hacienda, nobleza y virtud de esta dama no admite si no es la del
matrimonio, aunque fuera el pretendiente el mismo rey, porque ella
tiene veinte y cuatro años; cuatro estuvo casada con un caballero
igual, y dos ha que está viuda; y en este tiempo no ha merecido ninguno
sus paseos doncella, ni su vista casada, ni su voluntad viuda, con
haber muchos pretendientes de este bien. Mas si vuestro amor es de
la calidad que me significáis y queréis que yo le proponga vuestras
prendas, pues para ser su marido no os faltan las que ella puede
desear, lo haré, y podrá ser que entre los llamados seáis el escogido.
Ella es deuda de mi mujer, a cuya causa la hago algunas visitas, y ya
me prometo buen suceso, porque veisla allí, se ha puesto en el balcón,
que no es poca dicha haber favorecido vuestros deseos.
—¡Ay, amigo! —dijo don Fadrique—, ¡y cómo me atreveré yo a pretender
lo que a tantos caballeros de Sevilla ha negado, siendo forastero! Mas
si he de morir a manos de mis deseos, sin que ella lo sepa, muera a
manos de sus desengaños y desdenes; habladla, amigo, y demás de decir
mi nobleza y hacienda le podréis decir que muero por ella.
Con esto dieron los dos vuelta a la calle, haciéndola al pasar una
cortés reverencia; a la cual la bellísima doña Beatriz, que al bajar
del coche vio con el cuidado que la miró don Fadrique, pareciéndole
forastero y viéndole en compañía de don Mateo, con cuidado, luego que
dejó el manto, ocupó la ventana, y viéndose ahora saludar con tanta
cortesía, habiendo visto que mientras hablaban la miraban, hizo otra no
menos cumplida.
Dieron con esto la vuelta a su casa muy contentos de haber visto a doña
Beatriz tan humana, quedando de acuerdo que don Mateo la hablase otro
día en razón del casamiento; mas don Fadrique estaba tal que quisiera
que luego se tratara.
Pasó la noche, y no tan presto como el enamorado caballero quisiera;
dio prisa a su amigo para que fuese a saber las nuevas de su vida o
muerte; y así lo hizo.
Habló en fin a doña Beatriz, proponiéndole todas las calidades del
novio; a lo cual respondió la dama que le agradecía mucho la merced
que le hacía, y a su amigo el desear honrarla con su persona; mas que
ella había propuesto el día que enterró a su dueño no casarse hasta
que pasasen tres años, por guardar más el decoro que debía a su amor,
que por esta causa despedía cuantos le trataban de esto; mas que si
este caballero se atrevía a aguardar el año que le faltaba, que ella
le daba su palabra de que no sería otro su marido; porque si había de
tratar verdad, le había agradado su talle sin afectación, y sobre todo
las relevantes prendas que le había propuesto, porque ella deseaba que
fuese así el que hubiese de ser su dueño.
Con esta respuesta volvió don Mateo a su amigo, no poco contento, por
parecerle que no había negociado muy mal.
Don Fadrique cada hora se enamoraba más, y si bien le desconsolaba la
imaginación de haber de aguardar tanto tiempo, determinó estarse aquel
año en Sevilla, pareciéndole buen premio la hermosa viuda, si llegaba
a alcanzarla: y como iba tan bien abastecido de dineros, aderezó un
cuarto en la casa de su deudo, recibió criados y empezó a echar
galas para despertar el ánimo de su dama; a la cual visitaba tal vez
en compañía de don Mateo, que menos que con él no se le hiciera tanto
favor.
Quiso regalarla, mas no le fue permitido, porque doña Beatriz no
quiso recibir un alfiler: el mayor favor que le hacía, a ruegos de
sus criadas (que no las tenía el granadino mal dispuestas, porque lo
que su ama regateaba el recibir ellas lo hicieron costumbre, y así no
le desfavorecían en este particular su cuidado), era, cuando ellas le
decían que estaba en la calle, salir al balcón, dando luz al mundo con
la belleza de sus ojos; y tal vez acompañarlas de noche por oír cantar
a don Fadrique, que lo hacía diestramente.
Y una, entre muchas, que le dio música, cantó este romance que él
mismo había hecho, porque doña Beatriz no había salido aquel día al
balcón, enojada de que le había visto en la iglesia hablar con una dama.
En fin, él cantó así:
Alta torre de Babel,
Edificio de Nembrot,
Que pensó subir al cielo,
Y en un grande abismo dio.
Parecen mis esperanzas,
Que según atendí yo,
Al cielo de mis deseos,
Llegará su pretensión.
Mas como fue su cimiento
El rapacillo de Amor,
Sin méritos, para ser
Reverenciado por dios.
Mudó como niño al fin
Su traviesa condición,
Siendo ciego para ver
De mi firmeza el valor.
¡Ay mal logrados deseos,
Caídos como Faetón,
Porque quisisteis subiros
Al alto carro del sol!
Esperanzas derribadas,
Marchitas como la flor,
Horas alegres, que ahora
Seréis horas de dolor.
¿Dónde pensabas subir,
Gallarda imaginación,
Si tus alas son de cera,
Y este signo es de León?
Bien pensaste que te diera
Manos y brazos afición;
Vano fue tu pensamiento,
Si en eso se confió.
En el balcón del oriente
Hoy ha salido mi sol,
Encubriendo con nublados
La luz de su perfección.
Caros vende amor sus gustos,
Y si los da es con pensión,
Que son censos al quitar,
Que es la desdicha mayor.
Mueras quemado en mi fuego,
Ciego lince, niño dios,
Mas, perdona, Amor, mi ofensa,
Que humilde a tus pies estoy.
El favor que alcanzó don Fadrique esta noche fue oír a doña Beatriz,
que dijo a sus criadas que ya era hora de recoger, dando a entender con
esto que le había oído, con lo que fue más contento que si le hubieran
hecho señor del mundo.
En esta vida pasó nuestro amante más de seis meses sin que jamás
pudiese alcanzar de doña Beatriz licencia para verla a solas, cuyos
honestos recatos le tenían tan enamorado que no tenía punto de reposo.
Y así una noche que se halló en la calle de su dama, viendo la puerta
abierta, por mirar de más cerca su hermosura se atrevió con algún
recato a entrar en su casa, y sucediole tan bien que sin ser visto de
nadie llegó al cuarto de doña Beatriz, y desde la puerta de un corredor
la vio sentada en su estrado con sus criadas, que estaban velando, y
dando muestras de querer desnudarse para irse a la cama, le pidieron
ellas (como si estuvieran cohechadas de don Fadrique) que cantase un
poco.
A lo que doña Beatriz se excusó con decir que no estaba de humor, que
estaba melancólica; mas una de las criadas, que era más desenvuelta que
las demás, se levantó y entró en una cuadra, de donde salió con una
arpa diciendo:
—A fe, señora, que si hay melancolía, este es el mejor alivio; cante
usted un poco y verá cómo se halla más aliviada.
Decir esto y ponerle la arpa en las manos fue todo uno; y ella por
darlas gusto cantó así:
Cuando el alba muestra
Su alegre risa,
Cuando quita alegre
La negra cortina
Al balcón de oriente,
Porque salga el día:
Cuando muestra hermosa
La madeja rica,
Derramando perlas
Sobre clavellinas;
Y, en fin, cuando el campo
Vierte alegría,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Cuando alegre apresta
La carroza rica,
A Febo que viene
De las playas indias:
Cuando entre cristales,
Claras fuentecillas
Murmuran de engaños,
Aljófar destilan:
Cuando al son del agua
Cantan las ninfas,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Cuando entre claveles
Con claras linfas,
Guarnición de plata
En sus ojos pinta:
Cuando dan las aves,
Con sonoras liras,
Norabuena a Febo
De su hermosa vista:
Cuando en los serranos
Mil gustos se miran,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Fue aquesta zagala
Monstruo de la villa,
De los ojos muerte,
De la muerte vida.
Fiero basilisco,
Causa de desdichas,
Porque con sus desdenes
Veneno tenía:
Cuando a sus donaires,
Que eran sal decían,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Rindió sus desdenes
A la bizarría
De un serrano ingrato,
Que ausente la olvida:
Y cuando él alegre,
Nueva prenda estima,
Bellezas defiende,
Finezas publica:
Hermosuras rinde,
Y a glorias aspira,
Llora ausente de Albano
Celos Marfisa.
Dejó con esto la arpa diciendo que la viniesen a desnudar, dejando a
don Fadrique (que le tenía embelesado el donaire, la voz y dulzura de
la música) como en tinieblas. No tuvo sospecha de la letra, porque como
tal vez se hacen para agradar a un músico, pinta el poeta como quiere.
Y viendo que doña Beatriz se había entrado a acostar, se bajó al portal
para irse a su casa, mas fue en vano, porque el cochero, que posaba
allí en un aposentillo, había cerrado la puerta de la calle, seguro de
que no había quien entrase ni saliese, y se había acostado.
Pesole mucho a don Fadrique, mas viendo que no había remedio se sentó
en un poyo para aguardar la mañana, porque aunque fuera fácil llamar
que le abriese, no quiso, por no poner en opinión ni en lenguas de
criadas la honra de doña Beatriz, pareciéndole que mientras el cochero
abría, siendo de día, se podía esconder en una entrada de cueva.
Dos horas habría que estaba allí, cuando sintiendo ruido en la puerta
del cuarto de su dama, que desde donde estaba sentado se veía la
escalera y corredor, puso los ojos donde sintió el rumor y vio salir a
doña Beatriz, nueva admiración para quien creía que estaba durmiendo.
Traía la dama sobre la camisa un faldellín de vuelta de tabí encarnado
cuya plata y guarnición parecían estrellas, sin traer sobre sí otra
cosa más que un rebocillo del mismo tabí, aforrado en felpa azul,
puesta tan al desgaire que dejaba ver en la blancura de la camisa los
bordados de hilo de pita: sus dorados cabellos cogidos en una redecilla
de seda azul y plata, aunque por algunas partes descompuestos, para
componer con ellos la belleza de su rostro; en su garganta dos hilos de
gruesas perlas, conformes a las que llevaba en sus hermosas muñecas,
cuya blancura se veía sin embarazo por ser la manga de la camisa
suelta, a modo de manga de fraile.
De todo pudo el granadino dar muy bastantes señas; porque doña Beatriz
traía en una de sus blanquísimas manos una bujía de cera encendida, en
un candelero de plata, a la luz de la cual estuvo contemplando en tan
angélica figura, juzgándose por dichoso si fuere él el sujeto que iba a
buscar. En la otra mano traía una salva de plata, y en ella un vidrio
de conserva, y una limetilla con vino, y sobre el brazo una toalla
blanquísima.
—¡Válgame Dios! —decía entre sí don Fadrique, mirándola desde que
salió de su aposento, hasta que la vio bajar por la escalera—, ¿quién
será el venturoso a quién va a servir tan hermosa la maestresala? ¡Ay
si yo fuera, y cómo diera en cambio cuanto vale mi hacienda!
Diciendo esto, como la vio que habiendo acabado de bajar, enderezaba
sus pasos hacia donde estaba, se fue retirando hasta la caballeriza, y
en ella por estar más encubierto, se entró; mas viendo que doña Beatriz
encaminaba sus pasos a la misma parte, se metió detrás de uno de los
caballos del coche.
Entró en fin la dama en tan indecente lugar para tanta belleza, y
sin mirar en don Fadrique, que estaba escondido, enderezó hacia un
aposentillo que al fin de la caballeriza estaba. Creyó don Fadrique de
tal suceso que algún criado enfermo despertaba la caridad y piadosa
condición de doña Beatriz a tal acción; aunque más competente era para
alguna de las muchas criadas que tenía, que no para tal señora: mas
atribuyéndolo todo a cristiandad, quiso ver el fin de todo; y saliendo
de donde estaba caminó tras ella, hasta ponerse en parte que veía todo
el aposento, por ser tan pequeño que apenas cabía una cama.
Grande fue el valor de don Fadrique en tal caso, porque así como llegó
cerca y descubrió todo lo que en el aposento se hacía, vio a su dama
en una ocasión tan terrible para él que no sé cómo tuvo paciencia para
sufrirla.
Es el caso que en una cama que estaba en esta parte que he dicho
estaba echado un negro tan atezado que parecía su rostro hecho de un
bocací. Parecía en la edad de hasta veinte y ocho años, mas tan feo y
abominable, que no sé si fue pasión, o si era la verdad, le pareció que
el demonio no podía serlo tanto. Parecía asimismo en su desflaquecido
semblante que le faltaba poco para acabar la vida, con lo que parecía
más abominable.
Sentose doña Beatriz en entrando sobre la cama, y poniendo sobre
una mesilla la vela y lo demás que llevaba, le empezó a componer la
ropa, pareciendo en la hermosura ella un ángel y él un fiero demonio.
Puso tras esto una de sus hermosísimas manos sobre la frente y con
enternecida y lastimada voz le empezó a decir:
—¿Cómo estás, Antón? ¿No me hablas, mi bien? Oye, abre los ojos, mira
que está aquí Beatriz; toma, hijo mío, come un bocado de esta conserva,
anímate por amor de mí, si no quieres que yo te acompañe en la muerte
como te he querido en la vida: ¿óyesme, amores? ¿No quieres responderme
ni mirarme?
Diciendo esto, derramando por sus ojos gruesas perlas, juntó su rostro
con el del endemoniado negro, dejando a don Fadrique, que la miraba,
más muerto que él, sin saber qué hacerse ni qué decirse, unas veces
determinándose a perderse y otras considerando que lo más acertado era
apartarse de aquella pretensión.
Estando en esto abrió el negro los ojos, y mirando a su ama, con voz
debilitada y flaca la dijo, apartándola con las manos el rostro que
tenía junto con el suyo:
—¿Qué me quieres, señora? Déjame ya, por Dios; ¿qué es esto? ¿Que aun
estando yo acabando la vida me persigues? ¿No basta que tu viciosa
condición me tiene como estoy, sino que quieres que cuando estoy ya
en el fin de mi vida, acuda a cumplir tus viciosos apetitos? Cásate,
señora, cásate y déjame ya a mí, que ni te quiero ver, ni comer lo que
me das.
Y diciendo esto se volvió del otro lado sin querer responder a doña
Beatriz, aunque más tierna y amorosa le llamaba, o fuese que se murió
luego, o no quisiese hacer caso de sus lágrimas y palabras. Doña
Beatriz cansada ya, volvió a su cuarto, la más llorosa y triste del
mundo.
Don Fadrique aguardó a que abriesen la puerta, y apenas la vio abierta,
cuando salió huyendo de aquella casa, tan lleno de confusión y
aborrecimiento cuanto primero de gusto y gloria. Acostose en llegando
a su casa, sin decir nada a su amigo, y saliendo a la tarde dio una
vuelta por la calle de la viuda por ver qué rumor había, a tiempo que
vio sacar a enterrar al negro.
Volviose a su casa, siempre guardando secreto; y en tres o cuatro días
que volvió a pasear la calle, ya no por amor sino por enterarse más de
lo que aún no creía, nunca vio a doña Beatriz: tan sentida la tenía la
muerte de su negro amante. Al cabo de los cuales, estando sobre mesa
hablando con su amigo, entró una criada de doña Beatriz, y en viéndole,
con mucha cortesía le puso en las manos un papel que decía así:
«Donde hay voluntad, poco sirven los terceros; de la vuestra estoy
satisfecha y de vuestras finezas pagada: y así no quiero aguardar
lo que falta del año para daros la merecida posesión de mi persona
y hacienda, y así cuando quisiéredes se podrá efectuar nuestro
casamiento, con las condiciones que fuéredes servido, porque mi
amor y vuestro merecimiento no me dejan reparar en nada. Dios os
guarde.
DOÑA BEATRIZ.»
Tres o cuatro veces leyó don Fadrique este papel y aún no acababa
de creer tal; y así no hacía más que darle vueltas y en su corazón
admirarse de lo que le sucedía, que ya dos veces había estado a pique
de caer en tanta afrenta, y tantas le había descubierto el cielo
secretos tan importantes.
Y como viese claro que la determinada resolución de doña Beatriz nacía
de haber faltado su negro amante, en un punto hizo la suya y se
resolvió a una determinación honrada: y diciendo a la criada que se
aguardase, salió a otra sala, y llamando a su amigo, dijo estas breves
razones:
—Amigo, a mí me importa la vida y la honra salir dentro de una hora
de Sevilla, y no me ha de acompañar más que el criado que traje de
Granada. Esa ropa que ahí queda venderéis después de haberme partido,
y pagaréis con el dinero que dieren por ella a los demás criados: el
porqué no os puedo decir, porque hay opiniones de por medio; y ahora,
mientras escribo un papel, buscadme dos mulas y no queráis saber más.
Y luego, escribiendo un papel a doña Beatriz y dándole a la criada
que le llevase a su ama, y habiéndole ya traído las mulas se puso de
camino, y saliendo de Sevilla tomó el de Madrid con su antiguo tema
de abominar de las mujeres discretas, que fiadas en su saber, procuran
engañar a los hombres.
Dejémosle ir hasta su tiempo y volvamos a doña Beatriz, que en
recibiendo el papel, vio que decía así:
«La voluntad que yo he tenido a usted ha sido solo con deseo de
poseer su belleza; porque he llevado la mira a su honra y opinión,
como lo han dicho mis recatos. Yo, señora, soy algo escrupuloso,
y haré cargo de conciencia en que usted, viuda anteayer, se case
hoy; aguarde usted siquiera otro año a su negro malogrado, que a su
tiempo se tratará de lo que usted dice, cuya vida guarde el cielo.»
Pensó doña Beatriz perder con este papel su juicio, mas viendo que don
Fadrique era ido, dio el sí a un caballero que le habían propuesto,
remediando con el marido la falta del muerto amante.
Por sus jornadas contadas (como dicen) llegó don Fadrique a Madrid y
fuese a posar a los barrillos del Carmen, en casa de un tío suyo que
tenía allí casas propias.
Era este caballero rico y tenía para heredero de su hacienda un solo
hijo, llamado don Juan, gallardo mozo, y demás de su talle, discreto y
muy afable.
Teníale su padre desposado con una prima suya muy rica, aunque el
matrimonio se dilataba hasta que la novia tuviese edad, porque la que
en este tiempo alcanzaba era diez años.
Con este caballero tomó don Fadrique tanta amistad que pasaba el amor
del parentesco, que en pocos días se trataban como hermanos. Andaba
don Juan muy melancólico, en lo cual reparando don Fadrique, después
de haberle obligado con darle cuenta de su vida y sucesos, sin nombrar
parte, por parecerle que no es verdadera amistad la que tenía reservado
algún secreto a su amigo, le rogó le dijese de qué procedía aquella
tristeza. Don Juan, que no deseaba otra cosa, por sentir menos su mal
comunicándole, le respondió:
—Amigo don Fadrique, yo amo tiernamente una dama de esta corte, a la
cual dejaron sus padres mucha hacienda con obligación de que se casase
con un primo suyo que está en Indias.
No ha llegado nuestro honesto amor a más que una conversa, reservando
el premio de él para cuando venga su esposo, porque ahora ni su estado
ni el mío dan lugar a más amorosas travesuras; pues aunque no gozo de
mi esposa, me sirve de cadena para no disponer de mí.
Deciros su hermosura será querer cifrar la misma belleza a breve suma,
pues su entendimiento es tal que en letras humanas no hay quien la
aventaje: finalmente, doña Ana (que este es su nombre) es el milagro
de esta edad, porque ella y doña Violante su prima son las sibilas de
España, entrambas bellas, discretas, músicas y poetas. En fin, en las
dos se halla lo que en razón de belleza y discreción está repartido en
todas las mujeres.
Hanle dicho a doña Ana que yo galanteo una dama, cuyo nombre es Nise,
porque el domingo pasado me vieron hablar con ella en San Ginés, donde
acude. En fin, muy celosa me dijo ayer que me estuviese en mi casa y no
volviese a la suya. Porque sabe que me abraso de celos cuando nombra
a su esposo, me dijo enojada que en solo él adora y que le espera con
mucho gusto y cuidado.
Escribile sobre esto un papel, y en su respuesta me envió otro, que es
este, porque en hacer versos es tan extremada como en lo demás.
Esto dijo, sacando un papel, el cual tomándole don Fadrique, vio que
era de versos, a que naturalmente era aficionado, y que decía así:
Tus sinrazones, Lisardo,
Son tantas, que ya me fuerza
Mi agravio a darte la culpa,
Y quedarme con la pena.
Mas no me quiero poner
Con tu ingratitud en cuentas,
Porque siempre los ingratos
Ceros por números dejan.
Preside apetito solo,
Lisardo, y es bien que tema,
Que cuentas de obligaciones,
A todas horas las niega.
Y así no quiero traerte
A la memoria mis penas;
Pues jamás diste recibo
De cosa que tanto pesa.
Vayan al aire suspiros,
Pues lo son, y no se metan
En contar, pues no los llaman,
Cuántos sus millares sean.
Las lágrimas a la mar,
Los cuidados a mis quejas,
Y mi afición a tu hielo,
Para que quede sin fuerzas.
Decir, Lisardo, que ya,
Por entretener ausencias,
Esfuerzo mi voluntad,
Engáñante tus quimeras.
Si quisiera entretenerme,
Pastores tiene la aldea,
Que aunque les doy disfavores,
Mis pobres partes celebran,
En quien pudiera escoger
Alguno que me tuviera
Con amor entretenida,
Y con interés contenta.
Y tú, Lisardo, aunque alcanzas
Favores que otros desean,
Tan solo no los estimas,
Sino que ya los desprecias.
Lisardo, creyera yo
Que la mujer de mis prendas
Con solo un mirar suave,
Favor y premio te diera.
Mas como siempre quisiste
Ser ingrato a mis finezas,
Ni estimas mi voluntad,
Ni con la tuya me premias.
Que no sabes qué es amor,
Tengo por cosa muy cierta;
No has entrado en los principios,
Y ya los fines deseas.
Lo que da lugar mi estado
Te favorezco, no quieras
Que me alargue a más, si el tuyo
Tiene a mi gusto la rienda.
Y temas que el mayoral,
Que ha de ser mi dueño, venga:
Si tu remedio aborreces,
Lisardo, ¿de qué te quejas?
Pides salud, y si aplico
El remedio, desesperas;
Eso es querer que te sangren,
Sin que te rompan la vena.
Lo cierto es que ya, Lisardo,
Te mata nueva nobleza,
Y haces mi amor achacoso,
Ya lo entiendo, no soy necia.
Maldiga, Lisardo, el cielo,
A quien con gracias ajenas,
A lo que adora enamora,
Tal como a mí le suceda.
Canta el músico en la calle,
Hace versos el poeta,
Apasiónase la dama,
Y olvida al que la requiebra.
Ya conozco tus engaños,
Ya conozco tus cautelas,
Mas pues yo te alabé a Nise,
¿Qué mucho que tú la quieras?
Goces, ingrato Lisardo,
Mil años de su belleza,
Tantos favores te rinda,
Como a mí me matan penas.
Bebe sus dulces engaños,
Los míos amargos deja,
Que yo al tiempo de mi fe
Pienso colgar la cadena.
Desde allí estaré mirando,
Como el que mira al que juega,
Al naipe en que aventuras
Tu verdad y tu cautela.
No me quejo de este agravio,
Lisardo, porque mis quejas
No te volverán amante,
Y es darte venganza en ellas.
Tú estás muy bien empleado,
Porque sus tinadas hebras
Es ébano en que se engasta
Su hermosura y sus finezas.
Sus ojos, negros luceros,
En cuyas niñas traviesas
Hallará tu guerra paz,
Y bonanza tu tormenta.
Tú vestirás sus colores,
Con que saldrás, aunque negras,
Más galán que con las mías,
Pues con gusto las desprecias.
Podrás tomar por devoto,
Para alivio de tus penas,
Al glorioso san Ginés,
Que es de tu Nise la iglesia.
Con esto pido al amor,
De tu inconstancia se duela.
Dios te guarde. De mi casa,
La que tu gusto desea.
—No hay mucho que temer a este enemigo —dijo acabando de leer el
papel don Fadrique—, porque muestra estar más rendida que furiosa. La
mujer escribe bien, y si como decís es tan hermosa, hacéis mal en no
conservar su amor hasta coger el premio de él.
—Este es —respondió don Juan— una tilde, una nada, conforme a lo que
hay en belleza y discreción, porque ha sido muchas veces llamada la
sibila española.
—Por Dios, primo —replicó don Fadrique—, que temo a las mujeres
que son tan sabias más que a la muerte, que quisiera hallar una que
ignorara las cosas del mundo, al paso que esta las comprende, y si la
hallara, vive Dios que me había de emplear en servirla y amarla.
—¿Lo decís de veras? —dijo don Juan—, porque no sé qué hombre
apetece una mujer necia, no solo para aficionarse, mas para comunicarla
un cuarto de hora, pues dicen los sabios que en el mundo son más
celebrados que el entendimiento es manjar del alma, pues mientras los
ojos se ceban en la blancura, en las bellas manos, en los lindos ojos y
en la gallardía del cuerpo, y finalmente, en todo aquello digno de ser
amado en la dama, no es razón que el alma no solo esté de balde, sino
que no se mantenga de cosas tan pesadas y enfadosas como las necedades;
pues siendo el alma tan pura criatura, no la hemos de dar manjares
groseros.
—Ahora dejemos esta disputa —dijo don Fadrique—, que en eso
hay mucho que decir, que yo sé lo que en este caso me conviene; y
respondamos a doña Ana, aunque mejor respuesta era ir a verla, pues no
la hay más tierna y de más sentimiento que la misma persona, y más que
deseo ver si me hace sangre su prima, para entretenerme con ella el
tiempo que he de estar en Madrid.
—Vamos allá —dijo don Juan—, que si os he de confesar verdad, por
Dios que lo deseo; mas advertid que doña Violante no es necia, y si es
que por esta parte os desagradan las mujeres, no tenéis que ir allá.
—Acomodareme con el tiempo —respondió don Fadrique.
Con esto, de conformidad se fueron a ver las hermosas primas; de las
cuales fueron recibidos con mucho gusto, si bien doña Ana estaba como
celosa zahareña, aunque tuvo muy poco que hacer don Juan en quitarle el
ceño.
Vio don Fadrique a doña Violante, pareciéndole una de las más hermosas
damas que hasta entonces había visto, aunque entrasen en ellas
Serafina y doña Beatriz. Estábase retratando (curiosidad usada en la
corte), y para esta ocasión estaba tan bien aderezada que parece que
de propósito para rendir a don Fadrique se había vestido con tanta
curiosidad y riqueza. Tenía puesta una saya entera negra, cuajada de
lentejuelas y botones de oro, cintura y collar de diamantes, y un
apretador de rubíes.