los menos ilustres de ella. Fuese en casa de su tía, de la cual fue
recibido con mil caricias; supo todo lo sucedido en su ausencia, la
religión de Serafina, su penitente vida, tanto que todos la tenían por
una santa, y la muerte de don Vicente de melancolía de verla religiosa,
arrepentido del desamor que con ella tuvo, debiéndola la prenda mejor
de su honor. Había procurado sacarla del convento y casarse con ella:
y visto que Serafina se determinó a no hacerlo, en cinco días, ayudado
de un tabardillo, había pagado con la vida su ingratitud.
Y sabiendo que doña Gracia, la niña que dejó en guarda a su tía, estaba
en un convento antes que tuviera cuatro años, y que tenía entonces
diez y seis, la fue a ver otro día acompañando a su tía, donde en doña
Gracia halló la imagen de un ángel, tanta era su hermosura, y al paso
de ella su inocencia y simplicidad, tanto que parecía figura hermosa,
mas sin alma.
Y, en fin, en su plática y descuido conoció don Fadrique haber hallado
el mismo sujeto que buscaba, aficionado en extremo de la hermosa
Gracia, y más por parecerse mucho a Serafina su madre. Dio parte de
ello a su tía, la cual desengañada de que no era su hija, como había
pensado, aprobó la elección.
Tomó la hermosa Gracia esta ventura como quien no sabía qué era gusto,
bien, ni mal; porque naturalmente era boba e ignorante, lo cual era
agravio de su mucha belleza, siendo esto lo mismo que deseaba su esposo.
Dio orden don Fadrique en sus bodas, sacando galas y joyas a la novia,
y acomodando para su vivienda la casa de sus padres, herencia de su
mayorazgo, porque no quería que su esposa viviese en la de su tía, sino
de por sí, porque no se cultivase su rudo ingenio.
Recibió las criadas a propósito, buscando las más ignorantes, siendo
este el tema de su opinión, que el mucho saber hacía caer a las mujeres
en mil cosas; y para mí, él no debía de ser muy cuerdo, pues tal
sustentaba, aunque al principio de su historia dije diferente, porque
no sé qué discreto puede apetecer a su contrario, mas a esto le puede
disculpar el temor de su honra, que por sustentarla le obligaba a
privarse de este gusto.
Llegó el día de la boda, salió Gracia del convento admirando los ojos
su hermosura y su simplicidad los sentidos. Solemnizose la boda con
muy grande banquete y fiesta, hallándose en ella todos los mayores
señores de Granada, por merecerlo el dueño. Pasó el día, y despidió
don Fadrique la gente, no quedando sino su familia, y quedando solo
con Gracia, ya aliviada de sus joyas y, como dicen, en paños menores
y solo con un jubón y un faldellín, y resuelto a hacer prueba de la
ignorancia de su esposa, se entró con ella en la cuadra donde estaba
la cama y sentándose sobre ella, le pidió le oyese dos palabras, que
fueron estas:
—Señora mía, ya sois mi mujer, de lo que doy mil gracias al cielo,
para mientras viviéremos; conviene que hagáis lo que ahora os diré, y
este estilo guardaréis siempre: lo uno porque no ofendáis a Dios y lo
otro para que no me deis disgusto.
A esto respondió Gracia con mucha humildad que lo haría muy de
voluntad.
—¿Sabéis —replicó don Fadrique— la vida de los casados?
—Yo, señor, no la sé —dijo Gracia—; decídmela vos, que yo la
aprenderé como el Ave María.
Muy contento don Fadrique de su simplicidad, sacó luego unas armas
doradas y poniéndoselas sobre el jubón, como era peto y espaldar, gola
y brazaletes, sin olvidarse de las manoplas, le dio una lanza y le
dijo que la vida de los casados era que, mientras él dormía, le había
ella de velar paseándose por aquella sala.
Quedó vestida de esta suerte tan hermosa y dispuesta, que daba gusto
verla, porque lo que no había aprovechado en el entendimiento, lo hacía
en el gallardo cuerpo, que parecía con el morrión sobre los ricos
cabellos y con espada ceñida, una imagen de la diosa Palas.
Armada como digo la hermosa dama, le mandó velar mientras dormía, que
lo hizo don Fadrique con mucho respeto, acostándose con mucho gusto y
durmió hasta las cinco de la mañana.
Y a esta hora se levantó, y después de estar vestido, tomó a doña
Gracia en sus brazos, y con muchas ternezas la desnudó y acostó,
diciéndola que durmiese y descansase; y dando orden a las criadas no
la despertasen hasta las once, se fue a misa y luego a sus negocios,
que no le faltaban, respecto de que había comprado un oficio de
veinticuatro. En esta vida pasó más de ocho días, sin dar a entender a
Gracia otra cosa, y ella como inocente entendía que todas las casadas
hacían lo mismo.
Acertó a este tiempo suceder en el lugar algunas contiendas, para lo
cual ordenó el consejo que don Fadrique se partiese por la posta a
hablar al rey, no guardándole las leyes de recién casado la necesidad
del negocio, por saber que como había estado en la corte, tenía en
ella muchos amigos.
Finalmente, no le dio lugar este suceso para más que para llegar a su
casa, vestirse de camino, y subiendo en la posta decirle a su mujer que
mirase que la vida de los casados la misma había de ser en ausencia
suya que había sido en presencia: ella lo prometió hacer así, con lo
cual don Fadrique partió muy contento. Y como a la corte se va por poco
y se está mucho, le sucedió a él de la misma suerte, deteniéndose no
solo días sino meses, pues duró el negocio más de seis.
Prosiguiendo doña Gracia su engaño, vino a Granada un caballero
cordobés a tratar un pleito a la chancillería, y andando por la ciudad
los ratos que tenía desocupados, vio en un balcón de su casa a doña
Gracia las más tardes haciendo su labor, de cuya vista quedó tan
pagado que no hay más que encarecer, sino que cautivo de su belleza la
empezó a pasear.
Y la dama, como ignorante de estas cosas, ni salía ni entraba en
esta pretensión, como quien no sabía las leyes de la voluntad y
correspondencia: de cuyo descuido sentido el cordobés andaba muy
triste, las cuales acciones viendo una vecina de doña Gracia, conoció
por ellas el amor que le tenía a la recién casada; y así un día le
llamó, y sabiendo ser su sospecha verdadera, le prometió solicitarla,
que nunca faltan hoyos en que caiga la virtud.
Fue la mujer a ver a doña Gracia, y después de haber encarecido su
hermosura con mil alabanzas, la dijo como aquel caballero que paseaba
su calle la quería mucho y deseaba servirla.
—Yo lo agradezco en verdad —dijo la dama—, mas ahora tengo muchos
criados y hasta que se vaya alguno no podré cumplir su deseo, aunque
si quiere que yo se lo escriba a mi marido, él por darme gusto podrá
ser que lo reciba.
—Que no, señora —dijo la astuta tercera, conociendo su ignorancia—,
que este caballero es muy noble, tiene mucha hacienda y no quiere le
recibáis por criado, sino serviros con ella, si le queréis mandar que
os envíe alguna joya o regalo.
—¡Ay amiga! —dijo entonces doña Gracia—, tengo yo tantas que muchas
veces no sé dónde ponerlas.
—Pues si así es —dijo la tercera— que no queréis que os envíe nada,
dadle por lo menos licencia para que os visite, que lo desea mucho.
—Venga enhorabuena —dijo la boba señora—, ¿quién se lo quita?
—Señora —replicó ella—, ¿no veis que los criados, si le ven venir de
día públicamente, lo tendrán a mal?
—Pues mirad —dijo doña Gracia—, esta llave es de la puerta falsa del
jardín y aun de toda la casa, porque dicen que es maestra, y llevadla
y entre esta noche, y por una escalera de caracol que hay en él subirá
a la propia sala donde duermo.
Acabó la mujer de conocer su ignorancia y así no quiso más batallar
con ella, sino tomando su llave se fue a ganar las albricias, que
fueron una rica cadena; y aquella noche don Álvaro, que este era su
nombre, entró por el jardín como le habían dicho, y subiendo por
la escalera, así como fue a entrar en la cuadra vio a doña Gracia
armada, como dicen, de punta en blanco y con su lanza, que parecía
una amazona: la luz estaba lejos y no imaginando lo que podía ser,
creyendo que era alguna traición, volvió las espaldas y se fue.
A la mañana dio cuenta a su tercera del suceso, y ella fue luego a ver
a doña Gracia, que la recibió con preguntarla por aquel caballero, que
debía de estar muy malo, pues no había venido por donde le dijo.
—¡Ay mi señora! —dijo ella—, y cómo que vino, mas dice que halló un
hombre armado, que con una lanza se paseaba por la sala.
—¡Ay Dios! —dijo doña Gracia, riéndose muy de voluntad—, ¿no ve que
soy yo, que hago la vida de los casados? Este señor no debe de ser
casado, pues pensó que era hombre; dígale que no tenga miedo, que como
digo, soy yo.
Tornó con esta respuesta a don Álvaro la tercera; el cual la siguiente
noche fue a ver a su dama, y como la vio así la preguntó la causa. Ella
respondió riéndose:
—¿Pues cómo tengo de andar sino de esta suerte para hacer la vida de
los casados?
—¿Qué vida de casados, señora? —respondió don Álvaro—, mirad que
estáis engañada, que la vida de los casados no es esta.
—Pues, señor, esta es la que me enseñó mi marido; mas si vos sabéis
otra más fácil, me holgaré de saberla, que esta que hago es muy cansada.
Oyendo el desenvuelto mozo esta simpleza, la desnudó él mismo, y
acostándose con ella gozó lo que el necio marido había dilatado por
hacer probanza de la inocencia de su mujer.
Con esta vida pasaron todo el tiempo que estuvo don Fadrique en la
corte, que como hubiese acabado los negocios y escribiese que venía, y
don Álvaro hubiese acabado el suyo, se volvió a Córdoba.
Llegó don Fadrique a su casa, y fue recibido de su mujer con mucho
gusto, porque no tenía sentimiento como no tenía discreción. Cenaron
juntos, y como se acostase don Fadrique, por venir cansado, cuando
pensó que doña Gracia se estaba armando para hacer el complimiento de
la orden que la dejó, la vio salir desnuda, y que se entraba con él en
la cama, y admirado de esta novedad la dijo:
—¿Pues cómo no hacéis la vida de los casados?
—Andad, señor —dijo la dama—, ¡qué vida de casados, ni qué nada!
Harto mejor me iba a mí con el otro marido, que me acostaba con él y
me regalaba más que vos.
—¿Pues cómo? —replicó don Fadrique—, ¿habéis tenido otro marido?
—Sí, señor —dijo doña Gracia—, después que os fuisteis vino otro
marido tan galán y tan lindo, y me dijo que él me enseñaría otra vida
de casados mejor que la vuestra.
Y finalmente, le contó cuanto le había pasado con el caballero
cordobés, mas que no sabía qué se había hecho, porque así como vio la
carta de que él venía, no le había visto.
Preguntole el desesperado y necio don Fadrique de dónde era y cómo
se llamaba. Mas a esto respondió doña Gracia que no lo sabía, porque
ella no le llamaba sino «otro marido». Y viendo don Fadrique esto, y
que pensando librarse había buscado una ignorante, la cual no solo le
había agraviado, mas que también se lo decía, tuvo su opinión por mala,
y se acordó de lo que le había dicho la duquesa. Y todo el tiempo que
después vivió alababa las discretas que son virtuosas, porque no hay
comparación ni estimación para ellas; y si no lo son, hacen sus cosas
con recato y prudencia.
Y viendo que ya no había remedio, disimuló su desdicha, pues por su
culpa sucedió: que si en las discretas son malas pruebas, ¿qué pensaba
sacar de las necias? Y procurando no dejar de la mano a su mujer porque
no tornase a ofenderle, vivió algunos años.
Cuando murió, por no quedarle hijos, mandó su hacienda a doña Gracia,
si fuese monja en el monasterio en que estaba Serafina, a la cual
escribió un papel en que le declaraba cómo era su hija. Y escribiendo a
su primo don Juan a Madrid, le envió escrita su historia de la manera
que aquí va.
En fin, don Fadrique, sin poder excusarse por más prevenido que estaba,
y sin ser parte las tierras vistas y los sucesos pasados, vino a caer
en lo mismo que temía, siendo una boba quien castigó su opinión.
Entró doña Gracia monja con su madre, contentas de haberse conocido las
dos; porque como era boba, fácil halló el consuelo, gastando la gruesa
hacienda que le quedó en labrar un grandioso convento, donde vivió con
mucho gusto, y yo le tengo de haber dado fin a esta maravilla.
A los últimos acentos estaba don Alonso de su entretenida y gustosa
maravilla, y todos absortos y elevados en ella, cuando los despertó de
este sabroso éxtasis el son de muchos y muy acordes instrumentos que
en una sala, antes de llegar a esta en que estaban, se tocaron.
Y volviendo a ver quién hacía tan dulce armonía vieron entrar hasta
doce mancebos vestidos de vaqueros y monteras de raso morado y
guarnición de plata, con hachas blancas encendidas en las manos,
danzando diestramente, y después de haber hecho un concertado paseo,
se dividieron en dos órdenes, y uno de ellos, el más airoso y galán,
empezó a danzar solo con una hacha en la mano, y después de dar la
vuelta por la sala, se fue a la hermosa Lisarda y con una cortés
reverencia la sacó a danzar.
Obedeció la dama, y después de ponerla en su puesto, volvió el airoso
mozo a la discreta Matilde, y tras de ella a Nise, y tomando por
compañero a don Juan, como en la danza de la hacha se usa, la danzaron
con grandísimo desenfado y donaire, y dejando la hacha a Lisarda,
vueltas las otras dos damas a sus asientos, prosiguió la dama sacando
a don Miguel, don Lope y don Diego, el cual yendo por la sala, suplicó
a Lisarda sacase a su prima: y ella, como a quien no le estaba mal esta
voluntad, se llegó a la camilla donde Lisis estaba, y con una hermosa
reverencia y muy corteses palabras la suplicó que se sirviese de honrar
la fiesta, pues sus cuartanas eran tan corteses que desde el primer
día que se empezó no la habían molestado.
Obedeció Lisis, más por dar gusto a don Diego que a su prima, y danzó
tan divinamente que a todos dio notable contento, y más a don Diego,
que mientras duró la danza y al volverla a su asiento, le dio a
entender su voluntad, y ella a él cuán agradecida estaba, juntamente
con licencia para tratar con su madre y deudos su casamiento.
Finalmente, mientras los criados de don Diego se aderezaban para
el ridículo entremés, no quedó caballero ni dama en la sala que no
danzase. Empezose a representar, y como para dar lugar se mudasen
algunos asientos, vinieron a sentarse don Diego y don Juan juntos. Y
don Juan como agraviado le dijo a don Diego:
—Favorecido estás de Lisis, y si bien por haber sido pretensor suyo
me pesa, por no verme molestado de sus quejas lo doy por muy bien
empleado: mas bueno fuera haberme dado parte de esto, pues soy mejor
para amigo que para enemigo.
—Así es —replicó don Diego con enfado—, que un poeta, si es enemigo,
es terrible, porque no hay navaja como su pluma; y a Lisis deseo
servir, y como ella es libre, yo con su beneplácito me contento.
Lisarda es vuestro cuidado, debéis contentaros con ella y no querer
una para estimar y otra para maltratar. Licencia tengo de Lisis para
pedirla a su madre para mi esposa, y si de esto os agraviáis, aquí
estoy para daros la satisfacción que quisiéredes y como quisiéredes.
—Soy contento —replicó don Juan—, ya no por Lisis, que pues ella
quiere ser vuestra, yo no quiero sea mía; acabada es sobre esto la
cuestión, sino porque sepáis que si soy poeta con la pluma, soy
caballero con la espada.
—Sea así —dijo don Diego—, mas no es razón que perturbemos el gusto
a estas damas atajando la fiesta; tres días faltan, dejemos que se
acaben y después trataremos de esto donde fuéredes servido.
—Soy contento —dijo don Juan: y con esto se volvieron a ver el
entremés que andaba en los últimos fines.
Bien oyó Lisis lo que había pasado, y aunque quisiera remediarlo, lo
sufrió, viendo que don Juan y don Diego dejaban su desafío para después
de la fiesta, y que había lugar para impedir su intento.
NOCHE TERCERA.
Tenían tan picado el gusto todos aquellos señores y señoras de las
dos sabrosas noches que habían pasado que apenas llegó la tarde de
la tercera, cuando ya empezaron a juntarse en casa de la hermosísima
Lisis, la cual los recibió a todos con su acostumbrada cortesía, y
haciendo señal a los músicos cantaron este soneto, cuyo asunto fue el
rey don Felipe IV:
Sol que en la cuarta esfera al sol le quita
Valor, grandeza, luz y resplandores;
Perla que tuvo ser en los amores
Del sol Felipe, y nácar Margarita;
Fénix que en nuestra España resucita
Para darle más ser, glorias mayores;
Jardín de hermosas purpúreas flores,
Pues que tal flor de lis en ella habita;
Júpiter que gobierna el sacro coro,
Y en dulce ambrosía en luz le baña,
Siendo a sus ninfas músico sonoro;
Y si la vista a la verdad no engaña,
Tierno Cupido con arpones de oro,
Es Felipe sol nuestro y rey de España.
De industria la hermosa Lisis quiso, como ya desengañada de don Juan
y agradecida a don Diego, mudar de estilo en sus versos porque
no causase el tratar de amor ni desamor más disgusto en los dos
competidores, los cuales se miraron a lo falso; si bien Lisarda tenía
tomada la palabra a don Juan de que, gustando a don Diego, serían
amigos: pues viendo Nise que le tocaba a ella la quinta maravilla en
esta tercera noche, ocupando el asiento que para este caso estaba
prevenido, empezó así:
—La fuerza del amor ninguno hay que la ignore, y más si se apodera
de nobles pechos: porque amor es como el sol, que hace los efectos
conforme por do pasa. En mi maravilla se verá claro, la cual es de esta
suerte:
NOVELA QUINTA.
LA FUERZA DEL AMOR.
En Nápoles, insigne y famosa ciudad de Italia por su riqueza, hermosura
y agradable sitio, nobles ciudadanos y gallardos edificios, coronados
de jardines y adornados de cristalinas fuentes, hermosas damas y
gallardos caballeros, nació Laura, peregrino y nuevo milagro de
naturaleza, tanto que entre las más gallardas y hermosas fue tenida
por celestial extremo; pues habiendo escogido los curiosos ojos de la
ciudad entre todas ellas once, y de estas once tres, fue Laura de las
once una, y de las tres una.
Fue tercera en el nacer, pues gozó del mundo después de haber nacido
en él dos hermanos tan nobles y virtuosos como ella hermosa. Murió su
madre del parto de Laura, quedando su padre por gobierno y amparo de
los tres gallardos hijos, que si bien sin madre, la discreción del
padre suplió medianamente esta falta. Era don Antonio (que este es el
nombre de su padre) del linaje y apellido de Carrafa, deudo de los
duques de Nochera, y señor de Piedra Blanca.
Criáronse don Alejandro, don Carlos y Laura con la grandeza y cuidado
que su estado pedía, poniendo su noble padre en esto el cuidado que
requería su estado y riqueza; enseñando a los hijos en las buenas
costumbres y ejercicios que dos caballeros y una tan hermosa dama
merecían, viviendo la bella Laura con el recato y honestidad que a
mujer tan rica y principal era justo, siendo los ojos de su padre y
hermanos y alabanza de la ciudad.
Quien más se señalaba en querer a Laura era don Carlos, el menor de los
hermanos, que la amaba tan tierno que se olvidaba de sí por quererla;
y no era mucho, que las gracias de Laura obligaban, no solo a los que
tan cercano deudo tenían con ella, mas a los que más apartados estaban
de su vista.
No hacía falta su madre para su recogimiento, demás de ser su padre y
hermanos vigilantes guardas de su hermosura; y quien más cuidadosamente
velaba a esta señora eran sus honestos pensamientos: si bien cuando
llegó a la edad de discreción no pudo negar su compañía a las
principales señoras sus deudas, para que Laura pagase a la desdicha lo
que debe la hermosura.
Es costumbre en Nápoles ir las doncellas a los saraos y festines que
en los palacios del virrey y casas particulares se hacen: aunque en
algunas tierras de Italia no lo aprueban por acertado, pues en las
más de ellas se les niega ir a misa, sin que basten a derogar esta
ley que ha puesto en ellas la costumbre las penas que los ministros
eclesiásticos y seglares les imponen.
Salió en fin Laura a ver y ser vista, tan acompañada de hermosura como
de honestidad; aunque a acordarse de Diana no se fiara de su recato.
Fueron sus bellos ojos basiliscos de las almas, su gallardía monstruo
de las vidas, y su riqueza y nobles prendas cebo de los deseos de mil
gallardos y nobles mancebos de la ciudad, pretendiendo por medio de
casamiento gozar de tanta hermosura.
Entre los que pretendían servir a Laura se aventajó don Diego de
Piñatelo, de la noble casa de los duques de Monteleón, caballero rico
y galán. Vio, en fin, a Laura y rindiole el alma con tal fuerza que
casi no la acompañaba, sino solo por no desamparar la vida (tal es la
hermosura mirada en ocasión); túvola don Diego en un festín que se
hacía en casa de un príncipe de los de aquella ciudad, no solo para
verla sino para amarla, y después de amarla darla a entender su amor
tan grande en aquel punto como si hubiera mil años que la amaba.
Úsase en Nápoles llevar a los festines un maestro de ceremonias, el
cual saca a danzar a las damas, y las da al caballero que le parece.
Valiose don Diego en esta ocasión del que en el festín asistía, ¿quién
duda que sería a costa de dinero?, pues apenas calentó con él las manos
al maestro cuando vio en las suyas las de la bella Laura el tiempo que
duró el danzar una gallarda; mas no le sirvió de más que de arderse con
aquella nieve, pues apenas se atrevió a decir: «Señora, yo os adoro»
cuando la hermosa dama, fingiendo justo impedimento, le dejó y se
volvió a su asiento, dando que sospechar a los que miraban y que sentir
a don Diego; el cual quedó tan triste como desesperado, pues en lo que
quedaba del día no mereció que Laura le favoreciese siquiera con los
ojos.
Llegó la noche, que don Diego pasó revolviendo mil pensamientos, ya
animando con la esperanza, ya desesperando con el temor, mientras la
hermosa Laura, tan ajena de sí cuanto propia de su cuidado, llevando en
la vista la gallarda gentileza de don Diego y en la memoria el yo os
adoro que le había oído, ya se determinaba a querer, y ya pidiéndose
estrecha cuenta de su libertad y perdida opinión, como si en solo amar
se hiciese yerro, arrepentida se reprendía a sí misma, pareciéndole
que ponía en condición, si amaba, la obligación de su estado, y si
aborrecía, se obligaba al mismo peligro.
Con estos pensamientos y cuidados empezó a negarse a sí misma el gusto
y a la gente de su casa la conversación, deseando ocasiones para ver
la causa de su descuido; y dejando pasar los días (al parecer de don
Diego) con tanto descuido que no se ocupaba en otra cosa sino en dar
quejas contra el desdén de la enamorada señora, la cual no le daba,
aunque lo estaba, más favores que los de su vista, y esto tan al
descuido y con tanto desdén, que no tenía lugar ni aun para poderle
decir su pena, porque aunque la suya la pudiera obligar a dejarse
pretender, el cuidado con que la encubría era tan grande que a sus más
queridas criadas guardaba el secreto de su amor.
Sucedió que una noche de las muchas que a don Diego le amanecía a las
puertas de Laura, viendo que no le daban lugar para decir su pasión,
trajo a la calle un criado que con un instrumento fuese tercero de
ella, por ser su dulce y agradable voz de las buenas de la ciudad,
procurando declarar en un romance su amor y los celos que le daba un
caballero muy querido de los hermanos de Laura, y que por este respeto
entraba a menudo en su casa.
En fin, el músico, después de haber templado, cantó el romance
siguiente:
Si el dueño que elegiste,
Altivo pensamiento,
Reconoce obligado
Otro dichoso dueño;
¿Por qué te andas perdido,
Sus pisadas siguiendo,
Sus acciones notando,
Su vista pretendiendo?
¿De qué sirve que pidas
Ni su favor al cielo,
Ni al amor imposibles,
Ni al tiempo sus efectos?
¿Por qué a los celos llamas,
Si sabes que los celos,
En favor de lo amado
Imposibles han hecho?
Si a tu dueño deseas
Ver ausente, eres necio
Que por matar, matarte
No es pensamiento cuerdo.
Si a la discordia pides
Que haga lance en su pecho,
Bien ves que a los disgustos
Los gustos vienen ciertos.
Si dices a los ojos
Digan su sentimiento,
Ya ves que alcanzan poco,
Aunque más miren tiernos.
Si quien pudiera darte
En tus males remedio,
Que es amigo piadoso,
Siempre agradecimiento:
También preso le miras
En ese ángel soberbio,
¿Cómo podía ayudarte
En tu amoroso intento?
Pues si de sus cuidados,
Que tuvieras por premio,
Si su dueño dijera:
De ti lástima tengo.
Mira tu dueño, y miras
Sin amor a tu dueño,
Y aun este desengaño,
¿No te muda el intento?
A Tántalo pareces,
Que el cristal lisonjero,
Casi en los labios mira;
Y nunca llega a ellos.
¡Ay Dios, si mereciera
Por tanto sentimiento
Algún fingido engaño,
Por tu muerte temo!
Fueran de purgatorio
Tus penas, pero veo
Que son sin esperanza
Las penas del infierno.
Mas si elección hiciste,
Morir es buen remedio,
Que volver las espaldas
Será cobarde de hecho.