El asistente, admirado, tomó él mismo los anteojos y se los puso al

gallo: al punto don Fernando quedó como primero, sin conocer a Clara

más que si en su vida la hubiera visto; antes viendo a Lucrecia en

el suelo, bañada en sangre, y el cuchillo atravesado por el corazón,

se fue a ella y tomándola en sus brazos decía y hacía mil lástimas,

pidiendo justicia de quien tal crueldad había hecho.

Tornó el asistente a quitar al gallo los anteojos, y luego don Fernando

volvió a cobrar su entero juicio. Tres o cuatro veces se hizo esta

prueba y tantas sucedió lo mismo, con que el asistente acabó de caer

en la cuenta y creyó ser verdad lo que todos decían. Mandó echar

fuera la gente y cerrar la puerta de la casa, y mirando cofres y

escritorios, hasta los más apartados rincones y agujeros, hallaron en

el escritorio de Lucrecia mil invenciones y embelecos que causaron

temor y admiración, con que Lucrecia parecía a los ojos de don Fernando

gallarda y hermosa.

En fin, satisfecho de la verdad, si bien por ver si las esclavas eran

parte en aquellas cosas, las puso en la cárcel; dieron a don Fernando

y doña Clara por libres, confiscando la hacienda para el rey, y

públicamente quemaron todas aquellas cosas, el gallo y lo demás, con el

cuerpo de la miserable Lucrecia, cuya alma pagaba ya en el infierno sus

delitos y mala vida, siendo la muerte muy parecida a ella.

Acabados de quemar los hechizos, enfermó don Fernando, yéndose poco a

poco consumiendo y acabando. Vendió doña Clara un vestido y algunas

cosillas que había granjeado en casa de Lucrecia: con esto y lo que

por orden de la justicia se le dio en pago de lo que había servido, se

metieron en un coche ella y don Fernando, que ya estaba muy enfermo,

y dieron la vuelta a Toledo, creyendo que con ser su natural, con los

aires en que había nacido cobraría salud, según decían los médicos;

mas fue cosa sin remedio, porque como llegó a Toledo cayó en la

cama, donde a pocos días murió, habiendo dado muchas muestras de

arrepentimiento.

Sintió doña Clara su pérdida con tanto extremo que casi no había

consuelo para ella, y estuvo bien poco de seguir el mismo camino,

porque aunque le tenía enfermo y estaba con tanta necesidad, quisiera

que viviera muchos años, ayudándola a este sentimiento el ver lo que

don Fernando la quería y el poco tiempo que le duró la vida.

Hallose sobre todo esto sin más remedio que el de Dios para enterrarle;

ni se atrevía a ir con esta necesidad a doña Juana, considerando que

harto hacía en tenerle y sustentarle sus hijas. Determinose pues a

vender su pobre cama, aunque no tuviese después en qué dormir; mas

no estaba a este tiempo Dios olvidado de la virtud y sufrimiento de

doña Clara, y así, ordenando que don Sancho, que todo el tiempo que

ella había estado fuera de Toledo había estado en su estado (que ya

le había heredado por muerte de su padre, sin haberse querido casar,

aunque se le habían ofrecido muchas ocasiones, conforme a quien era),

supiese por cartas de un criado, que en Toledo estaba casado, lo que

pasaba, y deseoso de volver a ver al querido dueño de su alma, amante

firme y no fundado en el apetito, vino a la ciudad y entró en ella el

día en que estaba doña Clara en esta desdicha, y como supiese lo que

pasaba, no pudo sufrir el enamorado mozo tal cosa; y así se entró por

las puertas de la dama, y después de haberla dado el pésame breve y

amorosamente, ordenó el entierro de don Fernando con la mayor grandeza

que pudo, llevándole con tanto acompañamiento como si fuera su padre,

acompañándole él mismo y a su imitación los caballeros de Toledo.

Dada sepultura al cuerpo y vuelto con toda aquella ilustre compañía

a la pobre casa de doña Clara, en presencia de todos la dijo estas

palabras:

—Hermosa Clara, yo he cumplido con lo que a caridad debo, dando

sepultura al cuerpo de tu difunto esposo: la voluntad con que lo he

hecho bien sabes tú y sabe esta ciudad que no ha sido fomentada más

que con mis deseos, por no haber jamás alargado los tuyos a más que a

un agradecimiento honesto, y esto fue antes que tuvieses dueño; que

en teniéndole, ni aun tu vista merecí, no habiéndome faltado a mí

diligencias, mas todas sin provecho respecto de tu virtud, de la cual

si antes me enamoraba tu hermosura, hoy me hallo más enamorado.

Ya no tengo padre que me impida, ni tú ocasión para que no seas mía;

justo es que pagues este amor y deudas en que estás a mi firmeza con

un solo sí que te pido; y yo a ti asimismo, pues no solo yo, sino

todos los hombres del mundo, deben portarse de este modo con las

mujeres que a fuerza de virtudes granjean la voluntad de los que las

desean. No dilates mi gloria ni te quites el premio que mereces: tus

hijas tendrán padre en mí, y tú un esclavo que toda la vida adore tu

hermosura.

No tuvo otra respuesta que dar doña Clara a don Sancho sino echarse a

sus pies, diciendo que era su esclava y que por tal la tuviese. Con

esto los que habían venido a dar los pésames, dieron las enhorabuenas.

Siguiéronse las órdenes de la iglesia en amonestaciones y lo demás,

estando doña Clara mientras pasaban en casa del corregidor, que era

deudo de don Sancho, donde cumplido el tiempo se desposaron, alcanzando

don Sancho licencia del rey para hacer su casamiento, que todo sucedió

como quien tenía al cielo de su parte, deseoso de premiar la virtud de

doña Clara.

Hiciéronse en fin las bodas, dotando don Sancho a las hijas de doña

Clara, que quisieron quedarse monjas con doña Juana, cuya discreta

elección dio motivo a esta maravilla para darle nombre de _Desengañado

amado_, que no es poca cordura que quien ama se desengañe.

Doña Clara vivió muchos años con su don Sancho, de quien tuvo hermosos

hijos, que sucedieron en el estado de su padre, siendo por su virtud

la más querida y regalada que se puede imaginar, porque de esta suerte

premia el cielo la virtud.

NOCHE CUARTA.

La noche siguiente, vueltos a juntar estos caballeros y todas estas

damas, viendo don Miguel que a él le tocaba la maravilla de aquella

noche, comenzó de esta suerte:

NOVELA SÉPTIMA.

AL FIN SE PAGA TODO.

Estando la corte del católico rey don Felipe III en la rica ciudad de

Valladolid, salió de una casa de conversación, a más de las doce, donde

fue a entretener las largas y pesadas noches del mes de diciembre, un

caballero de los más nobles hijos que tuvo la villa de Madrid.

Al atravesar por una de las principales calles de la ciudad para venir

a su posada, al doblar de una esquina que hacía una encrucijada, vio

abrir la puerta de una casa y a empellones arrojar por ella un bulto

blanco, que como estuviese de la otra parte y la calle fuese ancha y

espaciosa, no pudo divisar qué fuese, aunque le pareció ser persona

que, de un apresurado salto que de un escalón que la puerta tenía,

dio consigo un grandísimo golpe en el suelo, que a causa de helar

fortísimamente estaba como hecho de jaspe. Vio tras esto que cerraron

de golpe la puerta y que aquel bulto estaba sin menearse, solo que en

bajos sollozos decía:

—¿Qué es esto, cielos? ¿A mi desdicha estáis sordos, a mis quejas

ingratos, y a mis lágrimas sin sentimiento?

Procuraba tras esto levantarse, mas del tormento de la caída no era

posible; moviose don García (que este era el nombre del caballero)

a lástima con estas quejas, y llegándose más cerca, le preguntó qué

tenía y le ofreció su persona.

—¡Ay, señor hidalgo! —respondió el caído—, por la pasión de Dios, si

hay en vos más piedad que en los que me han puesto de este modo, que me

ayudéis a levantar y me pongáis en alguna parte que tenga más segura la

vida.

Oyendo esto don García, espantado por parecerle mujer la que hablaba,

se llegó más cerca y a la poca luz que la luna daba vio como no era

engañosa su sospecha, porque era mujer y desnuda en camisa, causa de

más admiración: y deseoso de saber más por entero el caso, le dio la

mano, y luego, quitándose el ferreruelo, se le echó encima, aunque la

dama estaba tan maltratada que casi no podía tenerse en pie.

Ayudola don García, cargándola sobre sus brazos, y animándola la llevó

hasta sacarla de aquella calle; y viendo la dama que se paraba para

saber qué pensaba hacer de su persona, le dijo con tiernas lágrimas:

—Señor caballero, no es tiempo de desmayar en el bien que habéis

empezado a hacerme; mi vida está en muy gran peligro si soy hallada, y

a esta hora ya habrá muchos que me busquen; ruégoos, si tenéis alguna

parte secreta y segura, me amparéis esta noche, hasta que mañana dé

orden de entrar en un monasterio.

—Señora mía, soy recién llegado a esta corte —replicó don García—, y

os doy mi palabra que no ha quince días que estoy en ella y no conozco

persona de quien fiar la vuestra, si no es de mí mismo: si gustáis de

venir a mi posada, no os receléis de poneros en poder de un hombre mozo

y forastero; con ella os podré servir.

—Vamos, señor, a vuestra posada —replicó la dama—, que las partes

donde yo puedo ir todas son sospechosas, y sea antes que nos hallen y

pague yo sin culpa la que pensé cometer, si bien a los ojos del vulgo

me la han de dar por haber restaurado mi honor, y vos el deseo que

tenéis de ayudarme.

Y diciendo esto, caminaron a la posada de don García, si bien con mucho

trabajo porque la dama no podía tenerse, aunque más se animaba. De esta

suerte, ayudándola don García, llegaron a su posada y entraron dentro:

tuvo entonces lugar de ver el hallazgo que había tenido, y mirando su

nueva camarada creyó sin duda que no era mujer sino ángel: tanta era

su belleza y la honestidad y compostura de su rostro.

Era al parecer de hasta veinte y cuatro años, y tan hermosa que, sin

ser parte el guardarla, le robó el alma con la belleza de sus ojos,

tanto que si no se le pusiera por delante la fe que debía guardar a

quien se había fiado de él, casi se atreviera a ser Tarquino de tan

divina Lucrecia; mas favoreciendo don García más a su nobleza que a su

amor, a su recato que a su deseo, y a la razón más que a su apetito,

procuró con muchas caricias el reposo de aquella hermosísima señora, a

la cual por estar maltratada y desnuda, como don García no tenía por el

pronto vestidos, y ser hora de acudir más a la quietud que al desvelo,

la suplicó se acostase en su cama.

Hízolo a más no poder la dama, y dándole don García lugar para que

reposase, sin querer preguntarle por entonces nada de su persona, ni la

causa de haberla hallado así, se salió cerrando la puerta por defuera

y se fue al aposento de otro huésped que estaba en la misma casa, con

quien había tratado amistad, dándole a entender que había perdido la

llave de su aposento y que hasta otro día que se descerrajase era

imposible entrar dentro.

De esta suerte pasó lo que faltaba de la noche, que a su parecer fue un

siglo, tanto le tenía rendido la hermosa dama y deseaba saber la causa

que la había puesto en tal desdicha.

Y así, apenas fue de día cuando se vistió, y dando a entender que había

parecido la llave, entró en su aposento y halló a su bella huéspeda que

al parecer había dormido muy poco y llorado mucho.

Sentose don García sobre la cama, y después de preguntarla cómo se

hallaba, y ella dándole gracias por el bien que la había hecho, le

preguntó qué había de nuevo en Valladolid, si acaso había salido por

ella.

—No, señora —respondió don García—, porque si os he de decir la

verdad, no me ha dado lugar el deseo de veros y saber vuestras penas;

así os suplico que no me tengáis más confuso, porque lo estoy tanto

como el caso requiere.

—No me espanto, señor don García —replicó la dama, que ya sabía su

nombre—, que mis cosas admiren a quien las ve, y más cuando sepáis

desde el principio mi historia, que es tal que más os parecerá fábula

que caso verdadero; os lo contaré desde el principio de mi niñez, para

que tengáis qué contar en vuestra tierra cuando Dios fuere servido de

llevaros a ella.

Mi nombre, señor, es Hipólita; nací en esta ciudad de padres tan ricos

como nobles, y nació conmigo la desdicha, que siempre sigue a las

hermosas, que por tenerme por tal toda esta tierra me atrevo a hacerme

yo misma esta lisonja.

Apenas llegué a los años en que florece la belleza, gallardía,

discreción y donaire de una mujer cuando ya tenían mis padres infinitos

pretendientes que deseaban por medio mío, a título de mi belleza

más que al de su riqueza, emparentar con ellos, que aunque esta era

mucha, más por la hermosura que por los bienes de fortuna deseaban mi

casamiento.

Entre los muchos que desearon esto, fueron los que más se señalaron dos

caballeros vecinos nuestros, tanto que entre su casa y la mía no había

más división que la de una pared, entrambos hermanos y entrambos con el

hábito de Alcántara en los pechos, calificación de su nobleza.

Y como yo hasta entonces no sabía de amor ni hasta dónde llegaba su

poder y jurisdicción, no me inclinaba a más de lo que mis padres

quisiesen escoger; los cuales, satisfechos de lo bien que me estaba

cualquiera de los dos hermanos, eligieron a don Pedro, que era el

mayor, quedando don Luis, que era el menor y debía de ser el que me

amaba más, pues fue el más desdichado. Estimó esta ventura don Pedro

como hombre que conocía cuánto había alcanzado en mi valor, y así lo

conocí en sus caricias y regalos. Pluguiera a Dios hubiera yo sido

cuerda y supiera agradecer este amor, y hubiera excusado las desdichas

que padezco, y las que temo me faltan por padecer.

Ocho años gocé de las caricias de mi esposo y él de un amor muy

verdadero, porque me enseñaba a quererle en las importunaciones de mi

cuñado, que aún no tuvieron fin con verme casada con su hermano, el

cual, como me quería, las veces que hallaba ocasión me lo decía; no creo

yo que con intención de remedio, porque era cristiano y cuerdo, si bien

amor derriba cualquiera prevención de estas; y así pienso ahora que

sucedía en él, supuesto que en ocasiones que pudo, casándose, apartarse

de este amor, no lo hizo, aunque le ofrecí una prima mía más rica y

más hermosa que yo.

Llevaba yo esto con la mayor cordura que podía: unas veces dándole

a entender que comprendía sus intentos, y otras reportándole y

reprendiéndole, y dándole en ocasiones los más sabios y virtuosos

consejos que mi entendimiento alcanzaba; tal vez riñéndole y afeándole

su atrevimiento, jurando decírselo a su hermano si no se abstenía de

tal maldad y locura. Con lo cual don Luis, unas veces triste y otras

alegre, y siempre amante y celebrador de mi belleza, pasó todo este

tiempo sustentando su vida con sola mi vista, trato y conversación,

que por ser las casas juntas, eran muy ordinarias sus visitas, y crecía

a cada paso su amor con ellas.

En este tiempo se vino, como veis, la corte a esta ciudad: pluguiera

a Dios hubiera oído los gemidos, clamores y lágrimas de los que,

sintiendo esta mudanza, clamaban sin ser oídos, pues con esto se

hubieran excusado mis desdichas; que fue el principio de ellas el

venir, entre los muchos pretendientes que siguen la corte, uno cuyo

nombre es don Gaspar, portugués de nación y en la profesión soldado,

que deseoso de alcanzar premios de los muchos servicios que había

hecho a su rey en Flandes y otras partes, siguió a todos los demás

que vinieron tras los consejos, o por mejor decir tras este caos de

confusión, que tal es la corte y los que la siguen.

Y como los negocios no se despachen a gusto de los pretendientes, y

es fuerza aguardar un mes y otro mes, un año y otro año, y los de

don Gaspar fuesen despacio, empezó, travieso, a buscar las casas de

juego donde destruir su opinión y hacienda, y, ocioso, algún sujeto

con que entretenerse; y fuilo yo por mi desdicha, porque viéndome un

día en Nuestra Señora de San Llorente, dijo que cautivé su alma, y lo

que pensaba buscar por entretenimiento hubo de solicitar por pasión de

voluntad; y fuelo cierto, porque él me robó la voluntad, la opinión y

el sosiego, pues ya para mí acabó en una hora.

Era su gallardía, entendimiento y donaire tanto que, sin tener las

demás gracias que el mundo llama dones de naturaleza, como son música y

poesía, bastara a rendir y traer a quererle cualquiera dama que llegase

a verle, cuanto más la que se vio solicitada, pretendida y alabada.

¡Ay de mí, y cuán presentes están en mi alma sus gracias, ya no para

estimarlas sino para sentir que fueran ellas las que me tienen en el

estado que estoy, tan fuera de parecer quien soy cuanto de volver a

verme en la vida dichosa que gocé antes de conocerle!

Supe su amor por medio de una criada (esfinge fiera y astuta

perseguidora de mi honor), y él supo de ella misma mi agradecimiento

y voluntad, escribiéndonos por su medio algunas veces que,

imposibilitados de vernos por el recato de mi marido, entreteníamos de

esta suerte nuestros amorosos deseos.

Sentía don Gaspar sumamente el verme casada, y yo más que él, porque

no hay mayor desdicha para quien ama que tener dueño, y más si le

aborrece, que esto era fuerza en mí, supuesto que quería a don Gaspar;

y cuando no fuera por esto, por lo menos por estorbo de mi amor no

había de ser gustosa su compañía. Decíame sobre esto don Gaspar la vez

que me hablaba, que era en la iglesia, mil lástimas acompañadas de

tantas ternezas que ya, cuanto más apriesa subía mi amor, bajaba mi

honor y daba pasos atrás; y en sus papeles más por entero, porque en

ellos se habla sin el estorbo del recato y dícense las razones más

sentidas.

Acuérdome que una noche que quiso que fuese yo testigo de su divina

voz, fue con unas endechas que si gustáis de oírlas las diré para

que me disculpéis de mi yerro; pues no es milagro que se rinda la

fragilidad de una mujer a unas quejas bien dichas.

A esto respondió don García (ya de todo punto rendida su voluntad a la

belleza y donaire con que la hermosa Hipólita contaba su tragedia) que

antes le pedía que no pasase en silencio nada, porque la oía con tanto

gusto que quisiera que su historia durara un siglo.

—Pues si es así —respondió la dama—, las endechas yo las aprendí de

memoria, y creo no se me olvida ninguna; ellas decían así:

Un imposible adoro,

Por esto me atormento,

Por él doy mil suspiros,

Por él lágrimas vierto.

Por él dejo los gustos,

Por él las penas quiero:

Apetezco los males,

Y los bienes desprecio.

¡Ay desdichadas quejas,

Ay amor verdadero,

Suspiros mal logrados,

Cuidados sin efecto!

Dichoso pastorcillo,

De la ventura extremo,

Por quien celoso lloro,

Y despreciado temo.

El día que los ojos

De mi ingrato te vieron,

O cegaran los suyos,

O yo naciera ciego.

Si para darme penas

Crió tu gracia el cielo,

Que yo nunca naciera,

Fuera piadoso intento.

Y pues hay en la villa

Otros rostros tan bellos,

Exceptuando a mi ingrato,

Pudieras triunfar de ellos.

Mas si nací cuitado

Y sin ventura, ¿qué espero?

Sin razón me lastimo,

Y sin causa me quejo.

Gózala (¡mas qué digo!)

No la goces, que muero

Solo en pensar que tuya

La llama todo el pueblo.

Caminen mis suspiros

A mi ingrata derechos,

Y en su pecho de mármol

Se conviertan en fuego.

Mas, si la quiero ¿cómo

Tan mal la deseo?

Mejor es que yo muera,

Que soy el que padezco.

Así canta llorando

Imposibles desvelos,

Pasadas sinrazones,

Y rigurosos celos

Un zagalejo amante,

Su ganado siguiendo,

Perdido por ganarle

Su ganado el deseo.

No pudo la terneza de mi pecho, ni la fuerza de mi voluntad, sufrir el

ver padecer a don Gaspar sin alentar su amor, siquiera con un día

de favor y contento, para que pudiese con él llevar con gusto tantos

pesares como los que había de padecer respecto de las pocas ocasiones

que me daba mi esposo; porque aunque vivía seguro de mí, o fuese

respeto de su honor o fuerza de su amor, recelose como cuerdo, picaba

tal vez en celoso necio; mas amor, que algunas veces, apiadado de ver

padecer a sus súbditos, les trae por los cabellos algún breve gusto,

ordenó que convidase a mi esposo un caballero su amigo para ir a caza,

en cuyo ejercicio se habían de entretener dos o tres días.

Aceptó don Pedro el viaje, y yo, aunque me alegré sumamente, fingí

desabrimiento, extrañando la novedad. En fin, él se partió a su caza

y aquella secretaria de mi flaqueza a dar aviso a don Gaspar de esta

venturosa suerte, a quien dijo por un papel viniese aquella noche por

la puerta falsa de un jardín que caía a las espaldas de mi casa, que

allí me hallaría, y por señas la puerta abierta, porque no me atreví a

que entrase por la principal, respecto que mis padres, en cuya casa yo

vivía con mi esposo, no le sintiesen.

Era verano, y para aguardar a mi amante hice sacar al jardín dos

colchoncillos de raso y ponerlos debajo de unas parras, tomando por

achaque el calor, y era la causa el retirarme de las demás criadas, que

si me vieran vestida no se entraran a acostar, y no era esto lo que yo

quería, pues más deseaba la soledad que la compañía, aguardando sola la

de mi amante.

En fin, ellas, dejándome desnuda y a su parecer dormida, se entraron a

recoger: solo quedó conmigo la que sabía mis cosas, y esto con orden

de irse luego y dejarme en el lugar donde había de combatir mi amor y

mi honor, quedando este vencido y aquel triunfante y vencedor; cuando,

estando con la puerta abierta, que por no ser el jardín muy grande lo

podía hacer sin que entrase nadie que no fuese visto, llegaron las

criadas a decirme que su señor y mi esposo era venido; que habiendo el

que iba en su compañía dado una gran caída y lastimádose mucho, se

volvieron, no pudiendo proseguir la caza.

Pues como yo viese a don Pedro en casa, y la dicha de mi mano en no

haber venido don Gaspar, y el peligro en que estaba su vida y la mía si

acertase a venir, mandé a mi secretaria que cerrase la puerta por donde

había de entrar con llave, pareciéndome que cuando viniese y la hallase

cerrada se volvería, y que a la mañana, avisándole lo que pasaba,

quedaría satisfecho, como era razón lo estuviese, pues con el legítimo

dueño no hay excusas.

Hecho esto, llegó don Pedro con los brazos abiertos, a quien hube de

recibir con los mismos, aunque con ánimo diferente, y él, alabando el

lugar y la cama para remedio del calor, me dio cuenta de su venida y

desnudándose se acostó, ocupando el lugar que estaba para mi amante; el

cual, como dentro de poco tiempo que sucedió esto llegase a la puerta

y la hallase cerrada, cosa tan fuera de nuestro concierto, concibiendo

de esta ocasión pesados y locos celos, no pudiendo pensar que fuese la

ocasión que le estorbaba su entrada sino otra ocupación amorosa (porque

siendo una mujer fácil, hasta con los mismos que la solicitan se hace

sospechosa), ayudándole un criado, saltó las tapias, que no eran muy

altas, y paso a paso, por no ser sentido, se vino a buscar la causa de

su atrevimiento.

Había a este tiempo acabado la luna su carrera y escondídose en su

primera casa, con que estaba todo en confusas tinieblas y nosotros

rendidos al sueño, y así tuvo lugar de rodear el jardín y venir a dar

junto a la cama en que yo y mi esposo estábamos; y como en la vislumbre

viese que en ella había dos personas, no creyendo fuese don Pedro,

se bajó y puso de rodillas, diciendo entre sí que no era su sospecha

vana, y llevado de la cólera sacó una daga, y como quisiese dar con

ella a mi inocente dueño, el cielo, que mira con más piedad las cosas,

permitió que a este punto, dando don Pedro vuelta en la cama, suspiró,

con lo que conoció don Gaspar su engaño, coligiendo lo que podía ser;

y dando gracias al cielo de su aviso, se puso de mi lado y, dando

lugar a esto el sueño de don Pedro y su atrevimiento, me despertó: yo,

conociendo su temeridad en tal caso, le pedí por señas que se fuese,

lo cual hizo viendo mi temor, llevando en prendas con mis brazos las

flores de mis labios, fruto diferente del que él pensó coger aquella

noche.

Con esto, tornando a saltar las tapias don Gaspar, que por la parte de

dentro eran más bajas, se volvió a su posada con la pena que se puede

creer; y otro día recibí este papel que me envió, que con esto quiso

hacer alarde de su gracia y de lo que sentía el verse en tal estado, el

cual hizo en mí tal efecto que, a no estar tan perdida, pudiera acabar

de perderme, tan bien me parecían sus cosas.

¿Quién puede contra el cielo

Tener cólera y rabia,

Que si con ella escupe,

No le caiga en la cara?

¿Quién, si está desarmado,

Contra aquel que trae armas,

De victoria seguro,

Puede entrar en batalla?

¿Quién contra un poderoso,

Siendo de humilde casta,

Aunque viva ofendido,

Podrá tomar venganza?

¿Qué pobre contra un rico,

En banquetes y galas

Podrá en igual fortuna

Pasar la vida larga?

¿Quién, si amor le persigue,

Contra quien no le ama,

Aunque de amor se precie,

Tendrá cierta esperanza?

¿Quién contra un venturoso,

Si en posesión se halla,

Podrá, si es desdichado,

Salir con lo que aguarda?

¡Ay cielo! cuando quise

Gozar tu hermosa cara,

En poder de otro dueño

Mi desdicha te halla.

Marchita mi ventura,

Dudosa mi esperanza,

Propio el dueño que tiene

Posesión de tus gracias.

¿A quién le ha sucedido

Tan notable desgracia,

Que entrando a poseerte,

Sin posesión se halla?

Novelas ejemplares y amorosas · 第 15 / 52 段