que no lo puedo remediar ni saber dónde o cómo puedo hallar rastro de
ellos.
—No le dé eso pena, señor mío —dijo la fingida Marcela—, que yo
conozco un hombre, y aun pienso, si Dios quiere, que ha de ser mi
marido, que le dirá a usted dónde los hallará como si los viera con los
ojos, porque sabe conjurar demonios, y hacer otras admirables cosas.
—¡Ay Marcela! y cómo te lo serviría yo, y agradecería si hicieses eso
por mí: duélete de mis desdichas, pues puedes.
Es muy propio de los malos en viendo a uno de caída, ayudarle a que se
despeñe más presto, y de los buenos creer luego: así creyó don Marcos a
Marcela; y ella se determinó a engañarle y estafarle lo que pudiese, y
con este pensamiento le respondió que fuese luego, que no era muy lejos
la casa.
Yendo juntos encontró don Marcos otro criado de su casa, a quien pidió
cuatro reales de a ocho para dar al astrólogo, no por señal, sino de
paga; y con esto llegaron a casa de la misma Marcela, donde estaba con
un hombre que dijo ser el sabio, y a la cuenta era su amante.
Habló con él don Marcos y concertáronse en ciento y cincuenta reales,
y que volviese de allí a ocho días, que él haría que un demonio le
dijese dónde estaban, y los hallaría; mas que advirtiese que si no
tenía ánimo que no habría nada hecho, que mejor era no ponerse en tal,
o que viese en qué forma lo quería ver, si no se atrevía que fuese en
la misma suya.
Pareciole a don Marcos, con el deseo de saber de su hacienda, que era
ver un demonio ver un plato de manjar blanco. Y así respondió que en la
misma que tenía en el infierno, en esa se le enseñase, que aunque le
veía llorar la pérdida de su hacienda como mujer, que en otras cosas
era muy hombre.
Con esto y darle los cuatro reales de a ocho se despidió de él y
Marcela, y se recogió en casa de un amigo, si los miserables tienen
alguno, a llorar su miseria.
Dejémosle aquí, y vamos al encantador (que así le nombraremos), que
para cumplir lo prometido y hacer una solemne burla al miserable, que
ya por la relación de Marcela conocía el sujeto, hizo lo que diré.
Tomó un gato y encerrole en un aposentillo, al modo de despensa,
correspondiente a una sala pequeña, la cual no tenía más ventana que
una del tamaño de un pliego de papel, alta cuanto un estado de hombre,
en la cual puso una red de cordel que fuese fuerte; y entrábase donde
tenía el gato, y castigábalo con un azote, teniendo cerrada una gatera
que hizo en la puerta, y cuando le tenía bravo, destapaba la gatera y
salía el gato corriendo, y saltaba la ventana, donde cogido en la red,
le volvía a su lugar. Hizo esto tantas veces que ya sin castigarle, en
abriéndole, iba derecho a la ventana. Hecho esto, avisó al miserable
que aquella noche en dando las once le enseñaría lo que deseaba.
Había (venciendo su inclinación) buscado nuestro engañado lo que
faltaba para los ciento y cincuenta reales prestados, y con ellos
vino a casa del encantador, al cual puso en las manos el dinero para
animarle a que fuese el conjuro más fuerte; el cual después de haberle
apercibido el ánimo y valor, se sentó de industria en una silla debajo
de la ventana, la cual tenía ya quitada la red.
Era como se ha dicho después de las once, y en la sala no había más luz
que la que podía dar una lamparilla que estaba a un lado, y dentro de
la despensilla, todo lleno de cohetes, y con el mozo avisado de darle
a su tiempo fuego y soltarle a cierta seña que entre los dos estaba
puesta. Marcela se salió fuera porque ella no tenía ánimo para ver
visiones.
Y luego el astuto mágico se vistió una ropa de bocací negro y una
montera de lo mismo, y tomando un libro de unas letras góticas en la
mano, algo viejo el pergamino para dar más crédito a su burla, hizo
un cerco en el suelo y se metió dentro con una varilla en las manos,
y empezó a leer entre dientes, murmurando en tono melancólico y grave,
y de cuando en cuando pronunciaba algunos nombres extravagantes y
exquisitos, que jamás habían llegado a los oídos de don Marcos, el
cual tenía abiertos (como dicen) los ojos de un palmo, mirando a todas
partes si sentía ruido para ver el demonio que le había de decir todo
lo que deseaba. El encantador hería luego con la vara en el suelo, y
en un brasero que estaba junto a él con lumbre echaba sal, azufre y
pimienta, y alzando la voz decía:
—Sal aquí, demonio Calquimorro, pues eres tú el que tienes cuidado
de seguir a los caminantes, y les sabes sus designios y guaridas, y
di aquí en presencia del señor don Marcos y mía, qué camino lleva
esta gente, y dónde y qué modo se tendrá de hallarlos; sal presto o
guárdate de mi castigo; estás rebelde y no quieres obedecerme, pues
aguarda que yo te apretaré hasta que lo hagas.
Y diciendo esto, volvía a leer en el libro: a cabo de rato tornaba
a herir con el palo en el suelo, refrescando el conjuro dicho y
sahumerio, de suerte que ya el pobre don Marcos estaba ahogándose. Y
viendo ya ser hora de que saliese, dijo:
—Oh tú que tienes las llaves de las puertas infernales, manda al
Cerbero que deje salir al Calquimorro, demonio de los caminos, para que
nos diga dónde están estos caminantes, o si no te fatigaré cruelmente.
A este tiempo, ya el mozo que estaba por guardián del gato había dado
fuego a los cohetes, y abierto el agujero, que como vio arder, salió
dando aullidos y truenos, brincos y saltos, y como estaba enseñado a
saltar en la ventana, quiso escaparse por ella, y sin tener respeto
a don Marcos, que estaba sentado en la silla, pasó por encima de su
cabeza, abrasándole de camino las barbas y cabellos, y parte de la
cara, y dio consigo en la calle, con cuyo suceso, pareciéndole que no
había visto un diablo, sino todos los del infierno, dando muy grandes
gritos se dejó caer desmayado en el suelo sin tener lugar de oír una
voz que se dio en aquel punto, que dijo:
—En Granada los hallarás.
A los gritos de don Marcos y aullidos del gato, viéndole dar bramidos
y saltos por la calle respecto de estarse abrasando, acudió gente, y
entre ellos la justicia; y llamando, entraron y hallaron a Marcela y
su amante procurando a fuerza de agua volver en sí al desmayado, lo
cual fue imposible hasta la mañana.
Informose del caso el alguacil, y no satisfaciéndose aunque le dijeron
el enredo, echaron sobre la cama del encantador a don Marcos, que
parecía muerto, y dejando con él y Marcela dos guardas, llevaron a
la cárcel al embustero y su criado, que hallaron en la despensilla,
dejándolos con un par de grillos a cada uno a título de hombre muerto
en su casa. Dieron a la mañana noticia a los señores alcaldes de este
caso, los cuales mandaron salir a visita los dos presos, y que fuesen a
ver si el hombre había vuelto en sí, o si había muerto.
A este tiempo don Marcos había vuelto en sí y sabía de Marcela el
estado de sus cosas, y se confirmaba el hombre más cobarde del mundo.
Llevoles el alguacil a la sala, y preguntado por los señores de este
caso dijo la verdad, conforme lo que sabía, trayendo al juicio el
suceso de su casamiento, y como aquella moza le había traído a aquella
casa, donde le dijo que sabría los que llevaban su hacienda, dónde los
hallaría, y que él no sabía más sino que después de largos conjuros
que aquel hombre había hecho leyendo en un libro que tenía, había
salido por un agujero un demonio tan feo y tan horrible que no había
bastado su ánimo a escuchar lo que decía entre dientes y los grandes
aullidos que iba dando; y que no solo esto, mas que había embestido con
él y puéstole como veían; mas que él no sabía qué se hizo, porque se
le cubrió el corazón, sin volver en sí hasta la mañana.
Admirados estaban los alcaldes hasta que el encantador los desencantó,
contándoles el caso como se ha dicho, confirmando lo mismo el mozo
y Marcela, y gato que trajeron de la calle, donde estaba abrasado y
muerto; y trayendo también dos o tres libros que en su casa tenía,
dijeron a don Marcos conociese cuál de ellos era el de los conjuros.
Él tomó el mismo y le dio a los señores alcaldes, y abierto vieron que
era el de Amadís de Gaula, que por lo viejo y letras antiguas había
pasado por libro de encantos: con lo que enterados del caso fue tanta
la risa de todos que en gran espacio no se sosegó la sala, estando don
Marcos tan corrido que quiso matar al encantador y luego hacer lo
mismo de sí; y más cuando los alcaldes le dijeron que no se creyese de
ligero ni se dejase engañar a cada paso.
Y así los enviaron a todos con Dios, saliendo tal el miserable que no
parecía el que antes era, sino un loco. Fuese a casa de su amo, donde
halló un cartero que le buscaba con una carta, que abierta, vio que
decía de esta manera:
«A don Marcos Miseria, salud. Hombre que por ahorrar no come,
hurtando a su cuerpo el sustento necesario, y por solo interés
se casa, sin más información que si hay hacienda, bien merece el
castigo que usted tiene y el que le espera andando el tiempo.
Vuesa merced, señor, no comiendo sino como hasta aquí, ni tratando
con más ventaja que siempre hizo a sus criados, y como ya sabe, la
media libra de vaca, un cuarto de pan y otros dos de ración al
que sirve y limpia la estrecha vasija en que hace sus necesidades,
vuelva a juntar otros seis mil ducados y luego me avise, que vendré
de mil amores a hacer con usted vida maridable; que bien lo merece
marido tan aprovechado.
DOÑA ISIDORA VENGANZA.»
Fue tanta la pasión que don Marcos recibió, que le dio una calentura
que en pocos días le acabó los suyos miserablemente.
A doña Isidora, estando en Barcelona aguardando galeras en que
embarcarse para Nápoles, una noche don Agustín y su Inés la dejaron
durmiendo, y con los seis mil ducados de don Marcos y todo lo demás
que tenía, se embarcaron, y llegados que fueron a Nápoles, él asentó
plaza de soldado, y la hermosa Inés puesta en paños mayores se hizo
dama cortesana, sustentando con este oficio en galas y regalos a su don
Agustín.
Doña Isidora se volvió a Madrid, donde renunciando el moño y las galas
anda pidiendo limosna, la cual me contó más por entero esta maravilla,
y me determiné a escribirla para que vean los miserables el fin que
tuvo este, y viéndolo, no hagan lo mismo, escarmentando en cabeza ajena.
Con grandísimo gusto oyeron todos la maravilla que don Álvaro dijo,
viendo castigado a don Marcos. Y viendo que don Alonso se prevenía para
la suya, trocando su asiento con don Álvaro, hizo don Juan señas a los
músicos, los cuales cantaron así:
Visitas de Antón a Menga,
Y en su cabaña también,
A fe si se ofende Gila,
Que tiene mucho por qué.
El anticipar sus quejas,
Señal sospechosa es,
Que quien con darlas previene,
Quiere que no se las den.
Para mostrarse ofendida
Sobrada la causa fue,
Que es basilisco un agravio,
Y no ha de llegarse a ver.
Agradose, y sin amor,
Zagales, pero creed
Que conversación y agrado
Son amigos de querer.
Descuidado del indicio,
No es poco, que ya se ve,
Que lo que es hablarse hoy,
Fue diligencia de ayer.
Mal fuego en su cortesía,
Que saben los hombres bien,
Para desmentir lo falso,
Valerse de lo cortés.
No hay temer, si no hay tropiezos,
Mas Menga le busca a él,
Los dos solos, ella hermosa,
Si es tropiezo no lo sé.
Necios llaman a los celos,
Mal los conocen pardiez,
Que antes el celoso peca
De advertido y bachiller.
Esos aullidos, Antón,
Solo con Gila han de ser,
Porque un crédito en balanzas
Muy lejos anda del fiel.
¡Oh cuán bien saben los hombres
Con disculpas ofender!
Mas pues amor los descubre,
Bien haya el amor. Amén.
No sé si temeroso don Juan de la indignación de Lisis, quiso con este
segundo romance disculparse de los agravios que le hacía en el primero;
aunque a costa de los enojos de Lisarda, que enfadada de este cuanto
gloriosa del otro, le mostró en un gracioso ceño con que miró a don
Juan de lo que el falso amante se holgaba, porque a no ser así, tratara
con más secreto y cordura esta voluntad, y no tan a descubierto, que él
mismo se preciaba de amante de Lisarda, y mal correspondiente de Lisis.
Prestaron luego todos muy grande atención y cuidado a don Alonso, que
empezó su maravilla de esta suerte:
—Ya suele suceder, auditorio ilustre, a los más avisados, y que van
más en los estribos de una malicia, caer en lo mismo que temen, como lo
veréis en mi maravilla, para que ninguno se confíe de su entendimiento
ni se atreva a probar a las mujeres, sino que teman lo que les puede
suceder, estimando y poniendo en su lugar a cada una, pues al fin una
mujer discreta no es manjar de un necio ni una necia empleo de un
discreto: y para certificación y prueba de esto mismo, digo de esta
suerte:
NOVELA CUARTA.
EL PREVENIDO ENGAÑADO.
Tuvo la ilustre ciudad de Granada (milagroso asombro de las grandezas
de la Andalucía) por hijo a don Fadrique, cuyo apellido y linaje no
será justo que se diga, por los nobles deudos que en ella tiene; solo
se dice que su nobleza y riqueza corrían parejas con su talle, siendo
en lo uno y lo otro el de más nombre, no solo en su tierra sino en
otras muchas donde era conocido, no dándole otro que el del rico y
galán don Fadrique.
Murieron sus padres, quedando este caballero muy mozo, mas él
se gobernaba con tanto acuerdo que todos se admiraban de su
entendimiento, porque no le parecía de tan pocos años como tenía; y
como los mozos sin amor dicen algunos que son jugadores sin dinero o
danzantes sin son, empleó su voluntad en una gallarda y hermosa dama
de su misma tierra cuyo nombre era Serafina, y un serafín en belleza,
aunque no tan rica como don Fadrique.
Apasionose tanto por ella cuanto ella desdeñosa le desfavorecía, por
tener ocupado el deseo en otro caballero de la ciudad (lástima por
cierto bien grande que llegase un hombre de las cualidades de don
Fadrique a querer donde tenga otro tomada la posesión); no ignoraba don
Fadrique el amor de Serafina, mas parecíale que con su riqueza vencería
mayores inconvenientes, y más siendo el galán que la dama amaba ni de
los más ricos ni de los más principales.
Seguro estaba don Fadrique de que apenas pediría a Serafina a sus
padres, cuando la tendría; mas Serafina no estaba de ese parecer,
porque esto del casarse tras el papel, el desdén hoy, y mañana el
favor, tiene no sé qué sainete que enamora y embelesa el alma y hechiza
el gusto.
Y por esta misma causa procuró don Fadrique granjear primero la
voluntad de Serafina que la de sus padres, y más viendo competidor
favorecido, si bien no creía de la virtud y honestidad de su dama, que
se extendía a más su amor que amar y desear.
Empezó con estas esperanzas a regalar a Serafina y a sus criadas, y
ella a favorecerle más que hasta allí, porque aunque quería a don
Vicente (que así se llamaba su amado) no quería ser aborrecida de don
Fadrique; y las criadas a fomentar sus esperanzas, por cuanto creía el
amante que era cierto su pensamiento en cuanto a alcanzar más que el
otro galán; y con este contento, una noche que las astutas criadas
habían prometido tener a su ama en un balcón, cantó al son de un laúd
este soneto:
Que muera yo, tirana, por tus ojos,
Y que gusten tus ojos de matarme,
Que quiera con tus ojos consolarme,
Y que me den tus ojos mil enojos.
Que rinda yo a tus ojos por despojos
Mis ojos, y ellos en lugar de amarme,
Pudiendo en mis enojos alegrarme,
Las flores me conviertan en abrojos.
Que me maten tus ojos con desdenes,
Con rigores, con celos, con tibiezas,
Cuando mis ojos por tus ojos mueren.
¡Ay dulce ingrata, que en los ojos tienes
Tan grande ingratitud como belleza
Contra unos ojos que a tus ojos quieren!
Agradecieron y engrandecieron a don Fadrique las que escuchaban la
música la gracia y destreza con que había cantado, mas no se diga que
Serafina estaba a la ventana, porque desde aquella noche se negó de
suerte a los ojos de don Fadrique, que por diligencias que hizo no la
pudo ver en muchos días, ni por papeles que la escribió pudo alcanzar
respuesta, y la que le daban las criadas a sus importunas quejas era
que Serafina había dado en una melancolía tan profunda que no tenía
una hora de salud.
Sospechoso don Fadrique que sería el mal de Serafina el verse
defraudada de las esperanzas que quizá tenía de verse casada con don
Vicente, porque no le veía pasear la calle como solía, creyó que por
su causa se había retirado. Y pareciéndole que estaba obligado a
restaurarle a su dama el gusto que le había quitado, fiado en que con
su talle y riqueza le granjearía la perdida alegría, la pidió a sus
padres por mujer.
Ellos que (como dicen) vieron el cielo abierto, no solo le dieron un
sí acompañado de infinitos agradecimientos, mas se ofrecieron a ser
esclavos suyos. Y tratando con su hija este negocio, ella que era
discreta, dio a entender que se holgaba mucho y que estaba presta para
darles gusto si su salud le ayudase; que les pedía entretuviesen a don
Fadrique algunos días hasta que mejorase, que luego se haría cuanto
mandaban en aquel caso.
Tuvieron los padres de la dama esta respuesta por bastante, y a don
Fadrique no le pareció mala; y así pidió a sus suegros que regalasen
mucho a su esposa para que cobrase más presto salud, ayudando él por su
parte con muchos regalos, paseando su calle aún con más puntualidad que
antes, tanto por el amor que la tenía cuanto por los recelos con que
le hacía vivir don Vicente.
Serafina tal vez se ponía a la ventana, dando con su hermosura aliento
a las esperanzas de su amante, aunque su color y tristeza daban claros
indicios de su mal, y por esto estaba lo más del tiempo en la cama;
y las veces que la visitaba su esposo, que con este título lo hacía
algunas, le recibía en ella y en presencia de su madre, por quitarle
los atrevimientos que este nombre le podía dar.
Pasáronse algunos meses, al cabo de los cuales don Fadrique,
desesperado de tanta enfermedad y resuelto a casarse, estuviese con
salud o sin ella, una noche, que como otras muchas estaba a una esquina
velando sus celos y adorando las paredes de su enferma señora, vio
a más de las dos de la noche abrir la puerta de su casa y salir una
mujer, que en el aire y hechura del cuerpo le pareció ser Serafina.
Admirose, y casi muerto de celos se fue acercando más, donde claro
conoció ser la misma, y sospechando que iba a buscar la causa de su
temor, la siguió y vio entrar en una como corraliza en que se solía
guardar madera, y por estar sin puertas, solo servía de esconder y
guardar a los que por algunas travesuras amorosas entraban dentro.
Aquí pues entró Serafina; y don Fadrique, ya cierto de que dentro
estaría don Vicente, irritado a una colérica acción como a quien le
parecía que le tocaba aquella venganza, dio la vuelta por la otra
parte, y entrando dentro vio como la dama se había bajado a una parte
en que estaba un aposentillo derribado, y que tragándose unos gemidos
sordos, parió una criatura, y los gritos desengañaron al amante de lo
mismo que estaba dudando.
Pues como Serafina se vio libre de tal embarazo, recogiéndose un
faldellín, se volvió a su casa, dejándose aquella inocencia a lo que
sucediese.
Mas el cielo, que a costa de la opinión de Serafina y de la pasión de
don Fadrique, quiso que no muriese sin bautismo por lo menos, llegó
donde estaba llorando en el suelo, y tomándola, la envolvió en su
capa, haciéndose mil cruces de tal caso, coligiendo que el mal de
Serafina era este y que el padre era don Vicente, por cuyo hecho se
había retirado, y dando infinitas gracias a Dios que le había sacado
de su desdicha por tal modo, se fue con aquella prenda a casa de una
comadre y la dijo que pusiese aquella criatura como había de estar y
le buscase una ama, que importaba mucho que viviese.
Hízolo la comadre, y mirándola con grande atención vio que era una
niña tan hermosa que más parecía ángel del cielo que criatura humana.
Buscose el ama, y don Fadrique luego el siguiente día habló con una
señora deuda suya para que en su propia casa se criase Gracia, que
aqueste era el nombre que se le puso en el bautismo.
Dejémosla criar, que a su tiempo se tratará de ella como de la persona
más importante de esta historia, y vamos a Serafina, que ya guarecida
de su mal, dentro de quince días, viéndose restaurada en su primera
hermosura, dijo a sus padres que cuando gustasen se podía efectuar el
casamiento con don Fadrique, el cual temoroso y escarmentado de tal
suceso, se fue a la casa de su parienta, la que tenía en su poder a
Gracia, y la dijo que a él le había dado deseo de ver algunas tierras
de España y que en esto quería gastar algunos años, y que la quería
dejar poder para que gobernase su hacienda, que hiciese y deshiciese
en ella, y que solo la suplicaba tuviese grandísimo cuidado con doña
Gracia, haciendo cuenta que era su hija, porque en ella había un
grandísimo secreto, y que si Dios la guardaba hasta que tuviese tres
años, que la pedía encarecidamente la pusiese en un convento donde se
criase, sin que llegase a conocer las cosas del mundo, porque llevaba
cierto designio que andando el tiempo le sabría.
Y hecho esto, haciendo llevar toda su ropa en casa de su tía, tomó
grandísima cantidad de dineros y joyas, y escribiendo este soneto se
le envió a Serafina, y con solo un criado se puso a caballo, guiando su
camino a la muy noble y riquísima ciudad de Sevilla.
Recibió Serafina el papel, que decía:
Si cuando hacerme igual a ti podías,
Ingrata, con tibiezas me trataste;
Y a fuerza de desdenes procuraste
Mostrarme el poco amor que me tenías;
Si a vista de ojos, de glorias mías,
El premio con engaño me quitaste,
Y en todas ocasiones me mostraste
Montes de nieve en tus entrañas frías;
Ahora que no puedes, ¿por qué quieres
Buscar el fuego entre cenizas muertas?
Déjale estar, ten lástima a mis años.
Imposibles me ofreces, falsa eres,
No avives estas llamas que no aciertas,
Que a tu pesar ya he visto desengaños.
Este papel, si bien tan ciego, dio mucho que temer a Serafina, y más
que aunque hizo algunas diligencias por saber qué se había hecho la
criatura que dejó en la corraliza, no fue posible, y confirmando dos
mil sospechas con la repentina partida de don Fadrique, y más sus
padres, que decían que en algo se fundaba, viendo que Serafina gustaba
de ser monja, ayudaron su deseo, y así se entró en un monasterio,
harto confusa y cuidadosa de lo que había sucedido, y más del
desalumbramiento que tuvo en dejar allí aquella criatura, creyendo que
se habría muerto o la habrían comido perros, cargando su conciencia
con tal delito, motivo para que procurase con su vida y penitencia no
solo alcanzar perdón de su pecado sino el nombre de santa, y así era
tenida por tal en Granada.
Llegó don Fadrique a Sevilla, tan escarmentado en Serafina que por
ella ultrajaba a todas las demás mujeres, no haciendo excepción de
ninguna: cosa tan contraria a su entendimiento, pues para una mala hay
ciento buenas.
Mas, en fin, él decía que no había de fiar de ellas, y más de las
discretas, porque de muy sabias y entendidas daban en traviesas y
viciosas, y que con sus astucias engañaban a los hombres; pues una
mujer no había de saber más de hacer su labor y rezar, gobernar su casa
y criar sus hijos, y lo demás eran bachillerías y sutilezas, que no
servían sino de perderse más presto.
Con esta opinión, como digo, entró en Sevilla y se fue a posar en
casa de un deudo suyo, hombre principal y rico, con intento de estarse
allí algunos meses, gozando de las grandezas que se cuentan de esta
ciudad, y como muchos días la pasease en compañía de aquel su deudo,
vio en una de las más principales calles de ella, a la puerta de una
hermosísima casa, bajar de un coche una dama en hábito de viuda, la más
bella que había visto en toda su vida: era, sobre hermosa, muy moza y
de gallardo talle, y tan rica y principal, según dijo aquel su deudo,
que era de lo mejor y más ilustre de Sevilla; y aunque don Fadrique
iba escarmentado del suceso de Serafina, no por eso rehusó el dejarse
vencer de la belleza de doña Beatriz, que este es el nombre de la
bellísima viuda.
Pasó don Fadrique la calle, dejando en ella el alma, y como la prenda
no era para perder, pidió a su camarada que diesen otra vuelta. A esta
acción le dijo don Mateo (que así se llamaba):
—Pienso, amigo don Fadrique, no dejaréis a Sevilla tan presto, pues
sois demasiado tierno. A fe que lo ha puesto bueno la vista de esta
dama.
—Yo siento de mí lo mismo —respondió don Fadrique—, aun gustaría, si
pensase ser suyo, los años que el cielo me diese de vida.