Bien justa su queja es,
Que sospechas sin razón
Son desaires de la fe.
Sin culpa le da desvíos,
¿Cómo no se ha de ofender,
Que ella los da tan de balde,
Costándole tanto a él?
Hablar a Menga agradable,
No es culpa, que bien se ve,
Si no hay querer con agrados,
No hay agrados sin querer.
Quisiera que huyese Antón
De Menga, ¡rigor cruel!
Darle lo favorecido
A precio de descortés.
No es la misma permisión
En el hombre y la mujer,
Que en ellos es grosería
Lo que en ellas es desdén.
No hay quien se ponga a razones
Con los celos, y pardiez,
Gente que razón no escucha,
Muy necia debe de ser.
Los vanos recelos, Gila,
No aseguran, que tal vez
Temer donde no hay tropiezos,
Dispone para caer.
Vedarle que mire a Menga,
Si es cordura no lo sé,
Que una hermosura vedada,
Dicen que apetito es.
Sujeciones hay civiles,
Bastaba, Antón, a mi ver,
Estar sujeto a unos ojos,
Sin que a su engaño lo estés.
Esto es amor en los hombres,
Ser su lisura doblez,
Sus inocencias delitos;
Mal haya el amor, amén.
Quien mirara a la bella Lisis mientras cantó este romance, conociera
en su desasosiego la pasión con que le escuchaba; viendo cuán al
descubierto don Juan reprendía en él las sospechas que de Lisarda
tenía, y a estarle bien respondiera: mas cobrándose de su descuido,
viendo a don Diego melancólico de verla inquieta, alegró el rostro y
serenó el semblante: mandó como presidente de esta fiesta a don Álvaro
que dijese su maravilla; el cual obedeciendo dijo así:
Es la miseria la más perniciosa costumbre que se puede hallar en un
hombre, pues en siendo miserable luego es necio, enfadoso y cansado.
Esto se verá claramente en mi maravilla, la cual es de esta suerte:
NOVELA TERCERA.
EL CASTIGO DE LA MISERIA.
A servir a un grande de esta corte vino de un lugar de Navarra un
hijodalgo, tan alto de pensamientos como humilde de bienes de fortuna;
pues no le concedió esta madrastra de los nacidos más riqueza que una
pobre cama, en la cual se recogía a dormir y se sentaba a comer: este
mozo, a quien llamaremos don Marcos, tenía un padre viejo, y tanto,
que sus años le servían de renta para sustentarse, pues con ellos
enternecía los más empedernidos corazones.
Era don Marcos cuando vino a este honroso entretenimiento de doce
años, habiendo casi los mismos que perdió a su madre de un repentino
dolor de costado, y mereció en casa de este príncipe la plaza de
paje y con ella los usados atributos, picardía, porquería, sarna y
miseria; y aunque don Marcos se graduó en todas, en esta última echó
el resto, condenándose él mismo de su voluntad a la mayor lacería que
pudo padecer un padre del yermo, gastando los diez y ocho cuartos que
le daban con tanta moderación, que si podía, aunque fuese a costa de
su estómago y de la comida de sus compañeros, procuraba que no se
disminuyesen, o ya que algo gastase, no de suerte que se viese mucho su
falta.
Era don Marcos de mediana estatura, y con la sutileza de la comida se
vino a transformar de hombre en espárrago. Cuando sacaba de mal año
su vientre era el día que le tocaba servir la mesa de su amo, porque
quitaba de trabajo a los mozos de plata llevándoles lo que caía en sus
manos más limpio que ellos lo habían puesto en la mesa, proveyendo sus
faltriqueras de todo aquello que sin peligro se podía guardar para otro
día.
Con esta miseria pasó la niñez, acompañando a su dueño en muchas
ocasiones dentro y fuera de España, donde tuvo principales cargos. Vino
a merecer don Marcos pasar de paje a gentilhombre, haciendo en esto su
amo con él lo que no hizo el cielo. Trocó pues los diez y ocho cuartos
por cinco reales y tantos maravedís: pero ni mudó de vida, ni alargó la
ración a su cuerpo, antes como tenía más obligaciones, iba dando más
nudos a su bolsa.
Jamás se encendió en su casa luz, y si alguna vez se hacía esta fiesta,
era el que le concedía su diligencia y el descuido del repostero, algún
cabo de vela, el cual iba gastando con tanta cordura, que desde la
calle se iba desnudando, y en llegando a casa dejaba caer los vestidos
y al punto le daba la muerte.
Cuando se levantaba por la mañana, tomaba un jarro que tenía sin asa, y
salía a la puerta de la calle, y al primero que veía le pedía remediase
su necesidad, y esto le duraba dos o tres días, porque lo gastaba con
mucha estrechez. Luego se llegaba donde jugaban los muchachos y por
un cuarto llevaba uno que le hacía la cama, y si tenía criado, se
concertaba con él que no le había de dar ración más de dos cuartos y
un pedazo de estera en que dormir; y cuando estas cosas le faltaban,
llevaba un pícaro de cocina que lo hacía todo y le virtiese una
extraordinaria vasija en que hacía las inexcusables necesidades; era
al modo de un arcaduz de noria, porque había sido en un tiempo jarro
de miel, que hasta en verter sus excrementos guardó la regla de la
observancia.
Su comida era un panecillo de un cuarto, media libra de vaca, un cuarto
de zarandajas y otro que daba al cocinero porque tuviese cuidado de
guisarlo limpiamente; y esto no era cada día sino solo los feriados,
que lo ordinario era un cuarto de pan y otro de queso.
Entraba en el estrado donde comían sus compañeros, y llegaba al
primero y decía:
—Buena debe de estar la olla, que da un olor que consuela, en verdad
que la he de probar.
Y diciendo y haciendo sacaba una presa; y de esta suerte daba la
vuelta de uno en uno a todos los platos: que hubo día que, en viéndole
venir, el que podía se comía de un bocado lo que tenía delante; y el
que no, ponía la mano sobre su plato.
Con el que tenía más amistad era con un gentilhombre de casa, que
estaba aguardando verle entrar a comer o cenar, y luego con su pan y
queso en la mano entraba diciendo:
—Por cenar en conversación os vengo a cansar —y con esto se sentaba
en la mesa y alcanzaba de lo que había.
Vino en su vida lo compró, aunque lo bebía algunas veces en esta
forma: poníase a la puerta de la calle y, como iban pasando las mozas
y muchachos con el vino, les pedía en cortesía se lo dejasen probar;
obligándoles lo mismo a hacerlo. Si la moza o muchacho eran agradables,
les pedía licencia para otro traguillo.
Viniendo a Madrid en una mula, y con un mozo que por venir en su
compañía se había aplicado a servirle por ahorrar de gasto, le envió
en un lugar por un cuarto de vino, y mientras que fue por él se puso a
caballo y se partió, obligando al mozo a venir pidiendo limosna.
Jamás en las posadas le faltó un pariente que, haciéndose gorra con él,
le ahorraba la comida. Vez hubo que dio a su mula paja del jergón que
tenía en la cama, todo a fin de no gastar.
Varios cuentos se decían de don Marcos, con que su amo y sus amigos
pasaban tiempo, tanto que ya era conocido en la corte por el hombre más
regalado de los que se conocían en el mundo.
Vino don Marcos de esta suerte, cuando llegó a los treinta años, a
tener nombre y fama de rico; y con razón, pues vino a juntar, a costa
de su opinión y hurtándoselo al cuerpo, seis mil ducados, los cuales
se tenía siempre consigo, porque temía mucho las retiradas de los
genoveses; pues cuando más descuidado ven a un hombre le dan manotada
como zorro.
Y como don Marcos no tenía fama de jugador ni de amancebado, cada
día se le ofrecían varias ocasiones de casarse, aunque lo regateaba,
temiendo algún mal suceso: parecíales bien a las señoras que lo
deseaban para marido y quisieran más fuese gastador que guardoso, que
con este nombre calificaron su miseria.
Entre muchas que desearon ser suya fue una señora que no había sido
casada, si bien estaba en opinión de viuda, mujer de buen gusto y de
alguna edad, aunque lo encubría con las galas, adornos e industria;
porque era viuda galán, con su monjil de tercianela, tocas de reinas
y su poquito de moño.
Era buena señora, cuyo nombre es doña Isidora, muy rica en hacienda,
según decían todos los que la conocían, y su modo de tratarse lo
mostraba. Y en esto siempre se adelantaba el vulgo más de lo que era
razón.
Propusiéronle a don Marcos este matrimonio, pintándole a la novia con
tan perfectos colores y asegurándole que tenía más de catorce o quince
mil ducados, diciéndole haber sido su difunto consorte un caballero de
lo mejor de Andalucía, que asimismo decía serlo la señora, dándole por
patria a la famosa ciudad de Sevilla; con la cual nuestro don Marcos se
dio por casado.
El que trataba el casamiento era un gran socarrón, tercero no solo de
casamientos sino de todas mercaderías, tratante en grueso de buenos
rostros y mejores bolsas, pues jamás ignoraba lo malo y lo bueno de
esta corte, y era la causa haberle prometido buena recompensa: ordenó
llevar a don Marcos a vistas, y lo hizo la misma tarde que se lo
propuso porque no hubiese peligro en la tardanza.
Entró don Marcos en casa de doña Isidora, casi admirado de ver la casa,
tantos cuadros, tan bien labrada y con tanta hermosura; y mirola con
atención, porque le dijeron que era su dueño la misma que lo había de
ser de su alma, a la cual halló entre tantos damascos y escritorios,
que más parecía casa de señora de título que de particular, con un
estrado tan rico y la casa con tanto aseo, olor y limpieza, que
parecía no tierra sino cielo, y ella tan aseada y bien prendida, como
dice un poeta amigo, que pienso que por ella se tomó este motivo de
llamar así a los aseados.
Tenía consigo dos criadas, una de labor y otra de todo y para todo,
que a no ser nuestro hidalgo tan compuesto y tenerle el poco comer tan
mortificado, por solo ellas pudiera casarse con su ama, porque tenían
tan buenas caras como desenfado, en particular la fregona, que pudiera
ser reina si se dieran los reinos por hermosura.
Admirole sobre todo el agrado y discreción de doña Isidora, que parecía
la misma gracia, tanto en donaire como en amores, y fueron tantas y tan
bien dichas las razones que dijo a don Marcos que no solo le agradó,
mas le enamoró, mostrando en sus agradecimientos el alma, que la tenía
el buen señor bien sencilla y sin doblez.
Agradeció doña Isidora al casamentero la merced que le hacía en querer
emplearle tan bien, acabando de hacer tropezar a don Marcos en una
aseada y costosa merienda, en la cual hizo alarde de la vajilla rica y
olorosa ropa blanca, con las demás cosas que en una casa tan rica como
la de doña Isidora era fuerza hubiese.
Hallose a la merienda un mozo galán, desenvuelto y que de bien
entendido picaba en pícaro, al cual doña Isidora regalaba a título de
sobrino, cuyo nombre era Agustinico, que así le llamaba su señora tía.
Servía a la mesa Inés, porque Marcela, que así se llamaba la doncella,
por mandado de su señora tenía ya en las manos un instrumento, en el
cual era tan diestra que no se le ganara el mejor músico de la corte,
y esto acompañaba con una voz que más parecía ángel que mujer, y a
la cuenta era todo. La cual con tanto donaire como desenvoltura, sin
aguardar a que la rogasen, porque estaba cierta que lo haría bien, o
fuese acaso o de pensado, cantó así:
Claras fuentecillas,
Pues murmuráis,
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que vive
Libre y descuidado,
Y que mi cuidado,
En el agua escribe;
Que pena recibe
Si sabe mi pena,
Que es dulce cadena
De mi libertad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que tiene
El pecho de hielo,
Y que por consuelo
Penas me previene:
Responde que pene
Si favor le pido,
Y se hace dormido
Si pido piedad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que llama
Cielos otros ojos,
Más por darme enojos,
Que porque los ama,
Que mi ardiente llama
Paga con desdén,
Y quererle bien
Con quererme mal:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Y si en cortesía
Responde a mi amor,
Nunca su favor
Duró más de un día,
Do la pena mía
Ríe lisonjero,
Y aunque ve que muero,
No tiene piedad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que ha días
Tiene la firmeza,
Y que con tibieza
Paga mis porfías:
Mis melancolías
Le causan contento,
Y si mudo intento,
Muestra voluntad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad, que he sido
Eco desdichada,
Aunque despreciada,
Siempre le he seguido;
Y que si le pido
Que escuche mi queja,
Desdeñoso deja
Mis ojos llorar:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que altivo,
Libre y desdeñoso
Vive, y sin reposo,
Por amarle, vivo,
Que no da recibo
A mi eterno amor,
Antes con rigor
Me intenta matar:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad sus ojos
Graves y severos,
Aunque bien ligeros
Para darme enojos,
Que rinde despojos
A su gentileza,
Cuya altiva alteza
No halla su igual:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad que ha dado
Con alegre risa
La gloria a Belisa,
Que a mí me ha quitado,
No de enamorado,
Sino de traidor,
Que aunque finge amor
Miente en la mitad:
Murmurad a Narciso
Que no sabe amar.
Murmurad mis celos
Y penas rabiosas,
Hay fuentes hermosas,
A mis ojos cielos,
Y mis desconsuelos,
Penas y disgustos,
Mis perdidos gustos,
Fuentes murmurad;
Y también a Narciso
Que no sabe amar.
No me atreveré a determinar en qué halló nuestro don Marcos más gusto,
si en las empanadas y hermosas tortadas, lo uno picante y lo otro
dulce, si en el sabroso pernil y fruta fresca y gustosa, acompañado
todo con el licor del santo remedio de los pobres, que a fuerza de
brazos estaba virtiendo hielo, siendo ello mismo fuego, que por eso
llamaba un aficionado a las cantimploras remedio contra el fuego; o en
la dulce voz de Marcela, porque al son de su letra él no hacía sino
comer, tan regalado de doña Isidora y de Agustinico que no lo pudiera
ser más si él fuera el rey, porque si en la voz hallaba gusto para los
oídos, en la merienda recreo para su estómago, tan ayuno de regalos
como de sustento.
Regalaba también doña Isidora a don Agustín, sin que don Marcos, como
poco escrupuloso, reparase en nada más de sacar de mal año sus tripas;
porque creo, sin levantarle testimonio, que sirvió la merienda de
aquella tarde de ahorro de seis días de ración, y más con los buenos
bocados que doña Isidora y su sobrino atestaban y embutían en el baúl
vacío del buen hidalgo, provisión bastante para no comer en mucho
tiempo.
Feneciose la merienda con el día, y estando ya prevenidas cuatro bujías
en sus hermosos candeleros, a la luz de las cuales y al dulce son que
Agustinico hizo en el instrumento que Marcela había tocado, bailaron
ella e Inés lo rastreado y soltillo, sin que se quedase la capona
olvidada, con tal donaire y desenvoltura que se llevaba entre los
pies los ojos y el alma del auditorio, y tornando Marcela a tomar la
guitarra, a petición de don Marcos, que como estaba harto quería bureo,
feneció la fiesta con este romance:
Fuese Bras de la cabaña:
Sabe Dios si volverá,
Por ser firmísima Menga,
Y ser muy ingrato Bras.
Como no sabe ser firme,
Desmayole el verse amar,
Que quien no sabe querer,
Tampoco sabe estimar.
No le ha dado Menga celos,
Que no se los pudo dar,
Porque si supiera darlos,
Supiera hacerse estimar.
Es Bras de condición libre,
No se quiere sujetar,
Y así viéndose querido,
Supo el modo de olvidar.
No solo a sus gustos sigue,
Más sábelos publicar,
Que quiere a fuerza de penas
Hacerse estimar en más.
Que no volverá es muy cierto,
Que es cosa la voluntad,
Que cuando llega a trocarse
No vuelve a su ser jamás.
Por gustos ajenos muere,
Pero no se morirá,
Que sabe fingir pasiones
Hasta que llega a alcanzar.
Desdichada la serrana
Que en él se viene a emplear,
Pues aunque siembre afición,
Solo penas cogerá.
De ser poco lo que pierde,
Certísima Menga está,
Pues por mal que se aventure,
No puede tener más mal.
Es franco de disfavores,
De tibieza liberal,
Pródigo de demasías,
Escaso de voluntad.
Dice Menga que se alegra,
No sé si dice verdad,
Que padecer despreciada
Es dudosa enfermedad.
Suelen publicar salud
Cuando muriéndose están,
Mas no niego que es cordura
El saber disimular.
Esconderse por no verla,
Ni de sus cosas hablar,
Ni tarde de su alabanza,
Indicios de salud da.
Pero de vivir contenta,
Y ella en secreto llorar,
Llevar mal que mire a otras,
De amor parece señal.
Lo que por mi teología
He venido a pergeñar
Es que aquel que dice injurias
Cerca está de perdonar.
Préciase Menga de noble:
No sé si querrá olvidar,
Que una vez elección hecha,
No es noble quien vuelve atrás.
Mas ella me ha dicho a mí
Que en llegando a averiguar
Injurias, celos y agravios,
Afrenta el verle será.
Al dar fin al romance se levantó el corredor de desdichas y le dijo
a don Marcos que era hora de que la señora doña Isidora reposase, y
así se despidieron los dos de ella y de Agustinico, y de las otras
damiselas, y dieron la vuelta a su casa, yendo por la calle tratando
lo bien que le había parecido doña Isidora, y descubriendo enamorado
don Marcos, más del dinero que de la dama, el deseo que tenía de verse
ya su marido, y así le dijo que diera un dedo de la mano por verlo ya
hecho, porque era sin duda que le estaba muy bien, aunque no pensaba
tratarse después de casado con tanta ostentación y grandeza, pues que
aquello era bueno para un príncipe y no para un hidalgo particular
como él era, pues con su ración y alguna cosa más había para el gasto;
y que seis mil ducados que tenía, y otros tantos que más podía hacer de
cosas excusadas que había en casa de doña Isidora; pues bastaba para la
casa de un escudero de un señor cuatro cucharas, un jarro, una salvilla
y una buena cama, y a este modo cosas que no se pueden excusar: todo lo
demás era cosa sin provecho, que mejor estaría en dineros, y puestos en
renta, vivirían como un príncipe, y podían dejar a sus hijos, si Dios
se los diese, con qué pasar muy honradamente, y cuando no los tuviesen,
pues doña Isidora tenía aquel sobrino, para él sería todo, si fuese tan
obediente que quisiese respetarle como a padre.
Hacía estos discursos don Marcos tan en su punto que el casamiento
lo dio por concluido, y así le respondió que él hablaría otro día a
doña Isidora y se efectuaría el negocio, porque en estos casos de
matrimonio tantos tienen deshechos las dilaciones como la muerte.
Con esto se despidieron, y él se volvió a contar a doña Isidora lo
que con don Marcos había pasado, codicioso de las albricias; y este a
casa de su amo, donde hallándolo todo en silencio, por ser muy tarde,
sacando un cabo de vela de la faltriquera, se llegó a una lámpara que
estaba en la calle alumbrando una cruz, y puesta la vela en la punta de
la espada, la encendió, y después de haberle suplicado con una breve
oración que fuese la que se quería echar a cuestas para bien suyo,
se entró en su posada y se acostó, aguardando impaciente el día,
pareciéndole que se le había de despintar tal ventura.
Dejémosle dormir y vamos al casamentero, que vuelto a casa de doña
Isidora le contó lo que pasaba y cuán bien le estaba. Ella que lo
sabía mejor que no él, como adelante se dirá, dio luego el sí y cuatro
escudos al tratante por principio, y le rogó que luego por la mañana
volviese a don Marcos y le dijese como ella tenía a gran suerte el ser
suya, que no le dejase de la mano, antes gustaría que se le trajese a
comer con ella y su sobrino, para que se hiciesen las escrituras y se
sacasen los recados.
¡Qué dos nuevas para don Marcos: convidado y novio! Y con ellas por ser
tan buenas, madrugó el casamentero y dio los buenos días a nuestro
hidalgo don Marcos, al cual halló ya vistiéndose (que amores de blanca
niña no le dejaban reposar). Recibió con los brazos a su buen amigo,
que así llamaba al procurador de pesares, y con el alma la resolución
de su ventura, y acabándose de vestir de las más costosas galas que su
miseria le consentía, se fue con su norte de desdichas a casa de su
dueño, su señora, donde fue recibido de aquella sirena con la agradable
música de sus caricias, y de don Agustín, que se estaba vistiendo,
con mil modos de cortesías y agrados; donde en buena conversación
y agradecimiento de su ventura y sumisiones del cauto mozo, en
agradecimiento del lugar que de hijo le daba, pasaron hasta que fue
hora de comer, que de la sala del estrado se entraron a otra cuadra más
adentro donde estaba puesta la mesa y aparador, como pudiera en casa
de un gran señor.
No tuvo necesidad doña Isidora de gastar muchas arengas para obligar a
don Marcos a sentarse a la mesa, porque antes él rogó a los demás que
lo hiciesen, sacándolos de esta penalidad, que no es pequeña.
Satisfizo el señor convidado su apetito en la bien sazonada comida y
sus deseos en el compuesto aparador, tornando en su memoria a hacer
otros tantos discursos como la noche pasada, y más como veía a doña
Isidora tan liberal y cumplida, como aquella que había de ser suya, le
parecía aquella grandeza vanidad excusada y dinero perdido.
Acabose la comida y preguntaron a don Marcos si quería, en lugar de
dormir la siesta, por no haber en aquella casa cama para huéspedes,
jugar al hombre. A lo cual respondió que servía a un señor tan virtuoso
y cristiano, que si supiera que criado suyo jugaba, ni aun al quince,
no estuviera una hora en su casa, y que como él sabía esto, había
tomado por regla el darle gusto; demás de ser su inclinación buena y
virtuosa, pues no tan solamente no sabía jugar al hombre, mas que no
conocía ni una carta, y que verdaderamente hallaba por su cuenta que
valía el no saber jugar muchos ducados por año.
—Pues el señor don Marcos —dijo doña Isidora— es tan virtuoso que
no sabe jugar (¡qué bien le digo yo a Agustinillo, que es lo que está
mejor al alma y a la hacienda!), ve, niño, y dile a Marcela que se dé
prisa a comer, y traiga su guitarra e Inesita sus castañuelas, y en
eso entretendremos la siesta hasta que venga el notario que el señor
Gamarra (que así se llamaba el casamentero) tiene prevenido para hacer
las capitulaciones.
Fue Agustinico a lo que su señora tía le mandaba, y mientras venía
prosiguió don Marcos, y asiendo la plática desde arriba:
—Pues en verdad, dijo, que puede Agustín, si pretende darme gusto, no
tratar de jugar ni salir de noche, y con eso seremos amigos: de hacerlo
habría mil rencillas, porque soy muy amigo de recogerme temprano la
noche que no hay que hacer: y que en entrando, no solo se cierre la
puerta mas se clave, no porque soy celoso, que harto ignorante es el
que lo es, teniendo mujer honrada; mas porque las casas ricas nunca
están seguras de ladrones, no quiero que me lleven con sus manos
lavadas lo que a mí me costó tanto afán y fatiga el ganarlo; y así yo
le quitaré el vicio, y sobre esto sería el diablo.
Vio doña Isidora tan colérico a don Marcos que fue menester mucho de
su despejo para desenojarle, y así le dijo que no se disgustase, que el
muchacho haría todo lo que fuese de su gusto, porque era el mozo más
dócil que en su vida había tratado, que al tiempo daba por testigo.
—Esto le importa —replicó don Marcos, y atajó la plática don
Agustín y las damiselas, que venían cada una con su instrumento, y la
desenvuelta Marcela dio principio a la fiesta con estas décimas:
Lauro, si cuando te amaba
Y tu rigor me ofendía,
Triste de noche y de día,
Tu ingrato trato lloraba;
Si en ninguna parte hallaba
Remedio de mi dolor,
Pues cuando solo un favor
Era paz de mis enojos,
Siempre en tus ingratos ojos
Hallé crueldad por amor.
Si cuando pedí a los cielos
La muerte por no mirarte,
Y maltratarme y culparte
Eran todos mis desvelos:
Supe seguida de celos,
Mereciendo ser querida,
Quise quitarme la vida:
Dime, ¿cómo puede haber
Otro mayor mal, que ser
Cruelmente aborrecida?
Yo lo tengo por mayor
Que no vivir olvidada,
Que siéndolo, no te enfada
Como otras veces mi amor:
Tengo el verte por favor,
Que tu descuido me ofrece
La paz que aquel que aborrece
Niega al que adorando está;
Luego el olvido será
Mayor daño que parece.
Y así a pedirte favor,
Con disfavor me convidas,
Porque al fin como me olvidas,
No te ofendas de mi amor:
Que alguna vez tu rigor
Vendrá a tomar por partido
Amar en lugar de olvido;
Y si has de aborrecer,
Más quiero, Lauro, no ser,
Que aborrecida haber sido.
No sabré decir si lo que más agradó a los oyentes fue la suave voz de
Marcela o los versos que cantó: finalmente, a todo dieron alabanza,
pues aunque las décimas no eran las más cultas, ni más acendradas, el
donaire de Marcela les dio tanta sal que supliera mayores faltas; y
porque mandaba doña Isidora a Inés que bailase con Agustín, le previno
don Marcos que fenecido el baile volviese a cantar, pues lo hacía
divinamente, lo cual Marcela hizo con mucho gusto, dándosele al señor
don Marcos con este romance:
Ya de mis desdichas
El colmo veo,
Y en ajenos favores
Miro mis celos.
Ya no tengo que esperar
De tu amor, ingrato Ardenio,
Aunque tus muchas tibiezas
Mida con mi sufrimiento.
Que ya en mi fuego te hieles,
Ni que me encienda en tu hielo,
Que mueran mis esperanzas,
Ni que viva en mi tormento.
Como en mi confusa pena
No hay alivio ni remedio,
Ni le busco, ni le pido,
Desesperada padezco.
Pues de mis desdichas
El colmo veo,
Y en ajenos favores
Miro mis celos.