Con esta relación fue el presidente a hablar a Su Majestad, el cual,

viendo cuán justamente se había vengado doña Hipólita, la perdonó y dio

por libre; y asimismo a su marido y todos los demás presos, que antes

de cuatro días se vieron en libertad.

Solo doña Hipólita no quiso volver con su marido, aunque él lo pidió

con hartos ruegos, diciendo que honor con sospechas no podía criar

perfecto amor ni conformes casados, no por la traición de don Luis,

que esa, vengada por sus manos, estaba bien satisfecha, sino por la

voluntad de don Gaspar, de quien su marido entre el sí y el no había de

vivir receloso. Lo que se le pidió fueron sus alimentos, que el noble

don Pedro le concedió liberalmente.

Este disgusto trajo al pobre caballero a tanta tristeza que,

sobreviniéndole una grande enfermedad, antes de un año murió, dejando a

su mujer e hija herederas de toda su hacienda, de quien no se tenía por

ofendido, antes el tiempo que vivió la visitaba en todas ocasiones.

Viéndose doña Hipólita libre, moza, rica, y en deuda a don García

de haberla amparado, visitado y animado todo el tiempo que estuvo

en el convento, en el cual la regalaba con muchísima puntualidad, y

más obligada del amor que sabía que la tenía, de que en el convento

le había dado claras muestras, agradada de su talle y satisfecha de

su entendimiento, cierta de su nobleza y segura de que estimaría su

persona, se casó con él, haciéndole señor de su belleza y de su gruesa

hacienda, que sola esta le faltaba para ser en todo perfecto; pues,

aunque tenía una moderada pasadía, no era bastante para suplir las

faltas que siendo tan noble era fuerza tuviese. El cual, agradecido al

cielo y querido de su hermosa doña Hipólita, vive hoy con hijos, que

han confirmado su voluntad y extendido su generosa nobleza.

Andando el tiempo, trajeron a Valladolid preso un hombre por salteador,

y este, estando ya al pie de la horca, confesó que, sin el delito

porque moría, merecía aquel castigo por haber muerto camino de Lisboa a

su señor don Gaspar, por quitarle gran cantidad de joyas que él había

robado a una dama que se había venido a valer de él, contando el suceso

de doña Hipólita en breves razones; por donde se vino a conocer que

el cielo dio a don Gaspar el merecido castigo por la mano de su mismo

criado, que era este que se castigaba.

Este suceso pasó en nuestros tiempos, del cual he tenido noticia de los

mismos a quienes sucedió, y yo me he animado a escribirle para que

cada uno mire lo que hace, pues al fin se paga todo.

Dio tanto gusto la maravilla referida por don Miguel que la celebraron

con mil alabanzas, dándole las gracias con agradecidos encarecimientos.

Y como don Lope estuviese satisfecho de que la suya no daría menos

gusto que la de su compañero, se empezó a prevenir para decirla, la

cual comenzó de esta suerte:

NOVELA OCTAVA.

EL IMPOSIBLE VENCIDO.

Salamanca, ciudad nobilísima, y la más bella y amena que en la Castilla

se conoce, donde la nobleza compite con la hermosura, las letras con

las armas, y cada una de por sí piensa aventajarse y dejar atrás a

cuantas hay en España, fue madre y progenitora de don Rodrigo y doña

Leonor, entrambos ricos y nobles.

Era don Rodrigo segundo en su casa, culpa de la desdicha que quiso por

esta parte quitarle los méritos que por la gallardía y discreción tenía

merecidos, y que por lo menos fuese defecto que quitase el emprender

famosas empresas, pues lo era para él doña Leonor, única y sola en la

casa de sus padres, y heredera de un riquísimo mayorazgo.

Vivían uno frontero de otro, y tan amigos los unos de los otros que

casi se hacía la amistad sangre, siendo la de los padres causa de que

los hijos desde sus más tiernos años se amasen, hasta que llegando a

los de discreción, cansado amor de las burlas, solicitó llevar plaza

de veras (y halló en esto favor de su paladar, cuanto quiso y pudo

desear) porque los dos amantes habían nacido en la estrella de Píramo

y Tisbe, por cuyo ejemplo, puesto en los ojos de los padres de doña

Leonor, empezaron a temer, no el fin, sino el principio; y porque les

parecía que atajado este no tendría lugar el otro, procuraron estorbar

en cuanto les fue posible la comunicación de doña Leonor y don Rodrigo,

pues por lo menos quitaron que fuese con la llaneza que en la niñez.

Y como amor, cuando trata cosas de peso, él mismo se recata y recela

de sí mismo, empezaron estos dos amantes a recelarse hasta de sus

mismos pensamientos, buscando para hablarse los lugares más escondidos,

tomando amor de las niñerías entera posesión de las almas, y más viendo

el estorbo que les hacían sus padres, aumentando de tal suerte la

voluntad que ya no trataban sino del efecto de su amor y cumplimiento

de sus deseos, determinándose los dos juntos y cada uno de por sí a

morir primero que dar paso atrás en su voluntad.

Las dádivas facilitaron la fidelidad de los criados, y amor el modo

de verse, supliendo tal vez los amorosos papeles las ocasiones de

hablarse, expresándose en ellos con tanta llaneza que, sin recato, pero

sí con vergüenza, que siempre malogra muchos deseos, se declaraban sus

más íntimos pensamientos.

Pues como la hermosura de doña Leonor cada día iba en mayor aumento, se

le ofrecían a cada paso a don Rodrigo mil competidores que, deseosos de

su casamiento, se declaraban por sus pretendientes.

Temeroso de que alguna vez no le quitasen a fuerza de merecimientos la

prenda que más estimaba, se determinó fiado en los suyos, que aunque

menor en su casa, eran muchos, de pedírsela a sus padres, poniendo por

solícitos terceros para ello a los suyos, que satisfechos de su nobleza

y bienes de fortuna, con que además del mayorazgo podían dar algunos

a su hijo, se prometieron buen suceso; mas salioles tan al revés esta

confianza que, llegando al fin del negocio, se vieron de todo punto

defraudados de ella; porque los de doña Leonor respondieron que su

hija era única heredera de su casa, y que aunque don Rodrigo merecía

mucho, no era prenda para un menor, y que esto solo hacía estorbo a sus

deseos, los cuales, si el mayor no fuera casado, se lograran con mucho

gusto de todos; demás que doña Leonor estaba prometida por mujer a un

caballero de Valladolid, cuyo nombre era don Alonso.

Sintieron esto los padres de don Rodrigo, pareciéndoles agravio

preferir a ninguno más que a su hijo: y de esto nació entre los deudos

de una parte y otra una grandísima enemistad, tanto que no se trataban

como primero.

Quien más lo sintió fue don Rodrigo, tanto que perdía el juicio,

haciendo tantos extremos como los de su amor le obligaban, y más cuando

supo que para acabar de todo punto este negocio, y que muriese el amor

a fuerza de la ausencia, trataron sus padres de enviarle a Flandes,

haciéndole trocar por esta ocasión los hábitos de estudiante en galas

de soldado.

Inocente y descuidada estaba doña Leonor de este suceso, pues don

Rodrigo no le había querido dar parte de su determinación porque no

la estorbase, temiendo lo mismo que había de responder su padre, por

tener más puesta la mira en la hacienda que en su gusto, hasta que el

mismo día que don Rodrigo tuvo la respuesta desgraciada de su infeliz

pretensión y se determinó su partida, escribió a doña Leonor un papel

en que la daba cuenta de la resolución de sus padres y de la brevedad

de su viaje.

El sentimiento de doña Leonor con estas nuevas quede a la consideración

de los que saben qué pena es dividirse los que se quieren bien, y lo

mostró más largamente cayendo en la cama de una repentina enfermedad

que puso a todos en cuidado; mas animándose una mañana que le dio su

madre (con haber salido fuera) lugar para escribir, respondió a su

amante de esta suerte:

«La pena de este suceso os dirá mi enfermedad; el remedio no le

hallo: porque demás de no haber en mí atrevimiento para dar a mi

padre este disgusto, la brevedad de vuestra partida no da lugar

a nada. No perdáis el ánimo, pues yo no le pierdo. Dad gusto a

vuestros padres, que yo os prometo de no casarme en tres años,

aunque aventure en ello la vida: esto determino, para que alcancéis

con vuestras valerosas hazañas, no los méritos para merecerme, que

de esos estoy pagada y contenta, sí los bienes de fortuna, que es

en solo lo que repara la codicia de mi padre. El cielo os dé vida

para que yo vuelva a veros tan firme y leal como siempre.»

Leyó don Rodrigo este papel con tantos suspiros y lágrimas como doña

Leonor despidió al escribirle, que fueron hartas, que llorar los

hombres cuando los males no tienen remedio no es flaqueza sino valor;

y así la tornó a suplicar en respuesta que aliviándose algún tanto

diese orden que la viese, para que por lo menos no llevase este dolor

en tan largo destierro.

Procuró doña Leonor dar gusto a su amante, y así engañando el mal, o

que fuese amor quien hizo este milagro, a pesar de los médicos y de sus

padres se levantó el mismo día que don Rodrigo se había de partir, y

para que más pudiese gozarle, pidió a su madre que fuesen a oír misa

a una imagen que en esta ocasión se señalaba en Salamanca con muchos

milagros. Cumpliole este deseo la desdicha, que tal vez deja que

sucedan algunas cosas bien, para que después se sientan más los males y

penas que continuamente vienen tras las alegrías.

Aguardaba don Rodrigo el coche en que iba su dama con su madre cerca de

la iglesia, tan galán como triste y tan airoso como desdichado. Llegó

el coche al lugar de la muerte (que tal se puede llamar este), pues

había de ser en el que se habían de apartar las almas de los cuerpos,

siendo la despedida sola una vista; y como doña Leonor iba con el

cuidado que es de creer, luego amor le encaminó la suya adonde estaba

su dueño, guisado (como dicen) para partir con botas y espuelas, de que

recibió tanta alteración, considerando que en el mismo instante que

le veía le había de perder, que en respuesta de la cortesía que don

Rodrigo la hizo con una atenta y amorosa reverencia, le dio un pesar

harto grande, pues le recibió el amante viéndola caer en los brazos de

su madre sin ningún sentido.

La noble señora, inocente de estos sucesos, por no haberle dado su

marido parte de las pretensiones de don Rodrigo, dando la culpa al

haberse levantado, hizo que diese la vuelta el coche para volverse a

casa; de suerte que cuando doña Leonor volvió de su desmayo ya estaba

en su cama, y cercada de médicos y criadas, que con remedios procuraban

darle la vida que creían tener perdida.

Aunque don Rodrigo tenía prevenida su partida, no le dio lugar amor

para hacerla dejando su sol eclipsado, y así la suspendió hasta que por

la esclava, tercera de su amor, supo como doña Leonor, más aliviada de

su mal, aunque no de su pena, estaba reposando.

Con cuyas nuevas se partió el mismo día, quedando la dama al combate

de las persecuciones de su padre, que como discreto no ignoraba de qué

podía proceder el mal y disgusto con que siempre la veía, teniendo la

ausencia de don Rodrigo por el autor de todo, más no por eso dejaba de

prevenir lo necesario para que cuando don Alonso viniese no hallase

dificultad en su casamiento.

Llegó don Rodrigo a Flandes y fue recibido del duque de Alba, que a

este tiempo gobernaba aquellos estados, con el gusto que podía tener

un caballero tan noble como don Rodrigo, a quien desde luego comenzó

a ocupar en cargos y oficios convenientes a su persona y calidad,

sucediendo a cada paso ocasiones en que don Rodrigo mostraba su valor

y hazañas, de las cuales el duque satisfecho y contento, cada día le

hacía mil honras y favores, siendo su gala y persona, discreción y

nobleza, los ojos de la ciudad.

Sucedió en este tiempo que estando un día con el duque de Alba no

solo don Rodrigo, sino todos los más nobles y principales caballeros y

valerosos soldados del ejército, entró una principal señora flamenca,

y arrodillada a los pies del duque le pidió que oyese un caso

portentoso y notable que venía a contarle. El duque, que conocía la

nobleza y calidad de doña Blanca, se levantó y la recibió con aquella

acostumbrada cortesía de que tanto se preció y era dotado; y haciéndola

sentar, la dijo que manifestase el suceso que tanto encarecía.

Entonces doña Blanca contó en presencia de los circunstantes cómo hacía

un año que había muerto su marido, y desde entonces se oía en su casa

un grandísimo ruido, pero que había cuatro meses que se veía en ella

una fantasma, tan alta y temerosa que no tenía ella y sus criados otro

remedio más que, en dando las once de la noche (que es la hora en que se

dejaba ver), encerrarse en un retrete y aguardar allí hasta que dadas

las doce se desaparecía, porque nunca jamás entraba en aquella parte

donde ellas se retiraban. Acabó su plática con pedirle que mandase

hacer en este caso alguna diligencia.

El duque que, como sabio, consideró que si fuera fantasma, como doña

Blanca decía, no tuviera lugar separado, ni llaves ni cerraduras que

le impidieran el entrar adonde doña Blanca se recogía, discurriendo en

estas imaginaciones un poco, mandó a todos los que estaban allí guardar

en aquel caso secreto; y como en varias ocasiones tenía experiencia del

valor, ánimo y prudencia de don Rodrigo, le mandó que asistiese a la

casa de doña Blanca y viese qué fantasma era aquella que la inquietaba.

Besó don Rodrigo la mano al duque por la merced que le hacía en

elegirle a él para aquel caso, habiendo en la sala personas más

beneméritas y de más valor que él, humildades que más hacían lucir su

valerosa condición.

Volviose doña Blanca a su casa, con orden de no decir en ella que don

Rodrigo había de ir a verse con aquella figura espantosa que en ella se

advertía, porque en esto le pareció al duque que consistía el saber qué

era.

Vino la noche, y con más espacio que el animoso don Rodrigo quisiera,

tal era el deseo con que estaba de ver el fin de este negocio; el

cual se fue en casa de doña Blanca bien armado y prevenido, y después

de haber estado en conversación hasta las diez, sin que en este

tiempo hubiese tratado de la causa a qué iba, como vio que ya podía

prevenirse, la habló aparte, informándose del modo que la fantasma

venía, y después la ordenó que llamase un criado de los que la servían

para que le acompañase, sin que el tal entendiese para qué era llamado.

Condescendió doña Blanca en todo, tan aficionada a la gallardía de don

Rodrigo que muy bien le hiciera dueño de su persona y de todo cuanto

poseía, diciéndole tales razones que casi se lo daba a entender.

Viniendo el criado, ignorante de todo, le ordenó doña Blanca que

previniese una hacha, y creyendo que era para ir alumbrando a aquel

caballero, lo hizo, y como estuvo encendida bajó don Rodrigo con él

y cerró la puerta de la calle, guardando él mismo las llaves. Vuelto

arriba, sin dejar un punto al criado ni darle lugar a que se apartase

de él, le dijo a doña Blanca que se fuese a recoger con sus mujeres; la

cual obedeciendo, se encerró con ellas en el retrete acostumbrado que

estaba inmediato a la sala en que don Rodrigo, con su compañía, quiso

aguardar la fantasma.

Todas estas cosas tenían admirado al criado de doña Blanca; y más se

admiró cuando don Rodrigo, juntando la puerta de la sala, le mandó

que se sentase porque le había de hacer compañía, de que quisiera

excusarse, mas no tuvo remedio, antes con esto confirmó más la sospecha

de don Rodrigo, si bien el mozo disculpaba su turbación con su miedo;

pero ya determinado en lo que había de hacer, aguardó su buena o mala

suerte.

Tenía por orden de don Rodrigo el hacha encendida en la mano, y como

dieron las once se empezaron a oír unos grandes y espantosos golpes,

y dar unos temerosos gemidos, los cuales se venían encaminando adonde

estaban, de cuyo temor el mozo empezó a temblar. Don Rodrigo, que no

era necio, con más ciertas sospechas que nunca, le dijo embrazando un

broquel, y desenvainando la espada:

—Gentilhombre, cuenta con la luz, que la fantasma conmigo lo ha de ver.

A este tiempo, viendo entrar aquella figura, el mozo, fingiendo un

desmayo, se dejó caer en el suelo con propósito de matar de esta suerte

la luz, como después se supo; mas no le sucedió tan bien, porque aunque

la hacha cayó en el suelo, no se mató; lo cual visto por don Rodrigo,

acudió con mucha presteza a ella, y tomándola en la mano en que tenía

la rodela, embistió con la fantasma, que ya a este tiempo estaba en

medio de la sala: y de la estatura de un hombre que entró por la

puerta, se había hecho tan alta y disforme que llegaba al techo, y con

un bastón que traía en las manos, del cual pendía cantidad de cadenas,

daba golpes con que amedrentaba a las inocentes y flacas mujeres.

Don Rodrigo, que con la luz y su espada se había llegado cerca y pudo

notar que en las manos traía guantes, le tiró un golpe a las piernas,

que no fue menester más para rendirle, porque como venía fundado sobre

unos palos muy altos y este cimiento era falso, dio el edificio en

tierra una terrible caída, a cuyo golpe doña Blanca y sus mujeres, que

ya por el ruido se habían venido hacia la puerta, salieron fuera con

una vela encendida, porque la hacha que tenía don Rodrigo se había

muerto con el aire del golpe; el cual, acudiendo al caído, le halló tan

aturdido y desmayado que dio lugar a que se viese quién era, porque,

en quitándole unos lienzos en que venía envuelto, fue conocido de don

Rodrigo; porque era un caballero flamenco su vecino, que enamorado de

ella desde que murió su marido, la solicitaba y perseguía, al cual la

hermosa doña Blanca había despedido ásperamente por ser casado.

Acudieron con agua aplicándosela al rostro para que volviese del

desmayo: y vuelto de él, harto avergonzado del suceso viendo

descubierta su malicia, le dijo don Rodrigo:

—¿Qué disfraz es ese, señor Arnesto, tan ajeno de vuestra opinión y

trato?

—¡Ay, señor don Rodrigo! —replicó Arnesto—, si sabéis qué es amor,

no os maravilléis de esto que hago sino de lo que dejo de hacer; y

pues ya es fuerza que lo sepáis, de este embeleco y disfraz, como vos

le habéis llamado, es la causa mi señora doña Blanca, a la cual me

inclinó a amar mi desdicha; y como el ser yo casado y ser ella quien es

estorba y ataja mi ventura, harto de solicitarla y pretenderla, y de

oír ásperas palabras de su boca, me aconsejé con este criado que está

caído en el suelo, y entre los dos dimos esta traza, metiéndome él en

su aposento desde primera noche para que con el miedo de mis aullidos

y golpes se escondiesen estas criadas, y yo pudiese haber a mi voluntad

a la causa de mis desatinos; y aunque ha muchos días que hago esta

invención sin fruto, todavía perseveré en ella por ver si alguna vez la

fortuna me daba más lugar que hasta aquí he tenido.

Esta noche vine como las demás, descuidado de hallar quien me

descubriese, que aunque este mozo me avisaba de todo, y lo hizo de que

estabais aquí cuando previno la hacha, como lo vi todo en silencio,

creí que os habíais ido y que todo estaba seguro, porque aunque él

no volvió al aposento, pensé que era ido a sus ocupaciones, como

hace otras veces, y así me atreví a perderme como lo he hecho, pues

descubierto este enredo es fuerza que no tenga yo buen suceso.

Más piadoso que admirado escuchaba don Rodrigo al apasionado flamenco,

disculpando su yerro con su amor, y al uno y al otro la hermosura de

doña Blanca; y a no ser casado el amante, hiciera cuanto pudiese por

conformar sus voluntades y lograr su amor.

Mas esto, y ser el delito tan grave, por ser el dueño tan noble,

atajaba todos sus designios, y así le dijo que le tenía mucha lástima

por padecer sin remedio, como el ser quien era aquella señora lo decía:

mas que ya no era tiempo de estas consideraciones sino de ir delante

del duque a darle cuenta del caso, pues que por su mandado había venido

a descubrirle.

Esto sintió más Arnesto que la misma muerte, y así con buenas palabras

advirtió a don Rodrigo de su peligro, mas él se excusó con decir que no

podía hacer menos, mas que le daba su palabra de hacer cuanto pudiese

por librarle.

Con esto, abriendo don Rodrigo una ventana y sacando por ella una

hacha encendida, hizo señas a cuatro amigos que tenía prevenidos,

hombres de ánimo y valor, que vista la seña fueron todos a la puerta,

la cual abierta por don Rodrigo, cogiendo en medio a Arnesto y asiendo

al criado de doña Blanca, se fueron al palacio del duque que aún no

estaba acostado; el cual, en sabiendo la venida de don Rodrigo, salió

a recibirle, y como le viese tan acompañado al punto conoció la causa,

y más viendo al flamenco, a quien conocía y sabía que era vecino de

doña Blanca, y como supo por entero el caso, contándole don Rodrigo

cómo había pasado, coligiendo del delito no ser merecedor de perdón,

por querer un hombre casado con tal invención forzar una señora tan

principal y noble como doña Blanca, sin admitir los ruegos de don

Rodrigo y sus amigos, mandó poner en una torre a Arnesto y en la cárcel

pública a su compañero, donde estuvieron hasta que, sustanciado el

proceso y verificado el delito con su confesión y declaración de las

criadas de doña Blanca, y estando ella firme en pedir justicia, antes

de ocho días la hicieron de los dos, degollando al uno y ahorcando al

otro: justo premio de quien se atreve a deshonrar mujeres de tal valor

y nombre como la hermosa doña Blanca; la cual quedó tan enamorada

de don Rodrigo que, por prevenciones que hacía para apartarle de su

memoria, era imposible, hallándose cada día más enamorada.

Era doña Blanca, demás de ser tan hermosa, muy moza, muy principal

y de tan ricas prendas que, a no estar don Rodrigo tan empeñado en

Salamanca, pudiera muy bien estimarla para casarse; mas las memorias

de doña Leonor le tenían tan fuera de sí que, en lugar de vivir en su

ausencia, aun era milagro tenerle, si bien por no parecer descortés ni

tan para poco que viéndose querer estuviese tímido, tibio y desdeñoso,

procedía en la voluntad de doña Blanca agradecido más que amante; con

lo cual la hermosa dama, unas veces favorecida y otras despreciada,

vivía una vida ya triste y ya alegre, porque las finezas de un hombre

más cortés que amante son penas del infierno a quien las padece sin

remedio, que se sienten y no se acaban.

Visitábala don Rodrigo, unas veces obligado con ruegos y regalos, que

aunque regateaba el recibirlos muchas veces los tomaba por no parecer

ingrato, sacando de deuda a su atrevimiento con enviar otros de más

valor, y otras por no dar motivo a quejas y desesperaciones, que en una

mujer despreciada suelen ser de mucho sentimiento.

¡Ay de ti, doña Blanca, qué mármol conquistas y con qué enemigos

peleas! ¿Amante prendado de otra hermosura quieres para ti?

Pues un día en que don Rodrigo fue a pagar las finezas que doña Blanca

con él tenía, la halló cantando este romance que, a lo que en él se ve,

se había hecho al particular de su amor y de don Rodrigo, de quien sin

duda sospechaba que amaba en otra parte:

Oíd, selvas, mis desdichas

Si acaso sabéis de amor,

Escuchad las sinrazones

De aqueste tirano dios.

Un tirano dueño adoro,

Si bien en mi corazón

Tuve secreto este fuego,

Por venganza y por temor.

Era el sujeto que amaba

Tan sujeto a otra afición,

Que temí poner la mía

En contraria condición.

Con solo amarle pagaba

Al alma lo que perdió

De gusto, reposo y sueño,

Amando sin galardón.

Pluguiera al cielo que el alma

Muda estuviera hasta hoy,

Que experimentar desdenes

Sirve de mayor dolor.

Declareme, selvas mías,

La voluntad se anegó,

Pues he ganado tibiezas,

Conquistado disfavor.

Satisfizo agradecido,

Mas ¡ay de mí! que fingió;

Que si me amara de veras,

No estuviera como estoy.

Si adoras, tirano dueño,

A la divina Leonor,

Pedir favor es pedir

Tinieblas al mismo sol.

Lloremos, selvas amigas,

Este mal logrado amor,

Estos celos sin remedio,

Cantando con triste voz.

Desdichado es amor,

Cuando empieza con celos su pasión.

Era la hermosa doña Blanca hija de español y de flamenca, y así tenía

la belleza de la madre y el entendimiento y gallardía del padre,

hablando demás de esto la lengua española como si fuera nacida en

Castilla, y así cantó con tanto donaire y destreza que casi dejó a don

Rodrigo rendido a quejas tan bien dichas; mas amor, que estaba entonces

de parte de la hermosa Leonor más que de la favorecida doña Blanca,

quizá obligado de algunos sacrificios que la ausente dama le hacía,

estorbó esta afición, que desde este día se empezaba a entender de esta

manera.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 17 / 52 段