aventurarme en la segunda; mas eran los ruegos de mi amante tantos y
con tantas veras, que hube de determinarme; y así, aconsejándome con
aquella criada secretaria de mi amor, me respondió que se espantaba de
una mujer que decía tenerle que tuviese tan poco ánimo y se aventurase
tan poco; que viniese don Gaspar y entrase de noche antes de cerrarse
las puertas, que ella le tendría escondido en su aposento, y que yo
(después de acostado don Pedro) podría, fingiendo algún achaque,
levantarme de su lado.
Concedí con él entrar y verme en su estancia con él. Avisé a don Gaspar
del concierto, ordenando el modo que había de tener: vino la noche y
con ella mi cuidado, porque don Gaspar y mi esposo casi entraron a un
tiempo. Escondió mi criada en su aposento a don Gaspar, y yo, fingiendo
sueño y alguna indisposición, hice recoger la gente y acostar a mi
esposo, harto desconsolado de verme indispuesta.
Estando pues aguardando que se durmiese para levantarme, oí grandes
voces en la calle y consecutivamente llamaban a la puerta diciendo:
—Que se quema esta casa, fuego, fuego, señor don Pedro, mire que se
abrasan; póngase en salvo, que por la parte de arriba salen grandes
llamas.
Levanteme alborotada, y apenas salí a un corredor cuando vi arder mi
casa, siendo el incendio tal que el humo y fuego no dejaba ver el
cielo. Y como conociese el peligro, empecé a dar gritos llamando a don
Pedro, y él a los criados para que acudiesen al remedio. Y fue el caso
que una negra que tenía a cargo la cocina pegó una vela a un madero,
junto a su cama, y quedándose dormida se cayó la vela sobre ella; y
encendiéndose la ropa pagó con la vida el descuido.
Estas desgraciadas nuevas, junto con mi peligro, me quitaron de suerte
el sentido que cuando volví en mí fue cerca de la mañana, hallándome en
casa de mi cuñado don Luis, donde me pasaron para salvarme la vida.
El fuego aplacado, si bien quemada gran parte de mi hacienda, envié
a saber si mi criada había escapado de tal desdicha, por saber si le
había tocado algo de ello a don Gaspar. En fin, ella vino adonde yo
estaba, de quien supe que entre los que acudieron al fracaso pudo don
Gaspar librarse sin ser sentido.
Pasado este alboroto del fuego, como el de mi corazón era mayor, envié
a saber de don Gaspar, el cual, no acabando de encarecer su desdicha,
lastimadísimo de mi indisposición, me escribió un papel con mil tiernas
quejas; al cual respondí mil locuras, dándole palabra de que a la
primera ocasión se vengaría de todas estas desventuras.
Algunos días se pasaron en reparar el daño del fuego y aderezarse la
casa, estando yo en la de mi cuñado, como he dicho, y entreteniéndonos
mi amante y yo con papeles, hasta que vuelta a la mía y enternecida
de sus ruegos, y olvidada de los pasados estorbos que me ponía el
cielo (para excusar en lo que ahora me veo), di orden de ejecutar el
concierto pasado, en cuya conformidad avisé a don Gaspar viniese como
la vez pasada.
Mas fue la suerte que esta noche vino don Pedro más temprano que don
Gaspar; y fue la causa que andaban por prender a un amigo de mi esposo
por una muerte, y como por ser tan principal se respetaba mi casa
como la de un embajador, le trajo consigo, y por estar más seguro,
mandó en entrando cerrar las puertas, no dejando a ninguno el cuidado
de responder ni abrir a los que llamasen, sino tomándole para sí, de
suerte que cuando don Gaspar vino ya la puerta estaba cerrada y todos
recogidos.
Hallando tan mala suerte hizo una contraseña, a la cual salió mi criada
a un balcón, y culpando su tardanza, le contó lo que pasaba, y que
si por una ventanilla que estaba en un aposento bajo no entraba, era
imposible abrir ya la puerta. Agradecióselo don Gaspar con mil palabras
y promesas, y la rogó que bajase a abrir la ventana, la cual por caer a
una callejuela sin salida y ser pequeña, estaba sin reja. Hízolo así mi
tercera, previniéndole de que no podía entrar por ella, mas él, que con
su amor lo hallaba todo fácil, pareciéndole bastante se entró por ella,
y entrando la cabeza y hombros se quedó atravesado en el marco por la
mitad del cuerpo, de suerte que ni atrás ni adelante fue posible pasar.
Viéndose mi criada en esta tribulación, y que si no era desencajando
el marco era imposible salir, fue a llamar otra compañera dándole a
entender que era requiebro suyo; y entre las dos y el criado que traía
don Gaspar, con las dagas y otros hierros sacaron el marco de la pared,
mas no tan sin ruido que, oyéndolo los criados, dieron voces, pensando
ser ladrones, a las cuales se alborotó la casa, siendo fuerza a don
Gaspar el correr metido en su marco, y a mis criadas recogerse.
Estaba yo descuidada que fuese mi amante el ladrón que alborotó la
casa, porque como decían que un hombre había sido hallado quitando
el marco de la ventana, no hice más diligencia en saberlo hasta que,
saliendo de cama mi esposo, entró mi criada a darme de vestir, la cual
me dio cuenta del suceso; y como las desdichas no empiezan por poco,
creyendo que don Pedro no vendría tan presto, ya determinada de dar a
don Gaspar el premio de tantos trabajos y fatigas, le envié volando a
llamar con mi criada; y por ser todo cerca vino luego, y entrando donde
estaba le recibí con los brazos, siendo este el segundo favor que en el
discurso de un año que nos duró ese entretenimiento le di, porque el
que alcanzó la noche que quiso matar a mi esposo fue el primero.
Estando los dos solemnizando con mucho gusto la entrada de la ventana,
mi criada, que estaba en una de las de mi casa sirviendo de atalaya y
espía, entró alborotada diciendo:
—¡Ay, señora mía! perdidos somos, que mi señor viene; y tan aprisa
que a esta hora está dentro de casa.
Con tales nuevas, aunque pudiera enflaquecer mi ánimo, no lo hizo, antes,
abriendo un baúl grande que estaba en un retrete más adentro, saqué de
presto cuanto había en él y echándolo sobre una rima de colchones,
hice entrar en él a don Gaspar.
A este punto entró don Pedro pidiendo a gran priesa en qué hacer las
necesidades ordinarias, que ese desconcierto le había vuelto a casa. En
eso y en tomar unos bizcochos, por no haberse desayunado, se entretuvo
más de hora y media, y aun creo que no saliera tan presto si no oyera
tocar a misa. Y como salió de casa, yo con el mayor gusto del mundo,
viendo que ya de aquella vez no podía la fortuna quitarme el bien de
gozar de mi amante, abrí el baúl; mas fue en vano, porque don Gaspar
estaba muerto.
Viendo en fin que no bullía pie ni mano, le puse desatinada la mano
sobre la boca, y asegurada de mi desventura, sintiéndole falto de
alientos, en esto y en verle frío, me aseguré de todo punto que estaba
ahogado.
Entró a este punto mi criada, que no con menos lástimas que yo había
cerrado el baúl, y me sacó fuera, pidiéndome ella a mí y yo a ella, con
lágrimas y suspiros, consejo para tener modo de sacarle de allí, porque
en todo hallamos mil dificultades.
Estando pues las dos solemnizando lastimosamente la muerte del
malogrado don Gaspar, entró mi cuñado don Luis, el cual como me halló
tan ansiada y llorosa, empezó a preguntarme la ocasión, la cual le
dije, fiada en el grande amor que siempre me había tenido, aun antes de
ser mujer de su hermano; y así, rematada y casi desesperada de la vida,
le dije:
—Señor don Luis, a mí me ha sucedido la mayor desdicha que a mujer en
el mundo ha sucedido, la cual es tan sin remedio de mi parte que por
eso me atrevo a daros cuenta de ella.
En fin le dije cuanto os he dicho, concluyendo con estas palabras:
—Caballero sois, si me queréis socorrer, oblígueos mi desdicha,
suponiendo que es Dios testigo, por quien os juro que no he ofendido a
mi marido de obra, si bien con el pensamiento no ha podido ser menos;
y si sois tan cruel que lo creéis y se lo queréis decir, haced lo que
quisiéredes, que con una vida que tengo pagaré, sin quedar a deber más.
Admirado don Luis, me dijo que me quietase, y llamando un hombre hizo
cargar el baúl y llevarlo a casa de un amigo suyo, a quien dio cuenta
del caso. Abrieron el baúl y sacando de él a don Gaspar, le echaron
sobre una cama y le desnudaron; y tentándole el pulso, vieron que no
estaba muerto: acostándole en la misma cama y poniéndole paños de vino
en las narices y en los pulsos, y calentadores que ponían dentro de la
cama, conocieron en él señales de vida. Viendo esto, le cerraron con
llave, dejándole solo, porque todo esto lo supe yo después.
Volvió don Gaspar en sí cerca ya de la noche, y como se hallase en
aquella casa desnudo en la cama, y conociese que no era en la que
estaba la mía, acordándose que yo le había puesto en el baúl, empezó
a discurrir, buscando la verdad, mas por más que pensaba hallarla, no
acertaba con ella.
Estando en esto sintió abrir la puerta, y atendiendo a ver quién
entraba, conoció a don Luis, el cual suceso le dio tal susto que fue
milagro no morirse de veras, y más cuando llegándose don Luis a él y
sentándose sobre la cama, le dijo:
—¿Conoceisme, señor don Gaspar? ¿Sabéis que soy hermano de don Pedro y
cuñado de doña Hipólita?
—Sí por cierto —respondió don Gaspar.
—¿Sabéis —prosiguió don Luis— mi calidad y la suya? ¿Acordaos de
lo que ha pasado hoy? Pues os juro por esta cruz (diciendo esto,
puso la mano en la que traía en el pecho) que el día que supiese que
volvéis a las mismas pretensiones o pasáis por su calle, he de hacer
la venganza que ahora dejo de hacer, por haberse una miserable y loca
mujer fiado de mí y estar enterado de que la ofensa de mi hermano no se
ha ejecutado de obra, si bien los deseos eran merecedores de castigo.
Prometió don Gaspar obedecerle, asegurándole con mil juramentos y
agradeciéndole con mil sumisiones el darle la vida, que había estado
y estaba en su mano quitarle. Y vistiéndose, se fue determinado a no
verme jamás, como lo hizo, porque fue mi nombre a sus oídos la cosa más
aborrecible que tuvo, como sabréis en lo que falta de este discurso.
Yo, cuidadosa de lo que había sucedido, sin tener atrevimiento de
preguntarle a don Luis qué cobro había puesto en aquel desgraciado
cuerpo, viendo que él no me decía nada, encargué a mi secretaria se
informase en la posada de don Gaspar diestramente, y qué se había
hecho; y fue tan a tiempo que le halló pasando su ropa a otra posada
muy lejos de aquellas calles, por cumplir la palabra que había dado a
don Luis. El cual, apenas vio a Leonor, que así se llamaba la criada
secretaria de mis devaneos, cuando le dijo que se fuese con Dios, que
ya bastaban mis enredos y engaños y sus desdichas.
Y dándole cuenta en breves palabras de cuanto le había pasado y la
que había dado a don Luis, concluyó con decir que me dijese que mujer
tan ingrata y traidora como yo hiciese cuenta que en su vida le había
visto, que bien echaba de ver que había sido traza mía esta y las demás
para traerle al fin que pudiera tener, a no dolerse el cielo de su
miseria.
Y diciendo esto se fue, dejando a Leonor confusa; mas con todo le
siguió por saber la casa a que se pasaba. Con estas nuevas volvió a
mí, y el contento de la vida de don Gaspar se me volvió en tristeza,
viéndome inocente en la culpa que me daba y aborrecida de un hombre que
tanto quería, y por quien tantas veces me había visto con la muerte al
ojo y la espada a la garganta.
Con estos pensamientos di en melancolizarme, poniendo a mi esposo en
gran cuidado el verme tan triste y ajena de todo gusto. Y más viéndome
perseguida de don Luis, que habiéndole dado alas el saber mi flaqueza,
empezó a atreverse a decirme su voluntad sin rebozo, pidiendo, sin
respeto de Dios y de su hermano, el premio de su amor. Estas cosas me
traían tan fuera de mí que me quitaron de todo punto las fuerzas, dando
conmigo en la cama de una gravísima enfermedad, que si Dios permitiera
llevarme de ella hubiera sido más dichosa.
Más de un mes estuve en la cama con bien pocas esperanzas de mi vida;
mas no quiso el cielo que la perdiese para más atormentarme con ella.
Visitábame muy a menudo mi cuñado don Luis; y ya con amenazas, ya con
regalos, ya con caricias, procuraba traerme a su voluntad.
Considerad, señor don García, mi confusión, que era en esta ocasión la
mayor que mujer tuvo: por una parte me veía despreciada de don Gaspar,
amándole por esta causa más que hasta entonces, si bien quebradas las
alas de mis deseos: porque aunque él me quisiera, ya en mí no había
atrevimiento para ponerme en más peligros que los pasados; por otra me
veía amada y solicitada de mi cuñado, y amenazada de él, de suerte que
me decía, viéndome abrir la boca para refrenarle y reprenderle, que
pues había querido a don Gaspar le había de querer a él; por una parte
temerosa, cerrando los ojos a Dios, quería darle gusto, y por otra
consideraba la ofensa que al cielo y a mi marido hacía; y de todo esto
no esperaba remedio sino con la muerte.
Ya os dije que su casa y la mía estaban juntas y que sola una pared
las dividía: pues sabréis que por un desván que estaba junto con otro
mío, tan a trasmano que raras veces se entraba en él, abrió una pequeña
puertecilla cuanto podía entrar una persona: y esta misma noche,
después de haberme recogido, entró por la parte que digo en mi casa, y
como quien tan bien la sabía, tomó las llaves y abrió la puerta de la
calle, seguro de cualquier impedimento, como ladrón de casa, y abierta
se fue a la caballeriza, soltó los caballos que había en ella, que
eran seis, dos de rúa y cuatro del coche; los cuales empezaron a hacer
grandísimo ruido, al cual despertó el criado que cuidaba de ellos y a
grandes voces empezó a pedir ayuda para recogerlos, que andaban sueltos
corriendo por la calle.
Mi marido, que lo oyó, se levantó y tomando una ropa llamó a los demás
criados, salió a la calle, riñendo al mozo por el descuido que había
tenido. Don Luis, que desnudo en camisa estaba en parte que lo pudo
ver salir, aguardó un poco y luego se vino a la cama donde yo estaba,
y fingiendo ser mi esposo se entró en ella, llegándose a mí con muchos
amores y ternezas.
Pues como el tiempo es tan frío como veis, esto me obligó a decirle:
—Jesús, señor, ¿cómo venís tan helado?
—Hace mucho frío —respondió el cauteloso don Luis, disimulando cuanto
pudo la voz.
—¿Recogisteis los caballos? —repliqué yo.
—Allá andan en eso —dijo mi traidor cuñado.
Y diciendo esto y cogiéndome en sus brazos, poseyó todo cuanto deseaba,
deshonrando a su hermano, agraviándome a mí y ofendiendo al cielo.
Hecho esto, viendo que ya era hora de volver su hermano, dándome a
entender que iba a ver si acababan los criados de recoger los caballos,
se ausentó, sin que en mí cayese sospecha de malicia alguna, y se
volvió a entrar en su casa por la parte que había salido.
No tardó mucho en venir don Pedro, dejando ya quieto el alboroto de los
caballos y recogidos los criados; y entrándose en la cama como venía
traspasado de hielo, se quiso llegar a mí; y así le dije, reportándole
algo de su deseo:
—¡Válgame Dios, señor, y qué travieso que estáis esta noche, que no ha
un instante que estuvisteis aquí y ahora pretendéis lo mismo!
—¿Sueñas, Hipólita? —respondió don Pedro—, ¿yo he vuelto aquí desde
que salí a recoger los caballos?
Respuesta fue esta que me dejó muy confusa, como quien sabía tan bien
que no era sueño; y así, pensando en el caso, casi sospeché la traición,
y aun me quitó el sueño pensar en ella, si bien no me atreví a replicar
a don Pedro.
Amaneció aun mucho más tarde de lo que mi desasosiego permitía; y
habiéndome vestido, me fui a misa, y al entrar en la iglesia ayer por
la mañana, porque antenoche fue la tragedia de mi honra, hallé a don
Luis junto a la pila del agua bendita; el cual, como me vio, llegó tan
galán como ufano a darme el agua; y como el contento no le cabía en el
cuerpo, o por mejor decir, su traición misma disponía los instrumentos
de mi venganza, al tiempo que yo, cortés y severa, tomé el agua de su
mano, apretándome la mía me dijo paso y con mucha risa:
—Jesús, señora, ¿y cómo venís tan helada?
Con cuya palabra acabé de caer en la cuenta de todo.
Volví a mi casa después de haber oído misa con la inquietud que podéis
pensar. Y en comiendo, como don Pedro se salió fuera, no dejé paso ni
lugar en toda mi casa, por escondido que fuese, que no busqué, ventana
y puerta que no hice prueba de ella: y como lo hallase todo cerrado y
sin mácula, sospechando que con ayuda de alguna criada mía había hecho
tal atrevimiento, subí al desván, más por acabar de enterarme que
porque creyese hallar en él lo que hallé, que fue la pequeña puerta, la
cual no había cerrado, quizá por venir por ella otras veces.
Con esto, ya de todo punto satisfecha, sin decir palabra me volví a mi
aposento: pensando el modo de mi venganza estuve hasta que mi esposo
don Pedro vino a cenar, y como fuese ya tarde acostose, y yo con él,
aguardando con mucho sosiego la quietud de todos los criados.
Viendo pues a mi esposo dormido, me levanté y vestí, y tomando su
daga y una luz me subí al desván, y entrando por la pequeña puerta
llegué hasta el mismo aposento de don Luis, al cual hallé dormido,
no con el cuidado que su traición pedía sino con el descuido que mi
venganza había menester, pues como ya había cumplido sus deseos dormía
su apetito sin darle cuidado; y apuntándole al corazón, de la primera
herida dio el alma, sin tener lugar de pedir a Dios misericordia: y
luego, tras esto le di otras cinco puñaladas con tanta rabia como si
con cada una le hubiera de quitar la vida.
Volvime a mi aposento, y no mirando si por esto le podía venir a mi
inocente esposo algún daño, porque por una parte mi furor y por otra mi
turbación me tenían fuera de mí, puse la daga en la vaina sin limpiar
la sangre ni mirar el desacierto que hacía, pues cuando la justicia me
prendiese, la verdad había de ser de mi parte y la maldad de don Luis.
Abrí un escritorio y puse en un lienzo todas mis joyas, que valdrían
más de dos mil ducados; y abriendo las puertas, sin ser sentida, ni
dar a ninguno cuenta de mi locura, me salí de casa y fui a la posada
de don Gaspar, que ya otras veces me había informado de mi criada
dónde era. Llamé a la puerta, la cual me abrió un criado que ya sabía
nuestras desdichas, y como me vio muy espantada, me dijo que su señor
no había venido, porque estaba jugando.
—No importa —dije—, yo le aguardaré.
Y así lo hice, aunque sabe Dios que fue con harto temor. Vino al fin
don Gaspar, y como entrando me viese, haciéndose mil cruces, con una
cólera increíble me dijo:
—¿Qué libertad es esta, señora doña Hipólita? ¿Qué buscáis en mi casa?
¿No bastan los trabajos que me costáis y los peligros en que me habéis
puesto, y el más cruel y de mayor afrenta el último en que estuve, pues
con intento traidor y cruel me enviaste a llamar para ponerme en poder
de vuestro cuñado y amante?
Habíale yo dado cuenta al ingrato de cómo don Luis me quería, y por
esta causa sospechó tal bajeza en mí; y así porque no pasase adelante
en su dañada intención, con un mar de lágrimas le dije:
—¡Ay, don Gaspar, señor mío, y qué diferencia hay en todo de lo que
imagináis!, porque entregaros a mi cuñado bien veo que fue desconcierto
de mi turbación: mas ¿qué podía hacer una mujer que se veía con un
hombre muerto, que tal creí que estabais, y aguardando a su marido?
Bien parece que no sabéis lo que pasa. A don Luis dejo muerto por mis
propias manos, para lavar con su sangre la mancha de mi afrenta, la
cual intentó y consiguió como amante desesperado: mi casa puesta en el
peligro que se dirá mañana, y yo no fuera de él. Lo que importa es que
al punto me saques de Valladolid y me lleves a Lisboa, que joyas traigo
para todo.
—¡Ah traidora liviana! —dijo don Gaspar—, ahora confirmo mi
pensamiento, que fue entregarme a tu galán para que me diese la muerte,
cansada de mi firme amor, enfadada de mis importunaciones; y ahora que
te has hartado de él, cual otra Lamia lasciva y adúltera Flora, cruel y
desleal Pandora, le has quitado la vida y quieres que yo también acabe
por tu causa. Pues ahora verás que como hubo amor habrá aborrecimiento,
y como tuviste mal trato habrá castigo. Y diciendo esto, me desnudó
hasta dejarme en camisa, y con la pretina me puso como veis
—diciendo esto la hermosa dama mostró a don García, lo más honesta
y recatadamente que pudo, los cardenales de su cuerpo, que todos o
los más estaban para verter sangre—, sin ser bastante su criado para
que dejase su crueldad, hasta que ya de atormentada caí en el suelo,
tragándome mis propios gemidos por no ser descubierta; y viéndome el
traidor así, abrió la puerta y me arrojó en la calle, diciendo que no
me acababa de matar por no ensuciar su espada en mi vil sangre, donde
a no llegar vuestra piedad, a esta hora estuviera, si no muerta, a lo
menos en las manos de los que ya me deben andar buscando.
Esta es, piadoso don García, mi desdichada historia: ahora es menester
que me aconsejéis qué podrá hacer de sí una mujer, causa de tantos
males.
—Por cierto, hermosa Hipólita —dijo don García, tan lastimado de
verla bañada en lágrimas como enamorado de su belleza—, que estoy tan
airado contra el ingrato don Gaspar cuanto sentido de tus desdichas.
Pluguiera a Dios que estuviera en mi mano el remediarlas, aunque
pusiera en cambio mi vida: no puedo yo creer que en don Gaspar hay
noble sangre, pues usó contigo tal vileza; pues cuando no mirara lo
que te había querido y verte rendida a su poder, por mujer pudiera
guardarte más cortesía; mas yo te prometo que él no quedará sin
castigo, pues el cielo tiene cargo de tus venganzas, como hizo la de
don Luis. Reposa ahora, que quiero, con tu licencia y las señas de tu
casa, ir a ella y saber en qué ha parado tu falta y su muerte, y luego
tomaremos el mejor acuerdo.
Agradecióselo la dama con los mayores encarecimientos que pudo, con lo
que don García, obligado y en algo pagado de su amor, se fue en casa de
doña Hipólita por ver qué había de nuevo; y apenas llegó a ella cuando
vio sacar a don Pedro, que le llevaban preso a título de matador de su
hermano, cuyos indicios confirmaba la puerta que se halló en el desván,
la daga que estaba dentro de la vaina llena de sangre, y el decir las
criadas que su señora era amada de don Luis; diligencias que supo
muy bien hacer la justicia, visitando la casa y lo demás, tomando su
confesión a los criados y criadas.
De todas estas cosas estaba el pobre caballero tan inocente como
embelesado de ver la falta de su mujer, pues el faltar asimismo las
joyas y el manto, y haber hallado abierta la puerta, le daba más que
sospechar; y así, sin dar disculpa ni razón fue llevado a la cárcel,
dejando guardas en las casas tanto del muerto como del preso, sin
perdonar de ningún modo los criados y criadas, ni aun a los padres de
doña Hipólita.
Lleno de compasión el noble don García de ver tal espectáculo, y
encendido en cólera, con intento de castigar la bajeza de don Gaspar, a
cuya venganza le daba fuerza el amor que a Hipólita tenía, pareciéndole
que con su vida pagaría el haberla maltratado y quitado sus joyas,
llegó a su posada y preguntando por él, le dijo la huéspeda que
aquella misma mañana había partido por la posta a Lisboa, donde le
había dicho su criado que iban, porque estaba su padre muy malo.
Pues viendo don García el poco fruto que tenía su deseo, y que era
fuerza poner cobro en aquella dama por su peligro, y el suyo si fuese
hallada en su poder, porque a esta hora ya se daban pregones que a
quien dijese de ella darían cien escudos y en cuyo poder se hallase
pena de muerte, por esto, y más por su amor, que le tenía tanto que
no se atrevía a fiarle de sí mismo, pues que casi disculpaba a don
Luis de su yerro, se fue a la ropería y tomando un gallardo y rico
vestido, y con él los demás adherentes que eran menester para que doña
Hipólita pudiese salir de allí, lo llevó él mismo, y sin querer fiarse
de nadie se volvió a su posada, contando a la bella Hipólita lo que
pasaba y cómo se decía que querían dar tormento a su marido: nuevas que
sintió tanto que, determinada y loca, quiso ir a ponerse en poder de
la justicia para que por su ocasión no padeciese el noble don Pedro y
tantos inocentes criados: mas don García, reprobando su determinación,
la reportó, y haciéndola vestir y comer un bocado, fue por una silla
y en ella la llevó a un convento de religiosas, pagando liberalmente
cuanto era menester; y estando allí, la aconsejó que negociase la
libertad de su marido, pues estaba inocente.
Hízolo la dama, escribiendo un papel al presidente en que decía que, si
quería saber el agresor de la muerte de don Luis, viniese a verla, que
ella se lo diría. El presidente, deseoso de saber caso semejante, como
todos eran principales y aun ella deuda suya, vino con otros señores
del consejo al monasterio, a los cuales contó doña Hipólita todo lo que
queda dicho, declarándose ella por matador de su aleve cuñado, diciendo
que su marido y criados estaban inocentes, y también los del muerto.