menuda celosía, y determinó a volver por su opinión, viendo que la
perdía, en que don Diego por sospechas como en sus versos mostraba,
se la quitaba; y así lo que el amor no pudo hacer hizo este temor de
perder su crédito, y aunque batallando su vergüenza con su amor, se
resolvió a volver por sí, como lo hizo, pues abriendo la ventana le
dijo:
—Milagro fuera, señor don Diego, que siendo amante no fuerais celoso,
pues jamás se halló amor sin celos, mas son los que tenéis tan falsos
que me han obligado a lo que jamás pensé, porque siento mucho ver
mi fama en lenguas de la poesía y en las cuerdas de ese laúd, y lo
que peor es, en boca de ese músico, que siendo criado será fuerza
ser enemigo: yo no os olvido por nadie, que si alguno en el mundo ha
merecido mis cuidados sois vos, y seréis el que me habéis de merecer,
si por ellos aventurase la vida. Disculpe vuestro amor mi desenvoltura
y el verme ultrajar mi atrevimiento, y tenedle desde hoy para llamaros
mío, que yo me tengo por dichosa en ser vuestra. Y creedme que no
dijera esto si la noche con su oscuro manto no me excusara la vergüenza
y colores que tengo en decir estas verdades.
Pidiendo licencia a su turbación, el más alegre de la tierra quiso
responder y agradecer a Laura el enamorado don Diego, cuando sintió
abrir las puertas de la propia casa y saltearle tan brevemente dos
espadas, que a no estar prevenido y sacar también el criado la suya,
pudiera ser que no le dieran lugar para llevar sus deseos amorosos
adelante.
Laura, que vio el suceso y conoció a sus dos hermanos, temerosa de ser
sentida, cerró la ventana y se retiró a su aposento acostándose, más
por disimular que por desear de reposo.
Fue el caso que como don Alejandro y don Carlos oyesen la música, se
levantaron a toda prisa y salieron, como he dicho, con las espadas
desnudas en las manos; las cuales fueron, si no más valientes que las
de don Diego y su criado, a lo menos más dichosas, pues siendo herido
de la pendencia, hubo de retirarse, quejándose de su desdicha, aunque
mejor fuera llamarla ventura, pues fue fuerza que supiesen sus padres
la causa y viendo lo que su hijo granjeaba con tan noble casamiento,
sabiendo que era este su deseo, pusieron terceros que lo tratasen con
el padre de Laura. Y cuando pensó la hermosa Laura que las enemistades
serían causa de eternas discordias, se halló esposa de don Diego.
¿Quién viera este dichoso suceso y considerara el amor de don Diego,
sus lágrimas, sus quejas, y los ardientes deseos de su corazón, que no
tuviese a Laura por muy dichosa? ¿Quién duda que dirán los que tienen
en esperanzas sus pensamientos: «¡Oh, quién fuera tan venturoso que mis
cosas tuvieran tan dichoso fin como el de esta noble dama!»? Y más las
mujeres, que no miran en más inconvenientes que su gusto. Y de la misma
suerte, ¿quién verá a don Diego gozar en Laura un asombro de hermosura,
un extremo de riqueza, un colmo de entendimiento y un milagro de amor,
que no diga que no crió otro más dichoso el cielo?
Pues, por lo menos, siendo las partes iguales, ¿no es fácil de creer
que este amor había de ser eterno? Y lo fuera, si Laura no fuera como
hermosa, desdichada, y don Diego como hombre, mudable; pues a él no le
sirvió el amor contra el olvido ni la nobleza contra el apetito, ni
a ella la valió la riqueza contra la desgracia, la hermosura contra
el remedio, la discreción contra el desdén ni el amor contra la
ingratitud, bienes que en esta edad cuestan mucho y se estiman en poco.
Fue el caso que don Diego antes que amase a Laura había empleado sus
cuidados en Nise, gallarda dama de Nápoles, si no de lo mejor de ella
por lo menos no era de lo peor, ni tan falta de bienes de naturaleza
y fortuna que no la diese muy levantados pensamientos, más de lo que
su calidad merecía, pues los tuvo de ser mujer de don Diego, y a este
título le había dado todos los favores que pudo y él quiso; pues como
los primeros días y aun meses de casado se descuidase de Nise, que todo
cansa a los hombres, procuró con las veras posibles saber la causa, y
diose en eso tal modo en saberla que no faltó quien se lo dijo todo;
demás que como la boda había sido pública y don Diego no pensaba ser su
marido, no se recató de nada.
Sintió Nise con grandísimo extremo ver casado a don Diego, mas al fin
era mujer, y con amor, que siempre olvida agravios aunque sea a costa
de opinión. Procuró gozar de don Diego, ya que no como marido, a lo
menos como amante, pareciéndole no poder vivir sin él; y para conseguir
su propósito solicitó con palabras y obligó con lágrimas a que don
Diego volviese a su casa, que fue la perdición de Laura; porque Nise
supo con tantos regalos enamorarle de nuevo que ya empezó Laura a ser
enfadosa como propia, cansada como celosa y olvidada como aborrecida,
porque don Diego amante, don Diego solícito, don Diego porfiado y,
finalmente, don Diego que decía a los principios ser el más dichoso del
mundo, no solo negó todo esto, mas se negó a sí mismo lo que se debía:
pues los hombres que desprecian tan a las claras están dando alas al
agravio; y llegando un hombre a esto, cerca está de perder el honor.
Empezó a ser ingrato, faltando a la cama y mesa, y no sintiendo los
pesares que daba a su esposa, desdeñó sus favores y la despreció
diciendo libertades, pues es más cordura negar lo que se hace que decir
lo que no se piensa.
Pues como Laura veía tantas novedades en su esposo, empezó con lágrimas
a mostrar sus pesares y con palabras a sentir sus desprecios; y en
dándose una mujer por sentida de los desconciertos de su marido, dese
por perdida, pues como era fuerza decir su sentimiento, daba causa a
don Diego para no solo tratar mal de palabras, mas a poner las manos
en ella. Solo por cumplimiento iba a su casa la vez que iba; tanto la
aborrecía y desestimaba, pues le era el verla más penoso que la muerte.
Quiso Laura saber la causa de estas cosas y no faltó quien le dio larga
cuenta de ellas. Lo que remedió Laura fue el sentirlas más, viéndolas
sin remedio, pues no le hay si el amor se trueca. Lo que ganó en darse
por entendida de las libertades de don Diego fue darle ocasión para
perder más la vergüenza e irse más desenfrenadamente tras sus deseos,
que no tiene más recato el vicioso que hasta que es su vicio público.
Vio Laura a Nise en una iglesia y con lágrimas la pidió desistiese de
su pretensión, pues con ella no aventuraba más que perder la honra y
ser causa de que ella pasase mala vida. Nise, rematada de todo punto
como mujer que ya no estimaba su fama ni temía caer en más bajeza que
en la que estaba, respondió a Laura tan desabridamente que, con lo
mismo que pensó la pobre dama remediar su mal y obligarla, con eso la
dejó más sin remedio y más resuelta a seguir su amor con más publicidad.
Perdió de todo punto el respeto a Dios y al mundo, y si hasta allí con
recato enviaba a don Diego papeles, regalos y otras cosas, ya sin él,
ella y sus criados le buscaban, siendo estas libertades para Laura
nuevos tormentos y firmísimas pasiones, pues ya veía en su desventura
menos remedio que primero: con lo que pasaba sin esperanzas la más
desconsolada vida que decir se puede. Tenía celos: ¡qué milagro!, como
si dijésemos rabiosa enfermedad.
Notaban su padre y hermanos su tristeza y deslucimiento, y viendo la
perdida hermosura de Laura, vinieron a rastrear lo que pasaba y los
malos pasos en que andaba don Diego, y tuvieron sobre el caso muchas
rencillas y disgustos, hasta llegar a pesadumbres declaradas. De esta
suerte andaba Laura algunos días, siendo mientras más pasaban, mayores
las libertades de su marido y menos su paciencia.
Como no siempre se pueden llorar desdichas, quiso, una noche que la
tenían desvelada sus cuidados y la tardanza de don Diego, cantando
divertirlas, y no dudando que estaría don Diego en los brazos de Nise,
tomó una arpa, en que las señoras italianas son muy diestras, y unas
veces llorando y otras cantando, disimulando el nombre de don Diego
con el de Albano, cantó así:
¿Por qué, tirano Albano,
Si a Nise reverencias,
Y a su hermosura ofreces
De tu amor las finezas:
Por qué de sus ojos
Está tu alma presa,
Y a los tuyos su cara
Es imagen bella:
Por qué si en sus cabellos
La voluntad enredas,
Y ella a ti agradecida,
Con voluntad te premia:
Por qué si de su boca,
Caja de hermosas perlas,
Gustos de amor escuchas,
Con que tu gusto aumentas:
A mí que por quererte
Padezco inmensas penas,
Con deslealtad y engaños
Me pagas mis finezas?
Y ya que me fingiste
Amorosas ternezas,
Dejárasme vivir
En mi engaño siquiera.
¿No ves que no es razón
Acertada ni cuerda
Despertar a quien duerme,
Y más cuando pena?
¡Ay de mí desdichada!
¿Qué remedio me queda,
Para que el alma mía
A este su cuerpo vuelva?
Dame el alma, tirano,
Mas ¡ay! no me la vuelvas,
Que más vale que el cuerpo
Por esta causa muera.
Mal haya, amén, mil veces,
Cielo tirano, aquella
Que en prisiones de amor
Prender su alma deja.
Lloremos, ojos míos,
Tantas lágrimas tiernas,
Que del profundo mar
Se cubran las arenas.
Y al son de aquestos celos
Instrumentos de quejas,
Cantaremos llorando
Lastimosas endechas.
Oíd atentamente,
Nevadas y altas peñas,
Y vuestros ecos claros
Me sirvan de respuesta.
Escuchad, bellas aves,
Y con arpadas lenguas
Ayudaréis mis celos
Con dulces cantinelas.
Mi Albano adora a Nise,
Y a mí penar me deja;
Estas sí son pasiones,
Y aquestas sí son penas.
Su hermosura divina
Amoroso celebra,
Y por cielos adora
Papeles de su letra.
¿Qué dirás, Ariadna,
Que lloras y lamentas
De tu amante desvíos,
Sinrazones y ausencias?
Y tú, afligido Fenicio,
Aunque tus carnes veas
Con tal rigor comidas
Por el águila fiera;
Y si, atado al Cáucaso,
Padeces, no lo sientas,
Que mayor es mi daño,
Más fuertes mis sospechas.
Desdichado Ixión,
No sientas de la rueda
El penoso ruido,
Porque mis penas sientas.
Tántalo, que a las aguas,
Sin que gustarlas puedas,
Llegas, y no alcanzas,
Pues huyen si te acercas:
Vuestras penas son pocas,
Aunque más se encarezcan;
Pues no hay dolor que valga,
Sino que celos sean.
Ingrato, plegue al cielo
Que con celos te veas
Rabiando como rabio,
Y que cual yo padezcas.
Y esta enemiga mía
Tantos te dé, que seas
Un Midas de cuidados,
Como el de las riquezas.
¿A quién no enterneciera Laura con quejas tan dulces y bien sentidas,
si no a don Diego, que se preciaba de ingrato? El cual, entrando al
tiempo que ella llegaba con sus endechas a este punto, y las oyese y
entendiese el motivo de ellas, desobligado con lo que pudiera obligarse
y enojado de lo que fuera justo agradecer y estimar, empezó a maltratar
a Laura de palabras diciéndola tales y tan pesadas que la obligó a que,
virtiendo cristalinas corrientes por su hermoso rostro, le dijese:
—¿Qué es esto, ingrato? ¿Cómo das tan largas alas a la libertad de tu
mala vida que, sin temor del cielo ni respeto alguno, te enfadas de lo
que fuera justo alabar? Córrete de que el mundo entienda y la ciudad
murmure tus vicios, tan sin rienda que parece que estás despertando con
ellos tu afrenta y mis deseos.
Si te pesa de que me queje de ti, quítame la causa que tengo para
hacerlo, o acaba con mi cansada vida, ofendida de tus maldades.
¿Así tratas mi amor? ¿Así estimas mis cuidados? ¿Así agradeces mis
sufrimientos? Haces bien, pues no tomo a la causa de estas cosas y la
hago entre mis manos pedazos. ¿Qué espera un marido que hace lo que tú,
sino que su mujer, olvidando la obligación de su honor, se le quite?
No porque yo lo he de hacer aunque más ocasiones me des, que el ser
quien soy y el grande amor que por mi dicha os tengo, no me darán
lugar; mas temo que has de darlo a los viciosos como tú para que
pretendan lo que tú desprecias; y a los maldicientes y murmuradores
para que lo imaginen y digan. Pues ¿quién verá una mujer como yo, y un
hombre como tú, que no tengan tanto atrevimiento como tú descuido?
Palabras eran estas para que don Diego, abriendo los ojos del alma
y del cuerpo, viese la razón de Laura; pero como tenía tan llena
el alma de Nise, como desierta de su obligación, acercándose más a
ella y encendido en una tan infernal cólera, la empezó a arrastrar
por los cabellos y maltratarla de manos; tanto que las perlas de sus
dientes presto tomaron forma de corales, bañados en la sangre que
empezó a sacar en las crueles manos; y no contento con esto, sacó la
daga para salir con ella del yugo tan pesado como el suyo, a cuya
acción las criadas, que estaban procurando apartarle de su señora,
alzaron las voces dando gritos, llamando a su padre y a sus hermanos,
que desatinados y coléricos subieron al cuarto de Laura, y viendo el
desatino de don Diego y la dama bañada en sangre, creyendo don Carlos
que la había herido, arremetió a don Diego, y quitándole la daga de la
mano se la iba a meter por el corazón, si el arriesgado mozo, viendo su
manifiesto peligro, no se abrazara con don Carlos, y Laura haciendo lo
mismo le pidiera que se reportase diciendo:
—¡Ay hermano!, mira que en esa vida está la de tu triste hermana.
Reportose don Carlos y metiéndose su padre por medio apaciguó la
pendencia, y volviéndose a sus aposentos, temiendo don Antonio que
si cada día había de haber aquellas ocasiones, sería perderse, se
determinó no ver por sus ojos tratar mal a una hija tan querida; y así,
otro día tomando su casa, hijos y hacienda, se fue a Piedrablanca,
dejando a Laura en su desdichada vida, tan triste y tierna de verlos
ir que la faltó poco para perderla. Causa porque oyendo decir que en
aquella tierra había mujeres que obligaban por fuerza de hechizos a que
hubiese amor, viendo cada día el de su marido en menoscabo, pensando
remediarse por este camino, encargó que la trajesen una.
No fue muy perezoso el tercero a quien la hermosa y afligida Laura
encargó que le trajese la embustera, y le trajo una a quien la
discreta y cuidadosa Laura, después de obligada con dádivas (sed de
semejantes mujeres), enterneció con lágrimas y animó con promesas,
contándole sus desdichas, y en tales razones la pidió lo que deseaba,
diciéndola:
—Amiga, si tú haces que mi marido aborrezca a Nise y vuelva a tenerme
el amor que al principio de mi casamiento me tuvo, cuando él era
más leal y yo más dichosa, tú verás en mi agradecimiento y liberal
satisfacción de la manera que estimo tal bien, pues pensaré que quedo
corta con darte la mitad de toda mi hacienda. Y cuando esto no baste,
mide tu gusto con mi necesidad y señálate tú misma la paga de este
beneficio, que si lo que yo poseo es poco, me venderé para satisfacerte.
La mujer, asegurando a Laura de su saber, contando milagros en sucesos
ajenos, facilitó tanto su petición que ya Laura se tenía por segura:
a la cual la mujer dijo que había menester (para ciertas cosas que
había de aderezar para traer consigo en una bolsilla) barbas, cabellos
y dientes de un ahorcado; las cuales reliquias con las demás cosas
harían que don Diego mudase la condición, de suerte que se espantaría:
y que la paga no quería que fuese de más valor que conforme a lo que le
sucediese.
—Y creed, señora —decía la falsa enredadora—, que no bastan
hermosuras ni riquezas a hacer dichosas, sin ayudarse de cosas
semejantes a estas, que si supieses las mujeres que tienen paz con sus
maridos por mi causa, desde luego te tendrías por dichosa y asegurarías
tus temores.
Confusa estaba la hermosa Laura viendo que le pedía una cosa tan
difícil para ella, pues no sabía el modo cómo viniese a sus manos,
y así, dándole cien escudos en oro, le dijo que el dinero todo lo
alcanzaba, que los diese a quien la trajese aquellas cosas. A lo cual
replicó la taimada hechicera (que con esto quería entretener la cura,
para sangrar la bolsa de la afligida dama y encubrir su enredo) que
ella no tenía de quien fiarse; demás que estaba la virtud en que ella
lo buscase y se lo diese, y con esto, dejando a Laura en la tristeza y
confusión que se puede pensar, se fue.
Discurriendo estaba Laura cómo podía buscar lo que la mujer pedía, y
hallando por todas partes muchas dificultades, el remedio que halló
fue hacer dos ríos caudalosos sus hermosos ojos, no hallando de quien
poderse fiar, porque le parecía que era afrenta que una mujer como ella
anduviese en tan mecánicas cosas. Con estos pensamientos no hacía sino
llorar; y hablando consigo misma decía, asidas sus blancas manos una
con otra:
—Desdichada de ti, Laura, y cómo fueras más venturosa si como le costó
tu nacimiento la vida a tu madre, fuera también la tuya sacrificio de
la muerte.
¡Oh amor, enemigo de las gentes! Y qué de males han venido por ti al
mundo, y más a las mujeres que, como en todo somos las más perdidosas
y las más fáciles de engañar, parece que solo contra ellas tienes el
poder, o por mejor decir, el enojo.
No sé para qué el cielo me crió hermosa, noble y rica, si todo había
de tener tan poco valor contra la desdicha, sin que tantos dotes de
naturaleza y fortuna me quitasen la mala estrella en que nací.
O, ya que lo soy, ¿para qué me guarda la vida? Pues tenerla un
desdichado más es agravio que ventura. ¿A quién contaré mis penas que
me las remedie? ¿Quién oirá mis quejas que se enternezca? ¿Y quién verá
mis lágrimas que me las enjugue?
Nadie, por cierto, pues mi padre y hermanos por no oírlas me han
desamparado, y hasta el cielo, consuelo de los afligidos, se hace sordo
por no dármele.
¡Ay don Diego! ¿y quién lo pensara? Mas sí debiera pensar, si mirara
que eres hombre, cuyos engaños quitan el poder a los mismos demonios y
hacen ellos lo que los ministros de maldades dejan de hacer.
¿Dónde se hallará un hombre verdadero? ¿En cuál dura la voluntad un
día? Y más si se ven queridos. Mal haya la mujer que en ellos cree,
pues al cabo hallará el pago de su amor, como yo le hallo.
¿Quién es la necia que desea casarse, viendo tantos y tan lastimosos
ejemplos? ¿Cómo es mi ánimo tan poco, mi valor tan afeminado y mi
cobardía tanta que no quito la vida, no solo a la enemiga de mi
sosiego, sino al ingrato que me trata con tanto rigor?
¡Mas, ay, que tengo amor! Y en lo uno temo perderle y en lo otro
enojarle: ¿por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos
para las venganzas, imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras
falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas? ¿Nuestra alma no es
la misma que la de los hombres? Pues si ella es la que da valor al
cuerpo, ¿quién obliga a los nuestros a tanta cobardía?
Yo aseguro que si entendierais que también había en nosotras valor
y fortaleza, no os burlaríais como os burláis; y así, por tenernos
sujetas desde que nacemos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con los
temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza;
dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas.
¡Mas triste de mí! ¿De qué sirven estos pensamientos, pues ya no sirven
para remediar cosas tan sin remedio? Lo que ahora importa es pensar
cómo daré a esta mujer lo que pide.
Diciendo esto, se ponía a pensar qué haría, y luego volvía de nuevo a
sus quejas.
Quien oyera las que está dando Laura, dirá que la fuerza del amor está
en su punto, mas aún faltaba otro extremo mayor, y fue que viendo
cerrar la noche, y viendo ser la más oscura y tenebrosa que en todo
aquel invierno había hecho (respondiendo a su pretensión su opinión),
sin mirar a lo que se ponía y lo que aventuraba si don Diego venía y
la hallaba fuera, diciendo a sus criadas que si venía le dijesen que
estaba en casa de alguna de las muchas señoras que había en Nápoles,
poniéndose un manto de una de ellas, con una pequeña linternilla se
puso en la calle y fue a buscar lo que ella pensaba había de ser su
remedio.
Hay en Nápoles, como una milla apartada de la ciudad, camino de Nuestra
Señora del Arca, imagen muy devota de aquel reino, y el mismo por
donde se va a Piedrablanca, como un tiro de piedra del camino real,
a un lado de él, un humilladero de cincuenta pies de largo y otros
tantos de ancho: la puerta del cual está hacia el camino, y en frente
de ella un altar con una imagen pintada en la misma pared.
Tiene el humilladero estado y medio de alto, el suelo es una fosa de
más de cuatro en hondura que coge toda la dicha capilla, y solo queda
alrededor un poyo de media vara de ancho por el cual se anda todo el
humilladero. A estado de hombre, y menos, hay puestos por las paredes
unos garfios de hierro en los cuales cuelgan a los que ahorcan en la
plaza; y como los tales se van deshaciendo, caen los huesos en aquel
hoyo que, como está sagrado, les sirve de sepultura.
Pues a esta parte tan espantosa guió sus pasos Laura, donde a la sazón
había seis hombres que por salteadores habían ajusticiado pocos días
hacía: la cual, llegando a él con ánimo increíble (que se lo daba
amor), tan olvidada del peligro cuanto acordada de sus fortunas, pues
podía temer si no a la gente con quien iba a negociar a lo menos caer
dentro de aquella profundidad, donde si tal fuera jamás se supiera de
ella.
Ya he contado como el padre y hermanos de Laura, por no verla maltratar
y ponerse en ocasión de perderse con su cuñado, se habían retirado
a Piedrablanca, donde vivían (si no olvidados de ella, a lo menos
desviados de verla).
Estando don Carlos acostado en su cama al tiempo que llegó Laura al
humilladero, despertó con riguroso y cruel sobresalto, dando tales
voces que parecía se le acababa la vida.
Alborotose la casa, vino su padre, acudieron sus criados; todos
confusos y turbados, y solemnizando su dolor con lágrimas le
preguntaban la causa de su mal, la cual estaba escondida aun al mismo
que la sentía.
El cual, vuelto más en sí, levantándose de la cama y diciendo: «En
algún peligro está mi hermana», se comenzó a vestir a toda diligencia,
dando orden a un criado para que luego al punto le ensillase un
caballo, el cual apercibido saltó en él, y sin querer aguardar que le
acompañase algún criado, a todo correr de él partió la vía de Nápoles
con tanta prisa que a la una se halló en frente del humilladero, donde
paró el caballo de la misma suerte que si fuera de piedra.
Procuraba don Carlos pasar adelante, mas era porfiar en la misma
porfía; porque atrás ni adelante era posible volver, antes, como
arrimándole la espuela quería que caminase, el caballo daba unos
bufidos espantosos.
Viendo don Carlos tal cosa, y acordándose del humilladero, volvió a
mirarle, y como vio luz que salía de la linterna que su hermana tenía,
pensó que alguna hechicería le detenía, y deseando saberlo de cierto,
probó si el caballo quería caminar hacia allá, y apenas hizo la acción
cuando el caballo, sin apremio alguno, hizo la voluntad de su dueño; y
llegando a la puerta con su espada en la mano, dijo:
—Quienquiera que sea quien está ahí dentro, salga luego fuera, que si
no lo hace, por vida del rey que no me he de ir de aquí hasta que con
la luz del día vea quién es y qué hace en tal lugar.
Laura, que en la voz conoció a su hermano, pensando que se iría y
mudando cuanto pudo la suya, le respondió:
—Yo soy una pobre mujer, que por cierto caso estoy en este lugar; y
pues no os importa saber quién soy, por amor de Dios que os vayáis: y
creed que si porfiáis en aguardar, me arrojaré luego al punto en esa
sepultura, aunque piense perder la vida y el alma.
No disimuló Laura tanto la habla que su hermano, que no la tenía
tan olvidada como ella pensó, dando una gran voz, acompañada con un
suspiro, dijo:
—¡Ay hermana, grande mal hay, pues tú estás aquí; sal fuera, que no
en vano me decía mi corazón este suceso!
Pues viendo Laura que ya su hermano la había conocido, con el mayor
tiento que pudo, por no caer en la fosa, salió arrimándose a las
paredes, y tal vez a los mismos ahorcados, y llegando donde su hermano
lleno de mil pesares la aguardaba, y no sin lágrimas, se arrojó en sus
brazos, y apartándose a un lado supo de Laura en breves razones la
ocasión que había tenido por venir allá, y ella de él la que le había
traído a tal tiempo; y el remedio que don Carlos tomó fue ponerla
sobre su caballo, y subiendo asimismo él, dar la vuela a Piedrablanca,
teniendo por milagrosa su venida; y lo mismo sintió Laura, mirándose
arrepentida de lo que había hecho.
Cerca de la mañana llegaron a Piedrablanca, donde sabido de su padre
el suceso, haciendo poner un coche, metiéndose en él con sus hijos
e hija, se vino a Nápoles, y derecho al palacio del virrey, a cuyos
pies arrodillado le dijo que, para contar un caso portentoso que había
sucedido, le suplicaba mandase venir allí a don Diego Piñatelo, su
yerno, porque importaba a su autoridad y sosiego.