guitarra, cantó este romance:
Zagala, cuya hermosura
Mata, enamora y alegra,
Siendo del cielo milagro,
Y gloria de nuestra aldea.
¿Qué pincel habrá tan sabio,
Supuesto que Apeles sea
El que le gobierna y rige,
Para imitar tu belleza?
¿Qué rayos, aunque el sol
Nos dé los de su madeja,
Que igualen a la hermosura
De esas tus castañas trenzas?
¿Qué luces a las que miro
En esas claras estrellas;
Vislumbres que a los diamantes
Eclipsan sus luces bellas?
¿Qué azucenas a tu frente,
Qué arcos de amor a tus cejas,
De viras a tus pestañas,
A tu vista qué saetas?
¿Qué rosas Alejandrinas
A tus mejillas, pues quedan
A su encarnado vencidas,
A su hermosura sujetas?
¿Qué rubíes con esos labios?
Sin duda, zagala, que eran
Con los fines de tu boca
Falsos los de tu cabeza.
Tus palabras son claveles,
Y tus blancos dientes perlas,
De las que llorando el alba,
Borda los campos con ellas.
Cristal tu hermosa garganta,
Columna en que se sustenta
Un cielo donde amor vive,
Si como dios se aposenta.
¿Qué nieve iguala a esas manos,
En cuyas nevadas sierras
Los atrevidos se pierden
Cuando pasarlos intentan?
De lo que encubre el vestido,
Zagala hermosa, quisiera
Decir muchas alabanzas,
Mas no se atreve mi lengua.
Que si cual otra Campaspe,
Mostráis tan divinas prendas;
¡Ay del Apeles que os mira,
Y sin esperanzas de ellas!
Decid, zagala, al Apeles,
Cuyos pinceles se emplean
En trasladar de este cielo
Vuestra hermosura a la tierra,
Que él y yo seremos cortos,
Pincel y plumas se quedan
Sin saber sacar la estampa,
Que al natural se parezca.
Pues el molde en que os formó
La sabia naturaleza,
Ya el mundo no lo posee,
Porque otra cual vos no tenga.
Diamantes, oro, cristal,
Luceros, rosas, azucenas,
Cielos, estrellas, rubíes,
Claveles, jazmines, perlas:
Todo en vuestra presencia
Pierde el valor,
Y sin belleza queda.
¿Qué pincel ni qué pluma
Harán de tal belleza
Breve suma?
Encarecieron doña Ana y su prima la voz y los versos de don Fadrique;
y más doña Violante, que como se sintió alabar, empezó a mirar al
granadino, dejando desde esta tarde empezado el juego de la mesa de
Cupido, y don Fadrique tan aficionado y perdido que por entonces no
siguió la opinión de aborrecer las discretas y temer las astutas,
porque otro día antes de ir con don Juan a la casa de las bellas
primas, envió a doña Ana este papel:
Por cuerda os tiene amor en su instrumento,
Bella y divina prima; y tanto estima
Vuestro suave son, que ya de prima
Os levanta a tercera, y muda intento.
Discreto fue de amor el pensamiento,
Y con vuestro valor tanto se anima,
Que siendo prima, quiere que se imprima
En vuestro ser tan soberano acento.
Bajar a prima suele una tercera,
Mas siendo prima el ser tercera es cosa
Divina, nueva, milagrosa y rara;
Y digo que si Orfeo mereciera
Hacer con vos su música divina,
A los que adormecía enamorara.
Mas, pluma mía, para, que en esta prima bella,
Amor que lo posee canta de ella.
Lo que yo le suplico es que, siendo tercera,
Diga a su bella prima que me quiera.
La respuesta que doña Ana dio a don Fadrique fue decirle que en
eso tenía ella muy poco que hacer, porque doña Violante estaba muy
aficionada a su valor. Con esto quedó tan contento, que ya estaba
olvidado de los sucesos de Serafina y Beatriz.
Pasáronse muchos días en esta voluntad, sin extenderse a más los
atrevimientos amorosos que a solo aquello que sin riesgo del honor se
podía gozar, teniendo estos impedimentos tan enamorado a don Fadrique
que casi estaba determinado a casarse, aunque Violante jamás trató nada
acerca de esto, porque verdaderamente aborrecía el casarse, temerosa de
perder la libertad que entonces gozaba.
Sucedió pues que un día, estándose vistiendo los dos primos para ir a
ver las dos primas, fueron avisados por un recado de sus damas cómo
el esposo de doña Ana era venido tan de secreto que no habían sido
avisadas de su venida, y que esta acción las tenía tan espantadas,
creyendo ellas que no sin causa venía así, sino que le había obligado
algún temeroso designio; que era fuerza hasta asegurarse vivir con
recato; que le suplicaban, que armándose de paciencia, como ellas
hacían, no solo no las visitasen, mas que excusasen el pasar por la
calle hasta tener otro aviso.
Nueva fue esta para ellos pesadísima y que la recibieron con muestras
de mucho sentimiento, y más cuando supieron dentro de cuatro días cómo
se había desposado doña Ana, poniendo el dueño tanta clausura y recato
en la casa, que ni a la ventana era posible verlas ni ellas enviaron
a decirles más palabra, ni aun a saber de su salud, doña Ana por la
ocupación de su esposo y doña Violante por lo que se dirá a su tiempo.
Aguardando nuevo aviso con impacientes ansias y penosos pensamientos
pasaron don Juan y don Fadrique un mes, bien desesperados; y viendo que
no había memoria de su pena, se determinaron a todo riesgo a pasear la
calle y procurar ver a sus damas o alguna criada de su casa. Anduvieron
en fin un día y otro en los cuales veían entrar al marido de doña Ana
en su casa, y con él un hermano suyo estudiante, mozo, y muy galán: mas
no fue posible verlas, ni aun una sombra que pareciese mujer; algunos
criados sí: mas como no eran conocidos, no se atrevían a decirles nada.
Con estas ansias madrugaban y trasnochaban, y un domingo muy de mañana
fue su ventura tal que vieron salir una criada de doña Violante, que
iba a misa, a la cual don Juan llegó a hablar, y ella con mil temores,
mirando a una parte y a otra, después de haberles contado el recato con
que vivían y la celosa condición de su señor, tomando un papel que don
Juan llevaba escrito para cuando hallase alguna ocasión, se fue con la
mayor priesa del mundo: solo les dijo que anduviesen por allí otro día,
que ella procuraría la respuesta.
Ella le llevó a su señora, y leído decía así:
«Más siento el olvido que los celos, porque ellos son mal sin
remedio y él le pudiera tener si dura la voluntad: la mía pide
misericordia, si hay alguna centella del pasado fuego, úsese de
ella en caso tan cruel.»
Leído el papel por las damas, dieron la respuesta a la misma criada,
que como vio a los caballeros se le arrojó por la ventana, y abierto
decía estas palabras:
«El dueño es celoso y recién casado, tanto que aún no ha tenido
lugar de arrepentirse ni descuidarse. Mas él ha de ir dentro de
ocho días a Valladolid a ver unos deudos suyos, entonces pagaré
deudas y daré disculpas.»
Con este papel, a quien los dos primos dieron mil besos, haciéndole
mil devotas recomendaciones, como si fuera oráculo, se entretuvieron
algunos días: mas viendo que ni se les avisaba de lo que en él les
prometía, ni había más novedad que hasta allí en casa de sus señoras,
porque ni en la calle ni en la ventana era posible verlas, tan
desesperados como antes de haberle recibido empezaron a rondar de día
y de noche.
Pues un día que acertó don Juan a entrar en la iglesia del Carmen a oír
misa vio entrar a su querida doña Ana (vista para él harto milagrosa),
y como viese que se entró en una capilla a oír misa la fue siguiendo
los pasos, y a pesar de un escudero que la acompañaba se arrodilló
a su mismo lado, y después de pasar entre los dos largas quejas y
breves disculpas, conforme lo que da lugar la parte donde estaban, le
respondió doña Ana que su marido, aunque decía que se había de ir a
Valladolid, no lo había hecho, mas que ella no hallaba otro remedio
para hablarle un rato despacio, si no era que aquella noche viniese,
que le abriría la puerta, mas que había de venir con él su primo don
Fadrique, el cual se había de acostar con su esposo, en su lugar, y que
para esto hacía mucho al caso el estar enojada con él, tanto que había
muchos días que no le hablaba: y que demás de que el sueño se apoderaba
bastantemente de él, era tanto el enojo que sabía muy cierto que no
echaría de ver la burla: y que aunque su prima pudiera suplir la falta,
era imposible, respecto de que estaba enferma, y que si no era de esta
suerte, que no hallaba modo de satisfacer sus deseos.
Quedó con esto don Juan más confuso que jamás: por una parte veía
lo que perdía y por otra temía que don Fadrique no había de querer
venir en tal concierto. Fuese con esto a su casa, y después de largas
peticiones y encarecimientos le contó lo que doña Ana le había dicho. A
lo cual don Fadrique le respondió que si estaba loco, porque no podía
creer que si tuviera juicio dijera tal disparate.
Y en estas demandas y respuestas, suplicando el uno y excusándose el
otro, pasaron algunas horas: mas viéndole don Fadrique tan rematado
que sacó la espada para matarle, bien contra su voluntad, concedió
con él en ocupar el lugar de doña Ana al lado de su esposo; y así se
fueron juntos a su casa y como llegasen a ella, la dama que estaba
con cuidado, conociendo de su venida que don Fadrique había aceptado
el partido, les mandó abrir, y entrando en fin en una sala, antes de
llegar a la cuadra donde estaba la cama, mandó doña Ana desnudar a don
Fadrique, y obedecía de mal talante: ya descalzo y en camisa, estando
todo sin luz, se entró en la cuadra y poniéndole junto a la cama le
dijo paso que se acostase, y en dejándole allí muy alegre se fue con
su amante a otra cuadra.
Dejémosla y vamos a don Fadrique, que así como se vio acostado al lado
de un hombre, cuyo honor estaba ofendiendo él con suplir la falta de
su esposa, y su primo gozándola, considerando lo que podía suceder,
estaba tan temeroso y desvelado que diera cuanto le pidieran por no
haberse puesto en tal estado; y más cuando suspirando entre sueños el
ofendido marido, dio vuelta hacia donde creyó que estaba su esposa, y
echándole un brazo al cuello, dio muestras de querer llegarse a él;
si bien como esta acción la hacía dormido, no prosiguió adelante: mas
don Fadrique, que se vio en tanto peligro, tomó muy paso el brazo del
dormido y quitándole de sí se retiró a la esquina de la cama, no
culpando a otro que a sí de haberse puesto en tal ocasión por solo el
vano antojo de dos amantes locos.
Apenas se vio libre de esto cuando el engañado marido, extendiendo los
pies, los fue a juntar con los del temeroso compañero, siendo para él
cada acción de estas la muerte.
En fin, el uno procurando llegarse, y apartarse el otro, se pasó la
noche, hasta que ya la luz empezó a mostrarse por los resquicios de
las puertas, poniéndole en cuidado el ver que en vano había de ser
lo padecido, si acababa de amanecer antes que doña Ana viniese: pues
considerando que no le iba en salir de allí menos que la vida, se
levantó lo más presto que pudo y se fue atentando hasta dar con la
puerta, que como llegase a intentar abrirla encontró con doña Ana, que
a este punto la abría, y como le vio con voz alta le dijo:
—¿Dónde vais tan aprisa, señor don Fadrique?
—¡Ay, señora! —respondió con voz baja—, ¿cómo os habéis descuidado
tanto, sabiendo mi peligro? Dejadme salir por Dios, que si despierta
vuestro dueño, no lo libraremos bien.
—¿Cómo salir? —replicó la astuta dama—, por Dios que ha de ver mi
marido con quien ha dormido esta noche, para que vea en qué han parado
sus celos y sus cuidados.
Y diciendo esto, sin poder don Fadrique estorbarlo, respecto de su
turbación y ser la cuadra pequeña, se llegó a la cama, y abriendo una
ventana tiró las cortinas diciendo:
—Mirad, señor marido, con quién habéis pasado la noche.
Puso don Fadrique los ojos en el señor de la cama, y en lugar de ver
el esposo de doña Ana vio a su hermosísima doña Violante, porque el
marido de doña Ana ya caminaba más había de seis días. Parecía la
hermosa dama al alba cuando sale alegrando los campos.
Quedó con la burla de las hermosas primas tan corrido don Fadrique
que no hablaba palabra ni la hallaba a propósito, viéndolas a ellas
celebrar con risa el suceso, contando Violante el cuidado con que le
había hecho estar.
Mas como el granadino se cobrase de su turbación, dándoles lugar
doña Ana, cogió el fruto que había sembrado gozando con su dama muy
regalada vida, no solo estando ausente el marido de doña Ana sino
después de venido, que por medio de una criada entraba a verse con
ella, con harta envidia de don Juan, que como no podía gozar de doña
Ana, le pesaba de las dichas de su primo.
Pasados algunos meses que don Fadrique gozaba de su dama con las
mayores muestras de amor que pensar se puede, tanto que se determinó a
hacerla su esposa si viera en ella voluntad de casarse; mas tratando de
mudar estado, lo atajaba con mil forzosas excusas.
Al cabo de este tiempo, cuando con más descuido estaba don Fadrique de
tal suceso, empezó Violante a aflojar en su amor, tanto que excusaba lo
más que podía el verle: y él celoso, dando la culpa a nuevo empleo, se
hacía más enfadoso y desesperado de verse caído de su dicha cuando más
en la cumbre de ella estaba.
Cohechó con regalos y acarició con promesas una criada, y supo lo que
diera algo por no saberlo, porque la traidora le dijo que se fingiese
malo y que ella daría a entender a su señora que estaba en la cama,
porque descuidada de su venida no estuviese apercibida como otras
noches, y que viniese aquella, que dejaría la puerta abierta.
Podía hacerse eso con facilidad, respecto que Violante desde que
se casó su prima posaba en un cuarto apartado, donde estaba sin
intervenir con doña Ana ni con su marido, cuya condición llevaba mal
doña Violante, que ya enseñada a su libertad no quería tener a quien
guardar decoro, si bien tenía puerta por donde se correspondía con
ellos y comía muchas veces, obligando su agrado a desear el esposo de
doña Ana su conversación.
Es el caso que el hermano del marido de doña Ana, como todo lo demás
del tiempo asistía con él y su cuñada, se aficionó de doña Violante:
ella, obligada de la voluntad de don Fadrique, no había dado lugar a su
deseo; mas ya, o cansada de él o satisfecha de las joyas y regalos
de su nuevo amante, dio al través con las obligaciones del antiguo,
cuyo nuevo entretenimiento fue causa para que le privase de todo punto
de su gloria, no dando lugar a los deseos y afectos de don Fadrique:
pues esta noche que le pareció que por su indisposición estaba seguro,
avisó a su amante, y él vino al punto a gozar de la ocasión. Pues como
don Fadrique hallase la puerta abierta y no le sufriese el corazón
esperar, oyendo hablar, llegó a la de la sala y entrando halló a la
dama ya acostada y al mozo que se estaba descalzando para hacer lo
mismo.
No pudo en este punto la cólera de don Fadrique ser tan cuerda que
no le obligase a entrar con determinación de molerle a palos, por no
ensuciar la espada en un mozuelo de tan pocos años; mas el amante, que
vio entrar aquel hombre tan determinado y se vio desnudo y sin espada,
se bajó al suelo y tomando un zapato le encubrió en la mano, como si
fuese un pistolete, y diciéndole que si no se tenía afuera le mataría,
cobró la puerta, y en poco espacio la calle, dejando a don Fadrique
temeroso de su acción.
Pues como Violante, ya resuelta a perder de todo punto la amistad de
don Fadrique, le viese quedar como helado mirando a la puerta por
donde había salido su competidor, empezó a reír muy de propósito la
burla del zapato.
De esto más ofendido el granadino que de lo demás, no pudo la pasión
dejar de darle atrevimiento, y llegándose a Violante la dio de
bofetadas que la bañó en sangre, y ella perdida de enojo le dijo que
se fuese con Dios, que llamaría a su cuñado y le haría que le costase
caro. Él, que no reparaba en amenazas, prosiguió en su determinada
cólera, asiéndola de los cabellos y trayéndola a mal traer, tanto
que la obligó a dar gritos, a los cuales doña Ana y su esposo se
levantaron y vinieron a la puerta que pasaba a su posada.
Don Fadrique, temeroso de ser descubierto, se salió de aquella casa, y
llegando a la de don Juan, que era también la suya, le contó todo lo
que había pasado y ordenó su partida para el reino de Sicilia donde
supo que iba el duque de Osuna a ser virrey, y acomodándose con él para
este pasaje, se partió dentro de cuatro días, dejando a don Juan muy
triste y pesaroso de lo sucedido.
Llegó don Fadrique a Nápoles, y aunque salió de España con ánimo de
ir a Sicilia, la belleza de esta ciudad le hizo que se quedase en
ella algún tiempo, donde le sucedieron varios y diversos casos, con
los cuales confirmaba la opinión de todas las mujeres que daban en
discretas, destruyendo con sus astucias la opinión de los hombres.
En Nápoles tuvo una dama que todas las veces que entraba su marido le
hacía parecer una artesa arrimada a una pared. De Nápoles pasó a Roma
donde tuvo amistad con otra, que por su causa mató a su marido una
noche y le llevó a cuestas metido en un costal a echarle en el río.
En estas y otras cosas gastó muchos años, habiendo pasado diez y seis
que salió de su tierra. Pues como se hallase cansado de caminar, falto
de dineros, pues apenas tenía los bastantes para volver a España, lo
puso por obra: y como desembarcase en Barcelona, después de haber
descansado algunos días y hecho cuenta con su bolsa, compró una mula
para llegar a Granada, en que partió una mañana solo, por no haber ya
posibilidad para criado.
Poco más habría caminado de cuatro leguas cuando pasando por un hermoso
lugar de quien era señor un duque catalán casado con una dama
valenciana, el cual por ahorrar gastos estaba retirado en su tierra,
al tiempo que don Fadrique pasó por este lugar, llevando propósito de
sestear y comer en otro que estaba más adelante, estaba la duquesa en
un balcón, y como viese aquel caballero caminante pasar algo de prisa
y reparase en su airoso talle, llamó un criado y le mandó que fuese
tras él y de su parte le llamase.
Pues como a don Fadrique le diesen este recado y siempre se preciase
de cortés, y más con las damas, subió a ver qué le mandaba la hermosa
duquesa; ella le hizo sentar y preguntó con mucho agrado de dónde era
y por qué caminaba tan aprisa; encareciendo el gusto que tendría en
saberlo, porque desde que le había visto se había inclinado a amarle, y
así estaba determinada que fuese su convidado porque el duque estaba en
caza.
Don Fadrique, que no era nada corto, después de agradecerle la merced
que le hacía le contó quién era y lo que le había sucedido en
Granada, Sevilla, Madrid, Nápoles y Roma, con los demás sucesos de su
vida, feneciendo la plática con decir que la falta de dinero y cansado
de ver tierras, le volvía a la suya, con propósito de casarse, si
hallase mujer a su gusto.
—¿Cómo ha de ser —dijo la duquesa— la que ha de ser de vuestro gusto?
—Señora —dijo don Fadrique—, tengo más que medianamente lo que he
menester para pasar la vida, y así, cuando la mujer que hubiera de ser
mía no fuera muy rica, no me dará cuidado, como sea hermosa y bien
nacida: lo que más me agrada en las mujeres es la virtud, esa procuro,
que los bienes de fortuna Dios los da y Dios los quita.
—Al fin —dijo la duquesa—, si hallásedes mujer noble, hermosa,
virtuosa y discreta, presto rindiérades el cuello al amable yugo del
matrimonio.
—Yo os prometo, señora —dijo don Fadrique—, que por lo que he
visto, y a mí me ha sucedido, vengo tan escarmentado de las astucias
de las mujeres discretas que de mejor gana me dejaré vencer de una
mujer necia, aunque sea fea, que no de las demás partes que decís. Si
ha de ser discreta una mujer, no ha menester saber más que amar a su
marido, guardarle su honor y criarle sus hijos, sin meterse en más
bachillerías.
—¿Y cómo —dijo la duquesa—, sabrá ser honrada la que no sabe en qué
consiste el serlo? ¿No advertís que el necio peca, y no sabe en qué;
y siendo discreta, sabrá guardarse de las ocasiones? Mala opinión es
la vuestra, que a toda ley una mujer bien entendida es gusto para no
olvidarse jamás, y alguna vez os acordaréis de mí. Mas dejando esto
aparte, yo estoy tan aficionada a vuestro talle y entendimiento que he
de hacer por vos lo que jamás creí de mí.
Y diciendo esto se entró con él a su cámara, donde por más recato quiso
comer con su huésped, de lo cual estaba él tan admirado que ninguno
de los sucesos que había tenido le espantaba tanto. Después de haber
comido y jugado un rato, convidándoles la soledad y el tiempo caluroso,
pasaron con mucho gusto la siesta, tan enamorado don Fadrique de las
gracias y hermosura de la duquesa que ya se quedara de asiento en
aquel lugar si fuera cosa que sin escándalo lo pudiera hacer.
Ya empezaba la noche a tender su manto sobre las gentes cuando llegó
una criada y le dijo cómo el duque era venido. No tuvo la duquesa otro
remedio sino abrir un escaparate dorado que estaba en la misma cuadra,
en que se conservaban las aguas de olor, y entrarle dentro, y cerrando
después con la llave ella se recostó sobre la cama.
Entró el duque, que era hombre de más de cincuenta años, y como la vio
en la cama la preguntó la causa. A lo cual la hermosa dama respondió
que no había otra más de haber querido pasar la calurosa siesta con más
silencio y reposo.
Venía el duque con alientos de cenar, y diciéndoselo a la duquesa,
pidieron que les trajesen la vianda allí donde estaban, y después de
haber cenado con mucho espacio y gusto, la astuta duquesa, deseosa
de hacerle una burla a su concertado amante, le dijo al duque si se
atrevía a decir cuántas cosas se hacían del hierro: y respondiendo que
sí, finalmente, entre la porfía del sí y no, apostaron entre los dos
cien escudos, y tomando el duque la pluma, empezó a escribir todas
cuantas cosas se pueden hacer del hierro: y fue la ventura de la
duquesa tan buena, para lograr su deseo, que jamás el duque se acordó
de las llaves.
La duquesa que vio este descuido y que el duque, aunque ella le decía
mirase si había más, se afirmaba no hacerse más cosas, logró en esto su
esperanza, y poniendo la mano sobre el papel le dijo:
—Ahora, señor, mientras se os acuerda si hay más que decir, os he
de contar un cuento el más donoso que habréis oído en vuestra vida.
Estando hoy en esa ventana, pasó un caballero forastero, el más galán
que mis ojos vieron, el cual iba tan de prisa que me dio deseo de
hablarle y saber la causa: llamele, y venido, le pregunté quién era;
díjome que era granadino y que salió de su tierra por un suceso
que es este —y contole cuanto don Fadrique la había dicho y lo que
había pasado en las tierras que había estado—, feneciendo la plática
con decirme que se iba a casar a su tierra si hallase una mujer boba,
porque venía escarmentado de las discretas. Yo, después de haberle
persuadido a dejar tal propósito, y él dádome bastantes causas para
disculpar su opinión, pardiez, señor, que comió conmigo y durmió la
siesta, y como me entraron a decir que veníades, le metí en ese cajón
en que se ponen las aguas destiladas.
Alborotose el duque, empezando a pedir aprisa las llaves. A lo que
respondió la duquesa con mucha risa:
—Paso, señor, paso, que esas son las que se os olvidaron decir que se
hacen del hierro, que lo demás fuera ignorancia vuestra creer que había
de haber hombre que tales sucesos le hubiesen pasado ni mujer que
tal dijese a su marido. El cuento ha sido porque os acordéis, y así,
pues habéis perdido, dadme luego el dinero, que en verdad que lo he de
emplear en una gala, para que lo que os ha costado tanto susto y a mí
tal artificio, juzguéis como es razón.
—¡Hay tal cosa! —respondió el duque—; demonio sois; miren por qué
modo me ha advertido en mi olvido, yo me doy por vencido.
Y volviendo al tesorero que estaba delante le mandó que diese luego a
la duquesa los cien escudos. Con esto se salió fuera a recibir algunos
de sus vasallos que venían a verle y saber cómo le había ido en la
caza.
Entonces la duquesa, sacando a don Fadrique de su encerramiento, que
estaba temblando la temeraria locura de la duquesa, le dio los cien
escudos ganados y otros ciento suyos, y una cadena con un retrato
suyo, y abrazándole y pidiéndole la escribiese, le mandó sacar por una
puerta falsa, que cuando don Fadrique se vio en la calle, no acababa de
hacerse cruces de tal suceso.
No quiso quedarse aquella noche en el lugar sino pasar a otro, dos
leguas más adelante, donde había determinado ir a comer si no le
hubiera sucedido lo que se ha dicho. Iba por el camino admirando la
astucia y temeridad de la duquesa con la llaneza y buena condición del
duque, y decía entre sí:
—Bien digo yo que a las mujeres el saber las daña. Si esta no se fiara
en su entendimiento, no se atreviera a agraviar a su marido ni a
decírselo: yo me libraré de esto si puedo, o no casándome, o buscando
una mujer tan inocente que no sepa amar ni aborrecer.
Con estos pensamientos entretuvo el camino hasta Madrid, donde vio a
su primo don Juan ya heredero, por muerte de su padre, y casado con su
prima, de quien supo como Violante se había casado y doña Ana ídose
con su marido a las Indias.