Había en la ciudad un caballero español, cuyo nombre era don Beltrán,

tan igual en nobleza y bienes de naturaleza a la hermosa doña Blanca

cuanto corto en los de fortuna, aunque tenía un muy buen destino y

alguna buena parte de hacienda que sus padres, que habían muerto en

la misma tierra, le habían dejado. Mas era tan estimado y tan bien

recibido que, cuando los ánimos ociosos trataban de casar las damas

mozas de la ciudad, de común parecer empleaban a la hermosa doña Blanca

en el galán don Beltrán, el cual la amaba con tanto extremo que casi

perdía por ella el juicio.

No miraba mal doña Blanca a don Beltrán hasta que llegó a ver a don

Rodrigo; mas en el punto que amor cautivó su voluntad, olvidó de suerte

a don Beltrán que hasta su nombre aborrecía. Pues como anduviese

deseoso de saber la causa de esta mudanza, y las dádivas puedan más que

la fidelidad de las criadas, por ser en guardar secreto poco fieles,

supo de una de las que la servían cómo su dama quería a don Rodrigo y

cómo él correspondía con ella, más por cortesía que por voluntad.

Y fiándose en esto, quiso llevarlo por valentías y bravatas hasta ver

si por buenas razones le obligaba; y esa noche, al tiempo que don

Rodrigo salía de casa de doña Blanca, más agradecido a su amor que

otras veces, se llegó a él y le suplicó le oyese dos palabras.

Conociole don Rodrigo porque los soldados, ya que no sean todos amigos,

se conocen unos a otros, y con mucha cortesía le respondió que su

posada estaba cerca, que si quería ir a ella, o si era negocio que

requería otro lugar.

—Vuestra posada es a propósito, señor don Rodrigo —respondió don

Beltrán—, que con los amigos no son menester esos lugares que pensáis.

Con cuya respuesta se fueron juntos a la posada de don Rodrigo, y

entrando en ella y sentados juntos, don Beltrán le dijo estas razones:

—Bien sé, señor don Rodrigo, que sabéis amar y que no ignoráis las

penas a que está sujeto un corazón que no alcanza lo que desea, y

después que con amar, servir, solicitar y callar ha alcanzado méritos

para que sea suya la prenda que estima; y así me escucharéis piadoso y

os lastimaréis tierno de mis desdichas, que siendo vos, como sois, la

causa de ellas, espero, si no remedio, a lo menos favor para vencerlas.

Yo, señor don Rodrigo, no os quiero cansar en contaros mi nobleza, pues

con decir que soy hijo de uno de los más calificados caballeros de

Guadalajara, se dice todo: solo os digo que amé desde mis tiernos años

a la hermosa doña Blanca, pues aun antes que se casase la adoraba. Fui

correspondido de su voluntad en todo aquello que una principal señora,

sin desdorar su opinión, pudo favorecerme, si bien no debía de ser amor

con las veras que yo juzgaba, pues en una ausencia que hice a España a

tratar mis acrecentamientos, dio la mano a su difunto esposo, con quien

apenas vivió casada un año.

Murió, en fin, y como amor vivía aún en medio de los agravios, viendo

muerto al dueño de mi prenda, empezaron a alentarse mis esperanzas,

volviendo a verme tan favorecido de mi dama como primero, y cuando

pensé verme en su compañía atado con el yugo del matrimonio, se trocó

su voluntad de la suerte que sabéis, pues la tiene puesta en vos desde

el día que vencisteis aquella fantasma, inventada para mi desdicha, de

la cual yo triunfara, quitándoos a vos y al duque de cuidado, si doña

Blanca me diera de su traición parte.

Aconsejábame mi cólera que quitase de por medio vuestra persona, y lo

hiciera, no porque me confieso más animoso y valiente que vos, mas

porque un cuidadoso puede triunfar fácilmente de un descuidado; mas

puse los ojos en mi señora doña Leonor, que según he sabido es y ha de

ser vuestra prenda, y así me determiné venir a pedir por su vida, pues

la estimáis tanto, tengáis lástima de mis desdichas; y pues doña Blanca

no ha de ser para vos, que sea para mí, haciendo cuenta que con su

belleza compráis un esclavo, que lo seré mientras yo viviere.

Con esto y algunas lágrimas dio fin don Beltrán a sus razones, dejando

no menos obligado que compasivo a don Rodrigo que, como era diestro

en amar, hubo menester poco para enternecerse y menos para creerle; y

después de darle a entender que quisiera querer mucho a doña Blanca,

para hacer más en dársela de lo que entonces hacía, supuesto que jamás

había correspondido con su voluntad sino con una discreta afición y

prudente correspondencia, le ofreció hacer por él cuanto fuese posible;

mas que le parecía que doña Blanca estaba en estado, según se mostraba

su amante, que si no se valían de algún engaño, sería por demás el

reducirla; y así quedaron de concierto que don Rodrigo prosiguiese con

su amor, con muestras de agradecimiento, hasta poner a don Beltrán

en posesión de la cruel dama, como lo hizo, visitándola otro día,

hallándola muy ufana con los favores que la noche antes había recibido.

Don Rodrigo, que si algún deseo había tenido, viéndose obligado de don

Beltrán con haberse sujetado a pedirle remedio, se le había olvidado,

viendo a doña Blanca tan puesta en favorecerle, la suplicó que esa

noche le viese sin tantos testigos, pues amor no los ha menester, y

que se atrevía a pedirle este favor antes de que se casasen porque no

quería que el duque imaginase ni supiese que mientras durase la guerra

él mudaba estado.

Aceptó doña Blanca el partido por no perder ocasión, y así le dijo que

viniese a las once, hora en que sus criadas y gente dormía, y que por

señas, si era músico, cantase alguna cosa, porque quería gozar de sus

gracias, y que ella propia le abriría la puerta, para que mediante su

palabra, tomando posesión, conociese su amor.

Pidiole don Rodrigo, después de besarle muchas veces las manos,

licencia para que le acompañase un amigo, de quien se fiaba, y a quien

quería hacer testigo de su ventura. Concedió en todo doña Blanca,

porque como ganaba a su parecer un tesoro, desperdiciaba aprisa favores.

Despidiose don Rodrigo de su engañada dama y fue a buscar a don Beltrán

para darle cuenta de lo que estaba trazado, que le recibió con el gusto

que tales nuevas dan. Y así juntos, a la hora señalada se fueron adonde

la dama, ya recogida su gente, los aguardaba en un balcón.

Entrados en la calle, empezó don Beltrán, haciendo alarde de una divina

voz de que era dotado, la seña concertada, con un laúd y este romance:

Selvas, que fuisteis testigos

De mis dichas algún tiempo,

Cuando yo fui más dichoso,

Y más constante mi dueño:

Si alguna vez, por ventura,

Os obligó mi deseo,

Os aduló mi alabanza,

Y os alabaron mis versos:

Haced vuestras hojas ojos,

Para verme cómo vuelvo

A obligaros con mi llanto

A mil nuevos sentimientos.

Segunda vez, selvas mías,

Aqueste llanto os ofrezco,

Para que aumentéis con él

Vuestros mansos arroyuelos.

Quiero a Laura, y no os espante

Que no diga que la quiero,

Porque quisiera obligarla,

Diciendo que la aborrezco.

Deprendí a tener amor,

Amándola, porque fueron

Verdaderas mis finezas,

Y mis cuidados inmensos.

Tratome como sabéis,

Que repetirlo no quiero,

Mi estrella tuvo la culpa,

O mi fineza a lo menos.

Que a un amor verdadero

Le siguen penas, y le matan celos.

Estaba ya doña Blanca tan olvidada de don Beltrán que, aunque había

oído otras veces su voz, no le conoció, y creyendo ser el que cantaba

don Rodrigo, bajó a abrirle, y al entrar le preguntó la dama si entraba

para ser su esposo. El galán, que no deseaba otra cosa, le dio un sí

con los brazos y llamando al amigo que estaba en la calle, un poco

apartado, prometió serlo delante de él, quedando con esto, según la

costumbre de Flandes, tan confirmado el matrimonio como si estuvieran

casados.

Y con esta seguridad, creyendo que el que entraba era don Rodrigo,

le dejó doña Blanca gozar cuanto quiso y había conquistado con tanta

perseverancia, entreteniendo en esto alguna parte de la noche, que

como donde estaban no había luz por más seguridad, pudo doña Blanca

engañarse creyendo que el que estaba con ella era don Rodrigo y no don

Beltrán; el cual, pareciéndole que era descortesía tener tanto tiempo a

su amigo en la calle y viendo que casi quería amanecer, se despidió de

su esposa, y bajando juntos a la puerta, al ruido de la llave llegó don

Rodrigo, que viendo ser tiempo de descubrir su engaño, se dio a conocer

a la dama, descubriéndole quién era el que tenía por él, suplicándole

encarecidamente perdonase su yerro, que las pasiones de don Beltrán, y

su crueldad con él, le habían obligado a tal. Demás que él no se podía

casar sino con la hermosa doña Leonor, a quien tenía hecha cédula de

ser su esposo.

Con harto sentimiento y lágrimas escuchó la hermosa doña Blanca el

suceso, mas viendo que era sin remedio, se despidió de ellos pidiendo

a don Rodrigo que, pues había sido el tercero de aquel engaño, hablase

a sus deudos y al duque para que con gusto de todos se hiciese el

casamiento con don Beltrán.

En este estado estaba don Rodrigo negociando el bien de su nuevo

amigo, en que se dio tan buena maña que antes de tres días los tenía

ya desposados con general gusto de todos, mientras doña Leonor en

Salamanca pasaba una vida bien triste y sin consuelo, por ver que

no solo se habían pasado los tres años puestos por concierto entre

ella y don Rodrigo, sino que para llegar a los cuatro faltaba bien

poco, entreteniendo su amor con algunas cartas que de tarde en tarde

recibía, y a sus padres con su poca edad y menos salud (que a fuerza de

tristezas la tenía bien gastada), y ellos a su esposo, que ya estaba

un mes había en la ciudad, con las mismas excusas, no atreviéndose a

disgustar a su hija que, por no tener otra, la querían ternísimamente.

Pues un día que la hermosa dama, combatida de sus padres, apretada de

su amor, y desesperada de esta ausencia, se hallase sola en un retrete

no pensando que había quien la escuchase, soltando las corrientes de

sus divinos ojos empezó a quejarse de su poca dicha, de la dilación de

don Rodrigo y de la violencia con que sus padres la querían casar a su

disgusto, entregándola a un hombre que aborrecía y apartándola de otro

en quien había puesto toda su felicidad.

Oyó su madre las tiernas quejas de doña Leonor, y conociendo la causa

de no quererse casar su hija, determinó de remediarlo por el mejor

medio que fuese posible; y para más asegurarse, esa misma noche en

sintiéndola dormida, la cogió las llaves de un escritorio y en él halló

bastante desengaño con las cartas de don Rodrigo, las cuales, después

de leídas, dejó como estaban, y tornando a cerrar puso la llave adonde

la había hallado.

Habló del caso a su padre, y viendo ambos que persuadirla amando era

excusado, ordenaron entre los dos una carta, poniéndola en nombre de

un criado que don Rodrigo había llevado y ellos conocían, en que le

avisaba como su señor se había casado con una señora flamenca, muy rica

y hermosa, cuyo dote había venido a su propósito.

Esta carta se dio a los padres de don Rodrigo, los cuales, aunque no la

tuvieron por muy cierta, por no avisarle su hijo de ello, con todo esto

la divulgaron por la ciudad, de suerte que como las nuevas en siendo

malas no se encubren, llegaron a los oídos de doña Leonor, que midiendo

la inconstancia de los hombres con su desdicha y viendo que el tiempo

que decían había que se había casado era el mismo, poco más o menos,

que don Rodrigo no la escribía, las creyó luego; y desesperada de

remedio cuanto deseosa de venganza, pareciéndole que no la podía tomar

mayor de sí misma y de su amante que con rendirse a un tirano dueño,

que así llamaba al esposo que sus padres la daban, si bien llorosa y

triste, en sabiendo su desdicha dio la mano a don Alonso, celebrándose

en Salamanca sus bodas.

Quien viese a doña Leonor casada hoy con diferente dueño del que sus

pasiones prometían parece que podrá culpar la inconstancia de las

mujeres; pues habrá quien diga que no debiera creerse tan de ligero de

la primera información; mas de esta culpa la absuelve el haber pasado

un año más del concierto. Pero lo que más disculpará y hará verdadero

su amor será el suceso que del casamiento resultó.

Y así, en tanto que goza a su disgusto los enfadosos regalos de su

esposo, a quien aborrecía, aun antes de casarse, porque no tan solo en

dándole la mano se arrepintió, mas aun antes de habérsela dado; por

cuyo disgusto se dejó vencer de una tan profunda melancolía que tenía,

no solo a su marido, mas también enfadados a todos. Súfrala, pues creyó

un engaño tan grande, que yo me paso a Flandes.

Don Rodrigo, inocente y temeroso de este suceso, después de ver a doña

Blanca y a don Beltrán en posesión de su amor, el galán más enamorado

y la dama muy contenta, siguiendo muy valerosamente en su ejercicio de

la guerra y teniendo el duque en esta ocasión muy valerosos soldados en

su compañía, y viendo ser don Rodrigo de los que más señaladamente se

aventajaban en todas ocasiones, le honró con una compañía de caballos,

en cuyo ejercicio hizo valerosas hazañas.

Sucedió en este tiempo el saco de Amberes, tan solemnizado y sabido

de todos, y viendo don Rodrigo que a traer la nueva a la católica y

prudente majestad del rey don Felipe II había de venir algún caballero,

y considerando que esta ocasión era la misma que él siempre deseaba,

fiado en sus valerosos hechos pidió por merced al duque le honrase con

este cargo. Concediole el duque esta petición, y mucho más que pidiera,

por conocer ser merecedor de mayores acrecentamientos, con lo cual, más

contento que en su vida estuvo, se puso por la posta en España.

Llegó a la corte, dio las nuevas, y en albricias de ellas, después de

haberle hecho Su Majestad mil honras, le hizo merced de un hábito de

Santiago y cuatro mil ducados de renta, y con todas estas grandezas,

fenecida la ocasión de estar en la corte, se fue a descansar a su

patria, con intento de pedir por esposa a su querida señora; o, en caso

que se la negasen, mostrando la cédula sacarla por el vicario.

Llegó a Salamanca, y después de haber desengañado a sus padres de

las falsas nuevas que de su casamiento habían tenido, con pedirles

de nuevo tornasen a tratar sus bodas con la bellísima doña Leonor,

y oído de ellos una respuesta tan cruel como la de haberse casado,

él, más desesperado, triste y confuso que en su vida estuvo, harto

de lastimarse y sentir tal desdicha, y cansado de atormentarse con

imaginaciones, se salió de casa con intento de hablar a doña Leonor, y

en diciéndole su sentimiento, culpando su poca lealtad, dar la vuelta a

Flandes y morir sirviendo al rey.

Llegó a su casa a tiempo que estaba la triste señora en un balcón de

ella más rendida que nunca a sus tristezas y melancólicos pensamientos;

porque demás de haberse casado, como he dicho, por parecerle irritada

de cólera que se vengaba de su ingrato dueño, y estos casamientos

hechos con tales designios siempre paran en aborrecimiento, era el

marido celoso y no de mejor condición que otro, y tras esto amigo de

seguir sus apetitos y desconciertos, sin perdonar las damas ni el

juego, causas para que doña Leonor le hubiese del todo aborrecido, y

él viendo su despego, no la trataba muy amorosamente, y estas cosas

la traían sin gusto; pues como don Rodrigo la vio tan triste, se paró

muy turbado a mirarla, tanto que la dama tuvo lugar, volviendo de su

suspensión de reparar en aquel soldado que tan galán y cuidadoso la

miraba, y conociendo a don Rodrigo, dando un grandísimo grito se cayó

de espaldas en el suelo, dando con el cuerpo un grandísimo golpe,

dejando a don Rodrigo tan turbado que le pesó mil veces de haberse

puesto delante de sus ojos por no darle tal pesar.

Al ruido que hizo con la caída acudieron su madre y criados, y

hallándola a su parecer sin ningún sentido, creyendo ser algún desmayo,

la llevaron a la cama y, desnudándola, la pusieron en ella, y con toda

priesa enviaron criados, unos a buscar su marido y otros a traer los

médicos; y estos venidos, haciéndola mil diligencias y remedios sin

provecho, ya con unturas y fomentos, ya con crueles garrotes, cansados

de atormentarla, declararon que era muerta; nueva bien rigurosa, no

solo para su casa sino para toda la ciudad, que como se publicó su

repentino fin generalmente la lloraban, sintiendo todos como propia

suya la pérdida de tan hermosa dama; pues si a los que no les tocaba

esta desdicha la sentían, ¿qué sería a quien la tenía en el alma, que

era don Rodrigo?

Este aún no había salido de la calle, esperando saber de algunos el

suceso de tan cruel desmayo, de que le desengañaron presto los gritos

que en casa de la dama se daban: pero queriendo más por entero saber un

suceso tan lastimoso, lo preguntó a un criado que salía, que como le

dijo que su señora había caído muerta, fue milagro no morir también.

Recogiose a su casa luego que supo que por orden de los médicos la

guardaban treinta y seis horas, donde hacía y decía las lástimas que en

tal caso se puede pensar.

Pasó el término señalado, y visto que era en vano aguardar más, la

llevaron a la iglesia mayor, donde tenía su capilla y entierro, y

poniéndola en una caja de terciopelo negro, como todos los de su

linaje, la metieron en la bóveda, que era una hermosa sala debajo de

tierra con unos poyos donde ponían las cajas: tenía en la testera un

rico altar de un devoto crucifijo, en el cual se decían muchas misas.

Supo don Rodrigo como su querida Leonor estaba ya en la bóveda, y

con las ansias amorosas que le apretaban el corazón, apenas fue de

noche cuando se fue a la iglesia, donde halló al sacristán que estaba

cerrando con llave la puerta de la bóveda, porque subía de encender

las lámparas; y después de muchos ruegos, le dio una cadena de valor

de cien escudos y pidió que le dejase ver la hermosa doña Leonor: no

fue muy dificultoso el alcanzarlo del sacristán, visto el interés, a

quien todo es fácil; y así, cerrando la iglesia se bajaron juntos a la

funesta bóveda, y descubriendo la caja, empezó el amante caballero a

abrazar el difunto cadáver como si tuviera algún sentimiento, a quien

bañado en lágrimas, empezó a decir:

—¿Quién pensara, querida Leonor, que cuando habías de estar en mis

brazos había de ser a tiempo que no tuvieras alma ni sentimiento para

oírme? ¡Ay de mí, y cómo has pagado bien el yerro que hiciste en

casarte siendo yo vivo! Cruel estuviste en hacerlo, mas mucho más lo

has estado en darme tan crecida venganza; vivieras tú, hermoso dueño

mío, aunque fuera en poder ajeno, que a mí me bastara sola tu vista

para vivir alegre.

Diciendo estas y otras palabras de tanto sentimiento, que ya el

sacristán que le acompañaba le ayudaba con muchas lágrimas, volvió los

ojos al altar en que estaba el devoto crucifijo, y como ni por amante

ni por desdichado perdiese la devoción, se arrodilló delante de él, y

después de haberle pedido perdón de haber en su presencia hablado con

aquella difunta de aquella suerte, con una devota y fervorosa oración

le pidió su vida, pues para darla a los muertos había ofrecido la suya

en la cruz, proponiéndole una promesa de gran valor.

¡Oh fuerza de la oración, que tanto alcanzas! ¡Oh piadoso Dios, que así

oyes a los que de veras te llaman! Pues apenas acabó don Rodrigo de

pedir con piadoso y devoto afecto, cuando fue oído con misericordia,

porque sintiendo ruido en el ataúd en que estaba doña Leonor, volvió la

cabeza y vio que alzando la dama las manos, se las puso en el rostro

con un ¡ay! muy debilitado, a cuyo sentimiento acudió don Rodrigo y el

sacristán, y vieron que, aunque no había abierto los ojos, empezaba a

cobrar aliento; y así determinaron sacarla de allí, porque si volviese

de todo punto no se hallase en tan temerosa parte; y con esto, dando

don Rodrigo gracias a Dios, cargó con el amable peso, mandando al

sacristán cerrase la caja como estaba, y subiendo con él a la iglesia,

la puso en una alfombra, pidiendo al sacristán que fuese por un poco de

vino y bizcochos para darle algún aliento si volviese del todo.

Fue el sacristán, y apenas le vio don Rodrigo fuera de la iglesia,

cuando tomando en brazos a su dama se fue con ella a su casa, donde la

quitó el hábito en que estaba metida y la acostó en su cama.

Cuando el sacristán volvió y no halló al caballero ni la dama, y no

conociese el ladrón del amoroso hurto, no hizo más que cerrar la

iglesia y subirse a su aposento, con lo que pudo recoger de vestidos y

camisa; y dejando las llaves colgadas de un clavo, se fue en casa de un

amigo donde estuvo retirado hasta ver en qué paraba este suceso.

Don Rodrigo, muy contento por ver que doña Leonor iba cobrando aprisa

con el calor la vida, la empezó a llamar por su nombre, rociándole el

rostro con vino y aplicándola paños mojados, y lo mismo a las narices,

con que acabó de cobrar sentido.

Y como abriendo los ojos vio a don Rodrigo, sin que otra persona

estuviese a su cabecera sino él, admirada de verse allí, como quien

mejor sabía donde se había visto, como después se dirá, le preguntó

admirada el lugar donde estaba, porque hasta entonces no sabía donde

había estado: a lo cual don Rodrigo satisfizo, contándola lo que queda

dicho, confirmando doña Leonor el milagro de haber vuelto a este mundo,

con lo que adelante se verá.

Concertaron los amantes de irse otro día a Ciudad Rodrigo, donde

don Rodrigo tenía deudos; y desde allí, sacando recados para sus

amonestaciones, desposarse pasados los términos de ellas: para lo cual,

antes de ponerlo por obra, consultó don Rodrigo el caso con un teólogo,

el cual le dijo que lo hiciese, haciendo leer sus amonestaciones en

Salamanca, teniendo por sin duda que Dios había vuelto a doña Leonor a

este mundo para que cumpliese la primera palabra.

Dio don Rodrigo a entender a sus padres que se iba a Ciudad Rodrigo a

divertirse con sus deudos; y con esta licencia y su dama se partió esa

noche misma, siendo la segunda de haber cobrado doña Leonor la vida: la

cual había cobrado el ánimo, mas no la color, que esa jamás volvió a su

rostro.

En estando en Ciudad Rodrigo, nuestro caballero envió a sus padres

un propio pidiéndoles que, para cosas que importaban su quietud, se

viniesen por ocho días a aquella ciudad, que venidos a ella, con lo

que sabrían le disculparían de tal petición. Ellos, que ya otras veces

solían hacer este viaje cuando iban a ver a sus parientes y holgarse

con ellos, se pusieron en un coche y se fueron a ver con su hijo, y

como entrasen en su posada, que era la casa de una hermana de su madre,

viuda muy rica, y viesen a doña Leonor, no dando crédito a sus ojos le

preguntaron quién fuese, satisfaciendo don Rodrigo a su pregunta con

decirles lo que queda dicho; y todos juntos daban muy contentos gracias

a Dios, que tantas mercedes les había hecho.

Sacáronse los recados para amonestarse y enviáronlos a Salamanca al

cura de la iglesia mayor, que era la parroquia de todos, el cual,

aunque echó menos al sacristán, como halló la plata y ornamentos de la

iglesia cabal, creyó que le hubiese sucedido algún caso que le movió a

ausentarse, mas no se echó menos la dama.

Sucedió que todas tres veces que se leyeron las amonestaciones estaban

en la iglesia los padres y marido de doña Leonor; mas, aunque oyeron

el nombre de su hija y los suyos mismos, estando seguros de que era

muerta y la habían enterrado, no cayeron en ello, creyendo que en una

ciudad tan grande como en Salamanca habría otros del mismo apellido y

nombre.

Pues como los términos de las amonestaciones pasaron sin ver

impedimento alguno, aunque de industria se leían públicamente, se

desposaron, gozando don Rodrigo de su amada prenda, y quedando de

concierto de allí a un mes venirse a velar a Salamanca; y porque

entonces se habían de hacer unas fiestas muy grandiosas de toros y

cañas, se volvieron sus padres a su casa a prevenir lo necesario para

las bodas.

Llegado el aplazado día, habiendo cuatro que don Rodrigo y su esposa

con muchas damas y caballeros habían llegado de secreto a Salamanca,

y aposentádose en casa de sus padres, cubiertos todos de galas y

riquezas, entraron en la iglesia para velarse a tiempo que los

padres y marido de la novia estaban en ella oyendo misa, porque don

Alonso, aficionado a una dama que asistía en ella, era muy puntual en

galantearla: pues como viesen una boda de tanto aparato y grandeza,

pusieron los ojos en la bien aderezada y gallarda novia, y como

naturalmente la conociesen por ser los unos sus padres y el otro

su marido, aun no creyendo a sus mismos ojos, cada uno por su parte

preguntaron quién era, porque al novio ya le habían conocido: y como

les dijesen su nombre, más admirados, engañándose a sí mismos y no

pudiendo creer que fuese la misma, por haberla visto muerta, entre el

sí y el no dieron lugar que se velasen.

Había en este tiempo don Alonso salídose de la iglesia a llamar algunos

amigos y avisar la justicia, enterado de que era su mujer la misma

que había visto casar. Pues como aún se quedasen los nuevos casados y

su acompañamiento en la iglesia, la madre de doña Leonor, con menos

sufrimiento que los demás, llegándose cerca de ella la estuvo mirando

atentamente, y como de todo punto la conociese, con pasos desatentados

se fue a abrazar con ella diciendo:

Novelas ejemplares y amorosas · 第 18 / 52 段