar el amor de su dueño, quiso con este soneto

desahogar el suyo, que con el lazo al cuello estaba para precipitarse:

Goce su libertad el que ha tenido

Voluntad y sentidos en cadena;

Y el condenado en amorosa pena,

El dudoso favor que ha prevenido.

En dulces lazos (pues leal ha sido)

De mil gustos de amor el alma llena,

El que tuvo su bien en tierra ajena

Triunfe de ausencia sin temor de olvido.

Viva el amado sin favor celoso;

Y venza su desdén el despreciado,

Logre sus esperanzas el que espera.

Con su dicha alegre el venturoso,

Y con su prenda el victorioso amado,

Y el que amare imposibles, cual yo muera.

En este estado estaban estos amantes, aguardando don Carlos licencia

de Estela para pedirla a sus padres por esposa, cuando vino a Valencia

un conde italiano, mozo y galán: pues como su posada estaba cerca de

la de Estela y su hermosura tuviese jurisdicción sobre todos cuantos

la llegasen a ver, cautivó de suerte la voluntad del conde que le vino

a poner en puntos de procurar remedio, y el más conveniente que halló,

fiado en ser quien era, demás de sus muchas prendas y gentileza, fue

pedirla a sus padres, juntándose este mismo día con la suya la misma

petición por parte de don Carlos que, acosado de los amorosos deseos de

su dama y quizá de los celos que le daba el conde viéndole pasear la

calle, quiso darles alegre fin.

Oyeron sus padres los unos y los otros terceros, y viendo que aunque

don Carlos era digno de ser dueño de Estela, codiciosos de verla

condesa, despreciando la pretensión de don Carlos se la prometieron al

conde; y quedó asentado que de allí a un mes fuesen las bodas.

Sintió la dama, como era razón, esta desdicha y procuró desbaratar

estas bodas, mas todo fue cansarse en vano; y más cuando ella supo por

un papel de don Carlos cómo había sido despedido de ser suyo.

Mas como amor, cuando no hace imposibles, le parece que no cumple con

su poder, dispuso de suerte los ánimos de estos amantes que, viéndose

aquella noche por la parte que solían, concertaron que de allí a

ocho días previniese don Carlos lo necesario, la sacase y llevase

a Barcelona, donde se casarían; de suerte que cuando sus padres la

hallasen, fuese con su marido, tan noble y rico como pudieran desear, a

no haberse puesto de por medio tan fuerte competidor como el conde, y

su codicia.

Todo esto oyó Claudia, y como le llegasen tan al alma estas nuevas,

recogiose en su aposento y pensando estar sola, soltando las corrientes

a sus ojos, empezó a decir:

—Ya, desdichada Claudia, ¿qué tienes que esperar? Carlos y Estela

se casan, amor está de su parte y tiene pronunciada contra mí cruel

sentencia de perderle. ¿Podrán mis ojos ver a mi ingrato en brazos de

su esposa? No por cierto: pues lo mejor será decirle quién soy y luego

quitarme la vida.

Estas y otras muchas razones decía Claudia, quejándose de su desdicha;

cuando sintió llamar a la puerta de su estancia, y levantándose a ver

quién era, vio que el que llamaba a la puerta era un gentil y gallardo

moro que había sido del padre de don Carlos, y habiéndose rescatado, no

aguardaba sino pasaje para ir a Fez, de donde era natural, que como le

vio, le dijo:

—¿Para qué, Hamete, vienes a inquietar ni estorbar mis quejas si las

has oído, y por ellas conoces mi grande desdicha y aflicción? Déjamelas

padecer, que ni tú eres capaz de consolarme ni ellas admiten ningún

consuelo.

Era el moro discreto, y en su tierra noble, que su padre era un bajá

muy rico; y como hubiese oído quejar a Claudia, y conocido quién era,

le dijo:

—Oído he, Claudia, cuanto has dicho, y como, aunque moro, soy en algún

modo cuerdo, quizá el consuelo que te daré será mejor que el que tú

tomas, porque en quitarte la vida, ¿qué agravio haces a tus enemigos,

sino darles lugar a que se gocen sin estorbo? Mejor sería quitar a

Carlos y Estela, y esto será fácil si tú quieres: para animarte a ello

te quiero decir un secreto que hasta hoy no me ha salido del pecho:

óyeme, y si lo que quiero decirte no te pareciere a propósito, no lo

admitas; mujer eres y dispuesta a cualquier acción, como lo juzgo en

haber dejado tu traje y opinión por seguir tu gusto.

Algunas veces vi a Estela, y su hermosura cautivó mi voluntad; mira

qué de cosas te he dicho en estas dos palabras. Quéjaste que por

Carlos dejaste tu reposo, dasle nombre de ingrato, y no andas acertada

porque si tú le hubieras dicho tu amor, quizá Estela no triunfara del

suyo ni yo estuviera muriendo. Dices que no hay remedio porque tienen

concertado robarla y llevarla a Barcelona, y te engañas, porque en eso

mismo, si tú quieres, está tu ventura y la mía.

Mi rescate ya está dado, mañana he de partir de Valencia, porque para

ello tengo prevenida una galeota que anoche dio fondo en un escollo

cerca del Grao, de quien yo solo tengo noticia.

Si tú quieres quitarle a don Carlos su dama y hacerme a mí dichoso,

pues ella te da crédito a cuanto le dices, fiada en que eres la

privanza de su amante, ve a ella y dile que tu señor tiene prevenida

una nave en que pasar a Barcelona, como tiene concertado; y que por

ser segura no quiere aguardar el plazo que entre los dos se puso, que

para mañana en la noche se prevenga; señala la hora misma y dándola a

entender que don Carlos la aguardará en la marina, la traerás donde yo

te señalare, y llevándomela yo a Fez, tú quedarás sin embarazo, donde

podrás persuadir y obligarle a amarte, y yo iré rico de tanta hermosura.

Atónita oyó Claudia el discurso del moro, y como no mirase en más que

en verse sin Estela y con don Carlos, aceptó luego el partido, dando

al moro las gracias, quedando de concierto en efectuar otro día esta

traición, que no fue difícil; porque Estela, dando crédito, pensando que

se ponía en poder del que había de ser su esposo, cargada de joyas y

dineros, antes de las doce de la siguiente noche ya estaba embarcada en

la galeota, y con ella Claudia, que Hamete la pagó de esta suerte la

traición.

Tanto sintió Estela su desdicha que, así como se vio rodeada de moros,

y entre ellos el esclavo de don Carlos, y que él no parecía, vio que

a toda priesa se hacían a la vela, y considerando su desdicha, aunque

ignoraba la causa, se dejó vencer de un mortal desmayo que le duró

hasta otro día; tal fue la pasión de ver esto, y más cuando, volviendo

en sí, oyó lo que entre Claudia y Hamete pasaba; porque creyendo el

moro ser muerta Estela, teniéndola Claudia en sus brazos, le decía al

alevoso moro:

—¿Para qué, Hamete, me aconsejaste que pusiese esta pobre dama en el

estado en que está, si no me habéis de conceder la amada compañía de

don Carlos, cuyo amor me obligó a hacer tal traición como hice en

ponerla en tu poder? ¿Cómo te precias de noble si has usado conmigo

este rigor?

—Al traidor, Claudia —respondió Hamete—, pagarle en lo mismo que

ofende es el mejor acuerdo del mundo, demás que no es razón que ninguno

se fíe del que no es leal a su misma nación y patria: tú quieres a don

Carlos, y él a Estela: por conseguir tu amor quitas a tu amante la

vida, quitándole la presencia de su dama; pues a quien tal traición

hace como dármela a mí por un vano antojo, ¿cómo quieres que yo me

asegure de que luego no avisarás a la ciudad y saldrán tras mí, y me

darán la muerte? Pues con quitar este inconveniente, llevándote yo

conmigo aseguro mi vida y la de Estela, a quien adoro.

Estas, y otras razones como estas, pasaban entre los dos cuando Estela,

vuelta en sí, habiendo oído estas razones o las más, pidió a Claudia

que le dijese qué enigmas eran aquellos que pasaban por ella; la cual

se lo contó todo como pasaba, dando larga cuenta de quién era y por la

ocasión que se veían cautivas.

Solemnizaba Estela su desdicha vertiendo de sus ojos dos mil mares de

hermosas lágrimas, y Hamete su ventura consolando a la dama en cuanto

podía y dándola a entender que iba a ser señora de cuanto él poseía,

y más en propiedad si quisiese dejar su ley: consuelos que la dama

tenía por tormentos y no por remedio: a los cuales respondió con las

corrientes de sus hermosos ojos. Dio orden Hamete a Claudia para que,

mudando traje, sirviese y regalase a Estela, y con esto, haciéndose a

lo largo, se engolfaron en alta mar la vuelta de Fez.

Dejémoslos ahora hasta su tiempo y volvamos a Valencia, donde siendo

echada menos Estela de sus padres, locos de pena, procuraron saber qué

se había hecho buscando los más secretos rincones de su casa con un

llanto sordo y semblante muy triste.

Hallaron una carta dentro de un escritorio suyo, cuya llave estaba

sobre un bufete, que abierta decía así:

«Mal se compadece amor e interés por ser muy contrario el uno del

otro, y por esta causa, amados padres míos, al paso que me alejo del

uno, me entrego al otro: la poca estimación que hago de las riquezas

del conde me lleva a poder de don Carlos, a quien solo reconozco por

legítimo esposo: su nobleza es tan conocida que, a no haberse puesto

de por medio tan fuerte competidor, no se pudiera para darme estado

pedir más ni desear más. Si el yerro de haberlo hecho de este modo

mereciere perdón, juntos volveremos a pedirle, y en tanto pediré al

cielo las vidas de todos.»

ESTELA.

El susto y pesar que causó esta carta podrá sentir quien considerare

la prenda que era Estela y cuánto la estimaban sus padres: los cuales,

dando orden a su gente para que no hiciesen alboroto alguno, creyendo

que aún no habrían salido de Valencia, porque la mayor seguridad era

estarse quedos, y que haciendo algunas diligencias secretas sabrían

de ellos, dando aviso al virrey del caso; la primera que se hizo fue

visitar la casa de don Carlos, que descuidado del suceso le trasladaron

a un castillo a título de robador de la hermosa Estela y escalador de

la nobleza de sus padres, siendo el consuelo de ellos y su esposo, que

así se intitulaba el conde.

Estaba don Carlos inocente de la causa de su prisión y hacía mil

instancias para saberla; y como le dijesen que Estela faltaba y que,

conforme a una carta que se había hallado de la dama, él era el autor

de este robo y el Júpiter de esta bella Europa, y que él había de

dar cuenta de ella, viva o muerta, pensó acabar la vida a manos de

su pesar; y cuando se vio puesto en el aprieto que el caso requería,

porque ya le amenazaba la garganta el cuchillo, y a su inocente vida

la muerte: si bien su padre, como tan rico y noble, defendía, como era

razón, la inocencia de su hijo.

Quédese así hasta su tiempo, que la historia dirá el suceso; y vamos

a Estela y Claudia, que en compañía del cruel Hamete navegaban con

próspero viento la vuelta de Fez, que como llegasen a ella, fueron

llevadas las damas en casa del padre del moro, donde la hermosa Estela

empezó de nuevo a llorar su cautiverio y la ausencia de don Carlos;

porque, como Hamete viese que ni con ruegos ni caricias podía vencerla,

empezó a usar de la fuerza, procurando con malos tratamientos obligarla

a consentir con sus deseos por no padecer, tratándola como a una

miserable esclava, mal comida y peor vestida, y sirviendo en la casa de

criada, en la cual tenía el padre de Hamete cuatro mujeres, con quien

estaba casado, y otros dos hijos menores.

De estos dos el mayor se aficionó con grandes veras de Claudia, la cual

segura de que si como Estela no le admitiese la tratarían como a ella,

y viéndose también excluida de tener libertad ni de volver a ver a

Carlos, cerrando los ojos a Dios, renegó de su santísima fe y se casó

con Zaide, que este era el nombre de su hermano.

Con lo cual la pobre dama pasaba triste y desesperada vida, y así pasó

un año, y en él mil desventuras, si bien lo que más le atormentaba eran

las persecuciones de Hamete, quien continuamente la molestaba con sus

importunaciones.

Desesperado pues de remedio, pidió a Claudia con muchas lástimas diese

orden de que por lo menos, usando de la fuerza, pudiese gozarla:

prometióselo Claudia; y así un día que estaban solas, porque las demás

eran idas al baño, le dijo la traidora Claudia estas razones:

—No sé, hermosa Estela, cómo te diga la tristeza y congoja que padece

mi corazón en verme en esta tierra y en tan mala vida como estoy: yo,

amiga Estela, estoy determinada a huirme, que no soy tan mora que no

me tire más el ser cristiana: pues el haberme sujetado a esto fue más

de temor que de voluntad; cincuenta cristianos tienen prevenido un

bajel en que hemos de partir esta noche a Valencia: si tú quieres, pues

vinimos juntas, que nos volvamos juntas, no hay sino que te dispongas

y que nos volvamos con Dios; que yo espero en él que nos llevará en

salvamento; y si no, mira qué quieres que le diga a Carlos, que de hoy

en un mes pienso verle; y en lo que mejor puedes conocer la voluntad

que te tengo es en que, estando sin ti, puede ser ocasión de que Carlos

me quiera, y para lo contrario me ha de ser estorbo tu presencia; mas

con todo eso me obliga más tu miseria que mi gusto.

Arrojose Estela a los pies de Claudia, y la suplicó, que pues era

esta su determinación, que no la dejase, y vería con las veras que la

servía. Finalmente, quedaron concertadas en salir juntas esta noche,

después de todos recogidos; para lo cual juntaron sus cosas, por no ir

desapercibidas.

Las doce serían de la noche cuando Estela y Claudia, cargadas de dos

pequeños líos en que llevaban sus vestidos y camisas, y otras cosas

necesarias a su viaje, se salieron de casa y caminaron hacia la marina,

donde decía Claudia que estaba el bergantín o bajel en que había de

escapar, y en su seguimiento Hamete, que desde que salieron de casa las

seguía.

Y como llegasen hacia unas peñas en donde decía que habían de aguardar

a los demás, tomando un lugar, el más acomodado y seguro que a la

cautelosa Claudia le pareció más a propósito para el caso, se sentó

animando a la temerosa dama, que cada pequeño rumor le parecía que era

Hamete. De esta suerte estuvieron más de una hora, pues Hamete, aunque

estaba cerca de ellas, no se había querido dejar ver porque estuviese

más segura.

Al cabo de esto llegó, y como las viese, fingiendo una furia infernal

les dijo:

—¡Ah perras mal nacidas, qué fuga es esta! Ya no os escaparéis con las

traiciones que tenéis concertadas.

—No es traición, Hamete —dijo Estela—, procurar cada uno su

libertad, que lo mismo hicieras tú si te vieras de la suerte que yo,

maltratada y abatida de ti y de todos los de tu casa: demás que si

Claudia no me animara, no hubiera en mí atrevimiento para emprender

esto; sino que ya mi suerte tiene puesta mi perdición en sus manos, y

así me ha de suceder siempre que fiare de ella.

—No lo digas burlando, perra —dijo a esta ocasión la renegada

Claudia—, porque quiero que sepas que el traerte esta noche no fue

con ánimo de salvarte sino con deseo de ponerte en poder del gallardo

Hamete, para que por fuerza o por grado te goce, advirtiendo que le has

de dar gusto, y con él posesión de tu persona, o has de quedar aquí

hecha pedazos.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 19 / 52 段