De esta suerte se halló en poco tiempo con muchos ducados de deuda,

pareciéndole que con la muerte de su madre se remediaría todo, creyendo

que según su edad no duraría mucho. La cual, sabiendo que ya estaba

libre de doña Juana, cuyos sucesos no se le encubrían, trató de

casarle, creyendo que esto sería parte para sosegarle.

Con el parecer de don Fernando, que, como he dicho, no estaba tan

apretado de los hechizos de Lucrecia, viendo que ya no tenía a quién

temer, puso la mira en una dama de las hermosas que en aquella sazón se

hallaban en Toledo, cuyas virtudes corrían parejas con su entendimiento

y belleza.

Esta señora, cuyo nombre es doña Clara, era hija de un mercader que

con su trato calificaba su riqueza, por llegar con él no solo a toda

España sino pasar a Italia y a las Indias. No tenía más hijos que a

doña Clara, y para ella, según decían, gran cantidad de dinero, si bien

en eso había más engaño que verdad, porque el tal mercader se había

perdido, aunque para casar su hija conforme su merecimiento disimulaba

su pérdida.

En esta señora, como digo, puso la madre de don Fernando los ojos, y

en ella los tenía asimismo puestos un hijo de un título, y no menos

que el heredero y mayorazgo, no con intento de casarse sino perdido

por su belleza, y ella le favorecía, que ni en Toledo alcanzaba

fama de liviana ni tampoco la tenía de cruel. Dejábase pasear y dar

músicas, estimar y engrandecer su belleza, mas jamás dio lugar a otro

atrevimiento, aunque el marqués (que por este título nos entenderemos)

facilitara en más su virtud que su riqueza.

Puso en fin la madre de don Fernando terceros nobles y muy cuerdos

para el casamiento de su hijo, y fue tal su suerte que no tuvo mucha

dificultad en alcanzarlo del padre de la dama; y ella, como no estimaba

al marqués en nada, por conocer su intento, dio luego el sí, con que

hechos los conciertos, precediendo las necesarias diligencias, se

desposó con don Fernando, dándole luego el padre de presente seis mil

ducados en dinero, porque lo demás dijo estar empleado: y que pues

no tenía más hijos que a doña Clara, cosa forzosa era ser todo para

ella. Contentose don Fernando, por tapar con este dinero sus trampas

y trapazas, entrando en poder del lobo la cordera, que así lo podemos

decir.

Dentro de un mes de casada doña Clara, vio su padre que era imposible

cumplir la promesa que le había hecho a su hija, y juntando lo más que

pudo después de los seis mil ducados que dio, se ausentó de Toledo y

se fue a Sevilla donde se embarcó para las Indias, dejando por esta

causa metida a su hija en dos mil millares de disgustos; porque como

don Fernando se había casado con ella por solo el interés y los seis

mil ducados se habían ido en galas y cosas de casa, y pagar las deudas

en que sus vicios le habían puesto, a dos días sin dinero salió a

plaza su poco amor, y fue trocando el que había mostrado, que era poco,

en desabrimiento y odio declarado, pagando la pobre señora el engaño

de su padre; si bien la madre de don Fernando, viendo su inocencia y

virtud, volvía por ella y le servía de escudo.

Supo Lucrecia el casamiento de don Fernando a tiempo que no lo

pudo estorbar, y por estar ya hecho y por vengarse, usando de sus

endiabladas artes, dio con él en la cama, atormentándole de manera

que siempre le hacía estar en un ay, sin que en más de seis meses que

le duró la enfermedad se pudiese entender de dónde le procedía ni le

sirviesen los continuos remedios que se hacían.

Hasta que, viendo esta Circe que el tenerle así más servía de perderle

que de vengarse, dejó de atormentarle, con lo que don Fernando empezó a

mejorar: mas mudando la traidora de intento, encaminó sus cosas a que

aborreciese a su mujer, y fue de suerte que, estando ya bueno, tornó a

su acostumbrada vida, pasando lo más del tiempo con Lucrecia.

El marqués, desesperado de ver a doña Clara casada, también había

pagado con su salud su pena, y ya mejor de sus males, aunque no de

su amor, tornó de nuevo a servir y solicitar a doña Clara, y ella a

negarle de suerte sus favores que ni aun verla era posible, con cuyos

desdenes se aumentaba más su fuego.

En este tiempo murió la madre de don Fernando, perdiendo en ella doña

Clara su escudo y defensa y don Fernando el freno que tenía para

tratarla tan ásperamente como de allí adelante hizo, porque se pasaban

los días y las noches sin ir a su casa, ni aun a verla, lo cual sentía

la pobre señora con tanto extremo que no había consuelo para ella, y

más cuando supo la causa que traía a su marido sin juicio.

No ignoraba el marqués lo que doña Clara pasaba, mas era tanta su

virtud y recogimiento que jamás podía alcanzar de ella ni que

recibiese un papel ni una joya, con ser su necesidad bien grande;

porque las deudas de don Fernando, los juegos y el poco acudir a

granjear su hacienda, la fue acabando de suerte que no había quedado

nada, tanto que ya se atrevía a sus joyas y vestidos, sustentando dos

niñas, que en el discurso de cuatro años que había que estaba casada

tenía, y una criada con el trabajo de sus manos, porque don Fernando no

acudía a nada: y con todo no pudieron alcanzar de ella sus amigas ni

su criada que recibiese algunos regalos que el marqués le enviaba con

ellas; antes a cuanto acerca de esto le decían daba por respuesta que

la mujer que recibía cerca estaba de pagar.

Pasando todo este tiempo, la justicia, de oficio, como era público el

amancebamiento de don Fernando y Lucrecia, dio en buscarle, siguiéndole

a él los pasos. No faltó quien dio de esto aviso a Lucrecia, la cual no

tuvo otro remedio sino poner tierra en medio; y tomando su hacienda,

acompañada de su don Fernando, que ya había perdido de todo punto la

memoria de su mujer e hijas, se fue a Sevilla, adonde vivían juntos,

haciendo vida como si fueran marido y mujer.

Sintió doña Clara este trabajo como era razón, tanto que fue milagro no

perder la vida si no la guardara Dios para mayores extremos de virtud,

la cual estuvo sin saber de su marido más de año y medio, pasando

tantas necesidades que llegó a no tener criada, sino puesta en traje

humilde, además de trabajar de día y de noche para sustentarse a sí

y sus dos niñas, se vio obligada a ir ella misma a llevar y traer la

labor a una tienda.

Sucedió en este tiempo hallarse velando una noche para acabar un poco

de labor que se había de llevar a la mañana, y forzada del amor, del

dolor, de la tristeza y soledad, o lo más cierto, por no dejarse vencer

del sueño, cantó así:

Fugitivo pajarillo

Que por el aire te vas,

Inconstante a mis finezas,

Ingrato a mi voluntad:

Si estuvieras por la tuya

Prendado, no hay que dudar,

Que una prisión tan suave

Pudiera cansar jamás.

Nunca presumí ignorancias,

Porque de saber amar,

Supe conocer tu amor,

Agradecido no más.

Jamás se engaña quien ama,

Aunque se deja engañar,

Que amor también en su corte

Razones de estado da.

¿Qué puede hacer el que adora,

Aunque sepa que le dan

Disimulado el veneno,

Sino beber y callar?

Dejé engañar mis temores,

Aunque conocí mi mal;

Pero como tú fingías,

Te cansaste de engañar.

Tan remontado te miro,

Tan tibio y tan desleal,

Que aunque el reclamo te llama,

No lo quieres escuchar.

Escucha, pájaro libre,

Las ternezas con que está

Llamándote en tono triste,

Oye las voces que da.

Pajarillo lisonjero,

Vuelve, vuelve, ¿dónde vas?

A la jaula de mi pecho,

Ten de mis penas piedad.

Cuando me miras cautivo,

Pretendes tu libertad,

Paga prisión con prisión,

Y así perfecto serás.

En lágrimas de mis ojos,

Que son por tu causa un mar,

Hallarás tierno bebida,

Sin que te pueda faltar.

Mi corazón por comida,

Por cárcel mi libertad,

Y por lazos estos brazos,

Que ya aguardando te están.

Huyes sin oír mis quejas,

Plega a Dios que donde vas,

Como me tratas te traten,

Sin que te quieran jamás.

Que yo llorando mi engaño

La vida pienso acabar,

Sintiendo en tus sinrazones,

Mi muerte y tu libertad.

Esto dijo a un pajarillo,

Que de su prisión se va,

Un pecho de amor herido,

Una firmeza leal.

Y al fin de sus tristes quejas,

Instrumento sin templar,

Cantó a su pájaro libre,

Que fugitivo se va:

Pájaro libre, tú te perderás,

Que el regalo que dejas no le hallarás.

Era baja la sala en que estaba doña Clara y correspondía una reja

a la calle, a la cual estaba escuchando don Sancho, que este es

el nombre del marqués su amante: pues como oyese las quejas, y en

un corazón que ama es aumentar su pena oír la pena de otros, tan

enternecido como amante, porque le tocaban en el alma los pesares de

doña Clara, llamó a la reja, a cuyo ruido la dama alterada preguntó

quién era.

—Yo soy, hermosa Clara —dijo don Sancho—, yo soy, escúchame una

palabra: ¿quién quieres que sea, o quién te parece que podía ser sino

el que te adora, y estimando tus desdenes por regalados favores, anima

con esperanzas su vida?

—No sé de qué las podéis tener, señor don Sancho —dijo doña Clara—,

ni quién os las da, pues después que me casé no he dado lugar ni a

vuestros deseos ni a quién los ha solicitado, para que vivan animados;

y si os fiais en la cortesía con que antes de tener marido me dejé

servir de vos, advertid que aquella fue galantería de doncella, que

sin ofensa de su honor pudo, ya que no amar, dejarse amar. Yo tengo

dueño; justo o injusto, el cielo me lo dio; mientras no me lo quitare

le he de guardar la fe que prometí; supuesto esto, si me queréis,

la mayor prueba que haré de este amor será que excuséis lo que la

vecindad puede decir de un hombre poderoso y galán como vos, pasear las

puertas de una mujer moza y sin marido, y mas no ignorando la ciudad mi

necesidad, pues creerán que habéis comprado con ella mi honor.

—Esto quiero yo remediar, hermosa Clara —dijo don Sancho—, sin otro

interés que el haber sido el remedio de vuestros trabajos. Servíos de

recibir mil escudos, y no me hagáis otro favor que yo os doy palabra,

como quien soy, de no cansaros más.

—No hay deudas, señor don Sancho —respondió doña Clara—, que mejor

se paguen que las de la voluntad, efecto de ella es vuestra largueza;

yo ni me tengo de fiar de mí misma ni obligarme a lo que nunca he de

poder pagar. Yo tengo marido, él mirará por mí y por sus hijas, y si

no lo hiciere, con morir, ni yo puedo hacer más, ni él me puede pedir

mayor fineza.

Con esto cerró la ventana, dejando a don Sancho más amante y más

perdido, sin que dejase por esto de perseverar en su amor ni ella en

su virtud.

Año y medio había pasado desde que don Fernando se ausentó de Toledo

sin que se supiese dónde estaba, hasta que viniendo a Toledo unos

caballeros que habían ido a Sevilla a ciertos negocios, dijeron a doña

Clara cómo le habían visto en aquella ciudad: nuevas de tanta estima

para doña Clara que no hay ponderación que lo diga, y desde este punto

se determinó de ir a ponérsele delante y ver si le podía obligar a que

volviese a su casa.

Y andando buscando dónde dejar sus niñas mientras hacía este camino,

doña Juana, que ya profesa y con muy buena renta, la más contenta del

mundo, no ignoraba estos sucesos, y dando gracias a Dios porque no

había sido ella la desdichada, estaba en su convento haciendo vida

de una santa, supo la necesidad de doña Clara, y como buscaba dónde

dejar las niñas, que en aquel tiempo tenía la una cuatro años, y la

otra cinco, la envió a llamar, y después de decirle quién era, por si

no lo sabía, y las mercedes que el cielo la había hecho en traerla a

tal estado, lo que le pesaba de sus trabajos y en lo que estimaba la

virtud y prudencia con que los llevaba, le dijo como estaba informada

que quería ir a Sevilla y que buscaba quién le tuviese sus hijas,

que se las trajese, que ella las recibiría por suyas y como a tales,

en siendo de edad, las daría el dote para que fuesen religiosas en su

compañía, y que creyese que esto no lo hacía por amor que tuviese a su

padre sino por lástima que la tenía.

Agradeció doña Clara la merced que le hacía, y por no dilatar más su

camino, el poco aparato de casa que le había quedado, como era una cama

y otras cosillas, llevó con sus hijas a doña Juana, la cual tenía ya

licencia del arzobispo para recibirlas.

Y al tiempo que abrió la portería para que entrasen, apretando

entre los brazos a doña Clara con los ojos llenos de lágrimas, la

metió en las manos un bolsillo con cuatrocientos reales en plata. Y

despidiéndose de ella, esta misma tarde se puso en camino en un carro

que iba a Sevilla, dejando a doña Juana muy contenta con sus nuevas

hijas.

Llegó doña Clara a Sevilla; y como iba a ciegas, sin saber en qué

parte había de hallar a don Fernando, y siendo la ciudad tan grande y

teniendo tanta gente, fue de suerte que en tres meses que estuvo en

ella no pudo saber nuevas de tal hombre.

En este tiempo se le acabó el dinero que llevaba, porque pagó en Toledo

algunas deudas que tenía y no le quedaron sino cien reales. Pues

viéndose morir (como dicen) de hambre, ya desahuciada de no hallar

remedio, y volver a Toledo era lo mismo, determinó quedarse en Sevilla

hasta ver si hallaba a don Fernando: para esto procuró una casa donde

servir, y encomendándolo a algunas personas, particularmente en la

iglesia, le dijo una señora que ella le daría una donde se hallaría muy

bien para acompañar a una señora ya mayor; si bien temía que, por tener

el marido mozo y ser ella de tan buena cara, no se habían de concertar.

Doña Clara, con una vergüenza honesta, le suplicó le dijese la casa,

que probaría suerte.

Diole la señora las señas y un recado para la tal señora que era su

amiga; con las cuales doña Clara se fue a la casa, que era junto a la

iglesia mayor, y entrando en ella la vio toda muy bien aderezada (señal

clara de ser los dueños ricos), y como hallase la puerta abierta, se

entró sin llamar hasta la sala del estrado, donde en uno muy rico vio

sentada a Lucrecia, la amiga de su marido, que luego la conoció por

haberla visto una vez en Toledo, y junto a ella don Fernando, desnudo

por ser verano, con una guitarra cantando este romance, que por no

impedirle no quiso dar su recado, admirada de lo que veía y más de ver

que no la habían conocido:

Ya por el balcón de oriente,

El alba muestra sus rizos,

Vertiendo la copa hermosa

Sobre los campos floridos.

Ya borda las bellas flores

De aljofarado rocío,

De cuya envidia las fuentes

Vierten sus cristales limpios.

Ya llama el querido hermano,

Que está alumbrando a los indios,

Y en la carroza dorada

Siembra claveles y lirios.

Ya retozan por las peñas

Los pequeños corderillos,

A la música divina

Que entonan los pajarillos.

Ya mirándose los cielos

En los bulliciosos ríos,

Vuelven los blancos cristales

De turquesados zafiros.

Ya es el invierno verano,

Y primavera el estío,

Hermosos cielos los valles,

Y los campos paraísos.

Porque su frescura pisan

De Anarda los pies divinos,

Dulce prisión de las almas,

De la vista basilisco.

Siguiendo viene sus pasos

Un gallardo pastorcillo,

Que por ser Narciso en gala,

Será su nombre Narciso.

Por quien Venus olvidada

Ya de su Adonis querido,

Solo por verle bajara

De sus estrados divinos.

Y por quien Salmacis bella,

Tomara por buen partido,

En su amada compañía

Ser eterno hermafrodito.

Engañando los recelos

De un sospechoso marido,

Saltó Anarda de su aldea,

A verse con su Narciso.

Llegando a una clara fuente,

Que adornan sauces y mirtos,

Agradables se reciben,

Amándose agradecidos.

Enternecidos se sientan

Junto aquel árbol divino,

Triunfo del señor de Delo,

Y de su dama castigo.

Y sedientos de favores

En este agradable sitio,

Beben de su aliento el néctar

En conchas de coral fino.

Al campo cerró las puertas

El rapaz de Venus hijo,

Que poner puertas al campo

Solo pudiera Cupido.

Lo demás que sucedió

Vieron los altos alisos,

Haciendo sus hojas ojos,

Y sus cogollos oídos.

Como acabó de cantar don Fernando, Lucrecia preguntó a doña Clara si

buscaba alguna cosa; a lo cual respondió que la señora doña Lorenza su

amiga la enviaba para que su merced viese si valía algo para el efecto

que buscaba de criada.

A esto puso don Fernando los ojos en ella, que ya Lucrecia la había

mandado sentar en frente de él, mas aunque hizo esta acción, no la

conoció más que si en su vida no la hubiera visto, de lo cual doña

Clara estaba admirada y daba entre sí gracias de haber por tal modo

hallado lo que tan caro le costaba el buscarlo, sintiendo en el alma el

verle tan desacordado y fuera de sí, conociendo como discreta la causa

de que procedía tal efecto, que eran los hechizos de aquella Circe que

tenía delante.

Preguntole Lucrecia, agradada de su cara y honestidad, que de dónde era.

—De Toledo soy —respondió doña Clara.

—¿Pues quién os trajo a esta tierra? —replicó Lucrecia.

—Señora —dijo doña Clara—, aunque soy de Toledo, no vivía en él

sino en Madrid: vine con unos señores que iban a las Indias, y al

tiempo de embarcarse caí muy mala y no pude menos de quedarme, con

harto sentimiento suyo; en cuya enfermedad, que me ha durado tres

meses, he gastado cuanto tenía y me dejaron; y viéndome con tan poco

remedio, pregunté hoy a la señora doña Lorenza, que por suerte la vi en

la iglesia, si quería una criada para acompañar, como en esta tierra se

usa, y su merced me encaminó aquí, y así, si usted no ha recibido ya

quien la sirva, crea de mí que sabré dar gusto, porque soy mujer noble

y honrada, y me he visto en mi casa con algún descanso.

Agradose Lucrecia con tanto extremo de Clara, viendo su honestidad y

cordura, que sin reparar la una ni la otra en el concierto, ni más

demandas ni respuestas, se quedó en casa, contenta por una parte, y por

la otra, como era razón que estuviese quien veía lo mismo que venía

a buscar, tan fuera de sí que sin conocerla hacía delante de sus ojos

regalos y favores a una mujer que no los merecía.

Entregole Lucrecia a su nueva criada las llaves de todo, dándole el

cargo del regalo de su señor y el gobierno de dos esclavas que tenía:

solo un aposento que estaba en un desván no le dejó ver, porque reservó

solo a su persona la entrada en él, guardando la llave, sin que ninguna

persona entrase con ella cuando iba a él, con tanto cuidado que, aunque

Clara procuraba ver lo que allí había, no le fue posible; bien es verdad

que siempre estaba con sospecha de que era aquel aposento la oficina de

los embustes con que tenía a don Fernando tan ciego que no sabía de

sí ni cuidaba de más que de querer y regalar a su Lucrecia, haciendo

con ella muy buen casado, tanto que con la mitad se diera Clara por muy

contenta y pagada.

En esta vida pasó más de un año, siendo muy querida de sus amos,

escribiendo cada ordinario a doña Juana los sucesos de su vida, y ella

animándola con sus cartas y consuelos para que no desmayase ni lo

dejase hasta ver el fin.

Al cabo de este tiempo cayó Lucrecia en la cama de una muy grave

enfermedad, con tanto sentimiento de don Fernando que parecía que

perdía su juicio. Pues como las calenturas fuesen tan fuertes que no la

diesen lugar a levantarse poco ni mucho, al cabo de tres o cuatro días

que estaba en la cama llamó a Clara y con mucha terneza la dijo estas

palabras:

—Amiga Clara, un año ha que estás conmigo; el tratamiento que te he

hecho más ha sido de hija que de criada, y si yo vivo, de hoy adelante

será mejor, y en caso que muera, yo te dejaré con qué vivas: estas son

obligaciones, y más en ti que eres agradecida, bien serán parte para

que me guardes un secreto que te quiero decir: toma, hija, esta llave,

y ve al desván donde está un aposento que ya le habrás visto; entrando

en él, hallarás un arca grande de estas antiguas, en esta un gallo;

échale de comer, porque allí en el mismo aposento hallarás trigo: y

mira, hija mía, que no le quites los anteojos que tiene puestos, porque

me va en ello la vida; antes te pido que si de este mal muriere, antes

que tu señor ni nadie lo vea, hagas un hoyo en el corral, y así como

está con sus anteojos y cadena con que está atado le entierres, y con

él el costal de trigo que está en el mismo aposento; que este es el

bien que me has de hacer y pagar.

Oyó Clara con atención las razones de su ama y en un punto revolvió en

su imaginación mil pensamientos, y todos paraban en un mismo intento.

Y porque Lucrecia no concibiese alguna malicia de su silencio, le

respondió agradeciéndole la merced que le hacía de fiar en ella un

secreto tan importante y de tanto peso, prometiendo de hacer con

puntualidad lo que mandaba; y tomando la llave, con todo cuidado y con

toda diligencia se fue a ver su gallo.

Subió al desván y abriendo el aposento entró en él, y llegando cerca

del arca, como considerase a lo que iba, y la fama que Lucrecia tenía

en Toledo, la cubrió un sudor frío y un miedo tan grande y tan temeroso

que casi estuvo para volverse; mas cobrando ánimo y esforzándose lo

mejor que pudo, abrió el arca, y así como la abrió, vio un gallo con

una cadena asida de una argolla que tenía a la garganta, y en otra que

estaba asida al arca y asimismo preso, y a los pies tenía unos grillos,

y luego tenía puestos unos anteojos, al modo de los de caballo, que le

tenían privada la vista.

Quedose Clara viendo todas estas cosas tan absorta y embelesada que no

sabía lo que le había sucedido; por una parte se reía y por otra se

hacía cruces, y sospechando si acaso en aquel gallo estaban hechos los

hechizos de su marido, a cuya causa estaba tan ciego que no la conocía,

como lo más cierto es desear las mujeres lo mismo que les privan, le

dio deseo de quitarle los anteojos, y apenas lo pensó cuando lo hizo,

y habiéndoselos quitado, le puso la comida, y cerrando como estaba de

primero, se volvió adonde su ama la aguardaba, que como la vio le dijo:

—¿Amiga mía, diste de comer al gallo? ¿Quitástele los anteojos?

—No, señora —respondió Clara—, ¿quién me metía a mí en hacer lo que

usted no me mandó? —añadiendo a esto que creyese que la servía con

mucho gusto, y así hacía lo que mandaba con el mismo.

Llegose en esto la hora de comer y vino don Fernando a su casa, y

después de haber preguntado a Lucrecia cómo se sentía, se sentó a la

mesa, que estaba cerca de la cama; metieron las esclavas la comida,

porque Clara estaba en la cocina poniéndola en orden y enviando los

platos a la mesa, hasta que al fin de ella salió donde estaban sus

amos, y apenas puso don Fernando los ojos en ella cuando la conoció, y

con admiración la dijo:

—¿Qué haces aquí, doña Clara? ¿Cómo viniste? ¿Quién te dijo dónde yo

estaba? ¿Qué hábito es este? ¿Dónde están mis hijas? Porque, o yo sueño

o tú eres mi mujer, a quien por ser yo desordenado dejé en Toledo pobre

y desventurada.

A esto respondió doña Clara:

—Buen descuido es tuyo, esposo mío, pues al cabo de un año que estoy

en tu casa sirviéndote como una miserable esclava, sujeta a los engaños

de esta Circe que está en esta cama, sales con preguntarme qué hago

aquí.

—¡Ay traidora! —dijo a esta sazón Lucrecia—, y cómo le quitaste los

anteojos al gallo; pues no pienses que has de gozar de don Fernando, ni

te han de valer nada tus sutilezas.

Y diciendo esto saltó de la cama con más ánimo del que parecía tener

cuando estaba en ella, y sacando de un escritorio una figura de hombre,

hecha de cera, con un alfiler grande que tenía en el mismo escritorio

se lo pasó por la cabeza abajo hasta esconderse en el cuerpo, y se fue

a la chimenea y la echó en medio del fuego, y luego llegando a la mesa

y tomando un cuchillo, con la mayor crueldad que se puede pensar, se lo

metió a sí misma por el corazón, cayendo junto a la mesa muerta. Fue

todo esto hecho con tanta presteza que ni don Fernando, ni doña Clara,

ni las esclavas la pudieron socorrer.

Alzaron todos las voces, dando gritos, a cuyo rumor se llegó mucha

gente, entre todos la justicia, y asiendo de don Fernando y de los

demás empezaron a hacer información, tomando su confesión a las

esclavas, las cuales declararon lo que habían visto y oído a don

Fernando, diciendo cómo Lucrecia era su amiga y lo que con ella le

había pasado desde el día en que la conocía hasta aquel punto.

Al decir doña Clara su dicho, dijo que no había de decir palabra si

no era delante del asistente; y que importaba para la declaración de

aquel caso no ir ella a su presencia, sino que viniese el asistente a

aquella casa.

Fueron a darle cuenta de todo y decirle lo que aquella mujer decía, y

como lo supo, vino luego acompañado de los más principales señores de

Sevilla, que sabiendo el caso, todos le seguían; en presencia de los

cuales dijo doña Clara quién era y lo que le había sucedido con don

Fernando y con la maldita Lucrecia, sin dejarse palabra por decir.

Y haciendo traer allí el arca en que estaba el gallo, abrió ella misma

con la llave que estaba debajo de la almohada de Lucrecia, donde todos

pudieron ver al pobre gallo con sus grillos y cadenas, y los anteojos

que doña Clara le había quitado allí junto a él.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 14 / 52 段