¿Qué tengo ya que esperar,

Ni cómo obligar pretendo

A quien de solo matarme

Atrevido lleva intento?

A los hermanos imito,

Que por pena en el infierno,

Tienen trabajo sin fruto,

Y servir fuera de tiempo.

Acaba, saca la espada,

Pasa mi constante pecho,

Acabaré de penar,

Si no es mi tormento eterno.

Pues de mis desdichas

El colmo veo,

Y en ajenos favores

Miro mis celos.

Quiérote bien, ¡qué delito

Para castigo tan fiero!

Pero tú te desobligas,

Cuando ya obligarte pienso.

¿Quién creyera que mis partes,

Que alguno estimó por cielos,

Son infiernos a tus ojos,

Pues de ellas andas huyendo?

Siempre decís que buscáis

Los hombres algún sujeto,

Que sea en aquesta edad

De constancia claro ejemplo.

Y si acaso halláis alguno,

Le hacéis tal tratamiento,

Que aventura por vengarse,

No una honra, sino ciento.

Míralo en ti y en mi amor,

No quieras más claro espejo,

Y verás como hay mujeres

Con amor y sufrimiento.

Pues de mis desdichas

El colmo veo,

Y en ajenos favores

Miro mis celos.

Hasta aquí pensé callar,

Tus sinrazones sufriendo,

Mas pues voluntad publicas,

¿Como callaré con celos?

Sepa el mundo que te quise,

Sepa el mundo que me has muerto,

Y sépalo esa tirana

De mi gusto y de mi dueño.

Poco es brasas, como Porcia,

Poco es como Elisa, acero,

Más es morir de sospechas,

Fuego que en el alma siento.

Pues de mis desdichas

El colmo veo,

Y en ajenos favores

Miro mis celos.

Poco puedo, Ardenio ingrato,

Y hoy pienso que puedo menos,

Pues sufriendo no te obligo,

Ni te obligué padeciendo.

Yo gusto que tengas gustos,

Pero tenlos con respeto,

De que me llamaste tuya,

O de veras, o fingiendo.

Cuando en tus ojos me miro,

En ellos miro otro dueño,

¿Pues qué has menester decirme

Lo que yo tengo por cierto?

Pues de mis desdichas

El colmo veo,

Y en ajenos favores

Miro mis celos.

Ingrato, si ya tus glorias

No te caben en el pecho,

Guárdalas, que para mí

Son más que gloria, veneno.

Mas tú debes de gustar

De verme vivir muriendo,

Que el querer y aborrecer

En ti viene a ser extremo.

Y si de matarme gustas,

Acaba, mátame presto;

Pero si celosa vivo,

¿Para qué otra muerte quiero?

Pues de mis desdichas

El colmo veo,

Y en ajenos favores

Miro mis celos.

Como era don Marcos de los sanos de Castilla y sencillo como un

tafetán de la China, no se le hizo largo este romance, antes quisiera

que durara mucho más, porque la llaneza de su ingenio no era como los

fileteados de la corte, que en pasando de seis estancias, se enfadan.

Dio las gracias a Marcela, y le pidiera que pasara adelante si a este

punto no entrara el buen Gamarra con un hombre que dijo ser notario;

si bien más parecía lacayo que otra cosa, y se hicieron las escrituras

y conciertos, poniendo doña Isidora en la dote doce mil ducados y

aquellas casas; y como don Marcos era hombre tan sin malicia, no se

metió en más averiguaciones, con lo que el buen hidalgo estaba tan

contento que posponiendo su autoridad, bailó con su querida esposa,

que así llamaba a doña Isidora.

Cenaron aquella noche con el mismo aplauso y ostentación que habían

comido, si bien todavía el tema de don Marcos era la moderación del

gasto: pareciéndole, como dueño de aquella casa y hacienda, que si de

aquella suerte iba, no había dote para cuatro días; mas hubo de callar

hasta mejor ocasión.

Llegó la hora de recogerse, y por excusar trabajo de ir a su posada,

quiso quedarse con su señora, mas ella con muy honesto recato dijo que

no había de poner hombre el pie en el casto lecho que fue de su difunto

señor mientras no tuviese las bendiciones de la iglesia, con lo que

tuvo por bien don Marcos de irse a dormir a su casa (que no sé si diga

que más fue velar, supuesto que el cuidado de sacar las amonestaciones

le tenía ya vestido a las cinco).

En fin se sacaron, y en tres días de fiesta que la fortuna trajo de los

cabellos, que a la cuenta sería el mes de agosto, que las trae de dos

en dos, se amonestaron, dejando para el lunes, que en las desgracias

no tuvo que envidiar al martes, el desposar y el velarse todo junto,

a uso de grandes: lo cual se hizo con grande aparato y grandeza, así

de galas como en lo demás, porque don Marcos, humillando su condición,

y venciendo su miseria, sacó fiado, por no descabalar los seis mil

ducados, un rico vestido y faldellín para su esposa, haciendo cuenta

que con él y la mortaja cumplía, no porque se le vino al pensamiento la

muerte de doña Isidora sino por parecerle que poniéndosele solo de una

Navidad a otra, habría vestido hasta el día del juicio.

Trajo asimismo de casa de su amo padrinos que todos alababan su

elección y engrandecían su ventura, pareciéndoles acertamiento haber

hallado una mujer de tan buen parecer y tan rica, pues aunque doña

Isidora era de más edad que el novio, contra el parecer de Aristóteles

y otros filósofos antiguos, lo disimulaba de suerte que era milagro

verla tan bien aderezada.

Pasada la comida, y estando ya sobre tarde alegrando con bailes la

fiesta, en los cuales Inés y don Agustín mantenían la tela, mandó doña

Isidora a Marcela que la engrandeciese con su divina voz, a la cual no

haciéndose de rogar, con tanto desenfado como donaire cantó así:

Si se ríe el alba,

De mí se ríe,

Porque adoro tibiezas,

Y muero firme.

Cuando el alba miro,

Con alegre risa

Mis penas me avisa,

Mis males suspiro;

Pero no me admiro

De verla reír,

Ni de presumir

Que de mí se ríe:

Porque adoro tibiezas,

Y muero firme.

Ríese de verme

Con cien mil pesares,

Los ojos dos mares,

Viendo aborrecerme;

Cuando ingrato duerme

Mi querido dueño,

Mi dolor el sueño

Triste despide:

Porque adoro tibiezas,

Y muero firme.

Ríe el ver que digo

Que no tengo amor,

Cuando su rigor

De secreto sigo,

Por haber sido obligado

A tratarme bien,

Al mismo desdén

Que en matarme vive:

Porque adoro tibiezas,

Y muero firme.

Ríe que me alejo

De aquello que sigo;

Llamado enemigo

Por lo que me quejo,

Que pido consejo,

Amando sin él;

Despido cruel

Lo que no me sigue:

Porque adoro tibiezas,

Y muero firme.

Ríe el ver mis ojos

Publicar tibieza,

Cuando mi firmeza

Les da mil enojos,

Ofrecer despojos

Y encubrir pasión,

Mirar a traición

Unos ojos libres:

Porque adoro tibiezas,

Y muero firme.

Ríe el que procura

Encubrir mis celos,

Que estoy sin desvelos

Cuando miento y juro,

El descuido apuro,

Lo que me da pena,

Porque amor ordena

Mi muerte triste:

Porque adoro tibiezas,

Y muero firme.

Llegose en estos entretenimientos la noche, principio de la posesión

de don Marcos, y más de sus desdichas, pues antes de tomarla empezó la

fortuna a darle con ellas en los ojos, y así fue la primera darle a don

Agustín un accidente: no me atrevo a decir si le causó el ver casada

a su señora tía; solo digo que puso la casa en alboroto, porque doña

Isidora empezó a desconsolarse, acudiendo más tierna que fuera razón a

desnudarle para que se acostase, haciéndole tantas caricias y regalos

que casi dio celos al desposado, el cual viendo ya al enfermo algo

sosegado, mientras su esposa se acostaba, acudió a prevenir con cuidado

que se cerrasen las puertas y echasen las aldabas a las ventanas;

cuidado que puso en las desenvueltas criadas de su querida mujer la

mayor confusión y aborrecimiento que se puede pensar, pareciéndoles

achaque de celoso; y no lo era cierto, sino de avaro; porque como el

buen señor había traído su ropa y con ella sus seis mil ducados, que

aun apenas habían visto la luz del cielo, quería acostarse seguro de

que lo estaba su tesoro.

En fin, él se acostó con su esposa; las criadas en lugar de acostarse

se pusieron a murmurar y llorar, exagerando la prevenida y cuidadosa

condición de su dueño. Empezó Marcela a decir:

—¿Qué te parece, Inés, a lo que nos ha traído la fortuna, pues de

acostarnos a las tres y a las cuatro, oyendo músicas y requiebros, ya

en la puerta de la calle, ya en las ventanas, rodando el dinero en

nuestra casa, como en otras la arena, hemos venido a ver a las once

cerradas las puertas y clavadas las ventanas, sin que haya atrevimiento

en nosotras para abrirlas?

—Mal año abrirlas —dijo Inés—; Dios es mi Señor, que tiene traza

nuestro amo de echarles siete candados como a la cueva de Toledo: ya,

hermana, esas fiestas que dices se acabaron, no hay sino echarnos dos

hábitos, pues mi ama ha querido esto: ¿qué poca necesidad tenía de

haberse casado, pues no le faltaba nada, y no ponernos a todas en esta

vida?, que no sé cómo no la ha enternecido ver al señor don Agustín

cómo ha estado esta noche, que para mí esta higa si no es la pena de

verla casada el accidente que tiene: y no me espanto, que está enseñado

a holgarse y regalarse, y viéndose ahora enjaulado como jilguerillo,

claro está que lo ha de sentir como yo lo siento: que malos años para

mí, que me pudieran ahogar con una hebra de seda cendalí.

—Aun tú, Inés —replicó Marcela—, que sales fuera por todo lo que es

menester, no tienes que llorar; mas triste de quien por llevar adelante

este mal afortunado nombre de doncella, ya que en lo demás haya tanto

engaño, ha de estar padeciendo todos los infortunios de un celoso, que

las hormiguillas la parecen gigantes; mas yo lo remediaré, supuesto que

por mis habilidades no me ha de faltar la comida. Mala pascua para el

señor don Marcos si yo tal sufriere.

—Yo, Marcela —dijo Inés—, será fuerza que sufra, porque si te he de

confesar verdad, don Agustín es la cosa que más quiero; si bien hasta

ahora mi ama no me ha dado lugar de decirle nada, aunque conozco de él

que no me mira mal, mas de aquí adelante será otra cosa, que habrá de

dar más tiempo acudiendo a su marido.

En estas pláticas estaban las criadas, y era el caso que el señor

don Agustín era galán de doña Isidora, y por comer, vestir y gastar

a título de sobrino, no solo llevaba la carga de la vieja mas otras

muchas, como eran las conversaciones de damas y galanes, juegos y

bailes y otras cosillas de este jaez, y así pensaba sufrir la del

marido, aunque la mala costumbre de dormir acompañado le tenía aquella

noche con alguna pasión; pues como Inés le quería, dijo que quería ir

a ver si había menester algo mientras se desnudaba Marcela, y fue tan

buena su suerte, que como don Agustín era muchacho, tenía miedo, y así

la dijo:

—Por tu vida, Inés, que te acuestes aquí conmigo, porque estoy con

el mayor asombro del mundo, y si estoy solo, en toda la noche podré

sosegar de temor.

Era piadosísima Inés, y túvole tanta lástima que al punto le obedeció,

dándole las gracias de mandarle cosas de su gusto.

Llegose la mañana, martes al fin, y temiendo Inés que su señora se

levantase y la cogiese con el hurto en las manos, se levantó más

temprano que otras veces y fue a contar a su amiga sus venturas; y

como no hallase a Marcela en su aposento, fue a buscarla por toda la

casa, y llegando a una puertecilla falsa que estaba en un corral, algo

a trasmano, la halló abierta, y era que Marcela tenía cierto requiebro,

para cuya correspondencia tenía llave de la puertecilla, por donde

se había ido con él, quitándose de ruidos; y aposta, por dar a don

Marcos tártago, la había dejado abierta: y visto esto, fue dando voces

a su señora, a las cuales despertó el miserable novio, y casi muerto

de congoja saltó de la cama, diciendo a doña Isidora que hiciese lo

mismo y mirase si le faltaba alguna cosa, abriendo a un mismo tiempo

la ventana; y pensando hallar en la cama a su mujer, no halló sino

una fantasma o imagen de la muerte, porque la buena señora mostró las

arrugas de la cara por entero, las cuales encubría con el afeite, que

tal vez suele ser encubridor de años, que a la cuenta estaban más cerca

de cincuenta y cinco que de treinta y seis, como había puesto en la

carta de dote, porque los cabellos eran pocos y blancos por la nieve

de muchos inviernos pasados.

Esta falta no era mucha, merced a los moños y a su autor, aunque en

esta ocasión se la hizo a la pobre dama, respecto de haberse caído

sobre las almohadas con el descuido del sueño, bien contra la voluntad

de su dueño: los dientes estaban esparcidos por la cama, porque, como

dijo el príncipe de los poetas, daba perlas de barato, a cuya causa

tenía don Marcos uno o dos entre los bigotes, demás de que parecían

tejado con escarcha, de lo que habían participado de la amistad que con

el rostro de su mujer habían hecho.

Cómo se quedaría el pobre hidalgo se deja a la consideración del pío

lector, por no alargar pláticas en cosa que pueda la imaginación suplir

cualquiera falta; solo digo que doña Isidora, que no estaba menos

turbada de que sus gracias se manifestasen tan a letra vista, asió

con una presurosa congoja su moño, mal enseñado a dejarse ver tan de

mañana, y atestósele en la cabeza, quedando peor que sin él; porque

con la prisa no pudo ver como le ponía, y así se le acomodó cerca de

las orejas. ¡Oh maldita Marcela, causa de tantas desdichas, no te lo

perdone Dios, amén!

En fin, más alentada, aunque con menos razón, quiso tomar un faldellín

para salir a buscar su fugitiva criada, mas ni él ni el vestido rico

con que se había casado, ni los chapines con viras, ni otras joyas que

estaban en una sala; porque esto y el vestido de don Marcos, con una

cadena que valía doscientos escudos que había traído puesta el día

antes, la cual había sacado de su tesoro para solemnizar su fiesta, no

pareció, porque la astuta Marcela no quiso ir desapercibida.

Lo que haría don Marcos en esta ocasión, ¿qué lengua bastará a

decirlo, ni qué pluma a escribirlo? Quien supiere que a costa de su

cuerpo lo había ganado, podrá ver cuán al de su alma lo sentiría, y

más no hallando consuelo en la belleza de su mujer, porque bastaba a

desconsolar al mismo infierno. Si ponía los ojos en ella, veía una

estantigua; si los apartaba, no veía sus vestidos y cadena, y con este

pesar se paseaba muy aprisa, así en camisa por la sala, dando palmadas

y suspiros.

Mientras él andaba así, doña Isidora se fue al Jordán de su retrete y

arquilla de baratijas; se levantó Agustín, a quien Inés había ido a

contar lo que pasaba, riéndose los dos de la visión de doña Isidora y

la bellaquería de Marcela, y a medio vestir salió a consolar a su tío,

diciéndole los consuelos que supo fingir y encadenar más a lo socarrón

que a lo necio.

Animole con que se buscaría la agresora del hurto, y obligole a

paciencia el decirle que eran bienes de fortuna, con lo que cobró

fuerzas para volver en sí y vestirse; y más como vio venir a doña

Isidora tan otra de lo que había visto, que casi creyó que se había

engañado y que no era la misma.

Salieron juntos don Marcos y don Agustín a buscar por dicho de Inés las

guaridas de Marcela, y en verdad que si no fueran, los tuviera por más

discretos, a lo menos a don Marcos; que don Agustín para mí pienso que

lo hacía de bellaco más que de bobo, que bien se deja entender que no

se había puesto en parte donde fuese hallada. Mas viendo que no había

remedio, se volvieron a casa, conformándose con la voluntad de Dios a

lo santo, y con la de Marcela a lo de no poder más, y mal de su grado

hubo de cumplir nuestro miserable con las obligaciones de la tornaboda,

aunque el más triste del mundo porque tenía atravesada en el alma su

cadena.

Mas como no estaba contenta la fortuna, quiso seguir en la prosecución

de su miseria. Y fue de esta suerte: que sentándose a comer, entraron

dos criados del señor almirante, diciendo que su señor besaba las manos

de la señora Isidora y que se sirviese enviar la plata, que para

prestada bastaba un mes, que si no lo hacía la cobraría de otro modo.

Recibió la señora el recado, y la respuesta no pudo ser otra que

entregarle todo cuanto había, platos, fuentes y lo demás que lucía

en casa, y que había colmado las esperanzas de don Marcos, el cual

se quiso hacer fuerte diciendo que era hacienda suya y que no se

había de llevar, y otras cosas que le parecían a propósito, tanto que

fue menester que un criado fuese a llamar al mayordomo y el otro se

quedase en resguardo de la plata.

Al fin la plata se llevó y don Marcos se quebró la cabeza en vano,

el cual ciego de pasión y de cólera empezó a decir y hacer cosas como

hombre fuera de sí: quejábase de tal engaño y prometía la había de

poner pleito de divorcio; a lo cual doña Isidora con mucha humildad

le dijo, por amansarle, que advirtiese que antes merecía gracias que

ofensas, que por granjear un marido como él cualquiera cosa, aunque

tocase en engaño, era cordura y discreción, y que pues el pensar

deshacerlo era imposible, lo mejor era tener paciencia.

Húbolo de hacer el buen don Marcos, aunque desde aquel día no tuvieron

paz ni comían bocado con gusto. A todo esto don Agustín comía y

callaba, metiendo las veces que se hallaba presente paz y pasando muy

buenas noches con Inés, con la cual reía las gracias de doña Isidora y

desventuras de don Marcos.

Con estas desdichas, si la fortuna le dejara en paz, con lo que le

había quedado se diera por contento y lo pasara honradamente. Mas

como se supo en Madrid el casamiento de doña Isidora, un alquilador de

ropa, dueño del estrado y colgadura, vino por tres meses que le debía

de su ganancia, y asimismo a llevarlo; porque mujer que había casado

tan bien, coligió que no lo habría menester, pues lo podía comprar y

tenerlo por suyo.

A este trago acabó don Marcos de rematarse: llegó a las manos con su

señora, andando el moño y los dientes de por medio, no con poco dolor

de su dueño, pues le llegaba el verse sin él tan a lo vivo. Esto, y la

injuria de verse maltratar tan recién casada, la dio ocasión de llorar

y hacer cargos a don Marcos por tratar así a una mujer como ella, y por

bienes de fortuna, que ella los da y los quita; pues aun en casos de

honra era demasiado castigo.

A esto respondió don Marcos que su honra era su dinero, mas con todo

esto no sirvió de nada para que el dueño del estrado y colgadura no lo

llevase, y con ello lo que le debía un real sobre otro, que se pagó del

dinero de don Marcos, porque la señora, como ya había cesado su trato,

no sabía de qué color era.

A las voces y gritos bajó el señor de la casa, la cual nuestro hidalgo

pensaba ser suya, porque la mujer le había dicho que era huésped y que

le tenía alquilado aquel cuarto por un año. Le dijo pues que si cada

día había de haber aquellas voces, que buscasen casa y fuesen con Dios,

que era amigo de quietud.

—¿Cómo ir? —respondió don Marcos—, él es el que se ha de ir, que

esta casa es mía.

—¿Cómo vuestra? —dijo el dueño—; loco atreguado, idos con Dios, que

yo os juro que si no mirara que lo sois, la ventana fuera vuestra

puerta.

Enojose don Marcos, y con la cólera se atreviera si no se metieran de

por medio doña Isidora y don Agustín, desengañando al pobre don Marcos

y apaciguando al señor de la casa, con prometerle desembarazarla a otro

día.

¿Qué podía don Marcos hacer aquí? O callar, o ahorcarse; porque lo

demás, ni él tenía ánimo para otra cosa, y con tantos pesares estaba

como atónito y fuera de sí. Y de esta suerte tomó su capa y se salió

de casa, y don Agustín por mandado de su tía con él, para que le

reportase.

En fin, los dos buscaron un par de aposentos cerca de palacio, por estar

cerca de la casa de su amo; y dando señal, quedó la mudanza para otro

día, y así le dijo a don Agustín que se fuese a comer, porque él no

estaba por entonces para volver a ver aquella engañadora de su tía.

Hízolo así el mozo, dando la vuelta a su casa y contando lo sucedido a

doña Isidora, entre ambos trataron el modo de mudarse.

Vino el miserable a acostarse rostrituerto y muerto de hambre; pasó

la noche y a la mañana le dijo doña Isidora que se fuese a la casa

nueva para que recibiese la ropa, mientras Inés traía un carro en que

llevarla.

Hízolo así, y apenas el buen necio salió cuando la traidora doña

Isidora, y su sobrino y criada, tomaron cuanto había y lo metieron

en un carro, y ellos con ello se partieron de Madrid la vuelta de

Barcelona, dejando en casa las cosas que no podían llevar, como platos,

ollas y otros trastos.

Estuvo don Marcos hasta cerca de las doce esperando, y viendo la

tardanza dio la vuelta a su casa, y como no los halló preguntó a una

vecina si eran idos. Ella respondió que rato había. Con lo que pensando

ya estarían allá, tornó a toda prisa porque no aguardasen, llegó sudado

y fatigado, y como no los halló se quedó medio muerto, temiendo lo

mismo que era, y sin parar tornó donde venía, y dando un puntapié a la

puerta que habían dejado cerrada, y como la abrió y entró dentro, y

viese que no había más de lo que nada valía, acabó de tener por cierta

su desdicha; y empezó a voces y carreras por las salas, dándose de

camino algunas calabazadas por las paredes, diciendo:

—Desdichado de mí; mi mal es cierto, en mal punto hice este desdichado

casamiento que tan caro me cuesta. ¿Adónde estás, engañosa sirena y

robadora de mi bien y de todo cuanto yo, a costa de mí mismo, tengo

granjeado para pasar la vida con algún descanso?

Estas y otras cosas decía, a cuyos extremos entró alguna gente de la

casa: y uno de los criados, sabiendo el caso, le dijo que tuviese por

cierto el haberse ido, porque el carro en que iba la ropa y su mujer,

sobrino y criada, era de camino y no de mudanza, y que él preguntó que

dónde se mudaba y que le habían respondido que fuera de Madrid.

Acabó de rematarse don Marcos con esto; mas como las esperanzas animan

en mitad de las desdichas, salió con propósito de ir a los mesones a

saber para qué parte había ido el carro donde iba su corazón entre

seis mil ducados que llevaban en él, lo cual hizo; mas su dueño no

era cosario, sino labrador de aquí de Madrid, que en eso eran los

que le habían alquilado más astutos que era menester, y así no pudo

hallar noticia de nada, pues querer seguirlo era negocio cansado,

no sabiendo el camino que llevaban, ni hallándose con un cuarto si

no lo buscaba prestado, y más hallándose cargado con la deuda del

vestido y joyas de su mujer, que ni sabía cómo ni de dónde pagarlo.

Dio la vuelta, marchito y con mil pensamientos, a casa de su amo: y

viniendo por la calle Mayor encontró sin pensar con la cauta Marcela,

y tan cara a cara, que aunque ella quiso encubrirse, fue imposible,

porque habiéndola conocido don Marcos, asió de ella, descomponiendo su

autoridad, diciendo:

—Ahora, ladrona, me daréis lo que me robasteis la noche que os

salisteis de mi casa.

—¡Ay señor mío! —dijo Marcela llorando—, bien sabía yo que había

de caer sobre mí la desdicha desde el punto que mi señora me obligó

a esto. Óigame por Dios antes que me deshonre, que estoy en buena

opinión y concertada de casar, y sería grande mal que tal se dijese de

mí, y más estando como estoy inocente: entremos aquí en este portal

y óigame despacio, y sabrá quién tiene su cadena y vestidos, que ya

había yo sabido cómo usted sospechaba su falta sobre mí, y lo mismo le

previne a mi señora aquella noche, pero son dueños y yo criada.

¡Ay de los que sirven, y con qué pensión ganan un pedazo de pan!

Era don Marcos, como he dicho, poco malicioso, y así dando crédito a

sus lágrimas, se entró con ella en el portal de una casa grande, donde

le contó quién era doña Isidora, su trato y costumbres, y el intento

con que se había casado con él, que era engañándole, como ya don Marcos

lo experimentaba bien a su costa: díjole asimismo como don Agustín no

era sobrino suyo, sino su galán: y que era un bellaco vagamundo, que

por comer y holgar estaba como le veía amancebado con una mujer de tal

trato y edad, y que ella había escondido su vestido y cadena, para

dársele junto con el suyo y las demás joyas; que le había mandado que

se fuese y pusiese en parte donde él no la viese, dando fuerza a su

enredo con pensar que ella se lo había llevado.

Pareciole a Marcela ser don Marcos hombre poco pendencioso, y así se

atrevió a decir tales cosas sin temor de lo que podía suceder; o ya

lo hizo por salir de entre sus manos, y no miró en más, o por ser

criada, que era lo más cierto. En fin, concluyó su plática la traidora

con decirle que viviese con cuenta, porque le habían de llevar, cuando

menos se pensase, su hacienda.

—Yo le he dicho a usted lo que me toca y mi conciencia me dicta; ahora

—repetía Marcela—, haga usted lo que fuere servido, que aquí estoy

para cumplir todo lo que fuere su gusto.

—A buen tiempo —replicó don Marcos— cuando no hay remedio, porque la

traidora y el ingrato mal nacido se han ido, llevándome cuanto tenía; y

luego juntamente él contó todo lo que había pasado con ellos desde el

día que se había ido de su casa.

—¡Es posible! —dijo Marcela—. ¡Ay tal maldad! ¡Ay señor de mi alma!

y cómo no en balde le tenía yo lástima, mas no me atrevía a hablar,

porque la noche que mi señora me envió de su casa quise avisar a usted

viendo lo que pasaba, mas temí; que aun entonces, porque le dije que no

escondiese la cadena, me trató de palabra y obra cual Dios sabe.

Novelas ejemplares y amorosas · 第 7 / 52 段