De Madrid partió a Granada, en la cual fue recibido como hijo, y no de

los menos ilustres de ella. Fuese en casa de su tía, de la cual fue

recibido con mil caricias; supo todo lo sucedido en su ausencia, la

religión de Serafina, su penitente vida, tanto que todos la tenían por

una santa, y la muerte de don Vicente de melancolía de verla religiosa,

arrepentido del desamor que con ella tuvo, debiéndola la prenda mejor

de su honor. Había procurado sacarla del convento y casarse con ella:

y visto que Serafina se determinó a no hacerlo, en cinco días, ayudado

de un tabardillo, había pagado con la vida su ingratitud.

Y sabiendo que doña Gracia, la niña que dejó en guarda a su tía, estaba

en un convento antes que tuviera cuatro años, y que tenía entonces

diez y seis, la fue a ver otro día acompañando a su tía, donde en doña

Gracia halló la imagen de un ángel, tanta era su hermosura, y al paso

de ella su inocencia y simplicidad, tanto que parecía figura hermosa,

mas sin alma.

Y, en fin, en su plática y descuido conoció don Fadrique haber hallado

el mismo sujeto que buscaba, aficionado en extremo de la hermosa

Gracia, y más por parecerse mucho a Serafina su madre. Dio parte de

ello a su tía, la cual desengañada de que no era su hija, como había

pensado, aprobó la elección.

Tomó la hermosa Gracia esta ventura como quien no sabía qué era gusto,

bien, ni mal; porque naturalmente era boba e ignorante, lo cual era

agravio de su mucha belleza, siendo esto lo mismo que deseaba su esposo.

Dio orden don Fadrique en sus bodas, sacando galas y joyas a la novia,

y acomodando para su vivienda la casa de sus padres, herencia de su

mayorazgo, porque no quería que su esposa viviese en la de su tía, sino

de por sí, porque no se cultivase su rudo ingenio.

Recibió las criadas a propósito, buscando las más ignorantes, siendo

este el tema de su opinión, que el mucho saber hacía caer a las mujeres

en mil cosas; y para mí, él no debía de ser muy cuerdo, pues tal

sustentaba, aunque al principio de su historia dije diferente, porque

no sé qué discreto puede apetecer a su contrario, mas a esto le puede

disculpar el temor de su honra, que por sustentarla le obligaba a

privarse de este gusto.

Llegó el día de la boda, salió Gracia del convento admirando los ojos

su hermosura y su simplicidad los sentidos. Solemnizose la boda con

muy grande banquete y fiesta, hallándose en ella todos los mayores

señores de Granada, por merecerlo el dueño. Pasó el día, y despidió

don Fadrique la gente, no quedando sino su familia, y quedando solo

con Gracia, ya aliviada de sus joyas y, como dicen, en paños menores

y solo con un jubón y un faldellín, y resuelto a hacer prueba de la

ignorancia de su esposa, se entró con ella en la cuadra donde estaba

la cama y sentándose sobre ella, le pidió le oyese dos palabras, que

fueron estas:

—Señora mía, ya sois mi mujer, de lo que doy mil gracias al cielo,

para mientras viviéremos; conviene que hagáis lo que ahora os diré, y

este estilo guardaréis siempre: lo uno porque no ofendáis a Dios y lo

otro para que no me deis disgusto.

A esto respondió Gracia con mucha humildad que lo haría muy de

voluntad.

—¿Sabéis —replicó don Fadrique— la vida de los casados?

—Yo, señor, no la sé —dijo Gracia—; decídmela vos, que yo la

aprenderé como el Ave María.

Muy contento don Fadrique de su simplicidad, sacó luego unas armas

doradas y poniéndoselas sobre el jubón, como era peto y espaldar, gola

y brazaletes, sin olvidarse de las manoplas, le dio una lanza y le

dijo que la vida de los casados era que, mientras él dormía, le había

ella de velar paseándose por aquella sala.

Quedó vestida de esta suerte tan hermosa y dispuesta, que daba gusto

verla, porque lo que no había aprovechado en el entendimiento, lo hacía

en el gallardo cuerpo, que parecía con el morrión sobre los ricos

cabellos y con espada ceñida, una imagen de la diosa Palas.

Armada como digo la hermosa dama, le mandó velar mientras dormía, que

lo hizo don Fadrique con mucho respeto, acostándose con mucho gusto y

durmió hasta las cinco de la mañana.

Y a esta hora se levantó, y después de estar vestido, tomó a doña

Gracia en sus brazos, y con muchas ternezas la desnudó y acostó,

diciéndola que durmiese y descansase; y dando orden a las criadas no

la despertasen hasta las once, se fue a misa y luego a sus negocios,

que no le faltaban, respecto de que había comprado un oficio de

veinticuatro. En esta vida pasó más de ocho días, sin dar a entender a

Gracia otra cosa, y ella como inocente entendía que todas las casadas

hacían lo mismo.

Acertó a este tiempo suceder en el lugar algunas contiendas, para lo

cual ordenó el consejo que don Fadrique se partiese por la posta a

hablar al rey, no guardándole las leyes de recién casado la necesidad

del negocio, por saber que como había estado en la corte, tenía en

ella muchos amigos.

Finalmente, no le dio lugar este suceso para más que para llegar a su

casa, vestirse de camino, y subiendo en la posta decirle a su mujer que

mirase que la vida de los casados la misma había de ser en ausencia

suya que había sido en presencia: ella lo prometió hacer así, con lo

cual don Fadrique partió muy contento. Y como a la corte se va por poco

y se está mucho, le sucedió a él de la misma suerte, deteniéndose no

solo días sino meses, pues duró el negocio más de seis.

Prosiguiendo doña Gracia su engaño, vino a Granada un caballero

cordobés a tratar un pleito a la chancillería, y andando por la ciudad

los ratos que tenía desocupados, vio en un balcón de su casa a doña

Gracia las más tardes haciendo su labor, de cuya vista quedó tan

pagado que no hay más que encarecer, sino que cautivo de su belleza la

empezó a pasear.

Y la dama, como ignorante de estas cosas, ni salía ni entraba en

esta pretensión, como quien no sabía las leyes de la voluntad y

correspondencia: de cuyo descuido sentido el cordobés andaba muy

triste, las cuales acciones viendo una vecina de doña Gracia, conoció

por ellas el amor que le tenía a la recién casada; y así un día le

llamó, y sabiendo ser su sospecha verdadera, le prometió solicitarla,

que nunca faltan hoyos en que caiga la virtud.

Fue la mujer a ver a doña Gracia, y después de haber encarecido su

hermosura con mil alabanzas, la dijo como aquel caballero que paseaba

su calle la quería mucho y deseaba servirla.

—Yo lo agradezco en verdad —dijo la dama—, mas ahora tengo muchos

criados y hasta que se vaya alguno no podré cumplir su deseo, aunque

si quiere que yo se lo escriba a mi marido, él por darme gusto podrá

ser que lo reciba.

—Que no, señora —dijo la astuta tercera, conociendo su ignorancia—,

que este caballero es muy noble, tiene mucha hacienda y no quiere le

recibáis por criado, sino serviros con ella, si le queréis mandar que

os envíe alguna joya o regalo.

—¡Ay amiga! —dijo entonces doña Gracia—, tengo yo tantas que muchas

veces no sé dónde ponerlas.

—Pues si así es —dijo la tercera— que no queréis que os envíe nada,

dadle por lo menos licencia para que os visite, que lo desea mucho.

—Venga enhorabuena —dijo la boba señora—, ¿quién se lo quita?

—Señora —replicó ella—, ¿no veis que los criados, si le ven venir de

día públicamente, lo tendrán a mal?

—Pues mirad —dijo doña Gracia—, esta llave es de la puerta falsa del

jardín y aun de toda la casa, porque dicen que es maestra, y llevadla

y entre esta noche, y por una escalera de caracol que hay en él subirá

a la propia sala donde duermo.

Acabó la mujer de conocer su ignorancia y así no quiso más batallar

con ella, sino tomando su llave se fue a ganar las albricias, que

fueron una rica cadena; y aquella noche don Álvaro, que este era su

nombre, entró por el jardín como le habían dicho, y subiendo por

la escalera, así como fue a entrar en la cuadra vio a doña Gracia

armada, como dicen, de punta en blanco y con su lanza, que parecía

una amazona: la luz estaba lejos y no imaginando lo que podía ser,

creyendo que era alguna traición, volvió las espaldas y se fue.

A la mañana dio cuenta a su tercera del suceso, y ella fue luego a ver

a doña Gracia, que la recibió con preguntarla por aquel caballero, que

debía de estar muy malo, pues no había venido por donde le dijo.

—¡Ay mi señora! —dijo ella—, y cómo que vino, mas dice que halló un

hombre armado, que con una lanza se paseaba por la sala.

—¡Ay Dios! —dijo doña Gracia, riéndose muy de voluntad—, ¿no ve que

soy yo, que hago la vida de los casados? Este señor no debe de ser

casado, pues pensó que era hombre; dígale que no tenga miedo, que como

digo, soy yo.

Tornó con esta respuesta a don Álvaro la tercera; el cual la siguiente

noche fue a ver a su dama, y como la vio así la preguntó la causa. Ella

respondió riéndose:

—¿Pues cómo tengo de andar sino de esta suerte para hacer la vida de

los casados?

—¿Qué vida de casados, señora? —respondió don Álvaro—, mirad que

estáis engañada, que la vida de los casados no es esta.

—Pues, señor, esta es la que me enseñó mi marido; mas si vos sabéis

otra más fácil, me holgaré de saberla, que esta que hago es muy cansada.

Oyendo el desenvuelto mozo esta simpleza, la desnudó él mismo, y

acostándose con ella gozó lo que el necio marido había dilatado por

hacer probanza de la inocencia de su mujer.

Con esta vida pasaron todo el tiempo que estuvo don Fadrique en la

corte, que como hubiese acabado los negocios y escribiese que venía, y

don Álvaro hubiese acabado el suyo, se volvió a Córdoba.

Llegó don Fadrique a su casa, y fue recibido de su mujer con mucho

gusto, porque no tenía sentimiento como no tenía discreción. Cenaron

juntos, y como se acostase don Fadrique, por venir cansado, cuando

pensó que doña Gracia se estaba armando para hacer el complimiento de

la orden que la dejó, la vio salir desnuda, y que se entraba con él en

la cama, y admirado de esta novedad la dijo:

—¿Pues cómo no hacéis la vida de los casados?

—Andad, señor —dijo la dama—, ¡qué vida de casados, ni qué nada!

Harto mejor me iba a mí con el otro marido, que me acostaba con él y

me regalaba más que vos.

—¿Pues cómo? —replicó don Fadrique—, ¿habéis tenido otro marido?

—Sí, señor —dijo doña Gracia—, después que os fuisteis vino otro

marido tan galán y tan lindo, y me dijo que él me enseñaría otra vida

de casados mejor que la vuestra.

Y finalmente, le contó cuanto le había pasado con el caballero

cordobés, mas que no sabía qué se había hecho, porque así como vio la

carta de que él venía, no le había visto.

Preguntole el desesperado y necio don Fadrique de dónde era y cómo

se llamaba. Mas a esto respondió doña Gracia que no lo sabía, porque

ella no le llamaba sino «otro marido». Y viendo don Fadrique esto, y

que pensando librarse había buscado una ignorante, la cual no solo le

había agraviado, mas que también se lo decía, tuvo su opinión por mala,

y se acordó de lo que le había dicho la duquesa. Y todo el tiempo que

después vivió alababa las discretas que son virtuosas, porque no hay

comparación ni estimación para ellas; y si no lo son, hacen sus cosas

con recato y prudencia.

Y viendo que ya no había remedio, disimuló su desdicha, pues por su

culpa sucedió: que si en las discretas son malas pruebas, ¿qué pensaba

sacar de las necias? Y procurando no dejar de la mano a su mujer porque

no tornase a ofenderle, vivió algunos años.

Cuando murió, por no quedarle hijos, mandó su hacienda a doña Gracia,

si fuese monja en el monasterio en que estaba Serafina, a la cual

escribió un papel en que le declaraba cómo era su hija. Y escribiendo a

su primo don Juan a Madrid, le envió escrita su historia de la manera

que aquí va.

En fin, don Fadrique, sin poder excusarse por más prevenido que estaba,

y sin ser parte las tierras vistas y los sucesos pasados, vino a caer

en lo mismo que temía, siendo una boba quien castigó su opinión.

Entró doña Gracia monja con su madre, contentas de haberse conocido las

dos; porque como era boba, fácil halló el consuelo, gastando la gruesa

hacienda que le quedó en labrar un grandioso convento, donde vivió con

mucho gusto, y yo le tengo de haber dado fin a esta maravilla.

A los últimos acentos estaba don Alonso de su entretenida y gustosa

maravilla, y todos absortos y elevados en ella, cuando los despertó de

este sabroso éxtasis el son de muchos y muy acordes instrumentos que

en una sala, antes de llegar a esta en que estaban, se tocaron.

Y volviendo a ver quién hacía tan dulce armonía vieron entrar hasta

doce mancebos vestidos de vaqueros y monteras de raso morado y

guarnición de plata, con hachas blancas encendidas en las manos,

danzando diestramente, y después de haber hecho un concertado paseo,

se dividieron en dos órdenes, y uno de ellos, el más airoso y galán,

empezó a danzar solo con una hacha en la mano, y después de dar la

vuelta por la sala, se fue a la hermosa Lisarda y con una cortés

reverencia la sacó a danzar.

Obedeció la dama, y después de ponerla en su puesto, volvió el airoso

mozo a la discreta Matilde, y tras de ella a Nise, y tomando por

compañero a don Juan, como en la danza de la hacha se usa, la danzaron

con grandísimo desenfado y donaire, y dejando la hacha a Lisarda,

vueltas las otras dos damas a sus asientos, prosiguió la dama sacando

a don Miguel, don Lope y don Diego, el cual yendo por la sala, suplicó

a Lisarda sacase a su prima: y ella, como a quien no le estaba mal esta

voluntad, se llegó a la camilla donde Lisis estaba, y con una hermosa

reverencia y muy corteses palabras la suplicó que se sirviese de honrar

la fiesta, pues sus cuartanas eran tan corteses que desde el primer

día que se empezó no la habían molestado.

Obedeció Lisis, más por dar gusto a don Diego que a su prima, y danzó

tan divinamente que a todos dio notable contento, y más a don Diego,

que mientras duró la danza y al volverla a su asiento, le dio a

entender su voluntad, y ella a él cuán agradecida estaba, juntamente

con licencia para tratar con su madre y deudos su casamiento.

Finalmente, mientras los criados de don Diego se aderezaban para

el ridículo entremés, no quedó caballero ni dama en la sala que no

danzase. Empezose a representar, y como para dar lugar se mudasen

algunos asientos, vinieron a sentarse don Diego y don Juan juntos. Y

don Juan como agraviado le dijo a don Diego:

—Favorecido estás de Lisis, y si bien por haber sido pretensor suyo

me pesa, por no verme molestado de sus quejas lo doy por muy bien

empleado: mas bueno fuera haberme dado parte de esto, pues soy mejor

para amigo que para enemigo.

—Así es —replicó don Diego con enfado—, que un poeta, si es enemigo,

es terrible, porque no hay navaja como su pluma; y a Lisis deseo

servir, y como ella es libre, yo con su beneplácito me contento.

Lisarda es vuestro cuidado, debéis contentaros con ella y no querer

una para estimar y otra para maltratar. Licencia tengo de Lisis para

pedirla a su madre para mi esposa, y si de esto os agraviáis, aquí

estoy para daros la satisfacción que quisiéredes y como quisiéredes.

—Soy contento —replicó don Juan—, ya no por Lisis, que pues ella

quiere ser vuestra, yo no quiero sea mía; acabada es sobre esto la

cuestión, sino porque sepáis que si soy poeta con la pluma, soy

caballero con la espada.

—Sea así —dijo don Diego—, mas no es razón que perturbemos el gusto

a estas damas atajando la fiesta; tres días faltan, dejemos que se

acaben y después trataremos de esto donde fuéredes servido.

—Soy contento —dijo don Juan: y con esto se volvieron a ver el

entremés que andaba en los últimos fines.

Bien oyó Lisis lo que había pasado, y aunque quisiera remediarlo, lo

sufrió, viendo que don Juan y don Diego dejaban su desafío para después

de la fiesta, y que había lugar para impedir su intento.

NOCHE TERCERA.

Tenían tan picado el gusto todos aquellos señores y señoras de las

dos sabrosas noches que habían pasado que apenas llegó la tarde de

la tercera, cuando ya empezaron a juntarse en casa de la hermosísima

Lisis, la cual los recibió a todos con su acostumbrada cortesía, y

haciendo señal a los músicos cantaron este soneto, cuyo asunto fue el

rey don Felipe IV:

Sol que en la cuarta esfera al sol le quita

Valor, grandeza, luz y resplandores;

Perla que tuvo ser en los amores

Del sol Felipe, y nácar Margarita;

Fénix que en nuestra España resucita

Para darle más ser, glorias mayores;

Jardín de hermosas purpúreas flores,

Pues que tal flor de lis en ella habita;

Júpiter que gobierna el sacro coro,

Y en dulce ambrosía en luz le baña,

Siendo a sus ninfas músico sonoro;

Y si la vista a la verdad no engaña,

Tierno Cupido con arpones de oro,

Es Felipe sol nuestro y rey de España.

De industria la hermosa Lisis quiso, como ya desengañada de don Juan

y agradecida a don Diego, mudar de estilo en sus versos porque

no causase el tratar de amor ni desamor más disgusto en los dos

competidores, los cuales se miraron a lo falso; si bien Lisarda tenía

tomada la palabra a don Juan de que, gustando a don Diego, serían

amigos: pues viendo Nise que le tocaba a ella la quinta maravilla en

esta tercera noche, ocupando el asiento que para este caso estaba

prevenido, empezó así:

—La fuerza del amor ninguno hay que la ignore, y más si se apodera

de nobles pechos: porque amor es como el sol, que hace los efectos

conforme por do pasa. En mi maravilla se verá claro, la cual es de esta

suerte:

NOVELA QUINTA.

LA FUERZA DEL AMOR.

En Nápoles, insigne y famosa ciudad de Italia por su riqueza, hermosura

y agradable sitio, nobles ciudadanos y gallardos edificios, coronados

de jardines y adornados de cristalinas fuentes, hermosas damas y

gallardos caballeros, nació Laura, peregrino y nuevo milagro de

naturaleza, tanto que entre las más gallardas y hermosas fue tenida

por celestial extremo; pues habiendo escogido los curiosos ojos de la

ciudad entre todas ellas once, y de estas once tres, fue Laura de las

once una, y de las tres una.

Fue tercera en el nacer, pues gozó del mundo después de haber nacido

en él dos hermanos tan nobles y virtuosos como ella hermosa. Murió su

madre del parto de Laura, quedando su padre por gobierno y amparo de

los tres gallardos hijos, que si bien sin madre, la discreción del

padre suplió medianamente esta falta. Era don Antonio (que este es el

nombre de su padre) del linaje y apellido de Carrafa, deudo de los

duques de Nochera, y señor de Piedra Blanca.

Criáronse don Alejandro, don Carlos y Laura con la grandeza y cuidado

que su estado pedía, poniendo su noble padre en esto el cuidado que

requería su estado y riqueza; enseñando a los hijos en las buenas

costumbres y ejercicios que dos caballeros y una tan hermosa dama

merecían, viviendo la bella Laura con el recato y honestidad que a

mujer tan rica y principal era justo, siendo los ojos de su padre y

hermanos y alabanza de la ciudad.

Quien más se señalaba en querer a Laura era don Carlos, el menor de los

hermanos, que la amaba tan tierno que se olvidaba de sí por quererla;

y no era mucho, que las gracias de Laura obligaban, no solo a los que

tan cercano deudo tenían con ella, mas a los que más apartados estaban

de su vista.

No hacía falta su madre para su recogimiento, demás de ser su padre y

hermanos vigilantes guardas de su hermosura; y quien más cuidadosamente

velaba a esta señora eran sus honestos pensamientos: si bien cuando

llegó a la edad de discreción no pudo negar su compañía a las

principales señoras sus deudas, para que Laura pagase a la desdicha lo

que debe la hermosura.

Es costumbre en Nápoles ir las doncellas a los saraos y festines que

en los palacios del virrey y casas particulares se hacen: aunque en

algunas tierras de Italia no lo aprueban por acertado, pues en las

más de ellas se les niega ir a misa, sin que basten a derogar esta

ley que ha puesto en ellas la costumbre las penas que los ministros

eclesiásticos y seglares les imponen.

Salió en fin Laura a ver y ser vista, tan acompañada de hermosura como

de honestidad; aunque a acordarse de Diana no se fiara de su recato.

Fueron sus bellos ojos basiliscos de las almas, su gallardía monstruo

de las vidas, y su riqueza y nobles prendas cebo de los deseos de mil

gallardos y nobles mancebos de la ciudad, pretendiendo por medio de

casamiento gozar de tanta hermosura.

Entre los que pretendían servir a Laura se aventajó don Diego de

Piñatelo, de la noble casa de los duques de Monteleón, caballero rico

y galán. Vio, en fin, a Laura y rindiole el alma con tal fuerza que

casi no la acompañaba, sino solo por no desamparar la vida (tal es la

hermosura mirada en ocasión); túvola don Diego en un festín que se

hacía en casa de un príncipe de los de aquella ciudad, no solo para

verla sino para amarla, y después de amarla darla a entender su amor

tan grande en aquel punto como si hubiera mil años que la amaba.

Úsase en Nápoles llevar a los festines un maestro de ceremonias, el

cual saca a danzar a las damas, y las da al caballero que le parece.

Valiose don Diego en esta ocasión del que en el festín asistía, ¿quién

duda que sería a costa de dinero?, pues apenas calentó con él las manos

al maestro cuando vio en las suyas las de la bella Laura el tiempo que

duró el danzar una gallarda; mas no le sirvió de más que de arderse con

aquella nieve, pues apenas se atrevió a decir: «Señora, yo os adoro»

cuando la hermosa dama, fingiendo justo impedimento, le dejó y se

volvió a su asiento, dando que sospechar a los que miraban y que sentir

a don Diego; el cual quedó tan triste como desesperado, pues en lo que

quedaba del día no mereció que Laura le favoreciese siquiera con los

ojos.

Llegó la noche, que don Diego pasó revolviendo mil pensamientos, ya

animando con la esperanza, ya desesperando con el temor, mientras la

hermosa Laura, tan ajena de sí cuanto propia de su cuidado, llevando en

la vista la gallarda gentileza de don Diego y en la memoria el yo os

adoro que le había oído, ya se determinaba a querer, y ya pidiéndose

estrecha cuenta de su libertad y perdida opinión, como si en solo amar

se hiciese yerro, arrepentida se reprendía a sí misma, pareciéndole

que ponía en condición, si amaba, la obligación de su estado, y si

aborrecía, se obligaba al mismo peligro.

Con estos pensamientos y cuidados empezó a negarse a sí misma el gusto

y a la gente de su casa la conversación, deseando ocasiones para ver

la causa de su descuido; y dejando pasar los días (al parecer de don

Diego) con tanto descuido que no se ocupaba en otra cosa sino en dar

quejas contra el desdén de la enamorada señora, la cual no le daba,

aunque lo estaba, más favores que los de su vista, y esto tan al

descuido y con tanto desdén, que no tenía lugar ni aun para poderle

decir su pena, porque aunque la suya la pudiera obligar a dejarse

pretender, el cuidado con que la encubría era tan grande que a sus más

queridas criadas guardaba el secreto de su amor.

Sucedió que una noche de las muchas que a don Diego le amanecía a las

puertas de Laura, viendo que no le daban lugar para decir su pasión,

trajo a la calle un criado que con un instrumento fuese tercero de

ella, por ser su dulce y agradable voz de las buenas de la ciudad,

procurando declarar en un romance su amor y los celos que le daba un

caballero muy querido de los hermanos de Laura, y que por este respeto

entraba a menudo en su casa.

En fin, el músico, después de haber templado, cantó el romance

siguiente:

Si el dueño que elegiste,

Altivo pensamiento,

Reconoce obligado

Otro dichoso dueño;

¿Por qué te andas perdido,

Sus pisadas siguiendo,

Sus acciones notando,

Su vista pretendiendo?

¿De qué sirve que pidas

Ni su favor al cielo,

Ni al amor imposibles,

Ni al tiempo sus efectos?

¿Por qué a los celos llamas,

Si sabes que los celos,

En favor de lo amado

Imposibles han hecho?

Si a tu dueño deseas

Ver ausente, eres necio

Que por matar, matarte

No es pensamiento cuerdo.

Si a la discordia pides

Que haga lance en su pecho,

Bien ves que a los disgustos

Los gustos vienen ciertos.

Si dices a los ojos

Digan su sentimiento,

Ya ves que alcanzan poco,

Aunque más miren tiernos.

Si quien pudiera darte

En tus males remedio,

Que es amigo piadoso,

Siempre agradecimiento:

También preso le miras

En ese ángel soberbio,

¿Cómo podía ayudarte

En tu amoroso intento?

Pues si de sus cuidados,

Que tuvieras por premio,

Si su dueño dijera:

De ti lástima tengo.

Mira tu dueño, y miras

Sin amor a tu dueño,

Y aun este desengaño,

¿No te muda el intento?

A Tántalo pareces,

Que el cristal lisonjero,

Casi en los labios mira;

Y nunca llega a ellos.

¡Ay Dios, si mereciera

Por tanto sentimiento

Algún fingido engaño,

Por tu muerte temo!

Fueran de purgatorio

Tus penas, pero veo

Que son sin esperanza

Las penas del infierno.

Mas si elección hiciste,

Morir es buen remedio,

Que volver las espaldas

Será cobarde de hecho.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 11 / 52 段