Su excelencia lo hizo así: y como llegase don Diego a la sala del

virrey y hallase en ella a su suegro, cuñados y mujer, quedó absorto,

y más cuando Laura en su presencia contó al virrey lo que en este

caso queda escrito, acabando la plática con decir que ella estaba

desengañada de lo que era el mundo y los hombres; y que así no quería

más batallar con ellos, porque cuando pensaba lo que había hecho y

dónde se había visto, no acababa de admirarse; y que supuesto esto,

ella se quería entrar en un monasterio, sagrado poderoso para valerse

de las miserias a que las mujeres están sujetas.

Oyendo don Diego esto, y negándole al alma el ser causa de tanto mal,

en fin como hombre bien entendido, estimando en aquel punto a Laura

más que nunca y temiendo que ejecutase su determinación, no esperando

él por sí alcanzar de ella cosa alguna, según estaba agraviada, tomó

por medio al virrey, suplicándole pidiese a Laura que volviese con él,

prometiendo la enmienda de allí adelante.

Hízolo el virrey, mas Laura, temerosa de lo pasado, no fue posible que

lo aceptase, antes, más firme en su propósito, dijo que era cansarse en

vano, que ella quería hacer por Dios, que era amante más agradecido, lo

que por un ingrato había hecho; con que este mismo día se entró en la

Concepción, convento noble, rico y santo.

Don Diego desesperado se fue a su casa, y tomando las joyas y dineros

que halló, se partió sin despedirse de nadie de la ciudad, donde a

pocos meses se supo que en la guerra que la majestad de Felipe III

tenía con el duque de Saboya había acabado la vida.

Con grande admiración oyeron todos la discreta maravilla que la hermosa

Nise había referido, y habiéndose sosegado el aplauso y cantado los

músicos, comenzó la hermosa Lisis la maravilla que la tocaba en esta

forma:

NOVELA SEXTA.

EL DESENGAÑADO AMADO, Y PREMIO DE LA VIRTUD.

En la imperial ciudad de Toledo, silla de reyes, y corona de sus

reinos, como lo publica su hermosa fundación, agradable sitio, nobles

caballeros y hermosas damas, hubo no ha muchos años un caballero cuyo

nombre será don Fernando.

Nació de padres nobles y medianamente ricos, y él por sí tan galán,

alentado y valiente que si no desluciera estas gracias de naturaleza

con ser mucho más inclinado a travesuras y vicios que a virtudes,

pudiera ser adorno, alabanza y grandeza de su patria. Desde su tierna

niñez procuraron sus padres criarle e instruirle con las costumbres

que requieren los ilustres nacimientos para que lleven adelante la

nobleza que heredaron de sus pasados; mas estos virtuosos estilos eran

tan pesados para don Fernando, como quien en todo seguía su traviesa

inclinación, sin vencerse en nada; y más que al mejor tiempo le faltó

su padre, con que don Fernando tuvo lugar de dar más rienda a sus

vicios.

Gastó en esto alguna parte de su patrimonio, falta que se veía

mucho, como no era de los más abundantes de su tierra. En medio de

estos vicios y distraimiento de nuestro caballero, le sujetó amor a

la hermosura, donaire y discreción de una dama que vivía en Toledo

medianamente rica y sin comparación hermosa, cuyo nombre será doña

Juana. Sus padres, habiendo pasado de esta a mejor vida, la habían

dejado encomendada a solo su valor, que en Toledo no tenían deudos, por

ser forasteros.

Era doña Juana de veinte años, edad peligrosa para la perdición de una

mujer, por estar entonces la bella vanidad y locura aconsejadas con la

voluntad, causa por que no escuchando a la razón ni al entendimiento,

se dejen cautivar de deseos livianos. Dejábase doña Juana servir y

galantear de algunos caballeros mozos, pareciéndole tener por esta

parte más seguro su casamiento.

De esta dama se aficionó don Fernando con grandes veras; solicitole la

voluntad con papeles, músicas y presentes, balas que asestan luego los

hombres para rendir las flacas fuerzas de las mujeres.

Miraba bien doña Juana a don Fernando y no le pesaba verse querida

de un caballero tan galán y tan noble, pareciéndole que si le pudiese

obligar a ser su marido, sería felicísimamente venturosa, puesto que no

ignoraba sus travesuras, y decía, como dicen algunas (dicen mal), que

eran cosas de mozos; porque el que no tiene asiento a los principios

poco queda que aguardar a los fines.

Era don Fernando astuto y conocía que no se había de rendir doña Juana

menos que casándose, y así daba muestras de desearlo, diciéndolo a

quien le parecía que se lo diría, en particular a las criadas, las

veces que hallaba ocasión de hablarlas.

La dama era asimismo cuerda, y para amartelarle más se hacía de temer,

obligándole con desdenes a enamorarse más, pareciéndole que no hay

tal cebo para la voluntad como las asperezas, las cuales sentía don

Fernando sobre manera, o porque si al principio empezó de burlas ya la

quería de veras, o por haber puesto la mira en rendirla; y le debía de

parecer que perdía de su punto si no vencía su desdén, y más conociendo

de su talle ser poderoso para rendir cualquiera belleza.

Una noche del verano con otros amigos le trajo amor, como otras, a su

calle, les pidió que cantasen, y obedeciendo los músicos cantaron:

De dos premios que ha querido

Dar amor a un desdichado,

Mayor que ser olvidado

Es el ser aborrecido;

Que el que olvida, aquel olvido

En amor puede volver;

Mas quien llega a aborrecer,

Cuando se venga a acordar,

Será para maltratar,

Que no para bien querer.

El olvido es privación

De la memoria importuna,

Consiste en mala fortuna;

Pero no es mala intención:

Mas quien ciego de pasión,

Contra la ley natural,

Aborrece en caso igual,

Más que olvido es el desdén,

Pues sobre no querer bien,

Está deseando mal.

Y si en fin aborrecer

Es agraviar, bien se infiere,

Que el que ingrato aborreciere,

Está cerca de ofender:

Y si hay quien quiera querer

Ser antes aborrecido,

Tome por suyo el partido;

Que si me han de maltratar,

Por no verme despreciar

Quiero anegarme en olvido.

No cantó don Fernando con tan poco acierto estas décimas, si bien

dichas sin propósito, pues hasta entonces no podía juzgar de la

voluntad de su dama si se inclinaba a quererle, si a aborrecerle, que

no hallasen lugar en su pecho sus gracias, que a caer sobre menos

travesuras lucieran mucho. Mas ya determinada a favorecerle, se dejó

ver, que hasta entonces había oído la música encubierta, y dio a

entender con palabras que había estimado sus versos, asistiendo al

balcón mientras se cantaron.

Y con el favor que doña Juana hizo a don Fernando aquella noche, se

partió el más contento que imaginar se puede, pareciéndole que para ser

el primero no había negociado mal respecto del desdén con que siempre

le había tratado; y continuando sus paseos y perseverando en su amor,

acrecentando los regalos, vino a granjear de suerte la voluntad de

la dama que ya era la enamorada y perdida, y don Fernando el que se

dejaba amar y servir (condición de hombre amado y ventura de mujer

rendida), porque aunque don Fernando quería bien a doña Juana, no de

suerte que se rematase ni dejase por su amistad las demás ocasiones.

Venció don Fernando y rindiose doña Juana, y no es maravilla, pues se

vio obligar con la palabra que le dio de ser su esposo, oro con que los

hombres disimulan la píldora amarga de sus engaños.

Vivía la madre de don Fernando, y este fue el inconveniente que puso

para no casarse luego, diciendo que temía disgustarla y que por no

acabarla del todo a fuerza de disgustos era necesario disimular hasta

mejor ocasión.

Creyole doña Juana y de esta suerte sufría con gusto las excusas

que le daba, pareciéndole que ya lo más estaba granjeado, que era la

voluntad de don Fernando, con la cual se aseguraba de cuantos temores

se le ofrecían mientras la fortuna se inclinaba a favorecerla, o porque

ya no podía vivir sin su amante, que era lo más cierto.

En esta amistad pasaron seis meses, dándola don Fernando cuanto había

menester y sustentándole la casa como pudiera la de su misma mujer,

porque con tal intento era admitido.

En este tiempo que doña Juana amaba tan rendida, y don Fernando amaba

como poseedor, y ya la posesión le daba enfado, sucedió que una amiga

de doña Juana, mujer de más de cuarenta y ocho años, si bien muy

agraciada y gallarda y que aún no tenía perdida la belleza que en la

mocedad había alcanzado, animándolo todo con grandísima cantidad de

hacienda que tenía y había granjeado en Roma, Italia y otras tierras

que había corrido, siendo calificada en todas ellas por grandísima

hechicera, aunque esta habilidad no era conocida de todos, porque jamás

la ejercitaba en favor de nadie sino en el suyo, por cuya causa también

doña Juana la ignoraba, si bien por las semejanzas no tenía entera

satisfacción de Lucrecia, que ese era el nombre de esta buena señora,

porque era natural de Roma, mas tan ladina y españolizada como si fuera

nacida y criada en Castilla.

Esta pues, como era muy familiar en casa de doña Juana, con quien se

daba por amiga, se enamoró de don Fernando, tanto como puede considerar

quien sabe lo que es voluntad favorecida del trato, pues no era este el

primer lance que en este particular Lucrecia había tenido.

Procuró que su amante supiese su amor, continuando las visitas a doña

Juana y el mirar tierno a don Fernando, del cual no era entendida,

porque le parecía que ya Lucrecia no estaba en edad para tratar de

galantería ni amores.

Ella, que ya amaba a rienda suelta, viendo el poco cuidado de don

Fernando y el mucho de doña Juana, que sin sospecha de su traición era

estorbo de su deseo, porque como amaba no se apartaba de la causa de

su amor, se determinó la astuta Lucrecia a escribir un papel, del cual

prevenida hasta hallar ocasión, aguardó tiempo, lugar y ventura, que

hallándole, se le dio, el cual decía así:

«Disparate fuera el mío, señor don Fernando, si pretendiera

apartaros del amor de doña Juana, entendiendo que no había de

ser vuestra mujer; mas viendo en vuestras acciones y en los

entretenimientos que traéis que no se extiende vuestra voluntad más

que a gozar de su hermosura, he determinado descubriros mi afición:

yo os amo desde el día que os vi, que un amor tan determinado como

el mío no es menester decirle por rodeos; hacienda tengo con que

regalaros; de esta y de mí seréis dueño: con que os digo cuanto sé

y quiero.

LUCRECIA.»

Leyó don Fernando el papel, y como era vario de condición, aceptó

el partido que le hacía acudiendo desde el mismo día a su casa, no

dejando por esto de ir a la de doña Juana, disfrazando sus visitas para

con Lucrecia, que le quisiera quitar de todo punto de ellas con sus

obligaciones.

Doña Juana, que por las faltas que hacía su amante y haber visto en

Lucrecia acciones de serlo, y también en verla retirada de su casa,

sospechando lo mismo que era, dio en seguirle y escudriñar la causa:

a pocos lances descubrió toda la celada y supo con la frecuencia

que Lucrecia le daba hacienda para que gastase y destruyese: tuvo

sobre esto la dama con su ingrato dueño muchos disgustos, mas todos

sirvieron de hacerse más pesada, más enfadosa y menos querida; porque

don Fernando no dejaba de hacer su gusto ni la pobre señora de

atormentarse, la cual viendo que no servían los enojos más que de

perderle, tomó por partido el disimular hasta ver si conseguía su amor

el fin que deseaba, que no vivía sin don Fernando, cuya tibieza le

traía sin juicio.

Lucrecia se valía de más eficaces remedios, porque acontecía estar el

pobre caballero en casa de doña Juana, y sacarle de ella, ya vestido,

ya desnudo, como lo hallaba el engaño de sus hechizos.

Viendo en fin doña Juana cuán de caída iban sus cosas, quiso hacerle

guerra con las mismas armas, pues las de su hermosura ya podían tan

poco: y andando inquiriendo quién le ayudaría en esta ocasión, no faltó

una amiga que le dio noticia de un estudiante que residía en la famosa

villa de Alcalá, tan ladino en esta facultad que solo en oírle se

prometió dichoso fin.

Y para que los terceros no dilatasen su suerte, quiso ser ella la

mensajera de sí misma; para lo cual (fingiendo haber hecho una

promesa), alcanzada la licencia de don Fernando, que no le fue muy

dificultoso alcanzar, para hacer una novena al glorioso san Diego en su

santo sepulcro, se metió en un coche y fue a buscar lo que le pareció

que sería su remedio, con cartas de la persona que le dio nuevas del

estudiante; del cual, como llegó a Alcalá y a su casa, fue recibida con

mucho agrado, porque con las cartas le puso en las manos veinte escudos.

Contole sus penas la afligida señora, pidiéndole su remedio: a lo cual

respondió el estudiante que, cuanto a lo primero, era menester saber

si se casaría con ella, y que después entraría el apremiarle a que

lo hiciese; y para esto le dio dos sortijas de unas piedras verdes y

la dijo que se volviese a Toledo, y que aquellos anillos los llevase

guardados y que no los pusiese hasta que don Fernando la fuese a ver, y

en viéndole entrar los pusiese en los dedos, las piedras a las palmas,

y tomándole las suyas le tratase de su casamiento; y que advirtiese en

la respuesta que le daba, que él sería con ella dentro de ocho días

y le diría lo que había de hacer en esto; mas que le advertía que se

quitase luego los anillos y los guardase como los ojos, porque los

estimaba en más que un millón.

Con esto, dejándole memoria de su casa y nombre, para que no errase

cuando la fuese a buscar, la más contenta del mundo se volvió a Toledo.

Así como llegó avisó a don Fernando de su venida, el cual recibió esta

nueva con más muestras de pesar que gusto, si bien el estar cargado de

obligaciones le obligó a disimular su tibieza, y así fue luego a verla

por no darle ocasión para que tuviese quejas.

Pues viendo doña Juana lo que le ofrecía su fortuna, y poniéndose

luego sus anillos, conforme a la orden que tenía, tomó las manos a don

Fernando y entre millares de caricias le empezó a decir que cuándo

había de ser el día en que pudiese ella gozarle en servicio de Dios. A

esto respondió don Fernando que si pensara no dar disgusto a su madre

aquella misma noche la hiciera suya; mas que el tiempo haría lo que le

parecía que estaba tan imposible.

Con esta respuesta, y quedarse allí aquella noche, le pareció a doña

Juana que ya estaba la fortuna de su parte y que don Fernando era

ya su marido: quitose sus sortijas y dióselas a la criada que las

guardase. La fregona, que las vio tan lindas y lucidas, púsoselas en las

manos, sacó agua del pozo, fregó y otro día las llevó al río, dando

pavonada con estas, no solo este mas todos los otros que faltaban

hasta venir el estudiante, quitándolas solo para ir delante de su

señora porque no las viera.

Al cabo de este tiempo vino el estudiante a Toledo y fue bien recibido

de doña Juana, la cual, después de haberle regalado, le volvió sus

sortijas y le dijo lo que don Fernando había respondido. El estudiante,

agradecido a todo, se partió otro día, dejándole dicho que él miraría

con atención su negocio y la avisaría qué fin había de tener.

Mas apenas salió el miserable una legua de Toledo cuando los demonios

que estaban en las sortijas se le pusieron delante y derribándole de

la mula le maltrataron, dándole muchos golpes, tantos, que poco le

faltaba para rendir la vida. Decíanle en medio de la fuga:

—Bellaco, traidor, que nos entregaste a una mujer que nos puso en

poder de su criada, que no ha dejado río ni plaza donde no nos ha

traído, sacando agua, fregando con nosotros: de todo esto eres tú el

que tienes la culpa, y así serás el que lo has de pagar. ¿Qué respuesta

piensas darle? ¿Piensas que se ha de casar con ella? No por cierto,

porque juntos como están acá están ardiendo en los infiernos, y de esa

suerte acabarán sin que ni tú ni ella cumpláis vuestro deseo.

Y diciendo esto le dejaron ya por muerto hasta otro día por la mañana

que unos panaderos que venían a Toledo le hallaron ya casi espirando, y

movidos de compasión le pusieron en una mula y le trajeron a la ciudad,

y pusieron en la plaza para ver si lo conocía alguna persona, porque el

pobre no estaba para decir quién era ni dónde lo habían de llevar.

Acertó en este tiempo a ir la criada de doña Juana a comprar de comer

y al punto le conoció, con cuyas nuevas fue luego a su señora, que en

oyéndolo tomó su manto y se fue a la plaza, y como le conoció, le mandó

llevar a su casa para hacerle algunos remedios.

Hízolo así, y acostándole en su cama y llamando los médicos, le

hicieron tal cura que mediante ella fue Dios servido que volviese en

sí. El cual, en el tiempo que duró su mal, contó a doña Juana la causa

de él y la respuesta que los demonios le habían dado de su negocio.

Causó en la dama tal temor el decirle que estaba en el infierno como en

el mundo que bastó para irla desapasionando de su amor, y desapasionada

miró su peligro y así procuró remediarle, tomando otro camino diferente

del que hasta allí había llevado.

Sanó el estudiante de su enfermedad, y antes de partirse a su tierra

le pidió doña Juana que, pues su saber era tanto, que le ayudase a su

remedio. A lo cual el mozo agradecido le prometió hacer cuanto en su

mano fuese.

Es pues el caso que al tiempo que don Fernando se enamoró de ella, la

servía y galanteaba un caballero genovés, hijo de un hombre muy rico

que asistió en la corte, que con sus tratos y correspondencias en toda

Italia había alcanzado con grandes riquezas el título de caballero para

sus hijos. Era segundo, y su padre tenía otro mayor y dos hijas, la una

casada en Toledo y la otra monja.

Pues este mancebo, cuyo nombre era Octavio, que por gozar de la vista

de doña Juana lo más del tiempo asistía en la ciudad con sus hermanas,

y su padre lo tenía por bien, respecto del gusto que ellas tenían con

su vista; como a los principios, por no haber entrado don Fernando en

la pretensión, se había visto más favorecido; y después que doña Juana

cautivó su voluntad, le empezase a dar de mano, y Octavio supiese que

él era la causa de no mirarle bien su dama, determinó de quitarle de en

medio; y así, una noche que don Fernando con otros amigos estaba en la

calle de doña Juana, salió a ellos con otros que le ayudaron y tuvieron

unas crueles cuchilladas, de las cuales salieron de una y otra parte

algunos heridos.

Octavio desafió a don Fernando, el cual ya en este tiempo gozaba a

doña Juana con palabra de esposo: pues como la dama supo el desafío,

temerosa de perder a don Fernando, escribió un papel a Octavio

diciéndole que el mayor extremo de amor que podía hacer con ella era

guardar la vida de su esposo más que la suya misma, porque hiciese

cuenta que la suya no se sustentaba sino con ella, y otras razones tan

discretas y sentidas, de que el enamorado Octavio recibió tanta pasión

que le costó muchos días de enfermedad.

Y para guardar más enteramente el gusto y orden de doña Juana, después

de responder a su papel mil ternezas y lástimas, le dio también palabra

de guardarle, como vería por la obra, y esta misma tarde, vestido de

camino, dijo a doña Juana viéndola en un balcón, casi con lágrimas en

los ojos:

—Ingrata mía, basilisco hermoso de mi vida, adiós para siempre.

Y dejando con esto a Toledo se fue a Génova, donde estuvo algunos días,

y de allí se pasó a servir al rey en el reino de Nápoles.

Pues como doña Juana, dando crédito a lo que el estudiante le decía y

pareciéndole que si Octavio volviera a España sería el que le estaría

más a propósito para ser su marido, así, dando cuenta al estudiante de

esto, le pidió, obligándole con las dádivas, a que le hiciese venir con

sus conjuros y enredos.

El estudiante, escarmentado de la pasada burla, la respondió que él no

había de hacer en eso más de decirle lo que había de hacer para que

consiguiese su deseo, y que dentro de un mes volvería a Toledo y que

conforme le sucediese, le pagaría.

Diole con esto un papel y ordenole que todas las noches se encerrase

en su aposento e hiciese lo que decía; con esto se volvió a Alcalá,

dejando a la dama instruida en lo que había de hacer, la cual, por no

perder tiempo, desde esta misma noche empezó a ejercer su obra.

Tres serían pasadas, cuando (o que las palabras del papel tuviesen la

fuerza que el estudiante había dicho, o que Dios, que es lo más cierto,

quiso con esta ocasión ganar para sí a doña Juana) estando haciendo

su conjuro con la mayor fuerza que sus deseos la obligaban, sintiendo

ruido en la puerta, puso los ojos en la parte donde sonó el rumor y

vio entrar por ella cargado de cadenas y cercado de llamas de fuego a

Octavio, el cual la dijo con espantosa voz:

—¿Qué me quieres, doña Juana? ¿No basta haber sido mi tormento en

vida, sino en muerte? Cánsate ya de la mala vida en que estás, teme

a Dios y la cuenta que has de dar de tus pecados y distraimientos,

y déjame a mí que estoy en las mayores penas que puede pensar una

miserable alma que aguarda en tan grandes dolores la misericordia de

Dios; porque quiero que sepas que, dentro de un año que salí de esta

ciudad, fue mi muerte saliendo de una casa de juego, y quiso Dios que

no fuese eterna. Y no pienses que he venido a decirte esto por la

fuerza de tus conjuros, sino por particular providencia y voluntad de

Dios que me mandó que viniese a avisarte que si no miras por ti, ¡ay de

tu alma!

Diciendo esto, volvió a sus gemidos y quejas, arrastrando sus cadenas,

y se salió de la sala, dejando a doña Juana llena de temor y penas,

no de haber visto a Octavio sino de haberle oído tales razones,

teniéndolas por avisos del cielo, pareciéndole que no estaba lejos su

muerte, pues tales cosas le sucedían.

Considerando pues esto, y dando voces a sus criadas, se dejó caer en

el suelo, vencida de un cruel desmayo; entraron a los gritos, no solo

las criadas mas las vecinas, y aplicándole algunos remedios tornó en

sí para de nuevo volver a su desmayo, porque apenas se le quitaba uno

cuando le volvía otro, y de esta suerte, ya sin juicio, ya con él, pasó

la noche sin atreverse las que estaban con ella a dejarla.

Vino en estas confusiones el día sin que doña Juana tuviese más

alivio, aunque a pura fuerza la habían desnudado y metido en la cama;

y como era de día, vino don Fernando tan admirado de su mal cuanto

lastimado de él; y sentándose sobre su cama, le preguntó la causa y

asimismo qué era lo que sentía.

A lo cual la hermosa doña Juana (siendo mares de llanto sus ojos) le

contó cuanto le había sucedido, así con el estudiante como con Octavio,

sin que faltase un punto en nada, dando fin a su plática con estas

razones:

—Yo, señor don Fernando, no tengo más de una alma, y esa perdida, no

sé qué me queda más que perder: los avisos del cielo ya pasan de uno,

no será razón aguardar a cuando no haya remedio: yo conozco de vuestras

tibiezas, no solo que no os casaréis conmigo, mas que la palabra que

me disteis no fue más de por traerme a vuestra voluntad; dos años

ha que me entretenéis con ella sin que haya más novedad mañana que

hoy: yo estoy determinada de acabar mi vida en religión, que según

los preludios que tengo no durará mucho, y no penséis que por estar

defraudada de ser vuestra mujer escojo este estado, que os doy mi

palabra que aunque con gusto vuestro y de vuestra madre quisiérades que

lo fuera, no aceptara tal, porque desde el punto que Octavio me dijo

que mirase por mi alma, propuse de ser esposa de Dios y no vuestra;

así lo he prometido, y lo que solo quiero de vos es que, atento a las

obligaciones que me tenéis, supuesto que mi hacienda es tan corta que

no bastará a darme el dote y lo demás que es necesario, me ayudéis

con lo que faltare y negociéis mi entrada en la Concepción, que este

sagrado elijo para librarme de los trabajos de este mundo.

Calló doña Juana, dejando a los oyentes admirados y a don Fernando

tan contento que diera la misma vida en albricias (tal le tenían los

embustes de Lucrecia), y abrazando a doña Juana y alabando su intento,

y prometiendo hacer en eso mil finezas, se partió a dar orden en su

entrada en el convento, la cual se concertó en mil ducados, que los

dio don Fernando con mucha liberalidad, con los demás gastos de ajuar

y propinas; porque otros mil que hizo doña Juana de su hacienda los

puso en renta para sus niñerías, y pagando a sus criadas y dándoles sus

vestidos y camisas que repartió con ellas junto con las demás cosas de

la casa, antes de ocho días se halló con el hábito de religiosa, la más

contenta que en su vida estuvo, pareciéndole que había hallado refugio

adonde salvarse, y que escapando del infierno se hallaba en el cielo.

Libre ya don Fernando de esta carga, acudió a casa de Lucrecia con más

puntualidad, y ella, viéndole tan suyo y que ya estaba libre de doña

Juana, no apretaba tanto la fuerza de sus embustes, pareciéndole que

bastaba lo hecho para tenerle asido con su amistad, con lo cual don

Fernando tuvo lugar de acudir a las casas de juego, donde jugaba y

gastaba largo.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 13 / 52 段